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sábado, septiembre 30, 2006

Un artista del trapecio

Por Franz Kafka

Un artista del trapecio -como se sabe, este arte que se practica en lo alto de las cúpulas de los grandes circos es uno de los más difíciles entre todos los asequibles al hombre- había organizado su vida de tal manera -primero por afán profesional de perfección, después por costumbre que se había hecho tiránica- que, mientras trabajaba en la misma empresa, permanecía día y noche en el trapecio. Todas sus necesidades -por otra parte muy peque?as- eran satisfechas por criados que se relevaban a intervalos y vigilaban debajo. Todo lo que arriba se necesitaba lo subían y bajaban en cestillos construidos para el caso.

De esta manera de vivir no se deducían para el trapecista dificultades con el resto del mundo. Sólo resultaba un poco molesto durante los demás números del programa, porque como no se podía ocultar que se había quedado allá arriba, aunque permanecía quieto, siempre alguna mirada del público se desviaba hacia él. Pero los directores se lo perdonaban, porque era un artista extraordinario, insustituible. Además era sabido que no vivía así por capricho y que sólo de aquella manera podía estar siempre entrenado y conservar la extrema perfección de su arte.

Además, allá arriba se estaba muy bien. Cuando, en los días cálidos del verano, se abrían las ventanas laterales que corrían alrededor de la cúpula y el sol y el aire irrumpían en el ámbito crepuscular del circo, era hasta bello. Su trato humano estaba muy limitado, naturalmente. Alguna vez trepaba por la cuerda de ascensión algún colega de turné, se sentaba a su lado en el trapecio, apoyado uno en la cuerda de la derecha, otro en la de la izquierda, y charlaban largamente. O bien los obreros que reparaban la techumbre cambiaban con él algunas palabras por una de las claraboyas o el electricista que comprobaba las conducciones de luz, en la galería más alta, le gritaba alguna palabra respetuosa, si bien poco comprensible.

A no ser entonces, estaba siempre solitario. Alguna vez un empleado que erraba cansadamente a las horas de la siesta por el circo vacío, elevaba su mirada a la casi atrayente altura, donde el trapecista descansaba o se ejercitaba en su arte sin saber que era observado.

Así hubiera podido vivir tranquilo el artista del trapecio a no ser por los inevitables viajes de lugar en lugar, que le molestaban en sumo grado. Cierto es que el empresario cuidaba de que este sufrimiento no se prolongara innecesariamente. El trapecista salía para la estación en un automóvil de carreras que corría, a la madrugada, por las calles desiertas, con la velocidad máxima; demasiado lenta, sin embargo, para su nostalgia del trapecio.

En el tren, estaba dispuesto un departamento para él solo, en donde encontraba, arriba, en la redecilla de los equipajes, una sustitución mezquina -pero en algún modo equivalente- de su manera de vivir.

En el sitio de destino ya estaba enarbolado el trapecio mucho antes de su llegada, cuando todavía no se habían cerrado las tablas ni colocado las puertas. Pero para el empresario era el instante más placentero aquel en que el trapecista apoyaba el pie en la cuerda de subida y en un santiamén se encaramaba de nuevo sobre su trapecio. A pesar de todas estas precauciones, los viajes perturbaban gravemente los nervios del trapecista, de modo que, por muy afortunados que fueran económicamente para el empresario, siempre le resultaban penosos.

Una vez que viajaban, el artista en la redecilla como so?ando, y el empresario recostado en el rincón de la ventana, leyendo un libro, el hombre del trapecio le apostrofó suavemente. Y le dijo, mordiéndose los labios, que en lo sucesivo necesitaba para su vivir, no un trapecio, como hasta entonces, sino dos, dos trapecios, uno frente a otro.
El empresario accedió en seguida. Pero el trapecista, como si quisiera mostrar que la aceptación del empresario no tenía más importancia que su oposición, a?adió que nunca más, en ninguna ocasión, trabajaría únicamente sobre un trapecio. Parecía horrorizarse ante la idea de que pudiera acontecerle alguna vez. El empresario, deteniéndose y observando a su artista, declaró nuevamente su absoluta conformidad. Dos trapecios son mejor que uno solo. Además, los nuevos trapecios serían más variados y vistosos.
Pero el artista se echó a llorar de pronto. El empresario, profundamente conmovido, se levantó de un salto y le preguntó qué le ocurría, y como no recibiera ninguna respuesta, se subió al asiento, lo acarició y abrazó y estrechó su rostro contra el suyo, hasta sentir las lágrimas en su piel. Después de muchas preguntas y palabras cari?osas, el trapecista exclamó, sollozando:
-Sólo con una barra en las manos, ?cómo podría yo vivir!
Entonces, ya fue muy fácil al empresario consolarle. Le prometió que en la primera estación, en la primera parada y fonda, telegrafiaría para que instalasen el segundo trapecio, y se reprochó a sí mismo duramente la crueldad de haber dejado al artista trabajar tanto tiempo en un solo trapecio. En fin, le dio las gracias por haberle hecho observar al cabo aquella omisión imperdonable. De esta suerte, pudo el empresario tranquilizar al artista y volverse a su rincón.
En cambio, él no estaba tranquilo; con grave preocupación espiaba, a hurtadillas, por encima del libro, al trapecista. Si semejantes pensamientos habían empezado a atormentarle, ?podrían ya cesar por completo? ?No seguirían aumentando día por día? ?No amenazarían su existencia? Y el empresario, alarmado, creyó ver en aquel sue?o, aparentemente tranquilo, en que habían terminado los lloros, comenzar a dibujarse la primera arruga en la lisa frente infantil del artista del trapecio.

lunes, septiembre 25, 2006

La edificación de la Muralla China

Por Franz Kafka
* Se supone que la versión definitiva fue quemada por Kafka. El texto "Un mensaje imperial" apareció independientemente en Un médico rural, 1919.

El extremo norte de la Muralla China ya está concluido. Dos secciones convergieron allí, del sudeste y del sudoeste. Este sistema de construcción parcial fue aplicado también en menor escala por los dos grandes ejércitos de trabajadores, el oriental y el occidental. Se procedía de este modo: se formaban grupos de unos veinte trabajadores, que tenían a su cargo una extensión de unos quinientos metros, mientras otros grupos edificaban un trozo de muralla de longitud igual que se encontraba con el primero. Una vez hecha la juntura, no se seguía trabajando a partir de los mil metros edificados: los dos grupos de obreros eran destinados a otras regiones donde se repetía la operación. Naturalmente, quedaron con ese procedimiento grandes espacios abiertos que tardaron muchísimo en cerrarse: algunos a?os después de proclamarse oficialmente que la muralla estaba concluida. Hasta se dice que hay espacios abiertos que nunca se edificaron; aseveración, sin embargo, que es tal vez una de las tantas leyendas a que dio origen la muralla y que ningún hombre puede verificar con sus ojos, dada la magnitud de la obra.
Uno pensaría de antemano que hubiera sido más ventajoso en todo sentido construir la muralla seguidamente, o, a lo menos, seguidamente dentro de las dos secciones principales. La muralla, como universalmente se proclamó y como nadie ignora, había sido planeada como una defensa contra las naciones del norte. Pero ?qué defensa puede ofrecer una muralla discontinuo? Ninguna, y la muralla misma está en incesante peligro. Esos pedazos de muralla abandonados en mitad del desierto podrían ser fácilmente derribados por los nómadas, ya que esas tribus, alarmadas por los trabajos de construcción, cambiaban de querencia como langostas, con inconcebible velocidad, y lograban tal vez una mejor visión, general de los progresos de la muralla que nosotros los constructores. Sin embargo, la obra no pudo hacerse de otro modo. Para entenderlo así debemos considerar que la muralla tenía que ser una defensa para los siglos: por consiguiente, la edificación más escrupulosa, la aplicación de la sabiduría arquitectónica de todas las épocas y de todos los pueblos y el sentimiento perenne de la responsabilidad personal en los constructores, eran indispensables para la obra. Es verdad que para la tarea más subalterna podían emplearse jornaleros ignorantes -hombres, mujeres, ni?os, llevados por el mero interés-, pero ya un capataz de cuatro jornaleros, debía ser un hombre versado en alba?ilería, un hombre que en el fondo del corazón sintiera todo lo que significa la obra. Cuanto más alto el cargo, mayor la exigencia. Y se encontraban tales hombres, quizá no todos los requeridos por la obra, pero muy numerosos. El trabajo no había sido emprendido a la ligera. Medio siglo antes de empezarlo, la arquitectura y la alba?ilería, en particular, había sido proclamada en toda la China (que se pensaba amurallar) la más importante de las ciencias, y las otras no eran reconocidas sino en cuanto se relacionaban con ella. Recuerdo todavía que nosotros, ni?os tambaleantes aún, nos 'untábamos en el jardín del maestro, para levantar con piedrecitas una especie de muro, y que el maestro se remangaba la túnica, arremetía contra el muro, lo hacía naturalmente pedazos v nos vociferaba tales reproches por la fragilidad de la obra que nosotros huíamos llorando en todas direcciones en busca de nuestros padres. Un episodio mínimo, pero típico del espíritu de la época.
Tuve la suerte de que la iniciación de la obra coincidiera con mis veinte a?os y con los últimos exámenes de la escuela primaria.
Digo la suerte pues muchos que ya habían completado sus estudios se pasaron la vida sin poder aplicar sus conocimientos y vagaban sin rumbo, llena la cabeza de vastos planes arquitectónicos, sin oportunidad y sin esperanzas. Pero aquellos otros que lograron puestos de capataces, siquiera en la categoría más subalterna, eran verdaderamente dignos de su tarea. Eran alba?iles que habían meditado muchísimo sobre la obra y que no cesaban de meditar en ella: hombres que desde la primera piedra que enterraron se sintieron parte de la muralla. Es natural que en tales alba?iles alentara no sólo la voluntad de trabajar concienzudamente sino la impaciencia de ver terminada la obra. El jornalero ignora esas impaciencias porque no le interesa más que el salario. Los jefes superiores, y aun los medianos, ven lo bastante del crecimiento múltiple de la obra para mantener en alto su espíritu. Pero con los subalternos, hombres espiritualmente superiores a sus tareas de apariencia trivial, fuerza era proceder de otro modo. Imposible tenerlos durante meses o tal vez a?os acumulando piedra sobre piedra en una monta?a desierta, a centenares de millas de su hogar; la futilidad de un trabajo así, que excedía a los términos naturales de la vida de un hombre, los hubiera desesperado y hasta los hubiera incapacitado para la obra. Por eso fue elegido el sistema de construcción parcial. Quinientos metros solían completarse en cinco a?os; al cabo de ese tiempo los capataces quedaban exhaustos y habían perdido la confianza en sí mismos, en la muralla y en el mundo. Entonces, en plena exaltación de las fiestas que celebraban los mil metros ejecutados, los expedían muy lejos. En la travesía divisaban aquí y allá trozos de muralla concluidos, pasaban por altas jefaturas donde les repartían premios honoríficos, escuchaban el júbilo de los nuevos ejércitos laboriosos que surgían del fondo del país, veían bosques talados para apuntalar la muralla, veían las monta?as hechas canteras y escuchaban los himnos de los fieles en los santuarios rogando por la feliz terminación de la muralla. Todo eso aplacaba su impaciencia. La vida tranquila de sus hogares, donde solían descansar un tiempo, los fortalecía; el respeto general que infundían, la credulidad piadosa con que eran recibidas sus palabras, la fe de los modestos ciudadanos en el próximo fin de la obra, todo eso retemplaba las cuerdas de su alma. Como ni?os eternamente esperanzados decían adiós a sus hogares; el ansia de volver al trabajo colectivo era irresistible. Emprendían viaje antes de lo necesario; media aldea los acompa?aba un largo trecho. En todos los caminos había grupos, arcos, banderas; no habían visto jamás qué grande, rica, bella y digna de amor era su patria. Cada compatriota era un hermano para el que levantaban una muralla protectora y que les agradecería toda su vida, con todo lo que tenía y lo que era. ?Unidad! ?Unidad! Hombro contra hombro, una cadena de hermanos, una sangre no ya encerrada en la mezquina circulación del cuerpo, sino rodando con dulzura y sin embargo regresando sin término por la China infinita.
Así se justifica el sistema de construcción parcial, pero había también otras razones. No es raro que me de ore tanto en este punto; por trivial que parezca a primera vista, se trata de un problema esencial de la edificación de la muralla. Para comunicar y hacer comprensibles las ideas y experiencias de aquella época, nunca insistiré lo bastante en esa cuestión.
Primeramente no hay que olvidar que en aquel tiempo se realizaron cosas apenas inferiores a la erección de la Torre de Babel, pero que diferían de ella muchísimo -si nuestros cálculos humanos no yerran- en cuanto a la aprobación divina. Digo esto, porque en los días iniciales de la obra un letrado compuso un libro que desarrollaba precisamente ese paralelo. Ese libro quería demostrar que el fracaso de la Torre de Babel no se debía a las razones que generalmente se aducen o, mejor dicho, que esas razones conocidas no eran las esenciales. Sus pruebas no sólo se apoyaban en informes y documentos: pretendían haber hecho investigaciones en el sitio mismo y haber descubierto que la torre se malogró -y tenía que malograrse- a causa de lo débil de los cimientos. Pero bajo ese respecto nuestro tiempo era muy superior a ese otro lejano. Casi no había un contemporáneo educado que no fuera alba?il de profesión e infalible en materia de cimientos. No era esto, sin embargo, lo que el escritor quería demostrar; su tesis era que la gran muralla ofrecería por primera vez en la historia una sólida base para una nueva Torre de Babel. Primero la muralla, por consiguiente, luego la torre. El libro estaba en todas las manos, pero debo admitir que hasta el día de hoy no acabo de entender su concepción de la torre. ?Cómo entender que la muralla que ni siquiera formaba un círculo, sino una especie de arco o de semicírculo, fuera la base de una torre? Claro está que todo eso puede ocultar algún sentido espiritual. Pero entonces ?a qué levantar la muralla, que al fin y al cabo era algo concreto, que exigía la vida y la labor de hombres innumerables? ?Y a qué los planos de la torre -planos un tanto nebulosos, en verdad- y los diversos proyectos para encauzar las energías del Imperio en esa vasta empresa?
Había entonces -este libro es sólo un ejemplo- mucha confusión mental, quizá engendrada por el hecho de que tantos hombres persiguieran un mismo fin. La naturaleza humana, esencialmente tornadizo, inestable como el polvo, no tolera ataduras; forcejea contra la que ella misma se ha impuesto y acaba por romperlas a todas, a la muralla y a sí misma.
Es muy posible que esas consideraciones adversas a la edificación de la muralla no dejaran de influir en la autoridades al optar éstas por el sistema de construcción parcial. Nosotros -ahora estoy hablando en nombre de muchos- realmente no sabíamos quiénes éramos hasta haber estudiado los decretos de la Dirección y habernos convencido de que sin ella nuestra sabiduría aprendida y nuestro entendimiento natural hubieran sido insuficientes para las humildes tareas que ejecutamos dentro de la obra vastísima. En el despacho de la Dirección -dónde estaba y quiénes estaban, eso lo han ignorado y lo ignoran cuantos he interrogado-, en ese despacho se agitaban, sin duda, todos los pensamientos y todos los deseos humanos e inversamente todas las metas y todas las plenitudes. Por la ventana abierta caía un reflejado esplendor de mundos divinos sobre las manos trazadoras de planos.
Por consiguiente, el observador imparcial debe admitir que la Dirección, si se hubiera empe?ado en ello, hubiera podido vencer las dificultades que se oponían a un sistema de construcción continua. Es decir, debemos admitir que la Dirección eligió deliberadamente el sistema de construcción parcial. La construcción parcial, sin embargo, era un mero expediente y, por lo tanto, inadecuado. ?Eligió entonces la Dirección un medio inadecuado? ?Extra?a conclusión! Sin duda, pero desde otro punto de vista, puede justificarse. Tal vez ahora lo podemos discutir sin peligro. En esos días la máxima secreta de muchos, y aun de los mejores, era ésta: Trata de comprender con todas tus fuerzas las órdenes de la Dirección, pero sólo hasta cierto punto; luego, deja de meditar Una máxima de lo más razonable, que se desarrolló en una parábola que logró mucha difusión: Deja de meditar, pero no porque pueda perjudicarte, ya que tampoco hay la seguridad de que pueda perjudicarte; las ideas de perjuicio y de no perjuicio nada tienen que ver con el asunto. Te acontecerá lo que al río en la primavera. El río crece, se hace más caudaloso, alimenta la tierra de sus riberas y guarda su propio carácter hasta penetrar en el mar que lo recibe hospitalariamente por eso. Trata de comprender hasta ese punto las órdenes de la Dirección, Pero otras veces el río anega sus riberas, pierde su forma, demora su curso, ensaya contra su destino la formación de peque?os mares tierra adentro, perjudica los campos, y, sin embargo, no puede mantener esa latitud, y acaba por volver a sus riberas y por secarse miserablemente cuando llega el verano. No quieras penetrar demasiado las órdenes de la Dirección.
Por acertada que fuera esa parábola durante la construcción de la Muralla, sólo tiene un valor muy relativo en este informe actual. Mi indignación es puramente histórica; ya se han desvanecido los relámpagos de esa remota tempestad, y yo no me propongo otra cosa que dar con una explicación del sistema de construcción parcial -una explicación más rotunda que las que satisficieron entonces. Los límites que me impone mi capacidad mental son estrechos; la materia que deberé abarcar, infinita.
?De quiénes iba a defendernos la Gran Muralla? De los pueblos' del Norte. Yo vengo del Sudeste de la China. Ningún pueblo del Norte nos amenaza. Leemos las historias antiguas, y las crueldades que esos pueblos cometen siguiendo sus instintos nos hacen suspirar bajo nuestros pacíficos árboles. En las auténticas figuras de los pintores vemos esas caras de réprobo, esas fauces abiertas, es s mandíbulas armadas de dientes puntiagudos, esos ojitos entornados que parecen buscar la víctima que los dientes destrozarán. Cuando los ni?os se portan mal les mostramos esas figuras y ellos se refugian en nuestros brazos. Pero eso es todo lo que sabemos de esos hombres del Norte. Nunca los hemos visto y si permanecemos en nuestra aldea no los veremos nunca, aunque resolvieran precipitarse sobre nosotros al galope tendido de sus caballos salvajes -demasiado vasta es la tierra y no los dejaría acercarse; su carrera se estrellaría en el vacío.
Entonces ?por qué razón abandonamos nuestros hogares, el río y los puentes, la madre y el padre, la mujer deshecha en lágrimas, los ni?os sin amparo, y fuimos a la ciudad lejana a estudiar y nuestros pensamientos aun más lejos, hasta la Muralla que está en el Norte? ?Por qué? La Dirección lo sabe. Bien nos conocen nuestros jefes. Agitados por ansiedades gigantescas, saben sin embargo de nosotros, conocen nuestros peque?os quehaceres, nos ven reunidos en humildes caba?as y aprueban o desaprueban el rezo que el padre de familia eleva en las tardes rodeado de los suyos. Y si me fuera permitido otro juicio sobre la Dirección, yo diría que es muy antigua y que no ha sido congregada de golpe como los altos mandarines que se reúnen movidos por un sue?o y ya esa misma tarde arrancan de sus camas al pueblo redoblando tambores y lo arrean a una iluminación en honor de un dios que ayer ha favorecido a sus Se?orías y que ma?ana, apenas apagados los faroles, será relegado a un rincón oscuro. Prefiero sospechar que la Dirección no es menos antigua que el mundo, así como la decisión de hacer la Muralla. ?Inconscientes pueblos del Norte que imaginaban ser el motivo! ?Venerable, inconsciente Emperador que imaginó haberla decretado! Los constructores de la Muralla sabemos la verdad y callamos. Desde la construcción de la Muralla hasta el día de hoy, me he entregado casi exclusivamente a la historia comparativa de las naciones -hay determinados problemas que no es posible penetrar sino por ese método y he descubierto que nosotros los chinos disponemos de ciertas instituciones sociales y políticas cuya claridad es incomparable y también de otras cuya oscuridad es in comparable. El deseo de investigar las causas de esos fenómenos, especialmente de los últimos, no me abandona, ya que la construcción de la Muralla guarda una relación esencial con esos problemas.
La más oscura de nuestras instituciones es indudablemente el Imperio. Por cierto que en Pekín, en la Corte, hay alguna claridad sobre esa materia, pero esa misma claridad es más ilusoria que real. En las universidades, los profesores de derecho y de historia afirman su conocimiento exacto del tema y su capacidad de transmitirlo. A medida que uno desciende a las escuelas elementales, van desapareciendo las dudas, y una cultura superficial infla monstruosamente unos pocos preceptos seculares, que a pesar de no haber perdido nada de su eterna verdad, resultan invisibles en ese polvo y en esa niebla.
Precisamente sobre el Imperio convendría que el pueblo fuera interrogado, ya que el Imperio tiene en el pueblo su último sostén. Es verdad que sobre este punto yo sólo puedo hablar de mi aldea. Descontadas las divinidades agrarias cuyas ceremonias ocupan el a?o de un modo tan variado y tan bello, sólo pensamos en el Emperador. No en el Emperador actual: para ello tendríamos que saber quién es o algo determinado sobre él. Hemos tratado siempre -no tenemos otra curiosidad- de conseguir algún dato, pero por raro que parezca, nos ha resultado casi imposible descubrir algo, ya de los peregrinos, que han rodado por muchas tierras, ya de las aldeas vecinas o remotas, ya de los marineros, que no sólo han remontado nuestros arroyos, sino los ríos sagrados. Uno oye muchas cosas, es verdad, pero ninguna cierta.
Nuestra tierra es tan grande que no hay un cuento de hadas que pueda declarar su grandeza. El cielo mismo apenas la abarca, y Pekín es un punto y el palacio imperial es menos que un punto. El Emperador, como tal, está sobre todas las jerarquías del mundo. Pero el Emperador individual es un hombre como nosotros, que duerme como un hombre en una cama que tal vez es amplísima, pero que tal vez es corta y angosta. Como nosotros, a veces se estira y cuando está muy cansado bosteza con su delicada boca. Pero nosotros que habitamos al Sur, a millares de leguas, casi en los contrafuertes de la meseta tibetana ?qué podemos saber de todo eso? Además, aunque nos llegaran noticias, nos llegarían atrasadas, absurdas. En torno del Emperador se aprieta una brillante y sin embargo oscura muchedumbre de cortesanos -maldad y hostilidad disfrazadas de amigos y servidores-, el contrapeso del poder imperial, perpetuamente dirigiendo al Emperador flechas envenenadas. El Imperio es eterno, pero el Emperador vacila y se cae; dinastías enteras se derrumban y mueren en un solo estertor. De esas batallas y esas luchas no sabrá nada el pueblo: es como el retrasado forastero que no pasa del fondo de una atestada calle lateral, mientras en la plaza central están ejecutando a su rey.
Hay una parábola que describe muy bien esa relación. A ti, al aislado, el más oscuro súbdito, a la minúscula sombra acurrucada lejos del gran sol imperial, a ti, precisamente a ti, el Emperador envía un mensaje desde su lecho de muerte. El Emperador ha dispuesto que el mensajero se arrodille a su lado y le ha dicho el mensaje al oído; tan importante es el mensaje que el mensajero ha tenido que repetírselo. El Emperador lo ha confirmado con un signo de cabeza. Ante los congregados espectadores de su agonía -todos los muros interiores han sido derribados, y en las enormes escaleras abiertas forman rueda los príncipes del Imperio el Emperador despacha el mensaje. En el acto el mensajero se pone en marcha; es un hombre fuerte, incansable; ya con el brazo izquierdo, ya con el derecho, se abre camino entre la turba; si encuentra resistencia le basta se?alar su pecho donde brilla el signo del sol; nadie avanza como él. Pero las muchedumbres son tan vastas; sus habitaciones no tienen fin. ?Cómo correría, si pudiera llegar a campo abierto! ?Qué pronto escucharías en tu puerta el retumbar magnífico de sus pu?os! En cambio, agota vanamente sus fuerzas; aún no ha salido de las cámaras del palacio interior; no saldrá nunca de ellas y aunque lo hiciera de nada le servirla; tendría que atravesarlos patios y después de los patios el segundo palacio exterior; y de nuevo escaleras y patios; y de nuevo un palacio; y así por miles de a?os; y aunque arribara a la última puerta -pero eso nunca, nunca sucederá- lo rodearía la ciudad imperial, el centro del mundo, repleto impenetrablemente de chusma. Nadie se puede abrir camino por ahí ni con el mensaje de un muerto. Tú, sin embargo, esperas en tu ventana y lo sue?as, cuando viene la tarde.
Así, de un modo tan desesperado y tan esperanzado a la vez, mira nuestro pueblo al Emperador. No sabe qué Emperador reina, y hasta el nombre de la dinastía está en duda. En la escuela ense?an en orden las dinastías, pero la incertidumbre general es tan grande que hasta los mejores letrados se dejan arrastrar por ella. Emperadores muertos hace siglos suben al trono en nuestras aldeas y la proclamación de un emperador que sólo perdura en las epopeyas fue leída frente al altar por un sacerdote. Batallas de la historia más antigua son nuevas para nosotros, y un vecino trae la noticia con la cara encendida. Las mujeres de los emperadores, ociosas entre los cojines de seda, desviadas de la noble tradición por cortesanos viles, henchidas de ambición, violentas de codicia, desaforadas de lujuria, repiten y vuelven a repetir sus abominaciones. Cuanto más tiempo ha transcurrido, más terribles y vivos son los colores y con un grito de temor nuestra aldea recibe la noticia de que una emperatriz (hace miles de a?os) bebió la sangre del marido a grandes tragos.
Así está cerca nuestro pueblo de los emperadores antiguos, pero al que vive lo juzgan entre los muertos. Si alguna vez, alguna rarísima vez un funcionario imperial, que recorre las provincias, cae por azar en nuestra aldea, y nos transmite algunos decretos y examina las listas de los impuestos, preside los exámenes, interroga al sacerdote, y antes de ascender a su litera dirige algunas amonestaciones verbosas a la concurrencia, entonces una sonrisa alegra las caras, todos se miran a hurtadillas y la gente se inclina sobre los ni?os, para que el funcionario no se dé cuenta. ?Cómo?, piensan: habla de un muerto como si aún estuviera vivo, ese Emperador ha muerto hace tiempo, la dinastía se ha extinguido, el se?or funcionario nos está gastando una broma, pero no nos daremos por aludidos, para no ofenderlo. Pero realmente no acataremos sino al Emperador actual, porque otra cosa sería un crimen. Y al desaparecer la litera surge como se?or del pueblo una sombra que arbitrariamente exaltamos y que habitó, sin duda, una urna ya hecha cenizas.
Paralelamente nuestro pueblo suele interesarse muy poco en las agitaciones civiles o en las guerras contemporáneas. Recuerdo un incidente de mi juventud. Había estallado una revuelta en una provincia limítrofe pero muy apartada. No recuerdo las causas de la revuelta, ni éstas ahora importan: sobran las causas cuando es levantisca la gente.
Un pordiosero que venía de esa provincia trajo a la casa de mi padre un volante publicado por los rebeldes. Casualmente era un día de fiesta, la casa estaba llena de invitados, el sacerdote ocupaba el sitio de honor y miró la proclama. De golpe todos se reían, en la confusión la hoja se hizo pedazos, el pordiosero que había recibido abundantes limosnas fue expulsado a empujones, los huéspedes salieron a gozar del hermoso día. ?La razón? El dialecto de esa provincia limítrofe difiere esencialmente del nuestro y esa disparidad se manifiesta en algunas formas del idioma escrito que tienen un carácter arcaico para nosotros. Apenas hubo leído el sacerdote un par de líneas, nuestra decisión estaba tomada. Viejas cosas, contadas hace tiempo, hace tiempo cicatrizadas. Y aunque -así me lo asegura el recuerdo- la actualidad hablaba palmariamente por boca del pordiosero, todos movían la cabeza y reían y rehusaban escuchar más. Tan inclinado está nuestro pueblo a ignorar el presente.
Si de tales hechos se infiere que no tenemos Emperador, no se estará muy lejos de la verdad. Lo digo y lo repito: No hay un pueblo más fiel al Emperador que el nuestro del Sur, pero de nada sirve al Emperador nuestra fidelidad. Es cierto que el dragón sagrado está en su pedestal a la entrada de nuestra aldea, y desde que los hombres son hombres ha dirigido hacia Pekín su aliento de fuego, pero Pekín es más inconcebible para nosotros que la otra vida. ?Existirá realmente una aldea de casas encimadas que cubre un espacio superior al que domina nuestro cerro, y- será posible que entre esas casas haya hombres hacinados todo el día y toda la noche? Menos difícil que figurarnos esa ciudad es pensar que Pekín y su Emperador son una sola cosa: una tranquila nube, digamos, que eternamente gira cerca del sol.
De tales opiniones resulta una vida relativamente libre, desembarazada. No una vida inmoral: yo no he encontrado en mis andanzas una pureza de costumbres igual a la de mi aldea. Una vida, con todo, que no sabe de leyes contemporáneas, y sólo reconoce las exhortaciones y los avisos que vienen de tiempos remotos.
Me guardo de generalizaciones, y no pretendo que suceda lo mismo en las mil aldeas de nuestra provincia o en las quinientas provincias del Imperio. El examen de muchos documentos, corroborado por mis observaciones personales, las vastas muchedumbres movilizadas para levantar la muralla daban a los hombres sensibles una ocasión de recorrer el alma de casi todas las provincias; ese examen -repito- me permite afirmar que la concepción general del Emperador concuerda esencialmente con la que se abriga en mi aldea. No afirmo que esa concepción es una virtud: al contrario. Es indudable que la responsabilidad principal incumbe al gobierno, que en este Imperio -el más antiguo de la tierra- no ha conseguido desarrollar o no ha querido desarrollar las instituciones imperiales con la precisión necesaria para que su influencia llegue directa e incesantemente a los extremos límites del país. Por otra parte, el pueblo adolece de una debilidad de imaginación o de fe, que le impide levantar al Imperio de su postración en Pekín y estrecharlo con fuego y con amor contra su pecho leal, aunque en el fondo no ambiciona otra cosa que sentir ese contacto y morir.
Por consiguiente, nuestra concepción del Emperador no es una virtud. Tanto más raro es que esa misma debilidad sea una de las mayores fuerzas unificadoras de nuestro pueblo; sea, si me permiten la expresión, el suelo que pisamos. Declararlo un defecto fundamental, importaba no sólo hacer vacilar las conciencias, sino también los pies. Y por eso no quiero proseguir el examen de este problema.

martes, septiembre 12, 2006

El escudo de la ciudad

Este relato parece remitir a los Estados Unidos y sus rascacielos, protagonistas de la pasada jornada, aniversario del 11S. En cualquier caso otro cuento delicioso de Kafka.

Das Stadtwappen-1920
Frank Kafka


Al comienzo no faltó el orden en los preparativos para construir la Torre de Babel; orden en exceso quizá. Se preocuparon demasiado de los guías e intérpretes, de los alojamientos para obreros, y de vías de comunicación, como si para la tarea hubieran dispuesto de siglos. En aquella época todo el mundo pensaba que se podía construir con mucha calma; un poco más y habrían desistido de todo, hasta de echar los cimientos. La gente se decía: lo mas importante de la obra es la intención de construir una torre que llegue al cielo. Lo otro, es deseo, grandeza, lo inolvidable; mientras existan hombres en la tierra, existirá también el ferviente deseo de terminar la torre. Por lo cual no tiene que inquietarnos el porvenir. Por lo contrario, pensemos en el mayor conocimiento de las próximas generaciones; la arquitectura ha progresado y continuará haciéndolo; de aquí a cien a?os el trabajo que ahora nos tarda un a?o se podrá hacer seguramente en unos meses, mas durable y mejor. Entonces ?para qué agotarnos ahora? El empe?o se justificaría si cupiera la posibilidad de que en el transcurso de una generación se pudiera terminar la torre. Cosa totalmente imposible; lo más probable será que la nueva generación, con sus conocimientos más perfeccionados, condene el trabajo de la generación anterior y destruya todo lo construido, para comenzar de nuevo. Esas lucubraciones restaron energías, y se pensó ya menos en construir la torre que en levantar una ciudad para obreros. Mas cada nacionalidad deseaba el mejor barrio, lo que originó disputas que terminaban en peleas sangrientas. Esas peleas no tenían ningún objeto; algunos dirigentes estimaban que demoraría muchisimo la construcción de la torre, y otros, que más convenía aguardar a que se restableciera la paz. Pero no solo ocupaban el tiempo en pelear; en las treguas embellecían la ciudad, lo que a su vez daba motivo a nuevas envidias y nuevas polémicas. Así transcurrió el tiempo de la primera generación, pero ninguna de las otras siguientes tampoco varió; solo desarrollaron más la habilidad técnica, y unido a eso, la belicosidad. A pesar de que la segunda o tercera generación comprendió lo insensato de construir una torre que llegara al cielo, ya estaban todos demasiado comprometidos para dejar abandonados los trabajos y la ciudad.
En todas sus leyendas y cantos, esa ciudad tiene la esperanza de que llegue un día, especialmente vaticinado, en el cual cinco golpes asestados en forma sucesiva por el pu?o de una mano gigantesca, destruirán la mencionada ciudad. Y es por eso que el pu?o aparece en su escudo de armas.

domingo, septiembre 10, 2006

Chacales y árabes

Por Franz Kafka

Acampábamos en el oasis. Los viajeros dormían. Un árabe, alto y blanco, pasó adelante; ya había alimentado a los camellos y se dirigía a acostarse.

Me tiré de espaldas sobre la hierba; quería dormir; no pude conciliar el sue?o; el aullido de un chacal a lo lejos me lo impedía; entonces me senté. Y lo que había estado tan lejos, de pronto estuvo cerca. El gru?ido de los chacales me rodeó; ojos dorados descoloridos que se encendían y se apagaban; cuerpos esbeltos que se movían ágilmente y en cadencia como bajo un látigo.

Un chacal se me acercó por detrás, pasó bajo mi brazo y se apretó contra mí como si buscara mi calor, luego me encaró y dijo, sus ojos casi en los míos:

-Soy el chacal más viejo de toda la región. Me siento feliz de poder saludarte aquí todavía. Ya casi había abandonado la esperanza, porque te esperábamos desde la eternidad; mi madre te esperaba, y su madre, y todas las madres hasta llegar a la madre de todos los chacales. ?Créelo!

-Me asombra -dije olvidando alimentar el fuego cuyo humo debía mantener lejos a los chacales-, me asombra mucho lo que dices. Sólo por casualidad vengo del lejano Norte en un viaje muy corto. ?Qué quieren de mí, chacales?

Y como envalentonados por este discurso quizá demasiado amistoso, los chacales estrecharon el círculo a mi alrededor; todos respiraban con golpes cortos y bufaban.

-Sabemos -empezó el más viejo- que vienes del Norte; en esto precisamente fundamos nuestra esperanza. Allá se encuentra la inteligencia que aquí entre los árabes falta. De este frío orgullo, sabes, no brota ninguna chispa de inteligencia. Matan a los animales, para devorarlos, y desprecian la carro?a.

-No hables tan fuerte -le dije-, los árabes están durmiendo cerca de aquí.

-Eres en verdad un extranjero -dijo el chacal-, de lo contrario sabrías que jamás, en toda la historia del mundo, ningún chacal ha temido a un árabe. ?Por qué deberíamos tenerles miedo? ?Acaso no es un desgracia suficiente el vivir repudiados en medio de semejante pueblo?

-Es posible -contesté-, puede ser, pero no me permito juzgar cosas que conozco tan poco; debe tratarse de una querella muy antigua, de algo que se lleva en la sangre, entonces concluirá quizá solamente con sangre.

-Eres muy listo -dijo el viejo chacal; y todos empezaron a respirar aún más rápido, jadeantes los pulmones a pesar de estar quietos; un olor amargo que a veces sólo apretando los dientes podía tolerarse salía de sus fauces abiertas-, eres muy listo; lo que dices se corresponde con nuestra antigua doctrina. Tomaremos entonces la sangre de ellos, y la querella habrá terminado.

-?Oh! -exclamé más brutalmente de lo que hubiera querido- se defenderán, los abatirán en masa con sus escopetas.

-Has entendido mal -dijo-, según la manera de los hombres que ni siquiera en el lejano Norte se pierde. Nosotros no los mataremos. El Nilo no tendría bastante agua para purificarnos. A la simple vista de sus cuerpos con vida escapamos hacia aires más puros, al desierto, que por esta razón se ha vuelto nuestra patria.

domingo, septiembre 03, 2006

El híbrido

Por Franz Kafka

Tengo un animal curioso mitad gatito, mitad cordero. Es una herencia de mi padre. En mi poder se ha desarrollado del todo; antes era más cordero que gato. Ahora es mitad y mitad. Del gato tiene la cabeza y las u?as, del cordero el tama?o y la forma; de ambos los ojos, que son hura?os y chispeantes, la piel suave y ajustada al cuerpo, los movimientos a la par saltarines y furtivos. Echado al sol, en el hueco de la ventana se hace un ovillo y ronronea; en el campo corre como loco y nadie lo alcanza. Dispara de los gatos y quiere atacar a los corderos. En las noches de luna su paseo favorito es la canaleta del tejado. No sabe maullar y abomina a los ratones. Horas y horas pasa al acecho ante el gallinero, pero jamás ha cometido un asesinato.
Lo alimento a leche; es lo que le sienta mejor. A grandes tragos sorbe la leche entre sus dientes de animal de presa. Naturalmente, es un gran espectáculo para los ni?os. La hora de visita es los domingos por la ma?ana. Me siento con el animal en las rodillas y me rodean todos los ni?os de la vecindad.
Se plantean entonces las más extraordinarias preguntas, que no puede contestar ningún ser humano. Por qué hay un solo animal así, por qué soy yo el poseedor y no otro, si antes ha habido un animal semejante y qué sucederá después de su muerte, si no se siente solo, por qué no tiene hijos, como se llama, etcétera.
No me tomo el trabajo de contestar: me limito a exhibir mi propiedad, sin mayores explicaciones. A veces las criaturas traen gatos; una vez llegaron a traer dos corderos. Contra sus esperanzas, no se produjeron escenas de reconocimiento. Los animales se miraron con mansedumbre desde sus ojos animales, y se aceptaron mutuamente como un hecho divino.

El hombre, que se ha provisto de muchas cosas para el viaje, sacrifica todo, por valioso que sea, para sobornar al guardián. Este acepta todo, en efecto, pero le dice:
En mis rodillas el animal ignora el temor y el impulso de perseguir. Acurrucado contra mí es como se siente mejor. Se apega a la familia que lo ha criado. Esa fidelidad no es extraordinaria: es el recto instinto de un animal, que aunque tiene en la tierra innumerables lazos políticos, no tiene un solo consanguíneo, y para quien es sagrado el apoyo que ha encontrado en nosotros.
A veces tengo que reírme cuando resuella a mi alrededor, se me enreda entre las piernas y no quiere apartarse de mí. Como si no le bastara ser gato y cordero quiere también ser perro. Una vez -eso le acontece a cualquiera- yo no veía modo de salir de dificultades económicas, ya estaba por acabar con todo. Con esa idea me hamacaba en el sillón de mi cuarto, con el animal en las rodillas; se me ocurrió bajar los ojos y vi lágrimas que goteaban en sus grandes bigotes. ?Eran suyas o mías? ?Tiene este gato de alma de cordero el orgullo de un hombre? No he heredado mucho de mi padre, pero vale la pena cuidar este legado.
Tiene la inquietud de los dos, la del gato y la del cordero, aunque son muy distintas. Por eso le queda chico el pellejo. A veces salta al sillón, apoya las patas delanteras contra mi hombro y me acerca el hocico al oído. Es como si me hablara, y de hecho vuelve la cabeza y me mira deferente para observar el efecto de su comunicación. Para complacerlo hago como si lo hubiera entendido y muevo la cabeza. Salta entonces al suelo y brinca alrededor.
Tal vez la cuchilla del carnicero fuera la redención para este animal, pero él es una herencia y debo negársela. Por eso deberá esperar hasta que se le acabe el aliento, aunque a veces me mira con razonables ojos humanos, que me instigan al acto razonable.

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