Hotel Kafka - Escuela de Ideas

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viernes, diciembre 29, 2006

La verdad sobre Sancho Panza

Franz Kafka escribió y prácticamente inventó a principios del siglo XX, desde la calle de los alquimistas, el género de la microficción, con sus series "Contemplaciones" y "Un médico rural". Estos textos, de una condensación genial, constituyen el más claro precedente del género del microrrelato y han servido de inspiración a generaciones de escritores.

La verdad sobre Sancho Panza
Franz Kafka

Sancho Panza, que por lo demás nunca se jactó de ello, logró, con el correr de los años, mediante la composición de una cantidad de novelas de caballería y de bandoleros, en horas del atardecer y de la noche, apartar a tal punto de sí a su demonio, al que luego dio el nombre de don Quijote, que éste se lanzó irrefrenablemente a las más locas aventuras, las cuales empero, por falta de un objeto predeterminado, y que precisamente hubiese debido ser Sancho Panza, no hicieron daño a nadie. Sancho Panza, hombre libre, siguió impasible, quizás en razón de un cierto sentido de la responsabilidad, a don Quijote en sus andanzas, alcanzando con ello un grande y útil esparcimiento hasta su fin.
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martes, diciembre 26, 2006

Escribir como necesidad

La actividad de escribir requiere tiempo y soledad, la mayor parte de los que la abordan suelen tener otras ocupaciones para ganarse la vida por lo que se restringe mucho el tiempo que se puede dedicar a la vida de pareja o a la vida familiar. En estos casos aparece la necesidad de un pacto tácito. Al debate actual sobre la necesidad de conjugar vida laboral y familiar se añade esa "tercera vida", la del artista.


Carta a Felice, 21 de junio de 1913
"... Pero que me dices, Felice, acerca de una vida matrimonial en la cual, por lo menos durante algunos meses al año, el marido regresa de la oficina hacia las 2.30 o las 3, come, se acuesta y duerme hasta las 7 o las 8, cena rápidamente, pasea durante una hora, y luego comienza a escribir hasta la 1 o las 2 de la madrugada. ¿Serías capaz de aguantar todo esto? ¿No saber nada del marido, sino que está en su cuarto escribiendo? ¿Y pasar así todo el otoño y el invierno? ¿Y hacia la primavera recibir a ese hombre medio muerto junto a la puerta del escritorio, para tener que contemplar durante la primavera y el verano como se recupera para el otoño y el invierno? ¿Es esta una vida posible? Quizá, quizá sea posible, pero es preciso que tú reflexiones sobre ello hasta la última sombra de una duda."

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sábado, diciembre 23, 2006

Un médico rural

(Franz Kafka)

Estaba muy preocupado; debía emprender un viaje urgente; un enfermo de gravedad me estaba esperando en un pueblo a diez millas de distancia; una violenta tempestad de nieve azotaba el vasto espacio que nos separaba; yo tenía un coche, un cochecito ligero, de grandes ruedas, exactamente apropiado para correr por nuestros caminos; envuelto en el abrigo de pieles, con mi maletín en la mano, esperaba en el patio, listo para marchar; pero faltaba el caballo... El mío se había muerto la noche anterior, agotado por las fatigas de ese invierno helado; mientras tanto, mi criada corría por el pueblo, en busca de un caballo prestado; pero estaba condenada al fracaso, yo lo sabía, y a pesar de eso continuaba allí inútilmente, cada vez más envarado, bajo la nieve que me cubría con su pesado manto. En la puerta apareció la muchacha, sola, y agitó la lámpara; naturalmente, ¿quién habría prestado su caballo para semejante viaje? Atravesé el patio, no hallaba ninguna solución; distraído y desesperado a la vez, golpeé con el pie la ruinosa puerta de la pocilga, deshabitada desde hacía años. La puerta se abrió, y siguió oscilando sobre sus bisagras. De la pocilga salió una vaharada como de establo, un olor a caballos. Una polvorienta linterna colgaba de una cuerda.
Un individuo, acurrucado en el tabique bajo, mostró su rostro claro, de ojitos azules.
-¿Los engancho al coche? -preguntó, acercándose a cuatro patas.
No supe qué decirle, y me agaché para ver qué había dentro de la pocilga. La criada estaba a mi lado.
-Uno nunca sabe lo que puede encontrar en su propia casa -dijo ésta. Y ambos nos echamos a reír.
-¡Hola, hermano, hola, hermana! -gritó el palafrenero, y dos caballos, dos magníficas bestias de vigorosos flancos, con las piernas dobladas y apretadas contra el cuerpo, las perfectas cabezas agachadas, como las de los camellos, se abrieron paso una tras otra por el hueco de la puerta, que llenaban por completo. Pero una vez afuera se irguieron sobre sus largas patas, despidiendo un espeso vapor.
-Ayúdalo -dije a la criada, y ella, dócil, alargó los arreos al caballerizo. Pero apenas llegó a su lado, el hombre la abrazó y acercó su rostro al rostro de la joven. Esta gritó, y huyó hacia mí; sobre sus mejillas se veían, rojas, las marcas de dos hileras de dientes.
-¡Salvaje! -dije al caballerizo-. ¿Quieres que te azote?
Pero luego pensé que se trataba de un desconocido, que yo ignoraba de dónde venía y que me ofrecía ayuda cuando todos me habían fallado. Como si hubiera adivinado mis pensamientos, no se mostró ofendido por mi amenaza y, siempre atareado con los caballos, sólo se volvió una vez hacia mí.
-Suba -me dijo, y, en efecto, todo estaba preparado.
Advierto entonces que nunca viajé con tan hermoso tronco de caballos, y subo alegremente.
-Yo conduciré, pues tú no conoces el camino -dije.
-Naturalmente -replica-, yo no voy con usted: me quedo con Rosa.
-¡No! -grita Rosa, y huye hacia la casa, presintiendo su inevitable destino; aún oigo el ruido de la cadena de la puerta al correr en el cerrojo; oigo girar la llave en la cerradura; veo además que Rosa apaga todas las luces del vestíbulo y, siempre huyendo, las de las habitaciones restantes, para que no puedan encontrarla.
-Tú vendrás conmigo -digo al mozo-; si no es así, desisto del viaje, por urgente que sea. No tengo intención de dejarte a la muchacha como pago del viaje.
-¡Arre! -grita él, y da una palmada; el coche parte, arrastrado como un leño en el torrente; oigo crujir la puerta de mi casa, que cae hecha pedazos bajo los golpes del mozo; luego mis ojos y mis oídos se hunden en el remolino de la tormenta que confunde todos mis sentidos. Pero esto dura sólo un instante; se diría que frente a mi puerta se encontraba la puerta de la casa de mi paciente; ya estoy allí; los caballos se detienen; la nieve ha dejado de caer; claro de luna en torno; los padres de mi paciente salen ansiosos de la casa, seguidos de la hermana; casi me arrancan del coche; no entiendo nada de su confuso parloteo; en el cuarto del enfermo el aire es casi irrespirable, la estufa humea, abandonada; quiero abrir la ventana, pero antes voy a ver al enfermo. Delgado, sin fiebre, ni caliente ni frío, con ojos inexpresivos, sin camisa, el joven se yergue bajo el edredón de plumas, se abraza a mi cuello y me susurra al oído:
-Doctor, déjeme morir.
Miro en torno; nadie lo ha oído; los padres callan, inclinados hacia adelante, esperando mi sentencia; la hermana me ha acercado una silla para que coloque mi maletín de mano. Lo abro, y busco entre mis instrumentos; el joven sigue alargándome las manos, para recordarme su súplica; tomo un par de pinzas, las examino a la luz de la bujía y las deposito nuevamente.
-Sí -pienso indignado-; en estos casos los dioses nos ayudan, nos mandan el caballo que necesitamos y, dada nuestra prisa, nos agregan otro. Además, nos envían un caballerizo...
En aquel preciso instante me acuerdo de Rosa. ¿Qué hacer? ¿Cómo salvarla? ¿Cómo rescatar su cuerpo del peso de aquel hombre, a diez millas de distancia, con un par de caballos imposibles de manejar? Esos caballos que no sé cómo se han desatado de las riendas, que se abren paso ignoro cómo; que asoman la cabeza por la ventana y contemplan al enfermo, sin dejarse impresionar por las voces de la familia.
-Regresaré en seguida -me digo como si los caballos me invitaran al viaje. Sin embargo, permito que la hermana, que me cree aturdido por el calor, me quite el abrigo de pieles. Me sirven una copa de ron; el anciano me palmea amistosamente el hombro, porque el ofrecimiento de su tesoro justifica ya esta familiaridad. Meneo la cabeza; estallaré dentro del estrecho círculo de mis pensamientos; por eso me niego a beber. La madre permanece junto al lecho y me invita a acercarme; la obedezco, y mientras un caballo relincha estridentemente hacia el techo, apoyo la cabeza sobre el pecho del joven, que se estremece bajo mi barba mojada. Se confirma lo que ya sabía: el joven está sano, quizá un poco anémico, quizá saturado de café, que su solícita madre le sirve, pero está sano; lo mejor sería sacarlo de un tirón de la cama. No soy ningún reformador del mundo, y lo dejo donde está. Soy un vulgar médico del distrito que cumple con su deber hasta donde puede, hasta un punto que ya es una exageración. Mal pagado, soy, sin embargo, generoso con los pobres. Es necesario que me ocupe de Rosa; al fin y al cabo es posible que el joven tenga razón, y yo también pido que me dejen morir. ¿Qué hago aquí, en este interminable invierno? Mi caballo se ha muerto y no hay nadie en el pueblo que me preste el suyo. Me veré obligado a arrojar mi carruaje en la pocilga; si por casualidad no hubiese encontrado esos caballos, habría tenido que recurrir a los cerdos. Esta es mi situación. Saludo a la familia con un movimiento de cabeza. Ellos no saben nada de todo esto, y si lo supieran, no lo creerían. Es fácil escribir recetas, pero en cambio, es un trabajo difícil entenderse con la gente. Ahora bien, acudí junto al enfermo; una vez más me han molestado inútilmente; estoy acostumbrado a ello; con esa campanilla nocturna todo el distrito me molesta, pero que además tenga que sacrificar a Rosa, esa hermosa muchacha que durante años vivió en mi casa sin que yo me diera cuenta cabal de su presencia... Este sacrificio es excesivo, y tengo que encontrarle alguna solución, cualquier cosa, para no dejarme arrastrar por esta familia que, a pesar de su buena voluntad, no podrían devolverme a Rosa. Pero he aquí que mientras cierro el maletín de mano y hago una señal para que me traigan mi abrigo, la familia se agrupa, el padre olfatea la copa de ron que tiene en la mano, la madre, evidentemente decepcionada conmigo -¿qué espera, pues, la gente?- se muerde, llorosa, los labios, y la hermana agita un pañuelo lleno de sangre; me siento dispuesto a creer, bajo ciertas condiciones, que el joven quizá está enfermo. Me acerco a él, que me sonríe como si le trajera un cordial... ¡Ah! Ahora los dos caballos relinchan a la vez; ese estrépito ha sido seguramente dispuesto para facilitar mi auscultación; y esta vez descubro que el joven está enfermo. El costado derecho, cerca de la cadera, tiene una herida grande como un platillo, rosada, con muchos matices, oscura en el fondo, más clara en los bordes, suave al tacto, con coágulos irregulares de sangre, abierta como una mina al aire libre. Así es como se ve a cierta distancia. De cerca, aparece peor. ¿Quién puede contemplar una cosa así sin que se le escape un silbido? Los gusanos, largos y gordos como mi dedo meñique, rosados y manchados de sangre, se mueven en el fondo de la herida, la puntean con su cabecitas blancas y sus numerosas patitas. Pobre muchacho, nada se puede hacer por ti. He descubierto tu gran herida; esa flor abierta en tu costado te mata. La familia está contenta, me ve trabajar; la hermana se lo dice a la madre, ésta al padre, el padre a algunas visitas que entran por la puerta abierta, de puntillas, a través del claro de luna.
-¿Me salvarás? -murmura entre sollozos el joven, deslumbrado por la vista de su herida.
Así es la gente de mi comarca. Siempre esperan que el médico haga lo imposible. Han perdido la antigua fe; el cura se queda en su casa y desgarra sus ornamentos sacerdotales uno tras otro; en cambio, el médico tiene que hacerlo todo, suponen ellos, con sus pobres dedos de cirujano. ¡Como quieran! Yo no les pedí que me llamaran; si pretenden servirse de mí para un designio sagrado, no me negaré a ello. ¿Qué cosa mejor puedo pedir yo, un pobre médico rural, despojado de su criada?
Y he aquí que empiezan a llegar los parientes y todos los ancianos del pueblo, y me desvisten; un coro de escolares, con el maestro a la cabeza canta junto a la casa una tonada infantil con estas palabras:
"Desvístanlo, para que cure, y si no cura, mátenlo. Sólo es un médico, sólo es un médico..."
Mírenme: ya estoy desvestido, y, mesándome la barba y cabizbajo, miro al pueblo tranquilamente. Tengo un gran dominio sobre mí mismo; me siento superior a todos y aguanto, aunque no me sirve de nada, porque ahora me toman por la cabeza y los pies y me llevan a la cama del enfermo. Me colocan junto a la pared, al lado de la herida. Luego salen todos del aposento; cierran la puerta, el canto cesa; las nubes cubren la luna; las mantas me calientan, las sombras de las cabezas de los caballos oscilan en el vano de las ventanas.
-¿Sabes -me dice una voz al oído- que no tengo mucha confianza en ti? No importa cómo hayas llegado hasta aquí; no te han llevado tus pies. En vez de ayudarme, me escatimas mi lecho de muerte. No sabes cómo me gustaría arrancarte los ojos.
-En verdad -dije yo-, es una vergüenza. Pero soy médico. ¿Qué quieres que haga? Te aseguro que mi papel nada tiene de fácil.
-¿He de darme por satisfecho con esa excusa? Supongo que sí. Siempre debo conformarme. Vine al mundo con una hermosa herida. Es lo único que poseo.
-Joven amigo -digo-, tu error estriba en tu falta de empuje. Yo, que conozco todos los cuartos de los enfermos del distrito, te aseguro: tu herida no es muy terrible. Fue hecha con dos golpes de hacha, en ángulo agudo. Son muchos los que ofrecen sus flancos, y ni siquiera oyen el ruido del hacha en el bosque. Pero menos aún sienten que el hacha se les acerca.
-¿Es de veras así, o te aprovechas de mi fiebre para engañarme?
-Es cierto, palabra de honor de un médico juramentado. Puedes llevártela al otro mundo.
Aceptó mi palabra, y guardó silencio. Pero ya era hora de pensar en mi libertad. Los caballos seguían en el mismo lugar. Recogí rápidamente mis vestidos, mi abrigo de pieles y mi maletín; no podía perder el tiempo en vestirme; si los caballos corrían tanto como en el viaje de ida, saltaría de esta cama a la mía. Dócilmente, uno de los caballos se apartó de la ventana; arrojé el lío en el coche; el abrigo cayó fuera, y sólo quedó retenido por una manga en un gancho. Ya era bastante. Monté de un salto a un caballo; las riendas iban sueltas, las bestias, casi desuncidas, el coche corría al azar y mi abrigo de pieles se arrastraba por la nieve.
-¡De prisa! -grité-. Pero íbamos despacio, como viajeros, por aquel desierto de nieve, y mientras tanto, el nuevo el canto de los escolares, el canto de los muchachos que se mofaban de mí, se dejó oír durante un buen rato detrás de nosotros:
"Alégrense, enfermos, tienen al médico en su propia cama."
A ese paso nunca llegaría a mi casa; mi clientela está perdida; un sucesor ocupará mi cargo, pero sin provecho, porque no puede reemplazarme; en mi casa cunde el repugnante furor del caballerizo; Rosa es su víctima; no quiero pensar en ello. Desnudo, medio muerto de frío y a mi edad, con un coche terrenal y dos caballos sobrenaturales, voy rodando por los caminos. Mi abrigo cuelga detrás del coche, pero no puedo alcanzarlo, y ninguno de esos enfermos sinvergüenzas levantará un dedo para ayudarme. ¡Se han burlado de mí! Basta acudir una vez a un falso llamado de la campanilla nocturna para que lo irreparable se produzca.

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martes, diciembre 19, 2006

Jorge Luis Borges Habla del Mundo de KAFKA

La Metamorfosis: Franz Kafka. Año 1991. Páginas: 130. Editorial Orión, Argentina.En una edición de La Metamorfosis de editorial ORION, Borges nos cuenta los temas de la obra de Kafka y su modus operandi. Trancribimos aquí la primera parte de ese magnífico ensayo.
(tomado de La Máquina del Tiempo)



Habla un discípulo de Kafka, un tardío discípulo de Kafka, pero que sigue sintiéndolo y agradeciendo lo mucho que él le ha dado y lo poco que él ha podido hacer con ese espléndido regalo de su obra.Quiero examinar aquí dos temas de Kafka, el "laberinto" y la "empresa imposible", pero antes quiero decir unas palabras sobre el modus operandi de Kafka, sobre lo que los escolásticos llamaron el "regregresus in infinitum" y que es un proceso intelectual bastante común tratándose de etiología o metafísica, pero raro tratándose de literatura y podríamos decir que fuera de algunos precursores, que de algún modo fueron inventados por él, fue inaugurado por Kafka. Y quiero recordar a mi amigo Carlos Mastronardi, el gran poeta de Entre Ríos, ¿por qué de Entre Ríos? El gran poeta de la patria y del mundo. Yo recuerdo que él había iniciado la lectura de El proceso y me dijo lacónicamente: "Franz Kafka, Zenón de Elea". Y ahora se preguntarán ustedes qué es el "regresus in infinitum", para mí una de las grandes innovaciones de Kafka: es un proceso lógico, conocido por los escolásticos. Comenzaré por uno de los ejemplos más amenos de este método y tema de Kafka. El "regresus in infinitum" puede ilustrarse, creo que del modo más vívido posible, mediante las paradojas de Zenón de Elea, que dijo que si creíamos en la realidad del tiempo como hecho de instantes y la del espacio como hecho de puntos, el transcurso del tiempo y el movimiento son imposibles, e ilustra esto mediante varias paradojas que fueron refutadas por Aristóteles y comentadas por toda la filosofía después, pero recordaré dos simplemente, ya que en ellas se ve claramente cuál es el modo de Kafka y me permite recordar a mi padre. Mi padre ?yo tendría 9 o 10 años entonces?, en una casa por las orillas de Palermo una noche después de comer me mostró el tablero de ajedrez y me dijo, señalándome las casillas: Vamos a poner a una persona que está en esta casilla -y me señaló la casilla de la torre, la de la izquierda y quiere ir a la casilla de la derecha. Pues bien, tendría que pasar antes por la casilla de la reina. Yo dije, naturalmente, que sí. Y él me dijo: Pero antes tendrá que pasar por la casilla del caballo. Yo afirmé nuevamente. Y él me dijo: Bueno, aquí tenemos 8 casillas, ya que se trata de 64 casillas, que forman el tablero. Supongamos un tablero más largo, con un número indefinido de casillas. Para llegar de la primera a la última habrá que pasar por todas las casillas intermedias. Dije que sí y él me dijo: Muy bien, pero entonces, antes de llegar a la meta habrá que pasar por la casilla del medio, antes por la del medio del medio, antes por la del medio del medio del medio y así sucesivamente, es decir, que no se llegará nunca de una casilla a otra. Y no mencionó el nombre de Zenón de Elea, no me dijo que estaba exponiendo la ilustre paradoja de la filosofía griega, porque mi padre era profesor de psicología y sabía que son más importantes los hechos que las fechas y los nombres de quienes los inventaron. De modo que me dejó con esa perplejidad y luego de unas noches me preguntó si había oído la historia de la carrera de Aquiles y la tortuga. Dije que no, y me divirtió la idea de una carrera entre Aquiles, el de los pies ligeros, símbolo de rapidez y la tortuga, la morosa tortuga, símbolo de lentitud, y dije que me gustaría oír eso. Bueno, dijo, una vez corrieron una carrera Aquiles y la tortuga. Aquiles le dio a la tortuga 100 metros de ventaja, lo cual es justo, dado lo moroso de la tortuga y lo lento de sus hábitos. Muy bien, Aquiles recorre los 100 metros mientras la tortuga recorre 1 metro. Me preguntó si la cuenta estaba bien sacada, él sabía que lo estaba y le dije que sí. Muy bien, me dijo, recorre ese metro en tanto que la tortuga recorre 1 centímetro. Yo dije que sí, si Aquiles corre cien veces más ligero que la tortuga. Desde luego, me dijo, Aquiles recorre entonces ese centímetro, y la tortuga mientras tanto ha recorrido un milímetro. Y así siguen, de modo que Aquiles nunca podrá alcanzar a la tortuga. Pues bien, esto ha sido discutido después por Poincaré, por Bergson, por Bertrand Russell, por Stuart Mill, antes por Aristóteles, antes quizás por todos los filósofos y es realmente un argumento serio contra el hecho de que si el tiempo se compone de instantes y el espacio está hecho de puntos, una cantidad cualquiera no puede agotarse. Ese argumento lo aplicó William James. En sus Elementos de Psicología James dice: Vamos a suponer un cuarto de hora. Pero antes de que un cuarto de hora pase, tienen que pasar siete minutos y medio, pero antes tienen que pasar tres minutos y una fracción, y antes de que pase la fracción tiene que pasar otra, pero como el número de fracciones es infinito resulta que se saca como consecuencia que no puede pasar nunca un cuarto de hora. Pero curiosamente, cuando Zenón de Elea formulaba esas paradojas en Grecia cinco siglos antes de la era cristiana, un pensador chino, Lie Tsu la formulaba en China bajo la forma de una leyenda, una forma que hubiera complacido más a Kafka. Lie Tsu habla del cetro de los reyes de Liang y supone que ese cetro es heredado por cada sucesor de la dinastía. Cada uno tiene que cortar la mitad del cetro, que no es excesivamente largo, pero como nunca se llegará a la mitad de la mitad de la mitad de algo la dinastía es infinita, es decir, exactamente el mismo procedimiento de Aquiles y la tortuga y de aquella otra del tablero, que muestra la imposibilidad de que un móvil llegue a la meta. Ahora bien, ese procedimiento que se llama "regresus in infinitum" fue aplicado para refutar pensamientos, muchas veces lógicamente, pero Kafka fue el primero, o uno de los primeros, que lo aplicó a la literatura.

lunes, diciembre 11, 2006

Ser infeliz

Franz Kafka

Cuando ya eso se había vuelto insoportable -una vez al atardecer, en noviembre-, y yo me deslizaba sobre la estrecha alfombra de mi pieza como en una pista, estremecido por el aspecto de la calle iluminada, me di vuelta otra vez, y en lo hondo de la pieza, en el fondo del espejo, encontré no obstante un nuevo objetivo, y grité, solamente por oír el grito al que nada responde y al que tampoco nada le sustrae la fuerza de grito, que por lo tanto sube sin contrapeso y no puede cesar aunque enmudezca; entonces desde la pared se abrió la puerta hacia afuera así de rápido porque la prisa era, ciertamente, necesaria, e incluso vi los caballos de los coches abajo, en el pavimento, se levantaron como potros que, habiendo expuesto los cuellos al enemigo, se hubiesen enfurecido en la batalla.
Cual pequeño fantasma, corrió una niña desde el pasillo completamente oscuro, en el que todavía no alumbraba la lámpara, y se quedó en puntas de pie sobre una tabla del piso, la cual se balanceaba levemente encandilada en seguida por la penumbra de la pieza, quiso ocultar rápidamente la cara entre las manos, pero de repente se calmó al mirar hacia la ventana, ante cuya cruz el vaho de la calle se inmovilizó por fin bajo la oscuridad. Apoyando el codo en la pared de la pieza, se quedó erguida ante la puerta abierta y dejó que la corriente de aire que venía de afuera se moviese a lo largo de las articulaciones de los pies, también del cuello, también de las sienes. Miré un poco en esa dirección, después dije: "buenas tardes", y tomé mi chaqueta de la pantalla de la estufa, porque no quería estarme allí parado, así, a medio vestir. Durante un ratito mantuve la boca abierta para que la excitación me abandonase por la boca. Tenía la saliva pesada; en la cara me temblaban las pestañas. No me faltaba sino justamente esta visita, esperada por cierto. La niña estaba todavía parada contra la pared en el mismo lugar; apretaba la mano derecha contra aquélla, y, con las mejillas encendidas, no le molestaba que la pared pintada de blanco fuese ásperamente granulada y raspase las puntas de sus dedos. Le dije:
-¿Es a mí realmente a quien quiere ver? ¿No es una equivocación? Nada más fácil que equivocarse en esta enorme casa. Yo me llamo así y asá; vivo en el tercer piso. ¿Soy entonces yo a quien usted desea visitar?
-¡Calma, calma! -dijo la niña por sobre el hombro-; ya todo está bien.
-Entonces entre más en la pieza. Yo querría cerrar la puerta.
-Acabo justamente de cerrar la puerta. No se moleste. Por sobre todo, tranquilícese.
-¡Ni hablar de molestias! Pero en este corredor vive un montón de gente. Naturalmente todos son conocidos míos. La mayoría viene ahora de sus ocupaciones. Si oyen hablar en una pieza creen simplemente tener el derecho de abrir y mirar qué pasa. Ya ocurrió una vez. Esta gente ya ha terminado su trabajo diario; ¿a quién soportarían en su provisoria libertad nocturna? Por lo demás, usted también ya lo sabe. Déjeme cerrar la puerta.
-¿Pero qué ocurre? ¿Qué le pasa? Por mí, puede entrar toda la casa. Y le recuerdo; ya he cerrado la puerta; créalo. ¿Solamente usted puede cerrar las puertas?
-Está bien, entonces. Más no quiero. De ninguna manera tendría que haber cerrado con la llave. Y ahora, ya que está aquí, póngase cómoda; usted es mi huésped. Tenga plena confianza en mí. Lo único importante es que no tema ponerse a sus anchas. No la obligaré a quedarse ni a irse. ¿Es que hace falta decírselo? ¿Tan mal me conoce?
-No. En realidad no tendría que haberlo dicho. Más todavía: no debería haberlo dicho. Soy una niña; ¿por qué molestarse tanto por mí?
-¡No es para tanto! Naturalmente, una niña. Pero tampoco es usted tan pequeña. Ya está bien crecidita. Si fuese una chica no habría podido encerrarse, así no más, conmigo en una pieza.
-Por eso no tenemos que preocuparnos. Solamente quería decir: no me sirve de mucho conocerle tan bien; sólo le ahorra a usted el esfuerzo de fingir un poco ante mí. De todos modos, no me venga con cumplidos. Dejemos eso, se lo pido, dejémoslo. Y a esto hay que agregar que no lo conozco en cualquier lugar y siempre, y de ninguna manera en esta oscuridad. Sería mucho mejor que encendiese la luz. No. Mejor no. De todos modos, seguiré teniendo en cuenta que ya me ha amenazado.
-¿Cómo? ¿Yo la amenacé? ¡Pero por favor! ¡Estoy tan contento de que por fin esté aquí! Digo "por fin" porque ya es tan tarde. No puedo entender por qué vino tan tarde. Además es posible que por la alegría haya hablado tan incongruentemente, y que usted lo haya interpretado justamente de esa manera. Concedo diez veces que he hablado así. Sí. La amenacé con todo lo que quiera. Una cosa: por el amor de Dios, ¡no discutamos! ¿Pero, cómo pudo creerlo? ¿Cómo pudo ofenderme así? ¿Por qué quiere arruinarme a la fuerza este pequeño momentito de presencia suya aquí? Un extraño sería más complaciente que usted.
-Lo creo. Eso no fue ninguna genialidad. Por naturaleza estoy tan cerca de usted cuanto un extraño pueda complacerle. También usted lo sabe. ¿A qué entonces esa tristeza? Diga mejor que está haciendo teatro y me voy al instante.
-¿Así? ¿También esto se atreve a decirme? Usted es un poco audaz. ¡En definitiva está en mi pieza! Se frota los dedos como loca en mi pared. ¡Mi pieza, mi pared! Además, lo que dice es ridículo, no sólo insolente. Dice que su naturaleza la fuerza a hablarme de esta forma. Su naturaleza es la mía, y si yo por naturaleza me comporto amablemente con usted, tampoco usted tiene derecho a obrar de otra manera.
-¿Es esto amable?
-Hablo de antes.
-¿Sabe usted cómo seré después?
-Nada sé yo.
Y me dirigí a la mesa de luz, en la que encendí una vela. Por aquel entonces no tenía en mi pieza luz eléctrica ni gas. Después me senté un rato a la mesa, hasta que también de eso me cansé. Me puse el sobretodo; tomé el sombrero que estaba en el sofá, y de un soplo apagué la vela. Al salir me tropecé con la pata de un sillón. En la escalera me encontré con un inquilino del mismo piso.
-¿Ya sale usted otra vez, bandido? -preguntó, descansando sobre sus piernas bien abiertas sobre dos escalones.
-¿Qué puedo hacer? -dije-. Acabo de recibir a un fantasma en mi pieza.
-Lo dice con el mismo descontento que si hubiese encontrado un pelo en la sopa.
-Usted bromea. Pero tenga en cuenta que un fantasma es un fantasma.
-Muy cierto: ¿pero cómo, si uno no cree absolutamente en fantasmas?
-¡Ajá! ¿Es que piensa usted que yo creo en fantasmas? ¿Pero de qué me sirve este no creer?
-Muy simple. Lo que debe hacer es no tener más miedo si un fantasma viene realmente a su pieza.
-Sí. Pero es que ése es el miedo secundario. El verdadero miedo es el miedo a la causa de la aparición. Y este miedo permanece, y lo tengo en gran forma dentro de mí.
De pura nerviosidad, empecé a registrar todos mis bolsillos.
-Ya que no tiene miedo de la aparición como tal, habría debido preguntarle tranquilamente por la causa de su venida.
-Evidentemente, usted todavía nunca ha hablado con fantasmas; jamás se puede obtener de ellos una información clara. Eso es un de aquí para allá. Estos fantasmas parecen dudar más que nosotros de su existencia, cosa que por lo demás, dada su fragilidad, no es de extrañar.
-Pero yo he oído decir que se les puede seducir.
-En ese punto está bien informado. Se puede. ¿Pero quién lo va a hacer?
-¿Por qué no? Si es un fantasma femenino, por ejemplo -dijo, y subió otro escalón.
-¡Ah, sí...! -dije-, pero aún así no vale la pena. Recapacité.
Mi vecino estaba ya tan alto que para verme tenía que agacharse por debajo de una arcada de la escalera.
-Pero no obstante -grité-, si usted ahí arriba me quita mi fantasma, rompemos relaciones para siempre.
-¡Pero si fue solamente una broma! -dijo, y retiró la cabeza.
-Entonces está bien -dije.
Y ahora sí que, a decir verdad, podría haber salido tranquilamente a pasear; pero como me sentí tan desolado preferí subir, y me eché a dormir.

sábado, diciembre 09, 2006

EL PROCESO (Le procès, 1963)


Habiendo abordado en profundidad el asunto de la relación de la obra de Kafka con el derecho a través del ensayo de juventud de Lorenzo Silva, es una buena oportunidad para abordar el tratamiento cinematográfico de "El Proceso"; la versión de Welles fue descrita por Truffaut del siguiente modo:
«Orson Welles est bigger than life, Kafka est smaller than life. C?est pourquoi, filmé sous les mêmes angles que Gregory Arkadin ou Charles Foster Kane, la caméra au niveau du plancher, le héros de Kafka, interprété par Anthony Perkins, ne nous touche guère et reste loin de nous. Jean Cocteau l?a dit, « Le poète est un oiseau qui doit chanter dans son arbre généalogique. » J?ai vu plusieurs fois Le Procès, et à force d?y attendre impatiemment chaque apparition d?Akim Tamiroff (Block), j?en suis venu à penser que le film aurait été kafkaïen et émouvant si tout le casting avait été composé d?acteurs juifs d?Europe centrale.»

El siguiente artículo tomado de miradas.net puede ilustrar bien esta cuestión.


A vueltas con los montajes
La Malos tiempos corrían para Welles (para variar, de hecho, desde Ciudadano Kane (Citizane Kane, 1941) a Welles pareció perseguirle una mala sombra, de esas que tan bien retrataba en sus films, con unas tijeras en la mano dispuesta ha hacer pedazos cualquiera de sus películas) cuando le llegó a sus manos la oportunidad de plasmar la novela de Franz Kafka El proceso. Welles se hallaba en Europa rodando como actor cualquier papel mal avenido con tal de recoger más fondos para cualquiera de sus múltiples proyectos que ya tenía en mente: desde poder proseguir con su amado Don Quijote que había empezado a rodarlo en 1955, hasta la inmediata preparación en España del film Campanadas a medianoche (1962), o la futura preparación del film The Deep (que empezó a rodar en Yugoslavia en 1967, pero que jamás llegaría a finalizar, como tantos otros). Tras la escabechina que le habían realizado con los montajes en sus últimos films: Macbeth (Ídem, 1948), Otelo (Othello, 1952) , Mr. Arkadin (Ídem, 1955) y Sed de mal (Tocuh of Evil, 1958), Welles se había sentido prácticamente expulsado de Norteamérica, y fue justamente en esta época, cuando se hallaba rodando para Abel Gance su Austerlitz (Ídem, 1960. Abel Gance y Roger Richebé), cuando conoció a los productores franceses y hermanos Ilya y Michael Salkind. Estos le ofrecieron la adaptación de diversas novelas, decantándose Welles finalmente por la obra de Kafka, garantizándose esta vez su derecho al montaje final, por lo que si se entiende que El proceso no salió del todo de gusto de Welles, pese a ser una de sus obras cumbre, fue más por la falta de medios económicos y técnicos, que no por el montaje final realizado, por otra parte, tremendamente brillante y de un adelanto a su tiempo que haría caer la cara de vergüenza a muchos de los realizadores que hoy en día se tildan de modernos. De hecho Welles, ya desde Ciudadano Kane y El cuarto mandamiento (The Magnificient Ambersons, 1942) había demostrado tener una máxima capacidad creativa a la hora de posicionar la cámara, fotografiar el film y montarlo con un grado artístico de un carácter casi inconcebible, y si este fuerza visual se había visto disminuida en films como Estambul (Journey Into Fear, 1942), o El extraño (The Stranger, 1946), fue sin duda para que Welles pudiera demostrar a los productores norteamericanos que era capaz de filmar como alguien "normal" un film y obtener beneficios en taquilla sin asustar al espectador con encuadres, que pese a su genialidad, era incapaz de concebir.
Según cuenta a Welles a Juan Cobos y Miguel Rubio: «Yo había diseñado una película completamente diferente. Todo tenía un aire completamente diverso. Todo fue inventado en el último minuto porque mi película físicamente era diferente en su concepción. Estaba determinada por el hecho de que no había decorados (...) lo formaban decorados que gradualmente desaparecían. Iban desapareciendo cada vez más elementos realistas y el público era consciente de ello, hasta que, finalmente, el escenario era el espacio abierto, como si todo se hubiera disuelto. Y nada de esto se pudo hacer. Era otra película» (1).

El proceso ¿Kafka o Welles?
Una de las máximas virtudes que tenía Welles, y ello queda denotado claramente en su obra, es la gran capacidad del realizador para hacerse suyo un texto ajeno. Su fagocitación, tanto de obras clásicas de carácter mítico como pueden ser Macbeth, Othello, Campanadas a medianoche y El Quijote (2); obras de excelente calidad como El cuarto mandamiento (Los magníficos Amberson) de Booth Takington, El proceso o Una historia inmortal (Une histoire inmortelle, 1968) de Isak Dinesen; o, y lo que resulta más sorprendente, de novelas de segunda y tercera fila con las que Welles haría maravillosas obras como son La dama de Shanghai (The Lady from Shanghai, 1948) de la novela If I die before I wake de Sherwood King y Sed de mal de la novela Badge of evil de Whit Masterson.
Así Welles hizo suyo el texto de Kafka, y convirtió la habitual lucha perdida entre el protagonista kafkiano y un ente superior que domina su destino, en la crítica habitual de Welles contra los estamentos de poder y en el gusto del realizador por el anacronismo de un mundo que parece desaparecer para dar paso a otro, conllevando así la extinción de su protagonista. Si bien en Ciudadano Kane y El cuarto mandamiento, el progreso es la base por la que se ven arrastrados sus protagonistas (para mal o para bien), en El proceso, el progreso es ahora, y una vez instalado, en un mundo exuberante de democracia y libertad, llevado por las invisibles cotas de poder, la que da paso a un desierto, más mental que físico, en el que los culpables de la sociedad (en esto profundizaré después) deben ser llevados por su incapacidad frente al acomodamiento de dichos parámetros de estilo de vida.
Joseph K. (un Anthony Perkins perfecto en su composición delicada y agobiante, que venía de realizar recientemente su mítica composición de Norman Bates en el Psicosis [Psycho, 1960] de Hitchcock) es en Kafka un hombre perseguido por un poder intangible, que le ha juzgado antes incluso de que empezara el proceso; en Welles, K. es un hombre abandonado a la suerte de un tiempo y un escenario físico que se desvanece sin que el pueda hacer nada por cambiarlo. Desde luego los dos universos se tocan y conviven, pero es Welles el máximo responsable de la total sensación surrealista que destila su film: Personajes y escenarios aparecen y desaparecen para no regresar en un itinerario confuso y equivocado del joven K., paradigma de falso culpable, perdido en un mundo que creía conocer perfectamente (desde la estabilidad de su despacho) y que resulta plagado de contradicciones tan rotundas como el hecho de que el Tribunal Supremo se halle en una barriada, donde pasillos imposibles repletos de culpables esperando sentencia, se unen por arte de magia (Welles, ese gran mago) con habitáculos de madera tallada en forma de jaula que habitan pintores y salas de lo penal abarrotadas de público que no son más que funcionarios simulando un espectáculo o como en casa del abogado, especie de mausoleo de libros viejos y desvencijados repleto de candelabros polvorientos, donde se esconden desde un alto personaje del tribunal a un acusado encerrado bajo llave que no se marcha a esperas de que el abogado le llame.
Pero sin duda, donde más se respira el aroma de Welles, es en el personaje que él mismo interpreta, el abogado Hastler (Huld en la novela de Kafka), perfecta representación del poder corrompido en un personaje humano (vaya, tan humano como el Quinlan de Sed de mal o el de Gregory Arkadin en Mr. Arkadin), donde ya desde su aparición entre vapores, tumbado en la cama, consigue aglomerar toda los enemigos de K. en uno solo: su propio abogado. Desde este punto de vista, Welles, elimina parcialmente el personaje del párroco que le cuenta la leyenda sobre el hombre a las puertas de la ley, para adjudicársela al propio Hastler: Un símbolo de la defensa de los procesados que se divierte torturando a los presuntos culpables, sus clientes, de la manera más abyecta posible (cf: Su humillación al pobre Block -perfecto, como siempre, Akim Tamiroff-, ejemplar representativo de lo que deberían ser todos los culpables... poco más que un perro).

¿Culpable... pero de qué?
¿Quién fue Charles Foster Kane? ¿Y que trama la enigmática Elsa Bannister? ¿Por qué Iago actúa como actúa? ¿Qué le pasó en la juventud a Gregory Arkadin que es incapaz de recordar? ¿Y Mr. Clay? ¿Y Quinlan?... Toda la obra de Welles es repleta de preguntas, la mayoría sin respuesta, que les sirven a sus protagonistas tanto como leit-motiv de la historia, como de desencadenante o macguffin de la misma. El proceso por supuesto, no se libra. Empieza el film y en una escena magnífica en la que no se corta el plano, Joseph K. se ve arrestado por guardianes (ni siquiera, policías -3-) y se le comunica que está arrestado, pero que no pueden (ni, de hecho, saben) explicarle por que razones ha sido detenido.
A medida que avanza el film, un seguro y decidido K. se va desmoronando sobre sí mismo a medida que va descubriendo tanto la corrupción de las altas esferas de poder, como por su terrible itinerario físico, como si de un laberinto se tratara, sin más salida que el propio final del proceso, el que de hecho, está ya decidido desde el primer fotograma de la película, cuando se narra la historia del hombre imposibilitado para entrar en las puertas de la ley.
Coincido con Miguel Rubio al creer que «en un mundo cuyas estructuras de poder y sometimiento están basadas precisamente en el hecho de la culpabilidad generalizada, ¿por qué alguien va a ser inocente?» (4). ¡Desde luego que K. es culpable! ¿Cómo no va a serlo, si es el único que no se resigna a ser procesado? K. con su altitud frente a sus interrogadores, con su desplante al abogado y con su insistencia en decir que es inocente, es culpable aún antes de que le despierten para decirle que ha sido arrestado. Y que no se esfuerce en llegar a las puertas de la ley, por que cuando llegue, no se le dejará entrar. Aunque esas puertas estén allí para él. Como si se tratara de un sueño o... de una pesadilla.

(1) "Antes de las campanadas". Nickel Odeon Nº16. Entrevista realizada a Welles por Juan Cobos, José Antonio Pruneda y Miguel Rubio, para las hojas del Film ideal el 6 de mayo de 1964, el día que Welles hacía 49 años.
(2) Y muchas más que no pudo realizar por problemas de todo tipo: Guerra y paz, El corazón de las tinieblas, Enrique IV, Cyrano de Bergerac, Moby Dick, La ilíada, La vuela al mundo en 80 días, Julio César, Salomé, El Rey Lear, La Biblia (episodio de Abraham)...
(3) Toda la obra de Welles se halla repleta de humor, incluso en las más sombrías como pueden ser Macbeth o Una historia inmortal. El proceso probablemente sea de las más divertidas, casi por hilarante, apunto tanto la escena en la que K. se ve detenido como la escena en que una amiga de Ms. Brustner arrastra un baúl por un camino de tierra hacia no se sabe donde, con K. detrás suyo insistiendo que la quiere ayudar y la otra, que además es impedida, se niega, recriminándoselo como si la estuviera insultando. Ni Buñuel lo hubiera hecho tan bien.
(4) "El tema el poder en Orson Welles". Miguel Rubio para Nickel Odeon Nº16

martes, diciembre 05, 2006

APÉNDICE DE 1999 - Lorenzo Silva

Siguiendo la publicación que venimos realizando en los últimos días, el ensayo de juventud de Lorenzo Silva sobre la relación de la obra de Kafka y el Derecho. Publicamos el apéndice de 1999 que a modo de epílogo informa del pensamiento más reciente del autor.

Aunque no es muy deportivo y por eso mismo no deja de parecerme en extremo censurable, creo que por otras razones debo incurrir en la indelicadeza de apuntar en qué difieren y coinciden el universitario de 22 años que redactó las páginas que anteceden y el individuo que soy ahora, con diez años más de recorrido.
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Comienzo por las diferencias. No son muchas. Supongo que hoy procuraría emplear un lenguaje menos contaminado por la jerga que tanto se valora en el mundo universitario, y en especial en las facultades de Derecho. Como la verdad es que esa jerga rara vez oculta nada de importancia, confío en que las muestras que salpican el texto no obsten de manera irreparable a su comprensión. Otra cosa que no haría es considerar el discurso de Kafka tan cruel y pesimista. No me cabe duda de que el pesimismo y la crueldad son recursos que Kafka empleó deliberadamente y que tienen mucho que ver con su visión del mundo. Pero Kafka no es sólo eso, y ocultar el resto contribuye a proyectar una imagen de él que no por extendida resulta menos infiel. Hay en Kafka otros dos rasgos, que afloran incluso en las obras y en los fragmentos comentados a lo largo de este trabajo y que terminan de redondear su valor: el humor y la fe. Un humor expresado como ironía sutil, pero siempre presente, incluso en los momentos más tenebrosos. Y una fe apenas recompensada, pero por eso mismo mucho más heroica. En algún otro lugar, parafraseando el título de dos de sus relatos, me he referido a Kafka como Un artista de la fe. Y sin duda que lo era. Su minucioso inventario de los túneles cegados de la modernidad no tiene, en el fondo, otra razón que descartarlos en favor de aquellos otros que sí ofrecen una luz al final: la sensibilidad que la naturaleza nos ha dado para nombrar el horror y la injusticia; el arte que para él, como para otros, fue una forma de redención.
Dejando aparte lo anterior, los diez años transcurridos y las cosas que en ellos he visto, muchas de ellas en el ejercicio profesional del Derecho, no hacen sino confirmarme en las conclusiones que en 1989 saqué a partir de las narraciones kafkianas. Sigo creyendo que El proceso o Sobre la cuestión de las leyes, bajo su disfraz literario, son, entre otras muchas cosas, un lúcido alegato contra vicios espantosos que la realidad de los sistemas jurídicos de nuestro tiempo no ha conseguido desterrar satisfactoriamente: el favorecimiento del poderoso, la humillación del débil, el secretismo, la opacidad, la disparatada ineficacia, la desviación de los principios que inspiran la promulgación de las normas en beneficio de quienes las aplican, la maldita inercia burocrática bajo la que la justicia se pudre ante la abulia de quienes más deberían sentirse escandalizados.
Naturalmente, no siempre es así. Yo me he encontrado con funcionarios laboriosos y abnegados, con jueces generosos en esfuerzo y comprensión hacia las personas que acuden ante ellos, con profesionales que sienten su deber como administradores de justicia y que ponen toda su energía y su inteligencia en cumplirlo. Pero desdichadamente debo decir que no son esa inmensa mayoría que cabría desear. Muchos, por contra, parecen acatar la rutina judicial como un enojoso destino que les permite llegar a fin de mes, no tan holgadamente como quisieran (ahí están las protestas por su poco sueldo de funcionarios que disfrutan de una renta, dicho sea de paso, superior a la del promedio de la población, aunque esté por debajo de la de los privilegiados a los que se consideran con derecho a equipararse). Por eso en los juzgados los asuntos se tramitan desganadamente, en las vistas (salvo excepciones, como las de los casos ilustres que afectan a los pudientes) rara vez se tiene el tiempo debido para examinar las pruebas y argumentar sobre ellas, y a la postre todo se resume en un trasiego de papel que apenas sirve para resolver los problemas de la sociedad.
Suele alegarse que los juzgados están saturados, que la gente acude demasiado a ellos. Es como si un médico operara a bulto porque tiene demasiados pacientes, y reclamara en represalia por nuestra inmoderada afición a ir al hospital que aceptáramos como normal que se le murieran, digamos, el sesenta por ciento de los que pasaran por el quirófano. Dejando aparte que ya no se sabe qué parte del atasco de asuntos en los juzgados se debe a la desidia y la incuria de años, nunca es justificación el exceso de trabajo para hacerlo todo rematadamente mal. Quizá nadie está esperando que el sistema judicial resuelva de aquí a mañana todo lo que tiene pendiente. Quizá sólo se trata de esperar que empiece a resolver algo con rigor y eficacia, y que a partir de ahí prosiga la tarea. No es imposible. Cualquier profesional del Derecho tiene la experiencia de tal o cual magistrado que, naturalmente con esfuerzo, es capaz día a día de acercarse al ideal de hacer justicia con quienes acuden a pedírsela. Se trata de que sean algunos más los que se nieguen a aceptar que el sistema no tiene remedio y empiecen por arreglar su pequeña parcela de él.
Para eso, como Kafka muestra en sus historias terribles, hace falta a veces una buena ración de coraje. Y sobre todo, hace falta algo que a estas alturas parece escasear: vocación. Nadie puede exigirle vocación, posiblemente, a un obrero de una cadena de montaje o a un repartidor de pizzas a domicilio. Pero a alguien que trabaja impartiendo justicia a sus conciudadanos, que le sostienen económicamente (con lo que la sociedad puede en cada momento destinar a ello, mientras hace esperar a muchas personas que necesitan un tratamiento costoso o una intervención quirúrgica), a alguien a quien nadie obligó a vestir la toga, no sólo puede exigírsele tal vocación, sino que cabe exigírsela en un grado máximo. Y si no la tiene, que no siga usurpando el puesto: que salga a la calle a ganarse la vida como abogado. Si es bueno y anda listo, podrá ganar más dinero, seguramente.
Un sistema judicial inoperante, que sólo reclama recursos y nunca asume de forma seria y efectiva compromisos ni responsabilidades frente a los ciudadanos (no está de más recordar que la prevaricación, según la doctrina de cierto alto tribunal, sólo se produce cuando la injusticia es "grosera y escandalosa"), se convierte en un cáncer que lastra, cuando no impide, el avance de una sociedad; un Leviatán que despoja más que protege al individuo. Contra esas maquinarias devoradoras y destructivas está dirigida la crítica implícita en toda la obra literaria de Kafka. Y aunque hay que admitir que la situación en la mayoría de los países avanzados, a finales del siglo XX, no es tan atroz como la que él relata, hará muy mal el jurista que piense que esas aberraciones son felizmente fruto del pasado. Aún siguen ahí, y resurgirán siempre que nos descuidemos. Porque no proceden de la maldad, sino de la indiferencia, que es la fuente más frecuente del despotismo.
Madrid, octubre de 1999

lunes, diciembre 04, 2006

VII. Valoración e hipótesis final. Sobre el posible pensamiento jurídico de Kafka y su vigencia.

Franz Kafka por Andy Warhol
Con estas líneas se cierra el ensayo de juventud de Lorenzo Silva sobre la obra de Kafka, en los aspectos relacionados con el Derecho. A este escrito le sigue un apéndice que será publicado mañana.



Resulta arduo enjuiciar la filosofía sobre el Derecho de alguien que no intentó ostensiblemente filosofar sobre él. Los datos aquí obtenidos son resultado de una interpretación orientada a un fin, y si alguna crítica hay que hacer es a la interpretación, para lo que el intérprete carece de perspectiva. Tampoco el sistema metafísico general de Kafka se presta fácilmente a la crítica; como toda metafísica hecha desde el individuo, mediante una mirada subjetiva y particular, conserva una validez inatacable, insusceptible de cuestionarse salvo que se cuestione al individuo mismo, y eso ya es otra historia. Podría criticarse a Kafka desde el punto de vista de aquello que él quiso hacer, es decir, desde el punto de vista literario, pero no es éste lugar apropiado ni tampoco ésa es tarea fácil. Baste apuntar que la técnica de Kafka aúna la simplicidad con el rigor, y que su estilo es tan original y peculiar que toda evaluación tropieza con el obstáculo de la falta de referencias. La obra de Kafka se nos aparece como un bloque ante el que cabe adherirse o repudiarlo, más según la conciencia de cada uno y la propia inclinación que sobre argumentos asépticos (si es que tales argumentos existen).

No hay que perder de vista que, en efecto, se trata de una obra literaria. Como tal, su valor vendrá dado por su mérito como edificio artístico, y éste será tanto mayor cuanto más intenso sea su asalto a la sensibilidad del lector. Aquí tratamos de obtener resultados filosófico-jurídicos, y con esta mira, habrá que advertir que no es posible exigir al texto kafkiano la exactitud empírica que cabe reclamar a la obra científica (Kafka no fue un escritor naturalista, afortunadamente). El cuadro que Kafka traza puede parecer desde un punto de vista científico desproporcionado o excesivo, no tanto por el tono de su discurso (siempre contenido) como por las realidades reflejadas. Sobre ello diremos que no conviene olvidar la finalidad eminentemente estética de una obra literaria, para la que llevar las cosas a su radicalidad es un recurso legítimo; de otra parte, en lo que de trasunto de la realidad que le rodeaba tiene la obra de Kafka (un trasunto no literal ni servil porque sus novelas no son realistas, en el más ramplón sentido del término), su ámbito es más ambicioso que el estrictamente jurídico. Pero, hechas estas salvedades, no puede ocultarse que el conjunto de la obra de Kafka parece sugerir la dramática duda: ¿no será todo, en verdad, así de minuciosamente terrible? Como incertidumbre que mueve a la reflexión, también a lo jurídico podría aplicarse este interrogante.

Ya hemos descrito anteriormente la verosímil repercusión que tiene el Derecho y su experiencia de él en la literatura de Kafka, y el alcance limitado que cabe dar a los símbolos relacionados con lo jurídico que en ella hay. Entonces delimitamos el sentido que pueden tener las conclusiones de este estudio: el de hipótesis, no del todo improbable, no del todo segura tampoco. Conjugando esta regla de actuación con las que impone el carácter literario de la obra aquí tratada, parece admisible clasificar los resultados registrables y más útiles del análisis en dos aspectos fundamentales, ya en el terreno filosófico-jurídico: el axiológico y el crítico. Tales son, en nuestra opinión, las dos riquezas mas considerables de la obra de Kafka a los efectos aquí buscados. Sintéticamente, se expondrán a continuación los ejes principales que en ambos campos deducimos de cuanto antecede.

A) Perspectiva axiológica.

Aquí se aprecia una ambivalencia clara, aunque descompensada hacia uno de los valores en liza. No hay duda de que la preocupación kafkiana se inclina hacia el valor seguridad jurídica. Desde múltiples enfoques. Por un lado, la constante alusión a la ley desconocida, secreta, es una queja no menos continua hacia la inseguridad del sujeto, que no sabe qué conducta seguir para, en unos casos, acceder a lo que cree que ha de dársele, y en otros, librarse de acusaciones para cuyo surgimiento nada siente haber hecho. El Derecho ha de ser cierto, así lo juzgan los personajes kafkianos, y sus peripecias revelan las funestas consecuencias de un orden en el que esa certeza se ve negada, enmascarada bajo el misterio que custodian organizaciones que no rinden cuentas. Otra manifestación de esta preeminente aspiración axiológica viene representada por la solución que explícitamente se nos ofrece en Sobre la cuestión de las leyes y sugiere el Dr. Huld en El proceso: la resignación, la adaptación del sujeto al orden inicuo aferrándose a aquello que éste puede presentar como su único contenido positivo: la certeza de la dominación. Es la única certeza, es a todas luces un desafuero, pero como cosa cierta es en sí un bien, una referencia a la que hay que asirse desesperadamente. Esta concepción de la seguridad jurídica podría llevar a interpretaciones totalitarias, pero además de impresentables serían muy irrespetuosas con el ideario que Kafka proclamó siempre suscribir; una vez más hay que acotar que más que de una proposición pretendida, se trata de una rendición impuesta por la desproporción del combate. Kafka es un autor esencialmente pesimista, para el que la salvación o la liberación no son más que un espejismo y por tanto no pueden perseguirse. No es una vocación, la de someterse, sino un mal menor entre males inmensos. Y hay algo que puede darnos que pensar respecto a la actitud final de Kafka, aun hecha esta posibilista y decepcionante elección racional: Josef K. y K. mueren, empeñados en su guerra perdida. Podrá criticarse al pensamiento kafkiano el que no ofrezca alternativas (quizá ésta sea su máxima insuficiencia, aunque habría que tener presente que le estamos haciendo jugar fuera de su terreno, que la literatura no tiene el deber de resolver nada), pero no, por cierto, que la sumisión a la injusticia quede como la apuesta única. Lo que ocurre es que la apuesta de perseverar no lleva más que a la destrucción. Kafka advierte sobre ello, no engaña, y al final se destruye, movido por un impulso que él mismo ha caracterizado como insensato pero que no deja de seguir. No parece ni mucho menos ajustado despreciar a K. como conformista.

Esta preocupación por la seguridad tiene antecedentes, aparte de en su experiencia personal (no es ocioso recordar su padecimiento del arbitrario poder del padre, o que su actividad profesional se desonvolvió en el área de los seguros de accidentes de trabajo), en pensadores como Kierkegaard, en cuya Escuela de cristianismo, se lee: "Dirigíos al orden establecido, adheríos al orden establecido y tendréis medida. (...) El orden establecido es el racional; feliz si te atienes a las condiciones de relatividad que te son asignadas..." Sobre este fragmento, Guido Fassò comenta: "El orden establecido proporciona, en definitiva (...) aquel bien que se quiere conseguir con el Derecho y que los juristas llaman certeza..." Más adelante el profesor italiano hace una afirmación que bien vale para Kafka: "Del mismo modo que, frente a la identificación entre lo absoluto y lo humano realizada por Hegel, Marx reaccionó reduciendo la realidad únicamente a lo humano, así Kierkegaard lo hace atribuyendo valor solo a lo Absoluto, a lo divino." También en Kafka el individuo sucumbe ante el Absoluto, si bien esto está dicho con un talante más hostil a este destino que el de Kierkegaard, lo que le confiere las posibilidades críticas que mas adelante se enumerarán y de las que el filósofo danés carece (véase en Temor y Temblor el panegírico de Abraham: "...sabía que aquel sacrificio (el de Isaac) era el más difícil que se le podía pedir, pero también sabía que no hay sacrificio demasiado duro cuando es Dios quien lo exige, y levantó el cuchillo.") Igualmente resulta de interés la observación que Fassò hace sobre Dostoievski, algunas páginas después en su "Historia de la Filosofía del Derecho", resumiendo así cierto pasaje célebre de Los hermanos Karamázov: "...Cristo, a quien el Gran Inquisidor, es decir, la Iglesia, y mucho antes la sociedad organizada, le reprochará el haber dado a los hombres la libertad, don que los hombres no quieren, ya que los hombres no quieren la libertad sino la seguridad, aun a costa de ser esclavos, y su naturaleza de hombres reclama la autoridad." Como se recordará, Kafka leyó mucho y con admiración a Dostoievski y a Kierkegaard.

El otro valor que aparece en la obra de Kafka, con un reflejo más disperso, dado por el lamento más o menos enérgico por su ausencia en las organizaciones que retrata, es el valor justicia (que podría comprender los valores dignidad y libertad). Es una justicia ideal, anhelada con desesperanza, que se simboliza en limitar la culpa a aquello de lo que se siente responsable el sujeto, en el otorgamiento a éste de lo que cree merecer. La justicia sería así el ajuste entre la conciencia ética individual y el orden objetivo externo que en la obra kafkiana tan sistemáticamente ignora esa conciencia. A veces con timidez, otras con rabia y dureza ("un solo verdugo podría sustituir a todo el tribunal") Kafka reclama ese valor cuya realización parece inusitadamente impensable. De nuevo, el pesimismo kafkiano es exhaustivo.

B) Perspectiva crítica.

Tal vez sea aquí donde la reflexión kafkiana, puesta en relación con el Derecho, se revele como un instrumento más eficaz y de mayor vigencia. Ya su contenido axiológico entraña una denuncia, de una contundencia tan apreciable como repugnantes son los sistemas que nos pinta, que no deben recluirse a priori en la categoría de hipérboles inverosímiles y por ende inocuas. Aceptable es que, como obra literaria, desborde a veces manifiestamente la realidad, pero esto, que es verdad en un plano externo, deja de serlo un tanto si atendemos a la significación profunda de las cosas. Uno de los mayores logros de Kafka es sacar a la luz lo horrible de lo cotidiano, de lo que aprobamos o desaprobamos sin conmovernos cuando a menudo deberíamos echarnos a temblar. Las diferencias puramente exteriores no han de impedirnos apreciar la perspicacia de su llamada de atención acerca de los falsos hábitos mentales que son generalmente asumidos. Quizá nuestra renuencia a admitir que todo sea tan absurdo como Kafka asevera no es sino el fruto más acabado de esos falsos hábitos. Aquí surge la perspectiva crítica.

Parece opinable que las deficiencias denunciadas por Kafka, al referirlas como estamos haciendo al Derecho y a su realidad actual, lo sean tan absolutamente como él las formula. Una estimación prudente obligaría a restarles hierro. Pero no queremos hacer aquí nuestra ninguna apreciación, ni temeraria ni comedida. El grado en que la crítica sea válida es cuestión sobre la que cabe moverse, según el propio criterio, de uno a otro extremo de la gama de posturas posibles. Con la intensidad que se quiera, pues, y recapitulando parte de los elementos analizados durante estas páginas, la crítica de Kafka nos desvela insuficiencias entre las que destacamos:

- El Derecho como orden ajeno a los sujetos, insensible a ellos. En una época en que todas las constituciones políticas se abren con la inflamada proclama de que "la ley es expresión de la soberanía", "la soberanía reside en el pueblo" o "la justicia emana del pueblo", tal vez debiéramos aún pararnos un minuto a meditar si el tribunal, o el castillo, o la ley con su portero, o la nobleza que es ella misma la ley, son o no algo más que patrañas urdidas por un checo débil aplastado por un complejo de inferioridad ante su padre.

- El Derecho como herramienta ignota manejada sólo por iniciados inaccesibles, a través de procedimientos incomprensiblemente complejos, ante la mirada perpleja del individuo que quiere saber cuál es su posición y no lo averigua nunca. ¿Puede reírse de este panorama quien viva en un país con más de un centenar de tipos de procesos civiles, quien asista al frecuente desconcierto ante el tecnicismo de aquellos a quienes afecta una resolución judicial que siempre ha de traducirles un experto?

- La distorsión introducida en el Derecho por las estructuras administrativas creadas por él y destinadas a su aplicación, que acaban adueñándose de la norma y suplantándola por sus reglas internas de funcionamiento burocrático, praeter legem en el mejor de los casos; si es que ante tal estado de cosas puede decirse que exista una lex previa y distinta a lo que resulta de su aplicación por los órganos que tienen encomendada su tutela. Cuando puede amenazarse con, por ejemplo, el retraso en la sustanciación de un recurso para forzar una transacción que la ley permitiría rehusar, ¿no surge un Derecho paralelo debido al simple hecho de las estructuras creadas para hacer eficaz el presunto Derecho objetivo?

- Las lagunas del Derecho, la anomia subyacente al sistema que se pretende perfecto, y que sólo se muestra como tal en su faceta de imperio sobre el individuo inerme.

- El Derecho como imposición de un poder, al margen de criterios de justicia, sobre los que ese poder no da explicaciones. En este punto, la crítica kafkiana, producto de su época, analizada desde la perspectiva de su vigencia actual, queda desfasada por cierto importante detalle: los sistemas jurídicos actuales "cuidan más su imagen"; no usan, salvo excepciones que corresponden a estadios de evidente incivilización, de una brutalidad tan descarnada como la del tribunal que manda ejecutar a Josef K. Pero, y esto es, naturalmente, una opinión, el Derecho es en última instancia fuerza, y la fuerza, simplemente sea por congruencia y por las leyes de la física, sólo nace de la fuerza. No siempre el Derecho es fuerza, pero ha de poder serlo, para ser Derecho. Luego lo indispensable para que un sistema jurídico funcione como tal es disponer de un poder que lo respalde. La justicia y la racionalidad son ingredientes deseables, exigibles por el sujeto, pero sin los que desdichadamente un derecho puede, al menos dentro de ciertos límites (que vendrán dados por la magnitud de la fuerza que lo sustenta) funcionar ("No, no hay que creer que todo sea verdad; hay que creer que todo es necesario", dice el sacerdote a K. en El proceso). La advertencia kafkiana sería utilizable en el sentido de prevenirnos frente a la ingenuidad de no considerar que algo tan grave puede suceder. Es una llamada a desconfiar de la liturgia y los ornamentos (de esas mecánicas fórmulas al uso que requieren acríticamente nuestro respeto a las decisiones judiciales), a buscar la justicia mas allá de las togas, porque nada asegura contra todo riesgo que las togas no sirvan al absurdo, como los jueces de El proceso. La inseguridad kafkiana alumbra a este respecto una crítica tan acerba como ella misma es.

Podrían recogerse otros muchos argumentos de esta índole, que de uno u otro modo han sido apuntados a lo largo de estas páginas. Es en esta vertiente crítica, insistimos, donde la obra de Kafka, síntesis exquisita de radicalidad y equilibrio en el trasunto de esa radicalidad, ha de dar más juego; su rigor y profusión pueden proporcionar una infinidad de objeciones contra el orden instituido de la realidad convencional. Aquí hemos pretendido catalogar algunas, en lo que aplicarse puedan a la realidad jurídica. Puede desazonar la falta de propuestas de acción concreta para remediar el statu quo desfavorable que Kafka nos ilumina. Sabemos por su vida y su obra que quiso plegarse; que no lo hizo. Eso nos impide considerarle un inmovilista, pero poco más.

En un articulo publicado hace unos años, Pablo Sorozábal Serrano, con indudable acierto, denominaba a la de Kafka "La sabiduría del no". Ésta es la especie de teoría crítica que late en la obra kafkiana, la de la pura negación; no la utópica (basada en una afirmación antitética), de la que tantos practicantes almacena la historia del pensamiento. Kafka no da solución, pero tiene sobre los utópicos la ventaja de ahorrarse el salto en el vacío, sin fundamento, en que casi inexorablemente la utopía termina incurriendo. Sorozábal Serrano vincula esta sabiduría del "no" kafkiana con la influencía humeana recibida a través de los cursos de filosofía impartidos por Anton Marty a los que Kafka asistió en su juventud. Quizá esta afirmación sea algo demasiado intrépida en la seguridad con que se produce, pero en modo alguno resulta disparatada. En efecto, las teorías de Hume ilustran muy oportunamente la obra de Kafka. Sobre todo, en lo referido, como Sorozábal apunta, a la relación causal, que Hume niega (más propiamente, lo que niega es la posibilidad de acceder a un conocimiento de la misma). La mera costumbre de asociar ideas y percepciones es para Hume el único modo de dar fe del principio de causalidad. Por decirlo con las propias palabras del filósofo escocés: "En resumen, la necesidad es algo que existe en el espíritu y no en los objetos, y no es posible para nosotros formarnos ninguna remota idea de ella, considerada como una cualidad de los cuerpos. O bien no tenemos una idea de la necesidad o la necesidad no es mas que la determinación del pensamiento de pasar de las causas a los efectos y de los efectos a las causas..." De aquí se derivan un agnosticismo radical y un nihilismo y un escepticismo no menos radícales. Kafka también es un escéptico y un nihilista. Escribe Sorozábal. "A fuerza de repetirse y afirmarse, la tiniebla de la negación kafkiana se vuelve luz absoluta." Y añade, más tarde: "La negación es negación de la trascendencia, negación de la causalidad (Hume), de la cosa en sí (Kant). Más exactamente, negación de la posibilidad de su conocimiento. De ahí que Kafka no ofrezca salvación, no proponga redención..." Kafka nos arrebata el por qué y como consecuencia, nos deja caer en el vacío. Apreciamos de cuánta magnitud es el arma epistemológica blandida por la mano temblorosa y fría del checo en su empresa crítica: la refutación de la causa. Kafka nos mueve a revisar todo lo que creemos asentado en un fundamento previo que lo determina. ¿Es que tenemos una constancia suficiente de la relación entre los datos que nos brinda la realidad y su presunto fundamento? Se nos incita a descubrir el absurdo, allí donde la convención da por sentado que la causalidad existe. La causalidad no es cierta ni forzosa, es angustioso admitirlo, pero es posible que, aunque no haya nada que lo explique, uno se levante una mañana y descubra que es un escarabajo que agita sus patas en el aire. Es posible que la ley acuse al sujeto sin culpa, que le imponga la culpa incluso. Descartarlo nos da tranquilidad, pero una tranquilidad engañosa.

Su traductora y corresponsal Milena Jesenská escribió para Franz Kafka un hermoso elogio fúnebre. Sus palabras son el mejor cierre que alcanzamos a concebir para estas páginas.

"Era un hombre clarividente, demasiado sabio para poder vivir, demasiado débil para querer luchar; pero su debilidad era la de los hombres nobles y rectos, que son incapaces de luchar contra el miedo, la incomprensión, la falta de amor y la hipocresía, y que conocedores de su incapacidad, prefieren rendirse avergonzando así al vencedor.

"Su conocimiento del mundo era extraordinario y profundo. Él mismo era un mundo extraordinario y profundo.

"Sus libros (...) poseen una auténtica desnudez que queda expuesta con más naturalidad aun cuando se expresa por medio de símbolos. Tienen la ironía seca y la sagacidad sensitiva del ser que supo mirar el mundo con una lucidez tan sutil que no pudo soportar su espectáculo y tuvo que morir.

"Y es que Franz Kafka no quiso hacer concesiones y comportarse como los demás, que se refugian en espejismos intelectuales, a veces muy nobles, verdaderamente.

"Sus obras se caracterizan por la expresión de un sordo temor por los secretos desconocidos y la evidente inculpabilidad de la culpa entre los hombres. Fue un artista de conciencia tan escrupulosa que supo permanecer alerta donde los otros, los sordos, se sentían seguros."



Madrid-Getafe, mayo de 1989

domingo, diciembre 03, 2006

VI. El proceso. La culpa; el Derecho como punición.

Continuamos publicando el ensayo de Lorenzo Silva acerca de la relación de la obra de Kafka con el Derecho. Una de las obras más significativas a este respecto es El Proceso. Obra que hay que recordar fue objeto de una arriesgada adaptación de Orson Welles.


El asunto de El proceso es sobradamente conocido. Bastará a nuestros efectos una síntesis telegráfica, en dos palabras:

Josef K., empleado de banco, despierta una mañana (como una mañana despierta Gregor Samsa, el protagonista de La metamorfosis, para ver que se ha convertido en insecto; siempre el absurdo apoderándose súbitamente de lo cotidiano) y descubre que está procesado. Él no cree haber cometido ninguna falta, y durante toda la historia, a lo largo de sus relaciones con el indescifrable y complejo aparato del tribunal y con los seres que en su proximidad viven, trata de averiguar sin éxito de qué se le acusa. Finalmente, tras un desarrollo que Kafka no llegó a elaborar por completo, el capítulo último (que sí redactó) nos informa de que Josef K. acaba siendo ejecutado. Mientras el verdugo le retuerce el cuchillo en el pecho, K. piensa, y ésta es la frase que cierra el libro: "Era como si la verguenza hubiese de sobrevivirle."

Esta elocuente afirmación final nos advierte de que, entre los paradigmas más arriba formulados como herramientas de nuestro análisis, en El proceso pesa de una forma fundamental el de la culpa. A su través, se ofrecen reflexiones que sirven para la caracterización desde la óptica kafkiana de una de las funciones que desde su aparición como instrumento regulador de la convivencia humana más ostensiblemente ha cumplido el Derecho: la función punitiva.

Pero nuestro estudio a propósito de esta obra va a ser doble, ya que de ella hemos seleccionado dos fragmentos que responden a orientaciones diversas. Ambos corresponden al capítulo VII, uno a su inicio, en el que K. conversa con su abogado; otro a su término, donde K. se entrevista con un pintor que tiene influencias en el tribunal por ser el retratista oficial del mismo. De ellos, el primero atiende, más que a la culpa y al castigo, a la descripción del Derecho objetivo materializado en las estructuras que lo aplican y su funcionamiento, con un sentido constructivo afin al consignado en apartados precedentes de este trabajo. El segundo se refiere más expresamente a los conceptos aludidos en el título de este apartado. Trataremos ambos fragmentos por separado, el primero con mayor brevedad, para centrarnos en el segundo.

A) Conversación con el abogado.

Este pasaje, a través de la charla que K. mantiene con el Dr. Huld, letrado de prestigio que se encarga de su defensa, nos da una idea verdaderamente singular de lo que es el funcionamiento del tribunal y, como reflejo, el derecho que en él se aplica. Nos limitaremos, por no ser excesivamente prolijos, a extractar, con ligeras anotaciones puntuales, el contenido del fragmento, que por lo demás se comenta por sí solo y ahonda en direcciones ya apuntadas antes en estas líneas.

Al principio de la conversación (más propiamente monólogo del abogado) Josef K. ya muestra su escepticismo y aburrimiento ante las peroratas inacabables de su defensor. Éste, ajeno a la actitud de K., empieza refiriéndose a un memorial que ha dirigido al tribunal, respecto del que no tiene muchas esperanzas de que sea leído. Los memoriales de los defensores se agregan a los expedientes sin más trámite, y no se examina el expediente hasta que todo el material ha sido reunido. Para entonces, es frecuente que el memorial se haya traspapelado. Todo esto es lamentable, pero no debe olvidarse que el proceso no es público, por lo que las actas del tribunal, entre ellas el texto de la acusación, no son conocidas por abogado y acusado. Ello hace que el primer memorial sea como una piedra tirada al azar. Sólo mucho más adelante, cuando el proceso está más avanzado, y observando por dónde ha discurrido, puede sospecharse con más aproximación de qué se acusa exactamente al procesado y enviar memoriales más certeros. El abogado se encuentra así en una posición difícil, pero hay que tener en cuenta que la defensa no está permitida por la ley, sino simplemente tolerada (nuevamente nos encontramos el esquema formal del individuo como precarista), y aun sobre la interpretación de la ley en sentido tolerante hay discusión. Los abogados están en condiciones degradantes, la sala que tienen en el tribunal es una cueva inhóspita. Lo más importante para la defensa son las relaciones personales, no con los tramos inferiores del funcionariado, en los que hay cierta venalidad de la que los abogaduchos creen sacar un provecho en realidad nulo; sólo con los funcionarios superiores esas relaciones personales son fecundas, y esto está al alcance de pocos abogados, entre ellos el Dr. Huld.

De todos modos, el de las relaciones con los funcionarios es un arte inseguro; a veces, parece que se ha ganado a uno para la propia causa y al día siguiente este mismo funcionario, que sólo unas horas antes asentía a los argumentos que se le ofrecían, produce una decisión extremadamente perjudicial para el acusado. Ahora bien, ayuda a los propósitos del abogado el que los jueces necesiten en ocasiones de él. Aquí se pone de manifiesto la desventaja de una organización judicial que establece juicios secretos: a los jueces les falta contacto con la población; para paliar esta carencia recurren a los abogados, pero también para completar sus conocimientos jurídicos. "La jerarquía y el escalafón del tribunal era infinito e inabarcable incluso para los iniciados. El procedimiento solía ser también secreto para los funcionarios inferiores. De ahí que no pudieran seguir casi nunca de un modo completo, en todo su desarrollo, los casos en que trabajaban. Así pues, un asunto judicial aparece en su campo de visión sin que sepan a menudo de dónde viene, y luego sigue su curso sin que sepan a dónde va. (...) Sólo pueden dedicarse a la parte del proceso que la ley delimita para ellos, y de todo lo que sigue (...) saben casi siempre menos que la defensa..." Por eso piden consejo a los abogados, o incluso les muestran los expedientes por lo común tan secretos, acuciados por esta necesidad de que les asesoren, y mientras el abogado estudia los legajos el funcionario se asoma desesperado a la ventana (otra vez encontramos la idea de las zonas de anomia, de las fisuras en un sistema con pretensiones de perfección tan desorbitadas que exacerba el secreto y niega así el derecho a la objeción; una anomia que, en la línea de la fría crueldad de las alegorías kafkianas, no proporcionará de todos modos ningún beneficio al acusado). Por todo esto, concluye el Dr. Huld, el acusado ha de dejar al abogado que realice su trabajo, sin estorbarle. A este respecto, es notable que los abogados (y aun el mas insignificante rábula participa de esta prudencia) no pretendan nunca introducir reformas en el tribunal. Cosa distinta ocurre con los acusados. Como cierre de este resumen, no nos resistimos a transcribir el magnífico trozo de prosa en que Kafka describe este anhelo de innovación de los sometidos a proceso:

"En cambio, -y esto es muy significativo- casi todos los acusados, incluso los más lerdos, se ponen a urdir propuestas de mejora en el mismo momento de iniciarse el proceso, y así gastan a menudo un tiempo y unas fuerzas que podrían emplear mucho mejor en otras cosas. Lo único acertado es adaptarse a las condiciones existentes. Aunque fuese posible mejorar algún detalle -lo cual es una suposición estúpida-, uno obtendría, en el mejor de los casos, alguna mejora para los procesos futuros, pero se habría perjudicado incalculablemente a sí mismo, puesto que habría atraído la atención del cuerpo de funcionarios, siempre sediento de venganza. ¡Lo importante era no llamar la atención! Obrar con calma, aunque esto fuese contra los propios deseos. Intentar darse cuenta de que aquel inmenso organismo judicial se encuentra, en cierto modo, en una posicion eternamente vacilante, y de que, si uno cambia algo por su cuenta y desde su puesto, la tierra desaparece bajo sus pies y él mismo puede despeñarse, mientras que al gran organismo le resulta fácil encontrar otro lugar en sí mismo -puesto que todo guarda relación- para reparar la pequeña alteración, efectuando las sustituciones necesarias y permaneciendo inalterable, si no resulta que todo se vuelve, cosa aún más probable, mucho más cerrado, más vigilante, más rígido, más maligno."

Como el pueblo científico de Sobre la cuestión de las leyes, en este trozo parece llegarse a la irrehuible conclusión de que la salida para el sujeto es la resignación, o más exactamente, ya que aquí no hay salida (el proceso es inexorable, el tribunal se encuentra en "una posición eternamente vacilante", otra visión kafkiana del abismo), ella es la actitud menos perniciosa. Una vez más hay que hacer notar que esta invitación a conformarse (hecha por un personaje en cierta medida ridiculizado, como es el Dr. Huld, pero con un razonamiento nada ridículo) no depaupera toda la crítica que la antecede (y obsérvese de qué precisa inspiración jurídica son algunos de sus elementos, por ejemplo, la descalificación del proceso penal inquisitivo y secreto, cuya abolición no es algo que podamos decir que data de muchos siglos en nuestro derecho y en los de nuestro entorno). Kafka denuncia, arremete incluso, con la violencia que late bajo su mesurado retrato del infierno. Termina flaqueando porque asume el lugar del individuo ante la omnipotencia de la realidad adversa; de quien, débil para el mero reto de subsistir, ya ha cumplido con creces su deber contando lo que ha visto y sólo implora derrumbarse.

B) Entrevista con el pintor.

Esta entrevista, como la anterior con el abogado, se inscribe dentro de los esfuerzos de K. por profundizar en el conocimiento del tribunal que le ha procesado y de los criterios que rigen su situación. El pintor ha heredado el cargo de retratista del tribunal. Ello le permite conocer a muchos jueces y le dota de una influencia que K. trata de emplear en su favor. Resumimos a continuación su coloquio.

La conversación se inicia con una pregunta del pintor que sorprende a K.: "¿Es usted inocente?" Sobreponiéndose a su sorpresa, K. responde con decisión: "Sí." De lo que el pintor deduce: "Entonces el asunto es sencillísimo." K. menea la cabeza y hace notar que el tribunal se pierde en una infinidad de sutilezas y "acabará sacándose de cualquier parte, de donde al principio no había absolutamente nada, una gran culpa." Agrega K. que, como sabrá el pintor, es dificilísimo hacer abandonar al tribunal la convicción de que el acusado es culpable. "¿Dificilísimo? Jamás es posible hacer abandonar sus convicciones al tribunal", repone el pintor. No obstante, el pintor se muestra convencido de sus posibilidades de ayudar a K. El tribunal es inaccesible a las pruebas que uno presenta ante él, pero "las cosas funcionan de modo muy distinto en todo aquello que, en este aspecto, se intenta al margen del tribunal público." Nuevamente, como el abogado ya le revelase a K., el dato de las relaciones personales con los jueces, para las que el pintor está especialmente caracterizado, se erige en un factor esencial. Acto seguido, el pintor se dispone a explicar a K. los pasos que va a dar en su ayuda. Pero previamente necesita saber qué clase de liberación desea. Existen tres tipos: absolución real, absolución aparente y aplazamiento. La absolución real es sin duda lo mejor, pero ni él ni nadie tiene influencia para obtenerla. Tal vez lo único decisivo para ella sea la inocencia del acusado, y puesto que K. es inocente, quizá debiera confiar en que la alcanzará sin la cooperación de nadie. Ante esta exposición K. primero se siente aturdido y luego hace ver al pintor que en sus palabras hay, aparentemente, contradicción. Antes le había dicho que el tribunal era inaccesible a toda prueba, luego había limitado esta apreciación al tribunal público, y ahora dice que el inocente no necesita ayuda ante él. Otra contradicción está en que antes aseguraba que podía influirse personalmente en los jueces y ahora afirma que para la absolución real no sirven las influencias. A lo que el pintor contesta: "Estamos hablando de dos cosas distintas, de lo que dice la ley y de lo que yo he experimentado personalmente; no debe usted confundirlas. La ley, que por otra parte no he leído, dice, por un lado, que el inocente será absuelto, como es lógico; por otro lado, no dice que los jueces puedan dejarse influir. No obstante, yo he experimentado justamente lo contrario. Jamás he tenido noticia de una absolución real, pero sí la he tenido de muchas influencias. Naturalmente es posible que no haya existido inocencia en ninguno de los casos que he conocido. Pero, ¿no le parece improbable? ¿Ni un solo caso de inocencia en tantos procesos?" K., amargamente, observa: "Esto no hace más que confirmar la opinión que tengo ya del tribunal (...). Un solo verdugo podría sustituir a todo el tribunal." El pintor le aconseja que no generalice, que sólo le ha hablado de su experiencia. En otras épocas, se dice, ha habido absoluciones, extremo difícil de comprobar porque las decisiones finales del tribunal no se publican; ni siquiera los jueces tienen acceso a ellas. Pero hay leyendas al respecto, que "es indudable que contienen algo de verdad, y además son muy bonitas." K. pregunta si pueden aducirse tales leyendas ante el tribunal. El pintor se echa a reír. "No, no se puede."

Desestimada por tanto la opción de la absolución real, el pintor se centra en las otras dos, la aparente y el aplazamiento. La primera exige un esfuerzo concentrado pero temporal; el segundo un esfuerzo mucho menor pero permanente. Para la primera es necesario redactar una declaración, cuyo texto le ha sido transmitido al pintor por su padre y es totalmente intocable. Con esta declaración habría que ir recabando el apoyo del mayor número posible de jueces, a los que el pintor explicaría que K. es inocente. Cuando reuniera una cantidad suficiente de firmas de jueces iría con ellas al juez que conoce del caso de K. Entonces todo evoluciona deprisa. Con la garantía de un buen número de sus compañeros el juez puede absolverle sin cuidado, y lo haría, para complacer al pintor y a otros conocidos suyos. K. quedaría libre. Pero sólo aparentemente. Los jueces inferiores, que son los que el pintor conoce, no pueden absolver de modo definitivo, prerrogativa exclusiva del tribunal supremo, completamente inaccesible: "No sabemos cómo van las cosas allí, y, dicho sea de paso, no queremos saberlo." K. se vería con la absolución aparente momentáneamente separado de su acusación, pero ésta continuaría flotando sobre él. El expediente no desaparece (como ocurre en la absolución real), sigue circulando. "Los caminos que sigue son insondables (...). Un día, cuando nadie lo espera, cualquier juez toma en sus manos el expediente, se da cuenta de que en dicho caso la acusación sigue viva y ordena inmediatamente el arresto." Así, empieza de nuevo el proceso, y habrá que repetir los esfuerzos antes hechos, para lograr una segunda absolución aparente, respecto de la que los jueces no están desfavorablemente predispuestos por el nuevo procesamiento, ya que éste era a todas luces previsible. "Pero esta segunda absolución, sin duda, tampoco es definitiva", apunta K. "Claro que no, a la segunda absolución sigue el tercer arresto, al tercer arresto la cuarta absolución, y así sucesivamente."

Percibiendo que la absolución aparente no es del agrado de K., el pintor le detalla las características del aplazamiento. Para éste no hay que gastar tantas energías, pero es necesaria una mayor atención. No hay que perder de vista el proceso, hay que presentarse ante el juez a intervalos regulares, e intentar conservar su buena disposición. Si no se descuida nada, el proceso no pasará de esta fase, el acusado sigue sometido al proceso, pero está tan libre de una condena como si estuviese en libertad, con la ventaja sobre la absolución aparente de que su futuro es menos impreciso; el acusado no tiene que temer los arrestos repentinos, por ejemplo. Aunque tiene sus inconvenientes: el proceso ha de notarse desde el exterior, hay que hacer pesquisas, interrogatorios; para todo ello, sin embargo, el acusado puede concertar, incluso, las fechas que le sean más cómodas.

K., con la cabeza dolorida, se levanta y se dispone a marcharse. El pintor, como resumen final, le dice: "Ambos métodos tienen en común que impiden la condena del acusado". "Pero también impiden la absolución real", dice K. en voz baja, como si se avergonzara de haberlo advertido. "Ha captado usted el punto esencial del asunto", concluye el pintor.

A través de esta prolija exposición, que abarca quince páginas y de la que hemos creído necesario dar un testimonio lo más pormenorizado posible, Kafka nos ofrece una caracterización de la culpa fundamentadora del castigo que merece un análisis detenido. Partimos de la premisa de que K. es inocente, o de ella parte él. Y a lo largo del discurso del pintor comprobamos que ese dato individual, subjetivo, queda completamente derogado por la calificación despiadada del orden objetivo que apunta en un sentido contrario, mediante dos vías: la inicial acusación, indestructible; y los modos de solución que al acusado se ofrecen, ambos asentados sobre una admisión de la culpa por el sujeto y una renuncia a la real absolución (a lo que Josef K. no se pliega, con la tenacidad que raya en un heroísmo al que no llega el K. de El castillo, dada la mayor angustia de la situación del procesado; la consecuencia será el trágico final de Josef K.). En definitiva, el tribunal (que simboliza el orden externo y, a nuestros efectos, también el Derecho), en virtud de sus peculiares y reprobables mecanismos, imputa la culpa al sujeto y consustancia a éste con ella a despecho de la convicción íntima del procesado de que la acusación es infundada. El orden objetivo humilla al sujeto, una vez más en el alegórico universo kafkiano. De la actuación del tribunal inferimos que el Derecho no toma en consideración al individuo, carece de una inspiración teleológica que ubique en él un valor protegible; toda su finalidad es imponer sus designios, cuya fuente no parece estar en mucho más que en una inercia absurda (o en el mejor de los casos, fortuita), y cuyo respaldo no deriva sino del hecho de disponer de un aparato con capacidad para imponerse al súbdito. El Derecho vuelve a ser fuerza desnuda, brutal, arbitraria.

No es difícil relacionar esta concepción de la culpa (cuya génesis es extrínseca al individuo, pero que acaba apoderándose de él con la efectividad de lo previo e inmemorial) con la experiencia vital de Kafka (de la que en relación con El proceso fines Elias Canetti ha seleccionado su relación con Felice Bauer, que le arrojó a frecuentes circunstancias en las que se sentía inequívocamente culpable sin localizar en sí la causa de esa culpa). También resulta inmediato asociar el esquema expuesto con la idea hebraica del pecado original, anterior a toda conducta y conciencia del sujeto. En este sentido, podemos estimar que este pasaje abre posibilidades de interpretación metafísica y existencial tanto o mucho más fértiles que la jurídica que aquí se realiza. Parece oportuno traer a colación la definición del pecado original que Kafka nos proporciona en unas anotaciones halladas en un cuaderno de 1920: "El pecado original, la vieja culpa del hombre, consiste en el reproche que formula y en que reincide, de haber sido él la víctima de la culpa y del pecado original." El hombre es, por así decir, naturalmente culpable. La culpa no es suya como individuo, pero sí como miembro de la especie, y esta culpa genérica se convierte en una culpa personal al no aceptar la imposición superior de esa culpa que le es inherente, al formular la queja de su irresponsabilidad por lo que se le atribuye. Evidente es el mensaje en las palabras que el padre le dirige a Georg Bendemann al final de la narración La condena: "Es cierto que eras un niño inocente, pero mucho más cierto es que también fuiste un ser diabólico. Y por tanto escúchame: ahora te condeno a morir ahogado." El padre aquí, Yahvé respecto al pecado original, el tribunal en El proceso: otros tantos símbolos utilizables como encarnación del orden que decreta la maldad del sujeto, como evocación del Derecho cuya impiedad patentizan. Además del absoluto sacrificio de la justicia que se produce en el sistema judicial descrito por Kafka, un sistema que se hace acreedor a toda la crítica que suscita su funcionamiento por motivaciones de influencia personal o automatismo burocrático (crítica que puede utilizarse siquiera sea de modo parcial en relación a los sistemas jurídicos empíricamente observables), otro elemento de interés para un análisis desde el Derecho, quizá el más relevante, en parte ya denunciado por el concepto de culpa, es el de la desposesión de la norma que sufren los sometidos a ella. Esto ya ha sido comentado al anotar otras obras de Kafka. El Derecho no pertenece a aquéllos sobre los que actúa, sino a una incierta y oscura casta "sacerdotal" que se guía por una intención indescifrable. La máquina judicial no actúa para los individuos; se "alimenta" de ellos, como si fueran un combustible que precisa hacer circular de uno a otro de sus negociados, para nutrir una actividad justificada en sí misma o en nada, según podemos sospechar. No hace falta explicitar que en este aspecto la crítica de Kafka es muy dura. El resultado es que la inocencia no existe. La dialéctica entre el convencimiento psicológico del individuo de su no culpabilidad y la afirmación puramente normativa en sentido contrario que emite el tribunal (en función de su discutible mecánica), se resuelve, incluso en un plano ontológico, a favor del último. La inocencia queda como una idea sobre la que sólo hay leyendas "muy bonitas." Contienen algo de verdad, dice el pintor, pero en lo que tiene efícacia práctica esa verdad es inoperante y, por tanto, prescindible.

El formalismo desmesurado e inútil, la desvinculación entre el aparato y el justiciable, la objetivación implacable e indiscriminada de los casos singulares que ante el tribunal se presentan, arrojan como consecuencia esta atroz conclusión que bien pudiera corresponder a la época, o al estado, en que el Derecho no existía o era de una imperfección escandalosa. Una evolución desarrollada desatentamente desde aquel estadio primitivo ha devuelto a él lo jurídico, que por tanto merece un poco o un mucho menos tal denominación sobre una base que no sea la de la mera coercibilidad. Parece Kafka plantear la duda de si lo que reconocemos como Derecho no posee otro atributo crucial que el del poder con que se impone (con lo que quizá debiera reorientarse el concepto de Derecho hacia ese contenido, colegiría un positivista), y nos desmoraliza sobre la cuestión de si el Derecho así configurado consigue aquello que tanto valoran los habitantes del pueblo sometido a la nobleza en Sobre la cuestión de las leyes: la seguridad y la certeza. Lo único realmente seguro es el castigo.

En su breve pero muy profundo trabajo acerca de Kafka en el décimo aniversario de su muerte, antes citado en estas páginas, Walter Benjamin sintetiza con gran acierto las aplicaciones de esta metáfora kafkiana. Transcribimos un párrafo que muy bien viene a resumir y enriquecer lo tratado en este apartado.

"Los tribunales tienen códigos, pero códigos que no se pueden ver. ?Es parte de este sistema el que uno sea condenado sin saberlo?, piensa K. En la prehistoria las leyes y las normas definidas permanecen como leyes no escritas. El hombre puede violarlas sin saberlo y así incurrir en el castigo. Pero pese a la crueldad con que puede herir a quien no se lo espera, el castigo, en el sentido del Derecho, no es un azar sino un destino, que se revela aquí en su ambigüedad. Ya Hermann Cohen, en un rápido análisis de la concepción antigua del destino, lo ha definido como ?un conocimiento al cual es imposible sustraerse? y ?cuyos mismos ordenamientos parecen originar y producir esa infracción, esa desviación.? Lo mismo vale para la justicia que procede contra K. Este procedimiento judicial nos conduce mucho más allá de los tiempos de la legislación de las Doce Tablas, a una prehistoria sobre la cual el derecho escrito fue una de las primeras victorias. Aquí el derecho escrito se encuentra por cierto en los códigos, pero secretamente, y en base a ellos la prehistoria ejerce un dominio tanto más ilimitado."

sábado, diciembre 02, 2006

V. Sobre la cuestión de las leyes. El problema del derecho objetivo.

Unas páginas más del ensayo de juventud de Lorenzo Silva, que en este caso se adentra en la muralla china de Kafka se comenta en ocasiones que es la única construcción humana visible desde el espacio, he aquí esta vista de la que tanto se habla para dar idea de su extensión, desde esta distancia parecería tan sólo un serpenteante camino:















El pequeño fragmento que pasamos a analizar es, junto a otros cuatro o cinco de extensión no mucho mayor, todo lo que nos queda de un proyecto más ambicioso, cuya versión definitiva Kafka destruyó. Esta obra, localizada en la China imperial de principios de nuestra era, giraba en torno al eje de la construcción de la Gran Muralla. Los fragmentos subsistentes, todos ellos estudios o esbozos que Kafka olvidó destruir, nos hablan, por ejemplo, de un pueblo perdido en la inmensidad de China, lejos de la frontera, lejos de Pekín, en un punto del infinito. En este pueblo hay una administración local dirigida por un funcionario a quien todos llaman Coronel, cuyo título para ejercer el gobierno nadie ha visto jamás. Es el recaudador de impuestos, se ha arrogado el supremo mando en los demás ámbitos y todos se lo reconocen sin discusión. Las noticias llegan de la capital con tal retraso que los habitantes creen estar bajo un emperador que murió hace mucho. En el fragmento más extenso, De la construcción de la muralla china, se nos describe minuciosamente el sistema de construcción de la muralla, a tramos de un kilómetro, por brigadas aisladas entre si, dirigidas por una Suprema Conducción que se nos presenta como un ente abstracto. El método de construcción hace surgir la duda de si la muralla no tendrá numerosos huecos y discontinuidades, pero nadie puede saberlo, porque la frontera es demasiado larga. Refiriéndose a un mundo cuyas singulares y sugestivas características pueden apreciarse con el resumen precedente, Sobre la cuestión de las leyes se centra en una materia específica. Un narrador, en primera persona, reflexiona sobre las leyes de su pueblo. Las primeras frases excusan de comentario: "En general nuestras leyes no son conocidas, sino que constituyen un secreto del pequeño grupo de aristócratas que nos gobierna. Aunque estamos convencidos de que estas antiguas leyes son cumplidas con exactitud resulta en extremo mortificante el verse regido por leyes para uno desconocidas. No pienso aquí en las diversas posibilidades de interpretación. Acaso estas desventajas no sean muy grandes. Las leyes son tan antiguas que los siglos han contribuido a su interpretación y esta interpretación se ha vuelto ley también. Por lo demás la nobleza no tiene evidentemente ningún motivo para dejarse influir en la interpretación por su interés personal en nuestro perjuicio, ya que las leyes fueron establecidas desde sus orígenes por ella misma; la cual se halla fuera de la ley, que, precisamente por eso, parece haberse puesto exclusivamente en sus manos." A continuación, el narrador, tras sentar una ilustrativa premisa de su exposición ("estas apariencias de leyes sólo pueden ser en realidad sospechadas"), relata cómo el pueblo ha observado desde antiguo a la nobleza con el propósito de realizar una deducción del contenido de las leyes.
A esta observación se debe incluso la creencia de que las leyes existen ("Según la tradición existen y han sido confiadas como secreto a la nobleza, pero ello no es más que una vieja tradición, digna de crédito por su antigüedad, pues el carácter de estas leyes exige también mantener en secreto su existencia"). El narrador explicita la reticencia ineludible: "... tal vez esas leyes que aquí tratamos de descifrar no existen. Hay un pequeño partido que sostiene realmente esta opinión y que trata de probar que cuando una ley existe sólo puede rezar: lo que la nobleza hace es ley. El pequeño partido se opone a la investigación de la ley, por inútil y dañina, pero la mayoría del pueblo la ve necesaria, considera que el material reunido es escaso aún, que con mucho más estudio la cuestión estará más clara. Y existe en la base de esta voluntad una fe: "...la fe de que habrá de venir un tiempo en que la tradición y su investigación consiguiente resurgirán en cierto modo para poner punto final, que todo será puesto en claro, que la ley sólo pertenecerá al pueblo y la nobleza habrá desaparecido." El narrador precisa: "Esto no está dicho ( ... ) con odio hacia la nobleza. Antes bien, debemos odiarnos a nosotros mismos, por no ser dignos aún de tener ley. Y por eso ese partido que no cree, en verdad, en ley alguna, no ha aumentado su caudal, y ello porque él también reconoce a la nobleza y el derecho de su existencia." El párrafo final merece ser transcrito: "En realidad, esto sólo puede ser expresado con una especie de contradicción: un partido que, junto a 1a creencia en las leyes, repudiara la nobleza, tendría inmediatamente a todo el pueblo a su lado, pero un partido semejante no puede surgir porque nadie se atreve a repudiar a la nobleza. Sobre el filo de esta cuchilla vivimos. Un escritor lo resumió una vez de la siguiente manera: la única ley, visible y exenta de duda, que nos ha sido impuesta, es la nobleza. ¿Y de esta única ley habríamos de privarnos nosotros mismos?"
Según la tripartición convencional que hicimos más arriba, este fragmento, como todo el ciclo de la muralla china, se inserta dentro del paradigma de la construcción. Igual que las brigadas de obreros fueron componiendo a trechos insignificantes la inmensa muralla, así el pueblo construye aquí una teoría acerca del contenido de las leyes que lo gobiernan y se le ocultan. La labor es ingente como la de erigir la muralla, una tradición antiquísima sólo ha bastado a proporcionar unos materiales exiguos. En la interpretación que aquí nos interesa, a la que este fragmento se presta quizá con más nitidez que los analizados anteriormente, el pueblo puede identificarse con el sujeto que trata de conocer el Derecho como realidad objetiva e intenta su descripción. Merece la pena detenerse en los resultados que el pueblo de la narración ha obtenido. Son muy superiores a los alcanzados por el campesino o el agrimensor K. Y es que la actitud del pueblo no es la del peticionario, sino la del constructor: la del que ejercita serenamente sus habilidades de artífice, ordenando los datos sin más pretensión que la del conocimiento. Por eso este fragmento es más equilibrado, menos impulsivo y más fértil en sus hallazgos. Con su sereno raciocinio complementa inmejorablemente las sugestiones intensas pero menos traducibles que nos ofrecían las otras dos obras estudiadas.
En principio, el Derecho es un secreto, "del grupo de aristócratas que nos gobierna." El Derecho sirve, además, sin ningún pudor, a los fines de esa clase" que lo creó, de tal modo que no hay ni que pensar en que interpreten las normas en su beneficio, porque puede presumirse que ya fueron hechas inequívocamente para él. Incluso se nos dice que la aristocracia está, en cualquier caso, fuera de la ley. Con una eficacia retórica y estética innegable, Kafka resume de pasada, casi candorosamente en la naturalidad con que el narrador lo describe, un panorama que evoca la crítica al Derecho de Marx, con una asombrosa y puntual coincidencia de argumentos. Pero a renglón seguido Kafka se interna en una senda original. Nos plantea la posibilidad de inexistencia del Derecho, desde un punto de vista estrictamente ontológico (no la inexistencia en una perspectiva axiológica atinente al valor justicia que implicaría el Derecho como superestructura ordenada al mero provecho de la clase dominante). En definitiva, se trata de desembocar en un argumento genuinamente voluntarista, que parafrasea el Quod principi placuit legis habet vigorem del Derecho romano del Imperio: "Lo que la nobleza hace es ley." Pero no se detiene ahí (si lo hiciera, la originalidad sería relativa). Kafka nos da una visión muy singular del pueblo sometido a ese Derecho que no le pertenece. No sugiere una revolución indiscriminada. En realidad, no se sugiere revolución de ningún tipo. El pueblo es un pueblo investigador, científico, que busca su liberación en la ciencia, en un progresivo conocimiento de las leyes que las haga suyas. Lo que sucede es que esta pretensión choca con los obstáculos que se apuntan en el párrafo final. El pueblo no puede conquistar la ley, arrebatándosela a la nobleza; la ley es consustancial a la nobleza y la nobleza un elemento cuya dominación está irreversiblemente asumida por el pueblo. La razón de ambos obstáculos viene a ser la misma y Kafka la formula con contundencia. De las leyes en general el pueblo no tiene más que datos inseguros, fragmentarios; en definitiva, "la única ley visible y exenta de duda ...es la nobleza." Y de esta ley, como dice el anónimo escritor citado al final del fragmento, no puede el pueblo privarse, porque tampoco le consta tener otra ley, y la ley, aun reducida a un simple hecho representado por una aristocracia gobernante, es valorada como necesaria.
En definitiva, el Derecho vuelve a aparecer como algo ajeno al individuo, como el patrimonio de una clase que lo administra sin rendir cuentas a nadie, sin verse siquiera intimada a esclarecer que existen unas normas que aplica. Prescindiendo de todo fundamento racional o de justicia, el Derecho no parece asentarse más que en una relación de poder. Pero también es preciso retratar las peculiaridades de ese poder: en ningún sitio se nos habla de sus manifestaciones. Como ocurre con el castillo, o como la ley defendida por una cadena de porteros, la fuerza que impone la norma (o que constituye la norma) no se muestra como un acto, sino como una potencia; y si la analizamos en el proceso que va de Ante la ley a Sobre la cuestión de las leyes, pasando por El castillo, descubrimos que resulta crecientemente abstracta, cada vez más una fuerza moral, que se impone a la conciencia de los súbditos.
Es en este punto donde se contienen las particularidades de más relieve de este fragmento. El pueblo acepta las leyes y por tanto, acepta a la nobleza, ya que ésta es la única ley que conoce. A tal punto llega en su sumisión que contempla la posibilidad de que no haya esas otras leyes que sospecha y sobre cuyas características investiga. Prima sobre toda otra consideración del Derecho la de orden eficiente. La nobleza (ya sea con sus leyes o siendo ella misma la única ley), garantiza la cohesión y aun el sentido del pueblo. La justicia cede ante esto. El pueblo se siente "mortificado" al estar sujeto a unas leyes que son instrumento de la aristocracia, porque no es posible otra reacción, pero lo consiente, y quienes predican ideas "subversivas" suscitan en la mayoría la sensación de situarse en la irrealidad.
Permanece en este relato la incognoscibilidad última del Derecho, el desvalimiento del individuo que quiera fundar en el orden objetivo una pretensión subjetiva (ya que ese orden objetivo es un secreto). Pero el pueblo de Sobre la cuestión de las leyes penetra en el problema, a su modo, y también a su modo encuentra la solución que le es negada al agrimensor K. y al campesino de Ante la ley. Soslayando la injusticia insoluble, la salida se abre por una vía axiológica que atiende a otra orientación: la seguridad. Paradójicamente, un orden jurídico arcano es la garantía frente a la incerteza. Hay una ley, injusta, la de que la nobleza gobierna. Pero es una ley inatacable, firme. Da una referencia que siempre estará ahí, porque el pueblo siempre acatará su sujeción. Ante esta referencia perenne, el de si hay otras leyes no es un asunto fundamental. Hay algo sobre lo que apoyarse, contra toda circunstancia.
A primera vista, y sobre consideraciones de equidad, la solución que se da el pueblo es inadmisible. Pero puede hacerse la siguiente interpretación: la nobleza asienta en gran medida su dominación sobre la creencia del pueblo de que esta dominación debe persistir. De un modo alambicado y bien curioso, el pueblo se apodera inconscientemente del Derecho que por naturaleza y origen no le pertenece, y ello es así porque a fin de cuentas convierte a la aristocracia en una realidad que le presta una utilidad, la de cimiento de su orden social. K. y el campesino no obtienen nada del castillo o de la ley. El pueblo de esta narración saca su fruto de las leyes (es decir, de la aristocracia). Arranca de un conocimiento lleno de oscuridades, pero también provisto de una certidumbre mínima que lo hace fecundo como no aciertan a serlo las aventuras del agrimensor yel campesino. Y termina llegando a un sentimiento de su culpa ("Antes bien, debemos odiarnos a nosotros mismos, por no ser dignos aún de tener ley") que resuelve acomodándose al estado de cosas reinante. En la aceptación está la conquista, la paz. A ser dominado por la nobleza sí tiene el pueblo derecho, un derecho irrefutable. El pueblo (o el individuo) logra al fin ostentar un derecho subjetivo, sobre la base de una convicción parca, pero irrebatible, acerca del problema que en otras tentativas a los protagonistas de las metáforas kafkianas se les había resistido íntegramente: el Derecho como orden objetivo. Un orden que es con claridad expresión de un poder. Un poder que tiene una plasmación muy abstracta, tanto que en el fondo todo puede ser absurdo, pero sobre el que hay una imprescindible certeza. El convencimiento psicológico determina así en cierta medida la realidad, confiriendo su estabilidad al conjunto.
Mucho tiene que ver este desenlace con la experiencia personal y vital de Kafka. Él se consideraba un expulsado, alguien que había hecho el viaje desde la tierra de Canaán al desierto, por decirlo con sus palabras. Su ambición fue en una porción importante ganar para sí una vida "normal", poder someterse al orden instituido, al que se creía naturalmente inadaptado. Cuenta Max Brod cómo le remitió Kafka en cierta ocasión a la anécdota que refiere la sobrina de Flaubert en la introducción al epistolario del novelista francés: "¿No habrá lamentado (Flaubert) en los últimos años no haber transitado el camino trillado? Casi que podría creerlo cuando rememoro las sentidas palabras que una vez acudieron a sus labios mientras volvíamos a casa caminando a lo largo del Sena (habíamos visitado a una de mis amigas y la habíamos encontrado en medio de una bandada de hermosos hijos). ?Están en lo cierto (Ils sont dans le vrai)?, dijo, refiriéndose a ese honorable y buen hogar."
Podría parecer que el autor de Praga abdica en este punto de anteriores planteamientos que hemos calificado como críticos, pero pensar eso es una inexactitud. El individuo extenuado en la búsqueda infructuosa de su vía propia (de su propio derecho), implora descansar a la manera común (acatando lo indudablemente vigente, aunque esto sólo sea su condición de sometido). A pesar de todo, quedan sus observaciones, sus audaces testimonios del absurdo, de los que no se reniega. Y los vertidos en Sobre la cuestión de las leyes son de los más incisivos jamás escritos acerca del Derecho.

viernes, diciembre 01, 2006

IV. El castillo. La conquista fallida del derecho subjetivo.

Continuamos con el ensayo de Lorenzo Silva, en esta ocasión con las palabras dedicadas a El Castillo.

De las que se ha dado en llamar "novelas de la soledad", acaso sea El castillo la más densa y compleja, y a la vez, pese a ser la más abruptamente interrumpida, la que muestra una mayor elaboración y exhaustividad. De esta obra utilizaremos para nuestro estudio no un fragmento o una serie de ellos, sino algo que entraña cierta simplificación: su argumento. Y a los efectos aquí pretendidos basta con esbozar una síntesis muy escueta de él.
K., que es o finge ser agrimensor, llega una noche de invierno a un pueblo. De este pueblo se nos dice que se encuentra al pie de un castillo. Ya desde el principio la situación de K. en el pueblo se revela difícil; no es persona grata en él, levanta entre los habitantes una gran suspicacia. K. parece pasar por alto esta actitud y desde bien temprano acomete su empresa, que no es otra que la de conseguir que en el castillo (que pronto se nos presenta como un centro habitado por funcionarios inasibles, desde el que se rige el pueblo) se le tome en cuenta y se le reconozca una posición a la que se cree acreedor. Durante toda la historia K. tratará de acceder al castillo, sin conseguirlo. Primero probará con los mensajeros (hombres del pueblo relacionados con el castillo, insignificantes ante su jerarquía de la que son meros portavoces), luego con los funcionarios inferiores, pero siempre será imposible captar para su causa a alguno con un mínimo de influencia. Entre fracaso y fracaso, K. se entrega en el pueblo a una vida que le granjea la antipatía de sus habitantes. Para ello cuenta con el concurso de Frieda, una mujer del pueblo con la que mantiene una relación desordenada. A veces realiza avances irrisorios en su conocimiento del castillo, pero cuando la novela se interrumpe su situación no ha progresado sensiblemente. Según Max Brod, Kafka pretenda dar a la novela el siguiente final: "Él no ceja en su lucha, pero muere por inanición. En torno a su lecho de muerte se reúne el vecindario y justamente en ese momento llega del castillo la disposición de que en verdad a K. no le asistía ningún derecho a exigir que se le permitiera vivir en el pueblo, pero que, no obstante, y en consideración a ciertas circunstancias particulares, se le permitía vivir y trabajar allí."
Según interpreta Brod, el tema sustancial de esta obra es el de la gracia. K. busca la gracia, lucha denodadamente por conseguirla, por mediación de quien sea (es de notar la importancia que a estos efectos adquieren los personajes femeninos que aparecen en la historia). Por tanto, de seguir esta visión, que por otra parte parece verosímil y ajustada, las preocupaciones latentes en El castillo son de índole primordialmente psicológica y religiosa. Teniendo esto en cuenta, puede sin embargo intentarse la interpretación desde el Derecho situándonos en el mismo paradigma que en el apartado anterior: el de la búsqueda de la redención o, en términos más utilizables a nuestros fines, la solicitud de acogida, de acceso.
Y en El castillo, obra posterior a Ante la ley, observamos una evolución notable que abarca una multitud de aspectos. En primer lugar, la actitud del protagonista. K. no se queda como el campesino, sentado ante la puerta de la ley maldiciendo para sus adentros, o de modo que le pueda oír el portero pero siempre sin aspiraciones firmes de cambio. El agrimensor K. lucha con todas sus fuerzas, con una violencia y un ímpetu que a menudo parecen netamente desmedidos y hasta peligrosos. Kafka, que en Ante la ley viene a hacer una descalificación de la pasividad, nos muestra a un personaje poseído por un impulso insensato. Traduciéndolo a una explicitación jurídica, el individuo no se resigna ante la impenetrabilidad del Derecho, se afana por afirmarse ante él, con plena conciencia de poseer un motivo (un derecho subjetivo) para pedir aquello que se le niega; esa conciencia que el campesino sólo alcanza cuando va a morir y el guardián le dice que aquella puerta era para él.
Otra evolución se advierte en la descripción de la ley. La ley era antes una puerta cerrada, un objeto totalmente incognoscible. En la peripecia de K. la ley es el castillo, el Derecho se identifica absolutamente con el poder, y sus reglas de funcionamiento son las del poder mismo; de estas reglas, si no una verdadera información, sí tiene K., y aún más el lector, atisbos inexistentes en Ante la ley. Los servidores de la ley ya no son un simple portero con un aspecto temible. Se nos presentan o se nos sugieren funcionarios somnolientos, sumidos en un tedio insoluble (como Potemkin en la historia que reseña Benjamin), que manejan la institución que el castillo representa con indolencia, cumpliendo designios ignotos.
En definitiva, esto poco supone de progresión respecto a una ley que no era más que una puerta infranqueable. Pero averiguamos algunas cosas sorprendentes. A este respecto es crucial cierto pasaje, que también nos ilustra sobre la verdadera personalidad y fuerza de K. Al final del capitulo dieciocho, K. entra en contacto con un funcionario subalterno (muy subalterno) que parece disponer de cierta posibilidad de proporcionarle algún conocimiento que favorezca sus pretensiones. K. está muerto de sueño, a duras penas atiende al funcionario, y cuando lo hace, se conduce con tal negligencia que no saca nada de aquello. Kafka pone en boca del funcionario estas palabras: "¿Quién sabe lo que le espera al lado? Esto está lleno de oportunidades. Hay cosas que no fracasan más que por sí mismas. Sí. Esto es asombroso." Dos deducciones nos surgen de inmediato: las energías de K. obedecen a estímulos irregulares, su voluntad no le proporciona al cabo ningún resultado porque no sabe emplearla allí donde es preciso, la dilapida cuando no puede lograr nada y flaquea cuando se le ofrece algo; de otra parte, el orden reinante, el castillo como ley y poder, no es invulnerable, no está cerrado en todos sus aspectos. Es un sistema abierto, hay zonas de anomia. Ese implacable, casi insensible acusador del individuo (de sí mismo, en definitiva) que fue Kafka vuelve a admitir que aun en un universo absurdo la responsabilidad es del sujeto. Las exigencias que nos plantea son inmensas, a juzgar por el entusiasmo que K. derrocha en balde. Ése es el quid: el individuo está vencido casi de antemano por el orden objetivo, que no entiende o entiende defectuosamente, al que da lo mismo que oponga esfuerzos ingentes o una resignación farfullante. El individuo pide al orden una posición, unas facultades, un derecho subjetivo. Y el orden esquiva al individuo, ni siquiera existe en función de él como en Ante la ley (aunque tal ordenación hacia el individuo más parecía al final una broma de mal gusto, o un fracaso en el mejor de los supuestos). El desenlace de El castillo es que K. ve tolerada su presencia, sin derecho alguno, en un régimen de precario, por una mera concesión graciable. Y esto le llega cuando va a morir. Por consiguiente, y a efectos prácticos, no deja de ser un intruso, un indeseado, un importuno. Integrando esta imagen con la desprendida de Ante la ley, extraemos una crítica bífida a los sistemas jurídicos representados por "la ley" o "el castillo":
a) En un caso, dice la ley estar destinada al individuo, sin que a éste le sirva de nada, por los obstáculos con que la ley se pertrecha.
b) En otro, el castillo, el orden instituido, con un vejatorio silencio como toda respuesta a sus súplicas desaforadas, niega brutalmente al sujeto hasta el derecho básico del simple estar, del simple vivir allí, para concederle al final "por razones particulares" una merced que no crea derecho alguno y que ya es indiferente para un moribundo. El castillo es más desnudamente el poder, ni siquiera recurre al nombre de ley, una denominación que fundamenta, al menos a priori, la dominación en algo más que la fuerza misma.
Pero hay algo de interés en la fuerza como fuente de lo jurídico en El castillo: su aspecto, el descuido, la decadencia. La fuerza, y la ley que ella engendra, son como monstruos prehistóricos que bostezan incesantemente pero conservan la aptitud de humillar al transgresor con su vigor descomunal. Una vez más, a través del desfase entre las cualidades del poder y su función, que implica una pérdida del sentido que lo motiva todo, Kafka desenmascara el absurdo. Una organización repleta de defectos y lagunas (eso adivinamos), pero irremediablemente vigente, nos da una idea del Derecho como puro hecho; un hecho además inmotivado, inconsistente pese a no ser objetado. Puede sospecharse que existen unas normas, con sus correspondientes relaciones y mecanismos de funcionamiento, puede apostarse que lo que ocurre es que el agrimensor K. no es un sujeto capacitado para desentrañar esta mecánica y conseguir para sí una posición más halagüeña. Pero siempre queda una duda, radical: ¿no será que no existe ninguna norma? Parece una interrogación demasiado aventurada, se nos habla de los funcionarios como de seres adocenados, pero lo cierto es que permanecen inasibles, poderosos y respetados por el pueblo. El individuo K., en medio de su desastre, puede sentir como inasequible la desmitificación. Pero, como veremos en el apartado siguiente, el propio Kafka enuncia en otro lugar, en los fragmentos relacionados con la muralla china, estas conjeturas que aquí hemos adelantado tímidamente.
Resumiendo las ideas fundamentales que de este muy limitado análisis de El castillo se obtienen, y orientándolas a una interpretación desde el Derecho, en la infortunada epopeya del agrimensor K. se nos muestra cómo el individuo fracasa en su vehemente tentativa de conquista del derecho subjetivo. En parte se apunta una culpa del sujeto, una cierta ineptitud; pero de otro lado ella resulta de unas exigencias desproporcionadas, demasiado rigurosas para lo exiguas y azarosas que son las probabilidades de salvación y lo penosa que es la circunstancia del protagonista. Lo para nosotros más interesante es la caracterización de ese orden que niega el derecho a K. Su opacidad, su presumible anomia. Su inercia. Se trata de un orden ineficiente, salvo para mantener una situación cuya finalidad no se vislumbra. Y el individuo queda como un precarista.
Todos estos elementos han de ser retenidos para la valoración e hipótesis finales.

III. Ante la ley . El individuo ante el Derecho.

Seguimos la serie de capítulos que componen el ensayo de juventud de Lorenzo Silva sobre Franz Kafka...

Esta pequeña parábola apareció en vida de Kafka en el volumen de relatos titulado Un médico rural. Tras su muerte, se publicó inserta en el capítulo noveno de El proceso. La parábola puede resumirse así:
Ante la ley hay un guardián. Un campesino se presenta a él y solicita que le deje entrar, pero el guardián contesta que por ahora no puede. El campesino se asoma a la puerta de la ley, que está como siempre abierta. El guardián, al verlo, se ríe y le dice que puede probar a entrar si quiere, pero que recuerde que él, con ser poderoso, es sólo el ultimo de los guardianes; entre salón y salón hay más. Ya el tercero es tan terrible que ni el mismo guardián puede soportar su aspecto. El campesino no había previsto estos problemas, él creía que la ley debía estar siempre abierta para todos. Pero observa el porte temible del guardián y se persuade de que conviene más esperar. El guardián le deja un taburete para que se siente. Allí espera el campesino días y años, a menudo conversa con el guardián, sobre temas sin importancia, y también intenta sobornarle. El guardián acepta las dádivas, para que el campesino no crea haber omitido nada, dice, pero no cambia su actitud. Durante muchos años el hombre observa casi continuamente al guardián, maldice su mala suerte, al final su vista se debilita y todo se vuelve oscuro. En medio de la oscuridad distingue un resplandor que surge de la puerta de la ley. El campesino sabe que va a morir. Llama al guardián, y le formula una pregunta que antes no le había formulado: si todos quieren acceder a la ley, ¿como es que en todos aquellos años nadie más que él ha pretendido entrar? El guardián comprende que el hombre está expirando, y para que pueda oírle bien le dice con voz poderosa: "Nadie podía pretenderlo, porque esta puerta era solamente para ti. Ahora voy a cerrarla."
En la obra de Kafka aparecen con insistencia tres conceptos fundamentales, que se erigen en otros tantos paradigmas que tienen constante reflejo en sus narraciones. El primer paradigma es el de la culpa; el segundo, el de la búsqueda de la redención (o la acogida); y el tercero, el de las construcciones o, más propiamente, el de la construcción. A la culpa se vinculan obras como El proceso o La condena, a la construcción todo el ciclo de fragmentos relacionados con la muralla china, y a la búsqueda de la acogida El castillo y este breve relato que ahora nos ocupa. La relación entre estos tres ejes se expresa en que la culpa agudiza el ansia de ser admitido, de modo que se establece entre ambos elementos una interdependencia recíproca; el paradigma de la construcción puede tomarse como una reflexión sobre las características del orden que rige la situación de la que los otros dos impulsos son consecuencia. Naturalmente, es posible hallar otros ejes en la obra kafkiana, y establecer otras relaciones. A los efectos del análisis aquí perseguido, no obstante, nos centraremos en los tres indicados, dada su potencialidad para caracterizar el fenómeno jurídico en sus diversas facetas. Y podemos retener un primer y trascendental dato: la visión kafkiana de la realidad no se atiene puramente al objeto en sí, sino que lo toma como un elemento que sostiene una dialéctica con el individuo cognoscente, en una línea que no está lejos del existencialismo. Al enfocar su pensamiento a lo jurídico obtendremos una relevancia del individuo como referente epistemológico (aunque curiosamente, he aquí su crítica, aquél venga a ser al final un protagonista negado) infrecuente en los sistemas iusfilosóficos clásicos, siempre tendentes al abstractismo impersonal de la pregunta: "¿Qué es Derecho?"
Con Ante la ley nos situamos en el paradigma de la petición, de la súplica de acceso. Aunque no es cronológicamente lo primero (la culpa es previa), el sujeto en el mundo kafkiano encara la realidad objetiva desde esta postura de solicitación, hallando sólo la negativa a acogerle de aquello ante lo que suplica. Es lo que sucede en esta parábola. El campesino juzga que la ley debe estar abierta para todos, pero la experiencia le demuestra que no es así. El traslado de este esquema a lo jurídico, que nos viene sugerido por la misma elección del símbolo ley, se traduce inmediatamente en la pretensión del individuo de algo que entiende que le debe ser concedido (en cierto modo lo denota el que la puerta de la ley esté físicamente abierta, aunque luego no resulte esto más que una apariencia engañosa), pero que la ley, por mediación de uno de sus ejecutores, le niega. La ley aparece como una sucesión de guardianes de aspecto crecientemente temible, de obstáculos que desprecian al individuo y ante los que éste no puede responder sino con la resignación y la espera. La ley se rodea de todos los ornamentos del poder y el individuo es un campesino, palabra en la que no es difícil encontrar resonancias nada respetuosas con su entidad. En una primera aproximación, pues, el individuo es caracterizado frente al Derecho como algo insignificante, subordinado, desprovisto de eso de lo que el mismo orden jurídico se supone que ha de ser fuente: el derecho subjetivo. El gusto kafkiano por la paradoja tiene aquí un ejemplo notorio. Ahora bien, no se agota en este enunciado el mensaje sugerido por la parábola. Hay en ella otros elementos, que a primera vista pudieran parecer desdeñables, como una simple burla del portero (y de la ley misma) hacia el hombre: esa revelación final de que la puerta estaba reservada exclusivamente al campesino. Aquí resulta de interés referirse a la larga exégesis que el propio Kafka nos ofrece de la parábola en las líneas que la siguen en El proceso. Benjamin ha llegado a ver en esta novela un mero desarrollo de la inicial parábola del portero, un desarrollo que no tiende a procurar al lector "el placer de extenderla hasta que su significado sea llano por completo", sino más bien a lo contrario. Este autor detecta entre la obra literaria de Kafka y su posible teoría acerca de la realidad una relación similar a la de la Hagadah con la Halakkah (la mitología y la ley sagrada, respectivamente, en la religión judía). Pero el modo en que el mito nos transmite en este caso el logos proporciona una posibilidad de enriquecimiento de la impresión inicial que es preciso describir con detalle siguiendo el hilo de la argumentación kafkiana.
En el capítulo IX de El proceso, mediante un diálogo entre Josef K. y el sacerdote que le relata la parábola, se realiza un minucioso análisis de la misma. Cuando el sacerdote termina su narración, K. deduce: "O sea, que el guardián engañó al hombre." El sacerdote le insta a que no juzgue precipitadamente la historia; existiría una posibilidad de afirmar el engaño si existiera contradicción entre lo que el guardián dice al principio y lo que revela al final. Pero el guardián no habla nunca de que el acceso a la ley esté definitivamente vedado al campesino. Únicamente dice que por ahora no puede entrar. Incluso, interpreta el sacerdote, podría sostenerse que el guardián se extralimita en sus funciones en un sentido favorable a las esperanzas del campesino, porque su misión no es otra que la de cerrarle el paso. Lo invita en broma a que entre, hasta le da un taburete para que se siente y se muestra compasivo, permitiéndole que maldiga en su presencia la circunstancia en que el guardián le ha puesto. K. pregunta al sacerdote si éste cree que el campesino no fue engañado. El sacerdote responde: "Me limito a exponerte las opiniones que existen al respecto. No debes confiar demasiado en unas opiniones. La escritura es invariable y las opiniones no son con frecuencia más que la exprestón de lo desesperante que ello resulta. En este caso, existe incluso una opinión según la cual el engañado es precisamente el guardián." A requerimiento de K. el sacerdote explica esta sorprendente opinión, que se basa en la simplicidad del guardián. El guardián desconoce el interior de la ley, sólo sabe del cometido que se le ha encomendado ante su puerta, en la zona más exterior de la ley. Las ideas que tiene sobre el interior de la ley son infantiles, con su miedo a la cadena de guardianes terribles que del texto se infiere que son todo lo que conoce de aquello cuya puerta guarda. Yendo aún más lejos, el guardián está subordinado al campesino, y también esto lo ignora. El guardián está sólo para vigilar la puerta destinada al hombre, desde antes de que éste acuda. El campesino es libre, nadie le obliga a ir hacia la ley, mientras que el guardián está encadenado a ella por una obligación cuya finalidad se ordena hacia aquél a quien está reservada aquella puerta. El campesino, al final de su vida, ve el resplandor que emana de la ley, un resplandor al que el guardián da la espalda y que por tanto ignora. La superioridad del campesino sobre el guardián se plasma pues en la ventaja del hombre libre respecto al sujeto a un deber, y en su logro del conocimiento, así sea como atisbo, frente a la inconsciencia perdurable del guardián. Ante esta singular interpretación, K. contraargumenta al sacerdote que no queda refutado por ella el que el campesino haya sido engañado, como propusiera al principio. Puede ser que el guardián no sea entonces un falsario, pero sí un simple que merece ser expulsado de su puesto por los perjuicios que causa al campesino. En este punto, el sacerdote aduce otra versión que tiene trascendentales consecuencias: "Hay quien dice que la historia no da derecho a nadie a emitir un juicio sobre el guardián. Cualquiera que sea la opinión que nos merezca, es un servidor de la ley, o sea que pertenece a la ley y escapa al juicio humano. Tampoco hay que creer que el guardián esté subordinado al hombre. Cumplir un servicio que le ate a uno a la ley, aunque sólo sea a la puerta de la ley, es algo incomparablemente superior a vivir libre en el mundo. El hombre del campo no hace más que llegar a la ley, el guardián ya está en ella. Ha sido llamado por la ley a cumplir un servicio, dudar de su dignidad equivaldría a dudar de la ley." K. contesta: "Estoy completamente de acuerdo con esta opinión, porque si uno se adhiere a ella, debe considerar cierto todo lo que dice el guardián. Pero tú mismo has dado razones detalladas para creer que esto no es posible." El sacerdote corrige a K. con una sentencia cínica: "No, no hay que creer que todo es verdad; hay que creer que todo es necesario." K. concluye: "Una opinión desoladora, la mentira se convierte en el orden universal."
Hayman realiza una interpretación mística de esta escena que puede ser útil para elaborar posteriormente un enfoque de la misma desde la perspectiva del Derecho. Según él, puede insertarse la parábola en la tradición cabalística: "La Torah (la ley cósmica para el Judaísmo, preexistente a la creación del mundo) vuelve una cara especial a cada uno de los judíos, exclusivamente reservada para él y únicamente aprehensible por él, y, por ende, un judío sólo cumple su verdadero destino cuando llega a ver esa cara y puede incorporar la a la tradición" (citado por Hayman de G. Scholem, On the Kabbalah and its Symbolism). Aquí Kafka se encuentra con Kierkegaard, quien en Temor y Temblor asegura que la relación con el Absoluto ha de ser personal y única.
Teniendo presentes estas implicaciones, apreciamos que el juicio inicial de que la ley rechaza al hombre, de que la revelación final de que la puerta le estaba sólo destinada a él entraña una burla, queda afectado por toda una variedad de nuevas sugerencias. En el comentario que Kafka hace sobre su propia parábola se ponen de manifiesto numerosos datos con un interés jurídico: los ejecutores de la ley como meros apéndices ciegos de ella, desconocedores de su finalidad o motivación inspiradora; la ley como realidad orientada hacia el sujeto, pero entorpecida por una pluralidad de barreras distorsionantes, como la propia ineptitud de sus servidores; y finalmente, la consideración de la preeminencia absoluta de la ley, que niega incluso el derecho de su destinatario a enjuiciar sus inmensas deficiencias. El hombre que es exaltado como libre frente al guardián obligado, que incluso percibe el resplandor que el guardián nunca vislumbra, siente en definitiva frustradas sus aspiraciones. Se dice que nada le forzaba a acudir a la ley, pero resulta evidente que el hombre padecía necesidades que le abocaban a impetrar su tutela, necesidades tan obvias que ni siquiera es preciso detallarlas. La ley, con toda su organización, sus poderosos centinelas, fracasa en su finalidad, y decimos esto porque ha de recordarse la frase del guardián: "Esta puerta era sólo para ti." El sacerdote exculpa incondicionalmente a la ley alegando que no importa la verdad, sino lo que es necesario, pero ni siquiera esta justificación queda adecuadamente sustentada. La única reflexión que K. puede hacer ante el panorama que contempla es la desoladora de que "la mentira se convierte en el orden universal."
No cabe duda de que la visión expuesta, en Kafka, se asienta sobre el hecho básico de la culpa, del que nos ocuparemos más adelante y que proporciona cierto cimiento (bien que un cimiento no sostenido en argumento alguno, sino en una intuición sustancial) para todo el sistema. Centrándonos en lo que ahora interesa, la posición del individuo ante el Derecho tal y como desde este texto puede comentarse, hay que concluir que, pretendiéndolo o no, en la parábola se contiene una agria crítica que no hay por qué considerar inofensivamente recluida en el ámbito de lo mítico. Las metáforas de Kafka, por su pulcra urdimbre, ofrecen posibilidades que desbordan las causas de su alumbramiento. Aplicando las conclusiones extraídas de Ante la ley a la realidad jurídica se obtienen resultados de cierta validez empírica, que bien podrían responder (sea o no eso lo fundamental) a la experiencia que el escritor tuvo de la acción del Derecho en la sociedad y ante el individuo en las instituciones a las que perteneció. Con el estudio de los otros textos escogidos se avanzará en las proposiciones aquí apuntadas. Baste anotar por ahora que frente a toda una plusbimilenaria tradición occidental del Derecho como razón, en la caracterización kafkiana se opta por un voluntarismo descorazonador: la ley tiene su fuerza por su sola naturaleza de ley, sin otro respaldo; pese a ser ineficiente, pese a constituir, incluso, "un orden universal de mentira."
Interesa no obstante hacer una observación adicional, que da prueba de la ambivalencia de las alegorías kafkianas y que se relaciona con las resonancias religiosas y cabalísticas antes reseñadas. Si el Derecho se manifiesta ante el individuo como un orden cerrado e infranqueable, casi absurdo en su vocación hacia él que coexiste con una infinidad de trabas intrínsecas, el individuo tiene un deber hacia el Derecho más allá del Derecho mismo; un deber, por así decir, moral. Jurídicamente, el campesino es libre, carece de las obligaciones que el guardián como siervo de la ley tiene. El desamparo del hombre por el Derecho se corresponde con esa libertad, que se aúna al conocimiento (el campesino ve la luz que sale de la ley). En la aserción final del guardián parece sugerirse en qué consistía el deber moral del campesino: haber aprendido que la ley era para é1, haber sabido ganarla pese a las dificultades, o expresándolo en términos místicos, haber desentrañado su camino personal hacia el Absoluto. No sólo la ley pone las barreras, también éstas nacen de la resignación y la falta de curiosidad del campesino. El individuo libre tiene que buscar su modo de entrar en la ley, el rostro que la Torah sólo le vuelve a él, en términos cabalísticos.
En El proceso Kafka revela la otra cara de la moneda: cuando el hombre ya no es libre, porque pesa sobre él la culpa, y la ley no es ya una puerta abierta que se hace de rogar y se abstiene de llamarle, sino un aparato implacable que comienza a cargarle con sus imposiciones. La crueldad de la visión kafkiana estriba en considerar la culpa algo originario (en la línea de la concepción hebraica del pecado original). ¿Es posible, en estas condiciones, tomar las anteriores alusiones a un estado de libertad como algo más que una representación puramente especulativa?

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