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domingo, octubre 05, 2008

Manuscritos de Franz Kafka pueden perderse en Israel

Brod era el albacea de Kafka y llevó los papeles a Tel Aviv en 1938. Ahora están en una casa en ruinas. Por: GWEN ACKERMAN
Fuente: BLOOMBERG. ESPECIAL PARA CLARIN

Esta es una historia sobre Franz Kafka y los nazis, gatos, sionismo. La historia comienza en el lecho de muerte del autor, se traslada de Praga a Israel y termina en la rugosa puerta de madera de un departamento de Tel Aviv, donde una enamorada de los gatos, que se llama Esther Hoffe, acumuló una cantidad de papeles, borradores y pertenencias personales de Kafka durante casi cuarenta años, frustrando a archivistas y académicos por igual.



Cuando Esther Hoffe, la ex secretaria de Max Brod -el albacea de Kafka- murió el año pasado a los 101 años de edad, se abrió la posibilidad de que los seguidores de su obra finalmente pudieran acceder a la intimidad del autor de La metamorfosis, quien murió de tuberculosis en 1924. Pero eso no ocurrió.

Las hijas de Esther Hoffe -Ruth y Hava Hoffe- ahora tienen más de 70 años. Se resisten a los pedidos de los archivistas alemanes e israelíes que reclaman la entrega de los restos del legado de Kafka, junto con un cúmulo de papeles del amigo y albacea de Kafka, Max Brod, quien también era escritor. Los israelíes están apelando al honor nacional, los alemanes están preparados para pagar en efectivo.

"Las hijas de Esther Hoffe tienen que decidir cuál es el mejor lugar para los documentos", dijo Ulrich von Buelow, director deldepartamento de manuscritos del Deutsches Literaturarchiv, con sede en Marbach, Alemania. El archivo alemán ya posee el manuscrito de El proceso de Kafka, que Esther Hoffe vendió por 1,98 millones de dólares en una subasta de Sotheby's realizada en Londres en 1988. Un intermediario sondeó a Von Buelow sobre la posibilidad de adquirir otros documentos, dijo el archivista. No han discutido el precio aún, explicó a Bloomberg. El Estado de Israel exhortó a las hermanas Hoffe para que entreguen los documentos --o al menos una copia de ellos- a la Biblioteca Nacional y Universitaria Judía, en Jerusalén.

"El público en general y los lectores de Kafka, no se percatan en qué medida él estuvo involucrado en las actividades judías y sionistas", dijo Mark Gelber, profesor de literatura comparada en la Universidad Ben Gurion de Beer Sheva. "Si supieran, por supuesto que querrían que sus cosas permanezcan aquí", dijo Gelber en una entrevista telefónica.

La saga comenzó con Max Brod, un escritor más conocido por su biografía de Kafka y novelas históricas como Reubeni, príncipe de los judíos. Aunque el último deseo de Kafka fue que se quemaran sus papeles, Brod los guardó y así se conocieron obras maestras como El proceso y El castillo. Los documentos, o algunos de ellos, terminaron en una maleta que Brod se llevó cuando huyó de Praga en momentos en que hacía su entrada el ejército de Hitler. Cuando Brod murió, en 1968, dejó los documentos a Esther Hoffe, quien rechazó los pedidos de los académicos que estudiaban a Kafka y se aventuró, en distintos momentos, a vender algunos textos. En la década de 1980 Hoffe fue arrestada en el aeropuerto internacional Ben Gurion bajo sospecha de que estaba sacando del país documentación importante de contrabando, según el Archivista del Estado, Yehoshua Freundlich.

Las hijas de Esther Hoffe nunca explicaron por qué acapararon los documentos. El profesor Gelber dijo que sospechaba que sus motivos eran económicos, recordando sus propios esfuerzos en la década de 1980 para persuadir a Esther Hoffe de entregar todo a los archivos nacionales.Sólo las hermanas Ruth y Hava Hoffe saben qué documentos siguen en poder de ellas, si son legibles o no, tras haber sido confinados durante años en un húmedo departamento. Los estudiosos de Kafka esperan que los documentos puedan cubrir las brechas que hay en el conocimiento fragmentario de la vida del escritor -hijo de un rico comerciante- que escribió sus visionarias ficciones en Praga, en alemán. Hoy, el departamento de planta baja de las hermanas Hoffe, en un edificio de cuatro plantas oscuro y ruinoso, sólo alberga a los gatos. Hava Hoffe va diariamente a alimentar a los felinos, cuyos maullidos llenan el corredor frente a la puerta rasguñada de madera del departamento. Ella nunca da entrevistas. Las enciclopedias describen a Franz Kafka como ajeno a su herencia judía. No obstante, estudió hebreo y tuvo un interés genuino en el idioma yiddish.

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lunes, septiembre 15, 2008

Es posible que por fin vean cierta luz los documentos de Kafka


Ethan Bronner / Tel Aviv, Israel laquintacolumna.com.mx

Es famoso el hecho de que el escritor Max Brod desafiara el último deseo de su amigo Franz Kafka antes de morir en 1924: que se quemaran sus documentos. El mundo obtuvo El Proceso, El Castillo y el adjetivo kafkiano, y Brod, los documentos.

Cuando Brod huyó a Tel Aviv desde Praga en 1939, llevaba consigo una maleta llena de los documentos de Kafka.

Cuando murió en 1968, legó a su secretaria los documentos de Kafka restantes, así como los propios generados durante una rica carrera cultural. Por casi 40 años, Ester Hoffe, la secretaria, mantuvo en ascuas al mundo de la erudición en Kafka, teniendo los documentos en su departamento en una planta baja, en la Calle Spinoza, algunos en pilas altas sobre su escritorio (originalmente de Brod), donde mecanografiaba todo el día y comía.

La última vez que se le permitió la entrada a un académico al departamento fue en los 80. Después, Hoffe vendió el manuscrito de El Proceso en dos millones de dólares. Nadie sabe qué es lo que queda.

Desde su muerte el año pasado, a los 101 años, su hija Hava de 74, ha indicado que se tomará una decisión sobre los documentos codiciados en los meses siguientes. Aun cuando el legado de Kafka ya está en archivos de la República Checa, Gran Bretaña y Alemania, es posible que todavía haya algunos del otro lado de la deteriorada puerta de entrada del departamento Hoffe.

Como lo hizo su madre, Hava Hoffe mantiene en vela a los académicos y archivistas que se preguntan por la condición de lo que creen son cartas, diarios, fotografías y, quizás, obras no publicadas de los escritores checos judíos, siendo Kafka uno de los autores mejor conocidos del siglo XX.

?Brod fue un autor extremadamente versátil, fértil, incluso obsesivo, que llevaba un diario?, señaló Nurit Pagi, quien está escribiendo su disertación doctoral sobre él en la Universidad de Haifa. ?Lo que creemos que Hoffe debe tener es el diario que él llevaba desde el día en el que llegó a Tel Aviv en 1939, lleno de observaciones. Sería de suma importancia para los investigadores.?

Lo que preocupa a los académicos israelíes no sólo es si o cuando Hoffe venderá o donará el patrimonio literario del que son herederas ella y Ruth, su hermana mayor, para compartirlo con el mundo. También está la cuestión de si se podría encontrar la forma de conservar el tesoro en Israel, ya que muchos consideran que es su hogar legítimo en tanto baluarte de la herencia nacional e histórica judía.

?Este material pertenece a Jerusalén?, argumentó Mark Gelber, un erudito en Kafka y catedrático de literatura comparada en la Universidad Ben Gurión en Beersheba. ?Brod se hizo sionista antes de la Primera Guerra Mundial, vivió y trabajó aquí y está enterrado aquí. Se sabe menos el hecho de que Kafka fue una personalidad judía totalmente comprometida y un escritor con muchas conexiones estrechas con el sionismo y los judíos?.

Gelber señaló que la biblioteca nacional en Jerusalén contiene documentos de tales personalidades judías importantes como Einstein y Martín Buber, así es que sería un hogar natural para los de Kafka también.

No obstante, está lejos de ser un punto de vista universal. Para muchos, las novelas y cuentos de desesperación existencial que escribió Kafka en alemán parecen más conscientemente mundanas que vinculadas con cualquier movimiento nacionalista. Los reclamos de los archivos alemanes y de otros países en cuanto a Kafka les parecen igual de determinantes.

En un libro nuevo, que coincide con el aniversario 125 del nacimiento de Kafka, The tremendous world I have inside my head. Franz Kafka: a biographical essay (El mundo tremendo dentro de mi cabeza. Un ensayo biográfico sobre Franz Kafka), Louis Begley argumenta que Kafka fue profundamente ambivalente en cuanto a su identidad judía, es más, de cualquier identidad colectiva.

?Admiro el sionismo y me provoca náuseas?, Begley cita a Kafka. También: ?¿Qué tengo en común con los judíos? Apenas tengo algo en común conmigo mismo, y debería estar parado en un rincón en silencio, satisfecho de que puedo respirar.?

En respuesta, hay todo un arsenal de erudición que blanden Gelber y otros con el que muestran que Kafka aprendió hebreo (todavía existen sus libros de ejercicios con vocabulario), tomó el proyecto sionista en serio, y que incluso esperaba mudarse a esta ciudad. En 1949, por ejemplo, Dora Diamant, su última amante, en cuyos brazos se dice que murió, un cuarto de siglo antes le escribió a Brod diciéndole que el sueño de toda la vida de Kafka había sido ?hacer la aliya y venir a Israel?, usando la palabra hebrea para la inmigración a este país.

Algunos en esta ciudad señalan que documentos tan preciados como los pertenecientes a Kafka y Brod no pueden sacarse legalmente de Israel sin que los archivos nacionales tengan la oportunidad de registrarlos y hacer copias de ellos. Sin embargo, Ofer Aderet, un reportero del periódico Haaretz que ha escrito extensamente sobre los documentos de Kafka, señala que muchos sospechan que Ester Hoffe evadió exitosamente a la ley.

Ahora, la pregunta es cómo van a actuar sus hijas. Hava Hoffe cuidó a su madre en el departamento durante años, y parece estar a cargo de la situación. La mayoría de sus vecinos no la quiere a causa de las veintenas de gatos que ha adoptado en el transcurso de décadas, dándoles libertad de movimiento en el departamento y el patio frontal.

Aleja la publicidad y se niega a conceder entrevistas a la prensa y los académicos. Sin embargo, al encontrarla en la calle una mañana reciente, Hoffe habló por cerca de 10 minutos.

Dijo que Brod fue como un segundo padre para ella, y, de hecho, fue un amigo tan cercano de su padre como lo fue de su madre. Su padre, dijo ella, murió cinco meses después que Brod. Exanfitriona en tierra en el aeropuerto Ben Gurión, Hoffe se describió como sobreviviente del holocausto (llegó de Praga a los 10 años), dijo que está en la miseria y no ve razón alguna para regalar el único bien que tiene: el patrimonio literario de Brod.

Comentó que espera escribir un libro sobre Brod porque quisiera compartir su brillantez con el mundo.
Implicó una voluntad de vender más no de donar, aunque sus respuestas fueron enigmáticas.

Al preguntársele si los documentos de Kafka siguen en el departamento, se burló diciendo: ?¿Cree que somos tan estúpidas??.

Implicando que los valiosos documentos habían sido guardados en algún lugar seguro, Hoffe describió la sensación de sentirse presionada desde todas direcciones, en especial por el Estado de Israel, para ceder los documentos o tomar una decisión sobre su futuro. Se sentía bajo sitio, atrapada en una red, agregó.
Sus ojos azules no tenían el mínimo indicio de ironía cuando dijo: ?Es verdaderamente kafkiano?.

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sábado, agosto 02, 2008

Legado oculto de Kafka podría salir a la luz

A 125 años de su natalicio, manuscritos inéditos son conservados en Tel Aviv
Eva Usi (Especial para La Jornada)

Kafka y Max Brod

Hamburgo, 29 de julio. Franz Kafka, uno de los personajes superlativos de la literatura universal, es recordado y celebrado con motivo del 125 aniversario de su natalicio. Exposiciones, simposios, escenificaciones de sus obras y nuevas publicaciones muestran su vida y creación bajo una nueva luz.

Como Shakespeare, Goethe, Dostoievski, Borges o Freud, Kafka es una marca, no necesita nombre de pila. Considerado la figura lingüística más poderosa e influyente de la literatura moderna, el escritor judío alemán nacido en Praga en tiempos del imperio austro-húngaro, publicó en vida un puñado de escritos y hoy sería tal vez conocido sólo en círculos académicos, de no ser porque su amigo y albacea, el escritor austriaco de origen judío, Max Brod, ignoró su voluntad expresa de que fueran quemados sus manuscritos y cartas tras su muerte por tuberculosis en 1924, poco antes de cumplir 41 años de edad.

Brod admiraba a Kafka, a quien llamaba ?el gran poeta de nuestro tiempo?. El crítico de arte recopiló buena parte de la obra de su amigo y publicó tres de sus novelas más importantes, que lo lanzaron a la fama póstuma cuando fueron traducidas en Estados Unidos: El proceso (1925), El castillo (1926) y América (1927).

Acervo desconocido

Max Brod abandonó Praga en 1939, huyendo de la ocupación nazi y llevando consigo numerosos manuscritos y cartas de Kafka, que en parte conservó hasta su muerte en 1968, en Israel. Su legado quedó en manos de su amante y secretaria, Ilse Esther Hoffe, quien se opuso rotundamente a abrir el archivo, pero Hoffe murió el año pasado, lo que da esperanzas a investigadores del mundo entero de que por fin pueda ser evaluado dicho legado, el cual se encuentra en un departamento de Tel Aviv.

?Ese legado de Max Brod no sólo es importante por Kafka, sino por toda la época del expresionismo, cuando hubo autores judíos de gran envergadura que escribieron en alemán?, afirma Reiner Stach, uno de los biógrafos de Kafka más renombrados, quien también espera estudiar esos documentos para completar su trilogía sobre la vida del escritor checo, con un tomo sobre su niñez y juventud.

?Hay papeles que son testimonio de sus años de estudiante, pero también cartas y manuscritos de otros escritores y músicos que contienen valiosa información sobre el ambiente artístico de Praga en aquel entonces?, afirma Stach en conversación con La Jornada.

?Alguien debía de haber calumniado a Josef K., porque sin haber hecho nada malo, fue detenido una mañana?, así comienza El proceso, de Kafka, una de las frases más citadas de la literatura moderna que ha dado pie a numerosas interpretaciones con las que se podría llenar una biblioteca. Sus obras fueron primero traducidas al francés. En Alemania, donde sus libros fueron prohibidos por los nazis, alcanzó fama tardía. Las ediciones de bolsillo aparecieron en las librerías en los años 50, lo que le dio celebridad de la noche a la mañana.

?Ya no se ve su obra desde el punto de vista teórico, como en las décadas de los 60 y 70, cuando sus textos fueron interpretados en relación con el sicoanálisis, el existencialismo, la teología y el estructuralismo. Ahora se lee como literatura, por su lenguaje, sus metáforas y las imágenes de su obra que ocupan un papel central?, afirma Stach, nacido en Sajonia en 1951, quien se hizo aficionado a Kafka desde la edad escolar.

Libro para público no académico

El primer tomo publicado por Stach (2002), Los años de las decisiones, (Ediciones Siglo XXI), que relata la vida del escritor judío alemán de 1910 hasta su muerte, fue aplaudido por la crítica por su empatía histórica y calidad narrativa, que ofrece imágenes panorámicas de la época acompañadas de tomas cercanas que abordan, como en el cine, las escenas más importantes.

?Mi intención era escribir un libro que acercara a Kafka al público no académico y por eso decidí utilizar ciertas técnicas que provienen de la novela, pero nada en el libro es ficción, todo está documentado al detalle?, afirma Stach, quien se valió de las numerosas cartas que escribió el entonces joven abogado y asesor de una compañía de seguros para relatar su relación sentimental con Felice Bauer, mientras en el trasfondo la Primera Guerra Mundial estaba a punto de comenzar.

Kafka leyó a Nietzsche, Byron y Goethe, y le fascinaban los nuevos inventos como el automóvil, el cine y el teléfono. Un artículo escrito por él en el diario praguense Bohemia, sobre un encuentro de aeroplanos en Brescia, es el primer testimonio en la literatura alemana de la prodigiosa técnica.

Su biografía estuvo marcada por la adversidad y una compleja personalidad que sigue sin comprenderse plenamente hoy día; vivió como una tortura su llamado a ser escritor, quiso casarse en tres ocasiones y no pudo mantener una relación de largo plazo con una mujer.

En su diario expresó la angustia de no vivir su vida como hubiera querido y el pánico a perder, por una relación amorosa, el último resto de libertad para escribir. ?El coito como castigo a la felicidad de estar juntos? escribió en 1913.

Una escena en particular no podía pasar inadvertida por el biógrafo y es relatada en detalle. En julio de 1914, Felice Bauer, acompañada de su hermana Erna y de su amiga Grete Bloch, cita a Kafka en un cuarto de hotel en Berlín para pedirle una explicación sobre las cartas que envió el escritor a Grete.

En ellas, Kafka duda de su matrimonio con Felice. Ésta sabe de las inseguridades de su prometido, Kafka le escribió unas 350 cartas, a veces más de una diaria. El compromiso entre ambos, festejado seis semanas antes, quedó disuelto.

Kafka se sintió juzgado como en un tribunal, como lo formula en su diario. Esa experiencia que lo marcó profundamente fue el detonador para redactar, apenas un mes después, El proceso, una delirante historia tragicómica en la que un tribunal invisible procesa a Joseph K. por delitos que desconoce.

La metamorfosis, donde Gregorio Samsa amanece un día convertido en un monstruoso insecto, turba y fascina a su público durante las contadas lecturas que realizó Kafka de su obra.

Algunos oyentes pierden el sentido al escuchar fragmentos de En la colonia penitenciaria, que narra con naturalidad una ejecución en la que una máquina de tormento graba el delito sobre la piel del condenado.

Aunque su obra ya provocaba conmoción, nadie imaginó en 1914 que se convertiría en un icono de la literatura del siglo XX.

?En esos años, Kafka tomó decisiones fundamentales en su vida. Por un lado tenía el profundo deseo de concentrarse por completo en la escritura, lo que se vuelve muy claro a partir de 1912, teniendo 29 años. Pero las expectativas de su familia y de sus amigos de que llevara una vida burguesa le provocan un sentimiento de inferioridad, y por eso quería fundar una familia.

Quería casarse con Felice Bauer, pero ella nunca entendió que él estuviera obsesionado por escribir, un conflicto que no tenía solución?, afirma Stach.

Según el experto, Kafka no estaba enamorado de Grete Bloch, quien asumió el papel de intermediaria a pedido de Felice, pero sí supuso una gran satisfacción constatar que podía hablar abiertamente con una mujer.

Con motivo del 125 aniversario del nacimiento de Kafka, Reiner Stach, biógrafo residente en Hamburgo, publicó el segundo tomo de la biografía del escritor checo, en el cual aborda la última fase de su vida, de 1916 a 1924.

Los años del conocimiento (Die Jahre der Erkenntnis) comienza con un nuevo acercamiento con Felice Bauer y un nuevo compromiso matrimonial. ?Hubo probablemente un contacto sexual, pactaron que en cuanto terminara la guerra vivirían juntos, pero que Felice seguiría trabajando, lo que permitiría a Kafka continuar escribiendo. Sin embargo, la situación cambió dramáticamente?, afirma el investigador. En 1917 le diagnosticaron tuberculosis pulmonar, lo que era equivalente a una condena de muerte.

?Ya nadie podía presionarlo a que formara una familia, además, la situación que vivía su entorno familiar era catastrófica, que lo marcó tanto como la enfermedad misma?, señala.

Intensa relación con Milena

En 1918 desaparece el Imperio Austro-Húngaro y en su lugar fue fundada Checoslovaquia, donde los alemanes, que tenían bastiones en Praga y Bohemia, eran odiados por los checos, quienes fueron particularmente agresivos hacia los judíos alemanes, a los que responsabilizaron de la guerra.

?En Praga imperaba una situación sumamente hostil y ya no era un hogar para Kafka, quien debió considerar hacia dónde emigrar. Así fue como surgió su acrecentado interés por el judaísmo, el sionismo y su sueño de emigrar a Jerusalén. Aprendió hebreo y los planes para emigrar adquirieron cada vez más importancia?, afirma el historiador.

Según Stach, fue en esos años cuando Kafka escribió textos completamente diferentes a sus narraciones anteriores, que cuentan con un argumento.

Surgen escritos enigmáticos y leyendas, como Informe para una academia o Un mensaje imperial. ?Se tiene la impresión de que Kafka ya no narra, sino que reflexiona sobre el mundo, sobre su situación y las alternativas que le quedan y lo decisivo es que reconoce que no tiene que integrarse a la sociedad como los demás, tal vez se percató de que no le quedaba mucho tiempo y esa fue una certidumbre central?, afirma el biógrafo.

Stach narra la relación de Kafka con la joven Julie Wohryzek, con quien estuvo a punto de casarse en 1919. Posteriormente conoce al gran amor de su vida, según el experto, y también tuvo un final desafortunado.

Después de su hermana Ottla, la periodista checa Milena Jesenská, quien tradujo algunos de sus textos al checo, fue la mujer más importante para Kafka, una relación intensa aunque breve, en la que la literatura jugó un papel muy importante.

Traslado a Berlín

En 1923, Kafka se trasladó a Berlín con su nuevo y último amor, Dora Diamant, de origen judío polaco, que hablaba yidish, hebreo y sabía mucho sobre el judaísmo del Este de Europa, lo que interesó vivamente al escritor. ?Podían conversar durante semanas, lo que fue para Kafka muy estimulante, pese a que ya se encontraba gravemente enfermo, con fiebre casi diario. Dora lo adoraba, era para ella como un santo?, afirma Stach.

Esos seis meses que vivió Kafka en Berlín escribió apuntes, dejó unos 20 cuadernos al morir que han sido buscados sin éxito en archivos en Berlín, Praga y Moscú.

Max Brod intentó recuperar todo lo que se encontraba en manos de otros: cuadernos, cartas, fragmentos y también escribió a Dora Diamant, quien mintió.

?Dijo que Kafka mismo había quemado todo antes de morir?, afirma Stach.

En 1934, 10 años después de la muerte de Kafka, la Gestapo inspeccionó el departamento de Dora y su marido en Berlín, acusados de comunismo. En esa redada fueron decomisados los cuadernos de Kafka que no llevaban su nombre.

Ese ?monstruoso mundo que tengo en la cabeza?, como dijera Kafka, ha sido estudiado febrilmente y generado unas 20 mil publicaciones en el mundo.

Con motivo del 125 aniversario de su nacimiento, sus obras han sido reditadas en alemán, nuevas publicaciones muestran imágenes hasta ahora inéditas que documentan paso a paso la vida del escritor.

Los medios reflexionan sobre sus célebres frases polisémicas, mientras que su obra es reinterpretada y revisada desde las artes plásticas, el cine, la música y el teatro.

Próximamente un simposio organizado por la Sociedad Kafka, alemana, reunirá a académicos de todo el mundo para analizar su obra en Heidelberg.

Sin embargo, el escritor checo seguirá siendo un misterio y provocando desconcierto.

?Kafka sigue siendo un enigma, lo fue incluso para su mejor amigo, Max Brod, quien no lo entendió en cuestiones fundamentales. Había como una pared de cristal entre Kafka y el resto del mundo, y esa pared sigue existiendo?, afirma Reiner Stach.

En 1904 Kafka escribió a su amigo Oskar Pollak: ?Lo que necesitamos son libros que hagan en nosotros el efecto de una desgracia, que nos duelan profundamente como la muerte de alguien a quien hubiésemos amado más que a nosotros mismos (...) un libro tiene que ser el hacha para el mar helado que llevamos adentro?. ¿Habrá intuido que sería él quien escribiría esos volúmenes?

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sábado, septiembre 15, 2007

Kafka, traicionado

Max Brod no sólo no destruyó los manuscritos que le confió su amigo Franz Kafka, como éste le había pedido, sino que los publicó con correcciones y cortes que ponían en evidencia el carácter a veces homoerótico, agnóstico y hasta vulgar del escritor. La reedición en alemán de los originales, y las traducciones que se están haciendo incluso al español, descubren a un Kafka desconocido. ¿Brod trató de protegerlo? El autor de esta nota habla de traición.


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RENATO SANDOVAL BACIGALUPO .
DIARIO CLARIN



Alguna vez, el poeta praguense Rainer Maria Rilke, refiriéndose al célebre escultor francés Auguste Rodin, dijo que éste era un ser solitario antes de ser famoso; pero cuando la fama por fin llegó hasta él, lo dejó tal vez aún más solo, pues ella "no es sino la suma de todos los malentendidos alrededor de un nuevo hombre".

Tal aseveración está ahíta de verdad en el caso de Franz Kafka, otro praguense al que, a diferencia de Rilke y, más aún, del propio Rodin, no le fue dado ver cómo su parva obra se terminó convirtiendo, si bien póstumamente, en objeto de culto, de admiración, de estudio y, sobre todo, en un supremo malentendido. Pues acaso ningún otro autor contemporáneo, salvo Joyce, haya sido editado, traducido, comentado, anotado, censurado, vuelto a editar, traducir, comentar, anotar y censurar como él, para no referirse al abordaje crítico que desde múltiples perspectivas ha padecido su obra, a saber, la histórica, religiosa, psicoanalítica, metafísica, legal, política, socioeconómica, pero también la cabalística, antroposófica, mística, ¡e incluso desde el punto de vista de la ingeniería civil y mecánica, la numismática, la angelología, la heráldica y la culinaria. Todo un festín aliñado con los más disímiles postulados e interpretaciones que, salvo pocos casos, no ha hecho sino añadir al banquete de ideas y ocurrencias más especias de lo debido, perpetrando un verdadero desaguisado.

El desmesuradamente modesto y frugal Kafka, de haber tenido la sospecha de que su incondicional amigo Max Brod no iba a cumplir con su deseo de que sus textos todavía inéditos -nada menos que manuscritos como El proceso, El castillo, El desaparecido (América)- fueran incinerados luego de su deceso, se habría asegurado de quemar él mismo esos papeles, para no correr la misma suerte de su personaje Joseph K., cuya inmolación heroica es opacada al final por la sospecha y el temor de que la vergüenza le sobreviviría. Ahora nosotros, sus sobrevivientes, nos complacemos, pero también nos desconcertamos y laceramos con esa espléndida vergüenza kafkiana.

Pero esa vergüenza con seguridad se habría centuplicado si el autor de La metamorfosis hubiera llegado a ver la manera monstruosa con que Brod editó esos escritos (ver recuadro), para no mencionar que además puso al desnudo y sin empacho la intimidad más celosamente guardada de su camarada, a saber, la agazapada en sus deslumbrantes y perturbadores Diarios y en su desgarradora Carta al padre. ¿Es que se puede torcer hasta tal punto la última voluntad del amigo en aras de la admiración que tiene uno por su obra, a todas luces de un valor sin par? Ya Milan Kundera ha examinado con perspicacia este tema, y por cierto Brod no ha salido bien parado. Según aquel, nada justifica la traición a un ser querido, y menos aún tratándose de alguien con una sensibilidad e inteligencia excepcionales como las de Kafka, todo en aras de una hipotética admiración futura de un público que a la vez él temía y tenía sin cuidado. También mi entender, Brod ocupa un lugar junto a Judas, Bruto y Casio en esa llanura de hielo que conforma el último círculo del infierno danteano: el de los traidores. Y, no obstante, ¡bendito sea Brod! La literatura es como la libertad: muchos delitos se cometen en su nombre.


Una forma de morir


Si para Faulkner escribir era una manera de vivir, para Kafka se trataba más bien de una inteligente forma de morir o, si se quiere, de retardar el último tránsito, trasladando (garabateando, diría él) a la cuartilla sus más íntimos sueños, temores, deseos, fantasías, pero no movido por el propósito de alcanzar la para él inexistente trascendencia vital, sino más bien acicateado por la urgencia de fabricar la obra de arte perfecta que, en literatura, consistiría en llegar a plasmar lo inexpresable con sencillez y fidelidad extremas, aun a costa de la propia vida. En El castillo se lee: "Pero, ¿qué es lo que persigue, qué extraña especie de sujeto es este? ¿Qué es lo que en verdad pretende? ¿Qué importantes asuntos son esos que lo tienen ocupado y que lo hacen olvidar lo más cercano y lo más hermoso?", se preguntan los habitantes del improbable pueblo que K visita. ¿Y qué es lo que moverá al propio Kafka, nos preguntaríamos nosotros, eso que lo inquieta tanto y que, al parecer, lo habría obligado a dejar pasar la felicidad (sic) por escrúpulos?

"Porque solo soy literatura y no puedo ni quiero ser otra cosa" y "todo lo que no es literatura me hastía", repetía una y otra vez Kafka en sus urgidos Diarios. Pues, pese a la indudable densidad de su obra, tanto ésta como su propia existencia aspiraban a la suprema simplicidad, quién lo diría. En el relato que su amigo Max Brod hace de su primera conversación con Franz, lo escuchamos decir: "Condenó todo lo que aparentara ser rebuscado e intelectual, inventado artificiosamente. Como ejemplo de lo que le gustaba citó un pasaje de Hofmannsthal: 'El olor de piedras húmedas en el zaguán de una casa' Y guardó silencio durante un buen rato sin añadir nada más, como si aquel misterio y aquella sencillez tuviesen que hablar por sí solos".


Cubismo literario


Es precisamente en este gusto por lo simple que se verifica desde sus primeros años como escritor donde se puede detectar uno de los rasgos distintivos de toda su obra, a saber, su capacidad de asombro ante las cosas, por más insignificantes y banales que estas parezcan. Lo que para Aristóteles es el motor primero de la filosofía, para Kafka es el impulso originario de la escritura, con la particularidad de que en este lo sencillo le resulta extraño y lo extraño por lo general termina siéndole incomprensible, inaceptable y doloroso. Ya hablaba de esto un personaje suyo de Descripción de una lucha: "Me sentí tan débil y desdichado que hundí el rostro en el suelo; no podía soportar el esfuerzo de ver las cosas que me rodeaban en el mundo. Estaba convencido de que cada movimiento y pensamiento eran forzados, había que cuidarse de ellos". De ese insoportable esfuerzo por ver el mundo en el que le tocó habitar huyó Kafka, describiéndolo.

En tal sentido, como bien señala Wagenbach, la distancia que hay entre él y el mundo queda salvada, al menos en parte al establecer "relaciones nuevas y arbitrarias entre las cosas", relaciones éstas que refuerzan todavía más la sensación de extrañeza y de asombro que nos producen sus escritos, sobre todo si lo narrado hace gala de una sencillez a prueba de balas, lo que en sí mismo es toda una contradicción. Acaso también se podría aseverar que la arbitrariedad con que Kafka dispone de los materiales con que fabrica sus relatos es una manera sui géneris de rebeldía y de revancha frente al status quo, pues qué le queda al indefenso sometido por un poderoso rival que lo afrenta y que lo humilla sino vengarse de él en su mente y en su corazón, destruyéndolo con el letal martillo de su gran imaginación para, si así lo quiere, volver a construir a su víctima, pero esta vez como le venga en gana, haciendo escarnio de él si de pronto se le ocurre ponerle un zapato como boca y un helado de vainilla en el trasero; cualquier cosa con tal de poder imponer, aunque sea in extremis, su propia voluntad. Como apuntaba Hanna Arendt, "Kafka no tenía amor por el mundo como se le ofrecía y tampoco tenía amor por la naturaleza. El deseaba construir un mundo de acuerdo con las necesidades humanas, un mundo donde las acciones del hombre estén determinadas por él mismo y que se rija por sus leyes, y no por misteriosas fuerzas que emanan de lo alto o de lo bajo".

Esta especie de cubismo literario que Kafka practica a la hora de armar caprichosa y azarosamente el espacio y el tiempo, pero también los personajes, las ideas, las historias, las acciones, los parlamentos; este modo tan especial de deconstrucción y reconstrucción de los distintos elementos literarios, se condice a la perfección con el espíritu farsesco que, contra lo que se pudiera pensar, satura toda su obra, concebida a lo mejor como una puesta en escena satírica de la realidad que tanto mortifica al autor. De ahí que, en efecto, como atinaba a decir Walter Benjamín, "Kafka es incansable para actualizar el gesto. Pero no lo hace nunca sin asombro. Del ademán del hombre toma los apoyos tradicionales y entonces hace de él un objeto de meditación". Sólo que quizás es meditación en tanto crítica del hombre y el sistema absurdo e injusto por él creado, y contra cuya tiranía sólo se podrá luchar mediante la re-presentación, la parodia, el remedio simiesco y zahiriente, que lanza sus dardos por doquier acertando a todo y a todos, sin que quede nada indemne y sin ser denigrado.


El dolor de las heridas


No obstante, entre tanta mofa y rebeldía, ahí permanecen la pena, la agonía, el decaimiento, la angustia, el dolor, la herida. Esa misma herida rosada del tamaño de una mano que lleva en el flanco derecho el joven enfermo de El médico rural, con gusanos tan largos y gruesos como dedos meñiques, manchados de sangre y retorciéndose en su centro; la herida cada vez más putrefacta en el pulmón de Gregor Samsa, convertido en un monstruoso insecto; esa herida de guerra en el muslo del padre farsante y furioso de La sentencia; para no mencionar las laceraciones de todo tipo, en las mentes o en los cuerpos, que infligen o padecen una legión de personas, animales e híbridos que transcurren por gran parte de las historias kafkianas.

Alguna vez Kafka se dirigió a su amigo Oskar Pollak, diciéndole: "Lo que necesitamos son libros que hagan en nosotros el efecto de una desgracia, que nos duelan profundamente como la muerte de una persona a quien hubiésemos amado más que a nosotros mismos, como si fuésemos arrojados a los bosques, lejos de los hombres, como un suicidio; un libro tiene que ser el hacha para el mar helado que llevamos adentro". No hay duda de que la obra de Franz Kafka, elaborada fragmentariamente a base de orfandad, miedo, escisión, desgarro y desasosiego, es una de las más dolorosas y "desgraciadoras" de los últimos tiempos y, seguramente también, de los que vendrán. La marea negra que recorre el talud de sus relatos nos aleja de la segura orilla de nuestra vida cotidiana, para que una vez estando nosotros a la deriva en un mar agitado se convierta en esa filuda hacha que caerá con fuerza en nuestro corazón de hielo. De sus astillas no quedará nada, tal vez solo un manto de destrucción y de vergüenza; aunque bien podría suceder que de ellas surjan pequeños arroyos, que más tarde habrán de convertirse en ríos, los que a la postre desemboquen en mares más surcables, pero no por ello menos fieros y misteriosos.

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sábado, febrero 24, 2007

Kafka, el primer kafkiano, en el afán de quemarlo todo

Reproducimos la reseña biográfica de Kafka de Alberto Rodríguez Barrera publicada recientemente en la web venezonala analitica.com

Viernes, 23 de febrero de 2007

Franz Kafka nació en Praga el 3 de julio de 1883, hijo de un próspero comerciante. Debido a que su familia estaba entre la minoría que hablaba alemán, Kafka hizo su primeros grados en la escuela Volkschule; la secundaria fue en el Gimnasio Alemán; en 1906 obtuvo su doctorado en Jurisprudencia de la Universidad Karl-Ferdinand, también en Praga.

En 1902 conoció a Max Brod, editor, crítico y novelista, quien lo introdujo en los círculos literarios de Praga. Comenzó a trabajar en una firma italiana de seguros en 1907, pero en julio del siguiente año ingresó al semigubernamental Buró de Seguros de Accidentes de los Trabajadores, donde permanecería hasta su retiro en 1922.

Fue en 1909 cuando la carrera literaria de Kafka comenzó a tomar forma, ya que en ese año fue aceptado un cuento suyo en un periódico de Praga, y también comenzó a leerle a Brod los primeros capítulos de una novela que quedaría inconclusa, "Preparaciones de Matrimonio en el Campo". En 1910 empezó a escribir sus diarios y desarrolló interés en el teatro yiddish, haciéndose amigo del actor Itzhak Lowy; ese contacto es reconocible en el episodio del perro músico en "Investigaciones de un Perro", historia que a cierto nivel puede leerse como biografía alegórica.

Brod y Kafka planearon colaborar en una novela que se titularía "Richard y Samuel", pero sólo se publicó un primer capítulo, aparentemente debido a que Kafka conoció a Felice Bauer, una secretaria berlinesa con quien iba a comprometerse dos veces, en 1914 y 1917, pero no llegaron al matrimonio. Y en ese otoño comenzó a escribir "América" y "Metamorfosis". Visitó a Felice al año siguiente en Berlín.

El inicio de la guerra en 1914 impidió la intención de Kafka de hacerse periodista. En septiembre le leyó a Brod el primer capítulo de "El Juicio", y en diciembre terminó el primer borrador de "En el Asentamiento Penal".

En 1917 se confirmó que Kafka tenía tuberculosis, enfermedad que ya se había asomado en 1913. De ahí en adelanta nunca pudo confiar en su salud, aunque estaba lo suficientemente apto para visitar a su hermana en Zurav, donde vio por primera vez el paisaje que utilizaría como trasfondo en "El Castillo".

A su regreso a Praga en 1918 conoció a Julie Wohrisek, quien aceptó casarse con él en 1919. En este año aparecieron "Un Doctor de Campo" y "En el Asentamiento Penal", pero el compromiso con Julie no prosperó y terminaron en 1920, el año en que Kafka se enamoró de su traductora checa, Milena Jesenska. La enfermedad se apoderó de él y mientras estaba en un sanatorio (1920-21), le dijo a Brod que deseaba que toda su obra fuera destruida después de su muerte. No obstante, en 1922, le leyó a Brod el primer capítulo de "El Castillo".

Se retiró del trabajo en la compañía de seguros en 1922 y al año siguiente decidió vivir en Berlín con una estudiante hebrea polaca, Dora Dymant. Varias historias, escritas durante el tiempo que pasó con ella, fueron subsiguientemente destruidas. En la primavera de 1924 Kafka estaba en avanzado estado de tuberculosis laríngea. Su doctor le prohibió hablar y fue reducido a comunicarse por notas. Una de ellas decía: "Ofrecer a menudo vino a la enfermera"; y otra, escrita después que se le negó una inyección de morfina: "Mátame, o si no eres un asesino". Murió el 3 de junio de 1924 y fue enterrado el 11 de junio en el Cementerio Judío de Praga.

La historia de los manuscritos de Kafka ?que aquí resumimos- exige alguna explicación, aunque no entraremos a fondo en las complejidades bibliográficas que Kafka parece siempre generar.

Su última nota a Max Brod, su ejecutor literario, colocó a Brod en un predicamento agonizante. Hubo de hecho dos notas: el último párrafo de la primera nota ejemplifica el problema:

"Pero todo lo demás mío que existe (sea en periódicos, en manuscritos o cartas), todo sin excepción en cuanto se pueda descubrir u obtener de las direcciones por solicitud (tú mismo conoces la mayoría de ellas, es principalmente... Y pase lo que pase no olvides el par de cuadernos de notas en manos de...), todas esas cosas sin excepción y preferiblemente no leídas (no te prohibiré que tú las leas, aunque preferiría que no lo hicieras y en todo caso nadie más debe hacerlo), todas estas cosas sin excepción deben ser quemadas, y te ruego que hagas esto tan pronto como sea posible."

Esta vacilación, la ambigüedad, la calificación, las insinuaciones, las instrucciones específicas sobre donde encontrar el material, todo es reconociblemente la esencia de Kafka. Con igual claridad, el párrafo de ninguna manera es obra de un hombre determinado a que sus manuscritos deban ser destruidos. Brod, afortunadamente, no logró obedecer esta inimitable y tentativa petición, y expuso sus razones en un proscripto a su edición de "El Juicio". Fundamental entre ellas fue su recuerdo de una conversación sucedida tres años antes de la muerte de Kafka. Kafka había hablado de su intención, y Brod le replicó: "Si tú realmente me crees capaz de tal cosa, déjame decirte aquí y ahora que yo no llevaré a efecto tus deseos."

Brod, en efecto, dedicó su vida a la preservación, recuperación y transcripción de los escritos de Kafka, pero aún con toda su devoción se sabe que mucho se ha perdido. De los tempranos escritos de Kafka, incluyendo el proyecto de una novela, nada sobrevive. En marzo de 1912 Kafka registró en su diario que había "quemado muchos papeles repugnantes". Otra entrada del 15 de agosto de 1921 registra que le había dado todos sus diarios a Milena Jesenska, y en una entrada de 1922 menciona haber lanzado un montón de papeles al fuego. Dora Dymant quemó alrededor de veinte cuadernos de notas mientras Kafka miraba desde su cama. Las cartas de Kafka a Dora están perdidas, y hay grandes vacíos en sus diarios. En el alojamiento de Kafka después de su muerte encontró Brod las cubiertas de diez largos cuadernos de notas de un cuarto: los contenidos habían sido completamente destruidos, así como habían sido quemados también una cantidad de blocs y libretas. Otra cantidad desconocida de los escritos de Kafka fue confiscada por la Gestapo, y se presume igualmente destruida.

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