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sábado, diciembre 01, 2007

Philip Roth, el otro desairado

Cé Mendizábal (La Era)

Un aire de conmoción y extravío rodea al Premio Nobel de Literatura. Pocas veces antes se habían escuchado tantas y tan elevadas voces de protesta e incluso de quienes plantean desde su cierre hasta su reemplazo con un premio que atienda exclusivamente a la excelencia, al mérito.



En los círculos concéntricos que rodean tanto a la academia sueca de letras como a la fundación misma, se decía que éste era el año de Philip Roth. Pero a la hora de la hora otra vez el anuncio amaga el nombre del reputado autor estadounidense de origen judío y pronuncia, esta vez para indignación de grandes estratos literarios, el nombre de una escritora de poco fuste y que, se asegura, sólo escribió una novela que concitó cierta expectativa décadas atrás. Doris Lessing es el nombre sobre el cual, como pocas veces, se desata la polémica.
¿Qué sucedió? ¿Es, como dicen muchos, que el Nobel se ha convertido en el galardón de lo políticamente correcto antes que el del genio literario? ¿Se buscó, de nuevo, cerrar la abrumadora brecha existente entre mujeres y hombres premiados? Si hubiese sido así, no había dónde perderse: ahí, al alcance de la mano, estaba Alice Munro, la dama de Ontario. Como varios otros, como el propio Roth, como Milan Kundera, o Ismael Kadaré, Munro forma parte de una lista de favoritos de alto nivel que año tras año se ve más cerca del inmortal club de los desairados del Nobel. Por cierto, si de genio literario se trata, basta recordar que ese gremio está encabezado por Franz Kafka, James Joyce y Jorge Luis Borges, arguiblemente tres de los autores más importantes del pasado siglo XX.
Visto así, hay razones para desechar la infidencia sexista del Nobel. Escritoras hay muchas y casi todas de mayor peso que Lessing, por lo que es necesario arrastrar la polémica por otro lado.
El caso de Philip Roth bien puede ser paradigmático a la hora de verificar si la academia sueca se está dejando llevar por otra de las aristas de lo políticamente correcto: un antisionismo casi generalizado propiciado por la desquiciada política exterior de George W. Bush, así como por el sempiterno conflicto entre israelíes y árabes. Pero, ¿dónde entra Roth en este feo rompecabezas?
No pocas veces la crítica estadounidense, a modo de hallar brechas en una obra monolítica, ha señalado como un aspecto negativo el que Roth sea un autor ?excesivamente judío?. Digamos, una obra tan colosal y de visos tan perfectos como Pastoral americana no ha sido considerada la gran novela estadounidense ?algo que se preanunciaba desde el mero título? porque retrata casi con exclusividad círculos judíos de Nueva York y Nueva Jersey, pasando por alto otros que, de suyo, forman parte central del mosaico norteamericano. No se trata, cierto, de una lectura trivial, aunque a la hora de sopesarla con los admirables logros, deja nomás un tufillo de tacañería literaria endosable a los críticos de Roth. Bien se sabe que lo deseable en literatura es que ésta se mantenga lejos de los espíritus nacionales, pero también cabe preguntarse si tal cosa sea del todo posible: es decir, si uno no habla de su propio círculo, de lo que ve, oye y siente, de lo que es en última instancia, ¿de qué va a hablar? Creo que el único modo de eludir esta trampa es prestando más atención a la cualidad universal que hace a la gran novela: que lo que se cuenta no tenga más importancia que el modo en que se cuenta, y que, para decirlo rápido, lo que se cuenta no sea convertido en un contrapeso utilizable a convenicencia en los escenarios de lo políticamente correcto. Que las masacres de ruandeses o bolivianos tengan el mismo valor humano que las de judíos o palestinos.
Volviendo a Roth: en su caso la figura pareciera cumplir las premisas de lo indeseado como mala moda. En Mi vida como hombre, El teatro de Sabath, La mancha humana, o El animal moribundo, entre otras de sus veintiocho novelas, Roth ha visitado de un modo u otro el orbe judío. La pregunta escandalosa entonces es: ¿será posible que esta filiación le esté acarreando su fracaso con el Nobel? Nuevamente, ¿de qué va a escribir un autor si no es de sus propios mundos? ¿O es que, como en una ficción de Kundera, debe visitar los escenarios más conflictivos del planeta no para ayudar sino para ponerse en primera plana?
En estos días, se presenta la edición en español de La conjura contra América, mientras que hace poco Roth presentó en EEUU Exit ghost. Quizá el autor neoyorquino lo planeó así para atar a la recepción del Nobel. Tal vez sea una simple casualidad dado lo prolífico de su genio. Como fuere, la ocasión tiene nomás un signo doble: por un lado la celebración obvia entre sus lectores, mientras que por el otro constituye una no poco dura advertencia a la seriedad del premio literario más prestigioso del planeta.

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