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domingo, octubre 19, 2008

Mondadori publica 'La novela luminosa', obra póstuma de Levrero, y sus tres primeras novelas

17:39 - 16/10/2008 EcoDiario

La editorial Mondadori ha publicado esta semana 'La novela luminosa', obra póstuma del uruguayo Mario Levrero en la que, a modo de diario, recorre un año de sus manías, fobias, adición al ordenador y trastorno del sueño.



BARCELONA, 16 (EUROPA PRESS)

Además, la editorial publica sus tres primeras novelas --'La ciudad', 'París' y 'El lugar'--, escritas entre 1970 y 1980 y que forman una suerte de trilogía "involuntaria", como dijo el autor, en la que la temática urbana se mezcla con el desconcierto vital de quien la pisa.

Franz Kafka, determinante en la obra del uruguayo, marca el estilo de estos tres textos, mientras que en 'La novela luminosa', Levrero se reta a narrar ciertas experiencias que él denominaba "luminosas" sin que perdieran esta cualidad. El miedo a la muerte, el amor y desamor, la vejez, la poesía y la naturaleza son algunas de estas experiencias.

Levrero (seudónimo de Jorge Varlotta, Montevideo 1940 - 2004) tiene un estilo que liga con el del grupo de "los raros", según el crítico Ángel Rama, una corriente típicamente uruguaya de autores que no pueden encasillarse dentro de ninguna corriente reconocible, aunque tienden a una especie de surrealismo leve.

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sábado, marzo 29, 2008

Homenajear a Kafka sin morir en el intento

Jon Bilbao reflexiona sobre el deseo de evadirse gracias a un protagonista que se metamorfosea en miles de moscas

MAGDA BANDERA - Madrid - 19/03/2008 12:49 (Público)

El fotógrafo quiere saber de qué trata la primera novela de Jon Bilbao antes de retratarle. El aludido tarda en responder. No es fácil defender que has escrito una historia "realista" cuando el protagonista de tu relato es un hombre que se transforma en un enjambre de moscas, así, por las buenas. Pero Jon tiene arrestos incluso para bautizar al hombre-multimosca con el nombre de Grego. A partir de ese momento, se acaba el homenaje a Kafka.

"Cuando leí La metamorfosis, tenía 14 años. Fue una lectura bastante peculiar porque a mí me gustaban los cómics y esperaba otra cosa. En ese momento, ni me gustó Kafka ni me convenció la historia. No entendía por qué su personaje no se hacía preguntas, por qué no indagaba en los motivos de su transformación", recuerda.

Lo que de verdad decepcionó al adolescente Jon fue que entre página y página no apareciese "toda una familia de insectos temibles". Pero de eso hace ya más de veinte años y este ingeniero de minas, nacido en Ribadesella en 1972, tiene otras preocupaciones y acumula varios premios literarios por sus relatos.


Las vacaciones perfectas


En El hermano de las moscas, Bilbao ha querido reflexionar sobre la idea de la evasión y la responsabilidad a través del caso de Grego. Este personaje, un treintañero bohemio que se gana la vida alquilando embarcaciones en el sudeste asiático, se transforma una vez al año en un enjambre de moscas durante diez días. "Es algo que puede parecer horrible, pero en realidad son las vacaciones perfectas. No sólo te permiten descansar del trabajo, sino también de la condición humana", comenta el autor.

Sin embargo, esas vacaciones "no son gratuitas". Alguien tiene que responsabilizarse de alimentar a las moscas, cuidarlas para que no se dispersen, vigilar que nadie las mate de un manotazo o un chorro de insecticida. Y, sobre todo, debe impedir que descubran el secreto de Grego.

Esa persona es "el hermano de las moscas", Héctor, un hombre tranquilo y racional, con un trabajo y una familia estables. Conseguir que alguien tan práctico como él asumiese que su hermano podía transformarse de tal manera fue todo un reto.

"Cuando comencé a trabajar en la novela, sabía que lo más importante era lograr que Héctor creyese a su hermano. Si él lo hacía, también lo haría el lector. A partir de ese momento, la historia es realista y lo de menos son las moscas", asegura Bilbao. Lo importante es que el lector que se atreva con el libro publicado por Salto de Página se haga preguntas a partir del tercer capítulo.

Preguntas vitales

Para Bilbao, una de esas preguntas esenciales versa sobre el tema de la responsabilidad y hasta qué punto esta sociedad está preparada para asumir "cargas" tan pesadas, como la de cuidar incondicionalmente a un hermano calavera sin apenas hacer reproches, y arriesgando la estabilidad laboral y familiar.

Para facilitarle los paralelismos al lector, Bilbao sitúa la acción en una ciudad y una casa indeterminadas, prototípicas de la burguesía globalizada de inicios del tercer milenio. Podría pasarte a ti, insinúa hasta rozar la amenaza.

"La novela tiene una voluntad crítica. En realidad, Héctor y Grego son la misma persona desgajada en dos. Uno tiene una vida de tecnócrata y el otro es un aventurero", compara. Por eso, ambos se envidian y se complementan. Y, como ocurre en tantas familias, nunca hablan. Apenas lo mínimo para pedirse y dejarse dinero, y concretar asuntos de intendencia.

Todo muy "normal", excepto el lugar de trabajo de Héctor. Como su padre literario hasta hace unos años, el hermano de las moscas trabaja en una refinería de petróleo, un entorno frío y poco dado a alentar la fantasía.
"Me interesaba mostrar el entorno laboral del protagonista. Me fastidia que en los libros y en las películas no se muestre el ámbito laboral de los personajes", argumenta Bilbao. Dime dónde trabajas y te diré cuánta presión soportas a diario. Si es demasiada, quizás sueñes con
desintegrarte en miles de ligeras moscas.

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sábado, septiembre 22, 2007

Gopegui afirma que la 'novela del siglo XX es una novela mutilada que olvida la política'

La novela del siglo XX es una novela 'mutilada' en tanto que olvida su carácter y sus personajes políticos, en opinión de la escritora madrileña Belén Gopegui, que hoy ha presentado su último libro, 'El padre de Blancanieves'



Gopegui considera que 'no se puede considerar la vida de una persona y despojarla de lo político, porque la política está en el dinero que gana, en la relación con su familia'.

Al no introducir esa tipología de personajes, la novela del siglo XX se está 'automutilando', apunta Gopegui, quien asegura: 'yo intento escribir saltándome esa mutilación', aunque en ese empeño no se sienta sola.

Sin caer en la añoranza, la escritora percibe que la novela del siglo XIX sí incluía la política, y citas ejemplos tan evidentes como 'Balzac, Kafka o todos los rusos'.

'El padre de Blancanieves' (Anagrama) narra la historia de una profesora de instituto que verá cambiada su vida después del retraso en la entrega en su domicilio de una compra que ha hecho en el supermercado.

Una queja por el mal servicio causará el despido del empleado, quien se plantará en la puerta de su casa para que le consiga un nuevo empleo.

Preguntada por el propósito de la novela, Gopegui señala que su intención era 'describir, y no sólo nombrar, al socialdemócrata que llevamos dentro, encontrar, por decirlo de otro modo, su código fuente'.

Describir un perímetro, una figura, exige -subraya- construir además el entorno, algo que lo limite, y eso le lleva a los límites de esos socialdemócratas, los revolucionarios.

No cree Gopegui que ese 'socialdemócrata que llevamos dentro' sea un ser específico de su generación, los nacidos en los años sesenta, sino que es 'un síntoma de la situación política que vivimos, en la que no hay ningún tipo de conflicto y nada relevante se pone en cuestión'.

En la novela, asegura, 'hay socialdemócratas y militantes revolucionarios de hoy, la mayoría nacidos en los ochenta, aunque no son aquellos militantes que, en el último tercio del siglo pasado, olvidaron el marxismo a velocidad supersónica, sino que son militantes que están aprendiendo'.

Para combatir el miedo a lo desconocido, Gopegui ha imaginado un 'ser colectivo, un ente, que habla y tiene conciencia de sí', algo que puede resultar difícil de imaginar, 'pero no más que el viaje de un sollozo por un cable de teléfono o a través del aire'.

En la novela, la autora ha introducido diez historias laborales, 'historias de abyección profesional que no buscan recrearse en ella sino saber de qué se compone lo que nos hacemos, y lo que nos hacen'.

Gopegui ha confesado que la idea de la presente obra surgió de la novela anterior, que trataba sobre Cuba y que suscitó bastante polémica política.

Para aquel texto 'me puse en contacto con grupos de jóvenes militantes'.

Pero también nació de un propósito: 'hacer un arte afirmativo, que no se complazca en la derrota', anota, para después interrogarse: '¿se puede escribir una novela afirmativa, sin que sea un melodrama sentimental de Hollywood?'.

En relación al título, Gopegui revela que tiene una clara intencionalidad pues, 'al contrario que en el cuento de Cenicienta, en el que se sabe que el padre se fue a la guerra, en el de Blancanieves no se sabe dónde está el padre, pero aún me llama más la atención que nadie pregunte por él, por su ausencia mientras la madrasta hace lo que hace'.



Terra Actualidad - EFE

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sábado, abril 21, 2007

Kafka, Groucho y Kurt

Artículo publicado en ABC. ( http://www.abc.es/20070413/cultura-libros/kafka-groucho-kurt_200704130258.html )
Félix Romero, Escritor



Kurt Vonnegut Jr. (Indiana, 1922-Nueva York, 2007) fue un clásico en vida de la literatura estadounidense desde que en 1969 publicara «Matadero- cinco», o la cruzada de los niños, donde relataba los terribles bombardeos sobre Dresde al final de la II Guerra Mundial. Había comenzado a publicar en revistas populares de los años 50 y debutó con «La pianola», una novela distópica en la que los hombres son progresivamente reemplazados por máquinas y en la que ya estaban las claves de su obra literaria: un existencialismo fabricado con humor negro.
Buena parte de su obra pertenece al género de la ciencia ficción, donde destaca «Las sirenas de Titán», en la que un astronauta millonario mete su astronave en una corriente espacio temporal y consigue ver el pasado y el futuro y moverse como ondas; en la que un cruzado evangelista se opone a los viajes espaciales; en la que el hijo de un multimillonario vive peripecias bélicas en Marte, y en la que un extraterrestre con la nave averiada durante 200.000 años tiene un importante mensaje que transmitir al universo.También «Cuna de gato» es ciencia ficción, y también está llena de humor negrísimo, que culmina en un final apocalíptico: la torpeza humana consigue acabar con la Tierra. La mezcla de Kafka y Groucho Marx le resultaba enormemente eficaz a Kurt Vonnegut Jr.
Escribió muchas otras novelas, más fungibles, menos clásicas, más pegadas al tiempo que vivía, pero siempre muy divertidas, como «Barbazul», en la que cuenta la delirante restauración de unos cuadros realizados por un falso pintor expresionista abstracto. Escribió unos consejos para escritores que definen su propia forma de abordar la escritura. El primero de ellos decía: «Utiliza el tiempo de un completo desconocido de forma que él o ella no sienta que lo está malgastando». Su último libro traducido al castellano, «Un hombre sin patria», es una suerte de testamento, en el que expone su programa vital: nunca fue alemán y nunca consiguió ser un completo americano, socialdemócrata a su manera, amaba la vida y el amor, odiaba las máquinas, defendía la vida... y mordía por defender su derecho al humor, siempre crítico: «La ironía sería que sí sabemos lo que hacemos».

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lunes, marzo 26, 2007

Los disparates de Murakami

Murakami es un escritor al que habitualmente respetan bastante las críticas, sin embargo su última obra publicada "Kafka en la Orilla" está consiguiendo que algunas voces adviertan de sus debilidades. Hace algunas semanas Alejándro Gándara en su Blog de El Mundo abordaba también la novela en tono crítico, aunque quizá más desde una ironía suave que desde la contundencia que sustancia Eduardo Mejía.

Los disparates de Murakami
Cultura - Viernes 23 de marzo (16:50 hrs.)


Por Eduardo Mejía


El Financiero en línea

México, 23 de marzo.- Desde hace unos tres meses circula por las librerías Kafka en la orilla, el nuevo libro del nuevo ídolo de los lectores mexicanos, Haruki Murakami, novela de más de 500 páginas en la que recrea varias de las situaciones típicas de una narración de Franz Kafka, aunque con trampas demasiado visibles en espera de incautos.

Por principio, exige -como todo novelista- una suspensión de la picardía para entrar en el terreno de la inocencia: hay que creer todo lo que sucede en sus páginas, aunque sus personajes pongan en duda lo que hacen los otros.

Que nos pida que un viejo, luego de sufrir un extraño accidente junto con sus compañeros de escuela (quienes sí se recuperaron) pierde sus conocimientos y su inteligencia (pero no la intuición), y adquiere el donde hablar con los gatos; eso, común a todos quienes tenemos gatos, no es raro, sino que se entiendan y hablen con un lenguaje comprensible también para los lectores, suponemos que por la amabilidad de Murakami de traducirnos esas pláticas. (En los años cincuenta, los cómics de La Zorra y el Cuervo incluían unas aventuras de Pancho y su burrito, que entendían sus diálogos, y el lector gracias a un recuadro donde se escribía: Ji-jau, *DICE: ; Murakami nos ahorra ese recurso muy divertido.)

Otros personajes tienen otras características únicas: una mujer que parece hombre, un quinceañero que lee tratados de guerra y libros de filosofía de una sola sentada y que entiende a Kafka -el auténtico-; una mujer que es célebre compositora pero nadie sabe nada de ella, que es inalcanzable pero que se acuesta con muchos; unas mujeres que pese a que desconfían de la apariencia del viejo, lo recomiendan para que le den aventón de una ciudad a otra y hasta le disparan comida chatarra; camioneros con salarios bajísimos y labores rudimentarias pero que son generosos, invitadores, pachangueros pero serios, y que aunque tachan de loco al viejo, aceptan sus excentricidades (eso no quiere decir locura ni rareza, sino que se está fuera del círculo, o mafia; por eso quienes tachan de excéntricos a los otros, revelan y aceptan su condición de mafiosos y de reaccionarios que no aceptan a los que no están en su círculo), las comparten, y leen gruesos tratados de asuntos raros, aunque en la vida cotidiana apenas el periódico; extraños seres que se disfrazan de productos comerciales; una joven presumida que se queda con el querer del autollamado Kafka, pero es con el único con quien no fornica, más que en sueños.

Murakami, quien gusta de complicarse la vida, no desarrolla por completo ninguna de las dos tramas, pero tampoco las separa; es decir, no es Faulkner ni Borges, aunque se acerca bastante a Vargas Llosa; como en sus novelas anteriores, le da importancia a la música, pero ya no a Beatles y Dylan, como en Tokio Blues, sino a Lionel Ritchie (allá él) y Beethoven (una pieza no muy popular, desde luego; Murakami es un oriental muy occidental); muy típico en una trama kafkiana, no hay final, y también como en Kafka, todo es muy cómico, mientras no le suceda a uno.

Para que más nos duela, la trama no es tan kafkiana, sino sofocliana, pero ya contaminada por conceptos freudianos llenos de lugares comunes clasemedieros; en lo único en que Murakami sigue a Kafka como a Sófocles, es en el concepto de que sus personajes tienen que cumplir un destino, así se traten de salvar de él. Como en el auténtico Kafka, tienen encomendada una misión imposible de cumplir, pero sólo ellos pueden hacerlo.

El que no se salva es el lector, porque la novela empieza lenta, cobra fuerza e interés por las locuras que hacen los personajes, y vuelve a perder interés cuando el viejo deja de hablar con los gatos, y se comunica con una piedra, pero el autor no nos concede el honor de traducir tales diálogos; no hay humor ni tragedia, y ésa es la tragedia de este libro.

Aunque la peor tragedia no es la de los personajes, sino la de la traductora Lourdes Porta, quien salva escollos importantes, excepto -ostra vez- cuando habla de beisbol o cuando hace que sus personajes "salgan fuera" o "entren dentro", no una vez, sino a cada rato; escribe tantas redundancias que hace desesperar al lector; uno podría aguantar que inventara verbos como "fardar" (que es imposible de traducir a un español correcto), y hasta los no muy frecuentes solecismos que abundan en otras editoriales, como digamos por ejemplo Anagrama, pero que cada vez que los personajes entren a (o en) la biblioteca digan que "entran dentro", y que cada vez que salgan se diga que "salen fuera", realmente desespera a los lectores.

Hay que agregar que por primera vez en muchas páginas, Murakami hace referencia al beisbol, deporte popular en Japón, pero no describe ningún juego ni lo compara con el beisbol estadounidense, ni si quiera para mencionar a Oh, el más poderoso bateador de la historia (aunque muchos alegaran la cercanía de las bardas de los parques japoneses), sino para describir a medias la cachucha de uno de los personajes, que con el simple hecho de ya no usarla, deja de ser sospechoso.

Puede uno presumir que son demasiadas las objeciones si en realidad se trata de la mejor novela de Murakami, de quien se han traducido ya cinco títulos en poco tiempo y ha sido elogiado hasta por el no muy generoso Updike, pero hay que resaltar su poder narrativo, y el hecho de que es muy fácil para el lector occidental, porque tiene demasiadas coincidencias con la mayoría de los buenos narradores occidentales de su generación, la de los nacidos entre 1945 y 1960; y que al contrario de sus contemporáneos en México, sigue con gran vitalidad y entusiasmo mientras que los de aquí están no sólo de capa caída, sino de franca retirada, y mientras para Murakami el rock sigue siendo vital, para la mayoría de los narradores mexicanos de su edad el rock ha dejado de tener importancia, más que sociológica.

Eduardo Mejía

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