PIERRE-YVES SOUCYPaul Auster: el ojo y el muroPero ningún pensamiento llegará jamás al otro lado del muro.Y el muro no se
derrumbará, aun martilladopor el ojo.
Paul Auster"La muerte de Sir Walter
Raleigh"
Hamlet.? ¿No veis nada ahí?La Reina.? Nada. Sin embargo,
todo lo queaquí hay, yo lo veo.
ShakespeareHamlet, acto III, escena 4

Dirigir la atención de la mirada hacia la realidad más cercana, más familiar, para alejarse poco a poco de ella a fin de impregnarse con la proximidad de las cosas, de probar sus límites, de discernir su fuerza de inmanencia, de tal modo que la palabra pronunciada revela cuando nombra y afirma dicha realidad, le otorga al habla un lugar al que se remite y a partir del cual puede irradiar.1 Esta palabra también puede revelar, en ausencia misma de ese lugar y con el simple ejercicio de la memoria, lo que activa la función representativa del lenguaje. Puede hacer que se oiga de nuevo con el solo escuchar las palabras que servirán para pronunciarlo. Pero desde el momento en que el lugar ha sido proferido, lo dicho se abre en seguida a esa extrañeza del mundo que se relaciona más con su presencia, tal como se muestra y se da, que con lo que disimularía en una profundidad indecible: una realidad que el poema se encarnizaría en perseguir con la esperanza de encontrar en ella, tras las apariencias sensibles, un fundamento de lo que en el mejor de los casos consiste en huellas de una realidad superior, más allá de los límites de los datos sensibles, unificando y animando el conjunto.Sin embargo, conviene señalar que esta voluntad de mantenerse más acá de las certidumbres y los absolutos no agota de ningún modo el sentido de lo real; por el contrario, permite la emergencia de un sentido que proviene de lo real. Lo que la palabra poética forma es un conjunto de significaciones, no para restarle complejidad a lo real, sino para encontrar una vía que permita concebirlo, una manera de ir hacia y a la vez dejar acudir a uno toda la realidad de un mundo con fronteras indefinibles que dispone de toda su ambigüedad en la misma medida en que se mantiene y nos mantiene al margen de cualquier certidumbre confortable. Así, en sus creaciones más firmes, la palabra poética es lo contrario de una palabra de circunstancia que exhortaría a la vida a través de una retórica de la realización. En este sentido, renuncia a los efectos líricos fijados para siempre en los motivos recurrentes y las confusiones analógicas, los cuales rara vez logran emanciparse de las evidencias más inmediatas y sólo se hunden en las facilidades del género. Si el lenguaje poético a veces logra disipar los signos que se entrometen o que pueden velar la visión de lo existente es porque espera y ofrece la posibilidad más sensible de un lenguaje muy novedoso, a la medida de lo que busca aprehender. El acto de la palabra, en poesía, sin duda tiene que ver con la paciencia y el ardor para detener la mirada en el lugar donde nos colocamos, para mantenerla en la presencia que presupone reciprocidad y fluidez del sujeto y del mundo, en un mundo que persiste ante nosotros y se resiste como para producir su prueba de verdad.
El distanciamiento es en definitiva la llegada al interior de las cosas que en última instancia conduce a una mezcla turbadora entre el yo y lo que se encuentra delante de él. Es una presencia recíproca, en el sentido en que el lenguaje poético y la experiencia que lo funda se despliegan siempre en el horizonte de las realidades sensibles que animan y que las animan. Cobra forma un lugar, el de la experiencia de una estancia, pero se mantiene por obra de esta presencia, por ese ya-ahí, anterior a cualquier enunciado que está en la base de la sorpresa, al tiempo que es el espacio donde se proyecta la subjetividad. El interés de Paul Auster por la obra poética de Georges Oppen es sólo un indicio, pero cuán revelador, de la importancia que atribuye en sus poemas,2 como en su prosa por lo demás, al lugar, al ver y al escuchar. El mundo natural, su presencia viva, la que se muestra en la extensión y en la multiplicidad de las formas de su despliegue, se impone tanto ante el segundo como ante el primero, si bien ambos ampliaban y profundizaban paulatinamente su campo de visión a medida que sus respectivas obras se encarnaban y se precisaban. Auster se mostrará particularmente sensible al procedimiento de Oppen3 ante su manera muy singular de acercarse al mundo y de adherirse a la presencia. Sin duda reconoce de algún modo en este último una actitud que no le es ajena: "Oppen tiene la capacidad de mirar con todo su corazón y sin dejarse distraer."4 Esta simple presencia del mundo y de todo lo que lo conforma constituyen para este poeta el reconocimiento de un "puro en-sí de las cosas", que persigue el encarnizamiento de la mirada no para sí misma, sino para despejar las bases de un lenguaje nuevo y así aprehender esta presencia en su desnudez más radical.
Lo que él descubre entonces no es tanto un lenguaje común y menos aún una respuesta a esta pregunta sino, como lo vio muy bien Auster, "una voz que se dirige a otra desde el fondo de un abismo de soledad extrema".5 Por ello nos equivocaríamos por completo si quisiéramos interpretar esta desnudez en Oppen como una mirada empleada sólo para expresar burdamente los fenómenos que abarcan el campo visual, como si se tratara de un testigo fotográfico desprovisto de cualquier disposición propia del lenguaje y del pensamiento en sus vibraciones más sensibles. Esto, en definitiva, tendría muy poco que ver con la "voluntad de mirar de verdad", para ver "Lo que no se puede/ no ver". El "ver" de que se trata aquí presupone que la mirada puede abrir una brecha que no implica sólo una resonancia con la realidad, sino también lo que ésta tiene de inexpresable o de inagotable en su presencia, ahí en donde se concentra, no algo que se disimula sino lo que centellea en aquello que siempre se resiste a ser entendido.
En la obra de Paul Auster esta inocencia primigenia del mundo, que también está presente en numerosos poetas modernos y contemporáneos, es más discreta. Es evidente que está el reconocimiento de su opacidad -se puede decir que ésta no es ajena a la sorpresa, el arrobo o la desolación ante la realidad- lo mismo que de la irreductibilidad de todas las cosas singulares que la componen y se ofrecen a la conciencia. Pero la pregunta acerca de lo que está ahí se presenta a menudo de manera más compleja. Auster siempre tiende a obrar con astucia, con esa simple dualidad de la presencia y su revés, el silencio o el vacío, que de algún modo se encontraría al otro lado del muro. Así, los hecho casuales y las coincidencias, todo lo que toca a la imprevisibilidad del movimiento íntimo de la vida y lo que al fin y al cabo se sitúa en las orillas del entendimiento (en esos puntos más vivos de presencias que, según todas las apariencias, carecerían de racionalidad), provocan este distanciamiento.
Me parece que en este sentido hay que interpretar lo que dirá en una conversación con Larry McCaffery y Sinda Gregory: "Hablo de la presencia de lo imprevisible, de la naturaleza totalmente pasmosa de la experiencia humana. Todo puede ocurrir de un momento a otro. Nuestras certezas más arraigadas acerca del universo pueden derrumbarse en un segundo. En términos filosóficos, hablo del poder de las contingencias. Nuestras vidas no nos pertenecen realmente, ve usted, pertenecen al universo, y a pesar de nuestros esfuerzos por encontrarle un sentido, el universo es un lugar que rebasa nuestro entendimiento."6 Este poder de las contingencias que evoca aquí el autor de Desapariciones no indica ningún efecto aleatorio propio de la naturaleza de las cosas sino que sobreentiende una perturbadora energía original, empezando por sus manifestaciones imprevisibles, y que originaría ese caos permanente en el movimiento de la vida. Lo cual generaría un mundo discontinuo y fragmentado, con todos sus efectos de ignorancia del impulso de su celebración.
Sin embargo, no se trata tanto de un desorden como de la imposibilidad de concebir el mundo natural y más aún la vida en sociedad con sus movimientos y sus manifestaciones, según un orden preestablecido que fijaría su sentido y los haría intelegibles. Para Auster, el elemento aleatorio sería entonces un modo de recordar que "no sabemos nada",7 que el mundo habitado por nosotros está condenado a escapársenos, aunque jamás tuviéramos que renunciar a sondear el terreno de lo dado, así como el de lo posible, con la determinación más firme.8
Dirigir la mirada hacia lo que está muy cerca de nosotros a fin de ver a través de los gestos o las cosas aparentemente más insignificantes y más tenues, constituye un modo de aproximarse al mundo por los caminos más estrechos para llegar a su límite "como si este límite fuera el centro de otro comienzo del mundo, más secreto".9 Este límite designa esa relación singular con las cosas, esa vía en la que penetra el propio Auster cuando decide captar con el lenguaje poético la presencia insensible del mundo. Pero su procedimiento se manifiesta al mismo tiempo por vías paralelas con múltiples resonancias, en particular la del pensamiento que se detiene en las obras de otros poetas, así como en la de los pintores contemporáneos, que constantemente nos llevarán a su poesía.
Esta digresión nos permite abordar una obra que se propuso ser densa, incluso a la vez hermética, pero cuya maduración daría paso a una poesía más narrativa.10 Sus reflexiones acerca de la obra del pintor quebequense Jean-Paul Riopelle coinciden justamente con lo que evoqué más arriba. Señalan e iluminan varias modalidades y objetivos latentes en el origen de su propia obra literaria. Una vez más, tanto la mirada como el espacio en el que se desenvuelve son puestos en tela de juicio. Pero dicha mirada no es una búsqueda de puntos de apoyo antes que nada, como si se tratara de una necesidad primigenia e incontrolable de situarse en un lugar irremediablemente igual a sí mismo; es una voluntad indeterminada impulsada por el deseo de hacer que aparezcan las cosas. Se trata de despojar a la realidad de sus apariencias, -esta reflexividad sensible que desemboca en el sentido más intelectual, es decir la mirada- porque la atención apunta a esos instantes frágiles, pero cuán esclarecedores, en que cobra forma la representación, como se adivina claramente en el siguiente pasaje de su ensayo sobre Riopelle:
Un bosque. Y en ese bosque, un árbol. Y encima de ese árbol, una hoja. Sólo una hoja, que gira en el viento. Esta hoja y nada más. La cosa para ser vista.
Para ser vista: como si él pudiera esta aquí. Pero el ojo nunca bastó. El ojo no puede conformarse con ver, ni decir cómo ver. Pues cuando una hoja gira, el bosque entero gira a su alrededor. Y él gira alrededor de sí mismo.
Quiere ver lo que existe. Pero jamás cosa alguna, aun mínima, se ha detenido para él, pues una hoja no es sólo una hoja: es la tierra, es el cielo, es el árbol del que pende bajo la luz, a cualquier hora. Pero también es una hoja. Es decir, es lo que se mueve.
Así que para él no basta abrir los ojos. Si quiere ver, tiene que dirigirse primero hacia la cosa que se mueve, pues la visión es un proceso que solicita a todo el cuerpo. Y si bien primero es testigo de la cosa que él no es, una vez dado el primer paso, se vuelve parte integrante de un movimiento que desconoce fronteras entre el yo y el objeto.11
Este texto designa la movilidad de la conciencia que se proyecta y del mundo que se encarna. No sólo la mirada percibe al mundo, sino también el mundo, en la diversidad de sus formas, atrapa a la mirada. En uno de sus poemas, Auster escribe: "Todo el espacio/ y los ojos, perseguidos/ por frágiles objetos", lo cual no deja de evocar esa idea de la captura de la mirada por lo que la rodea. Sorprende ver, a través del texto anterior y de estos pocos versos, lo cerca que estamos de un aspecto esencial de la fenomenología tal como la pensó Merleau-Ponty, en particular cuando escribe, en Lo visible y lo invisible: "Esto quiere decir que mi cuerpo está hecho de la misma carne que el mundo (es algo percibido), y además, que esta carne de mi cuerpo es comunicada por el mundo, que la refleja, la invade y ella lo invade (lo sentido es a la vez un colmo de subjetividad y un colmo de materialidad); tienen una relación de transgresión y encabalgamiento."12 La experiencia poética -poco importa el modo en que logrará expresarse- muestra aquello que el pensamiento intentará llevar al nivel de la esfera reflexiva.13 La mirada de Auster ante la obra de Riopelle es testigo de este movimiento doble y multiplicado. En cierto sentido, ocurre que la conciencia, a causa de la atención que presta a la cosa por medio de la mirada, se extravía en esa cosa, pero actúa así para encontrarse a sí misma, para encontrar su lugar, el que para el sujeto equivaldría a estar todo el tiempo como exilado en medio de las cosas: "Por lo tanto, ver como una manera de estar en el mundo. Y conocimiento, como una fuerza surgida desde adentro. Porque después de no estar en ninguna parte, acabará por encontrarse tan cerca de las cosas que él no es, que casi se hallará en ellas."14 Por lo tanto, este modo de concebir el ver no consiste sólo en una mera voluntad de representación, que evidenciaría una dependencia mutua entre el sujeto y el mundo, entre el adentro y el afuera, en su generalidad. También apunta a dar cuenta de la dificultad de hallar una vía de paso susceptible de llegar a lo real, e incluso de alcanzar el fondo, un fondo inapelable pues habla sólo de un vacío, de un silencio a partir del cual puede comenzar la palabra, y también esbozar formas el gesto. Pero tanto la mirada como la escucha habrán alcanzado el muro, límite infranqueable y siempre más acá del silencio. Nutridos de una experiencia siempre personal, a medio camino entre la conciencia y lo que se halla en este límite del mundo, podemos vislumbrar esta especificidad de las cosas que participan -en la medida en que son indispensables para algo- de la conquista y de la subjetividad desde ahora consciente de sí misma y de esta presencia que ya se puede pronunciar: "tu tinta aprendió la violencia del muro", ese muro que "es tu único testigo", como la tierra es "el único lugar de exilio".15
La profundidad del mundo se descubre entonces con esta presencia que manifiesta la cercanía de las cosas en la misma medida en que se manifiesta en su proximidad. Pero no es el único abismo en cuyo seno tropieza la mirada, hasta llegar a límite que Auster llama el muro y que, en otro plano, lo mismo puede ser la conciencia de la muerte. A este abismo se añade un opuesto, desde el momento en que la conciencia se plantea con relación a sí misma. Podría citar varios pasajes de los últimos poemas de Auster publicados con el título En la tormenta que, en cierto modo, se integra a este horizonte.16 Sin embargo, uno de ellos me parece más sugerente que los demás acerca de esta experiencia, que se asemeja a la primera y mediante un movimiento casi simultáneo, actúa como una especie de reverso de un infinito delante de sí mismo, traspuesto en el sí mismo. El poema se titula "En memoria de mí".17 El título, sobra decirlo, no es inocente. Subraya esa distancia de uno hacia sí mismo mediante la mera evocación de la palabra memoria, porque ésta tiene el poder de fijar en el fondo de sí no unas certidumbres, sino, con toda seguridad, la posibilidad de disponer los elementos acumulados de la experiencia en una trama cronológica que les confiere una permanencia, afirmando esta confianza ontológica, por decirlo así, en la presencia. En otras palabras, si solo el instante tuviera que encarnar a la conciencia en su capacidad de acción sobre sí, ésta se cancelaría por sí sola en cada uno de los instantes siguientes; sin memoria, esta conciencia de aparecer ante uno mismo sería incapaz de concebirse, al ser indispensable la duración para su propia captura. En su novela La invención de la soledad, sobre todo en la segunda parte titulada "El libro de la memoria", Auster define esta última así: "Espacio en el cual un acontecimiento se produce por segunda ocasión." Y también: "la memoria como lugar, una construcción, una sucesión de columnas, cornisas y pórticos. El cuerpo en el interior del espíritu, como si ahí adentro deambuláramos de un lugar a otro, y el ruido de nuestros pasos mientras deambulamos de un lugar a otro".18
He aquí el poema:
Simplemente, haberme detenido.
Como si pudiera empezarAhí donde mi voz se
detuvo, yo mismoEl sonido de una palabra
que no puedo pronunciar
Tanto
silencioHacer que nazcaEn esta carne pensativa, redobleDe tambor de las
palabrasAdentro, tantas palabras
Perdidas en el ancho mundoAdentro de mí, y
así haber entendidoQue a pesar de mí
Estoy aquí.
Como si fuera el mundo.
En varios textos de Auster, sean poemas o prosa, existen esos momentos en que el gesto se detiene, en que el movimiento del cuerpo se suspende, esos instantes en que todo se interrumpe para dar paso a lo que va a empezar. Como si dichas interrupciones fueran indispensables para capturar el lugar y todo lo que lo constituye. Son instantes de inseguridad, instantes irreversibles, que ofrecen la posibilidad de ver y nombrar lo presente, así como de verse y designarse en ese lugar. Dichos momentos desembocan en el abismo de lo que viene, en lo que está por suceder, en la proyección de lo que está por empezar. En consecuencia, no sólo implican el hecho de la interrupción y la captura; también constituyen la oportunidad de inaugurar, o también de ver que se inaugura, algo destinado a prolongarse y a dilatar el instante decisivo. Lo que está por empezar será una profundización -a través de la palabra que ya no se puede pronunciar en ese instante, que queda suspendida y abre paso al silencio que nacerá en esa carne-, de ese abismo en que la presencia de uno en sí va a surgir, hasta perdernos en nuestra propia soledad; esto se manifiesta en el poema "con tantas palabras/ perdido en el ancho mundo/ adentro de mí?" El silencio se encarna en esas suspensiones, pero pronto las palabras lo sustituirán para nombrar, sin que por ello se confundan con lo que es o lo que se produce. El silencio y la palabra pronunciada abren a la existencia -"y por este hecho haber entendido/ que a pesar de mí/ estoy ahí/ Como si fuera el mundo"-, crean estas líneas de fuga, una sobre el reverso de la otra, como para introducirnos cada vez, como si siempre fuera la primera, en esos lugares que son el sí mismo, la interioridad y la presencia.19 El poema es entonces un deseo, y un esfuerzo de percepción que exige la mayor concentración en lo que se busca en esa voluntad de percepción. Pero quizá intente menos expresar el mundo o el sí mismo que posibilitar la existencia, es decir alcanzar una imagen autónoma de sí.
Habría, entonces, una cuasi-reversibilidad que trasladaría la conciencia de la captura de sí a la captura del mundo, como si esos movimientos paralelos se nutrieran con su simultaneidad. La poesía de Auster muestra el hecho de que algo, que casi no es nada, -un gesto furtivo, un movimiento apenas esbozado, una cosa sin importancia aparente vista al azar- alojado en la inmanencia, puede despertarnos ante la presencia. Pero la experiencia realizada es tanto más reveladora cuanto que sostiene la atención de esta fragilidad sensible de la mirada que nos lleva "al centro de las cosas". El objeto capturado puede ser el objeto natural, como la hoja sobre el árbol que evoca en su texto sobre la obra pictórica de Riopelle, de tal modo que logra reconstituir todo un universo. También puede ser lo que se vislumbra en un cuadro sobre la pared de un museo, como en el poema "Búsqueda de una definición".20 Lo que acabo de plantear se condensa en ese poema, en que no se trata tanto de la contemplación de lo susceptible de ser visto, como de una voluntad de alcanzar lo que el ojo ofrece, esa efervescencia del mundo y de las cosas, por mínimas que sean, que no transgreden la inmanencia.
Siempre la acción más pequeña
posibleen estos tiempos de acciones
más
grandes que la vida, un gestohacia el objeto que pasa
casi inadvertido. Una
pequeña brisa
agita una fogata, por ejemplo,que descubrí el otro
díacasualmente
sobre la pared de un museo. Casi nadaaparece: unas
pinceladasde blanco
arrojadas despreocupadamente sobre el negro purodel
fondo, nada másun pequeño gestoque intenta ser nada
más que sí mismo. Y sin
embargono está aquí
y a mi modo de ver la cuestiónnunca serátratar de
simplificarel mundo, sino una manera de buscar un lugarpara penetrar el mundo,
una manera de estarpresenteen medio de las cosasque nos ignoran [?]
El punto de partida siempre es móvil, pues la mirada nunca se deja encerrar en un ángulo privilegiado, que de cualquier modo no existe, o más bien sólo existe a priori, pues el ojo, en un principio, no se propone discriminar. Es atento -uno no puede dejar de estar atento a lo que capta-, hasta el momento en que hace el esfuerzo de buscar, sobre esa pared de las cosas, enfrentado a ese muro sólido, a esa pantalla infranqueable, la oscura posibilidad de una falla, un punto de inserción, una brecha apta para dejar que se perfile la línea de la mirada: "buscar un lugar/ para penetrar el mundo, un modo de estar/ presente/ en medio de las cosas [?]" Esta presencia sería a la vez un obstáculo y una posibilidad. Ahora bien, el texto insiste sobre todo en el segundo término, ya que ver no indica una mera pasividad ante lo visto. En el análisis que propone Auster de los poemas de Charles Reznikoff, él escribirá incluso que "ver, es el esfuerzo de crear la presencia".21 Esta posibilidad, cuando se cumple, constituye cierta revelación del ser, al otorgarle a la cosa una presencia en la expresión, en las palabras, en el lenguaje poético. Desde este punto de vista, su poesía se revela a sí misma como un esfuerzo, una atención extrema que tiende hacia un obstáculo, el más abrupto y por lo tanto el más presente. Así, ya había marcado el camino que tomó, lo cual se adivina en este fragmento del poema titulado "Incendiario":
[?]No queda nada. El ojo fríose abre sobre el frío, mientras que una imagen de
fuegodevoraa través de la palabraque lucha en la boca. El mundoeslo que le
cedes, es sólotúen el mundo en que mi cuerpose ad