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domingo, noviembre 04, 2007

Universo Auster

Enric Castelló
(La Vanguardia)31/10/2007 - 18:52 horas

Paul Auster está la mar de prolífico. Este año hemos visto que salían a la luz dos de sus últimas obras, Viajes por el Scriptorium y La vida interior de Martin Frost (ambas publicadas en Anagrama). La primera es una ficción peculiar, más bien cercana a un cuento o un relato, que encuentro innecesariamente alargada; la segunda es un guión cinematográfico que fue la base literaria de la película que el año pasado Auster dirigió con el mismo título y en la que su hija, Sophie, interpretó el papel de Anne James.

Sophie Auster

En un Punto de lectura dedicado a Brooklyn Follies hace más de un año, ya me declaré un fan del escritor, a lo que algunos lectores de la columna alegaron que no todas sus obras son igual de buenas. Estoy de acuerdo y creo que no podemos comparar estas dos últimas piezas a obras maestras como la Trilogía en Nueva York o Brooklyn Follies. Aún así, los dos trabajos que estamos comentando tienen sin duda la marca del autor. Son exploraciones de los sentimientos humanos en situaciones extrañas, misteriosas o límite. Nos encontramos ante historias claustrofóbicas, en las que los protagonistas deben enfrontarse a sus limitaciones y miedos, a ellos mismos.

Otros ingredientes del universo Auster presentes son sus historias dentro de las historias, la confusión entre ficción, realidad, sueño o alucinación, y la incertidumbre que planea entre sus páginas. A nivel estilístico, me continua asombrando su aparente simplicidad y su palabra desnuda, lo que representa al mismo tiempo un reto para sus traductores. En todo caso, como hemos dicho, sus últimas obras evidencian que Auster también tiene altibajos y que no renuncia a seguir escribiendo en momentos, quizás, de menor inspiración creativa.

La vida interior de Martin Frost es una historia presente en el El libro de las ilusiones (Anagrama) y que podríamos catalogar en el género fantástico. Trata de un escritor que se instala en la casa de unos amigos en el campo con la finalidad de desconectar y no hacer nada. Pero inmediatamente, Martin Frost siente la necesidad de escribir una historia. Una mujer misteriosa aparece en su cama la primera mañana, es Claire, en realidad su musa. El relato toma un tinte fantástico cuando Claire empieza a sentirse cada vez más débil a medida que Martin va avanzando en su relato.

En la entrevista a Paul Auster que incorpora el volumen, el escritor explica que tras Brooklyn Follies se encontraba exhausto ?tal y como se encuentra Martin Frost al llegar a la casa de campo-, y no estaba preparado para empezar una obra de ficción. Empezó con el proyecto de Martin Frost, pero se encalló y Auster se dedicó a El libro de las ilusiones ?en el que aparece la historia de Frost en una de las películas de su protagonista. Finalmente, pudo recuperar la idea para el guión de un largometraje que le propuso una productora alemana y que fue rodado en Portugal.

Relato sobre el vacío
Viajes por el Scriptorium es una historia bastante tenebrosa. El planteamiento es realmente insólito: el señor Blank, un hombre ya maduro, se despierta en una habitación que no reconoce, se encuentra débil y parece ser que ha perdido la memoria. Misteriosos personajes irán apareciendo en la estancia para ayudarle en sus tareas o para hablar sobre su circunstancia. El señor Blank desarrollará un sentimiento de culpabilidad ante estas apariciones mientras intenta descubrir dónde se encuentra.

El lector de este relato experimentará una sensación de suspense importante en este relato sobre el vacío y de estructura circular. ¿Está el señor Blank encarcelado? ¿Quizás se encuentra en un sanatorio? ¿Ha perdido sus facultades mentales y sus pensamientos son simplemente producto de un cerebro enfermo? Los personajes insisten en que tome medicamentos para "seguir el tratamiento", pero en ningún caso explican claramente de qué tratamiento se trata ni por qué está allí.

Como es propio de la obra de Auster, el señor Blank lee al mismo tiempo un manuscrito que encontró en su escritorio. Narra una ficción sobre un país alegórico a los Estados Unidos, pero en el que la historia ha evolucionado de una forma diferente y en el que los personajes podrían haber sido sacados de un Western futurista. En conjunto, la obra parece tener relación también con la incapacidad creativa, diría que es un ejercicio literario en el que Auster intenta meditar sobre el proceso de la escritura. Ésta es, especialmente, una obra que no dejará buen sabor de boca a los amantes del Auster de Brooklyn Follies o de la Trilogía en Nueva York, puesto que me parece que pone en evidencia un momento flojo en la trayectoria del autor.

Ficha de lectura
Viajes por el Scriptorium
Paul Auster
Trad. Benito Gómez Ibáñez
Barcelona Anagrama
192 págs.


La vida interior de Martin Frost
Paul Auster
Trad. Benito Gómez Ibáñez
Barcelona. Anagrama
128 págs.

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domingo, octubre 14, 2007

?Viajes por el Scriptorium?, de Paul Auster: la cosmovisión austeriana diseccionada

Herme Cerezo ( publicado originalmente en Diario del siglo XXI )

Paul Auster cada día escribe mejor, cada día se le entiende menos. Al menos eso es lo que se desprende de la lectura de ?Viajes por el Scriptorium?, su última novela. Así había planeado yo el comienzo de mi reseña cuando todavía me faltaban treinta páginas por leer. Uno, flaco en memoria que no en carnes, ni mucho menos, toma notas con premura: dudas, sensaciones, intuiciones, que redondea y confirma o no, a la conclusión de la lectura.



Lo cierto es que después de haber pasado francamente muy buenos ratos con su ?Trilogía de Nueva York?, ?La música del azar?, ?El palacio de la luna? y, especialmente, ?Leviatán, me alejé de Auster tras deglutir uno de sus libros más afamados: ?El libro de las ilusiones?, que todavía no comprendo cómo gozó de buenas críticas en su momento. Sin embargo y como dice mi colega en estas páginas, Gabriel Ruiz-Ortega, por el solo hecho de haber aportado al mundo de la Literatura alguna de sus novelas anteriores, por ejemplo, ?El palacio de la Luna?, el de New Jersey se merecía un respeto, una nueva oportunidad. Así que hace unos meses, decidí "levantarle el arresto" y me metí entre pecho y espalda, sin anestesia, una de las novelas suyas que más me han gustado: ?La noche del oráculo?. Envalentonado por el éxito, proseguí con mi regreso al universo austeriano y, tras leer el resumen argumental y escuchar los siempre entendidos consejos de Pepe Vivó, de la librería Abacus de Valencia ? uno de esos raros libreros que, además de vender libros como un cosaco, se los lee ?, me he despachado recientemente estos ?Viajes por el Scriptorium?.

A Paul Auster le gusta el juego de los reflejos, ese truco visual consistente en enfrentar dos espejos para que la imagen se repita infinitamente hasta más allá de donde alcanza nuestra vista. Y nuestra imaginación. De este modo, al igual que en ?La noche del oráculo?, vuelve a escribir una novela dentro de otra novela. Debe de pasárselo pipa navegando por fangales de esta guisa. Lo cual está bien, pero si continúa por esos derroteros la persistencia puede convertirse en lastre y aburrir al personal, si no es que termina por aburrirle a él mismo. Además Dios, o quien sea, ha dotado a Paul Auster de una imaginación desbordante, ?gratia dei?, que le permite pergeñar argumentos y situaciones interesantes con los menores mimbres posibles, sin tener que utilizar con tanta asiduidad este subterfugio. A pesar de lo dicho, también demuestra su calidad en estos ?Viajes por el Scriptorium?, porque la historia que Mr. Blank desarrolla a lo largo de las escasas ciento ochenta y cinco páginas ofrece un argumento sugerente, que Auster reviste con el paramento de un segundo envoltorio.

Algo que también parece que se ha convertido en ?made in Auster? es que el protagonista de la novela, más o menos maquillado, más o menos disfrazado, es el propio autor. Es un modo de escribir que parece estar de moda (disculpen mi torpe juego de palabras modo-moda). No es Auster el único que utiliza este recurso. Sin ir más lejos y ahora que está en plena eclosión, Jacobo Deza, protagonista de ?Tu rostro mañana?, no es otro que el propio Javier Marías, autor del libro. Para añadir más leña al fuego, el entorno en el que se mueve Mr. Blank, el otro yo de Auster en ?Viajes por el Scriptorium?, es, sin duda, el despacho, estudio, refugio o como gusten llamarlo, donde el neoyorquino escribe sus historias y que ya ha descrito en varias de ellas (sin ir más lejos en ?La noche del oráculo?). Cuatro paredes, aquí totalmente desnudas, con un indiscutible sabor claustrofóbico, que incentivan su imaginación y, de vez en cuando, le incitan a salir a la calle a respirar el mundo, a ver el aire, a comprar los "cuadernos portugueses" que le vende el chino Chang (discúlpenme de nuevo, ahora por este burdo juego de sonidos: chino-Chang).

Otra aportación interesante de los "Viajes..." es sin duda su idea de convertir su estilográfica en cámara televisiva o fotográfica, que va registrando los movimientos de su protagonista. Lo deja bien claro al principio del libro: "No sabe que hay una cámara instalada en el techo, justo encima de él. El obturador se acciona silenciosamente cada segundo, realizando ochenta y seis mil cuatrocientas instantáneas a cada rotación de la tierra". Con este planteamiento inicial consigue que el lector se distancie del espacio, la celda que ocupa Mr. Blank, del protagonista, el propio Blank, y que se convierta en mero espectador de lo que allí se va a desarrollar. Auster, en su literatura, siempre me ha parecido muy cinematográfico o, al menos, muy interesado en el cine. Aquí tenemos una prueba más. Otras son sus incursiones en el campo del celuloide como guionista, productor, actor o director: ?Smoke & Blue in the face?, ?The Center of the World?, ?Lulu on the Bridge?, ?La música del azar? y ?The Inner Life of Martin Frost?.

Por último y con ello enlazo con el principio de la reseña, las treinta páginas finales de ?Viaje por el Scriptorium? son fundamentales para entender el libro y justifican plenamente mi valoración del mismo. Esta novela es como una suma de las novelas de Auster, ?liber librium?, novela de novelas, donde se dan cita el escritor y sus fantasmas, incluyendo entre estos los personajes, por ejemplo Daniel Quinn o John Trause, que habitan sus obras anteriores, su cosmovisión literaria, y que entran en estas páginas incluso para pedirle cuentas. Y el escritor no observa ningún comportamiento especialmente cariñoso con ellos. Es más, concretamente con Mr. Blank, el "nuevo", se muestra cruel, dominador, todopoderoso y dueño de su vida y de su destino. En este sentido, ?Viajes por el Scriptorium? parece una revancha sobre sus criaturas, seres de tinta y papel, que, como dice el texto, "sobreviviremos a la mente que nos creó, porque una vez arrojados al mundo existiremos hasta el fin de los tiempos". Por eso, el autor, en su papel de sumo hacedor, escasamente justiciero, quizá vengativo, decide confinar a Mr. Blank en su hábitat actual, recordándole que "nunca será otra cosa que las palabras que estoy escribiendo en su página". En consecuencia y por todo lo visto, este ejercicio de disección que Auster efectúa sobre sí mismo y que ha titulado ?Viajes por el Scriptorium?, es novela apropiada para austerianos iniciados, recalcitrantes y contumaces. ¿Frikis? Sí, desde luego, para frikis también. Si, además, estos austerianos y/o frikis andan provistos de buena memoria, miel sobre hojuelas.

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?Viajes por el Scriptorium?, de Paul Auster. Editorial Anagrama. Barcelona, 2007. 185 páginas, 16 euros.

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domingo, marzo 18, 2007

La venganza de los hijos de Auster

(La Nueva España - Eugenio FUENTES)

El premio «Príncipe de Asturias» convoca a todos sus personajes en «Viajes por el scriptorium», su última novela

Hace ya más de una década el neoyorquino Paul Auster, premio «Príncipe de Asturias» en 2006, reflexionaba así: «Todos mis personajes han experimentado alguna forma de pérdida, la rotura de algún vínculo fundamental, muchas veces biológico». Mister Blank, el protagonista de Viajes por el scriptorium, la última novela de Auster, no es una excepción a esta norma. Y no sólo eso. Por especial querencia del novelista, aficionado desde antiguo a las vueltas de tuerca metaliterarias, su extraviada condición es suma y consecuencia de los avatares vividos por todos los personajes que le han precedido.
Mister Blank, en apariencia uno más de los personajes beckettianos de Auster, es un anciano encerrado en una habitación, donde es vigilado con cámara y micrófono. No sabe ni quién es ni dónde está. Desconoce qué hace en ese lugar y cuánto tiempo lleva allí. Tampoco sabe a ciencia cierta si es un prisionero o puede salir de su encierro. Pero no lo averigua, porque tiene miedo. Sólo le consta que en la habitación, cuya única ventana está cerrada, hay una cama, un escritorio, una puerta que da a un baño y un sillón giratorio y rodante, aunque este gratificante detalle tardará en descubrirlo. Sobre el escritorio reposan treinta y seis fotografías y cuatro mazos de documentos.

Mister Blank -cuyo nombre en inglés alude a las claras a su mente en blanco, confusa, desmemoriada, inconexa- tiene, eso sí, un enorme complejo de culpa que le provoca una inmensa angustia, aunque tampoco puede quitarse de la cabeza la sensación de estar padeciendo una gran injusticia.
La sospecha de que ha hecho daño a muchas personas -a las que califica de agentes y sobre cuyas misiones ha escrito informes- le ronda de continuo la cabeza. Es más, en ocasiones, al cerrar los ojos, una legión de supuestos condenados desfila por su mente, adoptando los aires de una espectral santa compaña. Una procesión de seres sin rostro que emite un gemido apenas perceptible mientras recorre un páramo desolado.
El confuso aislamiento de Mister Blank, que teme la venganza de sus agentes, sólo es roto de tanto en tanto por algunas visitas y llamadas de teléfono: sus devotas cuidadoras, Anna y Sophia; un ex policía británico que indaga sobre un sueño, al que confiere una especial relevancia, y que le pone al tanto de que hay «mucho resentimiento» contra él; su médico, su abogado...
Mister Blank es, una vez más, un personaje vencido por el tiempo, como los que han venido protagonizando las últimas novelas de Auster: El libro de las ilusiones, La noche del oráculo, Brooklyn follies. En una reciente entrevista con el diario «El País» Auster explicaba que la génesis de Viajes por el scriptorium se encuentra en su imagen inicial: un anciano cabizbajo -tal vez el propio autor en un futuro no muy lejano- sentado al borde de una cama estrecha, con las manos sobre las rodillas y la mirada en el suelo. «Los ancianos son seres muy frágiles», constata Auster, «confundidos, les falla la memoria, no saben dónde están, no entienden bien qué les sucede, están indefensos. Se trata de algo muy común, pero olvidado». La vejez, pues.
Pero, como no podía ser menos en Auster, el anciano es sólo un instrumento para desarrollar una historia de encierro y extravío. El padre de La habitación cerrada o El palacio de la luna ha edificado el conjunto de su obra sobre una galería de seres errantes o recluidos, o ambas cosas. La habitación y el viaje han sido dos de sus escenarios recurrentes. Y Mister Blank será sólo el agente -por emplear un concepto muy presente en Viajes por el scriptorium- de una trama que, girando en torno a la memoria, la identidad y la palabra, arranca de un encierro para convertirse en un intenso periplo autorreferencial por toda la obra de Auster.
Porque las 120 líneas que llevo escritas, sin mentir deliberadamente, son sólo un ejercicio de simulación: un intento de aproximarse al modo de entender esta novela pesadilla que tendría un lector que no conociese ninguna narración de Auster. Si ése es su caso, y si desea preservar su virginidad, puede abandonar aquí la lectura de esta reseña. A condición de que tampoco haya caído en sus manos ninguna de las entrevistas promocionales concedidas por Auster.
En caso contrario, no tendrá mucha dificultad en darse cuenta de que Anna, la cuidadora que irrumpe en la habitación de Mister Blank en la página 24, no es otra que Anna Blume, la protagonista de El país de las últimas cosas. Un personaje, posiblemente el más querido por Auster, que le acompaña desde los 21 años, aunque tardó casi dos décadas en encontrar acomodo en su escritura. Su marido, David Zimmer, al que la propia Anna alude en la página 37, es el protagonista de El libro de las ilusiones.
Sophia, la otra cuidadora, es Sophia Fanshawe, personaje relevante de La habitación cerrada y mujer de Fanshawe, el enigmático escritor loco que decidió desaparecer antes de publicar una sola línea. Fanshawe contempló -¿lo recuerdan?- desde un ostracismo desesperado el éxito de sus obras, dadas a la imprenta por un albacea amigo que, a la postre, acabaría siendo el nuevo marido de Sophie.
El médico, Samuel Farr, también proviene de El país de las últimas cosas. El abogado, Quinn, es el protagonista de la primera novela de Auster, Ciudad de cristal, y resulta ser sobrino de Molly Fitzsimmons, la mujer que se casó con Walt, el niño prodigioso que levitaba en Mr. Vértigo. Incluso las 36 fotos que reposan sobre el escritorio son otras tantas imágenes de personajes de novelas de Auster.
«La idea subyacente es la de un escritor obsesionado por todos los personajes a los que ha dado vida a lo largo de los años», confiesa Auster, quien recientemente ha confesado que tal vez no escriba más novelas. «Crear personajes no es una acción gratuita, es algo que entraña una responsabilidad», sentencia. Lo malo es que, al parecer, la mayoría de sus entes de ficción son presas del resentimiento.
No es el caso de Anna, su bienamada, quien está muy reconocida a Mister Blank: «Sin usted no sería nadie», le confiesa, orientándonos sobre el papel demiúrgico del anciano encerrado. Pero Anna o Sophie son casos aislados. De hecho, alguna de las criaturas comparece en la habitación con una navaja entre sus ropas, por si se presenta la ocasión de cortar por lo sano. Y no es de extrañar, porque varias décadas enviando agentes a dolorosas misiones es la mejor manera de rodearse de entes rencorosos ávidos de venganza.
Vean si no el repertorio de acusaciones que, según le comunica el abogado, Quinn, lanzan sus agentes contra Mister Blank: «Desde indiferencia criminal a acoso sexual. Desde asociación ilícita con propósito de dolo hasta homicidio involuntario. Desde difamación del buen nombre de las personas hasta asesinato en primer grado. ¿Quiere que siga?».
No, Mister Blank no quiere más, aunque se declara inocente. «Lo paradójico», se defiende Auster en la entrevista citada, «es que si el libro que se escribe es bueno, las criaturas imaginarias están destinadas a tener una vida mucho más larga que la de su creador». ¿Ah, sí? Pues tal vez en la paradoja esté el castigo. Que el lector lo descubra. De momento, bástele con saber que en el mazo de documentos que reposa sobre el escritorio de la habitación se encuentra la solución al enigma.

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viernes, marzo 02, 2007

Entrevista a Paul Auster "A lo mejor he llegado al final"

Fuente: El País (http://www.elpais.com/articulo/cultura/mejor/he/llegado/final/elpepucul/20070301elpepicul_1/Tes )

Es uno de los narradores más celebrados. Con 60 años, Auster confiesa que su imaginación da señales de agotamiento. En Viajes por el Scriptorium, que acaba de publicarse en España, reflexiona sobre la vejez y la responsabilidad de crear personajes. Eduardo Lago, director del Instituto Cervantes de Nueva York, conversa con uno de sus vecinos más ilustres.

Acaba de cumplir 60 años, aunque aparenta 10 menos. Tiene barba de varios días y un ligero resfriado que no le impide fumar, uno tras otro, los puritos holandeses a los que es adicto. Habla de su mujer, Siri Husvedt, que se encuentra cuando se realiza esta entrevista en España, para dar una conferencia sobre Goya en el Museo del Prado. Se muestra particularmente orgulloso de que hayan elegido su película The inner life of Martin Frost para abrir el Festival de Nuevos Directores que organiza el MOMA, en el mes de marzo. No está mal para alguien de mi edad, dice divertido el último Príncipe de Asturias de las Letras. Su última novela, Viajes por el Scriptorium (Anagrama), acaba de publicarse en España.

Pregunta. Hace un año, usted y yo nos encontrábamos exactamente aquí, en esta habitación. Yo le pregunté por el libro que iba a escribir después de Brooklyn Follies, y usted habló de la imagen que desencadenó Viajes por el Scriptorium. ¿Qué ha pasado entre entonces y ahora?

Respuesta. Como le dije entonces, todo empezó con la visión de un anciano que está sentado al borde de la cama, con las manos en las rodillas, mirando al suelo. Enseguida me di cuenta de que aquel anciano podía ser yo mismo, dentro de veinte o treinta años, y desde el momento en que se me alojó esa idea en el cerebro me puse a pensar en un libro que, un año después, ha visto la luz. La idea subyacente es la de un escritor obsesionado por todos los personajes a los que ha dado vida a lo largo de los años, en todas las novelas que ha escrito. Crear personajes no es una acción gratuita, es algo que entraña una responsabilidad, y eso es lo que abordo en la novela. ¿Qué significa dar vida a un ente de ficción? Lo paradójico, creo yo, es que, si el libro que se escribe es bueno, las criaturas imaginarias estén destinadas a tener una vida mucho más larga que la de su creador. Hay más. Pese a su brevedad, Viajes en el Scriptorium es una historia bastante complicada. Por una parte, es una pesadilla, pero también se puede leer como una alegoría o parábola política.

P. La novela es un viaje al pasado en varios sentidos. En primer lugar, es una recuperación de la memoria personal, pero también una indagación acerca del pasado histórico de su país. ¿Qué le hizo interesarse por la Confederación y por la suerte que corrieron los nativos amerindios?

R. Al escribir tenía en mente dos momentos históricos distintos. Uno es el presente. Es difícil obviar ciertas acciones del Gobierno americano actual y cómo influyen en los acontecimientos del mundo. Estoy pensando en la práctica llamada actuación extraordinaria, una de las cosas más espantosas que jamás ha hecho mi país, y que consiste en que hay agentes norteamericanos que detienen a sospechosos de terrorismo y los mandan a otros países para que los interroguen y torturen. La situación de mi protagonista es muy parecida, en el sentido de que no tiene la menor idea de dónde está ni por qué se encuentra en esa situación. En cuanto el pasado de mi país... Hablando claro, los Estados Unidos se fundaron sobre presupuestos maravillosos, pero hay manchas negras que ensucian seriamente nuestra historia desde sus orígenes. Hay dos episodios capitales, el exterminio (o intento de exterminio) de los indígenas, y la esclavitud. Esas dos lacras siguen proyectando su sombra sobre el presente.

P. ¿Cómo se le ocurrió poner de protagonista a un anciano que ha perdido la memoria?

R. El otro gran tema del libro es la vejez. La situación que vive mi protagonista la comparte muchísima gente con la que convivimos. Los ancianos son seres muy frágiles. Se los envía al asilo, obviando su fragilidad. Son seres confundidos, les falla la memoria, no saben dónde están, no entienden bien qué les sucede, están indefensos. Se trata de algo muy común, pero olvidado, y yo quise abordar eso en mi historia.

P. Entre los personajes que se le irán apareciendo a mister Blank, el primero, y uno de los más atractivos es Anna Blume, la protagonista de El país de las últimas cosas. Parece que usted siente particular debilidad por ella. ¿Qué representa?

R. Es uno de los primeros personajes que creé. Empecé a escribir su historia cuando yo era muy joven, a los 21 años, sólo que tardé muchísimos años en dar con la manera de escribir El país de las últimas cosas. Anna Blume es el personaje con el que he convivido más tiempo. Me ha acompañado a lo largo de toda mi carrera, y es el que siento más próximo a mí, y lo mismo le ocurre a mister Blank. Anna, a pesar de todo lo que ha sufrido, porque así lo ha decidido la imaginación de su creador, se siente muy próxima a él.

P. ¿Y cómo se le fue apareciendo el resto de los personajes a mister Blank? ¿O debería decir a Paul Auster?

R. Fue un proceso inconsciente. Se me aparecían sin que los llamara. Empecé el libro sin tener ningún plan preestablecido. Ni siquiera tenía la certeza de que lo que estaba haciendo fuera a acabar siendo un libro. Las cosas fueron surgiendo espontáneamente. Estaba probando ideas, pero una cosa llevó a la otra.

P. ¿Se siente satisfecho del resultado?

R. No lo sé. Cuando acabo un libro, nunca me siento demasiado satisfecho. Pero responde a lo que quería hacer, una vez que conseguí entenderlo, para bien o para mal.

P. Algunos críticos han dicho que es un libro muy austeriano: elegantemente escrito, con brillantes juegos metaficticios, pero que en realidad no añade nada nuevo a lo que ya nos había dado Paul Auster.

R. Ha habido división de opiniones, pero eso me ha pasado desde que publiqué mi primer libro. Hay gente que detesta lo que hago y gente a la que le encanta. No hay nada que pueda hacer yo. Tengo que aceptarlo.

P. En un momento de la historia, casi sin venir a cuento, alguien cuenta un chiste. ¿No resulta un tanto gratuito? ¿Por qué se le ocurrió introducir algo así?

R. Bueno, de pronto Blank recuerda una conversación con Fogg, el personaje de El palacio de la luna, que es quien cuenta el chiste. Pero no es una incorporación gratuita. No sé si se ha fijado en que el libro está dedicado al padre de mi esposa. Murió hace tres años, y yo tenía una relación muy estrecha con él. Fue él quien me contó el chiste, y lo incorporé como homenaje a él.

P. ¿Puede hablar un poco de la voz narrativa? Empieza utilizando la primera persona del plural, y hacia el final cambia al singular, ¿por qué lo hace? ¿Se trata de una venganza orquestada por los personajes?

R. Así es. La primera persona del plural es la voz colectiva de todos los personajes que ha creado mister Blank, que se confabulan contra él. Al final descubrimos que hay un personaje en particular que toma la iniciativa, pero no puedo decir por qué, porque entonces estropeo la novela a quien no la ha leído.

P. Usted reserva la aparición de Daniel Quinn, personaje de la Trilogía de Nueva York, para el final. ¿Quiere eso decir que Viajes por el Scriptorium es una suerte de regreso a los orígenes, una especie de recapitulación de toda su obra?

R. Es posible... Reconozco que es una decisión un tanto extraña. La verdad es que cuando terminé Brooklyn Follies no las tenía todas conmigo. Tenía dudas acerca de mi capacidad para escribir otra novela.

P. ¿Por qué? ¿Es que no se encuentra en buena forma su imaginación?

R. La verdad es que no lo sé. En estos momentos muestra signos de agotamiento. He trabajado demasiado últimamente. Escribí el guión de una película que se va a estrenar en marzo. Después de Viajes por el Scriptorium, no he empezado nada nuevo. Ojalá pueda seguir escribiendo. Tengo algunas ideas, pero son muy vagas. Quién sabe, a lo mejor he llegado al final. Quizás no haya más novelas de Paul Auster. No lo sé. Ojalá no sea así, pero en este momento no puedo asegurarle nada.

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