Castillo alto
EMILI PIERA - El Mercantil Valenciano
La primera vez que me interesé por Stanislaw Lem fue por una referencia oblicua. Lem opinaba sobre la ciencia-ficción americana y decía, más o menos: «Está Philip K. Dick y están los demás, que no valen nada». Por está sátira, fue expulsado de alguna asociación americana de cazadores de hombrecitos verdes de la que era miembro honorario. A lo peor dijo lo que dijo para no tener que asistir a sus reuniones o porque no le pagaban el güisqui. Finalmente, mi estreno con Lem ha sido con la prosa memorialista, teñida de picor metafísico y más opiniones de lo que, a mi juicio, le convienen a una narración, de El castillo alto. El castillo alto también me ha servido para descubrir un sello -Editorial Funambulista - que trabaja muy bien. Es un libro hermoso por fuera y por dentro. Y muy bien escrito. Algunos párrafos basta ponerlos en renglón corto y el resultado es un poema: «Cuando era niño no murió nadie. Oí hablar de estas cosas como quien oye hablar de los meteoritos. Todos sabemos que caen pero ¿qué tienen que ver con nosotros?».
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El castillo de este cuento sobre un niño que fue y la memoria del viejo que lo evoca (y las mentiras de uno y otro) es tanto un lugar físico de su pueblo como una Jerusalén resplandeciente que emite documentos de salvación si estás marcado con el sello de los elegidos o sabes como construir, sin pronunciarlo, el verdadero nombre del Altísimo, el niño judío jugaba a la cábala, pero no logra engancharme. Los aficionados a la ciencia ficción somos como los seguidores del Rayo Vallecano: estamos acostumbrados a sufrir. Una mala peliculilla sólo reclama dos horas, pero hay que invertir más tiempo en una novela. Y después de todo, Lem exageraba. Crónicas marcianas (Ray Bradbury) sigue siendo una de las mejores elegías del siglo XX. Y lo mismo que diría de su (nuestro) amado Philip. K. Dick puede decirse, también, de Arthur Clarke: a menudo escriben como dentistas, pero siempre imaginan como Dios.
La primera vez que me interesé por Stanislaw Lem fue por una referencia oblicua. Lem opinaba sobre la ciencia-ficción americana y decía, más o menos: «Está Philip K. Dick y están los demás, que no valen nada». Por está sátira, fue expulsado de alguna asociación americana de cazadores de hombrecitos verdes de la que era miembro honorario. A lo peor dijo lo que dijo para no tener que asistir a sus reuniones o porque no le pagaban el güisqui. Finalmente, mi estreno con Lem ha sido con la prosa memorialista, teñida de picor metafísico y más opiniones de lo que, a mi juicio, le convienen a una narración, de El castillo alto. El castillo alto también me ha servido para descubrir un sello -Editorial Funambulista - que trabaja muy bien. Es un libro hermoso por fuera y por dentro. Y muy bien escrito. Algunos párrafos basta ponerlos en renglón corto y el resultado es un poema: «Cuando era niño no murió nadie. Oí hablar de estas cosas como quien oye hablar de los meteoritos. Todos sabemos que caen pero ¿qué tienen que ver con nosotros?».
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El castillo de este cuento sobre un niño que fue y la memoria del viejo que lo evoca (y las mentiras de uno y otro) es tanto un lugar físico de su pueblo como una Jerusalén resplandeciente que emite documentos de salvación si estás marcado con el sello de los elegidos o sabes como construir, sin pronunciarlo, el verdadero nombre del Altísimo, el niño judío jugaba a la cábala, pero no logra engancharme. Los aficionados a la ciencia ficción somos como los seguidores del Rayo Vallecano: estamos acostumbrados a sufrir. Una mala peliculilla sólo reclama dos horas, pero hay que invertir más tiempo en una novela. Y después de todo, Lem exageraba. Crónicas marcianas (Ray Bradbury) sigue siendo una de las mejores elegías del siglo XX. Y lo mismo que diría de su (nuestro) amado Philip. K. Dick puede decirse, también, de Arthur Clarke: a menudo escriben como dentistas, pero siempre imaginan como Dios.
Publicado originalmente en: http://www.levante-emv.com/secciones/noticia.jsp?pNumEjemplar=3417&pIdSeccion=5&pIdNoticia=267348
Etiquetas: ciencia ficción, El Castillo alto, Philip K. Dick, Stanislaw Lem




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