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domingo, octubre 05, 2008

La formación de un escritor

Farenheit 451 es la historia de un sombrío y horroroso futuro. Montag, el protagonista, pertenece a una extraña brigada de bomberos cuya misión, paradójicamente, no es la de sofocar incendios sino la de provocarlos para quemar libros. Porque en el país de Montag está terminantemente prohibido leer. Porque leer mueve a pensar, y en ese país está prohibido pensar. Esta célebre novela es una de las tantas, escritas por el maestro de la ciencia ficción, Ray Bradbury.



Este relato es además el nudo desde el que se desata el imaginario de Pablo De Santis. Él mismo comenta haber descubierto su afición por la literatura en las páginas de los libros de su infancia.

"Leí a muy temprana edad, comencé devorándome novelas de fantasía y aventura... Descubrí mi vocación de escritor en los textos de Ray Bradbury". Recuerda la vieja colección de importación de libros de literatura fantástica de la editorial Minotauro. "Mi madre compró para mí varios de los títulos de esta editorial". "Comencé a escribir imitando a estos autores".

Pablo De Santis estudió la carrera de Letras en la Universidad de Buenos Aires. Pero manifiesta haberse formado como literato contra los esquemas institucionales de la Universidad. "Me gustan los aspectos sociológicos de la escritura, lo que tiene la literatura para decir sobre la sociedad".

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lunes, septiembre 29, 2008

Los hombres de la Tierra

Ray Bradbury
Quienquiera que fuese el que golpeaba la puerta, no se cansaba de hacerlo.

La señora Ttt abrió la puerta de par en par.

-¿Y bien?

-¡Habla usted inglés! -El hombre, de pie en el umbral, estaba asombrado.

-Hablo lo que hablo -dijo ella.

-¡Un inglés admirable!

El hombre vestía uniforme. Había otros tres con él, excitados, muy sonrientes y muy sucios.

-¿Qué desean?-preguntó la señora Ttt.

-Usted es marciana -El hombre sonrió-. Esta palabra no le es familiar, ciertamente. Es una expresión terrestre -Con un movimiento de cabeza señaló a sus compañeros-. Venimos de la Tierra. Yo soy el capitán Williams. Hemos llegado a Marte no hace más de una hora, y aquí estamos, ¡la Segunda Expedición! Hubo una Primera Expedición, pero ignoramos qué les pasó. En fin, ¡henos aquí! Y el primer habitante de Marte que encontramos ¡es usted!

-¿Marte? -preguntó la mujer arqueando las cejas.

-Quiero decir que usted vive en el cuarto planeta a partir del Sol. ¿No es verdad?

-Elemental -replicó ella secamente, examinándolos de arriba abajo.

-Y nosotros -dijo el capitán señalándose a sí mismo con un pulgar sonrosado- somos de la Tierra. ¿No es así, muchachos?

-¡Así es, capitán! -exclamaron los otros a coro.

-Este es el planeta Tyrr -dijo la mujer-, si quieren llamarlo por su verdadero nombre.

-Tyrr, Tyrr. -El capitán rió a carcajadas-. ¡Qué nombre tan lindo! Pero, oiga, buena mujer, ¿cómo habla usted un inglés tan perfecto?

-No estoy hablando, estoy pensando -dijo ella-. ¡Telepatía! ¡Buenos días! -y dio un portazo.

Casi en seguida volvieron a llamar. Ese hombre espantoso, pensó la señora Ttt.

Abrió la puerta bruscamente.

-¿Y ahora qué? -preguntó.

El hombre estaba todavía en el umbral, desconcertado, tratando de sonreír. Extendió las manos.

-Creo que usted no comprende...

-¿Qué?

El hombre la miró sorprendido:

-¡Venimos de la Tierra!

-No tengo tiempo -dijo la mujer-. Hay mucho que cocinar, y coser, y limpiar... Ustedes, probablemente, querrán ver al señor Ttt. Está arriba, en su despacho.

-Sí -dijo el terrestre, parpadeando confuso-. Permítame ver al señor Ttt, por favor.

-Está ocupado.

La señora Ttt cerró nuevamente la puerta.

Esta vez los golpes fueron de una ruidosa impertinencia.

-¡Oiga! -gritó el hombre cuando la puerta volvió a abrirse-. ¡Este no es modo de tratar a las visitas! -Y entró de un salto en la casa, como si quisiera sorprender a la mujer.

-¡Mis pisos limpios! -gritó ella-. ¡Barro! ¡Fuera! ¡Antes de entrar, límpiese las botas!

El hombre se miró apesadumbrado las botas embarradas.

-No es hora de preocuparse por tonterías -dijo luego-. Creo que ante todo debiéramos celebrar el acontecimiento. -Y miró fijamente a la mujer, como si esa mirada pudiera aclarar la situación.

-¡Si se me han quemado las tortas de cristal -gritó ella-, lo echaré de aquí a bastonazos!

La mujer atisbó unos instantes el interior de un horno encendido y regresó con la cara roja y transpirada. Era delgada y ágil, como un insecto. Tenía ojos amarillos y penetrantes, tez morena, y una voz metálica y aguda.

-Espere un momento. Trataré de que el señor Ttt los reciba. ¿Qué asunto los trae?

El hombre lanzó un terrible juramento, como si la mujer le hubiese martillado una mano.

-¡Dígale que venimos de la Tierra! ¡Que nadie vino antes de allá!

-¿Que nadie vino de dónde? Bueno, no importa -dijo la mujer alzando una mano-. En seguida vuelvo.

El ruido de sus pasos tembló ligeramente en la casa de piedra.

Afuera, brillaba el inmenso cielo azul de Marte, caluroso y tranquilo como las aguas cálidas y profundas de un océano. El desierto marciano se tostaba como una prehistórica vasija de barro. El calor crecía en temblorosas oleadas. Un cohete pequeño yacía en la cima de una colina próxima y las huellas de unas pisadas unían la puerta del cohete con la casa de piedra.

De pronto se oyeron unas voces que discutían en el piso superior de la casa. Los hombres se miraron, se movieron inquietos, apoyándose ya en un pie, ya en otro, y con los pulgares en el cinturón tamborilearon nerviosamente sobre el cuero.

Arriba gritaba un hombre. Una voz de mujer le replicaba en el mismo tono. Pasó un cuarto de hora. Los hombres se pasearon de un lado a otro, sin saber qué hacer.

-¿Alguien tiene cigarrillos? -preguntó uno.

Otro sacó un paquete y todos encendieron un cigarrillo y exhalaron lentas cintas de pálido humo blanco. Los hombres se tironearon los faldones de las chaquetas; se arreglaron los cuellos.

El murmullo y el canto de las voces continuaban. El capitán consultó su reloj.

-Veinticinco minutos -dijo-. Me pregunto qué estarán tramando ahí arriba. -Se paró ante una ventana y miró hacia afuera.

-Qué día sofocante -dijo un hombre.

-Sí -dijo otro.

Era el tiempo lento y caluroso de las primeras horas de la tarde. El murmullo de las voces se apagó. En la silenciosa habitación sólo se oía la respiración de los hombres. Pasó una hora.

-Espero que no hayamos provocado un incidente -dijo el capitán. Se volvió y espió el interior del vestíbulo.

Allí estaba la señora Ttt, regando las plantas que crecían en el centro de la habitación.

-Ya me parecía que había olvidado algo -dijo la mujer avanzando hacia el capitán-. Lo siento -añadió, y le entregó un trozo de papel-. El señor Ttt está muy ocupado. -Se volvió hacia la cocina. -Por otra parte, no es el señor Ttt a quien usted desea ver, sino al señor Aaa. Lleve este papel a la granja próxima, al lado del canal azul, y el señor Aaa les dirá lo que ustedes quieren saber.

-No queremos saber nada -objetó el capitán frunciendo los gruesos labios-. Ya lo sabemos.

-Tienen el papel, ¿qué más quieren? -dijo la mujer con brusquedad, decidida a no añadir una palabra.

-Bueno -dijo el capitán sin moverse, como esperando algo. Parecía un niño, con los ojos clavados en un desnudo árbol de Navidad-. Bueno -repitió-. Vamos, muchachos.

Los cuatro hombres salieron al silencio y al calor de la tarde.

Una media hora después, sentado en su biblioteca, el señor Aaa bebía unos sorbos de fuego eléctrico de una copa de metal, cuando oyó unas voces que venían por el camino de piedra. Se inclinó sobre el alféizar de la ventana y vio a cuatro hombres uniformados que lo miraban entornando los ojos.

-¿El señor Aaa?-le preguntaron.

-El mismo.

-¡Nos envía el señor Ttt! -gritó el capitán.

-¿Y por qué ha hecho eso?

-¡Estaba ocupado!

-¡Qué lástima! -dijo el señor Aaa, con tono sarcástico-. ¿Creerá que estoy aquí para atender a las gentes que lo molestan?

-No es eso lo importante, señor -replicó el capitán.

-Para mí, sí. Tengo mucho que leer. El señor Ttt es un desconsiderado. No es la primera vez que se comporta de este modo. No mueva usted las manos, señor. Espere a que termine. Y preste atención. La gente suele escucharme cuando hablo. Y usted me escuchará cortésmente o no diré una palabra.

Los cuatro hombres de la calle abrieron la boca, se movieron incómodos, y por un momento las lágrimas asomaron a los ojos del capitán.

-¿Le parece a usted bien -sermoneó el señor Aaa- que el señor Ttt haga estas cosas?

Los cuatro hombres alzaron los ojos en el calor.

-¡Venimos de la Tierra! -dijo el capitán.

-A mí me parece que es un mal educado -continuó el señor Aaa.

-En un cohete. Venimos en un cohete.

-No es la primera vez que Ttt comete estas torpezas.

-Directamente desde la Tierra.

-Me gustaría llamarlo y decirle lo que pienso.

-Nosotros cuatro, yo y estos tres hombres, mi tripulación.

-¡Lo llamaré, sí, voy a llamarlo!

-Tierra. Cohete. Hombres. Viaje. Espacio.

-¡Lo llamaré y tendrá que oírme! -gritó el señor Aaa, y desapareció como un títere de un escenario.

Durante unos instantes se oyeron unas voces coléricas que iban y venían por algún extraño aparato. Abajo, el capitán y su tripulación miraban tristemente por encima del hombro el hermoso cohete que yacía en la colina, tan atractivo y delicado y brillante.

El señor Aaa reapareció de pronto en la ventana, con un salvaje aire de triunfo.

-¡Lo he retado a duelo, por todos los dioses! ¡A duelo!

-Señor Aaa... -comenzó otra vez el capitán con voz suave.

-¡Lo voy a matar! ¿Me oye?

-Señor Aaa, quisiera decirle que hemos viajado noventa millones de kilómetros.

El señor Aaa miró al capitán por primera vez.

-¿De dónde dice que vienen?

El capitán emitió una blanca sonrisa.

-Al fin nos entendemos -les murmuró en un aparte a sus hombres, y le dijo al señor Aaa-: Recorrimos noventa millones de kilómetros. ¡Desde la Tierra!

El señor Aaa bostezó.

-En esta época del año la distancia es sólo de setenta y cinco millones de kilómetros. -Blandió un arma de aspecto terrible-. Bueno, tengo que irme. Lleven esa estúpida nota, aunque no sé de qué les servirá, a la aldea de Iopr, sobre la colina, y hablen con el señor Iii. Ése es el hombre a quien quieren ver. No al señor Ttt. Ttt es un idiota, y voy a matarlo. Ustedes, además, no son de mi especialidad.

-Especialidad, especialidad -baló el capitán-. ¿Pero es necesario ser un especialista para dar la bienvenida a hombres de la Tierra?

-No sea tonto, todo el mundo lo sabe.

El señor Aaa desapareció. Apareció unos instantes después en la puerta y se alejó velozmente calle abajo.

-¡Adiós! -gritó.

Los cuatro viajeros no se movieron, desconcertados. Finalmente dijo el capitán:

-Ya encontraremos quien nos escuche.

-Quizá debiéramos irnos y volver-sugirió un hombre con voz melancólica-. Quizá debiéramos elevarnos y descender de nuevo. Darles tiempo de organizar una fiesta.

-Puede ser una buena idea -murmuró fatigado el capitán.

En la aldea la gente salía de las casas y entraba en ellas, saludándose, y llevaba máscaras doradas, azules y rojas, máscaras de labios de plata y cejas de bronce, máscaras serias o sonrientes, según el humor de sus dueños.

Los cuatro hombres, sudorosos luego de la larga caminata, se detuvieron y le preguntaron a una niñita dónde estaba la casa del señor Iii.

-Ahí -dijo la niña con un movimiento de cabeza.

El capitán puso una rodilla en tierra, solemnemente, cuidadosamente, y miró el rostro joven y dulce.

-Oye, niña, quiero decirte algo.

La sentó en su rodilla y tomó entre sus manazas las manos diminutas y morenas, como si fuera a contarle un cuento de hadas preciso y minucioso.

-Bien, te voy a contar lo que pasa. Hace seis meses otro cohete vino a Marte. Traía a un hombre llamado York y a su ayudante. No sabemos qué les pasó. Quizá se destrozaron al descender. Vinieron en un cohete, como nosotros. Debes de haberlo visto. ¡Un gran cohete! Por lo tanto nosotros somos la Segunda Expedición. Y venimos directamente de la Tierra...

La niña soltó distraídamente una mano y se ajustó a la cara una inexpresiva máscara dorada. Luego sacó de un bolsillo una araña de oro y la dejó caer. El capitán seguía hablando. La araña subió dócilmente a la rodilla de la niña, que la miraba sin expresión por las hendiduras de la máscara. El capitán zarandeó suavemente a la niña y habló con una voz más firme:

-Somos de la Tierra, ¿me crees?

-Sí -respondió la niña mientras observaba cómo los dedos de los pies se le hundían en la arena.

-Muy bien. -El capitán le pellizcó un brazo, un poco porque estaba contento y un poco porque quería que ella lo mirase-. Nosotros mismos hemos construido este cohete. ¿Lo crees, no es cierto?

La niña se metió un dedo en la nariz.

-Sí -dijo.

-Y... Sácate el dedo de la nariz, niñita... Yo soy el capitán y...

-Nadie hasta hoy cruzó el espacio en un cohete -recitó la criatura con los ojos cerrados.

-¡Maravilloso! ¿Cómo lo sabes?

-Oh, telepatía... -respondió la niña limpiándose distraídamente el dedo en una pierna.

-Y bien, ¿eso no te asombra? -gritó el capitán-. ¿No estás contenta?

-Será mejor que vayan a ver en seguida al señor Iii -dijo la niña, y dejó caer su juguete-. Al señor lii le gustará mucho hablar con ustedes.

La niña se alejó. La araña echó a correr obedientemente detrás de ella.

El capitán, en cuclillas, se quedó mirándola, con las manos extendidas, la boca abierta y los ojos húmedos.

Los otros tres hombres, de pie sobre sus sombras, escupieron en la calle de piedra.

El señor Iii abrió la puerta. Salía en ese momento para una conferencia, pero podía concederles unos instantes si se decidían a entrar y le informaban brevemente del objeto de la visita.

-Un minuto de atención -dijo el capitán, cansado, con los ojos enrojecidos-. Venimos de la Tierra, en un cohete; somos cuatro: tripulación y capitán; estamos exhaustos, hambrientos, y quisiéramos encontrar un sitio para dormir. Nos gustaría que nos dieran la llave de la ciudad, o algo parecido, y que alguien nos estrechara la mano y nos dijera: "¡Bravo!" y "¡Enhorabuena, amigos!" Eso es todo.

El señor lii era alto, vaporoso, delgado, y llevaba unas gafas de gruesos cristales azules sobre los ojos amarillos. Se inclinó sobre el escritorio y se puso a estudiar unos papeles. De cuando en cuando alzaba la vista y observaba con atención a sus visitantes.

-No creo tener aquí los formularios -dijo revolviendo los cajones del escritorio-. ¿Dónde los habré puesto? Deben de estar en alguna parte... ¡Ah, sí, aquí! -Le alcanzó al capitán unos papeles-. Tendrá usted que firmar, por supuesto.

-¿Tenemos que pasar por tantas complicaciones? -preguntó el capitán.

El señor Iii le lanzó una mirada vidriosa.

-¿No dice que viene de la Tierra? Pues tiene que firmar.

El capitán escribió su nombre.

-¿Es necesario que firmen también los tripulantes?

El señor Iii miró al capitán, luego a los otros tres y estalló en una carcajada burlona.

-¡Que ellos firmen! ¡Ah, admirable! ¡Que ellos, oh, que ellos firmen! -Los ojos se le llenaron de lágrimas. Se palmeó una rodilla y se dobló en dos sofocado por la risa. Se apoyó en el escritorio-. ¡Que ellos firmen!

Los cuatro hombres fruncieron el ceño.

-¿Es tan gracioso?

-¡Que ellos firmen! -suspiró el señor Iii, debilitado por su hilaridad-. Tiene gracia. Debo contárselo al señor Xxx.

Examinó el formulario, riéndose aún a ratos.

-Parece que todo está bien. -Movió afirmativamente la cabeza-. Hasta su conformidad para una posible eutanasia -cloqueó.

-¿Conformidad para qué?

-Cállese. Tengo algo para usted. Aquí está. La llave.

El capitán se sonrojó.

-Es un gran honor...

-¡No es la llave de la ciudad, imbécil! -ladró el señor Iii-. Es la de la Casa. Vaya por aquel pasillo, abra la puerta grande, entre y cierre bien. Puede pasar allí la noche. Por la mañana le mandaré al señor Xxx.

El capitán titubeó, tomó la llave y se quedó mirando fijamente las tablas del piso. Sus hombres tampoco se movieron. Parecían secos, vacíos, como si hubiesen perdido toda la pasión y la fiebre del viaje.

-¿Qué le pasa? -preguntó el señor Iii-. ¿Qué espera? ¿Qué quiere? -Se adelantó y estudió de cerca el rostro del capitán. -¡Váyase!

-Me figuro que no podría usted... -sugirió el capitán-, quiero decir... En fin... Hemos trabajado mucho, hemos hecho un largo viaje y quizá pudiera usted estrecharnos la mano y darnos la enhorabuena -añadió con voz apagada-. ¿No le parece?

El señor Iii le tendió rígidamente la mano y le sonrió con frialdad.

-¡Enhorabuena! -y apartándose dijo-: Ahora tengo que irme. Utilice esa llave.

Sin fijarse más en ellos, como si se hubieran filtrado a través del piso, el señor Iii anduvo de un lado a otro por la habitación, llenando con papeles una cartera. Se entretuvo en la oficina otros cinco minutos, pero sin dirigir una sola vez la palabra al solemne cuarteto inmóvil, cabizbajo, de piernas de plomo, brazos colgantes y mirada apagada.

Al fin cruzó la puerta, absorto en la contemplación de sus uñas...

Avanzaron pesadamente por el pasillo, en la penumbra silenciosa de la tarde, hasta llegar a una pulida puerta de plata. La abrieron con la llave, también de plata, entraron, cerraron, y se volvieron.

Estaban en un vasto aposento soleado. Sentados o de pie, en grupos, varios hombres y mujeres conversaban junto a las mesas. Al oír el ruido de la puerta miraron a los cuatro hombres de uniforme.

Un marciano se adelantó y los saludó con una reverencia.

-Yo soy el señor Uuu.

-Y yo soy el capitán Jonathan Williams, de la ciudad de Nueva York, de la Tierra -dijo el capitán sin mucho entusiasmo.

Inmediatamente hubo una explosión en la sala.

Los muros temblaron con los gritos y exclamaciones. Hombres y mujeres gritando de alegría, derribando las mesas, tropezando unos con otros, corrieron hacia los terrestres y, levantándolos en hombros, dieron seis vueltas completas a la sala, saltando, gesticulando y cantando.

Los terrestres estaban tan sorprendidos que durante un minuto se dejaron llevar por aquella marea de hombros antes de estallar en risas y gritos.

-¡Esto se parece más a lo que esperábamos!

-¡Esto es vida! ¡Bravo! ¡Bravo!

Se guiñaban alegremente los ojos, alzaban los brazos, golpeaban el aire.

-¡Hip! ¡Hip! -gritaban.

-¡Hurra! -respondía la muchedumbre.

Al fin los pusieron sobre una mesa. Los gritos cesaron. El capitán estaba a punto de llorar:

-Gracias. Gracias. Esto nos ha hecho mucho bien.

-Cuéntenos su historia -sugirió el señor Uuu.

El capitán carraspeó y habló, interrumpido por los ¡oh! y ¡ah! del auditorio. Presentó a sus compañeros, y todos pronunciaron un discursito, azorados por el estruendo de los aplausos.

El señor Uuu palmeó al capitán.

-Es agradable ver a otros de la Tierra. Yo también soy de allí.

-¿Qué ha dicho usted?

-Aquí somos muchos los terrestres.

El capitán lo miró fijamente.

-¿Usted? ¿Terrestre? ¿Es posible? ¿Vino en un cohete? ¿Desde cuándo se viaja por el espacio? -Parecía decepcionado. -¿De qué... de qué país es usted?

-De Tuiereol. Vine hace años en el espíritu de mi cuerpo.

-Tuiereol. -El capitán articuló dificultosamente la palabra. -No conozco ese país. ¿Qué es eso del espíritu del cuerpo?

-También la señorita Rrr es terrestre. ¿No es cierto, señorita Rrr?

La señorita Rrr asintió con una risa extraña.

-También el señor Www, el señor Qqq y el señor Vvv.

-Yo soy de Júpiter -dijo uno pavoneándose.

-Yo de Saturno -dijo otro. Los ojos le brillaban maliciosamente.

-Júpiter, Saturno -murmuró el capitán, parpadeando.

Todos callaron; los marcianos, ojerosos, de pupilas amarillas y brillantes, volvieron a agruparse alrededor de las mesas de banquete, extrañamente vacías. El capitán observó, por primera vez, que la habitación no tenía ventanas. La luz parecía filtrarse por las paredes. No había más que una puerta.

-Todo esto es confuso. ¿Dónde diablo está Tuiereol? ¿Cerca de América? -dijo el capitán.

-¿Que es América?

-¿No ha oído hablar del continente americano y dice que es terrestre?

El señor Uuu se irguió enojado.

-La Tierra está cubierta de mares, es sólo mar. No hay continentes. Yo soy de allí y lo sé.

El capitán se echó hacia atrás en su silla.

-Un momento, un momento. Usted tiene cara de marciano, ojos amarillos, tez morena.

-La Tierra es sólo selvas -dijo orgullosamente la señorita Rrr-. Yo soy de Orri, en la Tierra; una civilización donde todo es de plata.

El capitán miró sucesivamente al señor Uuu, al señor Www, al señor Zzz, al señor Nnn, al señor Hhh y al señor Bbb, y vio que los ojos amarillos se fundían y apagaban a la luz, y se contraían y dilataban. Se estremeció, se volvió hacia sus hombres y los miró sombríamente.

-¡Comprenden qué es esto?

-¿Qué, señor?

-No es una celebración -contestó agotado el capitán-. No es un banquete. Estas gentes no son representantes del gobierno. Esta no es una fiesta de sorpresa. Mírenles los ojos. Escúchenlos.

Retuvieron el aliento. En la sala cerrada sólo había un suave movimiento de ojos blancos.

-Ahora entiendo -dijo el capitán con voz muy lejana- por qué todos nos daban papelitos y nos pasaban de uno a otro, y por qué el señor Iii nos mostró un pasillo y nos dio una llave para abrir una puerta y cerrar una puerta. Y aquí estamos...

-¿Dónde, capitán?

-En un manicomio.

Era de noche. En la vasta sala silenciosa, tenuemente alumbrada por unas luces ocultas en los muros transparentes, los cuatro terrestres, sentados alrededor de una mesa de madera, conversaban en voz baja, con los rostros juntos y pálidos. Hombres y mujeres yacían desordenadamente por el suelo. En los rincones oscuros había leves estremecimientos: hombres o mujeres solitarios que movían las manos. Cada media hora uno de los terrestres intentaba abrir la puerta de plata.

-No hay nada que hacer. Estamos encerrados.

-¿Creen realmente que somos locos, capitán?

-No hay duda. Por eso no se entusiasmaron al vernos. Se limitaron a tolerar lo que entre ellos debe de ser un estado frecuente de psicosis. -Señaló las formas oscuras que yacían alrededor. -Paranoicos todos. ¡Qué bienvenida! -Una llamita se alzó y murió en los ojos del capitán. -Por un momento creí que nos recibían como merecíamos. Gritos, cantos y discursos. Todo estuvo muy bien, ¿no es cierto? Mientras duró.

-¿Cuánto tiempo nos van a tener aquí?

Hasta que demostremos que no somos psicópatas.

-Eso será fácil.

-Espero que sí.

-No parece estar muy seguro

-No lo estoy. Mire aquel rincón.

De la boca de un hombre en cuclillas brotó una llama azul. La llama se transformó en una mujercita desnuda, y susurrando y suspirando se abrió como una flor en vapores de color cobalto.

El capitán señaló otro rincón. Una mujer, de pie, se encerró en una columna de cristal; luego fue una estatua dorada, después una vara de cedro pulido, y al fin otra vez una mujer.

En la sala oscurecida todos exhalaban pequeñas llamas violáceas móviles y cambiantes, pues la noche era tiempo de transformaciones y aflicción.

-Magos, brujos -susurró un terrestre.

-No, alucinados. Nos comunican su demencia y vemos así sus alucinaciones. Telepatía. Autosugestión y telepatía.

-¿Y eso le preocupa, capitán?

-Sí. Si esas alucinaciones pueden ser tan reales, tan contagiosas, tanto para nosotros como para cualquier otra persona, no es raro que nos hayan tomado por psicópatas. Si aquel hombre es capaz de crear mujercitas de fuego azul, y aquella mujer puede transformarse en una columna, es muy natural que los marcianos normales piensen que también nosotros hemos creado nuestro cohete.

-Oh -exclamaron sus hombres en la oscuridad.

Las llamas azules brotaban alrededor de los terrestres, brillaban un momento, y se desvanecían. Unos diablillos de arena roja corrían entre los dientes de los hombres dormidos. Las mujeres se transformaban en serpientes aceitosas. Había un olor de reptiles y bestias.

Por la mañana todos estaban de pie, frescos, contentos y normales. No había llamas ni demonios. El capitán y sus hombres se habían acercado a la puerta de plata, con la esperanza de que se abriera.

El señor Xxx llegó unas cuatro horas después. Los terrestres sospecharon que había estado esperando del otro lado de la puerta, espiándolos por lo menos durante tres horas. Con un gesto les pidió que lo acompañaran a una oficina pequeña.

Era un hombre jovial, sonriente, si se le juzgaba por su máscara. En ella estaban pintadas no una sonrisa, sino tres.

Detrás de la máscara, su voz era la de un psiquiatra no tan sonriente.

-Y bien, ¿qué pasa?

-Usted cree que estamos locos, y no lo estamos -dijo el capitán.

-Yo no creo que todos estén locos -replicó el psiquiatra señalando con una varita al capitán-. El único loco es usted. Los otros son alucinaciones secundarias.

El capitán se palmeó una rodilla.

-¡Ah, es eso! ¡Ahora comprendo por qué se rió el señor Iii cuando sugerí que mis hombres firmaran los papeles!

El psiquiatra rió a través de su sonrisa tallada.

-Sí, ya me lo contó el señor Iii. Fue una broma excelente. ¿Qué estaba diciendo? Ah, sí. Alucinaciones secundarias. A veces vienen a verme mujeres con culebras en las orejas. Cuando las curo, las culebras se disipan.

-Nosotros nos alegraremos de que nos cure. Siga.

El señor Xxx pareció sorprenderse.

-Es raro. No son muchos los que quieren curarse. Le advierto a usted que el tratamiento es muy severo.

-¡Siga curándonos! Pronto sabrá que estamos cuerdos.

-Permítame que examine sus papeles. Quiero saber si están en orden antes de iniciar el tratamiento. -Y el señor Xxx examinó el contenido de una carpeta.- Sí. Los casos como el suyo necesitan un tratamiento especial. Las personas de aquella sala son casos muy simples. Pero cuando se llega como usted, debo advertírselo, a alucinaciones primarias, secundarias, auditivas, olfativas y labiales, y a fantasías táctiles y ópticas, el asunto es grave. Es necesario recurrir a la eutanasia.

El capitán se puso en pie de un salto y rugió:

-Mire, ¡ya hemos aguantado bastante! ¡Sométanos a sus pruebas, verifique los reflejos, auscúltenos, exorcícenos, pregúntenos!

-Hable libremente.

El capitán habló, furioso, durante una hora. El psiquiatra escuchó.

-Increíble. Nunca oí fantasía onírica más detallada.

-¡No diga estupideces! ¡Le enseñaremos nuestro cohete! -gritó el capitán.

-Me gustaría verlo. ¿Puede usted manifestarlo en esa habitación?

-Por supuesto. Está en ese fichero, en la letra C.

El señor Xxx examinó atentamente el fichero, emitió un sonido de desaprobación, y lo cerró solemnemente.

-¿Por qué me ha engañado usted? El cohete no está aquí.

-Claro que no, idiota. Ha sido una broma. ¿Bromea un loco?

-Tiene usted unas bromas muy raras. Bueno, salgamos. Quiero ver su cohete.

Era mediodía. Cuando llegaron al cohete hacía mucho calor.

-Ajá.

El psiquiatra se acercó a la nave y la golpeó. El metal resonó suavemente.

-¿Puedo entrar?-preguntó con picardía.

-Entre.

El señor Xxx desapareció en el interior del cohete.

-Esto es exasperante -dijo el capitán, mordisqueando un cigarro-. Volvería gustoso a la Tierra y les aconsejaría no ocuparse más de Marte. ¡Qué gentes más desconfiadas!

-Me parece que aquí hay muchos locos, capitán. Por eso dudan tanto quizá.

-Sí, pero es muy irritante.

El psiquiatra salió de la nave después de hurgar, golpear, escuchar, oler y gustar durante media hora.

-Y bien, ¿está usted convencido? -gritó el capitán como si el señor Xxx fuera sordo.

El psiquiatra cerró los ojos y se rascó la nariz.

-Nunca conocí ejemplo más increíble de alucinación sensorial y sugestión hipnótica. He examinado el "cohete", como lo llama usted. -Golpeó la coraza. -Lo oigo. Fantasía auditiva. -Aspiró. -Lo huelo. Alucinación olfativa inducida por telepatía sensorial. -Acercó sus labios al cohete. -Lo gusto. Fantasía labial.

El psiquiatra estrechó la mano del capitán:

-¿Me permite que lo felicite? ¡Es usted un genio psicópata! Ha hecho usted un trabajo completo. La tarea de proyectar una imaginaria vida psicópata en la mente de otra persona por medio de la telepatía, y evitar que las alucinaciones se vayan debilitando sensorialmente, es casi imposible. Las gentes de mi pabellón se concentran habitualmente en fantasías visuales, o cuando más en fantasías visuales y auditivas combinadas. ¡Usted ha logrado una síntesis total! ¡Su demencia es hermosísimamente completa!

El capitán palideció:

-¿Mi demencia?

-Sí. Qué demencia más hermosa. Metal, caucho, gravitadores, comida, ropa, combustible, armas, escaleras, tuercas, cucharas. He comprobado que en su nave hay diez mil artículos distintos. Nunca había visto tal complejidad. Hay hasta sombras debajo de las literas y debajo de todo. ¡Qué poder de concentración! Y todo, no importan cuándo o cómo se pruebe, tiene olor, solidez, gusto, sonido. Permítame que lo abrace. -El psiquiatra abrazó al capitán.- Consignaré todo esto en lo que será mi mejor monografía. El mes que viene hablaré en la Academia Marciana. Mírese. Ha cambiado usted hasta el color de sus ojos, del amarillo al azul, y la tez de morena a sonrosada. ¡Y su ropa, y sus manos de cinco dedos en vez de seis! ¡Metamorfosis biológica a través del desequilibrio psicológico! Y sus tres amigos...

El señor Xxx sacó un arma pequeña:

-Es usted incurable, por supuesto. ¡Pobre hombre admirable! Muerto será más feliz. ¿Quiere usted confiarme su última voluntad?

-¡Quieto por Dios! ¡No haga fuego!

-Pobre criatura. Lo sacaré de esa miseria que lo llevó a imaginar este cohete y estos tres hombres. Será interesantísimo ver cómo sus amigos y su cohete se disipan en cuanto yo lo mate. Con lo que observe hoy escribiré un excelente informe sobre la disolución de las imágenes neuróticas.

-¡Soy de la Tierra! Me llamo Jonathan Williams y estos...

-Sí, ya lo sé -dijo suavemente el señor Xxx, y disparó su arma.

El capitán cayó con una bala en el corazón. Los otros tres se pusieron a gritar.

El señor Xxx los miró sorprendido.

-¿Siguen ustedes existiendo? ¡Soberbio! Alucinaciones que persisten en el tiempo y en el espacio. -Apuntó hacia ellos. -Bien, los disolveré con el miedo.

-¡No! -gritaron los tres hombres.

-Petición auditiva, aun muerto el paciente -observó el señor Xxx mientras los hacía caer con sus disparos.

Quedaron tendidos en la arena, intactos, inmóviles. El señor Xxx los tocó con la punta del pie y luego golpeó la coraza del cohete.

-¡Persiste! ¡Persisten! -exclamó y disparó de nuevo su arma, varias veces, contra los cadáveres. Dio un paso atrás. La máscara sonriente se le cayó de la cara.

-Alucinaciones -murmuró aturdidamente-. Gusto. Vista. Olor. Tacto. Sonido.

El rostro del menudo psiquiatra cambió lentamente. Se le aflojaron las mandíbulas. Soltó el arma. Miró alrededor con ojos apagados y ausentes. Extendió las manos como un ciego, y palpó los cadáveres, sintiendo que la saliva le llenaba la boca.

Movió débilmente las manos, desorbitado, babeando.

-¡Váyanse! -les gritó a los cadáveres-. ¡Váyase! -le gritó al cohete.

Se examinó las manos temblorosas.

-Contaminado -susurró-. Víctima de una transferencia. Telepatía. Hipnosis. Ahora soy yo el loco. Contaminado. Alucinaciones en todas sus formas. -Se detuvo y con manos entumecidas buscó a su alrededor el arma. -Hay sólo una cura, sólo una manera de que se vayan, de que desaparezcan.

Se oyó un disparo.

Los cuatro cadáveres yacían al sol; el señor Xxx cayó junto a ellos.

El cohete, reclinado en la colina soleada, no desapareció.

Cuando en el ocaso del día la gente del pueblo encontró el cohete, se preguntó qué sería aquello. Nadie lo sabía; por lo tanto fue vendido a un chatarrero, que se lo llevó para desmontarlo y venderlo como hierro viejo.

Aquella noche llovió continuamente. El día siguiente fue bueno y caluroso.

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sábado, septiembre 20, 2008

En la noche

Un relato de Ray Bradbury

La señora Navarrez gimió de tal manera durante toda la noche que sus gemidos llenaban el inquilinato como si hubiese una luz encendida en cada cuarto, y nadie pudo dormir.

Noche, hopper

Pasó toda la noche, mordiendo su almohada blanca, retorciendo sus manos delgadas y gritando:

-¡Mi Joe!

A las tres de la madrugada los habitantes de los apartamentos se convencieron, finalmente, de que la mujer jamás cerraría su roja boca pintada y se levantaron, sintiéndose acalorados y fastidiosos. Se vistieron y fueron a tomar el trolebús que los llevaría al centro, a uno de esos cines que funcionaban toda la noche. Allí, Roy Rogers se dedicaba a perseguir a los malos y lo veían a través de un velo de humo rancio y oían los diálogos en medio de los ronquidos en la sala nocturna, a oscuras.

Al amanecer, la señora Navarrez todavía seguía sollozando y gritando.

Durante el día no era tan terrible. El coro masivo de niños que lloraban en distintos puntos de la casa le confería esa gracia salvadora que era, casi, una armonía. A eso se sumaba el traqueteo de las máquinas lavadoras en la galería del edificio donde las mujeres en batas de felpilla, de pie sobre las tablas mojadas del piso, intercambiaban rápidas frases mexicanas. Aun así, de tanto en tanto se podía oír el quejido de la señora Navarrez en medio de las agudas voces, las lavadoras, los bebés:

-¡Mi Joe, oh, mi pobre Joe! -gritaba.

Al atardecer llegaron los hombres, con el sudor del trabajo bajo los brazos. Mientras se remojaban en bañeras llenas de agua fresca, en todo el edificio donde se preparaba la cena maldijeron y se taparon los oídos con las manos.

-¡Todavía sigue con eso! -rabiaron, impotentes.

Uno de los hombres hasta llegó a dar un puntapié a la puerta.

-¡Cállate, mujer!

Y lo único que logró fue que la señora Navarrez chillara más fuerte aun:

-¡Oh, ah! ¡Joe, Joe!

-¡Esta noche cenamos fuera! -les dijeron los hombres a sus esposas.

En todo el edificio se guardaron los utensilios de cocina en los estantes, se cerraron las puertas con llave; los hombres asían a sus perfumadas esposas de los codos y avanzaban de prisa con ellas por los pasillos.

A medianoche, el señor Villanazul abrió la vieja puerta desvencijada de su casa, cerró los ojos castaños y se quedó así un momento, balanceándose. Su esposa Tina, con los tres hijos y las dos hijas de ambos, uno de ellos en brazos, estaba junto a él.

-¡Ay, Dios! -susurró el señor Villanazul-. ¡Dulce Jesús, baja de la cruz y haz callar a esa mujer!

Entraron a su pequeña morada en penumbras y miraron el cirio azul que parpadeaba bajo un solitario crucifijo. En actitud filosófica, el señor Villanazul meneó la cabeza:

-Sigue en la cruz.

Se tendieron en sus camas como trozos de carne asándose, y la noche estival los salseó con sus propios jugos. La casa ardía con los gritos de esa enferma.

-¡Estoy asfixiado!

El señor Villanazul bajó corriendo las escaleras del edificio seguido por su esposa y dejaron a los niños, que gozaban de la milagrosa capacidad de dormir aunque el mundo se viniese abajo.

Vagas figuras ocuparon la galería delantera, una docena de hombres silenciosos, acuclillados, con cigarrillos que echaban humo y fulguraban entre sus dedos morenos. Las mujeres, en batas de felpilla, aprovechaban el escaso viento que soplaba en la noche de verano. Se desplazaban como las figuras de un sueño, como maniquíes movidos rígidamente por medio de cables y rodillos. Tenían los ojos hinchados y las lenguas estropajosas.

-Vamos a su apartamento a estrangularla -dijo uno de los hombres.

-No, eso no estaría bien -dijo una mujer-. Mejor arrojémosla por la ventana.

Aunque fatigados, todos rieron.

El señor Villanazul los miraba a todos parpadeando, confundido. A su lado, su esposa se movía con indolencia.

-Cualquiera diría que Joe es el único hombre del mundo que se ha unido al ejército -dijo alguien, irritado-. ¡Caramba con la señora Navarrez! ¡Seguro que este Joe, este marido suyo, estará pelando papas; será el tipo más seguro en toda la infantería!

-Hay que hacer algo -proclamó el señor Villanazul.

Él mismo se sorprendió de la dureza de su voz, y todos lo miraron.

-No podemos seguir así una noche más -siguió diciendo, sin rodeos.

-Cuanto más golpeamos a la puerta, más grita ella -explicó el señor Gómez.

-Esta tarde ha venido el sacerdote -dijo la señora Gutiérrez-. En nuestra desesperación, acudimos a él. Pero la señora Navarrez no le abrió la puerta siquiera, por mucho que él se lo rogó. El cura se fue. También hemos llamado al oficial Gilvie, que le gritó, pero, ¿acaso cree que ella lo escuchó?

-Entonces tenemos que buscar otra forma -reflexionó el señor Villanazul-. Alguien debe tratarla con... simpatía.

-¿Qué otra forma existe? -preguntó el señor Gómez.

Después de unos instantes, el señor Villanazul conjeturó:

-Ah, si alguno de nosotros fuese soltero...

Dejó caer la insinuación como una piedra en un estanque profundo, esperó a que salpicara y a que las ondas se expandieran suavemente.

Todos suspiraron.

Fue como si se levantase un pequeño viento de noche veraniega. Los hombres se enderezaron un poco, las mujeres aceleraron sus movimientos.

-Pero somos todos casados -respondió el señor Gómez, volviendo a acurrucarse-. No hay ningún soltero.

-Oh -exclamaron todos, y se aquietaron nuevamente en ese río caliente, vacío, de la noche, mientras el humo se elevaba en silencio.

-Entonces -volvió a disparar el señor Villanazul cuadrando los hombros y tensando la boca- ¡tendrá que ser uno de nosotros!

El viento nocturno volvió a soplar, agitando a la gente allí reunida.

-¡No es momento para egoísmos! -declaró Villanazul-. ¡Uno de nosotros debe hacer... esto! ¡De lo contrario, nos asaremos otra noche más en el infierno!

Esta vez, los que estaban en la galería se apartaron de él, parpadeando.

-¿Lo hará usted, señor Villanazul? -quisieron saber.

El aludido se puso rígido y el cigarrillo estuvo a punto de caérsele de los dedos.

-Oh, pero yo... -objetó él.

-Usted -dijeron-. ¿No?

Afiebrado, él agitó sus manos.

-¡Yo tengo esposa y cinco hijos, uno de brazos!

-¡Ninguno de nosotros es soltero y, como la idea fue suya, deberá tener el coraje de respaldar sus convicciones, señor Villanazul! -replicaron todos.

El hombre se asustó y guardó silencio. Dirigió a su esposa fugaces miradas de alarma.

Cansada, ella permanecía de pie en la noche, esforzándose para verlo.

-Estoy tan cansada... -se lamentó la mujer.

-Tina -dijo él.

-Yo voy a morirme y habrá muchas flores y me sepultarán si no logro descansar -murmuró ella.

-¡Pero, Tina...!

-Tiene muy mal aspecto -dijeron todos.

El señor Villanazul sólo titubeó un instante más. Tocó los dedos de su esposa, flojos y calientes. Rozó con sus labios la mejilla enfebrecida de su mujer.

Sin agregar palabra, salió de la galería.

Todos oyeron sus pasos que subían las escaleras del edificio a oscuras, lo oyeron ascender, dar la vuelta en el tercer piso, donde la señora Navarrez gemía y gritaba.

Aguardaron en el porche.

Los hombres encendieron nuevos cigarrillos y arrojaron las cerillas; hablando como un viento, las mujeres rondaron entre ellos; todos se acercaron a la señora Villanazul, que permanecía de pie, en silencio, con sombras bajo de sus ojos fatigados, apoyada contra la baranda de la galería.

-¡Ahora -susurró quedamente uno de los hombres-, el señor Villanazul está en el último piso del edificio!

Todos guardaron silencio.

-¡Ahora -siguió el hombre en un murmullo teatral-, el señor Villanazul golpea la puerta! Tap, tap.

Todos escucharon, conteniendo el aliento.

A lo lejos se oyó un suave golpeteo.

-¡Ahora la señora Navarrez se echa a gritar de nuevo ante la intrusión!

Desde lo alto de la casa llegó un grito.

-Ahora -imaginó el hombre acuclillado, moviendo delicadamente su mano en el aire-, el señor Villanazul ruega y suplica, suave y quedo, a través de la puerta cerrada con llave.

Los que estaban en el porche alzaron sus barbillas tratando de ver a través de los tres pisos de madera y cemento, hacia el tercero, y esperaron.

El grito se apagó.

-Ahora el señor Villanazul habla rápido, ruega, susurra, promete -exclamó el hombre con suavidad.

El grito fue convirtiéndose en un sollozo, el sollozo en un gemido y, por último, se extinguió del todo dejando oír la respiración, el latido de los corazones y todos escucharon.

Al cabo de unos dos minutos de permanecer quietos, traspirando, esperando, todos los presentes en la galería oyeron, allá arriba, el chasquido de la cerradura, la puerta que se abría y, un segundo después, un susurro y la puerta que se cerraba.

La casa se sumió en el silencio.

El silencio inundó todos los apartamentos, como si se apagara una luz. El silencio fluyó como un vino fresco por el túnel de los pasillos. El silencio entró por los vanos abiertos como una brisa fresca que llegara desde el sótano. Todos se quedaron allí, inhalando la frescura de esa brisa.

-¡Ah! -suspiraron.

Los hombres arrojaron sus cigarrillos y echaron a andar de puntillas por el edificio silencioso. Las mujeres los siguieron. Pronto, el porche quedó vacío. Los habitantes se movieron por frescos pasillos silenciosos.

La señora Villanazul, en fatigado estupor, abrió la cerradura de la puerta.

-Debemos ofrecerle un banquete al señor Villanazul -susurró una voz.

-Mañana encenderemos una vela por él.

Las puertas se cerraron.

La señora Villanazul yacía en su fresco lecho. ?Es un hombre considerado?, pensó, casi dormida ya, con los ojos cerrados. ?Por este tipo de cosas lo amo.?

El silencio fue como una mano fresca que la acariciaba, hasta que se durmió.




Si te interesa Ray Bradbury puede interesarte el curso de relato breve que imparte Eloy Tizón, o el de guión de televisión (Antonio Santos Mercero).

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domingo, agosto 31, 2008

El sonido del trueno en DVD

Atraídos con curiosidad por esta adaptación de un cuento de Ray Bradbury nos acercamos a la versión en DVD de esta película.

Quizá por su condensación y por su habilidad narrativa, no cabe comparación entre el relato de Bradbury (considerado uno de los 100 mejores de la historia de la ciencia ficción) y él film de Peter Hyams.

sound of thunder

El tema de los saltos en el tiempo nos remite a películas como The time machine, que tanto en la versión reciente de Simon Wells como en el clásico de George Pal resulta de mayor interés.

Se queda quizá en una película con bastantes efectos de distintos grados, pero que no alcanzan un mínimo de valor en general, empezando por los dinosaurios, mucho más logrados en obras más conocidas como las distintas películas de Jurasic Park, por la ciudad (poco creíble en comparación con casi todo).

Los añadidos más relevantes como son las oleadas temporales hacen que el relato cinematográfico acabe teniendo un punto friqui y alejan notablemente a la película de la novela de Bradbury.

Funciona en fin sólamente de forma aceptable en la parte cercana al final, cuando los personajes tienen que huir de toda clase de dinosaurios evolucionados -estos con un diseño más logrado- con un ritmo aceptable.

Los actores, incluso Ben Kingsley, no están tampoco brillantes.

Los pocos aciertos que tiene y el innegable esfuerzo de producción, no hace que sea una película ni tan siquiera aceptable. Filmafinitty e IMDB coinciden en un 4/10, creo que es una calificación acertada. Entretiene pero los errores que tiene te separan como expectador, en cuanto a su valor como adaptación es donde en mi opinión patina más al no aportar nada -que diferencia con Blade Runner-.

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jueves, julio 31, 2008

"hay agua en Marte"

PÚBLICO.ES / AGENCIAS - Washington, EEUU - 31/07/2008 22:19

Las pruebas de laboratorio realizadas en el vehículo explorador "Phoenix" han confirmado la existencia de agua en el planeta Marte, informó hoy la NASA.

Un comunicado de la agencia espacial estadounidense indicó que el miércoles el brazo robótico de "Phoenix" depositó una muestra en un instrumentos que identificó vapores de agua.

"Tenemos agua" en Marte, señaló William Boynton, científico del analizador termal de Phoenix en la Universidad de Arizona. Según Boynton, esta es la primera vez concreta y segura de la presencia del líquido en el planeta.

Añadió que se habían detectado indicios de agua congelada en observaciones hechas por la nave Mars Odyssey y en otros que se diluyeron al ser observadas por Phoenix el mes pasado. "Pero esta es la primera vez que el agua marciana es tocada y probada", añadió.

La muestra donde se confirmó la presencia de agua fue extraída de una perforación de alrededor de cinco centímetros en el suelo marciano y donde el brazo robótico tropezó con una dura capa de material congelado. El miércoles la muestra había estado dos días expuesta al ambiente marciano y el agua que contenía comenzó a evaporarse lo que facilitó su observación, dijo el comunicado.

"Marte nos está dando algunas sorpresas", señaló Peter Smith, investigador principal de la misión, al referirse al comportamiento diferente del material marciano.
Una misión que se prolonga por los éxitos logrados

La misión exploratoria de Phoenix que descendió el 25 de mayo en un sector del polo norte marciano debía durar tres meses y terminaba en agosto. Sin embargo, en vista de los éxitos conseguidos ha sido extendida hasta el 30 de septiembre, indicó el comunicado de la NASA.

"Phoenix disfruta de buena salud y las proyecciones en lo que se refiere a su energía solar son buenas y queremos aprovechar este recurso en uno de los puntos más interesantes del planeta", dijo Michael Meyer, científico del Programa de Exploración de Marte.

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sábado, mayo 24, 2008

Los libros electrónicos: ¿Reemplazarán a los de papel?

RCN radio

Escuche el reportaje sobre los libros electrónicos
Esuche la entrevista completa con Jennie Kent experta en la industria editorial



Bogotá vive por estos días una fiesta de papel con su Feria Internacional del Libro. A propósito de este evento, el acontecimiento cultural más importante del año en el país, vale la pena preguntarnos si los libros electrónicos marginarán algún día a los de papel.

Imagine una feria del libro del futuro, sin libros físicos. La gente deambulando entre los corredores con pequeños aparatos, de distintas formas y colores, que cargan con nuevos contenidos en los distintos stands de las editoriales. ¿Un escenario posible?

Sobre el tema le invitamos a escuchar este reportaje, en el que las opiniones de un niño de 10 años y de una experta en la industria editorial, contrapuntean imaginando un mundo en el que las obras cumbre de Cervantes, Shakespeare, García Márquez y Ray Bradbury conviven en un mismo aparato.

Hernán Restrepo
hrestrepo@rcnradio.com
RCN Virtual

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domingo, abril 27, 2008

La teoría del caos pierde a su creador, el meteorólogo Lorenz

EL PERIÓDICO
BARCELONA
En 1963, el matemático y meteorólogo Edward Lorenz quería describir en unas cuantas ecuaciones el comportamiento de la atmósfera terrestre para predecir el tiempo con exactitud. Así que definió 12 funciones --como el vínculo entre presión y temperatura-- y las introdujo en su primitivo ordenador del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT) para ver qué ocurría. Lo que sucedió a partir de entonces forma parte de la historia popular de la ciencia: por imprecisión, simplificó el resultado de una operación (0,506127), le quitó tres decimales (0,506) y obtuvo dos previsiones meteorológicas totalmente opuestas. Lorenz falleció ayer en Cambridge, cerca de Boston, tras una vida dedicada a la docencia y la investigación, según informó el MIT en una nota necrológica. Tenía 90 años y sufría un cáncer.
Lorenz era conocido en todo el mundo por haber definido el anterior proceso, conocido como efecto mariposa: pequeños cambios (o errores de medición) en una posición inicial pueden tener enormes consecuencias en sistemas complejos. Dice un proverbio chino, de donde toma el nombre el proceso, que el aleteo de una mariposa puede sentirse en el otro extremo del mundo, aunque la formulación más conocida del propio Lorenz era una pregunta: ¿el batir de las alas de una mariposa en Brasil puede provocar un tornado en Tejas? Un ejemplo muy claro sería el siguiente: sobre un tejado de dos aguas, izquierda y derecha, lanzamos dos pelotas intentando que caigan justo en la mitad y que luego rueden. El resultado del juego es que imperceptibles cambios en el origen, como el viento o la fuerza usada, motivarán que unas pelotas caigan hacia la izquierda y acaben muy lejos de las que rueden por el alerón de la derecha.

Efecto mariposa

El principio en que se apoya la teoría era conocido antes de que Lorenz se hiciera famoso. Sin ir más lejos, Ray Bradbury ilustró en un famoso cuento (El sonido del trueno) lo que podría suceder si unos humanos viajaban hacia atrás en el tiempo, hasta un mundo poblado de dinosaurios, y allí modificaban imperceptiblemente el pasado --mataban una mariposa--: a su regreso, la Tierra se había convertido en un caos.

REVOLUCIÓN
Pero fue Lorenz quien por primera vez analizó el proceso, de enormes repercusiones no solo en el mundo de las matemáticas, sino en la biología y la física. Una de sus conclusiones recuerda que, en meteorología, es imposible prever una situación a largo plazo si se emplean cálculos determinísticos. Debe obrarse de otra manera. "Al mostrar que ciertos sistemas deterministas tienen límites de predictibilidad, puso el último clavo en el ataúd del universo cartesiano y fomentó lo que algunos han llamado la tercera revolución científica del siglo XX, pisándole los talones a la relatividad y la física cuántica", recordó ayer Kerry Emanuel, profesor en el MIT.

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miércoles, abril 02, 2008

Clarke conoció el más allá

Por Carlos Uribe de los Ríos ( Equinoxio )

lunes 31 de marzo de 2008 12:00 COT

?Si yo he aprendido alguna cosa de la historia de los inventos y descubrimientos es que, a largo plazo ?y a menudo en el corto- las más audaces predicciones se ven risiblemente conservadoras?.
A.C. Clarke.



El inglés que escribió la novela 2001, odisea del espacio, hecha famosa por la película de Kubrick, murió hace una semana a los 90 años, considerado uno de los pilares de la la literatura de ciencia ficción contemporánea, al lado de Asimov y de Bradbury. Se llamaba Arthur C. Clarke.

Pero Clarke no fue sólo un escritor de ficción. También fue un divulgador científico, al estilo de Asimov, y un respetado investigador en el campo de las tecnologías espaciales. Ya en 1945 formuló matemáticamente la teoría que daría pie a los satélites que pueden permanecer en un mismo punto sobre la tierra, llamados ahora geoestacionarios, y en sus cálculos se basaron los científicos para lograrlo 25 años después. Por eso dicha órbita fue bautizada, en reconocimiento, como la órbita Clarke.

Clarke se propuso escribir una clase de literatura de ciencia ficción alejada de la especulación gratuita, es decir, que no tuviera bases sólidas en los avances de la tecnología o que no dependiera de sus desarrollos dentro de una lógica estricta. Por eso, para muchos lectores del mundo, este hombre era la personificación del género en el mundo de hoy.

Escribía con soltura, sin malabarismos, a veces por ser estricto era frío, pero al tiempo logró distinguirse como un intelectual capaz de creer positivamente en la humanidad y en su desarrollo, y que miraba a los humanos como una especie apenas en desarrollo embrionario en comparación con otros mundos super avanzados ?que deben existir- y de antiguos habitantes de un universo complejo y sin límites.

Arthur Charles Clarke nació en Minehead, Somerset, Inglaterra, en una familia de granjeros, en 1917. Vivió en Londres desde el 36 y trabajó antes de la II Guerra como instructor de radar en la Real Fuerza Aérea. Terminaría sus estudios en física y matemáticas en el King?s College en 1948. Su interés en asuntos espaciales comenzó a conocerse en la Sociedad Interplanetaria Británica, de la que fue presidente dos veces.

Su primer relato reconocido de ciencia ficción fue Loophole, publicado en 1946. A estos trabajos iniciales, que tratan sobre un tema científico y concluyen de modo sorprendente, como todo buen relato del género, Clarke añadía pequeñas dosis de un delicioso humor inglés. Pero no se quedó aquí, pues se convirtió en un prolífico escritor publicando más de 100 libros, muchos de ellos sobresalientes, entre los que se recuerdan Las arenas de Marte, La ciudad y las estrellas, Cuentos del planeta Tierra, Cita con Rama, Cuentos de la taberna del ciervo blanco y En las profundidades, traducidos al español.

Junto con Stanley Kubrick escribió el guión de 2001: una odisea del espacio, en 1964, basado en su cuento titulado El centinela. La novela apareció después de la película, basada precisamente en el guión. Pero Clarke no se dedica sólo a la ficción. En los 60 se preocupa por la divulgación científica y por la exploración submarina -bucear para él era lo más parecido a flotar en el espacio-, razón de su residencia por el resto de su vida en Sri Lanka.

En el cine también participó con Peter Hyams en 1985 en la película (2010, odisea II), y en televisión trabajó con Walter Conkrite y Wally Schirra, para CBS, en el cubrimiento periodístico-científico de las Misiones Apolo 12 a 15. En 1981, sus 13 capítulos de Un mundo misterioso y Mundo de poderes extraños, en 1984, fueron televisados con impresionante éxito en múltiples países.

A lo largo de todos estos años, Arthur Clarke fue algo así como un puente entre las artes y la ciencia, al decir de muchos especialistas. Sus aportes van desde la cosmología, la física y aún la metafísica a la técnica espacial y a la ciencia ficción, lo que tuvo un impacto global entre el público de entonces y las generaciones siguientes. Precisamente, en 1998 la reina Isabel II reconoció sus aportes a la cultura británica y mundial al nombrarlo Sir, título entregado oficialmente dos años después en Columbo, Sri Lanka.

Los desarrollos de Clarke sobre satélites, en vigencia todavía hoy, le valieron numerosos reconocimientos, como el Marconi, de 1982, la medalla de oro del Instituto Franklyn, el Vikram Sarabhai, el Premio Lindberg del King College y muchos otros.

Desde 1995, Sir Arthur Clarke, que se casó en el 53, se divorció en el 64 y no tuvo hijos, estuvo confinado a una silla de ruedas, debido a un síndrome de post-polio, pero aún así no cesó de escribir e inquietarse por la ciencia y la escritura. ?El mundo ha perdido una de sus mentes más visionarias y se empobrece por ello. Que descanse Arthur en paz y quizás tenga la oportunidad de ver lo que realmente hay más allá?, dijo Alan Hale, del Earthrise Institute y codescubridor del cometa Hale-Bopp.



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Algunas predicciones de Clarke

2009. Una ciudad de Corea del norte es devastada por la explosión de una bomba-H. Después de un intenso debate en Naciones Unidas, se destruyen todas las armas nucleares.
2010. Se desarrollan los primeros Generadores Cuánticos, que explotan la energía del espacio. Disponibles en unidades portátiles y caseras desde unos pocos kilovatios, pueden producir energía indefinidamente. Las estaciones centrales de energía cierran. La era de los postes de la luz finaliza a medida que los sistemas en red son desmantelados.
- A pesar de las protestas en contra del gobierno Big Brother, la monitorización electrónica elimina el crimen profesional de la sociedad.
2011. Se filma el mayor animal vivo: un pulpo de 75 metros en la Fosa de las Marianas. Por una curiosa coincidencia, más tarde en el mismo año, se descubren criaturas marinas aún mayores, cuando las primeras sondas robot se sumergen en el hielo de Europa, y se revela toda una nueva especie biológica.
2012. Los aviones aeroespaciales entran en servicio. La historia del viaje espacial ha repetido aquella de la aeronáutica, aunque mucho más despacio, porque los problemas técnicos son mucho mayores. Desde Yuri Gagarin hasta el vuelo espacial comercial ha pasado dos veces más tiempo que desde los hermanos Wright hasta el DC-3.
2013. En un vuelo patrocinado por Bandar Seri Begaman, un príncipe de Brunei se convierte en el primer miembro de una familia real en viajar al espacio.
2014. Empieza la construcción del Hotel Orbital Hilton, ensamblando y convirtiendo los gigantescos tanques del cohete que previamente se deja caer de vuelta a Tierra.
2015. Un subproducto inevitable del Generador Cuántico es el control completo sobre la materia a nivel atómico. De esta forma, el viejo sueño de los alquimistas se desarrolla a escala comercial, a menudo con sorprendentes resultados. En unos pocos años, debido a su utilidad, el plomo y el cobre cuestan el doble que el oro.
2016. Todas las monedas existentes son abolidas. El megavatio-hora se convierte en la unidad de cambio.
2017. China celebra las primeras elecciones populares nacionales de su parlamento.
2019. Se produce el impacto de un meteorito en la capa de hielo del Polo Norte. No hay pérdidas de vidas humanas, pero los tsumanis resultantes causan considerables pérdidas a lo largo de las costas de Groenlandia y Canadá. El largamente discutido proyecto de Salvaguarda Espacial, para identificar y desviar cualquier cometa o asteroide potencialmente peligroso, se pone finalmente en marcha.
2020. La Inteligencia Artificial (IA) alcanza el nivel humano. De ahora en adelante, hay dos especies inteligentes en el planeta Tierra, una evolucionando más rápidamente de lo que la biología nunca permitiera. Sondas interestelares portando IA se lanzan a las estrellas más próximas.
2021. Los primeros humanos aterrizan en Marte, y encuentran algunas sorpresas desagradables.
2023. Se clonan dinosaurios facsímiles a partir de ADN generado por ordenador. El Zoo Triásico Disney abre sus puertas en Florida. A pesar de algún desafortunado accidente inicial, los mini-raptores empiezan a sustituir a los perros guardianes.
2024. Se detectan señales infrarrojas provenientes del centro de la Vía Láctea. Obviamente, son producto de una civilización tecnológicamente avanzada, pero todos los intentos para descifrarlas fallan.
2025. La investigación neurológica finalmente llega a la comprensión de todos los sentidos, y las entradas directas se hacen posible, evitando los ojos, oídos, piel, etc. El resultado inevitable es el Braincap de metal, del que el walkman del siglo XX fue un primitivo predecesor. Cualquier portador de este casco, adaptado firmemente al cráneo, puede acceder a todo un universo de experiencia real o imaginaria, e incluso fundirse en tiempo real con otras mentes.

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