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domingo, noviembre 26, 2006

Ray Bradbury visto por Jorge Teillier


RAY BRADBURY, REBELDE CON CAUSA

Una de las protestas más despiadadas y angustiosas, a la vez que más bellas y esperanzadas de la literatura actual en contra de "la bruma narcotizante del capitalismo", (como la llama Allen Ginsberg, otro rebelde) la hemos escuchado en los libros de Ray Bradbury, un norteamericano de Illinois, joven aún ?nació en 1920? que empezó a escribir a los catorce años, cuando decidió continuar por su cuenta las aventuras de Tarzán que, por falta de dinero, no podía seguir adquiriendo.

Hasta ahora circulan en Chile tres de sus libros: Crónicas marcianas, El hombre ilustrado y Fahrenheit 451 editados dentro de una serie de la llamada "ciencia ficción". Pero sería absurdo encasillarlo dentro de determinada especialidad literaria, tan absurdo como considerar a Edgar Allan Poe ?de quien Bradbury es, en muchos aspectos, el sucesor? simplemente un novelista policial o de aventuras.

Bradbury, como todo gran escritor, crea un mundo propio, maravilloso, de cohetes que parten hacia el espacio como gigantescas flores rojas, astronautas condenados a girar eternamente alrededor del sol, robots que terminan por reemplazar a sus dueños, casa que tienen vida propia. Todos estos elementos, descritos con una perfecta correspondencia entre colores, sonidos y perfumes ?como lo pedía Baudelaire? con una extraordinaria riqueza de fulgurantes imágenes, que forman un estilo que nos hace observar con reticencia ?por inevitable comparación? el seco naturalismo y la sequedad de prosa de editorial del Mercurio que caracteriza gran parte de la prosa chilena de estos días. Recordamos como ejemplares de una nueva manera de escribir, las alucinantes historias de Lluvia, Parque de juegos, o Calidoscopio.

Pero sería limitado considerar la obra de Bradbury como un mero regodeo estético, o la descripción del placer de vivir aventuras extraordinarias en mundos desconocidos. Hay en él una constante actitud crítica hacia las costumbres e instituciones de nuestra época, y en eso continua la tradición de maestros como Swift que creaba los reinos imaginarios de Liliput o Brobdignat, no para evadirse, sino para mostrar en ellos, trasladándolos los vicios de su tiempo.

Un personaje de un cuento de Bradbury ?cientista que ha huido de los EE.UU. para no colaborar en la preparación de una guerra bacteriológica dice: "vivíamos en un barco negro alejándose de las costas de la cordura y la civilización haciendo sonar su negra sirena en medio de la noche, con millones de personas a bordo, dirigiéndose a la muerte, más allá de la orilla del mar y de la tierra, hacia la locura y el fuego radiactivo". Y este barco, esta sociedad, va así dirigida ?parece señalar Bradbury? porque los héroes no son sino los banqueros o los gerentes, y porque los valores imperantes no son otros que los de mirar todo el día la televisión, o comprar automóviles para hacerse matar corriendo a toda velocidad. Y todos los que se atrevan a protestar esto serán tildados de "comunistas" (¿no pasa así entre nosotros?). Atacar a los comunistas será el pretextos para aplastar la imaginación, para terminar con quienes deseen dar mayor sentido y dignidad a la vida, rebelándose contra el cretinismo colectivo causado por la propaganda comercial ?cuántos miles de compatriotas, señalamos de paso, llenan sus horas pensando qué es mejor, si la Pepsi o la Coca - Cola?. "Se prohibió hablar de política, acusando de comunista al que lo hiciera", dice un personaje de Crónicas Marcianas. Y en el cuento "La mezcladora de cemento", una mujer dice a Ettil, un marciano que no quiere ir al cine ni comprar automóviles; "Oiga, ¿sabe como quién habla usted? Como un comunista. Nadie aguanta aquí esa clase de charla, se lo aviso. Nuestro viejo sistemita no tiene nada de malo" Es el sistemita del capitalismo, que destruye la individualidad y crea una uniformidad mental que hace de los hombres participantes en un hormiguero, donde nadie piensa sino en lo señalado por la propaganda.

Especialmente notoria es la actitud crítica de Bradbury en su novela Fahrenheit 451 ?ya traducida a varios idiomas, incluso al ruso? en el cuál se narra la rebelión de Guy Montag, un bombero encargado de quemar libros prohibidos. En esta novela Bradbury valientemente toma una posición "comprometida" frente a la literatura, poniéndose al servicio de una causa: la del amor hacia la vida simple frente al monstruoso y vacuo tecnicismo, y la locura de quienes la pueden hacer terminar llevándola a la guerra nuclear. En Fahrenheit 451 ?temperatura a la cual se quema el papel? Bradbury describe una hipotética sociedad norteamericana de fines de este siglo, en la cual hay abundancia y riqueza, logradas esos sí, a costa de la miseria de los demás pueblos que rodean con un muro de odio a EE.UU. Se vive feliz (y el Estado virtualmente obliga a ser feliz), rodeados de comodidades (auto, televisión, refrigerador en todas las casas, como en esos films que hacen suspirar admirativamente a tantos de nuestros conciudadanos). Pero detrás de todo eso está la vacuidad de ser feliz como un dopado, adormecido por la estulticia de la propaganda y la educación. Se ha prohibido leer ?en resumidas cuentas pensar por sí mismo? y en entre la multitud de zombies sólo quedan algunos inmunes: Guy Montag, el bombero que se niega a quemar más libros; Clarisse, una muchachita a quien se considera chiflada pues ama caminar y preguntar el por qué de las cosas, y algunos viejos profesores despojados de sus cátedras que vagabundean a orillas de las abandonadas líneas férreas, recordando con orgullo y nostalgia su libro preferido. Y todos asistiendo impotentes al espectáculo de cómo mientras las mayorías se dedican a mirar la televisión, los dirigentes sin escrúpulos las conducen hacia la guerra y la muerte. Sin embargo, los pocos disconformes serán quienes sobreviven al final de la novela, para tratar de empezar a crear un mundo mejor. Porque Bradbury no desespera, y aunque tampoco señala soluciones para problemas que plantea ?no cae nunca en la agobiadora literatura didáctica? muestra sí, siempre, confianza en los humildes y los desposeídos ?en los negros, los campesinos mexicanos de sus cuentos? y en quienes viven con una finalidad que está más allá de disfrutar del confort.

En estas notas, por supuesto, sólo nos hemos referido a algunos aspectos de la obra de Bradbury. Pero no podríamos terminar sin decir que este poeta sobrecogedor, este crítico despiadado de una sociedad que espiritualmente queda retrasada pese a todos pese a todos los avances técnicos ?han contribuido a crear un futuro verdadero para el hombre, un futuro como el que soñaba Guy Montag, el bombero mientras lo perseguían: un mundo donde todos puedan despertar en las mañanas sin temor de la muerte radiactiva, para encontrar en el comedor de la casa simplemente ?ni más ni menos? que un vaso de leche y una manzana.



En El Siglo, Santiago (30.08.1959), pp. 2-3.

lunes, noviembre 20, 2006

La costa

Marte era una costa distante y los hombres cayeron en olas sobre ella. Cada ola era distinta y cada ola más fuerte. La primera ola trajo consigo a hombres acostumbrados a los espacios, el frío y la soledad; cazadores de lobos y pastores de ganado, flacos, con rostros descarnados por los años, ojos como cabezas de clavos y manos codiciosas y ásperas como guantes viejos. Marte no pudo contra ellos, pues venían de llanuras y praderas tan inmensas como los campos marcianos. Llegaron, poblaron el desierto y animaron a los que querían seguirlos. Pusieron cristales en los marcos vacíos de las ventanas, y luces detrás de los cristales.
Esos fueron los primeros hombres.
Nadie ignoraba quiénes serían las primeras mujeres.
Los segundos hombres debieran de haber salido de otros países, con otros idiomas y otras ideas. Pero los cohetes eran norteamericanos y los hombres eran norteamericanos y siguieron siéndolo, mientras Europa, Asia, Sudamérica y Australia contemplaban aquellos fuegos de artificio que los dejaban atrás. Casi todos los países estaban hundidos en la guerra o en la idea de la guerra.
Los segundos hombres fueron, pues, también norteamericanos. Salieron de las viviendas colectivas y de los trenes subterráneos, y después de toda una vida de hacinamiento en los tubos, latas y cajas de Nueva York, hallaron paz y tranquilidad junto a los hombres de las regiones áridas, acostumbrados al silencio.
Y entre estos segundos hombres había algunos que tenían un brillo raro en los ojos y parecían encaminarse hacia Dios...

lunes, noviembre 13, 2006

CALIDOSCOPIO

Por Ray Bradbury (de El Hombre Ilustrado)

El primer impacto rajó la nave cual gigantesco abrelatas. Los hombres fueron arrojados al espacio, retorciéndose como una docena de peces retorcidos y fulgurantes. Se diseminaron en un mar oscuro mientras la nave, convertida en un millón de fragmentos, proseguía su ruta semejando un enjambre de meteoritos en busca de un sol perdido.
?Barkley, Barkley, ¿dónde estás?
Voces aterrorizadas, niños perdidos en una noche fría.
?¡Woode, Woode!
?¡Capitán!
?Hollis, Hollis, aquí Stone.
?Stone, soy Hollis. ¿Dónde estás?
?¿Cómo voy a saberlo? Arriba, abajo... Estoy cayendo. ¡Dios mío, estoy cayendo!
Caían. Caían, en la madurez de sus vidas, como guijarros diminutos y plateados. Se diseminaban como piedras lanzadas por una catapulta monstruosa. Y ahora en vez de hombres eran sólo voces.
Voces de todos los tipos, incorpóreas y desapasionadas, con distintos tonos de terror y resignación.
?Nos alejamos unos de otros.
Era cierto. Hollis, rodando sobre sí mismo, sabía que lo era y, de alguna forma, lo aceptó. Se alejaban para recorrer distintos caminos y nada podría reunirles de nuevo. Vestían sus trajes espaciales, herméticamente cerrados, sus pálidos rostros ocultos tras las placas faciales. No habían tenido tiempo de acoplarse las unidades energéticas. Con ellas, habrían sido pequeños botes salvavidas flotando en el espacio. Se habrían salvado, habrían salvado a otros, habrían encontrado a todos hasta unirse para formar una isla de hombres y pensar en alguna salida. Pero ahora, sin las unidades energéticas acopladas a sus hombros, eran meteoritos alocados encaminándose hacia destinos diversos e inevitables.
Pasaron diez minutos. El terror inicial se apagó, dando paso a una calma metálica. Sus voces extrañas empezaron a entrelazarse en el espacio, un telar inmenso y oscuro, cruzándose y volviéndose a cruzar hasta formar el tejido final.
?Stone a Hollis. ¿Cuánto tiempo podremos hablar por radio?
?Depende de tu velocidad y la mía.
?Una hora, supongo.
?Algo así ?dijo Hollis, pensativo y tranquilo.
?¿Qué sucedió? ?preguntó Hollis al cabo de un minuto.
?El cohete estalló, eso es todo. Los cohetes estallan, ¿sabes?
?¿Hacia dónde caes?
?Creo que me estrellaré en el Sol.
?Yo en la Tierra. De vuelta a la madre Tierra a quince mil kilómetros por hora, Arderé como una cerilla.
Hollis pensó en ello con una sorprendente serenidad. Le parecía estar separado de su cuerpo, viéndolo caer y caer en el espacio, con la misma tranquilidad con la que había visto caer los primeros copos de nieve de un invierno muy lejano.
Los otros guardaban silencio. Pensaban en el destino que les había llevado a esto, a caer y caer sin poder hacer nada para evitarlo. Hasta el capitán callaba, porque no había orden o plan que pudiera arreglarlo todo.
?¡Oh, esto es interminable! ¡Interminable, interminable! ?exclamó una voz. ¡No quiero morir, no quiero morir! ¡Esto es interminable!
?¿Quién habla?
?No lo sé.
?Creo que es Stimson. Stimson, ¿eres tú?
?Esto es interminable y no me gusta. ¡Dios mío, no me gusta nada!
?Stimson, aquí Hollis. Stimson, ¿me oyes?
Una pausa. Seguían separándose unos de otros.
?¿Stimson?
?Sí ?replicó por fin.
?Stimson, tranquilízate. Todos tenemos el mismo problema.
?No quiero estar aquí. Me gustaría estar en cualquier otro sitio.
?Hay una posibilidad de que nos encuentren.
?Si, sí, seguro ?dijo Stimson?. No creo en esto, no creo que esté sucediendo realmente.
?Es una pesadilla ?dijo alguien.
?¡Cállate! ?ordenó Hollis.
?Ven y hazme callar ?contestó la voz. Era Applegate. Se reía con toda tranquilidad, sin histeria?. Ven y hazme callar.
Por primera vez, Hollis sintió su impotencia. La cólera se adueñó de él porque en aquel momento deseaba, más que ninguna otra cosa, herir a Applegate. Había esperado muchos años para poder hacerlo..., y ahora era demasiado tarde. Applegate era únicamente una voz radiofónica.
¡Y seguían cayendo y cayendo!
Dos de los hombres se pusieron a gritar, de repente, como si acabaran de descubrir el horror de su situación. Hollis vio a uno de ellos, en una pesadilla, flotando muy cerca de él, chillando y chillando.
?¡Basta!
El hombre estaba casi al alcance de su mano. Gritaba enloquecido. Nunca se callaría. Seguiría chillando durante un millón de kilómetros, mientras se encontrara en el campo de acción de la radio. Fastidiaría a todos los demás e impediría que hablaran entre sí.
Hollis alargó la mano. Era mejor así. Hizo un último esfuerzo y tocó al hombre. Se agarró a su tobillo y fue desplazando la mano hasta llegar a la cabeza. El hombre chilló y se retorció como si estuviera ahogándose. Sus gritos llenaron el universo.
"Da lo mismo ?pensó Hollis?. El Sol, la Tierra o los meteoros lo matarán igualmente. ¿Por qué no ahora?"
Hollis aplastó la placa facial del hombre con su puño metálico. Los gritos cesaron. Se apartó del cadáver y lo dejó alejarse siguiendo su propio curso, cayendo y cayendo.
Hollis y los demás seguían cayendo sin cesar en el espacio, en el interminable remolino de un terror silencioso.
?Hollis, ¿sigues ahí?
Hollis no contestó. Una oleada de calor inundó su rostro.
?Aquí Applegate otra vez.
?¿Qué hay, Applegate?
?Hablemos. No podemos hacer otra cosa.
El capitán intervino.
?Ya es suficiente. Tenemos que encontrar una solución.
?Capitán, ¿por qué no se calla?
?¿Qué?
?Ya me ha oído, capitán. No pretenda imponerme su rango, porque nos separan quince mil kilómetros y no tenemos que engañarnos. Tal como dijo Stimson, la caída es interminable.
?¡Compórtese, Applegate!
?No quiero. Esto es un motín de uno solo. No tengo una maldita cosa que perder. Su nave era mala, usted un mal capitán, y espero que se ase cuando llegue al Sol.
?¡Le ordeno que se calle!
?Adelante, vuelva a ordenarlo. ?Applegate sonrió a quince mil kilómetros de distancia. El capitán no dijo nada más?. ¿Dónde estabamos, Hollis? Ah, sí ya recuerdo. También te odio a ti. Pero tú ya lo sabes. Hace mucho tiempo que lo sabes.
Hollis, desesperado, cerró los puños.
?Quiero confesarte algo ?prosiguió Applegate?. Algo que te hará feliz. Fui uno de los que votaron contra ti en la Rocket Company, hace cinco años.
Un meteorito surcó el espacio. Hollis miró hacia abajo y vio que no tenía mano izquierda. La sangre brotaba a chorros. De repente, advirtió la falta de aire en su traje. El oxígeno que conservaba en los pulmones le permitió, sin embargo, hacer un nudo a la altura de su codo izquierdo, apretando la juntura y cerrando el escape. La rapidez del suceso no le dio tiempo a sorprenderse. Ninguna cosa podía sorprenderle en aquel momento. Ya cerrado el boquete, el aire volvió a llenar el traje en un instante. Y la sangre, que había brotado con tanta facilidad, quedó comprimida cuando Hollis apretó aún más el nudo, hasta convertirlo en un torniquete.
Todo esto había sucedido en medio de un terrible silencio por parte de Hollis. Los otros hombres conversaban. Uno de ellos, Lespere, hablaba sin cesar de su mujer de Marte, de su mujer venusiana, de su mujer de Júpiter, de su dinero, sus buenos tiempos, sus borracheras, su afición al juego, su felicidad... Hablaba y hablaba, mientras todos caían. Lespere, feliz, recordaba el pasado mientras se precipitaba a la muerte.
¡Todo era tan raro! Espacio, miles de kilómetros de espacio, y voces vibrando en su centro. Ningún hombre al alcance de la vista, sólo las ondas de radio se agitaban tratando de emocionar a otros hombres.
?¿Estás enfadado, Hollis?
?No.
Y no lo estaba. Había recuperado la serenidad. Era una masa insensible, cayendo para siempre hacia ninguna parte.
?Durante toda tu vida quisiste llegar a la cumbre, Hollis. Y yo lo impedí. Siempre quisiste saber lo que había ocurrido. Bien, voté contra ti antes de que me despidieran a mí también.
?No tiene importancia.
Y no la tenía. Todo había terminado. Cuando la vida llega a su fin es como un intenso resplandor. Un instante en el que todos los prejuicios y pasiones se condensan e iluminan en el espacio, antes de que se pueda decir una sola palabra. Hubo un día feliz y otro desdichado, hubo un rostro perverso y otro bondadoso... El resplandor se apaga y se hace la oscuridad.
Hollis pensó en su pasado. Al borde de la muerte, una sola cosa le atormentaba y por ella, únicamente por ella, deseaba seguir viviendo. ¿Sentirían lo mismo sus compañeros de agonía? ¿Tendrían aquella sensación de no haber vivido nunca? ¿Pensarían, como él, que la vida surge y muere antes de poder respirar una vez? ¿Les parecería a todos tan abrupta e imposible, o sólo a él, aquí, ahora, con escasas horas para meditar?
Uno de los otros hombros estaba hablando.
?Bueno, yo viví bien. Tuve una esposa en Marte, otra en Venus y otra en Júpiter. Todas tenían dinero y se portaron muy bien conmigo. Fue maravilloso. Me emborrachaba, y hasta una vez gané veinte mil dólares en el juego.
"Pero ahora estás aquí ?pensó Hollis?. Yo no tuve nada de eso. Tenía celos de ti, Lespere. En pleno trabajo envidiaba tus mujeres y tus juergas. Las mujeres me asustaban y huía al espacio, siempre deseándolas, siempre celoso de ti por tenerlas, por tu dinero, por toda la felicidad que podías conseguir con aquella vida alocada. Pero ahora se acabó todo, caemos. Ya no tengo celos de ti. Es mi final y el tuyo y todo parece no haber sucedido nunca."
Hollis levantó el rostro y gritó por la radio:
?¡Todo ha terminado, Lespere!
Silencio.
?¡Como si nunca hubiese ocurrido, Lespere!
?¿Quién habla? ?preguntó Lespere temblorosamente.
?Soy Hollis.
Se sintió miserable. Era la mezquindad, la absurda mezquindad de la muerte. Applegate le había herido y él, Hollis, quería herir a otro. Applegate y el espacio le habían herido.
?Ahora estás aquí, Lespere. Todo ha terminado, como si nunca hubiera sucedido, ¿no es cierto?
?No.
?Cuando llega el final, todo parece no haber ocurrido nunca. ¿Es mejor tu vida que la mía, ahora? Antes, sí, ¿y ahora? El presente es lo que cuenta. ¿Es mejor? ¿Lo es?
?¡Sí, es mejor!
?¿Por qué?
?Porque conservo mis pensamientos, ¡porque recuerdo! ?gritó Lespere, muy lejos, indignado, apretando los recuerdos a su pecho con ambas manos.
Y estaba en lo cierto. Hollis lo comprendió mientras una sensación fría como el hielo fluía por todo su cuerpo. Existían diferencias entre los recuerdos y los sueños. A él sólo le quedaban los sueños de las cosas que había deseado hacer, pero Lespere recordaba cosas hechas, consumadas. Este pensamiento empezó a desgarrar a Hollis con una precisión lenta, temblorosa.
?¿Y para qué te sirve eso? ?gritó a Lespere?. ¿De qué te sirve ahora? Lo que llega a su fin ya no sirve para nada. No estás mejor que yo.
?Estoy tranquilo ?contestó Lespere?. Tuve mi oportunidad. Y ahora no me vuelvo perverso, como tú.
?¿Perverso?
Hollis meditó. Nunca, en toda su vida, había sido perverso. Nunca se había atrevido a serlo. Durante muchos años debió de haber estado guardando su perversidad para una ocasión como la actual. "Perverso". La palabra martilleó en su mente. Se le saltaron las lágrimas y resbalaron por su cara.
?Cálmate, Hollis.
Alguien había escuchado su voz sofocada.
Era completamente ridículo. Tan sólo un momento antes, había estado aconsejando a otros, a Stimson... Había sentido coraje y creído que era auténtico. Pero, ahora lo comprendía, no se trataba más que de conmoción, y de la "serenidad", que puede acompañarla. Y ahora trataba de condensar toda una vida de emociones reprimidas en un intervalo de minutos.
?Sé lo que sientes, Hollis ?dijo Lespere, ya a treinta mil kilómetros de distancia, con una voz cada vez más apagada?. No me has ofendido.
"Pero, ¿no somos iguales? ?se preguntó un aturdido Hollis?. ¿Lespere y yo? ¿Aquí, ahora? Si algo ha terminado, ya está hecho. ¿Qué tiene de bueno, entonces? Los dos moriremos, de una forma o de otra."
Pero Hollis sabía que todo aquello era puro raciocinio. Era como intentar explicar la diferencia entre un hombre vivo y un cadáver: uno poseía una chispa, un aura, un elemento misterioso, y el otro no.
Y lo mismo ocurría con Lespere y él. Lespere había vivido enteramente, y ello le convertía ahora en un hombre diferente. Y él, Hollis, había estado muerto durante muchos años. Se acercaban a la muerte siguiendo distintos caminos y, con toda probabilidad, si existieran varios tipos de muertes, el de Lespere y el suyo serían tan diferentes como la noche y el día. La cualidad de la muerte, como la de la vida, debe ser de una variedad infinita. Y si uno ya ha muerto una vez, ¿por qué preocuparse de morir para siempre, tal como estaba muriendo él ahora?
Un momento después descubrió que su pié derecho había desaparecido. Estuvo a punto de reír. El aire por segunda vez había escapado de su traje. Se inclinó rápidamente y vio salir la sangre. El meteorito había cortado la carne y el traje hasta el tobillo. Oh, la muerte en el espacio era humorística: te despedaza poco a poco, cual tétrico e invisible carnicero. Hollis apretó la válvula de la rodilla. Sentía dolor y mareo. Luchó por no perder la conciencia, apretó más la válvula y contuvo la sangre, conservando el aire que le quedaba. Se enderezó y prosiguió su caída. No podía hacer más.
?¿Hollis?
Hollis respondió cansinamente, harto de aguardar la muerte.
?Aquí Applegate de nuevo ?dijo la voz.
?Sí.
?He estado pensando, y escuchándote. Esto no va bien. Nos convierte en perversos. Es una forma de morir muy mala, nos saca toda la maldad que llevamos dentro. Hollis, ¿me escuchas?
?Sí
?Te mentí. Hace un momento. Te mentí. No voté contra ti. No sé por qué lo dije. Creo que deseaba hacerte daño. Parecías el más indicado. Siempre nos hemos peleado, Hollis. Creo que me estoy haciendo viejo de repente, arrepintiéndome. Guando oí que tú eras un perverso me avergoncé. Es igual, quiero que sepas que yo también fui un idiota. No hay ni pizca de verdad en todo lo que dije. Y vete al infierno.
Hollis sintió que su corazón volvía a latir. Había estado parado durante cinco minutos. Ahora, todos sus miembros recuperaron el calor. La conmoción había terminado, y los sucesivos ataques de cólera, terror y soledad iban disipándose. Era un hombre recién salido de una ducha fría matutina, listo para desayunar y enfrentarse a un nuevo día.
?Gracias, Applegate.
?No hay de qué. Y anímate, bobo.
?¿Dónde está Stimson? ¿Cómo se encuentra?
?¿Stimson?
Todos escuchaban atentamente:
?Debe de haber muerto.
?No lo creo. ¡Stimson!
Volvieron a escuchar.
Y oyeron una respiración dificultosa, lejana, lenta...
?Es él. Escuchad.
?¡Stimson!
Nadie respondió.
Sólo podían oír una respiración lenta y bronca.
?No contestará.
?Ha perdido el conocimiento. Dios le ayude.
?Es él, escuchad.
Una respiración apenas audible, el silencio.
?Está encerrado como una almeja. Encerrado en sí mismo, haciendo una perla. Consideradlo así, todo tiene su poesía. Él es más feliz que nosotros.
Stimson flotaba en la lejanía. Todas lo escucharon.
?¡Eh! ?dijo Stone.
?¿Qué?
Hollis había contestado con toda su fuerza. Stone, más que ningún otro, era un buen amigo.
?Estoy entre un enjambre de meteoritos, pequeños asteroides.
?¿Meteoritos?
?Creo que es el grupo de Mirmidón, que se desplaza entre Marte y la Tierra y tarda cien años en recorrer su órbita. Me encuentro justo en el medio. Es como un calidoscopio gigante. Hay colores, formas y tamaños de todos los tipos. ¡Dios mío, que hermoso es todo esto!
Silencio.
?Me voy con ellos ?prosiguió Stone?. Me llevan con ellos. Estoy condenado. ?Y se rió de buena gana.
Hollis trató de ver algo, pero sin conseguirlo. Allí sólo había las grandes joyas del espacio, los diamantes, los zafiros, las nieblas de esmeraldas y las tintas de terciopelo del espacio, y la voz de Dios confundiéndose entre los resplandores cristalinos. Era algo increíble y maravilloso pensar en Stone acompañando al enjambre de meteoritos. Iría más allá de Marte y volvería a la Tierra cada cinco años. Entraría y saldría de las órbitas de los planetas durante las siguientes miles y miles de años. Stone y el enjambre de Mirmidón, eternos e infinitos, girarían y se modelarían como los colores del calidoscopio de un niño cuando éste levanta el tubo hacia el sol y lo va girando.
?Adiós, Hollis. ?La voz de Stone, ya muy debilitada?. Adiós.
?Buena suerte ?gritó Hollis, a cincuenta mil kilómetros de distancia.
?No te hagas el gracioso ?dijo Stone.
Silencio. Las estrellas se unían más y más entre ellas.
Todas las voces, iban apagándose. Todas y cada una seguían su propia ruta; unas hacia el Sol, otras hacia el espacio remoto. Como el mismo Hollis. Miró hacia abajo. Él, y sólo él, volvía solitario a la Tierra.
?Adiós.
?Tómatelo con calma.
?Adiós, Hollis ?dijo Applegate.
Adioses innumerables, despedidas breves. El gran cerebro, extraviado, se desintegraba. Los componentes de aquel cerebro, que habían trabajado con eficiencia y perfección dentro de la caja craneal de la nave espacial, cuando ésta aún surcaba el espacio, morían uno a uno. Todo el significado de sus vidas saltaba hecho añicos. Igual que el cuerpo muere cuando el cerebro deja de funcionar, el espíritu de la nave, todo el tiempo que habían pasado juntos, lo que los unos significaban para los otros, todo eso moría. Applegate ya no era más que un dedo arrancado del cuerpo paterno, ya nunca más sería motivo de desprecio o intrigas. El cerebro había estallado y sus fragmentos inútiles, faltos de misión que cumplir, se desperdigaban. Las voces desaparecieron y el espacio quedó en silencio. Hollis estaba solo, cayendo.
Todos estaban solos. Sus voces se habían desvanecido como los ecos de palabras divinas vibrando en el cielo estrellado. El capitán marchaba hacia el Sol. Stone se alejaba entre la nube de meteoritos, y Stimson, encerrado en sí mismo. Applegate iba hacia Plutón. Smith, Turner, Underwood... Los restos del calidoscopio, las piezas de lo que otrora fue algo coherente, se esparcían por el espacio.
"¿Y yo? ?pensó Hollis?. ¿Qué puedo hacer?. ¿Puedo hacer algo para compensar una vida terrible y vacía? Si pudiera hacer algo para reparar la mezquindad de todos estos años, el absurdo del que ni siquiera me daba cuenta... Pero no hay nadie aquí. Estoy solo. ¿Cómo hacer algo que valga la pena cuando se está solo? Es imposible. Mañana por la noche me estrellaré contra la atmósfera de la Tierra. Arderé, y mis cenizas se esparcirán por todos los continentes. Seré útil. Sólo un poco, pero las cenizas son cenizas y se mezclarán con la tierra."
Caía rápidamente, como una bala, como un guijarro, como una pesa metálica. Sereno, ni triste ni feliz... Lo único que deseaba, cuando todos los demás se habían ido, era hacer algo válido, algo que sólo él sabría.
"Cuando entre en la atmósfera, arderé como un meteoro."
?Me pregunto si alguien me verá ?dijo en voz alta.
Desde un camino, un niño alzó la vista hacia el cielo.
?¡Mira, mamá! ¡Mira! ?gritó?. ¡Una estrella fugaz!
La estrella blanca, resplandeciente, caía en el polvoriento cielo de Illinois.
?Pide un deseo ?dijo la madre del niño?. Pide un deseo.

sábado, noviembre 04, 2006

Las doradas manzanas del sol

Por Ray Bradbury


? Al sur ?dijo el capitán.

? Pero ?dijo la tripulación? no hay direcciones aquí en el espacio.

? Cuando uno viaja hacia el sol ?replicó el capitán?, y todo se hace amarillo y ardiente y perezoso, entonces uno va en una única dirección.

Cerró los ojos y pensó en las tierras lejanas, cálidas y humeantes, y el aliento se le movió suavemente en la boca.

? Al sur. ?Asintió levemente con un movimiento de cabeza?. Al sur.

El cohete era el Copa de Oro1, llamado también el Prometeo y el Ícaro, y su destino era el deslumbrante sol del mediodía. Había cargado dos mil limonadas y mil botellas de cerveza para este viaje al vasto Sahara. Y ahora que el sol hervía ante ellos recordaron una serie de citas.

? ¿Las doradas manzanas del sol?

? Yeats.

? ¿No temas más el calor del sol?

? ¡Shakespeare, por supuesto!

? ¿La taza de oro? Steinbeck. ¿La olla de oro? Stephens. ¿Y el pote de oro al pie del arco iris? ¡Un nombre para nuestra trayectoria! ¡Arco iris!

? ¿Temperatura?

? ¡Mil grados centígrados!

El capitán miró por la ancha y oscura ventanilla, y allí ciertamente estaba el sol, e ir hacia él y tocarlo y robarle una parte para siempre era su única y tranquila idea.

La nave combinaba lo frescamente delicado y lo fríamente práctico. En los corredores de hielo y escarcha, soplaban vientos de amoníaco y tormentosos copos de nieve.

Cualquier chispa del vasto horno que ardía más allá del duro casco de la nave, cualquier hálito de fuego encontraría el invierno, dormitando aquí, como las más frías horas de febrero.

El audio-termómetro murmuró en el silencio ártico:

? Temperatura: ¡dos mil grados!

«Caemos ?pensó el capitán? como un copo de nieve en el regazo de junio, el cálido julio y los sofocantes y secos días de agosto.»

? ¡Tres mil grados centígrados!

Los motores se apresuraron bajo campos de nieve, los refrigerantes corrieron a diez mil kilómetros por hora por las bocas de las serpentinas.

? Cuatro mil grados centígrados.

Mediodía. Verano. Julio.

? ¡Cinco mil grados!

Y al fin el capitán habló con toda la serenidad del viaje en su voz:

? Ahora estamos tocando el sol.

Los ojos del capitán eran de oro fundido.

? ¡Siete mil grados!

¡Cómo un termómetro mecánico podía parecer excitado, aunque sólo tuviera una voz de acero, sin emoción!

? ¿Qué hora es? ?preguntó alguien.

Todos tuvieron que reírse.

Pues ahora sólo era el sol y el sol y el sol. El sol era todos los horizontes, todas las direcciones. Quemaba los minutos, los segundos, los relojes de arena, los relojes mecánicos; quemaba el tiempo y la eternidad. Quemaba las pestañas y el suero del mundo oscuro detrás de los párpados, la retina, el oculto cerebro, y quemaba el sueño y los dulces recuerdos del sueño y la frescura del anochecer.

? ¡Cuidado!

? ¡Capitán!

Bretton, el primer piloto, cayó boca abajo en la cubierta. Su traje protector estalló y silbó, y su temperatura, su oxígeno y su vida asomaron abriéndose como un capullo de vapor escarchado.

? ¡De prisa!

En el interior de la careta plástica de Bretton, unos lechosos cristales se habían depositado ya formando ciegas figuras. Se inclinaron a mirar.

? Un defecto en el traje, capitán. Muerto.

? Helado.

Miraron el otro termómetro que mostraba cómo vivía el invierno en aquel barco de nieves. Mil grados bajo cero. El capitán observó la estatua de escarcha y los centelleantes cristales que se formaban sobre el cuerpo. Una ironía de la más fría especie, pensó; un hombre que teme el fuego y que muere por la escarcha.

Se volvió.

? No hay tiempo. No hay tiempo. Déjenlo ahí. ?Sintió que se le movía la lengua?. ¿Temperatura?

Las agujas saltaron cuatro mil grados.

? Mire. ¿Quiere mirar? Mire.

El hielo de la nave se hundía.

El capitán torció la cabeza para mirar el cielo raso.

Como si una cámara cinematográfica hubiese proyectado en el interior de su cabeza un único y claro recuerdo, descubrió que la mente se le había detenido de un modo ridículo, en una escena arrancada de la infancia.

En una mañana de primavera se había asomado a la ventana de su dormitorio, al aire que olía a nieve, para ver el centelleo del sol en el último carámbano del invierno. Una gota de vino blanco, la sangre del fresco pero tibio abril cayó de la clara hoja de cristal. Minuto a minuto, el arma de diciembre era menos peligrosa. Y luego el hielo se precipitó con el sonido de una campanilla en el sendero de grava.

? La bomba auxiliar se ha roto, señor. La de refrigeración. ¡Perdemos el hielo!

Una lluvia cálida cayó sobre ellos. El capitán torció la cabeza a la derecha y a la izquierda.

? ¿No pueden descubrir la falla? ¡Cristo, no se queden ahí, no tenemos tiempo!

Los hombres se apresuraron. El capitán se inclinó en la lluvia tibia, maldiciendo, sintió que sus manos corrían por la fría máquina, sintió que palpaban y buscaban, y mientras trabajaba vio un futuro que les quitaban con un simple soplo. Vio que la piel se desprendía de la colmena del cohete, y que los hombres así descubiertos, corrían, corrían, las bocas abiertas, chillando, sin sonidos. El espacio era un negro pozo musgoso donde la vida ahogaba sus rugidos y terrores. Uno podía iniciar un gran grito, pero el espacio lo apagaba antes que llegase a la garganta. Los hombres se escabullían, como hormigas en una caja de cerillas en llamas; el barco era lava chorreante, borbotones de vapor, ¡nada!

? ¿Capitán?

La pesadilla se desvaneció.

? Aquí. ?El capitán trabajaba en la suave lluvia cálida que caía desde las cubiertas superiores. Buscó a tientas la bomba auxiliar?. ¡Maldita sea! ?Tiró de la línea de alimentación.

Cuando llegara, sería la muerte más rápida en la historia de las agonías. En un momento, un aullido, en seguida, un ardiente resplandor, el billón de billones de toneladas de espacio-fuego suspiraría y nadie lo oiría en el espacio. Caerían como cerezas en un horno. Aun sus pensamientos estarían en el aire calcinado cuando sus cuerpos ya no fuesen más que carbones y gas fluorescente.

? ¡Maldición! ?Golpeó con un destornillador la bomba auxiliar?. ¡Jesús!

Se estremeció. Cerró los ojos, apretando los dientes. Dios, pensó, estamos hechos para muertes más lentas, que se miden en minutos y horas. Aun veinte segundos serían algo bastante lento comparado con esta cosa hambrienta e idiota que quiere devorarnos.

? Capitán, ¿seguimos navegando o nos detenemos aquí?

? Tenga lista la Copa. Ya me encargaré cuando termine con esto. ¡Ahora!

Se volvió y extendió la mano hacia los mecanismos de la gran Copa; metió los dedos en el guante robot. Una leve torsión de su mano aquí movía allá una gigantesca mano, con gigantescos dedos metálicos, en las entrañas de la nave. Ahora, ahora, la enorme mano metálica sostenía la vasta Copa de Oro, sin aliento, en el alto horno, el cuerpo incorpóreo y la carne descarnada del sol.

Un millón de años atrás, pensó el capitán, rápidamente, rápidamente, mientras movía la mano y la Copa, un millón de años atrás un hombre desnudo en una solitaria senda norteña vio un rayo que hería un árbol. Su clan huyó, pero él con las manos desnudas recogió una rama ardiente, quemándose la carne de los dedos, y la llevó, corriendo, triunfante, amparándola de la lluvia con el cuerpo, hasta su caverna. Allí gritó una carcajada y arrojó la llama a un montón de hojas secas y le dio a su gente el verano. Y la tribu se acercó al fin, arrastrándose, al fuego, y extendió las manos vacilantes y sintió la nueva estación en la caverna, aquella mancha amarilla que cambiaba el clima, y ellos también, al fin, sonrieron nerviosamente. Y recibieron el don del fuego.

? ¡Capitán!

La enorme mano tardó cuatro segundos en llevar la Copa vacía al fuego. Así que aquí estamos otra vez, hoy, en otro camino, pensó el capitán, en busca de una preciosa copa de gas y vacío, un puñado de fuego distinto para llevárnoslo luego a través del espacio frío, un fuego que nos iluminará el camino, un don que entregaremos a la Tierra, donde arderá siempre. ¿Por qué?

Supo la respuesta antes de preguntárselo.

Porque los átomos que trabajamos con nuestras manos en la Tierra, son lastimosos; la bomba atómica es lastimosa y pequeña, y nuestro conocimiento, lastimoso y pequeño, y sólo el sol sabe realmente lo que queremos saber, y sólo el sol conoce el secreto. Y además, es divertido, es un juego, es excitante venir aquí y jugar a cara o cruz, y tirar y correr. No hay motivo realmente, excepto el orgullo y la vanidad del menudo insecto que es el hombre, que espera picar al león y escapar al zarpazo. ¡Dios mío, diremos, lo hicimos! Y aquí está nuestra copa de energía, fuego, vibración, llámenlo como quieran, que animará nuestras ciudades e impulsará nuestros barcos e iluminará nuestras bibliotecas y tostará a nuestros niños y horneará nuestro pan de todos los días y hará hervir a fuego lento el conocimiento del Universo durante mil años hasta que esté bien cocido. Hombres de la ciencia y la religión, venid, ¡bebed de esta copa! Calentaos contra la noche de la ignorancia, las largas nieves de la superstición, los fríos vientos del escepticismo y el gran temor a la oscuridad que se alberga en el corazón de todo hombre. Extendamos la mano con la copa del mendigo...

? Ah.

La Copa se hundió en el sol. Recogió un poco de la carne de Dios, la sangre del Universo, el pensamiento deslumbrante, la cegadora filosofía que habría amamantado a una galaxia, que guiaba y llevaba a los planetas por sus campos y emplazaba o acallaba vidas y subsistencias.

? Ahora, despacio ?murmuró el capitán.

? ¿Qué pasará cuando la traigamos adentro? Ese calor extra ahora, en este momento, capitán...

? Dios sabe.

? La bomba auxiliar está reparada, señor.

? ¡Pónganla en marcha!

La bomba dio un salto.

? Cierren la tapa de la Copa y tráiganla, despacio, despacio.

La hermosa nave fuera de la nave se estremeció, una tremenda imagen del ademán del capitán entró en un silencio aceitado en el cuerpo de la nave. De la Copa, tapada, gotearon flores amarillas y estrellas blancas. El audio-termómetro chilló. El sistema de refrigeración se sacudió; unos fluidos de amoníaco golpearon las paredes como sangre que golpease en la cabeza de un vociferante idiota.

El capitán cerró la puerta neumática.

? Ahora.

Esperaron. El pulso de la nave se apresuró. El corazón de la nave corrió, latió, corrió, con la Copa de Oro adentro. La sangre fría se precipitó alrededor arriba abajo, alrededor arriba abajo.

El capitán suspiró lentamente.

El hielo dejó de gotear desde el cielo raso. Se endureció otra vez.

? Salgamos de aquí.

La nave giró y escapó.

? ¡Escuchad!

El corazón de la nave latía más lentamente, más lentamente. Las agujas bajaron, chirriando sobre sus ejes invisibles. La voz del termómetro cantó al cambio de las estaciones. Todos pensaban juntos ahora: Alejémonos más y más del fuego y las llamas, el calor y los metales fundidos, el amarillo y el blanco. Vayamos a la frescura y la oscuridad. Dentro de veinticuatro horas quizás hasta podrían desmantelar algunos refrigeradores, dejar que muriese el invierno. Pronto navegarían en una noche tan fría que sería necesario recurrir al nuevo horno de la nave, sacar calor del fuego abroquelado que llevaban como un niño que aún no ha nacido.

Volvían a sus casas.

Volvían a sus casas, y el capitán tuvo tiempo entonces, mientras atendía el cuerpo de Bretton, que yacía en una playa de blanca nieve invernal, de recordar un poema que él mismo había escrito muchos años antes:



A veces el sol es un árbol en llamas,

su fruto dorado brilla en el aire tenue,

en sus manzanas habitan la gravedad y el hombre,

el hálito de su culto crece y se extiende

cuando el hombre ve el sol como un árbol en llamas...



El capitán se quedó un rato junto al cuerpo, sintiendo muchas cosas distintas. «Me siento triste ?pensó? y me siento bien, y me siento como un niño que vuelve de la escuela a su casa con ramo de dientes de león.»

? Bueno ?dijo, con los ojos cerrados, suspirando?. Bueno, ¿a dónde iremos ahora, eh, a dónde vamos? ?Sintió que sus hombres, sentados o de pie, lo rodeaban, el terror muerto en sus rostros, respirando tranquilamente?. Cuando uno ha hecho un largo, largo viaje hasta el sol, y lo ha tocado y se ha demorado, y ha saltado a su alrededor, y se ha alejado rápidamente, ¿a dónde va uno entonces? Cuando uno se aleja del calor y la luz del mediodía y la pereza, ¿a dónde va?

Sus hombres esperaron a que lo dijera. Esperaron a que él reuniese en su mente toda la frescura y la blancura y el clima refrescante y bienvenido de la palabra, y vieron cómo movía la palabra en la boca, suavemente, como un trozo de crema helada.

? Hay sólo una dirección en el espacio desde aquí ?dijo al fin.

Los hombres esperaron. Esperaron mientras la nave se hundía rápidamente en la fría oscuridad, alejándose de la luz.

? El norte ?murmuró el capitán?. El norte.

Y todos sonrieron, como si un viento se hubiese alzado de pronto en una tarde calurosa.



1 En castellano en el original

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