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domingo, diciembre 31, 2006

Títulos de Crónicas Marcianas

miércoles, diciembre 27, 2006

Las cenizas del tiempo - Truffaut y Fahrenheit 451

«Era un placer quemar.
Era un placer especial ver cosas devoradas, ver cosas ennegrecidas y cambiadas. Empuñando la embocadura de bronce, esgrimiendo la gran pitón que escupía un kerosene venenoso sobre el mundo, sintió que la sangre le golpeaba las sienes, y que las manos, como las de un sorprendente director que ejecuta las sinfonías del fuego y los incendios, revelaban los harapos y las ruinas carbonizadas de la historia»

Ray Bradbury

Si ha habido un nombre influyente en la cinefilia mundial en el último medio siglo, ese ha sido el de François Truffaut. Y esta aportación capital la hizo desde la sencillez, alejada de los galimatías culteranos de otros colegas integrantes de la nouvelle vague. Aunque quizás alguien pediría una matización al respecto: ¿no sería más acertado invocar la figura de André Bazin, mentor, protector y sucedáneo de la figura paterna? Emparejados como Sócrates y Platón, maestro y discípulo encarrilaron una nueva forma de ver y entender el cine, intercambio que se vio truncado por la prematura muerte de André, el 11 de noviembre de 1958.

Eso no quita que a lo largo de su vida le pillásemos en fragantes renuncios, como acostumbra a sucederles a quienes opinan de todo desde muy jóvenes. Sus avatares como crítico están repletos de comentarios malévolos, de vehementes discursos que algunos terminarían usando contra el Truffaut director. El se defendía de esta manera: «ya sé que tengo todo el aire de contradecirme, porque lo que nosotros hacíamos era muy apasionado, pero era normal entonces, pues necesitábamos destruir ciertas cosas, hacer que la gente se apasionara por otras, necesitábamos absolutamente hacer ruido.» (1).

El hombre que prefería el reflejo de la vida a la vida misma realizó esta su primera y última película en inglés en respuesta a una de sus pasiones más longevas y sentidas: los libros. «Films-libros, libros-films, tal es el engranaje de mi vida puesto que mi amor gemelo por los libros y por los films me ha llevado a rodar 'Jules et Jim', homenaje a un libro particular, o también 'Farenheit 451' que los engloba a todos.»

La fantasía original salió de la privilegiada testa de Ray Bradbury (Illinois, 1920), escritor especializado en la anticipación científica pre-ciberpunk, ya saben: mundos infelices progresivamente deshumanizados donde la tecnología se dedica a castrar emocionalmente al individuo. Las ocupaciones de este narrador de pesadillas han sido variopintas, desde que a los doce años decidiese que iba a escribir cada día no menos de cuatro horas: el mundo del teatro, la escritura de guiones cinematográficos, para la radio y televisión... Yo estaría por recomendarles directamente sus poesías, pero los que de esto entienden señalan como señeros (amén de su Farenheit 451 (1953)), Crónicas marcianas (1950), Leviatán 99 (1966) y Mucho después de la medianoche (1977).

En un futuro no muy lejano, la especie humana ha dado el salto evolutivo "definitivo": prescindir de los libros y volcarse en la evasión desprejuiciada de la pantalla (algo impensable en la actualidad, donde Negro sobre Blanco, Metrópolis o Días de Cine copan los primeros puestos del share, en detrimento de Salsa Rosa, Corazón, Corazón y demás programas marginados por un público responsable y selectivo). Lo más grande que le puede pasar a un habitante de este plató donde el drama está vetado es tener sus quince minutos de gloria catódicos, desarrollando algún papelito en el psico-reality de turno... recuérdese que estoy hablando de una ficción que se ha demostrado a todas luces exagerada, hiperbólica, casi demencial.

Este auténtico paraíso de Chabelis y Pocholos cuenta con una policía para velar por el analfabetismo colectivo. Nada más y nada menos que el cuerpo de bomberos, reconvertido en una expeditiva unidad que a golpe de llamarada y hoguera de campamento da buena cuenta de revistas, volúmenes y demás ejemplares capaces de deformar la mente de niños y adultos.

¡Si es que es verdad! Con lo difícil que ha sido la conquista de la felicidad masiva, como para que la gente vaya por ahí devorando historias poco edificantes, dándole vueltas al tarro y elucubrando sobre la condición humana, por culpa de cuatro plumillas de tres al cuarto. Una aberración, vamos. Menos mal que nuestro sapientísimo Estado ha sabido tomar las medidas adecuadas... (por cierto, si le echan un vistazo al plan de estudios de sus hijos quizás lleguen a la conclusión de que la conspiración hace tiempo que comenzó. Por si acaso, vayan poniendo a buen recaudo lo más selecto de sus bibliotecas en el falso techo).

Existen, con todo, pequeños núcleos resistentes dispersos por la gran ciudad. La gente se las apaña para esconder el perverso material en los lugares más insospechados, tratando de burlar los exhaustivos registros de los bomberos pirómanos. Pocas veces lo consiguen, porque en sus filas hay gente muy profesional, verdaderos amantes de su oficio...

Es el caso de Montag, que se complica la vida trabando conocimiento con una lectora dispuesta a contagiarle tamaño vicio. Su horrorizada esposa verá como el muy insensato comienza a devorar libros, sin dejar de preguntarse qué habrá hecho ella para tener que cargar con semejante cruz. ¿No podría haberle salido borracho, como el vecino del tercero?

Imagínense la esquizofrenia que provoca tener que seguir quemando los libros que ahora uno venera. El doble juego no durará mucho: no tardará en recibir la cordial visita de sus compañeros de trabajo, dispuestos a montar una fiesta de las buenas en su casa, con la garrafa de gasolina y unas cuantas cerillas. Nuestro héroe apenas tiene tiempo de huir despavorido, vagando entre la nieve.

En el exilio helado, Montag conocerá a hombres dedicados a la perpetuación del recuerdo, a evitar que caiga en el olvido el conocimiento acumulado en siglos de caligrafía e impresión. En un retorno al medioevo -elemento común a tantas y tantas vitriólicas aproximaciones al futuro por parte de la ciencia-ficción-, la transmisión del saber vuelve a hacerse de forma oral, memorizando novelas que a su vez serán aprendidas por aplicados pupilos en la hora en que a uno le toque morir (y junto a uno, la posibilidad de que perezca un libro, un mundo entero).

Fahrenheit 451 no es solamente la temperatura a la que arde el papel de los libros. Es también una de las películas por las que más palos le llovieron a su director, embarcado en una aventura que le llevo cuatro años, con continuas reescrituras del guión. Cuentan que el protagonista (el Oscar Werner de Dos hombres y una mujer (Jules et Jim, 1961) en substitución de Paul Newman, primera de las opciones barajadas (2)), no se llevaba precisamente bien con su parternaire...

Algunas de las dificultades con las que se encontró rallaban directamente en lo absurdo. "Los abogados hollywoodenses de la Universal querían que no se quemaran los libros de Faulkner, Sartre, Proust, Genet, Salinger, Audiberti...: "Limítese a los libros que pertenezcan al dominio público", decían por temor a eventuales demandas". Súmese a esto que el tiempo ha hecho mella en algunas soluciones formales adoptadas por su director, quedando ciertamente kitsch determinados efectos especiales.

Pero quedémonos con lo bueno. Esos títulos de crédito leídos en voz alta (¿para ese espectador del futuro que ya no sabrá leer?), la música de Bernard Hermann, el desdoblamiento de una impecable Julie Christie y, en definitiva, el rotundo homenaje a la literatura de un hombre que amaba a los libros... casi tanto como a las mujeres.

«La sola sospecha de que en el futuro el arte resultará devorado por la ciencia me angustia. Todos los días topamos con personas que desean la destrucción de la sabiduría humanista recogida por los hombres para poder manejar a éstos como máquinas. Hitler, sin ir mas lejos. El tema de Fahrenheit 451 surgió de esta obsesión y del descubrimiento de un documento de 1790 que exigía a los bomberos norteamericanos la quema de cualquier libro de influencia británica en las colonias. El firmante de esa orden era nada menos que Benjamín Franklin».
Ray Bradbury (3)

(1) "La nouvelle vague. Sus protagonistas". Varios autores. Colección la memoria del cine. Editorial Paidós. Pág. 72

(2) www.truffaut.eternius.com

(3) www.uandes.cl/cineteca

(tomado de http://www.miradas.net/ )

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domingo, diciembre 24, 2006

Trailer de Moby Dick de John Houston, guión de Ray Bradbury

Moby Dick en su versión cinematográfica logró la conjunción de tres de los mejores narradores del siglo XX de Estados Unidos: John Houston en la dirección, Ray Bradbury en el guión y Orson Welles como actor.


Houston dejaría claro posteriormente la importancia que tuvo la literatura en su obra, al finalizar su carrera cinematográfica con una obra maestra en la que adaptaba "Los muertos", el último relato de Dublineses.

De entre todas sus películas Moby Dick tendría un significado especial, sobre el sentido de la cacería de la ballena blanca comentó lo siguiente: "Se ha discutido demasiado sobre el sentido último de Moby Dick, al que se prefiere considerar como un libro secreto, enigmático. Pero en lo que a mí concierne se trata, negro sobre blanco, de una gran blasfemia. (...) Esta película representa sencillamente la más importante declaración de principios que yo haya hecho nunca. Es más, diré que Moby Dick es mi película más importante. ...Moby Dick es una blasfemia. Estoy estupefacto de que nadie haya protestado. Pero la blasfemia es tan esencial en el relato que es preciso aceptarlo forzosamente. Ahab es el hombre que odia a Dios y que ve en la ballena blanca la máscara pérfida del Creador. Considera al Creador como un asesino y se encuentra en la obligación de matarle".

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martes, diciembre 19, 2006

El Dragón

Ray Bradbury, "El dragón", en Remedio para melancólicos.

La noche soplaba en el pasto escaso del páramo. No había ningún otro movimiento. Desde hacía años, en el casco del cielo, inmenso y tenebroso, no volaba ningún pájaro. Tiempo atrás, se habían desmoronado algunos pedruscos convirtiéndose en polvo. Ahora, sólo la noche temblaba en el alma de los dos hombres, encorvados en el desierto, junto a la hoguera solitaria; la oscuridad les latía calladamente en las venas, les golpeaba silenciosamente en las muñecas y en las sienes.
Las luces del fuego subían y bajaban por los rostros despavoridos y se volcaban en los ojos como jirones anaranjados. Cada uno de los hombres espiaba la respiración débil y fría y los parpadeos de lagarto del otro. Al fin, uno de ellos atizó el fuego con la espada.
-¡No, idiota, nos delatarás!
-¡Qué importa! -dijo el otro hombre-. El dragón puede olernos a kilómetros de distancia. Dios, hace frío. Quisiera estar en el castillo.
-Es la muerte, no el sueño, lo que buscamos . . .
-¿Por qué? ¿Por qué? ¡El dragón nunca entra en el pueblo!
-¡Cállate, tonto! Devora a los hombres que viajan solos desde nuestro pueblo al pueblo vecino.
-¡Que se los devore y que nos deje llegar a casa!
-¡Espera, escucha!
Los dos hombres se quedaron quietos.
Aguardaron largo tiempo, pero sólo sintieron el temblor nervioso de la piel de los caballos, como tamboriles de terciopelo negro que repicaban en las argollas de plata de los estribos, suavemente, suavemente.
-Ah . . . -El segundo hombre suspiró-. Qué tierra de pesadillas. Todo sucede aquí. Alguien apaga el sol; es de noche. Y entonces, y entonces, ¡oh, Dios, escucha! Este dragón dicen que tiene ojos de fuego, y un aliento de gas blanquecino; se lo ve arder a través de los páramos oscuros. Corre echando rayos y azufre, quemando el pasto. Las ovejas, aterradas, enloquecen y mueren. Las mujeres dan a luz criaturas monstruosas. La furia del dragón es tan inmensa que los muros de las torres se conmueven y vuelven al polvo. Las víctimas, a la salida del sol, aparecen dispersas aquí y allá, sobre los cerros. ¿Cuántos caballeros, pregunto yo, habrán perseguido a este monstruo y habrán fracasado, como fracasaremos también nosotros?
-¡Suficiente te digo!
-¡Más que suficiente! Aquí, en esta desolación, ni siquiera sé en qué año estamos.
-Novecientos años después de Navidad.
-No, no -murmuró el segundo hombre con los ojos cerrados-. En este páramo no hay Tiempo, hay sólo Eternidad. Pienso a veces que si volviéramos atrás, el pueblo habría desaparecido, la gente no habría nacido todavía, las cosas estarían cambiadas, los castillos no tallados aún en las rocas, los maderos no cortados aún en los bosques; no preguntes cómo sé; el páramo sabe y me lo dice. Y aquí estamos los dos, solos, en la comarca del dragón de fuego. ¡Qué Dios nos ampare!
-¡Si tienes miedo, ponte tu armadura!
-¿Para qué? El dragón sale de la nada; no sabemos dónde vive. Se desvanece en la niebla; quién sabe a dónde va. Ay, vistamos nuestra armadura, moriremos ataviados.
Enfundado a medias en el corselete de plata, el segundo hombre se detuvo y volvió la cabeza.
En el extremo de la oscura campiña, henchido de noche y de nada, en el corazón mismo del páramo, sopló una ráfaga arrastrando ese polvo de los relojes que usaban polvo para contar el tiempo. En el corazón del viento nuevo había soles negros y un millón de hojas carbonizadas, caídas de un árbol otoñal, más allá del horizonte. Era un viento que fundía paisajes, modelaba los huesos como cera blanda, enturbiaba y espesaba la sangre, depositándola como barro en el cerebro. El viento era mil almas moribundas, siempre confusas y en tránsito, una bruma en una niebla de la oscuridad; y el sitio no era sitio para el hombre y no había año ni hora, sino sólo dos hombres en un vacío sin rostro de heladas súbitas, tempestades y truenos blancos que se movían por detrás de un cristal verde: el inmenso ventanal descendente, el relámpago. Una ráfaga de lluvia anegó la hierba; todo se desvaneció y no hubo más que un susurro sin aliento y los dos hombres que aguardaban a solas con su propio ardor, en un tiempo frío.
-Mira . . . -murmuró el primer hombre-. Oh, mira, allá . . .
A kilómetros de distancia, precipitándose, un cántico y un rugido, el dragón.
Los hombres vistieron las armaduras y montaron los caballos, en silencio. Un monstruoso ronquido quebró la medianoche desierta, y el dragón, rugiendo, se acercó, y se acercó todavía más. La deslumbrante mirada amarilla apareció de pronto en lo alto de un cerro, y en seguida, desplegando un cuerpo oscuro, lejano, impreciso, pasó por encima del cerro y se hundió en un valle.
-¡Pronto!
Espolearon las cabalgaduras hasta un claro.
-¡Por aquí pasa!
Los guanteletes empuñaron las lanzas y las viseras cayeron sobre los ojos de los caballeros.
-¡Señor!
-Sí, invoquemos su nombre.
En ese instante, el dragón rodeó un cerro. El monstruoso ojo ambarino se clavó en los hombres, iluminando las armaduras con destellos y resplandores bermejos. Hubo un terrible alarido quejumbroso, y un ímpetu demoledor, y la bestia prosiguió su carrera.
-¡Dios misericordioso!
La lanza golpeó bajo el ojo amarillo sin párpado, y el hombre voló por el aire. El dragón se le abalanzó, lo derribó, lo aplastó, y el hombro negro lanzó al otro jinete a unos treinta metros de distancia, contra la pared de una roca. Gimiendo, gimiendo siempre, el dragón pasó, vociferando, todo fuego alrededor y debajo: un sol rosado, amarillo, naranja, con plumones suaves de humo enceguecedor.
-¿Viste? -gritó una voz-. ¿No te lo había dicho?
-¡Sí! ¡Sí! ¡Un caballero con armadura! ¡Lo atropellamos!
-¿Vas a detenerte?
-Me detuve una vez; no encontré nada. No me gusta detenerme en este páramo. Me pone la carne de gallina. No sé qué siento.
-Pero atropellamos algo.
-El tren silbó un buen rato; el hombre no se movió.
Una ráfaga de humo dividió la niebla.
-Llegaremos a Stokely a horario. Más carbón, ¿eh, Fred?
Un nuevo silbido, que desprendió el rocío del cielo desierto. El tren nocturno, de fuego y furia, entró en un barranco, trepó por una ladera y se perdió a lo lejos sobre la tierra helada, hacia el Norte, desapareciendo para siempre y dejando un humo negro y un vapor que pocos minutos después se disolvieron en el aire quieto.

sábado, diciembre 16, 2006

Bradbury sobre John Houston

Ray Bradbury fue el guionista de una de las obras maestras de John Houston: Moby Dick.

Llamadme Ismael. Hace unos años -no importa cuánto hace exactamente-, teniendo poco o ningún dinero en el bolsillo, y nada en particular que me interesara en tierra, pensé que me iría a navegar un poco por ahí, para ver la parte acuática del mundo. Es un modo que tengo de echar fuera la melancolía y arreglar la circulación. Cada vez que me sorprendo poniendo una boca triste; cada vez que en mi alma hay un nuevo noviembre húmedo y lloviznoso; cada vez que me encuentro parándome sin querer ante las tiendas de ataúdes; y, especialmente, cada vez que la hipocondria me domina de tal modo que hace falta un recio principio moral para impedirme salir a la calle con toda deliberación a derribar metódicamente el sombrero a los transeúntes, entonces, entiendo que es más que hora de hacerme a la mar tan pronto como pueda. Es mi sustituto de la pistola y la bala. Catón se arroja sobre su espada, haciendo aspavientos filosóficos; yo me embarco pacíficamente. No hay en ello nada sorprendente. Si bien lo miran, no hay nadie que no experimente, en alguna ocasión u otra, y en más o menos grado, sentimientos análogos a los míos respecto del océano.

lunes, diciembre 11, 2006

El Regalo, por Ray Bradbury


Mañana sería Navidad, y aún mientras viajaban los tres hacia el campo de
cohetes, el padre y la madre estaban preocupados. Era el primer vuelo por el
espacio del niño, su primer viaje en cohete, y deseaban qeu todo estuviese
bien. Cuando en el despacho de la aduana los obligaron a dejar el regalo,
que excedía el peso límite en no más de unos pocos kilos, y el arbolito con
sus hermosas velas blancas, sintieron que les quitaban la fiesta y el
cariño.
El niño los esperaba en el cuarto terminal. Los padres fueron allá,
murmurando luego de la discusión inútil con los oficiales interplanetarios.
-¿Qué haremos?
-Nada, nada. ¿Qué podemos hacer?
-¡Qué reglamentos absurdos!
-¡Y tanto que deseaba el árbol!
La sirena aulló y la gente se precipitó al cohete de Marte. La madre y el
padre fueron los últimos en entrar, y el niño entre ellos, pálido y
silencioso.
-Ya se me ocurrirá algo- dijo el padre.
-¿Qué?...- preguntó el niño.
Y el cohete despegó y se lanzaron hacia arriba en el espacio oscuro.
El cohete se movió y dejó atrás una estela de fuego, y dejó atrás la Tierra,
un 24 de diciembre de 2052, subiendo a un lugar donde no había tiempo, donde
no había meses, ni años, ni horas. Durmieron durante el resto del primer
"día". Cerca de medianoche, hora terráquea, según sus relojes neoyorquinos,
el niño despertó y dijo:
-Quiero mirar por el ojo de buey.
Había un único ojo de buey, una "ventana" bastante amplia, de vidrio
tremendamente grueso, en la cubierta superior.
-Todavía no- dijo el padre. -Te llevaré más tarde.
-Quiero ver donde estamos y adonde vamos.
-Quiero que esperes por un motivo- dijo el padre.
El padre había estado despierto, volviéndose a un lado y otro, pensando en
el regalo abandonado, el problema de la fiesta, el árbol perdido y las velas
blancas. Al fin, sentandosé, hacía apenas cinco minutos, creyó haber
encontrado un plan. Si lograba llevarlo a cabo este viaje sería en verdad
feliz y maravilloso.
-Hijo- dijo -,dentro de media hora, exactamente, será Navidad.
-Oh- dijo la madre consternada. Había esperado que, de algún modo, el niño
olvidaría.
El rostro del niño se encendió. Le temblaron los labios.
-Ya lo sé, ya lo sé. ¿Tendré un regalo? ¿Tendré un árbol? Me lo
prometieron...
-Sí, sí, todo eso y mucho más- dijo el padre.
-Pero...- empezó a decir la madre.
-Sí- dijo el padre- Sí, de veras. Todo eso y más, mucho más. Perdón, un
momento. Vuelvo enseguida.
Los dejó solos unos veinte minutos. Cuando regresó, sonreía.
-Ya es casi la hora.
-¿Puedo tener tu reloj?- preguntó el niño.
Le dieron el reloj y el niño sostuvo el metal entre los dedos: un resto del
tiempo arrastrado por el fuego, el silencio y el movimiento insensible.
-¡Navidad! ¡Ya es Navidad! ¿Dónde está mi regalo?
-A eso vamos- dijo el padre y tomó al niño por el hombro.
Salieron de la cabina, cruzaron el pasillo y subieron por una rampa. La
madre los seguía.
-No entiendo.
-Ya entenderás. Hemos llegado- dijo el padre.
Se detuvieron frente a la puerta cerrada de una cabina. El padre llamó tres
veces y luego dos, en código. La puerta se abrió y la luz llegó desde la
cabinay se oyó un murmullo de voces.
-Entra, hijo- dijo el padre.
-Está oscuro.
-Te llevaré de la mano. Entra, mamá.
Entraron en el cuarto y la puerta se cerró, y el cuarto estaba, en verdad,
muy oscuro. Y ante ellos se abría un inmenso ojo de vidrio, ojo de buey, una
ventana de un metro y medio de alto y dos metros de ancho, por la que podían
ver el espacio.
El niño se quedó sin aliento.
Detrás, el padre y la madre se quedaron también sin aliento, y entonces en
la oscuridad del cuarto varias personas se pusieron a cantar.
-Feliz Navidad, hijo- dijo el padre.
Y las voces en el cuarto cantaban los viejos,familiares villancicos; y el
niño avanzó lentamente y aplastó la nariz contra el vidrio frío del ojo de
buey. Y allí se quedó largo rato, mirando simplemente el espacio, la noche
profunda, y el resplandor, el resplandor de cien mil millones de
maravillosas velas blancas...


Remedio para melancólicos, Ray Bradbury

sábado, diciembre 09, 2006

Cuento de Navidad

Por Ray Bradbury



El día siguiente sería Navidad y, mientras los tres se dirigían a la estación de naves espaciales, el padre y la madre estaban preocupados. Era el primer vuelo que el niño realizaría por el espacio, su primer viaje en cohete, y deseaban que fuera lo más agradable posible. Cuando en la aduana los obligaron a dejar el regalo porque pasaba unos pocos kilos del peso máximo permitido y el arbolito con sus hermosas velas blancas, sintieron que les quitaban algo muy importante para celebrar esa fiesta. El niño esperaba a sus padres en la terminal. Cuando éstos llegaron, murmuraban algo contra los oficiales interplanetarios.
-¿Qué haremos?
-Nada, ¿qué podemos hacer?
-¡Al niño le hacía tanta ilusión el árbol!
La sirena aulló, y los pasajeros fueron hacia el cohete de Marte. La madre y el padre fueron los últimos en entrar. El niño iba entre ellos, pálido y silencioso.
-Ya se me ocurrirá algo -dijo el padre.
-¿Qué...? -preguntó el niño.
El cohete despegó y se lanzó hacia arriba al espacio oscuro. Lanzó una estela de fuego y dejó atrás la Tierra, un 24 de diciembre de 2052, para dirigirse a un lugar donde no había tiempo, donde no había meses, ni años, ni horas. Los pasajeros durmieron durante el resto del primer "día". Cerca de medianoche, hora terráquea según sus relojes neoyorquinos, el niño despertó y dijo:
-Quiero mirar por el ojo de buey.
-Todavía no -dijo el padre-. Más tarde.
-Quiero ver dónde estamos y a dónde vamos.
-Espera un poco -dijo el padre.
El padre había estado despierto, volviéndose a un lado y a otro, pensando en la fiesta de Navidad, en los regalos y en el árbol con sus velas blancas que había tenido que dejar en la aduana. Al fin creyó haber encontrado una idea que, si daba resultado, haría que el viaje fuera feliz y maravilloso.
-Hijo mío -dijo-, dentro de medía hora será Navidad.
La madre lo miró consternada; había esperado que de algún modo el niño lo olvidaría. El rostro del pequeño se iluminó; le temblaron los labios.
-Sí, ya lo sé. ¿Tendré un regalo? ¿Tendré un árbol? Me lo prometieron.
-Sí, sí. todo eso y mucho más -dijo el padre.
-Pero... -empezó a decir la madre.
-Sí -dijo el padre-. Sí, de veras. Todo eso y más, mucho más. Perdón, un momento. Vuelvo pronto.
Los dejó solos unos veinte minutos. Cuando regresó, sonreía.
-Ya es casi la hora.
-¿Puedo tener un reloj? -preguntó el niño.
Le dieron el reloj, y el niño lo sostuvo entre los dedos: un resto del tiempo arrastrado por el fuego, el silencio y el momento insensible.
-¡Navidad! ¡Ya es Navidad! ¿Dónde está mi regalo?
-Ven, vamos a verlo -dijo el padre, y tomó al niño de la mano.
Salieron de la cabina, cruzaron el pasillo y subieron por una rampa. La madre los seguía.
-No entiendo.
-Ya lo entenderás -dijo el padre-. Hemos llegado.
Se detuvieron frente a una puerta cerrada que daba a una cabina. El padre llamó tres veces y luego dos, empleando un código. La puerta se abrió, llegó luz desde la cabina, y se oyó un murmullo de voces.
-Entra, hijo.
-Está oscuro.
-No tengas miedo, te llevaré de la mano. Entra, mamá.
Entraron en el cuarto y la puerta se cerró; el cuarto realmente estaba muy oscuro. Ante ellos se abría un inmenso ojo de vidrio, el ojo de buey, una ventana de metro y medio de alto por dos de ancho, por la cual podían ver el espacio. El niño se quedó sin aliento, maravillado. Detrás, el padre y la madre contemplaron el espectáculo, y entonces, en la oscuridad del cuarto, varias personas se pusieron a cantar.
-Feliz Navidad, hijo -dijo el padre.
Resonaron los viejos y familiares villancicos; el niño avanzó lentamente y aplastó la nariz contra el frío vidrio del ojo de buey. Y allí se quedó largo rato, simplemente mirando el espacio, la noche profunda y el resplandor, el resplandor de cien mil millones de maravillosas velas blancas.

martes, diciembre 05, 2006

Testimonio Por Ray Bradbury

(Partes del testimonio han sido editadas)

Escribo un nuevo libro llamado ?Demasiado Pronto En la Caverna, Demasiado Lejos De las Estrellas?. En otras palabras, somos la generación intermedia. Hemos estado fuera de la caverna aproximadamente diez mil años, estamos en camino a Alpha Centauri, con una estación de paso en la Luna y Marte.

Sabemos muy poco acerca de la generación de la vida en la Tierra; nosotros nos lo hemos tratado de explicar a nosotros mismos pero su muy difícil (no tenemos respuestas). Pero trabajé en el Smithsonian unos cuantos años atrás creando una demostración con un planetario sobre el universo, el Big Bang, y cosas por el estilo. Al hacer eso, logré pensar en la generación de la vida en la Tierra y lo que estamos haciendo aquí. No hay nadie de nosotros que no se ha despertado por la noche, o situado en una colina y mirando al universo ha preguntado, ?¿Qué es todo eso? ¿Por qué estamos nosotros aquí??.

Bien mi idea es ésta: Que no hay uso teniendo un universo (billones de estrellas y toda la creación antes de nosotros) si no hay audiencia. Así es que el universo, de una manera misteriosa, creó la vida en la Tierra como un público para esta experiencia milagrosa de estar vivo en el universo. Seremos testigos, y lo celebraremos. Ahora aquí estamos en los umbrales del espacio, yendo hacia la Luna, de la cuál nunca deberíamos haber salido, y siguiendo hacia Marte.

Me gustaría resaltar esto para usted. Quinientos años atrás, tres italianos se ponen en camino desde diversas partes de Europa. Cristóbal Colón se puso en camino representando a España. Y luego vino Inglaterra, con Giovanni Caboto representando a Enrique Octavo, y luego una tercera persona (Verrazzano), otro italiano, se encaminó hacia la India.

Así rumbo a la India, los tres chocaron con un impedimento enorme. Un impedimento que estaba vacío, que era incivilizado, que estaba frío, y los rechazaba. Cristóbal Colón no tocó tierra en el continente principal por este impedimento enorme en su primer viaje. Giovanni Caboto examinó las regiones del norte de este continente desconocido. Sólo uno, Verrazzano, aterrizó en la costa en alguna parte cerca de Kitty Hawk.

Es fascinante pensar eso, ¿verdad? Cuatrocientos años antes de Kitty Hawk, unas tierras italianas en una costa vacía, y cuatrocientos años más tarde los Hermanos Wright despegan en el aire por encima de la Tierra.

Ahora esas personas, y esos Reyes, y la población entera de Europa posiblemente no podrían predecir que estos tres italianos fundasen una nación de 300 millones de personas que se convertirían en el centro de la civilización, el centro de una novedad llamada democracia, y cambiaría la historia del mundo, y se convertiría en la potencia más poderosa del mundo.

Ahora nosotros somos llamados, mirando la Luna y Marte, a especular en adelante durante quinientos años. Esa es casi una tarea imposible, pero debemos tratar de hacerla. Trate de imaginarse que la luna es una base, y Marte es un lugar nuevo de aterrizaje, y una creación para la civilización florecerá en los siguientes quinientos años, en mil años, en diez mil años, y se vuelve el centro de una nueva frontera en la mudanza exterior, algún día, a Alpha Centauri. ¿Por qué? Porque la vida quiere existir, quiere sobrevivir, quiere ser libre de los conflictos de la Tierra, al igual que América, cuándo fue creada, fue libre de los conflictos de Europa.

Así es que vamos al espacio para ser libres de los conflictos y la política de las diversas naciones, y convertirnos en una nación nueva en el planeta Marte. No puedo pensar en nada más excitante para todos los niños de mundo y para sus padres, quienes están infectados por la alegría y el amor de sus niños por el espacio.

Mirándolo en una forma muy práctica, gastamos apenas un billón de dólares al día en este momento en armamento, para la guerra, para los conflictos, para la duda, para el odio algunas veces. Si tomamos un día cada año, y gastamos el dinero de un día en la astronavegación, entonces lo podemos hacer. Así 364 días para armamento, y un día para cohetes, para nuestro destino en la Luna, y para nuestra la civilización futura de libertad y una democracia nueva en Marte.

Las preguntas del Panel Presidencial

Edward 'Pete' Aldridge, Jr. : Uno de los asuntos que esta comisión tiene para preocuparse es asegurar que el programa es sostenible durante las décadas que nos llevará empezar este viaje. ¿Tiene cualquier idea de aproximadamente cómo continuamos vendiendo esto para el contribuyente americano para ser sostenible durante este período de tiempo?

Bradbury: Simplemente la forma que se lo dije a usted. Si ven su destino, entonces si ven a sus niños, y los niños de sus niños, en un futuro nuevo que es más brillante y mejor y más maravilloso que éste.

Tiene que estar convencido de un nivel estético, en un nivel de relacionarnos con el universo, y al regalo de vida que tenemos el deseo de solucionar y conservar. Esa es la forma de venderlo. Haga un intento de no hablar de regalos imposibles, como oro, cuál Cortés, o especias, como hablaron los Reyes de Inglaterra y Francia, pero la cosa estética, la cosa humana, de la carrera entera de las personas en la Tierra en este momento mirando hacia el cielo, y diciendo, ?mira lo que hemos hecho?.

Aquí hay un antídoto para la guerra, aquí hay un remedio para la guerra, aquí hay algo maravilloso en contra de las malas noticias que obtenemos casi todas las noches de todas las partes del mundo. En este preciso momento hay innumerables guerras siendo libradas por todo el mundo en sitios diversos. Así es que si lo vendemos en la base de una nueva libertad, entonces un movimiento nuevo fuera de la política, y el horror y el terror de la Tierra, pienso que las personas reconocerán cuán verdadero es esto.

Neil DeGrasse Tyson: Hay una oposición creíble al programa de exploración espacial que recomienda, muy independiente de los sueños del espacio, gastar ese dinero en la Tierra para mejorar nuestra vida en la Tierra debería estar donde cualquier dinero adicional podría ir. La credibilidad de esto es simplemente que sabemos que tenemos problemas en la Tierra. Me preocupa algunas veces eso, internándose en el espacio, nosotros nos llevamos nuestros problemas allí. ¿Por qué deberíamos creer que si vamos a Marte allí todavía no habría guerras? Podría hacer comentarios sobre eso (el papel del espacio en nuestros sueños de un Shangri-La), versus el papel de lo que podríamos hacer en la Tierra para arreglarlo.

Bradbury: Considere la situación social en Inglaterra en la época que Enrique Octavo envió a Giovanni Caboto. Hubo todos los tipos de problemas que no habían sido solucionados. El problema de una democracia verdadera no había sido solucionado en Inglaterra. Si se habían quedado allí, y sólo trabajado sobre eso, no habría habido América.

En Francia, en la época de Francisco Primero, cuando él envió a Verrazzano, tuvieron un enredo de problemas (ellos aún no habían tenido la revolución dos o trescientos años en el futuro). Tuvieron problemas que les debería haber hecho a ellos quedarse en casa. ¿Por qué Verrazzano debería ir a alguna parte? Y en España, problemas otra vez, y en Italia, de donde vino Colón.

Por todo Europa, había problemas (hubo plagas, hubo todas las clases de guerras, de países invadiendo a uno otro, Italia siendo invadido por Austria, Suecia siendo invadido por España). Todos estos problemas, viéndolos hacia atrás decimos, ?agradecemos a Dios que no trataron de solucionar estos problemas solos, pero enviaron a tres viajeros a inventar América?.

Vamos siempre a tener problemas. Los solucionamos. El papel de la medicina en América en los últimos ochenta años es notable. Cuándo nací en 1920, las personas murieron por millones. Cuando tuve 30 años de edad, la penicilina y sulfanilamida habían sido inventadas. Nadie pudo haber predicho eso.

Usted no se queda atrás, se mueve adelante en todos los frentes ahora mismo. Usted lleva las buenas cosas con usted en el espacio. No vamos a llevarnos nuestros problemas con nosotros, nos educaremos nosotros mismos por el camino hacia delante, y las primeras personas que aterrizan allí serán ciudadanas responsables. Serán los primeros marcianos, y luego mirarán hacia atrás a la Tierra, y llamarán a más personas.

Así es que no creo que traeremos nuestros problemas con nosotros. Tomaremos a los representantes de cada país en el mundo en algún tiempo futuro. Me gustaría enviar, en la primera expedición tripulada a Marte, a tres italianos. Si podemos encontrar a cualquier pariente vivo de Colón, y Caboto, y Verrazzano (esto sería admirable si los pudiéramos enviar en el primer cohete tripulado a Marte).

Paul Spudis: Los americanos son unas personas muy pragmáticas. Aceptamos la innovación, ingeniería, los hechos tercos, el meollo del asunto. Lo que usted ha esbozado es una justificación razonada basada en un aprecio estético, lo cual tradicionalmente nunca ha reunido mucho soporte político en este país. Mientras podemos apreciar los aspectos estéticos, obtenerlo para ser un punto de venta es muy difícil porque las personas esperan resultados prácticos. ¿Así es que como quiera que los antecedentes, cómo apelamos a ese aspecto práctico del público americano? Podría sugerir que una forma es decir que el espacio es una fuente de riqueza. Es una fuente de riqueza virtualmente ilimitada. Eso me parece a mí algo que atraería al público americano mucho más que un aprecio estético (si bien eso resonaría), pienso que un acercamiento práctico resonaría con un segmento mucho mayor de la población. ¿Está de acuerdo con eso o no?

Bradbury: Hay una escena en ?Moby Dick?, dónde Ahab va tras de la ballena blanca, y Starbuck le dice a él, ?¿dónde está el beneficio en esto?? Y Ahab toca su corazón y dice, ?el beneficio está aquí, hombre, el beneficio está aquí?.

Así la respuesta para todo esto no es una riqueza increíble, pero la riqueza increíble de amor y de trabajo bien hecho. Una libertad para expresar alegría en lugar de pesar y melancolía. Tiene que estar convencido a favor de la base de un valor estético más alto, excepto uno excitante. ¡Otra vez, pregunte a sus niños, y responderán con gritos de alegría! No exigirán oro o plata, o todas las ganancias de las que hablamos en un nivel práctico (quieren la alegría de la ida al espacio).

Hablé con todos los astronautas en Houston hace treinta años, antes de que nos mudásemos al espacio con el proyecto Apolo. Me bajé para que revista Life haga una serie de artículos acerca de nuestros planes para ir a la Luna. Estaba en un cuarto con ochenta astronautas, y todos estaban siendo muy prácticos, todo muy práctico. Pero salió a la luz desde el frente del cuarto por el jefe de redacción de Life que Ray Bradbury estaba sentado al fondo del cuarto. Sesenta astronautas se lanzaron a sus pies y se abalanzaron sobre mí. ¿Por qué estaban ellos haciendo eso? Por la alegría de saber que me preocupé por el espacio. Que sabía lo qué debió ser subir y volverse para contemplar esa primera visión de la salida de la Tierra, la alegría del espacio, la alegría de estar en Marte, y la alegría de finalmente moverse hacia Alpha Centauri.

Esto está en el nivel más alto en que los niños nos pueden dar este regalo (tenemos que mirar hacia los niños), y no hacia las personas prácticas, quién dice, ?Permanece aquí y resuelve los problemas Antes De Que usted se mude?. Porque si usted se queda aquí, se quedará aquí para siempre, y la Tierra será un mausoleo si nos quedamos aquí durante diez mil años. No podemos hacer eso.

Maria Zuber: En su libro, ?Las Crónicas Marcianas?, fueron necesarios varios intentos a la humanidad para alcanzar Marte exitosamente y luego para comenzar a formar colonias. En la cultura de la NASA ahora, es muy arriesgado porque hemos tenido algunos fracasos. ¿Qué ocurriría si ? Las Crónicas Marcianas ? hubiese sido lanzado cuando enviamos a las primeras personas a Marte, y hubo fracasos justo al comienzo? ¿Qué les llevaría a América y al resto de mundo a seguir adelante?

Bradbury: Pues bien, cuando usted piensa en la historia de los viajes marinos (miles de personas tuvieron que morir para venir a América). Miles de personas tuvieron que morir de diversas enfermedades en las costas de América. Millones de personas, finalmente, sacrificado para hacer América lo que es. Así es la respuesta para todo esto es, cueste lo que cueste, prevaleceremos.

Usted tiene que oponerse firmemente a esto. Todos nosotros tenemos asuntos personales que ocurren durante nuestras vidas. En el último año, he perdido muchos de mis amigos, he perdido a miembros de mi familia, pero usted no cede, ¿verdad? Usted simplemente no se rinde.

Esa es la respuesta (usted prevalece, se mueve hacia delante, y finalmente tiene éxito). Lo que hicimos aquí en América llevó millones de personas trabajando, y decenas de miles de personas muriendo, y finalmente lo hicimos. Y somos el faro para el mundo, porque no nos dejaríamos a nosotros mismos ser destruidos.

(fuente: http://astrobiologia.astroseti.org/astrobio/articulo.php?num=867 )

sábado, diciembre 02, 2006

Bradbury y el terror

Ray Bradbury es famoso por sus libros de ciencia ficción, pero también ha sido un autor que ha frecuentado con mucho cierto el género de terror. La siguiente reseña de 'La feria de las tinieblas', aparecida en Bibliopolis ilustra este aspecto.

La feria de las tinieblas
Ray Bradbury
Título original: Something Wicked This Way Comes
Trad. Joaquín Valdivieso
Minotauro, 2002


Ray Bradbury no necesita presentación. Es uno de esos escritores que todo el mundo conoce, y basta mencionar un par de libros suyos para que todo el mundo sepa quién es. Crónicas marcianas y Fahrenheit 451 son sus obras más conocidas de ciencia-ficción, aunque también ha trabajado en Hollywood escribiendo el guión para la película Moby Dick de John Huston. Vamos, que Bradbury es todo un personaje, hasta tal punto que en mis clases de Literatura Norteamericana Contemporánea abarca parte de un capítulo llamado "La ficción popular".

Y aquí es cuando les comunico que a mí Bradbury no me gustaba.

Sus Crónicas marcianas me parecen curiosas, aunque no dejan de ser cowboys contra indios, y eso no es muy original que digamos en un país en el que, durante esa época, las novelas y películas del Far West eran muy populares. Fahrenheit 451, lo siento mucho, pero no me gustó en absoluto. Creo que hay otras novelas parecidas en temática, y que tocan mejor el tema (y desde luego lo rematan muchísimo mejor).

Sin embargo, un amigo me contó que Bradbury también escribía terror, y con bastante acierto. Y como parece que Minotauro le está dando un empujón muy fuerte a la obra de este novelista, me encontré ante una cantidad bastante amplia de novelas en formato de bolsillo para elegir. La primera fue La feria de las tinieblas, y de antemano afirmo que no será la última de terror que lea de Bradbury.

Un pueblo pequeño, personajes casi adolescentes, una feria misteriosa... Aunque en principio pudiera parecer un relato de Stephen King (que parece ser que se empapó de Bradbury antes de comenzar su carrera como escritor), la forma de escribir de Bradbury resulta muy barroca. Dice el texto que publita el libro que es una maravilla de la literatura gótica de terror, pero me parece muy poco acertado. Bradbury se aleja de los escenarios góticos, y situa la acción en los años cincuenta con los problemas típicos de esa época. Sus personajes están llenos de dudas, de sentimientos contradictorios, del deseo de haber hecho las cosas de una forma diferente. Y sobre todo, tienen el deseo de cambiar, de no ser tan inexpertos o tan viejos, de ser más valientes o de no ser tan arrojados. Son personajes, en el fondo, muy humanos, llenos de dudas.

Bradbury plantea la situación de una feria que ofrece cumplir los sueños de la gente. Devolver la juventud a los adultos, otorgar la madurez a los niños, etcétera, mediante el uso de las extrañas atracciones. Pero esto tiene un precio muy peligroso que nadie cuenta a quienes aceptan los regalos de la feria. Dos niños, James Nightshade y William Halloway, descubren el peligro que se cierne sobre su pueblo. Lejos de ser pesonajes heróicos y maduros, su corta edad les hace desear aprovecharse de la feria en un primer lugar, y en un segundo momento no sabrán cómo enfrentarse a los poderes que les acosan.

Con unas frases recargadas, escenas llenas de sensaciones y pensamientos, Bradbury nos conduce por una novela donde la acción queda supeditada a los sentimientos de los protagonistas y de los pocos aliados que les rodean. Y ojo, eso no quiere decir que no encontremos acción, todo lo contrario, pero ésta solo aparece en la última parte del libro. Así, en trescientas páginas justas que tiene la novela podemos ver la presentación de los personajes, descubrir los orígenes de la feria (o al menos intuirlos entre las brumas y el misterio que la envuelven) y por último ver el enfrentamiento y las duras decisiones a los que los personajes se enfrentan para liberar las almas del pueblo.

Es un Bradbury diferente, muy capaz de contruir atmósferas tenebrosas a partir de elementos que nos son conocidos gracias a las películas norteamericanas (el pueblo pequeño del medio oeste, la feria ambulante, los monstruos de feria...). Un Bradbury que merece ser leído y redescubierto, y que seguramente agradará a sus antiguos fans y sobre todo a los amantes del terror.

José Joaquín Rodríguez.

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