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miércoles, enero 31, 2007

Sound of Thunder, uno de los más grandes fracasos de taquilla

La posición número cuatro entre los fracasos económicos mayores de la historia del cine lo ocupa El Sonido del Trueno (2005), cuya inversión fue de 80 millones de dólares. Muy diferente a la proyectada fue la recaudación que alcanzó la módica cifra de U$ 6.300.451. La cinta prometía mucha acción dado que se basaba en un relato de Ray Bradbury. Sin embargo, durante el rodaje la productora quebró y se tuvo que buscar otra. La película finalizó su rodaje pero con efectos desastrosos a la hora de la exhibición.

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sábado, enero 27, 2007

Proyección de la película de Truffaut «Fahrenheit 451» dentro del ciclo de cine y literatura

Los coruñeses tendrán la oportunidad el próximo lunes de asistir a una proyección de Farenheit 451, la película de Truffaut. El diario La Voz comunica la noticia:

(Lugar: la voz a coruña)

La adaptación cinematográfica que el francés François Truffaut realizó en 1966 de la novela de Ray Bradbury Fahrenheit 451 , se proyecta este lunes, a las 20 horas, en la sede de la Fundación Caixa Galicia, dentro del ciclo Entre libros e escritores: Cinema e creación literaria .
El título de este clásico literario y cinematográfico de la ciencia ficción hace referencia a la temperatura a la que arde el papel de los libros. La historia muestra un futuro desolador en el que la literatura está prohibida, y que incita a pensar. En este escenario, un cuerpo especial de bomberos tiene como paradójica misión provocar fuegos en los que quemar los libros. Precisamente, uno de los miembros de esta brigada termina revelándose y exiliándose en un lugar donde habitan los hombres libro, que tienen memorizado cada uno una obra de la literatura universal.
Una obra maestra del cine de ciencia ficción, a cargo de uno de los creadores de la Nouvelle Vague , a la que seguirán en el ciclo El nombre de la rosa y Smoke , basadas en los libros de Eco y Auster, entre otras.

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sábado, enero 20, 2007

Cronicas Marcianas (miniserie)

Crónicas Marcianas es una miniserie producida en 1980 que está basada en la novela homónima que Ray Bradbury escribió en 1950.

Dicha miniserie relata la crónica de la colonización de Marte por parte de una humanidad que huye de un mundo al borde de la destrucción. Los colonos llevan consigo sus deseos más íntimos y el sueño de reproducir en el Planeta Rojo una civilización de perritos calientes, cómodos sofás y limonada en el porche al atardecer. Pero su equipaje incluye también los miedos ancestrales, que se traducen en el odio a lo diferente, y las enfermedades que diezmarán a los marcianos.
En sus crónicas , Bradbury nos traslada al futuro para iluminar el presente y explorar la naturaleza humana, destilando nostalgia e idealismo de tal manera que le ha valido el apelativo de poeta de la Ciencia Ficción.
Richard Matheson, junto con el propio Bradbury fue el encargado de adaptar la novela al guión de la miniserie que dirigirá Michael Anderson y protagonizará, entre otros, Rock Hudson, que dará vida al Coronel John Wilder. Matheson es el guionista de una obra maestra de la ciencia ficción: "El increíble hombre menguante", así como de la conocidísima novela "Soy Leyenda".
Esta miniserie de televisión fue emitida durante tres noches consecutivas en la NBC (concretamente los días 27, 28 y 29 de enero de 1980). Aquí en España dividieron cada capítulo en dos dando un total de seis capítulos que fueron emitidos los sábados por la tarde (a eso de las 6 y media) por la primera cadena en los meses de Noviembre y Diciembre de 1983.


fuente: tusseries.com (este mensaje ha sido editado, no correspondiendo exactamente con el original)


Si te interesa Ray Bradbury puede interesarte el curso de relato breve que imparte Eloy Tizón, o el de guión de televisión (Antonio Santos Mercero).

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lunes, enero 15, 2007

Bradbury 451

Bradbury hablando del su inspiración a la hora de escribir Farenheit 451.

¿Qué despertó mi inspiración? ¿Fue necesario todo un sistema de raíces de
influencia, sí, que me impulsaran a tirarme de cabeza a la máquina de escribir y
a salir chorreando de hipérboles, metáforas y símiles sobre fuego, imprentas y
papiros?
Por supuesto: Hitler había quemado libros en Alemania en 1934, y se
hablaba de los cerilleros y yesqueros de Stalin. Y además, mucho antes, hubo una
caza de brujas en Salem en 1680, en la que mi diez veces tatarabuela Mary
Bradbury fue condenada pero escapó a la hoguera. Y sobre todo fue mi formación
romántica en la mitología romana, griega y egipcia, que empezó cuando yo tenía
tres años. Sí, cuando yo tenía tres años, tres, sacaron a Tut de su tumba y lo
mostraron en el suplemento semanal de los periódicos envuelto en toda una
panoplia de oro, ¡y me pregunté qué sería aquello y se lo pregunté a mis
padres!
De modo que era inevitable que acabara oyendo o leyendo sobre los
tres incendios de la biblioteca de Alejandría; dos accidentales, y el otro
intencionado. Tenía nueve años cuando me enteré y me eché a llorar. Porque, como
niño extraño, yo ya era habitante de los altos áticos y los sótanos encantados
de la biblioteca Carnegie de Waukegan, Illinois.

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martes, enero 09, 2007

Afirman que las 'Viking' hallaron vida en Marte y la destruyeron 'por error'

ELMUNDO.ES
MADRID.- Las dos naves 'Viking' de la NASA, que visitaron el Marte a finales de la década de los 70, pudieron encontrar microbios en el planeta rojo aunque, sin darse cuenta de ello, destruyeron estas formas de vida, según la teoría de un profesor de geología de la Universidad Estatal de Washington.

La investigación realizada por el profesor Dirk Schulze-Makuch, y presentada en el Congreso de la Sociedad Astronómica estadounidense este fin de semana, sostiene que las sondas 'Viking' estaban buscando "el tipo equivocado de vida", por lo que no reconocieron lo que habían detectado.
En 1976 y 1977 las sondas amartizaron en el planeta rojo, y tras años de investigaciones de la NASA, la conclusión fue tajante: "no había vida en Marte". El problema es que buscaban vida como la que conocemos en la Tierra, donde el agua salada forma parte intrínseca de las células de organismos vivos.
Dadas las secas y frías condiciones del ambiente marciano, la vida podría haber evolucionado allí hacia una forma de fluido subterráneo formado por una mezcla de agua y peróxido de hidrógeno, según el astrónomo.
Esta mezcla es capaz de permanecer en estado líquido incluso a bajas temperaturas, puesto que su punto de congelación está en los -68 grados Fahrenheit, y no destruye las células cuando se congela. Es capaz incluso de aspirar el vapor de agua fuera del aire.
Los experimentos realizados por las 'Viking' no estaban diseñados para detectar este tipo de vida, y, de hecho, de haberla encontrado la habrían 'matado' ahogando y recalentando los microbios, según Schulze-Makuch.
Y es que, para comprobar si había agua bajo la superficie marciana, las 'Viking' vertieron agua en el suelo del planeta rojo, lo que habría ahogado la vida basada en peróxido de hidrógeno. Otro de los experimentos de las sondas de la NASA consistió en calentar el suelo para ver "si pasaba algo", lo que habría 'cocinado' los microbios marcianos.
"El problema es que entonces no teníamos ni la menor idea de cómo podía ser el ambiente en Marte", señaló el científico. Una opinión que comparten decenas de científicos de todo el mundo, que creen que durante años la comunidad científica ha buscado vida "similar a la terrestre" en otros planetas, y eso ha hecho que algunos indicios hayan pasado inadvertidos.

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domingo, enero 07, 2007

Granada se llenó de personas libro

El pasado 13 de diciembre el diario "20 minutos" publicaba una noticia con el siguiente titular "El centro granadino se llena de ?personas libro?"



En la novela de Ray Bradbury, Fahrenheit 451, los libros estaban prohibidos y los bomberos los quemaban.

Sin embargo, algunas personas se resistían aprendiéndose cada una de ellas un libro de memoria para salvar su contenido de la quema. Inspirados por este apocalíptico argumento, la asociación Personas libro puso en marcha este proyecto en el que sus socios recitaban fragmentos de algunas obras en un itinerario urbano como parte de las actividades previstas para conmemorar el Día de la Lectura en Andalucía.

No deja de ser una iniciativa curiosa, que en el fondo proyecta en la sociedad la intención de aquella novela: la defensa de la literatura como elemento valioso de nuestra cultura.

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jueves, enero 04, 2007

La sirena

Ray Bradbury


Allá afuera en el agua helada, lejos de la costa, esperábamos todas las noches la llegada de la niebla, y la niebla llegaba, y aceitábamos la maquinaria de bronce, y encendíamos los faros de niebla en lo alto de la torre. Como dos pájaros en el cielo gris, McDunn y yo lanzábamos el rayo de luz, rojo, luego blanco, luego rojo otra vez, que miraba los barcos solitarios. Y si ellos no veían nuestra luz, oían siempre nuestra voz, el grito alto y profundo de la sirena, que temblaba entre jirones de neblina y sobresaltaba y alejaba a las gaviotas como mazos de naipes arrojados al aire, y hacía crecer las olas y las cubría de espuma.

-Es una vida solitaria, pero uno se acostumbra, ¿no es cierto? -preguntó McDunn.

-Sí -dije-. Afortunadamente, es usted un buen conversador.

-Bueno, mañana irás a tierra -agregó McDunn sonriendo- a bailar con las muchachas y tomar ginebra.

-¿En qué piensa usted, McDunn, cuando lo dejo solo?

-En los misterios del mar.

McDunn encendió su pipa. Eran las siete y cuarto de una helada tarde de noviembre. La luz movía su cola en doscientas direcciones, y la sirena zumbaba en la alta garganta del faro. En ciento cincuenta kilómetros de costa no había poblaciones; sólo un camino solitario que atravesaba los campos desiertos hasta el mar, un estrecho de tres kilómetros de frías aguas, y unos pocos barcos.

-Los misterios del mar -dijo McDunn pensativamente-. ¿Pensaste alguna vez que el mar es como un enorme copo de nieve? Se mueve y crece con mil formas y colores, siempre distintos. Es raro. Una noche, hace años, todos los peces del mar salieron ahí a la superficie. Algo los hizo subir y quedarse flotando en las aguas, como temblando y mirando la luz del faro que caía sobre ellos, roja, blanca, roja, blanca, de modo que yo podía verles los ojitos. Me quedé helado. Eran como una gran cola de pavo real, y se quedaron ahí hasta la medianoche. Luego, casi sin ruido, desaparecieron. Un millón de peces desapareció. Imaginé que quizás, de algún modo, vinieron en peregrinación. Raro, pero piensa qué debe parecerles una torre que se alza veinte metros sobre las aguas, y el dios-luz que sale del faro, y la torre que se anuncia a sí misma con una voz de monstruo. Nunca volvieron aquellos peces, ¿pero no se te ocurre que creyeron ver a Dios?

Me estremecí. Miré las grandes y grises praderas del mar que se extendían hacia ninguna parte, hacia la nada.

-Oh, hay tantas cosas en el mar. -McDunn chupó su pipa nerviosamente, parpadeando. Estuvo nervioso durante todo el día y nunca dijo la causa-. A pesar de nuestras máquinas y los llamados submarinos, pasarán diez mil siglos antes de que pisemos realmente las tierras sumergidas, sus fabulosos reinos, y sintamos realmente miedo. Piénsalo, allá abajo es todavía el año 300,000 antes de Cristo. Cuando nos paseábamos con trompetas arrancándonos países y cabezas, ellos vivían ya bajo las aguas, a dieciocho kilómetros de profundidad, helados en un tiempo tan antiguo como la cola de un cometa.

-Sí, es un mundo viejo.

-Ven. Te reservé algo especial.

Subimos con lentitud los ochenta escalones, hablando. Arriba, McDunn apagó las luces del cuarto para que no hubiese reflejos en las paredes de vidrio. El gran ojo de luz zumbaba y giraba con suavidad sobre sus cojinetes aceitados. La sirena llamaba regularmente cada quince segundos.

-Es como la voz de un animal, ¿no es cierto? -McDunn se asintió a sí mismo con un movimiento de cabeza-. Un gigantesco y solitario animal que grita en la noche. Echado aquí, al borde de diez billones de años, y llamando hacia los abismos. Estoy aquí, estoy aquí, estoy aquí. Y los abismos le responden, sí, le responden. Ya llevas aquí tres meses, Johnny, y es hora que lo sepas. En esta época del año -dijo McDunn estudiando la oscuridad y la niebla-, algo viene a visitar el faro.

-¿Los cardúmenes de peces?

-No, otra cosa. No te lo dije antes porque me creerías loco, pero no puedo callar más. Si mi calendario no se equivoca, esta noche es la noche. No diré mucho, lo verás tú mismo. Siéntate aquí. Mañana, si quieres, empaquetas tus cosas y tomas la lancha y sacas el coche desde el galpón del muelle, y escapas hasta algún pueblito del mediterráneo y vives allí sin apagar nunca las luces de noche. No te acusaré. Ha ocurrido en los últimos tres años y sólo esta vez hay alguien conmigo. Espera y mira.

Pasó media hora y sólo murmuramos unas pocas frases. Cuando nos cansamos de esperar, McDunn me explicó algunas de sus ideas sobre la sirena.

-Un día, hace muchos años, vino un hombre y escuchó el sonido del océano en la costa fría y sin sol, y dijo: "Necesitamos una voz que llame sobre las aguas, que advierta a los barcos; haré esa voz. Haré una voz que será como todo el tiempo y toda la niebla; una voz como una cama vacía junto a ti toda la noche, y como una casa vacía cuando abres la puerta, y como otoñales árboles desnudos. Un sonido de pájaros que vuelan hacia el sur, gritando, y un sonido de viento de noviembre y el mar en la costa dura y fría. Haré un sonido tan desolado que alcanzará a todos y al oírlo gemirán las almas, y los hogares parecerán más tibios, y en las distantes ciudades todos pensarán que es bueno estar en casa. Haré un sonido y un aparato y lo llamarán la sirena, y quienes lo oigan conocerán la tristeza de la eternidad y la brevedad de la vida".

La sirena llamó.

-Imaginé esta historia -dijo McDunn en voz baja- para explicar por qué esta criatura visita el faro todos los años. La sirena la llama, pienso, y ella viene...

-Pero... -interrumpí.

-Chist... -ordenó McDunn-. ¡Allí!

-Señaló los abismos.

-Algo se acercaba al faro, nadando.

Era una noche helada, como ya dije. El frío entraba en el faro, la luz iba y venía, y la sirena llamaba y llamaba entre los hilos de la niebla. Uno no podía ver muy lejos, ni muy claro, pero allí estaba el mar profundo moviéndose alrededor de la tierra nocturna, aplastado y mudo, gris como barro, y aquí estábamos nosotros dos, solos en la torre, y allá, lejos al principio, se elevó una onda, y luego una ola, una burbuja, una raya de espuma. Y en seguida, desde la superficie del mar frío salió una cabeza, una cabeza grande, oscura, de ojos inmensos, y luego un cuello. Y luego... no un cuerpo, sino más cuello, y más. La cabeza se alzó doce metros por encima del agua sobre un delgado y hermoso cuello oscuro. Sólo entonces, como una islita de coral negro y moluscos y cangrejos, surgió el cuerpo desde los abismos. La cola se sacudió sobre las aguas. Me pareció que el monstruo tenía unos veinte o treinta metros de largo.

No sé qué dije entonces, pero algo dije.

-Calma, muchacho, calma -murmuró McDunn.

-¡Es imposible! -exclamé.

-No, Johnny, nosotros somos imposibles. Él es lo que era hace diez millones de años. No ha cambiado. Nosotros y la Tierra cambiamos, nos hicimos imposibles. Nosotros.

El monstruo nadó lentamente y con una gran y oscura majestad en las aguas frías. La niebla iba y venía a su alrededor, borrando por instantes su forma. Uno de los ojos del monstruo reflejó nuestra inmensa luz, roja, blanca, roja, blanca, y fue como un disco que en lo alto de una mano enviase un mensaje en un código primitivo. El silencio del monstruo era como el silencio de la niebla.

Yo me agaché, sosteniéndome en la barandilla de la escalera.

-¡Parece un dinosaurio!

-Sí, uno de la tribu.

-¡Pero murieron todos!

-No, se ocultaron en los abismos del mar. Muy, muy abajo en los más abismales de los abismos. Es ésta una verdadera palabra ahora, Johnny, una palabra real; dice tanto: los abismos. Una palabra con toda frialdad y la oscuridad y las profundidades del mundo.

-¿Qué haremos?

-¿Qué podemos hacer? Es nuestro trabajo. Además, estamos aquí más seguros que en cualquier bote que pudiera llevarnos a la costa. El monstruo es tan grande como un destructor, y casi tan rápido.

-¿Pero por qué viene aquí?

En seguida tuve la respuesta.

La sirena llamó.

Y el monstruo respondió.

Un grito que atravesó un millón de años, nieblas y agua. Un grito tan angustioso y solitario que tembló dentro de mi cuerpo y de mi cabeza. El monstruo le gritó a la torre. La sirena llamó. El monstruo rugió otra vez. La sirena llamó. El monstruo abrió su enorme boca dentada, y de la boca salió un sonido que era el llamado de la sirena. Solitario, vasto y lejano. Un sonido de soledad, mares invisibles, noches frías. Eso era el sonido.

-¿Entiendes ahora -susurró McDunn- por qué viene aquí?

Asentí con un movimiento de cabeza.

-Todo el año, Johnny, ese monstruo estuvo allá, mil kilómetros mar adentro, y a treinta kilómetros bajo las aguas, soportando el paso del tiempo. Quizás esta solitaria criatura tiene un millón de años. Piénsalo, esperar un millón de años. ¿Esperarías tanto? Quizás es el último de su especie. Yo así lo creo. De todos modos, hace cinco años vinieron aquí unos hombres y construyeron este faro. E instalaron la sirena, y la sirena llamó y llamó y su voz llegó hasta donde tú estabas, hundido en el sueño y en recuerdos de un mundo donde había miles como tú. Pero ahora estás solo, enteramente solo en un mundo que no te pertenece, un mundo del que debes huir. El sonido de la sirena llega entonces, y se va, y llega y se va otra vez, y te mueves en el barroso fondo de los abismos, y abres los ojos como los lentes de una cámara de cincuenta milímetros, y te mueves lentamente, lentamente, pues tienes todo el peso del océano sobre los hombros. Pero la sirena atraviesa mil kilómetros de agua, débil y familiar, y en el horno de tu vientre arde otra vez el juego, y te incorporas lentamente, lentamente. Te alimentas de grandes cardúmenes de bacalaos y de ríos de medusas, y subes lentamente por los meses de otoño, y septiembre cuando nacen las nieblas, y octubre con más niebla, y la sirena todavía llama, y luego, en los últimos días de noviembre, luego de ascender día a día, unos pocos metros por hora, estás cerca de la superficie, y todavía vivo. Tienes que subir lentamente: si te apresuras; estallas. Así que tardas tres meses en llegar a la superficie, y luego unos días más para nadar por las frías aguas hasta el faro. Y ahí estás, ahí, en la noche, Johnny, el mayor de los monstruos creados. Y aquí está el faro, que te llama, con un cuello largo como el tuyo que emerge del mar, y un cuerpo como el tuyo, y, sobre todo, con una voz como la tuya. ¿Entiendes ahora, Johnny, entiendes?

La sirena llamó.

El monstruo respondió.

Lo vi todo..., lo supe todo. En solitario un millón de años, esperando a alguien que nunca volvería. El millón de años de soledad en el fondo del mar, la locura del tiempo allí, mientras los cielos se limpiaban de pájaros reptiles, los pantanos se secaban en los continentes, los perezosos y dientes de sable se zambullían en pozos de alquitrán, y los hombres corrían como hormigas blancas por las lomas.

La sirena llamó.

-El año pasado -dijo McDunn-, esta criatura nadó alrededor y alrededor, alrededor y alrededor, toda la noche. Sin acercarse mucho, sorprendida, diría yo. Temerosa, quizás. Pero al otro día, inesperadamente, se levantó la niebla, brilló el sol, y el cielo era tan azul como en un cuadro. Y el monstruo huyó del calor, y el silencio, y no regresó. Imagino que estuvo pensándolo todo el año, pensándolo de todas las formas posibles.

El monstruo estaba ahora a no más de cien metros, y él y la sirena se gritaban en forma alternada. Cuando la luz caía sobre ellos, los ojos del monstruo eran fuego y hielo.

-Así es la vida -dijo McDunn-. Siempre alguien espera que regrese algún otro que nunca vuelve. Siempre alguien que quiere a algún otro que no lo quiere. Y al fin uno busca destruir a ese otro, quienquiera que sea, para que no nos lastime más.

El monstruo se acercaba al faro.

La sirena llamó.

-Veamos qué ocurre -dijo McDunn.

Apagó la sirena.

El minuto siguiente fue de un silencio tan intenso que podíamos oír nuestros corazones que golpeaban en el cuarto de vidrio, y el lento y lubricado girar de la luz.

El monstruo se detuvo. Sus grandes ojos de linterna parpadearon. Abrió la boca. Emitió una especie de ruido sordo, como un volcán. Movió la cabeza de un lado a otro como buscando los sonidos que ahora se perdían en la niebla. Miró el faro. Algo retumbó otra vez en su interior. Y se le encendieron los ojos. Se incorporó, azotando el agua, y se acercó a la torre con ojos furiosos y atormentados.

-¡McDunn! -grité-. ¡La sirena!

McDunn buscó a tientas el obturador. Pero antes de que la sirena sonase otra vez, el monstruo ya se había incorporado. Vislumbré un momento sus garras gigantescas, con una brillante piel correosa entre los dedos, que se alzaban contra la torre. El gran ojo derecho de su angustiada cabeza brilló ante mí como un caldero en el que podía caer, gritando. La torre se sacudió. La sirena gritó; el monstruo gritó. Abrazó el faro y arañó los vidrios, que cayeron hechos trizas sobre nosotros.

McDunn me tomó por el brazo.

-¡Abajo! -gritó.

La torre se balanceaba, tambaleaba, y comenzaba a ceder. La sirena y el monstruo rugían. Trastabillamos y casi caímos por la escalera.

-¡Rápido!

Llegamos abajo cuando la torre ya se doblaba sobre nosotros. Nos metimos bajo las escaleras en el pequeño sótano de piedra. Las piedras llovieron en un millar de golpes. La sirena calló bruscamente. El monstruo cayó sobre la torre, y la torre se derrumbó. Arrodillados, McDunn y yo nos abrazamos mientras el mundo estallaba.

Todo terminó de pronto, y no hubo más que oscuridad y el golpear de las olas contra los escalones de piedra.

Eso y el otro sonido.

-Escucha -dijo McDunn en voz baja-. Escucha.

Esperamos un momento. Y entonces comencé a escucharlo. Al principio fue como una gran succión de aire, y luego el lamento, el asombro, la soledad del enorme monstruo doblado sobre nosotros, de modo que el nauseabundo hedor de su cuerpo llenaba el sótano. El monstruo jadeó y gritó. La torre había desaparecido. La luz había desaparecido. La criatura que llamó a través de un millón de años había desaparecido. Y el monstruo abría la boca y llamaba. Eran los llamados de la sirena, una y otra vez. Y los barcos en alta mar, no descubriendo la luz, no viendo nada, pero oyendo el sonido debían de pensar: ahí está, el sonido solitario, la sirena de la bahía Solitaria. Todo está bien. Hemos doblado el cabo.

Y así pasamos aquella noche.

A la tarde siguiente, cuando la patrulla de rescate vino a sacarnos del sótano, sepultados bajo los escombros de la torre, el sol era tibio y amarillo.

-Se vino abajo, eso es todo -dijo McDunn gravemente-. Nos golpearon con violencia las olas y se derrumbó.

Me pellizcó el brazo.

No había nada que ver. El mar estaba sereno, el cielo era azul. La materia verde que cubría las piedras caídas y las rocas de la isla olían a algas. Las moscas zumbaban alrededor. Las aguas desiertas golpeaban la costa.

Al año siguiente construyeron un nuevo faro, pero en aquel entonces yo había conseguido trabajo en un pueblito, y me había casado, y vivía en una acogedora casita de ventanas amarillas en las noches de otoño, de puertas cerradas y chimenea humeante. En cuanto a McDunn, era el encargado del nuevo faro, de cemento y reforzado con acero.

-Por si acaso -dijo McDunn.

Terminaron el nuevo faro en noviembre. Una tarde llegué hasta allí y detuve el coche y miré las aguas grises y escuché la nueva sirena que sonaba una, dos, tres, cuatro veces por minuto, allá en el mar, sola.

¿El monstruo?

No volvió.

-Se fue -dijo McDunn-. Se ha ido a los abismos. Comprendió que en este mundo no se puede amar demasiado. Se fue a los más abismales de los abismos a esperar otro millón de años. Ah, ¡pobre criatura! Esperando allá, esperando y esperando mientras el hombre viene y va por este lastimoso y mínimo planeta. Esperando y esperando.

Sentado en mi coche, no podía ver el faro o la luz que barría la bahía Solitaria. Sólo oía la sirena, la sirena, la sirena, y sonaba como el llamado del monstruo.

Me quedé así, inmóvil, deseando poder decir algo.

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