Hotel Kafka - Escuela de Ideas

Tfno.
917 025 016

Estás en Home » Blogs » Ray Bradbury 451

lunes, febrero 26, 2007

Alberto Manguel: "Leer será en el futuro un acto de rebeldía"

Alberto Manguel: "Leer será en el futuro un acto de rebeldía" (María Luisa Blanco):
"Autor de Una historia de la lectura (Lumen), libro que marcó un hito en el universo lector, toda la obra de Alberto Manguel (Buenos Aires, 1948) no ha hecho más que recrear el mundo del libro y de los grandes autores que lo protagonizan. En los próximos días publicará La librería de noche (Alianza), un recorrido por las grandes bibliotecas del mundo: desde la legendaria Biblioteca de Alejandría fundada por los ptolomeos en el siglo III antes de Cristo, hasta las bibliotecas de las que disfrutamos en la actualidad, para recalar, finalmente, en la figura de la biblioteca como hogar, ese lugar al que siempre se vuelve.
El amor por el libro nació en Manguel de forma espontánea y muy pronto, según recuerda: "Yo era un pequeño adulto, me crió mi nodriza, con la que aprendí el inglés y el alemán, mis dos lenguas maternas, y ella, que no tenía muy claro lo que era un niño, ponía libros a mi disposición y una vez a la semana me llevaba a comprar uno. Pero el apasionamiento por ellos era cosa mía, enseguida reconocí que los libros eran una forma de abrirme al mundo. Pasé la infancia de país en país, y volver cada noche a mis libros era una forma de volver a lo conocido". Hijo de diplomáticos, fue seguramente durante esa infancia errante cuando se gestó lo que hoy es un sueño cumplido: la construcción de un edificio que albergara su propia biblioteca.
El lugar elegido por el autor del Diccionario de lugares imaginarios se llama Le Presbytère y está situado en Mondion, un pueblecito cerca de la ciudad francesa de Poitiers, encaramado en una colina al sur del Loira. Lo que Manguel encontró en esta antigua propiedad de la Iglesia, que perdió sus posesiones después de la Revolución Francesa, era apenas un muro que la separaba de la propiedad colindante. Hoy es una magnífica nave construida en piedra arenisca, contigua a la cual está la propia vivienda del escritor que queda adosada a los muros con vidrieras de la iglesia del siglo XV. Nada más entrar se aprecia que se trata de la biblioteca de un romántico. Salpicados de detalles y complicidades personales, los anaqueles de la biblioteca se distribuyen en dos pisos. El escritor trabaja en el de arriba, asomado a una vista envidiable sobre su jardín: una amplia pradera con abedules, abetos y pinos de diferentes especies. Manguel hace notar cómo se oye el silencio. Y es cierto que en este lugar épico, en cuyo horizonte próximo se encuentran las tumbas de Leonor de Aquitania y de Ricardo Corazón de León, algo hay de esa cualidad de ultratumba.
Muy próximos a su escritorio están los libros de literatura española y portuguesa y sus libros de referencia: autores clásicos, ejemplares de libros sobre el libro, coleccionados mientras escribía su historia de la lectura, y títulos de literatura árabe. Entre las distintas ediciones del Quijote, una de 1782, que compró en una librería de viejo en Madrid, en la que destaca un curioso retrato real del imaginario narrador del Quijote Cide Hamete Benengeli. Una foto de la tumba de Borges en Ginebra, un retrato del propio Manguel realizado por Silvina Ocampo cuando él tenía 17 años y una variada colección de fotos de sus hijos y amigos completan el ambiente que rodea al escritor. El grueso de la colección de libros se encuentra, sin embargo, en el piso inferior.
Como corresponde a una biblioteca tan personalizada, la mayoría de los volúmenes tienen su propia historia. "Los cuentos de los hermanos Grimm fue el primer libro que compré", cuenta Manguel. "Aprendí a leer en Israel, donde mi padre era embajador y yo podía ir a la librería de al lado de nuestra casa y elegir los libros que quisiera. Tenía cinco o seis años cuando compré este ejemplar". Además, diversas ediciones firmadas de Juan Ramón Jiménez, todo Pérez Galdós en las ediciones de la Biblioteca Castro, las obras completas de Kippling firmadas por el autor, varias obras de Borges dedicadas, así como un libro del propio Kipling que perteneció al autor de El Aleph y que éste le regaló a los 17 años, cuando Manguel dejó Buenos Aires.
El punto de partida de su nuevo libro, La biblioteca de noche, es la pregunta por el sentido del universo, pero ¿por qué esa necesidad de encontrar un sentido?: "Los seres humanos podemos ser definidos como animales lectores. Creemos que el mundo natural hay que descifrarlo. Vivimos en esa paradoja: saber por un lado que este mundo no tiene ningún sentido y preguntarnos el porqué de las cosas". Las respuestas, a Manguel no le cabe duda, están en los libros. Por eso lamenta que hoy el libro no goce del prestigio de otro tiempo: "Las calidades que tiene la tecnología, por razones económicas, son las que nuestra sociedad pone por delante. Hace cincuenta años la biblioteca estaba en el centro de la sociedad, nadie discutía que leer era importante, pero el capitalismo salvaje actual no puede permitirse un consumidor lento. La literatura, en cambio, requiere lentitud, requiere que te detengas, que reflexiones, que nunca alcances una conclusión. Nunca puedes saber si Don Quijote está loco o no. Como sociedad tenemos que decir que el acto intelectual es importante. No puedes pedir a un adolescente que lea cuando le estás diciendo que toda actividad que no te dé una ganancia inmediata y visible es inútil. Creo que no existen seres humanos no lectores. En la sociedad actual es como si fuésemos misioneros de una religión en la que la iglesia central ya no cree".
Una de las biblioteca preferidas de Alberto Manguel es la Biblioteca Circular de Aby Warburg, en Hamburgo, a la que dedica un capítulo de su libro. Heredero de una gran fortuna, Warburg lo dejó todo en manos de su hermano con la condición de que le diera el dinero suficiente para mantener su biblioteca y comprar todos los libros que quisiera. El lema de este hombre singular era "Vive y no me hagas daño". Pero hay otras bibliotecas que a Manguel le parecen ejemplares: "La London Library, una biblioteca privada circulante que envía los libros que quieras allí donde estés y compran los libros que tú necesitas, una librería para la que los libros no son piezas de museo. Y las bibliotecas circulantes de Colombia, los biblioburros para acceder a las poblaciones perdidas de la sierra. Alguien del pueblo cuida la bolsa y luego vuelven a recogerlas al cabo del tiempo".
Los libros nunca se han llevado bien con el poder, por eso el escritor insiste en la necesidad de la lectura como elemento de protección: "La historia del libro corre paralela a la de la censura. Una de las cosas esenciales que proporciona la lectura es aprender a pensar, y no hay nada más peligroso para el poder que un pueblo pensante. La tarea del político es más fácil frente a un pueblo idiota, educarnos en la estupidez es quitarnos los libros, y eso siempre ha sido tarea de dictadores". Pero en la actualidad Manguel subraya otras formas de censura: "El editor cuya vocación era la literatura ya no puede trabajar de la misma manera porque tiene que conseguir un provecho financiero, y eso elimina el 90% de la literatura. Si Borges se presentase hoy con un nuevo libro no podría publicarlo. Ahora un editor se fija en las ventas anteriores de ese autor y si el anterior no se ha vendido, no se publica. Esta situación se complica porque ahora también son los compradores para las grandes superficies los que deciden. En el mundo anglosajón, a la mesa del editor se sienta el crítico, el gerente y ese comprador que opina sobre el libro, y si aceptan sus condiciones compra 50.000 ejemplares, que, además, puede devolver. Estamos en esa situación y las consecuencias serán catastróficas".
¿La lectura queda finalmente como un acto de rebeldía? "Siempre lo ha sido. Primero porque se valora la acción y no la inacción y porque conduce a la reflexión, y eso siempre es peligroso. Y porque a través de la lectura empezamos a conocer quiénes somos. En el futuro, leer será no sólo un acto de rebeldía, sino también un acto de supervivencia. Si como lectores nos resignamos a que nos impidan leer la buena literatura nos vamos a condenar a ser menos humanos. Es un riesgo que, por supuesto, no podemos correr. Ya estamos al borde de la catástrofe porque hemos destruido el mundo natural y ahora estamos haciendo todo lo posible para destruir el mundo intelectual. Hay que actuar ahora. Pero ahora quiere decir hoy". El lema que preside la biblioteca de Le Presbytère es "Lee lo que quieras", porque Alberto Manguel no cree que el amor a los libros se pueda enseñar: "El amor por la lectura es algo que se aprende pero no se enseña. De la misma forma que nadie puede obligarnos a enamorarnos, nadie puede obligarnos a amar un libro. Son cosas que ocurren por razones misteriosas, pero de lo que sí estoy convencido es que a cada uno de nosotros hay un libro que nos espera. En algún lugar de la biblioteca hay una página que ha sido escrita para nosotros"."
(fuente: http://www.elpais.com/solotexto/articulo.html?xref=20070113elpepicul_3&type=Tes)

Etiquetas: , , , , , , ,

viernes, febrero 23, 2007

El emisario - Cuento de Ray Bradbury

Supo que había llegado de nuevo el otoño, porque Torry entró retozando en la casa, trayendo con él un refrescante olor a otoño. En cada uno de sus perrunos rizos negros llevaba una muestra del otoño: tierra húmeda, con la humedad peculiar de aquella estación, y hojas secas, color de oro pajizo. El perro olía exactamente igual que el otoño.
Martin Christie se incorporó en la cama y alargó una mano pálida y pequeña. Torry ladró y exhibió una generosa longitud de lengua, la cual pasó una y otra vez por el dorso de la mano de Martin. Torry la lamía como si fuera una golosina. "A causa de la sal", declaró Martin, mientras Torry se encaramaba a la cama de un salto.

-Baja -le advirtió Martin-. A mamá no le gusta que te subas a la cama. -Torry aplastó sus orejas-. Bueno...-condescendió Martin-. Pero sólo un momento, ¿eh?

Torry calentó el delgado cuerpo de Martin con su calor perruno. Martin aspiró intensamente el olor que se desprendía del perro, un olor a tierra húmeda y a hojas secas. No le importaba que mamá gruñera. Después de todo, Torry era un recién nacido. Recién salido de las entrañas del otoño.

-¿Qué has visto por ahí, Torry? Cuéntamelo.

Tendido allí, Torry se lo contaría. Tendido allí, Martin sabría qué aspecto tenía el otoño; como antes, cuando la enfermedad no lo había postrado en la cama. Ahora su único contacto con el otoño era el perro, con su olor a tierra húmeda y a hojas secas, su color de oro pajizo.

-¿Dónde has estado hoy, Torry?

Pero Torry no tenía que contárselo. Martin lo sabía. Había trepado hasta lo alto de una colina, por un sendero tapizado de hojas secas, para ladrar desde allí su canino deleite. Había vagabundeado por la ciudad pisando el barro formado por las intensas lluvias. Allí había estado Torry.

Y los lugares visitados por Torry podían ser visitados después por Martin; porque Torry se los revelaba siempre por el tacto, a través de la humedad, la sequedad o el encrespamiento de su piel. Y, tendido en la cama, con la mano apoyada sobre Torry, Martin conseguía que su mente reconstruyera cada uno de los paseos de Torry a través de los campos, a lo largo de la orilla del río, por los senderos bordeados de tumbas del cementerio, por el bosque... A través de su emisario, Martin podía ahora establecer contacto con el otoño.

La voz de su madre se acercaba, furiosa.

Martin empujó al perro.

-¡Baja, Torry!

Torry desapareció debajo de la cama en el mismo instante en que se abría la puerta de la habitación y aparecía mamá, echando chispas por sus ojos azules. Llevaba una bandeja de ensalada y jugos de fruta.

-¿Está Torry aquí? -preguntó.

Al oír pronunciar su nombre, Torry golpeó alegremente el suelo con la cola.

Mamá dejó la bandeja sobre la mesilla de noche, con aire impaciente.

-Ese perro es una calamidad. Siempre está metiendo las narices por todas partes y cavando agujeros. Esta mañana ha estado en el jardín de la señorita Tarkins, y ha excavado uno enorme. La señorita Tarkins está furiosa.

-¡Oh! -Martin contuvo la respiración.

Debajo de la cama no se produjo el menor movimiento. Torry sabía cuándo tenía que mantenerse quieto.

-Y no es la primea vez -dijo mamá-.¡El de hoy es el tercer agujero que cava esta semana!

-Tal vez esté buscando algo.

-Lo que se está buscando es un disgusto. Es un chismoso incorregible. Siempre está metiendo las narices donde no le importa. ¡Dichosa curiosidad!

Hubo un tímido pizzicato de cola debajo de la cama. Mamá no pudo evitar una sonrisa.

-Bueno -concluyó-, si no deja de cavar agujeros en los patios, tendré que atarlo y no dejarlo salir más.

Martin abrió la boca de par en par.

-¡Oh, no, mamá! ¡No hagas eso! Si lo hicieras, yo no sabría... nada. Él me lo cuenta todo.

La voz de mamá se ablandó.

-¿De veras, hijo mío?

-Desde luego. Sale por ahí y cuando regresa me cuenta todo lo que ocurre.

-Me alegro de que te lo cuente todo. Me alegro de que tengas a Torry.

Permanecieron unos instantes en silencio, pensando en lo que hubiera sido el año que acababa de transcurrir sin Torry. Dentro de dos meses, pensó Martin, podría abandonar el lecho, según decía el médico, y salir de nuevo a la calle.

-¡Sal, Torry!

Murmurando palabras cariñosas, Martin ató la nota al collar del perro. Era un cartoncito cuadrado, con unas letras dibujadas en negro:

Me llamo Torry. ¿Quiere hacerle una visita a mi dueño, que está enfermo? ¡Sígame!

La cosa daba resultado. Torry paseaba aquel cartoncito por el mundo exterior, todos los días.

-¿Lo dejarás salir, mamá?

-Sí, si se porta bien y no cava más agujeros.

-No lo hará más. ¿Verdad, Torry?

El perro ladró.

***

El perro se alejó de la casa, en busca de visitantes. El día anterior había traído a la señora Holloway, de la Avenida Elm, con un libro de cuentos como regalo; el día antes Torry se había sentado sobre sus patas traseras delante del señor Jacob, el joyero, mirándolo fijamente. El señor Jacob, intrigado, se había inclinado a leer el mensaje y se había apresurado a hacerle una corta visita a Martin.

Ahora, Martin oyó al perro regresando a través de la humeante tarde, ladrando, corriendo, ladrando de nuevo...

Detrás del perro, unos pasos ligeros. Alguien tocó el timbre de la puerta, suavemente. Mamá respondió a la llamada. Unas voces hablaron.

Torry corrió arriba, se encaramó al lecho de un salto. Martin se inclinó hacia delante, excitado, con los ojos brillantes, para ver quién subía a visitarle esta vez. Quizás la señorita Palmborg, o el señor Ellis, o la señorita Jendriss, o...

El visitante subía la escalera hablando con mamá. Era una voz femenina, juvenil, alegre.

Se abrió la puerta.

Martin tenía compañía.

***

Transcurrieron cuatro días, durante los cuales Torry hizo su trabajo, informó de la temperatura ambiente, de la consistencia del suelo, de los colores de las hojas, de los niveles de la lluvia, y, lo más importante de todo, trajo visitantes.

A la señorita Haight, otra vez, el sábado. La señorita Haight era la joven sonriente y guapa con el brillante pelo castaño y el suave modo de andar. Vivía en la casa grande de la Calle Park. Era su tercera visita en un mes.

El domingo vino el reverendo Vollmar, el lunes la señorita Clark y el señor Henricks.

Y, a cada uno de ellos, Martin les explicó su perro. Cómo en primavera olía a flores silvestres y a tierra fresca; en verano tenía la piel caliente y el pelo tostado por el sol; en otoño, ahora, un tesoro de hojas doradas ocultas entre su pelaje, para que Martin pudiera explorarlo. Torry demostraba este proceso a los visitantes, tendiéndose boca arriba, esperando ser explorado.

Luego, una mañana, mamá le habó a Martin de la señorita Haight, la joven guapa y sonriente.

Estaba muerta.

Había fallecido en un accidente de automóvil en Glen Falls.

Martin estaba cogido a su perro, recordando a la señorita Haight, pensando en su modo de sonreír, pensando en sus brillantes ojos, en su maravilloso pelo castaño, en su delgado cuerpo, en su andar suave, en las bonitas historias que contaba acerca de las estaciones y de la gente.

Ahora está muerta. No sonreiría ni contaría historias nunca más. Porque estaba muerta.

-¿Qué hacen en la tumba, mamá, debajo del suelo?

-Nada.

-¿Quieres decir que se limitan a estar tendidos allí?

-A descansar allí -rectificó mamá.

-¿A descansar allí...?

-Sí -dijo mamá-. Eso es lo que hacen.

-No parece que tenga que ser muy divertido.

-No creo que lo sea.

-¿Por qué no se levantan y salen a dar un paseo de cuando en cuando si están cansados de estar allí?

-Bueno, ya has hablado bastante por hoy -dijo mamá.

-Sólo quería saberlo.

-Pues ahora ya lo sabes.

-A veces creo que Dios es tonto.

-¡Martin!

Pero Martin estaba lanzado.

-¿No crees que podría tratar mejor a la gente, y no obligarla a permanecer allí tendida, sin moverse? ¿No crees que podía encontrar un sistema mejor? Cuando yo le digo a Torry que se haga el muerto, lo hace durante un rato, pero cuando se cansa mueve la cola, y parpadea, y le dejo que se levante y salte a mi cama... Apuesto lo que quieras a que a esas personas que están en la tumba les gustaría poder hacer lo mismo, ¿verdad Torry?

Torry ladró.

-¡Basta! -dijo mamá, en tono firme-. ¡No me gusta que hables de esas cosas!

***

El otoño continuó. Torry corrió a través de los bosques, a lo largo de la orilla del río, por el cementerio, como era su costumbre, y arriba y abajo de la ciudad, sin olvidar nada.

A mediados de octubre, Torry empezó a obrar de un modo muy raro. Al parecer, no podía encontrar a nadie que viniera a visitar a Martin, nadie parecía prestar atención a su cartoncito. Pasó siete días seguidos sin traer a ningún visitante. Martin estaba profundamente desilusionado por ello.

Mamá se lo explicó.

-Todo el mundo está ocupado, hijo mío. La guerra, y todo eso... La gente tiene otras preocupaciones para andar leyendo los cartoncitos que un perro lleva colgados al cuello.

-Sí -dijo Martin-, debe de ser eso.

***

Pero la cosa era algo más complicada. Torry tenía un extraño brillo en los ojos. Como si en realidad no buscara a nadie, o no le importara, o... algo. Algo que Martin no conseguía imaginar. Tal vez Torry estaba enfermo. Bueno, al diablo con los visitantes. Mientras tuviera a Torry, todo iba bien.

Y entonces, un día, Torry salió de casa y no regresó.

Martin esperó tranquilamente al principio. Luego... nerviosamente. Luego... ansiosamente.

A la hora de cenar oyó que papá y mamá llamaban a Torry. No ocurrió nada. Fue inútil. No hubo ningún sonido de patas a lo largo del sendero que conducía a la casa. Ningún ladrido desgarró el frío aire nocturno. Nada, Torry se había marchado. Torry no iba a regresar a casa... nunca.

Unas hojas cayeron más allá de la ventana. Martin hundió el rostro en la almohada, sintiendo un agudo dolor en el pecho.

El mundo estaba muerto. Ya no había otoño, porque no había ya ninguna piel que lo trajera a la casa. No habría invierno, porque no habría unas patas humedecidas de nieve. No habría más estaciones. No habría más tiempo. El emisario se había perdido entre el tráfago de la civilización, probablemente aplastado por un automóvil, o envenenado, o robado, y no habría más tiempo.

Martin empezó a sollozar. No tendría ya más contacto con el mundo. El mundo estaba muerto.

***

Martin se enteró de que había llegado la fiesta de Todos los Santos por los tumultos callejeros. Pasó los tres primeros días de noviembre tumbado en la cama, mirando al techo, contemplando en él las alternativas de luz y de oscuridad. Los días se habían hecho más cortos, más oscuros, lo sabía por la ventana. Los árboles estaban desnudos. El viento de otoño cambió su ritmo y su temperatura, pero sólo era un espectáculo en la parte exterior de su ventana, nada más.

Martin leía libros acerca de las estaciones y de la gente de aquel mundo que ahora no existía. Escuchaba todos los días, pero no oía los sonidos que deseaba oír.

Llegó el viernes por la noche. Sus padres iban a ir al teatro. La señorita Tarkins, la vecina de la casa contigua, se quedaría un rato hasta que Martin cayera dormido, y luego se marcharía a su casa.

Mamá y papá entraron a darle las buenas noches y salieron al encuentro del otoño. Martin oyó el sonido de sus pasos en la calle.

La señorita Tarkins se quedó un rato, y cuando Martin dijo que estaba cansado, apagó todas las luces y se marchó a su casa.

A continuación, silencio. Martin permaneció tendido en la cama, contemplando las estrellas que se movían lentamente a través del cielo. Era una noche clara, iluminada por la luz de la luna. Una noche para vagabundear con Torry a través de la ciudad, a través del dormido camposanto, a lo largo de la orilla del río, cazando fantasmales sueños infantiles.

Sólo el viento era amistoso. Las estrellas no ladraban. Los árboles no se sentaban sobre sus patas traseras con expresión suplicante. Sólo el viento agitaba su cola contra la casa de cuando en cuando.

Eran más de las nueve.

Si Torry regresara ahora a casa, trayendo con él algo del mundo exterior... Un cardo, empapado en escarcha, o el viento en sus orejas. Si Torry regresara...

Y entonces, en alguna parte, se produjo un sonido.

Martin se incorporó en la cama, temblando. La luz de las estrellas se reflejó en sus pequeños ojos. Tendió el oído, escuchando.

El sonido se repitió.

Era tan leve como una punta de aguja moviéndose a través del aire a millas y millas de distancia.

Era el fantástico eco de un perro... ladrando.

Era el sonido de un perro acercándose a través de campos y arroyos, el sonido de un perro corriendo, lanzando su aliento al rostro de la noche. El sonido de un perro dando vueltas y corriendo. Se acercaba y se alejaba, crecía y disminuía, avanzaba y retrocedía, como si alguien lo llevara cogido de una cadena. Como si el perro estuviera corriendo y alguien le silbara desde atrás y el perro retrocediera, dando la vuelta, y echara a correr de nuevo hacia la casa.

Martin sintió que la habitación giraba a su alrededor, y la cama tembló con su cuerpo. Los muelles se quejaron con sus vocecitas metálicas.

El débil ladrido siguió avanzando, creciendo más y más.

¡Torry, ven a casa! ¡Torry, ven a casa! ¡Torry, muchacho, oh, Torry! ¿Dónde has estado? ¡Oh, Torry, Torry!

Otros cinco minutos. Cada vez más cerca, y Martin pronunciando el nombre del perro una y otra vez. Perro malo, perro malvado, marcharse de casa y dejarlo solo tantos días... Perro malo, perro bueno, ven a casa, oh, Torry, ven a casa y cuéntamelo todo... Las lágrimas cayeron y se disolvieron sobre el edredón.

Más cerca ahora. Muy cerca. En la misma calle, ladrando. ¡Torry!

Martin oyó su respiración. El sonido de las patas del perro en el montón de hojas secas, en el sendero que conducía a la casa. Y ahora... junto a la misma casa, ladrando, ladrando, ladrando. ¡Torry!

Ladrando junto a la puerta.

Martin se estremeció. ¿Bajaría a abrir al perro, o debía esperar a que papá y mamá regresaran a casa? Esperar. Sí, tenía que esperar. Pero sería insoportable si, mientras esperaba, el perro volvía a marcharse. No, bajaría a abrir, y su querido perro saltaría a sus brazos otra vez. ¡Torry!

Había empezado a escurrirse de la cama cuando oyó el otro sonido. La puerta que se abría. Alguien había sido lo bastante amable como para abrirle la puerta a Torry.

Torry había traído un visitante, desde luego. El señor Buchanan, o el señor Jacobs, o quizás la señorita Tarkins.

La puerta se abrió y se cerró y Torry corrió escaleras arriba, entró en la habitación y se encaramó al lecho de un salto.

-¡Torry! ¿Dónde has estado? ¿Qué has hecho toda esta semana?

Martin reía y lloraba al mismo tiempo. Se abrazó al perro. Y entonces dejó de reír y de llorar, repentinamente. Se quedó mirando a Torry con ojos asombrados.

El olor que había traído Torry era... distinto.

Era un olor a tierra. A tierra muerta. A tierra que olía a putrefacción, a tumba. De las patas de Torry se desprendieron pegotes de tierra putrefacta. Y... algo más. Un pequeño trozo blanquecino de... ¿piel?

¿Lo era? ¡Lo era! ¡LO ERA!

¿Qué clase de mensaje le traía Torry? ¿Qué significaba aquel mensaje? La tierra era... la espantosa tierra del cementerio.

Torry era un perro malo. Siempre cavando donde no debía.

Torry era un perro bueno. Siempre haciendo amigos con la misma facilidad. Torry era un perro bueno. Todo el mundo simpatizaba con él. Y Torry traía a la gente a casa.

Y ahora, el último visitante estaba subiendo la escalera:

Lentamente. Arrastrando un pie detrás del otro, penosamente, lentamente, lentamente, lentamente.

-¡Torry, Torry! ¿Dónde has estado? -gritó Martin.

Un pegote de tierra húmeda se desprendió del pecho del perro.

La puerta de la habitación se abrió.

Martin tenía compañía.

Etiquetas: , , , , ,

jueves, febrero 15, 2007

Sitio Oficial de Ray Bradbury

Después de innumerables mensajes conviene dedicar la atención al sitio oficial de Ray Bradbury, mantenido por la editorial Harper Collins, entre las distintas secciones que contiene es interesante la sección de videos:
http://www.raybradbury.com/at_home_clips.html

donde el autor norteamericano repasa distintos temas además de su propia obra.

Etiquetas: , , ,

miércoles, febrero 07, 2007

Homenaje con estilo francés para François Truffaut

El cineasta francés fue un observador y amante de la belleza femenina, creador de un estilo propio, apasionado y sensible. Influyente director y crítico de la prestigiosa Cahiers du cinema, fue parte fundamental de una generación de maestros.


El 6 de febrero de 1932 nacía en París François Truffaut, uno de los directores y críticos más influyentes y más recordados de la cinematografía francesa por su personal mirada sobre el mundo infantil, el mundo femenino, su amor por la literatura y su pasión por el cine.

Junto a Jean- Luc Godard, Claude Chabrol y Eric Rohmer se convirtió en un exponente de la llamada nouvelle vague (nueva ola), un grupo de jóvenes cineastas que cambiaron el cine de estudios y producción por el cine de autor. Ellos pusieron en cada obra su particular mirada creando un estilo propio y personal alejado de la gran industria.

Truffaut, quien pasó su infancia entre libros y salas de cine, dejó la escuela a los 14 años y pasó por la cárcel acusado de robos menores y por desertar en el Ejército.

Amigo del célebre crítico y escritor André Bazin, Truffaut comenzó a escribir reseñas de películas en la prestigiosa revista de cine Cahiers du Cinéma que éste dirigía.

En 1956 es ayudante de dirección de Roberto Rossellini. En el año 1957, tras casarse con Madeleine Morgenstern, hija de un importante distribuidor, fundó la productora Les Films du Carrosse y, dos años más tarde, debutó como director con Los cuatrocientos golpes (1959).

Allí comenzaría a desplegarse la historia del pequeño Antoine Doinel, un adolescente tan permeable como rebelde e incomprendido. Su historia se retoma en Antoine et Colette (1962), Besos robados (1969), Domicilio conyugal (1970) y L'amour en fuite (1979).

La mitad de sus películas fueron adaptaciones literarias tales como Las dos inglesas y el amor (1971) o Fahrenheit 451 (1966) de Ray Bradbury.

Entre su filmografía, donde profundizó el mundo infantil y el femenino, dedicó un genial homenaje al oficio cinematográfico con La noche americana (1973), que le valió el Oscar a la mejor película extranjera.

Como crítico recibió el apodo de enfant terrible, al ser considerado una de las plumas más ácidas de la crítica parisina.

Su admiración por el director Alfred Hitchcock lo llevó a realizarle una extensa entrevista que se convirtió en un clásico ya que repasa toda la filmografía del maestro del suspense.

Truffaut, una figura ineludible para muchos de los cineastas contemporáneos, murió por un tumor cerebral en Neuilly-sur-Seine, Francia, en octubre de 1984 .

Fuente: perfil.com

Etiquetas: , , , , ,

© 2006 Hotel Kafka. C. Hortaleza 104, MadridTfno. 917 025 016Sala de PrensaMapa del SiteAviso Legalinfo@hotelkafka.com