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lunes, marzo 26, 2007

Y cuando Bush despertó, la guerra seguía ahí

?Vamos a volver a la Luna y también vamos a ir a Marte?
Roberto Bardini (BAMBU PRESS, publicado originalmente en agenpress.info http://www.argenpress.info/nota.asp?num=040654&Parte=0 )

En octubre de 2000, una periodista del periódico español La Vanguardia le preguntó al escritor Ray Bradbury cómo imaginaba el futuro. ?Vamos a volver a la Luna y también vamos a ir a Marte. Me gustaría que el gobierno se cuestionara por qué no volvimos a la Luna. No debimos haberla dejado nunca. Nuestro destino no es estar solamente aquí en la Tierra?, contestó el autor de Fahrenheit 451.

Luego, ante la pregunta ?¿para qué hemos nacido??, Bradbury respondió: ?Para mirar todo el universo, para celebrarlo. Tenemos que salir a examinarlo y colonizarlo. Tenemos que cumplir nuestro destino y volver a la Luna, y a Marte, y expandirnos, expandirnos?.



A casi siete años de distancia y ante las noticias que llegan de Medio Oriente, suenan fuertes las palabras ?examinar?, ?colonizar?, ?expandirnos?... Sobre todo porque Bradbury no se considera a sí mismo un escritor de ciencia ficción sino ?un narrador de cuentos con propósitos morales?. El destino de los hombres ?ha dicho? es ?padecer sufrimientos agobiadores para concluir vencidos, contemplando el fin de la eternidad?.



Un mes después de estas declaraciones, George W. Bush ganó la cuestionada elección presidencial de noviembre de 2000 sin haber logrado la mayoría de votos, un hecho inédito en la historia de Estados Unidos desde 1888. Por fallas en las máquinas de recuento de sufragios en el estado de Florida ?donde su hermano Jeb Bush era gobernador? intervino la Corte Suprema de Justicia para darle el triunfo, otro hecho inédito desde 1876.



Durante su campaña como candidato, Bush había asegurado que se oponía a utilizar a las Fuerzas Armadas estadounidenses en intentos de reconstruir países en el extranjero. Desde entonces, Estados Unidos hizo exactamente lo contrario: no regresó a la Luna ni a Marte, pero se ha expandido bastante en la Tierra, sobre todo en Oriente Medio. Por eso hoy es como si las palabras de Bradbury se refirieran a Irak y Afganistán.



Aunque Bush se graduó en Letras por la Universidad de Yale en 1968 ?año en que Ray Bradbury ganó el premio que otorga la Aviation-Space Writers Association (ASWA)? es poco probable que haya leído la obra del autor de Crónicas Marcianas. En su libro de cuentos El Convector Toynbee, publicado en 1988, Bradbury le hace decir a uno de sus personajes algo que es exactamente lo contrario del camino recorrido por Estados Unidos en los últimos seis años y que, visto con ojos actuales, es una pequeña perla del sarcasmo:



?¡Lo logramos!, exclamó. El futuro es nuestro. Reedificamos las ciudades, reconstruimos los pueblos, saneamos los lagos y ríos, purificamos el aire, salvamos a los delfines, aumentamos el número de ballenas, detuvimos las guerras, enviamos estaciones solares al espacio para iluminar el mundo, colonizamos la Luna, nos mudamos a Marte y luego a Alfa Centauro. Curamos el cáncer y derrotamos la muerte?.



El lunes 20 de marzo se cumplieron 48 meses de la invasión estadounidense a Irak y Bush pidió ?paciencia?, con voz apagada, a quienes cada vez más se oponen a la ocupación del país árabe.



La breve declaración televisada desde la Casa Blanca contrastó con su euforia del 1 de mayo de 2003, poco antes del derrocamiento de Saddam Hussein, cuando anunció desde la cubierta del portaaviones Abraham Lincoln que las mayores operaciones de combate en Irak habían terminado. Su frase ¡Mission Acomplished! (?¡Misión cumplida!?) fue reproducida en un enorme cartel que o­ndeaba sobre el buque. Pero hoy, cuando despertó, la guerra seguía ahí.+ (PE/Argenpress)

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martes, marzo 20, 2007

"Cuando uno hace una película, para de vivir"

yvonne blake, diseñadora de vestuario

la figurinista de cine yvonne blake detalla el proceso de trabajo que sigue concada largometraje. tras 130 películas y un oscar, es una maestra en el oficio
la figurinista de cine yvonne blake detalla el proceso de trabajo que sigue concada largometraje. tras 130 películas y un oscar, es una maestra en el oficio


rosario sepúlveda (las provincias)

Un día Yvonne Blake (Manchester, 1940) paseaba por Londres y vio al mendigo perfecto o, mejor dicho, la gabardina perfecta para el personaje de un mendigo. ?Entonces me acerqué a él y le ofrecí ropa nueva, que nosotros teníamos en el almacén, a cambio de la suya. Él aceptó encantado, pero el actor lo estaba algo menos?. La anécdota se refiere al rodaje de Ídolo, uno de los 130 largometrajes en los que ha participado la figurinista Yvonne Blake, que ha vestido a estrellas como Audrey Hepburn, Michael Caine, Marlon Brando, Robert de Niro, Al Pacino y Julie Christie.

Afincada en España desde la década de los sesenta, en el currículum de Blake, una maestra en su oficio, figuran títulos tan memorables como Robin y Marian, Fahrenheit 451, Jesucristo Superstar o Superman, aunque el Oscar lo recibió por Nicolás y Alejandra. En España su profesionalidad tampoco ha pasado inadvertida. Ha trabajado a las órdenes de Gonzalo Suárez, Vicente Aranda o Jaime Chávarri y ha ganado cuatro premios Goya, el último en 2005 por El puente de San Luis. Ahora, tras celebrar la publicación del libro Yvonne Blake, figurinista de cine, de Víctor Matellano, disfruta de un año sabático. ?Estoy leyendo guiones, pero todavía no he tomado una decisión. Después de Los fantasmas de Goya me quedé tan agotada que necesito un año para recargar las pilas. Cuando uno hace una película para de vivir, trabajas como dieciséis horas diarias todos los días de la semana?, asegura.

Una película paso a paso

Porque el período de dedicación que exige cada proyecto es largo e intenso. ?En una película tirando a grande podemos tener tres meses de preparación y tres de rodaje?, estima. Con la lectura del guión y las primeras conversaciones con el director empieza la actividad de la diseñadora de vestuario. ?Después me documento mucho sobre la época?. Blake confiesa que prefiere hacer el vestuario de largometrajes ambientados en otras épocas. ?He pasado muchas tardes en museos, sobre todo en El Prado. También voy al del Traje, a bibliotecas, compro libros y, cuando viajo, frecuento exposiciones?, resume la figurinista inglesa. ?Al mismo tiempo ?añade?, voy buscando telas, materiales... En casa tengo un montón de muestras de primera calidad, es fundamental que todo sea auténtico?. Aunque para los profanos resulte paradójico, Blake no idea primero los diseños y después busca el material, sino al revés. ?Imagínate que tienes un diseño y la tela que has pensado para su confección no existe?, razona. Con las telas en su poder, empieza la elaboración de bocetos, que ella dibuja con profusión de detalles. ?Otros figurinistas trabajan con fotos, revistas...?

A continuación, el director aprueba los diseños. ?Y después se los enseñamos a los actores. Algunos, sobre todo los americanos, también pueden aprobar los diseños. A Robert de Niro, para Los puentes de San Luis, tuvimos que mandarle fotocopias en color?, recuerda. Pese a que no siempre conocen de antemano el elenco de actores, Blake confirma que saber las características físicas de los personajes ayuda.

La diseñadora no tiene un equipo propio, así que acude a casas de vestuario, como Cornejo o Peris en España, que confeccionan la ropa. Sus compras de telas se extiende a Alemania, Italia, Inglaterra... ?Voy decidiendo quién puede hacer ciertas cosas. También trabajo con una casa en Londres, Cosprop, que son especialistas en los siglos XVIII y XIX. Tienen un corte muy auténtico y son muy detallistas?.

Cuando el rodaje comienza, la figurinista sigue. ?Estoy allí a primera hora para comprobar que todo el mundo está bien vestido, que el director está contento... Después me suelo ir a la casa de vestuario para seguir organizando, porque cuando empiezas a rodar no lo tienes todo?. ?Milos Forman en Los Fantasmas de Goya supervisaba hasta el último detalle unos días antes del rodaje ?añade?. Yo aprecio esta forma de trabajar, porque los cambios de último momento generan estrés en el equipo?. Con esta película recuerda que las tareas de ambientación resultaron ímprobas. ?Siempre quería más y más soldados. Había que destrozar sus trajes, mancharlos con sangre, y tenía a gente trabajando toda la noche?. Su ayudante José Vico, un jefe de vestuario, ambientadores y diversos ayudantes formaron el equipo de, hasta ahora, su último trabajo.

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martes, marzo 13, 2007

El hombre ilustrado

Reseña publicada en "El Ciudadano de Bariloche"

Recomendado de la Semana: ?El Hombre Ilustrado.? Por la Lic. Julia Elena Fernández
El trabajo posee diferentes relatos, correspondiendo cada uno de ellos a una imagen del hombre ilustrado. Comienza el libro con una narración sumamente interesante, denominada: ?La Pradera?, en la cual unos niños son cuidados por una guardería virtual, sin embargo esto va más allá y los niños generan una realidad virtual que comienza a generar problemas.


Ficha Técnica:
Título: ?El hombre Ilustrado?.
Autor: Ray Bradbury.
Editorial: Booket.



?No estaba prediciendo el futuro, estaba intentando prevenirlo.?
Ray Bradbury


Ray Bradbury es uno de los primeros nombres que se nos viene a la cabeza si pensamos en ciencia ficción. A pesar de que existe una discusión en el mundo literario, sobre si los trabajos de este escritor pertenecen o no a esta categoría. Comúnmente asociamos su nombre con este género y no podemos dejar de resaltar que los trabajos de Bradbury poseen mucha fantasía y misterio, los mismos crean un mundo irreal que nos asombra y fascina. A través de esta construcción las enseñanzas y su análisis de la realidad se trasmiten de generación en generación.

Asimismo, ha producido una amplia gama de libros, cuentos y ensayos. La alta calidad en su redacción y el exquisito estilo literario que posee se evidencian constantemente. La obra hoy recomendada a nuestros seguidores, ?El hombre ilustrado? no se encuentra exenta de estas cualidades.

?El hombre ilustrado? contiene dieciocho cuentos, que poseen un mismo hilo conductor. El personaje principal, es un señor que se encuentra todo cubierto de tatuajes, los cuales cobran vida y hasta predicen el futuro. Cada diseño genera su propia historia.





El trabajo posee diferentes relatos, correspondiendo cada uno de ellos a una imagen del hombre ilustrado. Comienza el libro con una narración sumamente interesante, denominada: ?La Pradera?, en la cual unos niños son cuidados por una guardería virtual, sin embargo esto va más allá y los niños generan una realidad virtual que comienza a generar problemas.

Otros cuentos que podemos resaltar son por ejemplo, ?El otro pie? y ?La última noche del mundo?. En el primero, los hombres de color conquistan Marte, hasta que un día se enteran que los ?blancos? llegarán al planeta. Así los blancos serán considerados como de segunda clase. En el segundo, los hombres saben que el mundo se terminará, con este conocimiento deben continuar con su vida sabiendo que la existencia del mundo está por finalizar.

Todas las narraciones son fantásticas y futuristas. Estas se encuentran caracterizadas por una excelente descripción y los relatos son fascinantes. El contenido que trasmite el escritor apunta básicamente a desnudar y analizar la propia esencia del ser humano.

Ray Douglas Bradbury nació en Agosto de 1920 en los Estados Unidos. Ha realizado numerosos trabajos, como por ejemplo: ?Crónicas marcianas? y ?Fahrenheit 451?. A lo largo de su carrera ha recibo numerosas menciones y premios.

?El hombre ilustrado? fue llevado al cine por el director Jack Smight, pero en ella solo se presentaron tres de las historias del autor: ?La Pradera?, ?La larga lluvia? y ?La última noche del mundo?.


Un libro original, fantástico y crítico producido por una mente ?sin límites?.

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jueves, marzo 08, 2007

Sale a la calle un nuevo sello literario, "451 Editores"

Llega a las librerías una nueva editorial, 451 Editores, un nuevo sello dedicado a la narrativa, el ensayo y el libro ilustrado, dirigido por Javier Azpeitia.

451 Editores se presenta a través de cuatro colecciones, novelas, cuentos y ensayos; versiones de clásicos por autores de hoy, antologías temáticas ilustradas y ensayos ilustrados sobre arte e imagen.

Así, estarán a la venta los cuatro primeros títulos de la colección: "Corazón de tango", de Elia Barceló; "La pértiga del funambulista", de Berta Tabor; "La mujer de Andros", de Thornton Wilder; y "Un verano en mariposa", de Stephen Leacock.

Y a partir del nueve de noviembre saldrá a la venta los primeros títulos de la colección 451.Re, dedicada a las versiones de clásicos por autores de hoy. En esta nueva serie se publicarán títulos como "Cid!" en versión de Antonio Orejudo, Luis Martin y Rafael Reig.

"El lazarillo de Tormes" será puesto al día por Martín Casariego, Marcos Giralt Torrent, Francisco Casavella y Marta Rivera de la Cruz, y "Las leyendas de Bécquer", serán versionadas por Lorenzo Silva, Elia Barceló, Fernando Marías, Mercedes Abad, Juan Bonilla, Juan Bas, Marta Sanz y Carlos Castán.

(fuente Tiramillas.net)-

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miércoles, marzo 07, 2007

El asesino, por Ray Bradbury

Transcripción del libro"Las doradas manzanas del sol" Editorial Minotauro, 1996

La música se movía con él por los blancos pasillos. Pasó ante una puerta de oficina: La viuda alegre. Otra puerta: La siesta de un fauno. Una tercera: Bésame otra vez. Dobló en un corredor. La danza de las espadas lo sepultó bajo címbalos, tambores, ollas, sartenes, cuchillos, tenedores, un trueno y un relámpago de estaño, todo quedó atrás cuando llegó a una antesala donde una secretaria estaba hermosamente aturdida por la Quinta de Beethoven. Pasó ante los ojos de la muchacha como una mano; ella no lo vio.

La radio pulsera zumbó.

-¿Sí?

-Es Lee, papá. No olvides mi regalo.

-Sí, hijo, sí. Estoy ocupado.

-No quería que te olvidases, papá- dijo la radio pulsera.

Romeo y Julieta de Tchaikovsky cayó en enjambres sobre la voz y se alejó por los largos pasillos. El psiquiatra caminó en la colmena de oficinas, en la cruzada polinización de los temas, Stravinsky unido a Bach, Haydn rechazando infructuosamente a Rachmaninoff, Schubert golpeado por Duke Ellington. El psiquiatra saludó con la cabeza a las canturreantes secretarias y a los silbadores médicos que iban a iniciar el trabajo de la mañana. Llegó a su oficina, corrigió unos pocos textos con su lapicera, que cantó entre dientes, luego telefoneó otra vez al capitán de policía del piso superior. Unos pocos minutos más tarde, parpadeó una luz roja, y una voz dijo desde el cielo raso:

-El prisionero en la cámara de entrevistas número nueve.

Abrió la puerta de la cámara, entró, y oyó que la cerradura se cerraba a sus espaldas.

-Lárguese-dijo el prisionero, sonriendo.

La sonrisa sobresaltó al psiquiatra. Una sonrisa soleada y agradable, que iluminaba brillantemente el cuarto. El alba entre lomas oscuras. El mediodía a medianoche, aquella sonrisa. Los ojos azules chispearon serenamente sobre aquella confiada exhibición de dientes.

-Estoy aquí para ayudarlo- dijo el psiquiatra frunciendo el ceño.

Había algo raro en el cuarto. El médico había titubeado al entrar. Miró alrededor. El prisionero se rió.

-Si está preguntándose por qué hay aquí tanto silencio, deshice la radio a puntapiés.

Violento, pensó el doctor.

El prisionero le leyó el pensamiento, sonrió, y extendió una mano suave.

-No, sólo con las máquinas que chillan y chillan.

En la alfombra gris se veían pedazos de cable y lámparas de la radio de pared. Sintiendo sobre él aquella sonrisa como una lámpara calorífera, el psiquiatra se sentó frente a su paciente, en un silencio insólito que era como la amenaza de una tormenta.

-¿Es usted el señor Albert Brock que se llama a sí mismo El Asesino?

Brock asintió agradablemente.

-Antes de empezar.-Se movió con rapidez y sin ruido y le sacó al doctor la radio pulsera. La mordió como si fuese una nuez, y la radio crujió y estalló. Brock se la devolvió al médico como si le hubiese hecho un favor- . Es mejor así.

El psiquiatra se quedó mirando el arruinado aparato.

-Su cuenta de daños y perjuicios está creciendo.

-No me importa-sonrió el paciente-. Como dice la vieja canción: ¡No me importa lo que pasa!

El hombre tarareó.

-¿Empezamos?-dijo el psiquiatra.

-Muy bien. Mi primera víctima, o una de las primeras, fue el teléfono. Un crimen espantoso. Lo eché en el sumidero mecánico de mi cocina. Puse el aparato en punto medio. El pobre teléfono murió por estrangulación lenta. Luego maté a tiros el televisor.

-Mmm-dijo el psiquiatra.

-Le disparé seis tiros en el cátodo. Se oyó un hermoso tintineo, como una araña de luces que cae al piso.

-Linda imagen.

-Gracias, siempre soñé con ser escritor.

-¿Por qué no me dice cuando empezó a odiar el teléfono?

-Me aterrorizaba ya en la infancia. Un tío mío lo llamaba la máquina de los fantasmas. Voces sin cuerpo. Me ponía los pelos de punta. Más tarde, nunca me sentí cómodo. El teléfono me parecía un instrumento impersonal. Si a él se le ocurría, dejaba que la personalidad de no fuese por sus cables. Si no lo quería así, lo mismo le sacaba a uno la personalidad hasta que por el otro extremo salía una voz de pescado frío, toda acero, cobre, plásticos, sin calor, sin realidad. Es fácil decir alguna inconveniencia cuando se habla por teléfono; el teléfono cambia el significado de las frases. Y al fin uno se entera del hecho que se ha ganado un enemigo. Luego, por supuesto, el teléfono es algo tan conveniente. Ahí está, exigiendo que uno llame a alguien que no quiere que lo llamen. Mis amigos estaban siempre llamando, llamando, llamándome. Demonios, no me dejaban tiempo para nada. Cuando no era el teléfono, era la televisión, la radio, el fonógrafo. Cuando no era la televisión, la radio o el fonógrafo eran las películas en el cine de la esquina, películas proyectadas en nubes bajas, con publicidad. Ya no llueve más agua, llueve espuma de jabón. Cuando no eran los anuncios en nubes de alta visibilidad, era la música de Mozzek en todos los restaurantes; música y anuncios en los ómnibuses que me llevaban al trabajo. Cuando no era la música, eran los intercomunicadores de la oficina, y la cámara de horror de una radio pulsera desde donde mis amigos y mi mujer me llamaban cada cinco minutos. ¿Qué hay en esas conveniencias que las hace parecer tan tentadoramente convenientes? El hombre común piensa: Aquí estoy, dispongo de tiempo, y aquí en mi muñeca hay un teléfono pulsera. ¿Por qué no llamar al viejo Joe, eh? «¡Hola, hola!» Quiero mucho a mis amigos, a mi mujer, la humanidad. Pero cuando mi mujer me llama para preguntarme: «¿Dónde estás ahora, querido?», y un amigo me llama y dice: «¿Conoces este chiste verde? Parece que una vez un tipo...» Y un desconocido me llama y grita: «Esta es la encuesta Encuentra-Rápido. ¿Qué caramelo de goma está masticando en este instante?» ¡Bueno!

-¿Cómo se sentía durante la semana?

-Al borde del precipicio. Aquella misma mañana hice eso en la oficina.

-¿Qué fue?

-Eché un vaso de agua en el intercomunicador. El psiquiatra anotó en su libreta

-¿Y el sistema se apagó?

-¡Magníficamente! ¡El cuatro de julio en ruedas! Dios mío, las estenógrafas corrían de un lado a otro como perdidas. ¡Qué confusión!

-¿Se sintió mejor durante un tiempo, eh?

-¡Muy bien! Al mediodía se me ocurrió cerrar la radio pulsera en la calle. Una voz aguda me gritaba: «Encuesta popular número nueve. ¿Qué almuerza usted? » En ese mismo momento, ¡se acabó la radio pulsera!

-¿Se sintió mejor aún, eh?

-¡Cada vez mejor!-Brock se frotó las manos- . ¿Por qué no iniciar, pensé, una revolución solitaria, liberando al hombre de ciertas «conveniencias»? «¿Conveniente para quién?», grité. Conveniente para los amigos. «Eh, Al, te llamo desde el bar de Green Hills. Acabo de abrir una botella de whisky, Al. Hermoso día. Ahora estoy tomando unos tragos. ¡Pensé que te gustaría saberlo, Al!» Conveniente para mi oficina, de modo que cuando ando trabajando en mi coche, la radio no pierde el contacto conmigo. ¡Contacto! Palabra tímida. Contacto, demonios. ¡Estrujamiento. Manoseo, mejor. Aporreo y masajeo. Uno no puede dejar el coche sin avisar: «Me he detenido en la estación de gasolina para ir al cuarto de baño.» «Muy bien, Brock, ¡rápido!» «Brock, ¿por qué tarda tanto?» «Lo siento, señor.» «Que no se repita, Brock.» «¡No, señor!» ¿Sabe usted que hice, doctor? Compré un cuarto kilo de helado de chocolate y lo eché en el transmisor de radio del coche.

-¿Tuvo alguna razón especial para echar helado de chocolate en el aparato?

Brock pensó un momento y sonrió.

-Es mi helado favorito.

-Oh-dijo el doctor.

-Pensé, demonios, lo que es bueno para mí es bueno también para el transmisor.

-¿Y por qué echar helado en la radio?

-Hacía calor.

El doctor calló un momento.

-¿Y qué vino luego?

-Luego vino el silencio. Dios, era hermoso. Aquella radio del auto codeando todo el día. Brock, venga aquí, Brock, vaya allá, Brock, llame, Brock, escuche, muy bien, Brock, hora de almorzar, Brock, ha terminado el almuerzo, Brock, Brock, Brock, Brock. Bueno, aquel silencio fue como si me hubiese echado helado en las orejas.

-Parece que le gusta mucho el helado.

-Me paseé en el auto disfrutando del silencio. Es la franela más blanda y suave del mundo. El silencio. Una hora entera de silencio. Yo paseaba en el coche, sonriendo, sintiendo aquella franela en mis oídos. ¡Me emborraché de libertad!

-Continúe.

-Entonces se me ocurrió lo de la máquina portátil de diatermia. Alquilé una, y aquella noche subí con ella al ómnibus que me llevaría a casa. Todos los viajeros hablaban con sus mujeres por la radio pulsera diciendo: «Ahora estoy en la calle Cuarenta y tres, ahora en la Cuarenta y cuatro, aquí estoy en la Cuarenta y nueve, ahora doblamos en la Sesenta y una.» Un marido maldecía: «Bueno, sal de ese bar, maldita sea y vete a casa a preparar la cena. ¡Estoy en la Setenta!» Y una radio de transistores tocaba Cuentos de los bosques de Viena, y un canario cantaba una canción acerca de una sopa de cereales. En ese momento..., ¡encendí mi aparato de diatermia! ¡Estática! ¡Interferencia! Todas las mujeres separadas de los maridos que habían acabado una dura jornada en la oficina. ¡Todos los maridos separados de sus mujeres que acababan de ver cómo sus chicos rompían una ventana! Talé los Bosques de Viena. El canario se atragantó. ¡Silencio! Un terrible, inesperado silencio. Los pasajeros del ómnibus tuvieron que afrontar la posibilidad de conversar entre ellos. ¡El pánico! ¡Un pánico puro y animal!

-¿Se lo llevó la policía?

-El ómnibus tuvo que detenerse. Después de todo, la música había desaparecido, maridos, mujeres habían perdido contacto on la realidad. Un pandemonio, un tumulto, y un caos. ¡Ardillas que chillaban en sus jaulas! Llegó una patrulla, me descubrieron rápidamente, me endilgaron un discurso, me multaron, y me mandaron a casa, sin el aparato de diatermia, en un santiamén.

-Señor Brock, ¿puedo sugerirle que su conducta hasta ese momento no había sido muy... práctica? Si no le gustaban las radios de transistores, o las radios de oficina, o las radios de auto, ¿por qué no se unió a alguna asociación de enemigos de la radio, firmó petitorios, o luchó por normas legales y constitucionales? Al fin y al cabo, estamos en una democracia.

-Y yo-dijo Brock- estoy en lo que se llama una minoría. Me uní a asociaciones, firmé petitorios, llevé el asunto a la justicia. Protesté todos los años. Todos se rieron, todos amaban las radios y los anuncios. Yo estaba fuera de lugar.

-Entonces tenía que haberse conducido como un buen soldado, ¿no le parece? La mayoría manda.

-Pero han ido demasiado lejos. Si un poco de música y «mantenerse en contacto» es agradable, piensan que mucha música y mucho «contacto» será diez veces más agradable. ¡Me volvieron loco! Llegué a casa y encontré a mi mujer histérica. ¿Por qué? Porque había perdido todo contacto conmigo durante medio día. ¿Recuerda que bailé sobre mi radio pulsera? Bueno, aquella noche hice planes para asesinar la casa.

-¿Pero quiere que lo escriba así? ¿Está seguro?

-Es semánticamente exacto. Había que enmudecerla. Mi casa es una de esas casas que hablan, cantan, tararean, informan sobre el tiempo, leen novelas, tintinean, entonan una canción de cuna cuando uno se va a la cama. Una casa que le chilla a uno una ópera en el baño y le enseña español mientras duerme. Una de esas cavernas charlatanas con toda clase de oráculos electrónicos que lo hacen sentirse a uno poco más grande que un dedal, con cocinas que dicen: «Soy una torta de durazno, y estoy a punto» o «Soy un escogido trozo de carne asada, ¡sácame!», y otras cosas semejantes. Con camas que lo mecen a uno y lo sacuden para despertarlo. Una casa que apenas tolera a los seres humanos, se lo aseguro. Una puerta de calle que ladra: «¡Tiene los pies embarrados, señor!» Y el galgo de una válvula de vacío electrónica que lo sigue a uno olfateándolo de cuarto en cuarto, sorbiendo todo fragmento de uña o ceniza que uno deja caer. ¡Jesucristo! ¡Jesucristo!

-Cálmese-sugirió el psiquiatra.

-¿Recuerda aquella canción de Gilbert y Sullivan, Lo he anotado en mi lista, y jamás lo olvidaré? Me pasé la noche anotando quejas. A la mañana siguiente me compré una pistola. Me embarré los zapatos a propósito. Me planté ante la puerta de calle. La puerta chilló: «¡Pies sucios, pies embarrados! ¡Límpiese los pies! ¡Por favor sea aseado!» Le disparé un tiro por el ojo de la cerradura. Corrí a la cocina, donde el horno lloriqueaba: «¡Apáguenme!» En medio de una tortilla mecánica, enmudecí la cocina. O cómo siseó y gritó: «¡Un corto circuito!» Entonces sonó el teléfono, como un murciélago. Lo eché en el sumidero mecánico. Debo declarar aquí que no tengo nada contra el sumidero. Lo siento por él, un dispositivo útil sin duda, que nunca dice una palabra, ronronea como un león soñoliento la mayor parte del tiempo, y digiere nuestros restos. Lo arreglaré. Luego fui y maté el televisor, esa bestia insidiosa, esa Medusa, que petrifica a un billón de personas todas las noches con una fija mirada, esa sirena que llama y canta y promete tanto, y da, al fin y al cabo, tan poco, y yo mismo siempre volviendo a él, volviendo y esperando, hasta que... ¡pum! Como un pavo sin cabeza, mi mujer salió chillando a la calle. Vino la policía. ¡Y aquí estoy!

Brock se echó hacia atrás, feliz, y encendió un cigarrillo.

-¿Y no pensó usted, al cometer esos crímenes, que la radio pulsera, el transmisor, el teléfono, la radio del ómnibus, los intercomunicadores, eran todos alquilados, o pertenecían a algún otro?

-Lo haría otra vez, que Dios me proteja.

El psiquiatra se quedó inmóvil bajo el sol de aquella beatífica sonrisa.

-¿Y no quiere que lo ayude la Oficina de Salud Mental? ¿Está preparado a soportar las consecuencias?

-Esto es sólo el comienzo-dijo el señor Brock- . Soy la vanguardia de unos pocos cansados de ruidos y órdenes y empujones y gritos, y música en todo momento, en todo momento en contacto con alguna voz de alguna parte, haz esto, haz aquello, rápido, rápido, ahora aquí, ahora allá. Ya veremos. La rebelión comienza. ¡Mi nombre hará historia!

- Mmm.

El psiquiatra parecía pensativo.

-Llevará tiempo, por supuesto. Era tan agradable al principio. La sola idea de esas cosas, tan prácticas, era maravillosa. Eran casi juguetes con los que uno podía divertirse. Pero la gente fue demasiado lejos, y se encontró envuelta en una red de la que no podía salir, ni siquiera advertía que estaba dentro. Así que dieron a sus nervios otro nombre «La vida moderna», dijeron. «Tensión», dijeron. Pero recuérdelo, se ha echado la semilla. Me conocen en todo el mundo gracias a la TV, la radio, las películas. Es una ironía. Eso fue hace cinco días. Un billón de personas me conoce. Revise las columnas de las finanzas. Un día notará algo. Quizá hoy mismo. ¡Una alza repentina en las ventas de helado de chocolate!

-Entiendo-dijo el psiquiatra.

-¿Puedo volver a mi hermosa celda privada, donde podré estar solo y en silencio durante seis meses?

-Sí- dijo el psiquiatra en voz baja. -No se preocupe por mí- dijo el señor Brock incorporándose- . Me voy a entretener un tiempo metiéndome ese blando, suave y callado material en las orejas.

-Mmm-dijo el psiquiatra yendo hacia la puerta.

-Saludos-dijo el señor Brock.

-Sí- dijo el psiquiatra.

Apretó el botón oculto de acuerdo con la clave. La puerta se abrió, el psiquiatra salió del cuarto, la puerta se cerró. El psiquiatra atravesó oficinas y corredores. Los primeros veinte metros de su marcha fueron acompañados por El tamboril chino. Luego se oyó Tzigana, Passacaglia y fuga en algo menor, E1 paso del tigre, El amor es como un cigarrillo. Sacó la radio pulsera rota del bolsillo como una mantis religiosa muerta. Entró en su oficina. Sonó un timbre. Una voz llegó desde el cielo raso:

-¿Doctor?

-Acabo de terminar con Brock.

-¿Diagnóstico?

-Parece completamente desorientado, pero jovial. Rehusa aceptar las más simples realidades de su ambiente, y cooperar con ellas.

-¿Pronóstico?

-Indefinido. Lo dejé disfrutando con un trozo de material invisible.

Llamaron tres teléfonos. Un duplicado de su radio pulsera zumbó en un cajón del escritorio como una langosta herida. El intercomunicador lanzó una luz robada y un clic-clic. Llamaron tres teléfonos. El cajón zumbó. Entró música por la puerta abierta. El psiquiatra, tarareando entre dientes, se puso la nueva radio pulsera en la muñeca, abrió el intercomunicador, habló un momento, atendió un teléfono, habló, atendió otro teléfono, habló, atendió un tercer teléfono, habló, tocó el botón de la radio pulsera, habló serenamente y en voz baja, con una cara descansada y tranquila, mientras se oía música y las luces se apagaban y encendían, los dos teléfonos llamaban otra vez, y él movía las manos, y la radio pulsera zumbaba, y los intercomunicadores conversaban, y unas voces hablaban desde el techo. Y así siguió serenamente el resto de una larga y fresca tarde de aire acondicionado; teléfono, radio pulsera, intercomunicador, teléfono, radio pulsera, intercomunicador, teléfono, radio pulsera, intercomunicador, teléfono, radio pulsera, intercomunicador, teléfono, radio pulsera, intercomunicador, teléfono, radio pulsera...


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viernes, marzo 02, 2007

El lago

Un cielo a mi medida arrojado sobre el lago Michigan; sobre la arena amarilla, algunos críos gritones botando pelotas; una o dos gaviotas, una madre criticona y yo huyendo de una ola y encontrando este mundo nublado y húmedo.

Subí corriendo por la playa.

Mamá me frotó con una esponjosa toalla.

-Quédate aquí y sécate -dijo.

Me quedé allí y observé cómo el sol evaporaba las gotas de agua de mis brazos. Las sustituí por carne de gallina.

-Hace viento -dijo mamá-. Ponte el suéter.

-Espera que vea mi carne de gallina -dije.

-Harold -dijo mamá.

Me embutí en el suéter y contemplé alzarse y caer las olas sobre la playa. Pero no desmañadamente, sino adrede, con una especie de verde elegancia. Ni siquiera un hombre borracho podría derrumbarse con la misma elegancia que aquellas olas.

Eran los últimos días de septiembre, cuando las olas se vuelven tristes sin ninguna razón. Con sólo seis personas en ella, la playa aparecía demasiado larga y solitaria. Los críos habían dejado de botar la pelota Porque también el viento los ponía tristes, silbando como silbaba, y permanecían sentados, sintiendo avanzar el otoño por la larga playa.

Todos los puestos de perritos calientes estaban cerrados con maderas doradas, clausurando los olores a mostaza, a cebolla y a carne, del largo y alegre verano. Era como clavetear el verano dentro de una hilera de féretros. Uno tras otro, los puestos bajaron sus toldos, cerraron con candados sus puertas, y el viento llegó y barrió la arena, borrando las millones de huellas de pisadas de julio y agosto. Así era en septiembre, no quedaba nada más que la señal de mis zapatillas de tenis, de goma, y los pies de Donald y Delaus Schabold y su padre bajaron por la curva del agua.

Cortinas de arena soplaban sobre las aceras, y el tiovivo estaba tapado con lonas, con todos los caballos paralizados entre el cielo y la tierra en sus barras de latón, mostrando los dientes, galopando. Con sólo la música del viento deslizándose a través de la lona.

Yo estaba allí. Todos los demás estaban en la escuela. Yo no. Mañana estaría de camino hacia el oeste, atravesando en un tren los Estados Unidos. Mamá y yo habíamos llegado a la playa para pasar un último y breve momento.

Había algo en la soledad que me hizo desear alejarme.

-Mamá, quiero correr por la playa.

-De acuerdo, pero date prisa en volver, y no te acerques al agua.

Corrí. La arena giraba bajo mis pasos y el viento me levantaba. Ya se sabe cómo es eso al correr, los brazos extendidos mientras se siente como velas entre los dedos, causadas por el viento. Como alas.

Mamá apartada en la distancia, sentada. Pronto no fue más que una mota oscura y yo me encontraba completamente solo. Permanecer solo es una novedad para un niño de doce años. Está acostumbrado a verse siempre rodeado de gente. El único modo de estar solo está en su mente. Por eso es que los niños se imaginan cosas tan fantásticas. Hay tantas personas a su alrededor, diciéndoles lo que tienen que hacer y cómo, que los niños tienen necesidad de escaparse a correr por aunque sólo sea en su mente, para encontrarse en su propio mundo con sus propios valores diminutos.

De manera que yo estaba realmente solo.

Me metí en el agua y sentí el frío en el vientre. Antes, con la multitud, no me había atrevido a mirar. Pero ahora... un hombre serrado por la mitad. Un mago. El agua es así. Se siente como si uno estuviera serrado por la mitad, y que una parte se disuelve como si fuera azucar. Agua fría, y de vez en cuando una ola que rompe elegantemente, con una ostentación de encajes.

Pronuncié su nombre. La llamé una docena de veces:

-¡Tally! ¡Tally! ¡Oh, Tally!

Es curioso, pero uno espera respuestas a sus llamadas cuando es joven. Uno siente que lo que piensa tiene que ser real. Y, a veces, quizá eso no es tan erróneo. Pensé en Tally, nadando en el agua en el pasado mayo, con sus trenzas colgando, rubia. Se fue riéndose, y el sol caía sobre sus pequeños hombros de doce años. Pensé en el agua que permanecía quieta, en el salvavidas saltando al agua, en la madre de Tally gritando, y en que Tally nunca salió...

-El salvavidas intentó convencer a Tally de que saliera, pero no salió. El salvavidas regresó con sólo hebras de entre sus grandes dedos huesudos, y Tally desapareció. Ya no se sentaría más frente a mí en la escuela, ni perseguiría la pelota en las losas de la calle las noches de verano. Se había internado demasiado y el lago no le permitiría regresar.

Y ahora, en el solitario otoño, cuando el cielo era enorme y el agua era enorme y la playa tan larga, yo había bajado por última vez, solo.

Grité su nombre una y otra vez.

-¡Tally! ¡Oh, Tally!


El viento soplaba suavemente en mis oídos, como sopla en la boca de las conchas marinas, haciéndoles murmurar. El agua subió y se abrazó a mi pecho y luego a mis rodillas, y subió y bajó, absorbiendo la arena bajo mis talones.

-¡Tally! ¡Oh, Tally, vuelve!

Yo sólo tenía doce años. Pero sabía lo mucho que amaba a Tally. Era ese amor anterior a todo significado del cuerpo y de la moral. Era ese amor que estaba hecho de todos los días calurosos pasados en la playa y de los tranquilos días en la escuela. Todos los largos días de otoño de los pasados años, cuando yo le llevaba los libros a casa desde la escuela.

-¡Tally!

Grité su nombre por última vez. Tirité. Sentí el agua en la cara y no supe cómo había llegado allí. Las olas no habían subido a esa altura.

Volviéndome, me retiré a la arena y me quedé allí durante media hora, esperando un destello, una señal, un pequeño indicio que me recordara a Tally. Luego, como una especie de símbolo, me arrodillé e hice un castillo de arena, hermoso y alto, como los que Tally y yo habíamos hecho tantas veces. Pero esta vez sólo hice la mitad. Luego me levanté.

-Tally, si me oyes, ven y haz tú lo que falta.

Empecé a caminar hacia la lejana mota que era mamá. El agua avanzó en círculos sucesivos y se mezcló con la arena del castillo, desmoronándolo poco a poco en la uniformidad original.

No pude evitar pensar que no hay castillos que uno edifique en la vida que alguna ola no desmorone.

Subí silenciosamente por la playa.

Un tiovivo, a lo lejos, cascabeleaba débilmente, pero era sólo el viento.

Salí en el tren al día siguiente.

Atravesamos los campos de trigo de Illinois. El tren tiene escasa memoria. Pronto lo deja todo atrás. Olvida los ríos de la niñez, los puentes, los lagos, los valles, las casas de campo, los dolores y alegrías. Los va esparciendo detrás y se hunden en el horizonte.

Mis huesos se alargaron y se cubrieron de carne; mi mente se cambió en otra más vieja; me despojé de lo que ya no era apropiado; cambié la escuela primaria por el instituto, y los libros del colegio por los libros de Derecho. Y entonces hubo una joven en Sacramento y hubo palabras y besos.

Continué con mis estudios de Derecho. Tenía a la sazón veintidós años y casi había olvidado cómo era el Este.

Margaret sugirió que nuestro aplazado viaje de luna de miel fuera en esa dirección.

El tren actúa en dos sentidos, como la memoria. Devuelve rápidamente todas aquellas cosas que uno dejó atrás hace muchos años.

Lake Bluff, una ciudad de diez mil habitantes, surgió perfilada contra el cielo. Margaret estaba encantadora con su precioso vestido nuevo. Se dedicó a observarme al tiempo que yo miraba mi viejo mundo. Sus fuertes y blancas manos sujetaron las mías mientras el tren se deslizaba en la estación de Bluff y sacaban nuestro equipaje.

¡Hay que ver lo que cambian los años los rostros y cuerpos de las personas! Cuando paseamos por la ciudad, cogidos del brazo, no reconocí a nadie. Había rostros que traían recuerdos. Recuerdos de excursiones por barrancos. Rostros con pequeñas risas, procedentes de escuelas primarias ya cerradas, y columpiándose en balancines, y subiendo y bajando en subibajas. Pero no hablé. Me limité a pasear y mirar y llenarme de aquellos recuerdos, como hojas amontonadas en otoño para ser quemadas.

Pasamos allí días felices. Dos semanas en total, volviendo a visitar juntos todos los lugares. Pensé que amaba mucho a Margaret. Por lo menos pensé que la amaba.

Era uno de los últimos días y habíamos bajado a pasear por la costa. El año no estaba tan avanzado como aquel de hacía muchos años, pero en la playa se advertían las primeras señales de abandono. La gente se dispersaba, varios de los puestos de perritos calientes habían cerrado y el viento, como siempre, zumbaba.

Casi vi a mamá sentada en la arena tal como solía sentarse. De nuevo tenía el sentimiento de querer estar solo. Pero no podía decidirme a decírselo a Margaret. Me limité a cogerme a ella y esperé.

Era tarde. La mayor parte de los niños se había ido a casa, Y sólo unos pocos hombres y mujeres permanecían tomando el sol, acariciados por el viento.

La barca del salvavidas subió a la orilla. El salvavidas salió de ella con algo en los brazos.

Me estremecí. Contuve la respiración y me sentí pequeño, sólo con doce años, muy pequeño, muy infinitesimal. y asustado. El viento aullaba. No veía a Margaret. Sólo podía ver la playa, al salvavidas emergiendo lentamente de su barca con un saco gris en las manos, no muy pesado, y su cara, casi tan gris y arrugada.

-Quédate aquí, Margaret -dije, sin saber por qué lo decía.

-Pero ¿por qué?

-Quédate aquí, eso es todo...

Bajé lentamente por la arena hacia donde estaba el salvavidas. El hombre me miró.

-¿Qué es eso? -le pregunté.

El salvavidas se quedó mirándome durante un largo rato, sin poder hablar. Dejó el saco gris en la arena -el agua murmuró a su alrededor- y retrocedió.

-¿Qué es? -insistí.

-Está muerta -dijo el salvavidas tranquilamente.

Esperé.

-Raro -dijo él en voz baja-. La cosa más rara que he visto jamás. Lleva muerta... mucho tiempo.

Repetí sus palabras.

-¿Mucho tiempo?

-Diez años, diría yo-. Este año no se ha ahogado ningún niño. Desde 1933 se han ahogado aquí doce niños, pero recuperamos los cuerpos de todos ellos a las pocas horas. De todos menos de uno, que yo recuerde. Este cuerpo, que debe de llevar diez años en el agua. No es... agradable.

-Abra el saco -dije, sin saber por qué.

El viento era más fuere. El salvavidas toqueteó el saco torpemente.

-Me parece que es una niña pequeña, porque todavía lleva trenzas. No hay mucho más que decir.

-¡Vamos, ábralo! -grité.

-Es mejor que no lo haga -dijo, y quizá vio el aspecto de mi rostro-. Era una niña pequeña...

Abrió el saco lo justo.

La playa estaba desierta. Solamente el cielo y el viento y el agua y el otoño. La miré.

Dije algo, una y otra vez. El salvavidas me miró.

-¿Dónde la encontró? -pregunté.

-Abajo, en la playa, en agua profunda. Es mucho, mucho tiempo para ella, ¿verdad?

Sacudí la cabeza.

-Sí, lo es. Oh, Dios, sí lo es.

Las personas crecen, pensé. Yo he crecido. Pero ella no ha cambiado. Ella es todavía pequeña. Ella es todavía joven. La muerte no permite crecer ni cambiar. Ella es todavía joven. Todavía tiene el pelo rubio. Será siempre joven, y yo la amaré siempre, oh Dios, la amaré siempre.

El salvavidas ató el saco de nuevo.

Pocos minutos después, yo paseaba solo por la playa. Encontré algo que verdaderamente no esperaba.

-Este es el lugar donde el salvavidas descubrió su cuerpo -me dije a mí mismo.

Allí, al borde del agua, permanecía el castillo de arena, sólo a medio construir. Tally y yo solíamos hacer castillos. Ella, medio. Y yo, medio.

Lo miré. Allí era donde habían encontrado a Tally. Me arrodillé junto al castillo de arena y vi las pequeñas huellas de pies que procedían del lago y que volvían al lago de nuevo... y no retornaban nunca.

Entonces... me di cuenta.

-Te ayudaré a acabarlo -dije.

Así lo hice. Construí el resto del castillo muy lentamente y luego, levantándome, me di la vuelta y me alejé para no ver cómo se desmoronaba en las olas, como todas las cosas se desmoronan.

Volví por la playa hacia donde una mujer extraña llamada Margaret me esperaba, sonriendo...

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