Hotel Kafka - Escuela de Ideas

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domingo, mayo 27, 2007

El día que llovió para siempre - Ray Bradbury

Por Ray Bradbury
Extraído de Remedio para melancólicos, Barcelona, Minotauro, pp.200-212.




El hotel se alzaba en el desierto como un hueso descarnado y hueco, bajo el cenit donde el sol calcinaba el tejado, todo el día. Toda la noche, el recuerdo del sol se movía en los cuartos como el fantasma de un viejo bosque incendiado. Muchos después del crepúsculo, pues la luz era calor, las luces del hotel permanecían apagadas. Los habitantes del hotel preferían andar a ciegas por los corredores, buscando un aire fresco.

Esa noche el señor Terle, el propietario, y sus dos únicos huéspedes, el señor Smith y el señor Fremley, que se parecían, y olían a dos viejas hojas de tabaco curado, se quedaron en la larga galería hasta muy tarde. Jadeaban a oscuras, en las chirriantes mecedoras, tratando de abanicar un viento.

-¿Señor Terle..? ¿No sería agradable, realmente...algún día...si pudiese comprar un equipo de aire acondicionado...? El señor Terle se recostó un momento, cerrando los ojos.

-No tengo dinero para esas cosas, señor Smith.

Los dos viejos huéspedes se sonrojaron; hacia ventiún años que no pagaban una sola factura.

Muchas tarde el señor Fremley lanzó un suspiro doloroso.

- ¿Por qué, por qué no salimos de aquí, y nos vamos a una ciudad decente? Dejaríamos de achicharrarnos, de cocinarnos, de sudar.

-¿Quién compraría un hotel muerto en un pueblo abandonado?-dijo tranquilamente el señor Terle-. No. No, nos quedaremos aquí y esperaremos el gran día, el 29 de enero.

Lentamente, los tres hombres dejaron de mecerse.

29 de enero.

El único día del año en que llovía realmente.

-No tenemos mucho que esperar.

El señor Smith sostuvo en la palma de la mano el reloj de oro, como una caliente luna de estío.

-Dentro de dos horas y nueve minutos será 29 de enero. Pero no veo una miserable nube en diez mil kilómetros a la redonda.

-¡Siempre llueve el 29 de enero! ¡Siempre, desde que nací!-. El señor Terle se detuvo, sorprendido. Había hablado con una voz estridente-. Si este año se atrasa en un día, no iré a tirarle a Dios de los faldones.

El Señor Fremley tragó saliva y miró de este a oeste por encima del desierto, hacia los cerros.

-Me pregunto...si habrá alguna vez por aquí otra fiebre del oro.

-Nada de oro -dijo el señor Smith-. Y más aun, apuesto que tampoco nada de lluvia. No lloverá mañana, ni pasado, ni más adelante. No lloverá en todo el año.

Los tres viejos contemplaron, inmóviles, la luna inmensa, amarilla como un sol, que quemaba un agujero en la alta calma del cielo.

Al cabo de un rato, dolorosamente, empezaron a mecerse otra vez.

Las primeras ráfagas de la mañana enroscaron las páginas del calendario como la piel seca de una vívora contra la fachada descascarada del hotel.

Los tres hombres, ajustándose los tiradores a la desnuda percha de los hombros, bajaron descalzados, y miraron con ojos entornados el cielo idiota.

-29 de enero...

-Y ni una gota miserable.

-El día es joven.

-Yo no.

El señor Fremley dio media vuelta y se fue.

Tardó cinco minutos en encontrar su camino a lo largo de los pasillos delirantes, hasta la cama caliente, recién horneada.

A mediodía, el señor Terle asomó la cabeza.

-Señor Fremley...

-Malditos cactos del desiertos, eso somos- jadeó el señor Fremley, acostado, sintiendo que la cara, en cualquier momento, se le desprendería en cenizas calientes sobre el piso de madera-. Pero hasta el más maldito de los cactos tiene derecho a un sorbo de agua antes de volver por otro año a la misma hoguera maldita. Le diré algo: no puedo moverme más, me quedaré aquí, acostado, y me moriré si no oigo otra cosa que esos pájaros que repiqueteaban en el techo.

-Rece sencillamente y tenga el paraguas a mano- dijo el señor Terle, y se alejó en puntas de pie.

Al atardecer, resonó en el tejado un leve golpeteo...

La voz del señor Fremley cantó doliente desde la cama.

-Señor Terle, eso no es lluvia. Es usted con la manguera del jardín que arroja agua del pozo sobre el tejado. Gracias de todos modos.

El golpeteo cesó. Desde el patio se oyó un suspiro.

Al volver, un momento después, por la parte lateral del hotel, el señor Terle vio que el calendario volaba y caía en el polvo.

-Maldito 29 de enero -gritó una voz-. Doce mes meses más. ¡Tendremos que esperar otros doces meses!

El señor Smith estaba de pie en el umbral. Entró, tomó dos maletas estropeadas y las arrojó al porche.

-¡Señor Smith! -exclamó el señor Terle-. ¡No puede irse así después de treinta años!

-Dicen que en Irlanda llueve veinte días por mes- dijo el señor Smith-. Me buscaré un empleo allí y saldré sin sombrero y con la boca abierta.

-¡No puede irse!-. El señor Terle trataba de pensar, frenéticamente, chasqueando los dedos-. ¡Me debe nueve mil dólares!

El señor Smith retrocedió. Le asomó a los ojos una expresión de resentimiento, tierno e imprevisto.

-Discúlpeme. - El señor Terle desvió la mirada-. No era lo que quería decir. Mire, vaya a Seattle. Allí llueve cinco centímetros por semana. Págueme cuando pueda, o nunca. Pero hágame un favor: espere hasta medianoche. De todos modos, siempre refresca. Será un agradable paseo nocturno.

-Nada pasará, entre ahora y la medianoche.

-Debe tener fe. Cuando ya no queda nada, hay que creer en algo. Quédese aquí conmigo; no es necesario que se siente, quédese de pie y piense en la lluvia. Es la última cosa que le pido.

En el desierto, unos súbitos remolinos de polvo se levantaron, y volvieron a caer. Los ojos del señor Smith escudriñaron el horizonte crepuscular.

-¿Qué tengo que pensar? ¿Lluvia, oh, lluvia, ven? ¿Cosas así?

-Cualquier cosa. Cualquier cosa.

El señor Smith permaneció largo tiempo de pie, inmóvil, entre sus dos maletas sarnosas. Cinco, seis minutos trascurrieron. No se oía ningún sonido, salvo la respiración de los dos hombres en la tarde.

Entonces, al fin, el señor Smith se agachó para tomar las maletas.

En ese preciso instante, el señor Terle pestañeó. Se inclinó hacia adelante, con la mano ahuecada sobre la oreja.

El señor Smith se quedó inmóvil, con las manos siempre en las maletas.

Desde la distancia, entre las colinas, venía un murmullo, un rumor suave y trémulo.

-Llega la tormenta-susurró el señor Terle.

El ruido fue creciendo, una especie de nube blanca se levantó entre las colinas.

El señor Smith se enderezó en puntas de pie.

Los ojos del señor Terle se agrandaban y se agrandaban cada vez más, para ver mejor. Se aferró a la baranda del porche como el capitán de un navío que zozobra en la calma, sintiendo las primeras ráfagas de una brisa tropical que olía a tilo y a la pulpa helada y blanca de los cocos.

Un viento ínfimo le goleaba las doloridas fosas nasales como campanas de una chimenea al rojo.

-¡Allí!-exclamó el señor Terle-. ¡Allí!

Y por encima del último cerro, levantando plumas de polvo ardiente, llegó la nube, el trueno, la tormenta ruidosa.

En lo alto del cerro el primer automóvil que había pasado en veinte días se lanzó cuesta abajo por el valle con un alarido, un golpe, un lamento.

El señor Terle no se atrevía a mirar al señor Smith.

El señor Smith miraba hacia arriba pensando en el señor Fremley encerrado en su cuarto.

El señor Fremley, desde la ventana, miraba hacia abajo y vio el automóvil que expiraba frente al hotel.

Porque el sonido que había hecho el automóvil era curiosamente definitivo. Había recorrido un largo camino ardiente y sulfuroso, cruzando planicies salitrosas, abandonadas por las aguas diez millones de años atrás. Ahora -las hilachas de cable le brotaban entre las costuras como la cabellera de un caníbal, y un párpado de lona había caído fundiéndose en pastillas de menta sobre el asiento trasero- el auto, un Kissel modelo 1924, se estremeció como exhalando el espíritu.

La anciana, sentada en el asiento delantero del coche, aguardo pacientemente, mirando a los tres hombres y el hotel como si dijese: "Perdónenme, mi amigo está enfermo; hace mucho que lo conozco, y ahora debo acompañarlo en su hora postrera". Se quedó sentado en el coche, esperando a que las ligeras convulsiones cesarán y que los huesos se aflojaran; los signos del proceso final. Estuvo así sentada más de medio minuto escuchando al coche, y había algo tan sereno en ella que el señor Terle y el señor Smith se inclinaron lentamente. Por último, la mujer los miró esbozando una grave sonrisa y alzó una mano.

El señor Fremley se sorprendió al ver que su propia mano salía por la ventana y contestaba al saludo.

En el porche, el señor Smith murmuró:

-¡Qué raro! No es una tormenta. Y no me siento decepcionado. ¿Qué será?

Pero el señor Terle bajaba ya por el sendero, hacia el automóvil.

-Creíamos que era-...es decir...-Se contuvo.-Terle es ni nombre. Joe Terle.

La mujer le tomó la mano y lo miró con ojos azules límpidos y trasparentes, como nieve fundida que ha recorrido millares y millares de kilómetros, purificada por el viento y el sol.

-Blance Hillgood-dijo en voz baja-. Graduaba en el Grinnel College, soltera y profesora de música; maestra, treinta años, de un club de canto en la escuela superior y directora de la orquesta estudiantil, en Green City, Iowa; veinte años de profesor particular de piano, arpa y canto; jubilada hace un mes, con una pensión vitalicia, y ahora, con mis raíces a cuestas, camino a California.

-Señora Hillgood, no me parece que vaya a ninguna parte desde aquí.

-Tuve un presentimiento.

Observó a los dos hombres que rodeaban cautelosamente el automóvil. Parecía está sentada, como una niña indecisa, en el regazo de un abuelo reumático.

-¿No se podría hacer nada?

-Sí, un cerco con las ruedas, un gong para la cena con los tambores del freno. El resto, podría ser un bonito jardín de rocas.

El señor Fremley gritó desde el cielo.

-¿Muerto? Quiero decir, ¿está muerto el coche? ¡Lo siento desde aquí! Bueno...ya pasó la hora de la cena.

El señor Terle tendió la mano.

-Señorita Hillgood, este el hotel El desierto, de Joe Terle, abierto veintiséis horas por día. Se ruega a los monstruos y salteadores de caminos anotarse en los registros, antes de subir. Duerma tranquila esta noche, gratis; luego sacaremos nuestro Ford de sus cuarteles y la llevaremos a la ciudad mañana por la mañana.

La mujer les permitió que la ayudaran a bajar del coche. La máquina gruñó como protestando por ese abandono.

La mujer cerró cuidadosamente la portezuela.

-Mi compañero ha muerto, pero hay una amiga que todavía me acompaña. Señor Terle, ¿quisiera tener la bondad de librarla de la intemperie?

-¿Librarlas, señorita?

-Perdóneme, nunca pienso en las cosas como cosas. Para mí son siempre personas. El coche era varón, supongo, porque me llevaba a distintos lugares. Pero un arpa es mujer, ¿no le parece?

Señaló con la cabeza el asiento trasero del automóvil. Allí, mirando el cielo, cortando el viento, por encima de cualquier posible conductor, se alzaba un estuche como la encorvada proa de cuero de un antiguo navío.

-Señor Smith-pidió el señor Terle-, déme una mano.

Desataron el estuche enorme y lo alzaron cuidadosamente.

-¿Qué llevan ahí?-gritó desde arriba el señor Fremley.

El señor Smith tropezó. La señorita Hillgood jadeó. El estuche se balanceó entre los brazos de los hombres.

Del interior brotó un débil canturreo.

El señor Fremley, allá arriba, lo oyó. Era toda la respuesta que necesitaba. Boquiabierto, observó a la mujer y a los dos hombres que sostenían a la amiga encajonada. Al fin se metieron en el porche cavernoso.

-¡Cuidado!-dijo el señor Smith-. Algún condenado imbécil dejó aquí sus maletas-...-Se interrumpió.-¿Algún condenado imbécil? ¡Yo!

Los dos hombres se miraron. Ya no traspiraban. De algún lado llegaba un viento, un viento suave que movía los cuellos de las camisas y arrastraba lentamente las hojas del calendario, desparramadas en el polvo.

-Mi equipaje...-dijo el señor Smith.

Todos entraron.



-¿Quiere más vino, señorita Hillgood? No hemos tenido vino en la mesa desde hace años.

-Sólo una gota, si es tan amable.

Estaban sentados a la luz de una sola bujía. La habitación era un horno y la platería y la vajilla intacta centelleaban. Todos hablaban, bebían vino caliente, y comían.

-Señorita Hillgood, cuéntenos más de su vida.

-Toda mi vida -dijo la mujer- he estado tan atareada corriendo de Beethoven a Bach y a Brahms, y al fin descubrí que ya tenía veintinueve años. Cuando miré otra vez, tenía cuarenta. Ayer, setenta y uno. Oh, hubo hombres; pero habían renunciado al canto a las diez y al vuelo a las doce. Siempre pensé que habíamos nacido para volar, de una u otra manera, y yo no soportaba que la mayoría de los hombres se arrastrase con todo el hierro de la tierra en la sangre. Nunca conocí a ningún hombre que pesara menos de cuatrocientos kilos. Rodaban todos como coches fúnebres, en trajes negros de faena.

-¿Y entonces usted voló?

-Sólo con la imaginación, señor Terle. Tarde sesenta años en soltar las últimas amarras. Durante todo ese tiempo viví aferrada a piccolos, flautas y violines, que son verdaderas corrientes en el aire, como los ríos y torrentes de la tierra. Recorrí todos los afluentes y gusté todos los vientos acuáticos, y frescos, desde Haendel hasta toda una estirpe de Strausses. Fue ese largo rodeo lo que me trajo aquí.

-¿Cómo fue que al fin se decidió a irse?-preguntó el señor Snith.

-La semana pasada miré a mi alrededor y me dije: "Bueno, mira, has estado volando sola! A nadie en toda Green City le importa si vuelas, ni a qué altura vuelas". Era siempre: "Magnífico, Blanche", o "Gracias por el concierto en el té de la PTA, señorita Hillgood". Pero en realidad nadie escuchaba. Y cuando yo hablaba, hace mucho tiempo, de Chicago a de Nueva York, la gente me palmeaba el hombro y se reía. "¿Por qué ser una ranita en un estanque cuando se puede ser la rana más grande de toda Green City?" Y entonces me quedaba mientras la gente que me daba consejos se iba o se moría o las dos cosas. Los otros tenían taponados los oídos. Hace una semana me desperté, de pronto, y me dije: "¡Vamos! ¿Desde cuándo las ranas tienes alas?"

-¿Así que ahora se va al Oeste?-dijo el señor Terle.

-Sí, quizá para actuar en películas o en esa orquesta a la luz de las estrellas. Pero, y sobre todo, necesito tocar para alguien que oiga y escuche realmente...

Estaban sentados ahí, en la penumbra cálida. La señorita Hillgood había terminado de hablar, lo había dicho todo, aunque pareciera absurdo, y se reclinó en silencio en la silla.

Arriba alguien tosió.

La señorita Hillgood lo oyó, y se puso de pie.

El señor Fremlely tardó un momento en despegar los párpados y distinguir la figura inclinada de la mujer, que ponía la bandeja junto a la cama revuelta.

-¿De qué hablan ustedes abajo?

-Volveré más tarde y se lo contaré todo palabra por palabra- dijo la señorita Hillgood-. Ahora coma. La ensalada es excelente.

Fue hacia la puerta.

-¿Piensa quedarse?- preguntó apresuradamente el señor Fremley.

La señorita Hillgood se detuvo a mitad de camino y trató de descifrar la expresión de aquel rostro sudoroso en la oscuridad. El hombre, a su vez, no podía ver la boca y los ojos de ella. La señorita Hillgood se quedó allí un momento, en silencio, y luego bajo las escaleras.

-No me habrá oído-dijo el señor Fremley.

Pero sabía que lo había oído.

La señorita Hillgood cruzó el vestíbulo de la planta baja y buscó a tientas el cierre del estuche de cuero vertical-

-Debo pagarle mi cena.

-Va por cuenta de la casa-dijo el señor Terle.

-Debo pagarlo-dijo ella, y abrió el estuche.

Hubo un repentino destello dorado.

Los dos hombres revivieron en las sillas. Miraron de reojo a la anciana menuda, de pie junto al objeto tremendo que se alzaba como un corazón sobre un pedestal reluciente, y allá arriba un sereno rostro griego de ojos de antílope que los miraba serenamente, como la señorita Hillgood.

Los dos hombres se lanzaron la más rápida y las más sorprendida de las miradas, como si los dos adivinasen lo que iba a ocurrir. Cruzaron rápidamente el vestíbulo, respirando con dificultad, para sentarse en el borde mismo del caliente diván de terciopelo, enjugándose los rostros con pañuelos húmedos.

La señorita Hillgood acercó una silla, apoyó dulcemente el arpa dorada en el hombre y puso las manos en las cuerdas.

El señor Terle aspiró una bocanada de aire abrasador y agurdó.

El viento del desierto corrió de pronto por el porche, inclinando las sillas, que se mecieron como barcas en un lago nocturno.

La voz del señor Fremley protestó desde arriba.

-¿Qué pasa ahí abajo?

Y entonces la señorita Hillgood movió las manos.

Empezando en el arco que estaba junto al hombro, hizo correr los dedos por el simple tapiz de alambre hacia la columna donde miraba la diosa, y luego de vuelta. Hizo una pausa entonces, y dejo que el aire caliente del vestíbulo llevará los sonidos a los cuartos vacíos.

Si el señor Fremley gritó, arriba, nadie lo oyó. Porque el señor Terle y el señor Smith estaban tan ocupados, poniéndose de pie en las sombras, que no oyeron nada excepto los propios latidos tormentosos, y las ráfagas de aire en los pulmones.

Boquiabiertos, en una especie de absoluta demencia, miraban a las dos mujeres, la musa ciega y orgullosa en la columna de oro, y la mujer sentada, de ojos dulcemente entornados, y de manos abiertas en el aire.

Como una niña, pensaron los dos locamente, como una niñita que saca la mano por la ventana, ¿para sentir qué? Bueno, por supuesto, por supuesto.

Para sentir la lluvia.

El eco de la primera lluvia se apagó, a la distancia, en empedrados y desagües.

Arriba, el señor Fremley se incorporó en la cama como si lo hubiesen levantado por las orejas.

La señorita Hillgood tocó.

Tocó, y no era una música que ellos conociesen, pero una música que había escuchado mil veces en sus largas vidas, con o sin palabras, con o sin melodía. La señorita Hillgood tocaba, y cada vez que movía los dedos la lluvia caía repiqueteando por el hotel oscuro. La lluvia caía fría en las ventanas abiertas y empapaba los tablones calcinados del piso del porche. La lluvia caía sobre el tejado, caía en una arena silbante, caía sobre el automóvil herrumbrado y en el establo vacío y en los cactos muertos del jardín. Lavaba las ventanas y depositaba el polvo y colmaba los barriles de agua de lluvia y tapizaba las puertas con hilos de perlas que se abrían y murmuraban. Pero, y sobre todo, el tacto suave y la frescura cayeron sobre el señor Smith y el señor Terle. El peso delicado entró en ellos, más y más, y los dos se sentaron. Sintieron en la cara los pinchazos y las agujas, y cerraron los ojos y las bocas y alzaron las manos, protegiéndose. Reclinando lentamente las cabeza, hacia atrás, dejaron que la lluvia cayera donde debía caer.

El repentino diluvio duró un minuto. Los dedos descendieron por las cuerdas, dejaron caer unos últimos lamentos y explosiones y luego se detuvieron.

El acorde final quedó en el aire como la fotografía de un relámpago que golpea y congela el vuelo descendente de un millón de gotas de agua. Luego el relámpago se apagó. Las últimas gotas cayeron en silencio, en la oscuridad.

La señorita Hillgood apartó las manos de las cuerdas, con los ojos todavía cerrados.

El señor Terle y el señor Smith abrieron los ojos y miraron a aquellas dos mujeres milagrosas, allí, en el otro extremo del vestíbulo, que de algún modo había atravesado la tormenta intactas y secas.

El señor Terle y el señor Smith se estremecieron. Se inclinaron hacia adelante como si fuesen a hablar. Parecían impotentes, sin saber qué hacer.

Y entonces oyeron un sonido que venía de los corredores altos del hotel.

El ruido bajo flotando débilmente, revoloteando como un pájaro cansado que bate las alas antiguas.

Los dos hombres alzaron la mirada y escucharon.

Era el sonido del señor Fremley.

El señor Fremley, en su cuarto, aplaudiendo.

El señor Terle tardó cinco minutos en darse cuenta. Entonces le dio un codazo al señor Smith y empezó, también él, a aplaudir. Los dos hombres se golpeaban las manos en poderosas explosiones. Los ecos resonaban en las cavernas de hotel, arriba y abajo, conmoviendo las paredes, los espejos, las ventanas, tratando de dejar los cuartos.

Entonces la señorita Hillgood abrió los ojos, como si esta nueva tormenta la hubiese sorprendiendo a la intemperie, desprevenida.

Los hombres dieron su propio recital. Batían palmas fervorosamente como tuviesen fuegos de artificio en las manos, y los aplastaran unos contra otros. El señor Fremley gritó. Nadie lo oyó. Las manos volaban, se entrechocaban una y otra vez hasta que los dedos se hincharon. Al fin los hombres se quedaron sin aliento y dejaron las manos sobre las rodillas, y un corazón quedo latiendo dentro de cada mano.

Entonces, muy lentamente, el señor Smith se incorporó, y, mirando el arpa, entró las maletas. Se detuvo al pie de la escalera contemplando largamente a la señorita Hillgood. Miró en el suelo la maleta de la mujer que descansaba en el primer peldaño. Miró la maleta, y luego a la señorita Hilllgood y alzó las cejas.

La señorita Hillgood miró el arpa, la maleta, al señor Terle y por último al señor Smith.

Asintió una sola vez.

El señor Smith se inclinó y con sus propias maleta bajo un brazo, y la de la señorita Hillgood en el otro, subió lentamente las escaleras en la dulce oscuridad. Mientras subía, la señorita Hillgood apoyó de nuevo el arpa en el hombro y tocó acompañando los paso del señor Smith, o el señor Smith subió acompañando la música. Nadie lo supo bien.

A mitad de camino, el señor Smith se encontró con el señor Fremley que trataba de bajar lentamente, envuelto en una bata descolorida.

Pero allí se quedaron, mirando el vestíbulo; el hombre solitario en el extremo de las sombras, y las dos mujeres algo más allá, solo un movimiento y un destello. Los dos hombres pensaron los mismos pensamientos.

El sonido del arpa, el sonido del agua fresca que caería todas y todas las noches. Ya no era necesario regar el techo con la manguera del jardín. Bastaba sentarse en el porche o tender en la cama de noche y escuchar la lluvia...la lluvia..la lluvia...

El señor Smith siguió subiendo las escaleras. El señor Fremley bajó.

El arpa, el arpa. ¡Escuchen, escuchen!

Los cincuentas años de sequía habían quedado atrás.

Había llegado la temporada de las lluvias.

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lunes, mayo 21, 2007

Ray Bradbury: danzando entre las musas

Monarch films ha insertado parte de las imágenes de un documental de 52 minutos acerca del autor nortamericano y que reproducimos a continuación:



Reproducimos el texto en inglés acerca de este DVD:
Ray Bradbury, Dancing Among The Muses, is a fascinating 52 Minute film bio of American literary icon and master storyteller Ray Bradbury. Bradbury, author of such classic novels as The Martian Chronicles, The Illustrated Man and Fahrenheit 451 and numerous screenplays such as Herman Melville's metaphoric saga, "Moby Dick". Through intimate interviews with Mr. Bradbury and some of his closest friends and colleagues, the viewer becomes a first hand observer to Bradbury's childhood in Waukegan Illinois, where a mysterious carnival performer changes his life forever. Next as a teenage as Bradbury journeys west with his family to a depression-era Hollywood - a move that puts him in the fantasy world of movies. And finally into the present where Bradbury resides today as the world's premiere storyteller with a list of classic movies, television shows and plays to his credit and more than 50 million books in print throughout the world.

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martes, mayo 15, 2007

El exprimido Tolkien triunfa en caja

Los seguidores del autor de 'El señor de los anillos' critican la edición de su última novela 'inédita'

El País - VIRGINIA COLLERA - Madrid - 15/05/2007

Llegó a las librerías españolas el pasado 17 de abril con una edición de lujo de 5.000 ejemplares. Duró poco. Desde entonces se han publicado tres ediciones más. En total, 50.000 ejemplares vendidos en un mes en España. "Un libro de Tolkien siempre se supera a sí mismo", aseguran en la editorial. Y más en este caso, cuando lo que se anunciaba en todo el mundo era "la última novela inédita de J. R. R. Tolkien".

Los hijos de Húrin (Minotauro) es, efectivamente, la última obra de John Ronald Reuel Tolkien (Suráfrica, 1892-Inglaterra, 1973). Pero parece que inédita, lo que se dice inédita, no es. "Ya conocía la historia de Los hijos de Húrin porque gran parte de ella se publicó fragmentada en Los cuentos inconclusos, en algunos volúmenes de La historia de la Tierra Media y resumida en El Silmarillion. Pero me ha gustado leerla en un formato unificado y con algunos fragmentos nuevos, no muchos, sin embargo", explica Ana Peris de Elena, lectora asidua de la obra de J. R. R. Tolkien y miembro de la Sociedad Tolkien Española (www.sociedad tolkien.org).

Christopher Tolkien, hijo del escritor, ha recopilado los pasajes de la leyenda de los hijos de Húrin desperdigada en varios volúmenes pero, esta vez, con un par de lecciones aprendidas: ha tocado lo mínimo el texto de su padre -quizás para no soliviantar aún más a los puristas que niegan la existencia de las obras en las que Christopher ha intervenido, es decir, la mayoría- y, así lo advierte en el prefacio del libro, ha prescindido de las notas al margen y aclaraciones que utilizó en obras anteriores y que, según él mismo ha reconocido, interrumpían demasiado la lectura.

Los lectores de toda la vida de Tolkien conocían de sobra la historia de los vástagos de Húrin; los que entre 2001 y 2003 sucumbieron a la trilogía cinematográfica de Peter Jackson -y al marketing correspondiente-, probablemente no. "El otro día en una reunión de la sociedad comentábamos que, en el prólogo, Christopher Tolkien advierte de que este libro está dirigido a aquellos que quieren conocer más de la obra de Tolkien, no a los que, como nosotros, ya hemos devorado todo lo que se ha publicado", apunta Ana.

La historia de los hijos de Húrin y la de su progenitor es muy trágica -pero que muy, muy dramática, insisten los tolkienistas consultados- y figura entre las favoritas de los aficionados a la literatura del autor británico. Para profanos, un apunte: esta historia sucede unos 6.000 años antes que El Hobbit o El señor de los anillos -las únicas obras que Tolkien publicó en vida- y se desarrolla en Beleriand, un territorio que ya había desaparecido de la faz de la Tierra Media cuando Frodo la recorrió en su empeño de destruir el Anillo Único.

"Evidentemente, para los aficionados de Tolkien y coleccionistas de todo lo que sale en las librerías con su nombre, se trata de una excelente oportunidad de adquirir un nuevo y bonito trofeo para la colección. Además, la historia versa sobre uno de los personajes más queridos por los tolkienistas, lo que resulta todavía más motivador", explica José Manuel Fernández Bru, también miembro de la sociedad tolkienista. Sin embargo, al nuevo trofeo le falta lustre, y en este punto casi hay unanimidad. "El libro tiene varios árboles genealógicos y en uno de ellos hay un error garrafal: en la Casa de Bëor, aparece Lúthien Tinúviel casada con Handir, en lugar de con Beren, su auténtico marido. En el mismo árbol, Tuor se casa con Handir (hija de Turgon), cuando en realidad la hija de Turgon, Rey de Gondolin, se llama Idril Celebrindal. En otro árbol, Handir es hermana de Turgon y se casa con Eöl, el elfo oscuro. En el mismo índice de capítulos, en el VII, al enano mezquino Mîm le cambian de nombre y le llaman Mîn", glosa Alejandro Serrano, codirector de la página web Fantasymundo. La mayoría atribuye estos descuidos a las prisas del lanzamiento mundial y, para que los errores se subsanen lo antes posible, la Sociedad Tolkien Española está preparando una recopilación de todos esos "despistes" para remitírsela a la editorial.

Aunque no todo son reparos: los tolkienistas se deshacen en halagos -"maravillosas", "hermosísimas"- para las ilustraciones, en color y en blanco y negro, de Alan Lee, experto en la recreación del universo Tolkien.

"Antes de las películas todo el que había leído a Tolkien era un friki", sentencia Ana Peris de Elena. "Hoy a Tolkien lo conocen en todas partes (aunque mucha gente sólo de las películas y ni siquiera haya tocado los libros). Después del boom era inevitable que tarde o temprano se aprovechase el filón, y me entristece porque me fastidia que algo tan hermoso como el universo Tolkien se convierta en un fenómeno mediático", añade.

Y es que los admiradores de Tolkien presencian su éxito con un cierto resquemor: lamentan que sea un fenómeno más mercantil que literario y que las ventas no hayan hecho más que negarle el respeto que se merece. "A Tolkien se le sigue considerando un escritor de segunda, aunque capaz, según las mentes pensantes de las editoriales, de movilizar a miles de adolescentes deseosos de literatura menor. Me temo que hay más perfiles de lectores y aficionados a las obras de Tolkien. En España, como en medio mundo, no se cree que esté justificado acercarse a él de una forma seria, con estudios y obras de planteamiento algo menos comercial", señala, claramente indignado, Fernández Bru. Su queja puede encontrar fundamento en un par de hechos recientes: ni Christopher Tolkien, ni su hijo y ayudante Adam, han concedido entrevistas a medios generalistas con motivo de la promoción del libro, al parecer, por el pitorreo que tienen a costa de su padre/abuelo. Y, de hecho, el rotativo británico The Guardian no ha hecho una crítica de Los hijos de Húrin, sino una parodia.

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sábado, mayo 12, 2007

Los libros y la memoria

29 de abril de 2007 - El Siglo de Durango - David Huerta

Hace unas semanas conocí a uno de los pocos libreros de viejo que van quedando en la ciudad. Me volvió a llamar la atención la resistencia de este oficio: no se extingue, aunque sin duda está en ese trance dinosáurico. Algún día no habrá uno solo en todo el Anáhuac y entonces viviremos tiempos tristes, dominados por el totalitarismo de la mercadotecnia librera, si es que para entonces hay libros aún y no hemos ingresado de lleno en el mundo que describe cierta lóbrega novela de Ray Bradbury. En esa historia del gran fabulista, los bomberos no apagan incendios sino que los inician: su trabajo consiste en quemar libros, en autos de fe repentinos. Bradbury cuenta que los grupos de la "resistencia" sobreviven apenas en las montañas y los bosques, y llevan consigo, en la memoria, los libros que aman. El título del libro evoca la temperatura a la que arde el papel: Fahrenheit 451 ; este año cumple 54 años de publicada.

En las librerías nuevas no quedan trazas del noble oficio: si uno pregunta por un libro, los empleados acuden prestos a la computadora para ver "si lo tenemos"; ninguno parece conocer de primera mano, más o menos de memoria, lo que hay en las estanterías. Pero en las librerías de viejo todavía se conoce el acervo sin necesidad de esos portentosos estimulantes de la holgazanería intelectual que son las computadoras. Ya sé que esto último suena fatal, como de refractario a los avances o "tecnófobo"; pero yo mismo utilizo esos aparatos y hasta consulto la internet, en la que 99% de lo que hay me parece basura; me conformo con el 1% restante que vale la pena, y que de todas formas es inmenso.

Lo cierto es que los libros fueron inventados, curiosamente, como una forma de la memoria. Dicho de otra manera: lo que hasta entonces había estado en el cerebro salió de éste y se depositó en manuscritos y luego en impresos. Los libros son "ayudamemoria". Los hechos que rodean la historia de los libros son uno de los capítulos más intensos en el devenir de las civilizaciones y las culturas.

Ese librero de viejo de quien hablé al principio de esta columna, don Julio Hernández, me consiguió unos tomos de historia que andaba yo buscando hacía ya meses y hasta restauró uno de los tomos, que tenía un poco estropeada la encuadernación. Me pareció el colmo de la gentileza y se lo agradecí efusivamente. No puedo decir que hemos conversado a lo largo de muchas horas, pero sí afirmar que nos hemos entendido de maravilla. A él le gusta su trabajo, su oficio; alguien se preguntará cómo lo sé: me basta ver el modo en que toma un libro en las manos y escucharlo hablar de ediciones. A mí me gusta leer, aunque nunca he sido especialmente bibliófilo; tampoco soy ciego ante los valores de una buena edición, antigua o moderna. Estoy seguro de que, como en la película Casablanca, esos intercambios son el comienzo de una bella amistad.

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domingo, mayo 06, 2007

Remedio para melancólicos - Ray Bradbury

Remedio para melancólicos es una colección de relatos escritos por Ray Bradbury publicada en 1948. Todos los relatos son independientes entre sí. La temática de estos relatos varía desde la ciencia-ficción a relatos más realistas, pasando por la fantasía e incluso el terror. Presentamos a continuación el relato que da título a este libro.


--Busquen ustedes unas sanguijuelas, sángrenla --dijo el doctor Gimp.

--Si ya no le queda sangre --se quejó la señora Wilkes--. Oh, doctor ¿qué mal aqueja a nuestra Camila?

--Camila no se siente bien.

--¿Sí, sí?

El buen doctor funció el ceño.

--Camila está decaída.

--¿Qué más, qué más?

--Camila es la llama trémula de una bujía, y no me equivoco.

--Ah, doctor Gimp --protestó el señor Wilkes--. Se despide diciendo lo que dijimos nosotros cuando usted llegó.

--¡No, más, más! Denle estas píldoras al alba, al mediodía y a la puesta de sol. ¡Un remedio soberano!

--Condenación. Camila está harta de remedios soberanos.

--Vamos, vamos. Un chelín y me vuelvo escaleras abajo.

--¡Baje pues, y haga subir al demonio!

El señor Wilkes puso una moneda en la mano del buen doctor.

El médico, jadeando, aspirando rapé, estornudando, se lanzó a las bulliciosas calles de Londres, en una húmeda mañana de la primavera de 1762.

El señor y la señora Wilkes se volvieron hacia el lecho donde yacía la dulce Camila, pálida, delgada, sí, pero no por eso menos hermosa, de inmensos y húmedos ojos lilas, la cabellera un río de oro sobre la almohada.

--Oh --Camila sollozaba casi--. ¿Qué será de mí? Desde que llegó la primavera, tres semanas atrás, soy un fantasma en el espejo: me doy miedo. Pensar que moriré sin haber cumplido veinte años.

--Niña --dijo la madre--, ¿qué te duele?

--Los brazos, las piernas, el pecho, la cabeza. Cuántos doctores, ¿seis? Todos me dieron vuelta como una chuleta en un asador. Basta ya. Por Dios, déjenme morir intacta.

--Qué mal terrible, qué mal misterioso --dijo la madre--. Oh, señor Wilkes, hagamos algo.

--¿Qué? --preguntó el señor Wilkes, enojado--. ¿Olvídate del médico, el boticario, el cura, ¡y amén! Me han vaciado el bosillo. Qué quieres, ¿qué corra a la calle y traiga al barrendero?

--Sí --dijo una voz.

Los tres se volvieron, asombrados.

--¡Cómo!

Se habían olvidado totalmente de Jaime, el hermano menor de Camila. Asomado a una ventana distante, se escarbaba los dientes, y contemplaba la llovizna y el bullicio de la ciudad.

--Hace cuatrocientos años --dijo Jaime con calma-- se ensayó, y con éxito. No llamemos al barrendero, no, no. Alcen a Camila, con cama y todo, llévenla abajo y déjenla en la calle, junto a la puerta.

--¿Por qué? ¿Para qué?

--En una hora desfilan mil personas por la puerta --los ojos le brincaban a Jaime mientras contaba--. En un día, pasan veinte mil personas a la carrera, cojeando o cabalgando. Todos verán a mi hermana enferma, todos le contarán los dientes, le tirarán de las orejas, y todos, todos, sí, ofrecerán un remedio soberano. Y uno de esos remedios puede ser el que ella necesita.

--Ah --dijo el señor Wilkes, perplejo.

--Padre --dijo Jaime sin aliento--. ¿Conociste alguna vez a una hombre que no creyera ser el autor de la Materia Médica? Este ungüento verde para el ardor de garganta, aquella cataplasma de grasa de buey para la gangrena o la hinchazón. Pues bien, ¡hay diez mil boticarios que se nos escapan, toda una sabiduría que se nos pierde!

--Jaime, hijo, eres increíble.

--¡Cállate! --dijo la señora Wilkes--. Ninguna hija mía será puesta en exhibición en esta ni en ninguna calle...

--¡Vamos, mujer! --dijo el señor Wilkes--. Camila se derrite como un copo de nieve y dudas en sacarla de este cuarto caldeado. Jaime, ¡levanta la cama!

La señora Wilkes se volvió hacia su hija.

--¿Camila?

--Me da lo mismo morir en la intemperie --dijo Camila-- donde la brisa fresca me acariciará los bucles cuando yo...

--¡Tonterías! --dijo el padre--. No te morirás. Jaime, ¡arriba! ¡Ajá! ¡Eso es! ¡Quítate del paso, mujer! Arriba, hijo, ¡más alto!

--Oh --exclamó débilmente Camila--. Estoy volando, volando...


De pronto, un cielo azul se abrió sobre Londres. La población, sorprendida, se precipitó a la calle, deseosa de ver, hacer, comprar alguna cosa. Los ciegos cantaban, los perros bailoteaban, los payasos cabriolaban, los niños dibujaban rayuelas y se arrojaban pelotas como si fuera un tiempo de carnaval.

En medio de todo este bullicio, tambaleándose, con las caras encendidas, Jaime y el señor Wilkes transportaban a Camila, que navegaba como una papisa allá arriba, en la cama--berlina, con los ojos cerrados, orando.

--¡Cuidado! --gritó la señora Wilkes--. ¡Ah, está muerta! No. Allí. Bájenla suavemente...

Por fin la cama quedó apoyada contra el frente de la casa, de modo que el río de humanidad que pasaba por allí pudiese ver a Camila, una muñeca Bartolemy grande y pálida, puesta al sol como un trofeo.

--Trae pluma, tinta y papel, muchacho --dijo el padre--. Tomaré nota de los síntomas y de los remedios. Los estudiaremos a la noche. Ahora...

Pero ya un hombre entre la multitud contemplaba a Camila con mirada penetrante.

--¡Está enferma! --dijo.

--Ah --dijo el señor Wilkes, alegremente--. Ya empieza. La pluma, hijo. Listo. ¡Adelante, señor!

--No se siente bien --el hombre frunció el ceño--. Está decaída...

--No se siente bien... Está decaída... --escribió el señor Wilkes, y de pronto se detuvo--. ¿Señor? --Lo miró con desconfianza.-- ¿Es usted médico?

--Sí, señor.

--¡Me pareció haber oído esas palabras! Jaime, toma mi bastón, ¡échalo de aquí! ¡Fuera, señor, fuera!

Ya el hombre se alejaba blasfemando, terriblemente exasperado.

--No se siente bien, y está decaída... ¡bah! --imitó el señor Wilkes, y se detuvo. Pues ahora una mujer alta y delgada como un espectro recién salido de la tumba, señalaba con un dedo a Camila Wilkes.

--Vapores --entonó.

--Vapores --escribió el señor Wilkes, satisfecho.

--Fluido pulmonar --canturreó la mujer.

--¡Fluido pulmonar! --escribió el señor Wilkes, radiante--. Bueno, esto está mejor.

--Necesita un remedio para la melancolía --dijo la mujer débilmente--. ¡Hay en esta casa tierra de momias para hacer una pócima? Las mejores momias son las egipcias, árabes, hirasfatas, libias, todas muy útiles para los trastornos magnéticos. Pregunten por mí, la Gitana, en Flodden Road. Vendo piedra perejil, incienso macho...

--Flodden Road, piedra perejil... ¡más despacio, mujer!

--Opobálsamo, valeriana póntica...

--¡Aguarda, mujer! ¡Opobálsamo, sí! ¡Que no se vaya, Jaime!

Pero la mujer se escabulló, nombrando medicamentos.

Un muchacha de no más de diecisiete años, se acercó y observó a Camila Wilkes.

--Está...

--¡Un momento! --el señor Wilkes escribía febrilmente--. Trastornos magnéticos, valeriana póntica.

--¡Diantre! Bueno, niña, ya. ¿Qué ves en el rostro de mi hija? La miras fijamente, respiras apenas. ¿Bueno?

--Está... --la extraña joven escudriñó profundamente los ojos de Camila y balbuceó--. Sufre de... de...

--¡Dilo de una vez!

--Sufre de... de... ¡oh!

Y la joven, con una última mirada de honda simpatía, se perdió en la multitud.

--¡Niña tonta!

--No, papá --murmuró Camila, con los ojos muy abiertos--. Nada tonta. Veía. Sabía. Oh, Jaime, corre a buscarla, ¡dile que te explique!

--¡No, no ofreció nada! En cambio la gitana, ¡mira su lita!

--Ya sé, papá.

Camila, más pálida que nunca, cerró los ojos.

Alguien carraspeó.

Un carnicero, de delantal ensangrentado como un campo de batalla, se atusaba el mostacho fiero.

--He visto vacas con esa mirada --dijo--. Las curé con aguardiente y tres huevos frescos. En invierno yo mismo me curo con este elixir...

--¡Mi hija no es una vaca, señor! --el señor Wilkes dejó caer la pluma--. ¡Tampoco es carnicero, y estamos en primavera! ¡Apártese, señor! ¡Hay gente que espera!

Y en verdad, ahora una inmensa multitud, atraída por los otros, clamaba queriendo aconsejar una pócima favorita, o recomendar un sitio campestre donde llovía menos y había más sol que en toda Inglaterra o en el Sur de Francia. Ancianos y ancianas, doctos como todos los viejos, se atropellaban unos a otros en una confusión de bastones, en falanges de muletas y de báculos.

--¡Atrás! ¡Atrás! --gritó, alarmada, la señora Wilkes--. ¡Aplastarán a mi hija como una cereza tierna!

--¡Fuera de aquí!

Jaime tomó los báculos y muletas y los lanzó por encima de la multitud, que se alejó en busca de los miembros perdidos.

--Padre, me desmayo, me desmayo --musitó Camila.

--¡Padre! --exclamó Jaime--. Sólo hay un medio de impedir este tumulto. ¡Cobrarles! ¡Que paguen por opinar sobre esta dolencia!

--Jaime, ¡tú sí que eres mi hijo! Pronto, muchacho, ¡pinta un letrero! ¡Escuchen, señoras y señores! ¡Dos peniques! ¡A la cola, por favor, formen fila! Dos peniques por cada consejo. Muestren el dinero, ¡así! Eso es. Usted, señor. Usted, señora. Y usted, señor. ¡Y ahora la pluma! ¡Comencemos!

El gentío bullía como un mar encrespado.

Camila abrió un ojo y volvió a desmayarse.

Crepúsculo, las calles casi desiertas, sólo algunos vagabundos. Se oyó un tintineo familiar y los párpados de Camila temblaron como alas de mariposa.

--¡Trescientos noventa y nueve, cuatrocientos peniques!

El señor Wilkes echó en la alforja la última moneda de plata.

--¡Listo!

--Tendré un coche fúnebre hermoso y negro --dijo la joven pálida.

--¡Cállate! ¿Quién pudo imaginar, oh familia mía, que tanta gente, doscientos, pagaría por darnos su opinión?

--Sí --dijo la señora Wilkes--. Esposas, maridos, hijos, todos hacen oídos sordos, nadie escucha a nadie. Por eso pagan de buen grado a quien los escucha. Pobrecitos, todos creyeron hoy que ellos y sólo ellos conocía la angina, la hidropesía, el muermo, sabían distinguir la baba de la urticaria. Y así hoy somos ricos, y doscientas personas se sienten felices, luego de haber descargado frente a nuestra puerta toda su ciencia médica.

--Cielos, costó trabajo alejarlos. Al fin se fueron, mordisqueando como cachorros.

--Lee la lista, padre --dijo Jaime--. De las doscientas medicinas, ¿cuál será la verdadera?

--No importa --murmuró Camila, suspirando--. Oscurece ya, y esos nombres me revuelven el estómago. Quisiera ir arriba.

--Sí, querida. ¡Jaime, ayúdame!

--Por favor --dijo una voz.

Los hombres que ya se encorvaban, se irguieron para mirar.

El que había hablado era un barrendero de apariencia y estatura ordinarias, de cara de hollín, y en medio de la cara dos ojos azules y traslúcidos y la hendidura blanca de una sonrisa de marfil. De las mangas, de los pantalones, cada vez que se movía, o hablaba con voz serena, o gesticulaba, brotaba una nube de polvo.

--No pude llegar antes a causa del gentío --dijo el hombre, que tenía en las manos una gorra sucia--. Iba ya para casa y decidí venir. ¿He de pagar?

--No, barrendero, no es necesario --dijo Camila.

--Espera... --protestó el señor Wilkes.

Pero Camila lo miró dulcemente y el señor Wilkes calló.

--Gracias, señora. --La sonrisa del barrendero resplandeció como un rayo de sol en el crepúsculo--. Tengo un solo consejo.

Miraba a Camila. Camila lo miraba.

--¿No es hoy la noche de san Bosco, señor, señora?

--¿Quién lo sabe? ¡Yo no, señor! --dijo el señor Wilkes.

--Yo creo que es la noche de san Bosco, señor. Y además, es noche de plenilunio. Pues bien --prosiguió el barrendero humildemente, sin poder apartar la mirada de la hermosa joven enferma--, tienen que dejar a la hija de ustedes a la luz de esta luna creciente.

--¡A la intemperie y a la luz de la luna! --exclamó la señora Wilkes.

--¡No vuelve lunáticos a los hombres? --preguntó Jaime.

--Perdón, señor --el barrendero hizo una reverencia--. Pero la luna llena cura a todos los animales enfermos, ya sean humanos o simples bestias del campo. El plenilunio es un color sereno, una caricia reposada, y modela delicadamente el espíritu, y también el cuerpo.

--Pero, ¿y si llueve? --dijo la madre, inquieta.

--Lo juro --prosiguió rápidamente el barrendero--. Mi hermana padecía de esta misma desmayada palidez. Una noche de primavera la dejamos como una maceta de lirios, a la luz de la luna. Ahora vive en Sussex, verdadero espejo de la salud recobrada.

--¡Salud recobrada! ¡Plenilunio! Y no nos costará un solo penique de los cuatrocientos que nos dieron hoy, madre, Jaime, Camila.

--¡No! --dijo la señora Wilkes--. No lo permitiré.

--Madre --dijo Camila, mirando ansiosamente al barrendero.

El barrendero de cara tiznada contemplaba a Camila, y su sonrisa era como una cimitarra en la oscuridad.

--Madre --dijo Camila--. Es un presentimiento. La luna me curará, sí, sí.

La madre suspiró.

--Éste no es mi día, ni mi noche. Déjame besarte por última vez, entonces. Así.

Y la madre entró en la casa.

El barrendero se alejaba ahora, haciendo corteses reverencias.

--Toda la noche, entonces, recuérdenlo, a la luz de la luna, y que nadie las moleste hasta el alba. Que duerma usted bien, señorita. Sueñe, y sueñe lo mejor. Buenas noches.

El hollín se desvaneció en el hollín; el hombre desapareció.

El señor Wilkes y Jaime besaron la frente de Camila.

--Padre, Jaime --dijo la joven--. No hay por qué preocuparse.

Camila quedó sola, mirando fijamente a lo lejos.

Allá, en la oscuridad, parecía que una sonrisa titilaba, se apagaba, y se encendía otra vez, y luego se perdía en una esquina.

Camila aguardó a que saliera la luna.


La noche en Londres, voces soñolientas en las tabernas, portazos, despedidas de borrachos, tañidos de relojes. Camila vio una gata que se deslizaba como una mujer envuelta en pieles; vio una mujer que se deslizaba como una gata, sabias las dos, silenciosas, egipcias, oliendo a especias. Cada cuarto de hora llegaba desde la casa una voz:

--¿Estás bien, hija?

--Sí, padre.

--¿Camila?

--Madre, Jaime, estoy muy bien.

Y al fin:

--Buenas noches.

--Buenas noches.

Se apagaron las últimas luces. La ciudad dormía. La luna se asomó.

Y a medida que la luna subía, los ojos de Camila se agrandaba y miraban las alamedas, los patios, las calles, hasta que por fin, a media noche, la luna iluminó a Camila, y la muchacha fue como una figura de mármol sobre una tumba antigua.

Un movimiento en la oscuridad.

Camila aguzó el oído.

Una suave melodía brotaba del aire.

Un hombre esperaba en la calle sombría.

Camila contuvo el aliento.

El hombre avanzó hacia la luz de la luna, tañendo suavemente un laúd. Era un hombre bien vestido, de rostro hermoso, y, al menos ahora, solemne.

--Un trovador --dijo en voz alta Camila.

El hombre, con un dedo sobre los labios, se acercó silenciosamente, y se detuvo pronto junto al lecho.

--¿Qué hace aquí, señor, a estas horas? --preguntó la joven. No sabía por qué, pero no tenía miedo.

--Un amigo me envió a ayudarte.

El hombre rozó las cuerdas del laúd, que canturrearon dulcemente. Era hermoso, en verdad, envuelto en aquella luz de plata.

--Eso no puede ser --dijo Camila--. Me dijeron que la luna me curaría.

--Y lo hará, doncella.

--¿Qué canciones canta usted?

--Canciones de noches de primavera, de dolores y males sin nombre. ¿Quieres que nombre tu mal, doncella?

--Si lo sabe...

--Ante todo, los síntomas: fiebres violentas, fríos súbitos, pulso rápido y luego lento, arranques de cólera, luego una calma dulcísima, accesos de ebriedad luego de beber agua de pozo, vértigos cuando te tocan así, nada más...

El hombre rozó la muñeca de Camila, que cayó en un delicioso abandono.

--Depresiones, arrebatos --prosiguió el hombre--. Sueños...

--¡Basta! --exclamó Camila, fascinada--. Me conoce usted al dedillo. Nombre mi mal, ¡ahora!

--Lo haré --el hombre apoyó los labios en la palma de la mano de Camila, y la joven se estremeció violentamente--. Tu mal se llama Camila Wilkes.

--Qué extraño --Camila tembló, y en los ojos le brilló un fuego de lilas--. ¿De modo que soy mi propia dolencia? ¡Qué daño me hago! Ahora mismo, sienta mi corazón.

--Lo siento, sí.

--Los brazos, las piernas, arden con el calor del verano.

--Sí. Me queman los dedos.

--Y ahora, el viento nocturno, mire cómo tiemblo, ¡de frío! Me muero, me muero, ¡lo juro!

--No dejaré que te mueras --dijo el hombre en voz baja.

--¿Es usted doctor, entonces?

--No, soy sólo tu médico, tu médico vulgar y común, como esa otra persona que hoy adivinó tu mal.

La muchacha que iba a nombrarlo y se perdió en la multitud.

--Sí. Vi en sus ojos que ella sabía. Pero ahora me castañetean los dientes. Y no tengo manta con qué cubrirme.

--Déjame sitio, por favor. Así. Así. Veamos: dos brazos, dos piernas, cabeza y cuerpo. ¡Estoy todo aquí!

--Pero, señor...

--Para sacarte el frío de la noche, claro está.

--Oh, ¡si es como un hogar! Pero señor, señor, ¿no lo conozco? ¿Cómo se llama usted?

La cabeza del hombre se alzó rápidamente y echó una sombra sobre la cabeza de la joven. En el rostro del hombre resplandecían los ojos azules y cristalinos y la hendidura de marfil de la sonrisa.

--Bueno, Bosco, por supuesto --dijo.

--¡No es ése el nombre de un santo?

--Dentro de una hora me llamarás así, sin duda --acercó la cabeza. Y entonces, en el hollín de la sombra, Camila, llorando de alegría, reconoció al barrendero.

--Oh, ¡el mundo da vueltas! ¡Me siento morir! ¡El remedio, dulce doctor, o todo se habrá perdido!

--El remedio --dijo el hombre--. Y el remedio es este...

En alguna parte, los gallos cantaban. Un zapato, lanzado desde una ventana, pasó por encima de ellos y golpeó una cerca. Después todo fue silencio, y luna...

--Chist...

El alba. El señor y la señora Wilkes bajaron en puntillas las escalera y espiaron la calle.

--Muerta de frío, después de una noche terrible, ¡estoy segura!

--¡No, mujer, mira! ¡Vive! Tiene rosas en las mejillas. No, más que rosas. Duraznos, ¡cerezas! Mírala cómo resplandece, ¡toda blanca y rosada! Nuestra dulce Camila, viva y hermosa, sana una vez más.

Padre y madre se inclinaron junto al lecho de la joven dormida.

--Sonríe, está soñando. ¿Qué dice?

--El remedio --suspiró la joven--, el remedio soberano.

--¿Cómo, cómo?

La joven volvió a sonreír, en sueños, con una blanca sonrisa.

--Un remedio --murmuró--, ¡un remedio para la melancolía!

Camila abrió los ojos.

--Oh, ¡madre! ¡Padre!

--¡Hija! ¡Niña! ¡Ven arriba!

--No --Camila les tomó las manos, tiernamente--. ¿Madre? ¿Padre?

--¿Sí?

--Nadie nos verá. El sol asoma apenas. Por favor, bailemos juntos.

Resistiéndose, celebrando no sabían qué, los padres bailaron.

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