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sábado, enero 26, 2008

El espejo de lo mejor de la Tierra

Escritores y cantantes han puesto su mirada creativa en el planeta rojo

Redacción
El Universal
Jueves 24 de enero de 2008

De forma cíclica se discute acerca de la vida en Marte: hace tres años un comentario hecho por la científica Carol Stoker en una fiesta ?donde hubo mucho etanol?, según sus propias palabras alimentó la idea de que se había encontrado rastros de metano, un gas generado por los procesos de digestión y defecación, en la atmósfera marciana.



Los asistentes a la fiesta contaron a un reportero los supuestos hallazgos de Stoker y su marido que, según la versión, aparecerían en un artículo de la revista Nature. La expectación creció a tal grado que la NASA tuvo que intervenir desmintiendo el supuesto descubrimiento y aclarando que ninguna revista científica preparaba un trabajo al respecto.

Entre el ruido se perdió de vista que el trabajo de la dupla Lemke-Stoker estaba enfocado a reproducir el ambiente de Marte en un sitio de España llamado Río Tinto, para identificar qué elementos comunes existían en la Tierra y Marte.

Las similitudes entre ambos cuerpos celestes pueden explicar por qué el llamado planeta rojo ha fascinado a sus vecinos terrestres. En los dos hay polos helados, nubes en la atmósfera, patrones climáticos estacionales, volcanes, cañones, desiertos, etcétera.

Aunado a ese hecho, la cercanía entre la Tierra y Marte ha provocado que desde 1965 se hayan enviado misiones exploratorias. Catorce artefactos distintos se han enviado para averiguar si hay vida allá, ninguno ha encontrado evidencia de que exista, pero tampoco lo contrario se ha determinado con absoluta certeza.

Lo que alimenta las esperanzas es la posible existencia de agua. La NASA tiene la teoría de que este elemento equivale a la existencia de vida, de modo que la búsqueda de líquido, ya sea en las capas polares, la superficie o bajo la tierra, sea de la mayor importancia.

Igual a como sucedió aquí en la Tierra, en Marte alguna vez hubo volcanes haciendo erupción, enormes inundaciones y caídas de meteoritos. De ahí que sea natural que escritores como Ray Bradbury imaginen que Marte es el espejo de lo mejor que se ha creado en la Tierra y cantantes como David Bowie se pregunten si hay vida en ese lugar, favorito de la imaginación humana.

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domingo, enero 20, 2008

Cameron Diaz se enfrenta a un dilema moral en su nueva película, "The box"

18/01/2008

El proyecto es la adaptación al cine del relato corto de Richard Matheson titulado "Button, button" (publicado por primera vez en 1970 en la revista Playboy) y que dio lugar a un episodio de "The Twilight Zone" en su revival en color de mediados de los 80s.

Cameron Diaz

La cinta, en rodaje en Boston (Massachusetts) desde el pasado 10 de diciembre, cuenta también con James Marsden y Frank Langella, para explicar los extraños hechos que ocurren a un matrimonio en horas bajas, Norma y Arthur (Diaz y Marsden), cuando una mañana como cualquier otra un desconocido (Langella) llame al timbre de su casa, les haga entrega de una caja que contiene un botón y les diga que si lo pulsan serán millonarios al momento pero a la vez alguien en algún lugar del planeta morirá. La situación, inesperada y compleja, les hará reflexionar durante horas: ella quiere arriesgar, mientras él piensa que todo es una farsa.

En el relato original, Norma pulsa el botón y Arthur muere al momento atropellado por un tren de camino al trabajo; el desconocido el día siguiente le entrega una gran cantidad de dinero. Se desconoce si este es el final que usará la película.

"The box" la dirige Richard Kelly ("Donnie Darko", "Southland tales") en su tercera realización.

Richard Matheson, nacido en 1926, es considerado uno de los escritores de ciencia ficción más influyentes de siglo veinte: Ray Bradbury o Stephen King le han citado como la influencia principal en el desarrollo de sus respectivas obras. La versión al cine de una de sus primeras novelas, "I am legend", se acaba de estrenar con Will Smith de protagonista.

Fuente: La Gaceta del Cine

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martes, enero 08, 2008

El acertijo del siglo XXI: la tecnología en el arte

Por: Jorge Glusberg (Ámbito Web)

Walter Benjamin fue el primero en advertir un fenómeno capital: que la técnica no sólo influye sobre el arte sino también -mucho más importante y decisivo- lo transforma. Benjamin, en su ensayo seminal de 1936 acerca de «La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica», al evocar la «aberrante y enmarañada [...] disputa sin cuartel que al correr del siglo XIX mantuvieron la fotografía y la pintura en cuanto al valor artístico de sus productos», señala que tal disputa «era expresión de una experiencia en la historia del que ninguno de los dos es consciente. En vano se aplicó mucha agudeza para decidir si la fotografía era un arte, sin plantearse la cuestión previa sobre si la invención de la primera no modificaba por entero el carácter de la pintura. Pero las dificultades que la fotografía deparó a la estética tradicional fueron juegos de niños comparadas con las que aguardaban a esta última con el cine», agrega Benjamin.



Treinta años más tarde, A. Michael Noll participante de la primera exhibición de arte con computadoras, en 1965 retomaba estas cuestiones al escribir: «La introducción de la fotografía contribuyó a alejar a la pintura de la representación, pero no acabó con la pintura. Será fascinante observar qué es lo que hace el nuevo medio creativo de las computadoras con todas las formas artísticas».

En Buenos Aires en 1967 el Cayc organizó la primer exhibición de arte con computadoras en América Latina con la participación de Berni, Benedit, Polesello y el Computer Art Group de Tokio. Como anotaba Benjamin, como suponía Noll, se seguirá pintando y esculpiendo, a pesar de la aparición de otros medios de producción de imágenesy volúmenes. El video, la fotoduplicación, la computadora, amplían el horizonte del arte hasta límites que ignoramos, no sólo porque el avance tecnocientífico es continuo sino también porque involucra a más y más personas, pero no son el único horizonte del arte. Y, si bien el artista Nam Jum Paik auguró la sustitución de la tela -un soporte generalizado hace apenas quinientos años- por el tubo de rayos catódicos, elaboraba, en rigor, una equivalencia metafísica.

En todo caso, una década después de formulado su pronóstico, las telas pintadas volvieron a inundar galerías y museos. Es lo que sucedió en la última Bienal de Venecia, curada por Robert Storr, acusado de promover a las galerías y a la pintura tradicional. La tecnolatría, en arte como en cualquier otro terreno de la vida humana, es una variante contemporánea del Iluminismo. El pensador francés Paul Virilio ha encontrado el justo medio entre la tecnolatría y su antítesis, la tecnofobia. «Las invenciones, las creaciones de los científicos, son acertijos que extienden el campo de lo desconocido, que ensanchan lo desconocido, por decirlo de algún modo», escribe. «El caso es éste: como la tecnología es un acertijo, tratemos entonces de resolver el acertijo, sin ocuparnos de la tecnología.

Seamos más modestos». Pero que se siga pintando o esculpiendo, que persistan la tela y el bronce, tampoco significa que estos medios del arte puedan vivir inmunes a la tecnología, en una sociedad que la incorpora en sus sucesivos adelantos, y que se ve modificada por ella.


Búsqueda

Es preciso reiterar el descubrimiento de Benjamin: la tecnología transforma el arte. No está obligado el creador, es obvio, a utilizar los medios electrónicos aunque es histórica la búsqueda y apropiación de nuevos materiales y técnicas, por parte de los artistas. Fue Rimbaud quien definió al vidente, al poeta, con estas palabras: «Yo es otro». Preconizaba un desarreglo o desregulación (déreglement) de los sentidos, para poder de este modo alcanzar el estado de videncia. ¿No será la informática o la tecnología que pueda efectivizar, en este siglo, la aventura de Rimbaud?.

Hemos hablado del futuro cercano de la electrónica, asimilándolo a un presente extendido. A fines del XIX, el irónico Oscar Wilde defendió en uno de sus ensayos la (aparente) paradoja según la cual la Naturaleza imita al Arte. Hacia la misma época, en las antípodas del entusiasta Julio Verne, H.G. Wells concibió en una de sus novelas un mañana remotísimo en que la abundancia de progreso había obrado la (verdadera) paradoja de devolver a la humanidad a sus orígenes más primitivos.

Cuando se piensa en que la robótica fue imaginada por el dramaturgo checo Karel Capek en la década del 20; que el escritor inglés Aldous Huxley adelantó en «Brave New World» (Un mundo feliz, 1932) los sistemas de realidad virtual que acabamos de reseñar; y que el norteamericano Ray Bradbury sugirió el Jumbotron a comienzos de la década del 50 -si bien como símbolo de una sociedad totalitaria que arrasa el conocimiento quemando libros e idiotizando con la televisión a sus súbditos, hechos basados en la realidad de la Alemania nazi-, nos sentimos tentados de suponer que la Tecnología imita al arte. Menos grato es pensar si al cabo de estas presuntas imitaciones, llegaremos a la bárbara situación planteada por Wells en «La máquina del tiempo» (1895).

El desafío más importante, sin duda, es el de resolver si la tecnología decidirá por completo el diseño de esos entornos, con la ayuda del hombre, o si ha de hacerlo el hombre, con ayuda de la tecnología. Parece obvio que, por tratarse, lo reiteramos, de un emprendimiento artístico, deberá adoptarse la segunda opción, que también abarca a la filosofía. Si, a partir de los impresionistas, el arte puso en jaque -tal vez para siempre- a la representación, lo que hoy está en tela de juicio es la presentación, esto es, la reproducciónen su sentido físico (y aun técnico, o postécnico). He aquí otro de los temas a encarar por la teoría del arte, pues las imágenes han entrado en -nada más pero nada menos- en una nueva era, cuyo desenvolvimiento es, sin duda, imprevisible.

¿Y las artes tradicionales? A esta pregunta debe responderse con otra pregunta: ¿Qué dudas caben de que continuarán existiendo? Y, además: ¿Por qué no habrían de continuar existiendo? Por el contrario, preciso es que sigan entre nosotros, ya en sus formas más difundidas, y reinterpretadas de manera sucesiva (pintura, escultura, dibujo, grabado), ya en las más recientes (instalaciones, cine, video, ensamblajes, performances, obras conceptuales). Duchamp, que no se distinguía por rehuir los aportes de la técnica, afirmaba, «El artista puede usar cualquier cosa -un punto, una línea, el símbolo más convencional o el más original- para decir lo que quiere decir. Lo decisivo es el acto de elegir».

Es, en suma, la idea del arte como fiesta y como instauración de comunidad, que tan acertadamente ha sugerido Hans Georg Gadamer al incursionar en las cuestiones estéticas. ¿No serán así las colonias espaciales? Y en tal caso, ¿Por qué no extender estos preceptos a la superficie de la Tierra?

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jueves, enero 03, 2008

Arthur C. Clarke. El soñador cumple 90 años

Abandonó la ciencia por la ciencia ficción y se convirtió en clásico de un género no siempre bien tratado con una prosa llena de imaginación y compromiso
14.12.07 -
TEXTO: MARIO VIRGILIO MONTAÑEZ FOTO: G. AMARASINGHE. AP (sur.es)

ESTE hombre que cumple 90 años dentro de dos días tiene el título de Sir, se le buscan entrevistas que apenas concede y se le pregunta, como si viera el futuro, por el porvenir de este planeta achacoso, martirizado por el calentamiento global y amenazado de ataques. Ahora mismo está en las librerías su última novela, 'El ojo del tiempo', escrita en colaboración con Stephen Baxter, y que demuestra que las facultades del autor británico no han desaparecido con la edad.

Arthur C. Clarke

Es un caso extraño el de Sir Arthur Charles Clarke, Arthur C. Clarke para la historia de las letras, pues es uno de esos nombres, junto a Isaac Asimov y poco más, que es conocido por todo amante o aficionado a la literatura cuando se ha dedicado escrupulosamente al género de la ciencia ficción. Por ello, a la vez que llegan los homenajes y las evocaciones en masa, dediquemos estas páginas a glosar al gran superviviente de la edad de oro del género que se esfuerza en dibujarnos un futuro imperfecto que vamos evadiendo con nuestro presente imperfecto.

Radicado en Sri Lanka desde 1956, comparte con alguien tan insospechado como Ernesto Sábato (en activo a sus 96 años cumplidos) el hecho de haberse dedicado a la ciencia antes de abandonarla para dedicarse únicamente a la literatura. De hecho, el primer libro publicado por Clarke es 'Vuelo interplanetario. Una introducción a la Astronáutica', publicado en 1950 y premiado por la Unesco en 1962. Su actividad literaria, con todo, comenzó a finales de los años 30, siendo de 1937 su primer relato de ciencia ficción, con ensayos y artículos científicos que serán interrumpidos en el periodo 1941-1946, cuando sirva en la RAF participando como especialista en radares en la Segunda Guerra Mundial.

Ficciones y ensayos

Es entonces cuando empieza a compaginar la ciencia con la ciencia ficción. Muestra de ello es que en 1945 predice en un ensayo lo que mucho más tarde será el satélite de comunicaciones geosincrónico y en 1946 publica su primer relato importante del género que, por entonces, se consideraba algo escapista, hecho para mentes candorosas. Dentro de su actividad científica, es curiosa su presencia en Barcelona en 1957 dentro del comité británico participante en el VIII Congreso Internacional de Astronáutica, que coincide con el lanzamiento del 'Sputnik Unon' por la URSS.

Este caso de científico que soñaba con aventuras estelares terminará convirtiéndose en el de un soñador sin paliativos gracias a una película, analizada en estas páginas por Juan Antonio Vigar, convertida en una de las más enigmáticas, más abiertas, más sugerentes, de la historia del cine: '2001, una odisea del espacio'. Por lo tanto, poco se hablará aquí del monolito, de la película y de la breve novela que Clarke fue escribiendo a medida que el proyecto de Kubrick maduraba. Clarke es responsable de indiscutibles obras maestras como 'El fin de la infancia' (1953) y el ciclo iniciado con 'Cita con Rama' (1973).

En la primera de estas novelas, la Tierra recibe la visita de los extraterrestres, que ocultan en todo momento su apariencia y garantizan un periodo de prosperidad y paz como nunca se había conocido. El acceso a su aspecto quedará aplazado por cincuenta años según se acuerda con el secretario general de Naciones Unidas, convertido en interlocutor con ellos. Los detalles de la trama de este libro altísimamente recomendable no serán desvelados aquí. En todo caso, se trata de una fábula moral y de una amarga reflexión acerca de la esperanza. Tiene los componentes necesarios para que pueda ser leída desde una clave religiosa, tal como sucede, por poner un ejemplo notorio, con 'Contacto' de Carl Sagan. El punto de vista de Clarke, con todo, no deja tanto espacio a la posibilidad del optimismo.

'Cita con Rama' tiene el privilegio de ser una de las novelas más premiadas del género, al haber recibido los premios Nébula, Júpiter, Hugo, Locus, John W. Campbell y el de la Asociación Británica de Ciencia Ficción. Todo ello solamente con la primera novela del ciclo, continuado en 1989, 1991 y 1993 en colaboración con Gentry Lee. Para los no iniciados, cabe indicar que el Premio Hugo es equiparado al Nobel dentro del género, ganándolo también Clarke en 1980 por 'Fuentes del paraíso' (un libro en el que se trata de la construcción de un puente sobre el Estrecho de Gibraltar y de una 'torre orbital' que lleve al hombre hacia un satélite; por medio, nuevamente los sentimientos religiosos tienen un papel fundamental). Un enorme artefacto extraterrestre, de dimensiones gigantescas es detectado en el siglo XXII. Una misión terrestre se encargará de explorar el gigantesco artefacto.

El sentido de extrañeza, de maravilla, de incertidumbre, de finitud ante lo aparentemente infinito, de fragilidad ante lo que parece inalterable y eterno, nunca ha sido tan bien expresado. Esta sensación coincide con una de las 'leyes de Clarke', la tercera, según la cual la tecnología, a medida que vaya creciendo, se irá haciendo indistinguible de la magia.

La leyes de Clarke

Las otras tres leyes, surgidas entre 1962 y 1999, resumen el pensamiento del veterano científico y escritor: Primera: «Cuando un anciano y distinguido científico afirma que algo es posible, probablemente está en lo correcto. Cuando afirma que algo es imposible, probablemente está equivocado». Segunda: «La única manera de descubrir los límites de lo posible es aventurarse hacia lo imposible». Cuarta: «Frente a cada experto, existe otro experto igual y opuesto».

En justicia, deben señalarse ciertos puntos oscuros ante quien es el último clásico vivo de uno de los géneros literarios más ricos en posibilidades y más incomprendidos. En 1998, Clarke fue nombrado caballero por el Príncipe Carlos de Inglaterra en el curso de una visita a Sri Lanka. El sensacionalista 'The Daily Mirror' argumentó en su contra una turbia historia de pedofilia, ante lo que, a petición del autor, se detuvo el procedimiento de investidura de la alta dignidad honorífica hasta que la verdad quedara establecida. Una detallada investigación de la justicia de Sri Lanka determinó la absoluta inocencia de Clarke, y el periódico difamador publicó la necesaria rectificación. El 26 de mayo de 2000 sería finalmente investido como Sir Arthur Charles Clarke, caballero de la Orden del Imperio Británico. Por otra parte, es de rigor reconocer que algunas de las obras escritas en colaboración desde 1991 no tienen el nivel esperable de un maestro tan veterano. Con todo, y gracias a todo, Clarke sigue siendo el gran y último clásico vivo de la ciencia ficción. Con honores. Y con honor.

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