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jueves, febrero 28, 2008

Aseguran que Marte fue demasiado salado como para albergar vida

El ambiente ácido y a la vez salino habría sido inadecuado hasta para microbios resistentes.

Los imperecederos relatos que componen el ya clásico libro "Crónicas marcianas", del estadounidense Ray Bradbury, se han convertido ahora en el único lugar posible donde acudir en la búsqueda de rastros de vida en Marte: recientes observacio nes del vehículo Opportunity de la NASA revelaron que a lo largo de su historia el Planeta Rojo fue demasiado salado para permitir el surgimiento de vida.



Una alta concentración de minerales en el agua habrían determinado que Marte fuera poco adecuado incluso para que prosperaran los microbios más resistentes, según la opinión de los científicos de la agencia espacial estadounidense. Los indicios preservados en las rocas que estuvieron sumergidas bajo el agua indicaron que el ambiente era a la vez ácido y salino. Los estudios

realizados por Opportunity abarcaron el análisis de las rocas de la superficie marciana durante un período de largos meses.

Andrew Knoll, biólogo de la universidad de Harvard y miembro del equipo científico del Opportunity, aseguró que los resultados obtenidos vuelven improbable la posibilidad de vida en el Planeta Rojo. Desde la perspectiva de Knoll, las condiciones en Marte durante los últimos 4.000 millones de años habrían sido muy poco propicias para que surgieran organismos vivientes.

"Era muy salado; de hecho, era tan salado que sólo un puñado de organismos terrestres habría tenido la menor probabilidad de sobrevivir allí en la mejor de las condiciones", apuntó.

Los vehículos exploradores estadounidenses, Opportunity y su gemelo Spirit, llevan ya más de

1.400 días investigando la superficie marciana. Sin embargo, estos nuevos datos no dan por cerrada la fase de exploración en torno al planeta que obsesionó a la imaginación de numerosos escritores de relatos de ciencia ficción: el próximo paso que dará la NASA tiene por protagonista a la nave Phoenix, que se posará en el suelo de Marte el próximo 25 de mayo.

La misión Phoenix se aproximará al polo norte del planeta y tendrá por objetivo excavar bajo la superficie congelada para rastrear señales de la existencia actual o pasada de microbios.

Por otra parte, el Laboratorio Científico de Marte partirá desde la Tierra en 2009 y arribará a Marte en 2010. Con un peso tres veces superior al de las sondas Spirit y Opportunity, este laboratorio recogerá muestras de rocas marcianas y las analizará en busca de compuestos orgánicos. De todas maneras, aquellos que soñaron con encontrar vida extraterrestre en Marte no deben sentirse apenados por el gran Ray Bradbury, quien no se sentirá defraudado por este nuevo hallazgo: al fin y al cabo, en varias oportunidades ha expresado su deseo de que sus cenizas sean esparcidas en la superficie del planeta al que imaginó -y dotó de vida- mejor que nadie.

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miércoles, febrero 13, 2008

Muere a los 79 años el periodista Enrique Loubet

El periodista Enrique Loubet Goitisolo falleció ayer a la edad de 79 años víctima de un antiguo padecimiento. Originario de España, donde nació en 1929, su deceso ocurrió en la ciudad de México.
El destacado comunicador, licenciado en derecho por la UNAM, llegó a México en 1939 con su familia en calidad de refugiados de la Guerra Civil.
Desarrolló la mayor parte de su vida profesional en el diario Excelsior y fue asimismo fundador del diario Unomasuno y director de la revista Comunidad Conacyt, editada por el Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología.
A lo largo de su carrera periodística Loubet logró realizar notables entrevistas con personajes internacionales de los más diversos ámbitos, entre otros Jorge Luis Borges, Ray Bradbury, Pablo Casals, Louis Armstrong, Salvador Dalí, José Angel Mantequilla Nápoles.
Los textos de algunas de esas entrevistas fueron compilados en 1975 en el libro Nuevas famas, del Fondo de Cultura Económica.

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lunes, febrero 04, 2008

La Última Noche Del Mundo (Ray Bradbury)

- ¿Qué harías si supieras que ésta es la última noche del mundo?
- ¿Qué haría? ¿Lo dices en serio?
- Sí, en serio.
- No sé, no lo he pensado.
El hombre se sirvió un poco más de café. En el fondo del vestíbulo las niñas jugaban sobre la alfombra con unos cubos de madera, bajo la luz de las lámparas verdes. En el aire de la tarde había un suave y limpio olor a café torrado.
- Bueno, será mejor que empieces a pensarlo.
- ¡No lo dirás en serio!
El hombre asintió.
- ¿Una guerra?
El hombre sacudió la cabeza.
- No.
noche
- ¿La bomba atómica o la bomba de hidrógeno?
- No.
- ¿Una guerra bacteriológica?
- Nada de eso -dijo el hombre, revolviendo suavemente el café-. Sólo, digamos, un libro que se cierra.
- Me parece que no entiendo.
- No. Y yo tampoco, realmente. Sólo es un presentimiento. A veces me asusta.
A veces no siento ningún miedo, y sólo una cierta paz. -Miró a las niñas y los caballos amarillos que brillaban a la luz de la lámpara-. No te lo he dicho. Ocurrió por primera vez hace cuatro noches.
- ¿Qué?
- Un sueño. Soñé que todo iba a terminar. Me lo decía una voz. Una voz irreconocible, pero una voz de todos modos. Y me decía que todo iba a detenerse en la Tierra. No pensé mucho en ese sueño al día siguiente, pero fui a la oficina y a media tarde sorprendí a Stan Willis mirando por la ventana, y le pregunté: ¿Qué piensas, Stan?, y él me dijo: Tuve un sueño anoche. Antes que me lo contara yo ya sabía qué sueño era ése. Podía habérselo dicho. Pero dejé que me lo contara.
- ¿Era el mismo sueño?
- Idéntico. Le dije a Stan que yo había soñado lo mismo. No pareció sorprenderse. Al contrario, se tranquilizó. Luego nos pusimos a pasear por la oficina, sin darnos cuenta. No concertamos nada. Nos pusimos a caminar, simplemente, cada uno por su lado, y en todas partes vimos gentes con los ojos clavados en los escritorios, o que se observaban las manos, o que miraban la calle. Hablé con algunos. Stan hizo lo mismo.
- ¿Y todos habían soñado?
- Todos. El mismo sueño, exactamente.
- ¿Crees que será cierto?
- Sí, nunca estuve más seguro.
- ¿Y cuándo terminará? El mundo, quiero decir.
- Para nosotros, en cierto momento de la noche. Y a medida que la noche vaya moviéndose alrededor del mundo, llegará el fin. Tardará veinticuatro horas.
Durante unos instantes no tocaron el café. Luego levantaron lentamente las tazas y bebieron mirándose a los ojos
- ¿Merecemos esto?- preguntó la mujer.
- No se trata de merecerlo o no. Es así, simplemente. Tú misma no has tratado de negarlo. ¿Por qué?
- Creo tener una razón.
- ¿La que tenían todos en la oficina?
La mujer asintió.
- No quise decirte nada. Fue anoche. Y hoy las vecinas hablaban de eso entre ellas. Todas soñaron lo mismo. Pensé que era sólo una coincidencia. -La mujer levantó de la mesa el diario de la tarde-. Los periódicos no dicen nada.
- Todo el mundo lo sabe. No es necesario. -El hombre se reclinó en su silla, mirándola.- ¿Tienes miedo?
- No. Siempre pensé que tendría mucho miedo, pero no.
- ¿Dónde está ese instinto de autoconservación del que tanto se habla?
- No lo sé. Nadie se excita demasiado cuando todo es lógico. Y esto es lógico. De acuerdo con nuestras vidas, no podía pasar otra cosa.
- No hemos sido tan malos ¿no es cierto?
- No, pero tampoco demasiado buenos. Me parece que es eso. No hemos sido casi nada, excepto nosotros mismos, mientras que casi todos los demás han sido muchas cosas, muchas cosas abominables.
En el vestíbulo las niñas se reían.
- Siempre pensé que cuando esto ocurriera la gente se pondría a gritar en las calles.
- Pues no. La gente no grita ante la realidad de las cosas.
- ¿Sabes? Te perderé a ti y a las chicas. Nunca me gustó la ciudad, ni mi trabajo, ni nada, excepto vosotras tres. No me faltará nada más. Salvo, quizá, los cambios de tiempo, y un vaso de agua helada cuando hace calor, y el sueño. ¿Cómo podemos estar aquí, sentados, hablando de este modo?
- No se puede hacer otra cosa.
- Claro, eso es; pues si no estaríamos haciéndolo. Me imagino que hoy, por primera vez en la historia del mundo, todos saben qué van a hacer de noche.
- Me pregunto, sin embargo, qué harán los otros, esta tarde, y durante las próximas horas.
- Ir al teatro, escuchar la radio, mirar la televisión, jugar a las cartas, acostar a los niños, acostarse. Como siempre.
- En cierto modo, podemos estar orgullosos de eso? como siempre.
El hombre permaneció inmóvil durante un rato, y al fin se sirvió otro café.
- ¿Por qué crees que será esta noche?
- Porque sí.
- ¿Por qué no alguna noche del siglo pasado o de hace cinco siglos o diez?
- Quizá porque nunca fue 19 de octubre de 1969 y ahora sí. Quizá porque esa fecha significa más que ninguna otra. Quizá porque este año las cosas son como son, en todo el mundo, y por eso es el fin.
- Hay bombarderos que esta noche estarán cumpliendo su vuelo de ida y vuelta a través del océano, y que nunca llegarán a tierra.
- Eso también lo explica, en parte.
- Bueno -dijo el hombre incorporándose-, ¿qué haremos ahora? ¿Lavamos los platos?
Lavaron los platos y los apilaron con un cuidado especial. A las ocho y media acostaron a las niñas y les dieron el beso de buenas noches y apagaron las luces del cuarto y entornaron la puerta.
- No sé? -dijo el marido al salir del dormitorio, mirando hacia atrás, con la pipa entre los labios.
- ¿Qué?
- ¿Cerraremos la puerta del todo, o la dejaremos así, entornada, para que entre un poco de luz?
- ¿Lo sabrán también las chicas?
- No, naturalmente que no.
El hombre y la mujer se sentaron y leyeron los periódicos y hablaron y escucharon un poco de música, y luego observaron, juntos, las brasas de la chimenea mientras el reloj daba las diez y media y las once y las once y media.
Pensaron en las otras gentes del mundo, que también habían pasado la velada, cada uno a su modo.
- Bueno -dijo el hombre al fin.
Besó a su mujer durante un rato.
- Nos hemos llevado bien, después de todo- dijo la mujer.
- ¿Tienes ganas de llorar? -le preguntó el hombre.
- Creo que no.
Recorrieron la casa y apagaron las luces y entraron en el dormitorio. Se desvistieron en la fresca oscuridad de la noche, y retiraron las colchas.
- Las sábanas son tan limpias y frescas?
- Estoy cansada.
- Todos estamos cansados.
Se metieron en la cama.
- Un momento -dijo la mujer.
El hombre oyó que su mujer se levantaba y entraba en la cocina. Un momento después estaba de vuelta.
-Me había olvidado de cerrar los grifos.
Había ahí algo tan cómico que el hombre tuvo que reírse.
La mujer también se rió. Sí, lo que había hecho era cómico de veras. Al fin dejaron de reírse, y se tendieron inmóviles en el fresco lecho nocturno, tomados de la mano y con las cabezas muy juntas.
-Buenas noches -dijo el hombre después de un rato.
-Buenas noches -dijo la mujer.

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