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martes, marzo 20, 2007

"Cuando uno hace una película, para de vivir"

yvonne blake, diseñadora de vestuario

la figurinista de cine yvonne blake detalla el proceso de trabajo que sigue concada largometraje. tras 130 películas y un oscar, es una maestra en el oficio
la figurinista de cine yvonne blake detalla el proceso de trabajo que sigue concada largometraje. tras 130 películas y un oscar, es una maestra en el oficio


rosario sepúlveda (las provincias)

Un día Yvonne Blake (Manchester, 1940) paseaba por Londres y vio al mendigo perfecto o, mejor dicho, la gabardina perfecta para el personaje de un mendigo. ?Entonces me acerqué a él y le ofrecí ropa nueva, que nosotros teníamos en el almacén, a cambio de la suya. Él aceptó encantado, pero el actor lo estaba algo menos?. La anécdota se refiere al rodaje de Ídolo, uno de los 130 largometrajes en los que ha participado la figurinista Yvonne Blake, que ha vestido a estrellas como Audrey Hepburn, Michael Caine, Marlon Brando, Robert de Niro, Al Pacino y Julie Christie.

Afincada en España desde la década de los sesenta, en el currículum de Blake, una maestra en su oficio, figuran títulos tan memorables como Robin y Marian, Fahrenheit 451, Jesucristo Superstar o Superman, aunque el Oscar lo recibió por Nicolás y Alejandra. En España su profesionalidad tampoco ha pasado inadvertida. Ha trabajado a las órdenes de Gonzalo Suárez, Vicente Aranda o Jaime Chávarri y ha ganado cuatro premios Goya, el último en 2005 por El puente de San Luis. Ahora, tras celebrar la publicación del libro Yvonne Blake, figurinista de cine, de Víctor Matellano, disfruta de un año sabático. ?Estoy leyendo guiones, pero todavía no he tomado una decisión. Después de Los fantasmas de Goya me quedé tan agotada que necesito un año para recargar las pilas. Cuando uno hace una película para de vivir, trabajas como dieciséis horas diarias todos los días de la semana?, asegura.

Una película paso a paso

Porque el período de dedicación que exige cada proyecto es largo e intenso. ?En una película tirando a grande podemos tener tres meses de preparación y tres de rodaje?, estima. Con la lectura del guión y las primeras conversaciones con el director empieza la actividad de la diseñadora de vestuario. ?Después me documento mucho sobre la época?. Blake confiesa que prefiere hacer el vestuario de largometrajes ambientados en otras épocas. ?He pasado muchas tardes en museos, sobre todo en El Prado. También voy al del Traje, a bibliotecas, compro libros y, cuando viajo, frecuento exposiciones?, resume la figurinista inglesa. ?Al mismo tiempo ?añade?, voy buscando telas, materiales... En casa tengo un montón de muestras de primera calidad, es fundamental que todo sea auténtico?. Aunque para los profanos resulte paradójico, Blake no idea primero los diseños y después busca el material, sino al revés. ?Imagínate que tienes un diseño y la tela que has pensado para su confección no existe?, razona. Con las telas en su poder, empieza la elaboración de bocetos, que ella dibuja con profusión de detalles. ?Otros figurinistas trabajan con fotos, revistas...?

A continuación, el director aprueba los diseños. ?Y después se los enseñamos a los actores. Algunos, sobre todo los americanos, también pueden aprobar los diseños. A Robert de Niro, para Los puentes de San Luis, tuvimos que mandarle fotocopias en color?, recuerda. Pese a que no siempre conocen de antemano el elenco de actores, Blake confirma que saber las características físicas de los personajes ayuda.

La diseñadora no tiene un equipo propio, así que acude a casas de vestuario, como Cornejo o Peris en España, que confeccionan la ropa. Sus compras de telas se extiende a Alemania, Italia, Inglaterra... ?Voy decidiendo quién puede hacer ciertas cosas. También trabajo con una casa en Londres, Cosprop, que son especialistas en los siglos XVIII y XIX. Tienen un corte muy auténtico y son muy detallistas?.

Cuando el rodaje comienza, la figurinista sigue. ?Estoy allí a primera hora para comprobar que todo el mundo está bien vestido, que el director está contento... Después me suelo ir a la casa de vestuario para seguir organizando, porque cuando empiezas a rodar no lo tienes todo?. ?Milos Forman en Los Fantasmas de Goya supervisaba hasta el último detalle unos días antes del rodaje ?añade?. Yo aprecio esta forma de trabajar, porque los cambios de último momento generan estrés en el equipo?. Con esta película recuerda que las tareas de ambientación resultaron ímprobas. ?Siempre quería más y más soldados. Había que destrozar sus trajes, mancharlos con sangre, y tenía a gente trabajando toda la noche?. Su ayudante José Vico, un jefe de vestuario, ambientadores y diversos ayudantes formaron el equipo de, hasta ahora, su último trabajo.

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miércoles, febrero 07, 2007

Homenaje con estilo francés para François Truffaut

El cineasta francés fue un observador y amante de la belleza femenina, creador de un estilo propio, apasionado y sensible. Influyente director y crítico de la prestigiosa Cahiers du cinema, fue parte fundamental de una generación de maestros.


El 6 de febrero de 1932 nacía en París François Truffaut, uno de los directores y críticos más influyentes y más recordados de la cinematografía francesa por su personal mirada sobre el mundo infantil, el mundo femenino, su amor por la literatura y su pasión por el cine.

Junto a Jean- Luc Godard, Claude Chabrol y Eric Rohmer se convirtió en un exponente de la llamada nouvelle vague (nueva ola), un grupo de jóvenes cineastas que cambiaron el cine de estudios y producción por el cine de autor. Ellos pusieron en cada obra su particular mirada creando un estilo propio y personal alejado de la gran industria.

Truffaut, quien pasó su infancia entre libros y salas de cine, dejó la escuela a los 14 años y pasó por la cárcel acusado de robos menores y por desertar en el Ejército.

Amigo del célebre crítico y escritor André Bazin, Truffaut comenzó a escribir reseñas de películas en la prestigiosa revista de cine Cahiers du Cinéma que éste dirigía.

En 1956 es ayudante de dirección de Roberto Rossellini. En el año 1957, tras casarse con Madeleine Morgenstern, hija de un importante distribuidor, fundó la productora Les Films du Carrosse y, dos años más tarde, debutó como director con Los cuatrocientos golpes (1959).

Allí comenzaría a desplegarse la historia del pequeño Antoine Doinel, un adolescente tan permeable como rebelde e incomprendido. Su historia se retoma en Antoine et Colette (1962), Besos robados (1969), Domicilio conyugal (1970) y L'amour en fuite (1979).

La mitad de sus películas fueron adaptaciones literarias tales como Las dos inglesas y el amor (1971) o Fahrenheit 451 (1966) de Ray Bradbury.

Entre su filmografía, donde profundizó el mundo infantil y el femenino, dedicó un genial homenaje al oficio cinematográfico con La noche americana (1973), que le valió el Oscar a la mejor película extranjera.

Como crítico recibió el apodo de enfant terrible, al ser considerado una de las plumas más ácidas de la crítica parisina.

Su admiración por el director Alfred Hitchcock lo llevó a realizarle una extensa entrevista que se convirtió en un clásico ya que repasa toda la filmografía del maestro del suspense.

Truffaut, una figura ineludible para muchos de los cineastas contemporáneos, murió por un tumor cerebral en Neuilly-sur-Seine, Francia, en octubre de 1984 .

Fuente: perfil.com

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miércoles, diciembre 27, 2006

Las cenizas del tiempo - Truffaut y Fahrenheit 451

«Era un placer quemar.
Era un placer especial ver cosas devoradas, ver cosas ennegrecidas y cambiadas. Empuñando la embocadura de bronce, esgrimiendo la gran pitón que escupía un kerosene venenoso sobre el mundo, sintió que la sangre le golpeaba las sienes, y que las manos, como las de un sorprendente director que ejecuta las sinfonías del fuego y los incendios, revelaban los harapos y las ruinas carbonizadas de la historia»

Ray Bradbury

Si ha habido un nombre influyente en la cinefilia mundial en el último medio siglo, ese ha sido el de François Truffaut. Y esta aportación capital la hizo desde la sencillez, alejada de los galimatías culteranos de otros colegas integrantes de la nouvelle vague. Aunque quizás alguien pediría una matización al respecto: ¿no sería más acertado invocar la figura de André Bazin, mentor, protector y sucedáneo de la figura paterna? Emparejados como Sócrates y Platón, maestro y discípulo encarrilaron una nueva forma de ver y entender el cine, intercambio que se vio truncado por la prematura muerte de André, el 11 de noviembre de 1958.

Eso no quita que a lo largo de su vida le pillásemos en fragantes renuncios, como acostumbra a sucederles a quienes opinan de todo desde muy jóvenes. Sus avatares como crítico están repletos de comentarios malévolos, de vehementes discursos que algunos terminarían usando contra el Truffaut director. El se defendía de esta manera: «ya sé que tengo todo el aire de contradecirme, porque lo que nosotros hacíamos era muy apasionado, pero era normal entonces, pues necesitábamos destruir ciertas cosas, hacer que la gente se apasionara por otras, necesitábamos absolutamente hacer ruido.» (1).

El hombre que prefería el reflejo de la vida a la vida misma realizó esta su primera y última película en inglés en respuesta a una de sus pasiones más longevas y sentidas: los libros. «Films-libros, libros-films, tal es el engranaje de mi vida puesto que mi amor gemelo por los libros y por los films me ha llevado a rodar 'Jules et Jim', homenaje a un libro particular, o también 'Farenheit 451' que los engloba a todos.»

La fantasía original salió de la privilegiada testa de Ray Bradbury (Illinois, 1920), escritor especializado en la anticipación científica pre-ciberpunk, ya saben: mundos infelices progresivamente deshumanizados donde la tecnología se dedica a castrar emocionalmente al individuo. Las ocupaciones de este narrador de pesadillas han sido variopintas, desde que a los doce años decidiese que iba a escribir cada día no menos de cuatro horas: el mundo del teatro, la escritura de guiones cinematográficos, para la radio y televisión... Yo estaría por recomendarles directamente sus poesías, pero los que de esto entienden señalan como señeros (amén de su Farenheit 451 (1953)), Crónicas marcianas (1950), Leviatán 99 (1966) y Mucho después de la medianoche (1977).

En un futuro no muy lejano, la especie humana ha dado el salto evolutivo "definitivo": prescindir de los libros y volcarse en la evasión desprejuiciada de la pantalla (algo impensable en la actualidad, donde Negro sobre Blanco, Metrópolis o Días de Cine copan los primeros puestos del share, en detrimento de Salsa Rosa, Corazón, Corazón y demás programas marginados por un público responsable y selectivo). Lo más grande que le puede pasar a un habitante de este plató donde el drama está vetado es tener sus quince minutos de gloria catódicos, desarrollando algún papelito en el psico-reality de turno... recuérdese que estoy hablando de una ficción que se ha demostrado a todas luces exagerada, hiperbólica, casi demencial.

Este auténtico paraíso de Chabelis y Pocholos cuenta con una policía para velar por el analfabetismo colectivo. Nada más y nada menos que el cuerpo de bomberos, reconvertido en una expeditiva unidad que a golpe de llamarada y hoguera de campamento da buena cuenta de revistas, volúmenes y demás ejemplares capaces de deformar la mente de niños y adultos.

¡Si es que es verdad! Con lo difícil que ha sido la conquista de la felicidad masiva, como para que la gente vaya por ahí devorando historias poco edificantes, dándole vueltas al tarro y elucubrando sobre la condición humana, por culpa de cuatro plumillas de tres al cuarto. Una aberración, vamos. Menos mal que nuestro sapientísimo Estado ha sabido tomar las medidas adecuadas... (por cierto, si le echan un vistazo al plan de estudios de sus hijos quizás lleguen a la conclusión de que la conspiración hace tiempo que comenzó. Por si acaso, vayan poniendo a buen recaudo lo más selecto de sus bibliotecas en el falso techo).

Existen, con todo, pequeños núcleos resistentes dispersos por la gran ciudad. La gente se las apaña para esconder el perverso material en los lugares más insospechados, tratando de burlar los exhaustivos registros de los bomberos pirómanos. Pocas veces lo consiguen, porque en sus filas hay gente muy profesional, verdaderos amantes de su oficio...

Es el caso de Montag, que se complica la vida trabando conocimiento con una lectora dispuesta a contagiarle tamaño vicio. Su horrorizada esposa verá como el muy insensato comienza a devorar libros, sin dejar de preguntarse qué habrá hecho ella para tener que cargar con semejante cruz. ¿No podría haberle salido borracho, como el vecino del tercero?

Imagínense la esquizofrenia que provoca tener que seguir quemando los libros que ahora uno venera. El doble juego no durará mucho: no tardará en recibir la cordial visita de sus compañeros de trabajo, dispuestos a montar una fiesta de las buenas en su casa, con la garrafa de gasolina y unas cuantas cerillas. Nuestro héroe apenas tiene tiempo de huir despavorido, vagando entre la nieve.

En el exilio helado, Montag conocerá a hombres dedicados a la perpetuación del recuerdo, a evitar que caiga en el olvido el conocimiento acumulado en siglos de caligrafía e impresión. En un retorno al medioevo -elemento común a tantas y tantas vitriólicas aproximaciones al futuro por parte de la ciencia-ficción-, la transmisión del saber vuelve a hacerse de forma oral, memorizando novelas que a su vez serán aprendidas por aplicados pupilos en la hora en que a uno le toque morir (y junto a uno, la posibilidad de que perezca un libro, un mundo entero).

Fahrenheit 451 no es solamente la temperatura a la que arde el papel de los libros. Es también una de las películas por las que más palos le llovieron a su director, embarcado en una aventura que le llevo cuatro años, con continuas reescrituras del guión. Cuentan que el protagonista (el Oscar Werner de Dos hombres y una mujer (Jules et Jim, 1961) en substitución de Paul Newman, primera de las opciones barajadas (2)), no se llevaba precisamente bien con su parternaire...

Algunas de las dificultades con las que se encontró rallaban directamente en lo absurdo. "Los abogados hollywoodenses de la Universal querían que no se quemaran los libros de Faulkner, Sartre, Proust, Genet, Salinger, Audiberti...: "Limítese a los libros que pertenezcan al dominio público", decían por temor a eventuales demandas". Súmese a esto que el tiempo ha hecho mella en algunas soluciones formales adoptadas por su director, quedando ciertamente kitsch determinados efectos especiales.

Pero quedémonos con lo bueno. Esos títulos de crédito leídos en voz alta (¿para ese espectador del futuro que ya no sabrá leer?), la música de Bernard Hermann, el desdoblamiento de una impecable Julie Christie y, en definitiva, el rotundo homenaje a la literatura de un hombre que amaba a los libros... casi tanto como a las mujeres.

«La sola sospecha de que en el futuro el arte resultará devorado por la ciencia me angustia. Todos los días topamos con personas que desean la destrucción de la sabiduría humanista recogida por los hombres para poder manejar a éstos como máquinas. Hitler, sin ir mas lejos. El tema de Fahrenheit 451 surgió de esta obsesión y del descubrimiento de un documento de 1790 que exigía a los bomberos norteamericanos la quema de cualquier libro de influencia británica en las colonias. El firmante de esa orden era nada menos que Benjamín Franklin».
Ray Bradbury (3)

(1) "La nouvelle vague. Sus protagonistas". Varios autores. Colección la memoria del cine. Editorial Paidós. Pág. 72

(2) www.truffaut.eternius.com

(3) www.uandes.cl/cineteca

(tomado de http://www.miradas.net/ )

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