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sábado, mayo 24, 2008

Los libros electrónicos: ¿Reemplazarán a los de papel?

RCN radio

Escuche el reportaje sobre los libros electrónicos
Esuche la entrevista completa con Jennie Kent experta en la industria editorial



Bogotá vive por estos días una fiesta de papel con su Feria Internacional del Libro. A propósito de este evento, el acontecimiento cultural más importante del año en el país, vale la pena preguntarnos si los libros electrónicos marginarán algún día a los de papel.

Imagine una feria del libro del futuro, sin libros físicos. La gente deambulando entre los corredores con pequeños aparatos, de distintas formas y colores, que cargan con nuevos contenidos en los distintos stands de las editoriales. ¿Un escenario posible?

Sobre el tema le invitamos a escuchar este reportaje, en el que las opiniones de un niño de 10 años y de una experta en la industria editorial, contrapuntean imaginando un mundo en el que las obras cumbre de Cervantes, Shakespeare, García Márquez y Ray Bradbury conviven en un mismo aparato.

Hernán Restrepo
hrestrepo@rcnradio.com
RCN Virtual

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domingo, septiembre 30, 2007

Abelardo Castillo, ?ser escritor? y la pasion por la letra

?Yo todavía tiendo a creer que la literatura puede servir para algo?Su más reciente libro es un apasionante y relajado recorrido por las letras de Argentina y el mundo, evocaciones de charlas con escritores, rescates de plumas olvidadas, un imperdible relato de su primer taller literario y más de un momento filoso. Pero Castillo no pretende agitar las aguas suscitando polémicas y remarca que ?me molesta el circo intelectual, no me interesa intervenir en foros y en discusiones absurdas?.


Por Silvina Friera
Se podría decir, sin exagerar, que el día para Abelardo Castillo comienza a la noche. Es como si la oscuridad atizara sus ideas, su sentido del humor, su ironía, su don para la conversación. El escritor, que piensa que este modo de vivir con los ciclos alterados quizá se deba a que nació de noche, confiesa que está apartado del ámbito literario frente a un tablero de ajedrez y dos pipas. ?Me molesta el circo intelectual. No me interesa intervenir en foros y en discusiones absurdas, no voy a reuniones, estoy en mi casa muy tranquilo?, cuenta. Su ?retiro?, en el hogar que comparte con la escritora Sylvia Iparraguirre en Balvanera, no llega al extremo del que profesó uno de sus autores preferidos, Herman Hesse. El autor de El lobo estepario, en su casa de Montagnola, tenía un cartel que decía: ?Por favor, nada de visitas?. Se ríe con ganas después de explicar lo contraproducente que resultaba el famoso cartel. ?Tenía la consecuencia desdichada de que en realidad apartaba a las buenas visitas, aquellas personas que eran sensatas y que tenían miedo de molestarlo, pero atraía a los insolentes y despistados.?

Castillo acaba de publicar Ser escritor (Seix Barral), un libro que reúne textos breves, fragmentos de ensayos, notas y artículos sobre el oficio de escribir, reflexiones sobre ética literaria y política, sobre la crítica y los críticos, evocaciones de sus encuentros con Nicolás Guillén, Leopoldo Marechal, Julio Cortázar y Jorge Luis Borges, y rescates de autores olvidadísimos, como Benito Lynch con su novela El inglés de los güesos, Arturo Cancela y su ?extraordinario y desopilante? Historia funambulesca del profesor Landormy (?sin Cancela, Bioy Casares y Cortázar serían un poco más difíciles de explicar?), ?la prosa lacónica y espléndida? de Rafael Barret; Eduardo Wilde, el autor de ?Tini? (no haberlo leído en la adolescencia siendo argentino, asegura Castillo, ?es una especie de grave defecto moral?) y Bernardo Kordon, que ?forma parte de un numeroso capítulo no escrito sobre la ingratitud literaria nacional?, entre otros.

Al igual que Paul Válery, Castillo considera que ?corregir es una empresa espiritual de rectificación de uno mismo?, y recuerda que Borges, una noche de 1983, le contó que detestaba ?Hombre de la esquina rosada? porque en ese cuento había escrito la palabra ?cuchillón?. Aunque afirma que no cree en los géneros literarios, señala que el cuento ?es una forma estética nada casual?, sospecha que ?no cualquier escritor es cuentista?, y revela una de sus convicciones: ?un buen cuento es una historia contada de la única manera posible?. El nuevo libro de Castillo se deja devorar con fruición. El escritor, a pesar de que se toma en serio la literatura, se mofa de la altanería de ese adolescente de diecisiete años que creía que había escrito un cuento extraordinario (ver ?Textual?). ?El argentino no se ríe de contento, se ríe por instinto de conservación. Si dejara de tomarse la realidad en broma sería un perfecto amargado, cosa que suele pasarle en cuanto se descuida un poco?, observa en El humor de los argentinos.

?¿Por qué siente que no tiene tantas certezas respecto de la literatura como cuando era adolescente?

?A medida que un escritor crece comprende no sólo la verdadera complejidad de su oficio sino sus propios límites. Entonces ciertas ideas candorosas que se tenían en la adolescencia y en la primera juventud, entre ellas la de la inmortalidad, pasan a segundo plano y te das cuenta de que escribir es inventar la literatura cada vez que te sentás a escribir. La literatura no es ni una profesión ni un oficio, es un destino, pero es un destino elegido que hay que enriquecer todos los días, lo que puede ser muy angustioso. Me he pasado la vida corrigiendo cuentos en los talleres, dando cursos o charlas sobre los géneros literarios, pero cada vez que escribo un cuento siento la misma incerteza no acerca de la forma, que se aprende a manejar con el tiempo y viene con la propia anécdota que te es revelada de algún modo, sino de su valor. Si a mí se me ocurre una trama, sé si va a ser una obra de teatro, un cuento, una novela. Ya no dudo más, sólo al principio uno tiene ese tipo de dudas. Pero la incertidumbre, las inseguridades son respecto del valor y del sentido que puede tener lo que se está escribiendo. Cuando uno es joven escribe casi cualquier cosa. Muchas veces he pensado que si una historia como El otro Judas se me ocurriera hoy, tal vez no la escribiría o tendería a escribirla de otro modo porque había que ser muy arrogante e irresponsable para escribir acerca de la traición de Judas a Jesús, y proponer que eso no fue nunca una traición sino un pacto para promover una rebelión de los judíos contra el Imperio Romano. Era la primera vez que escribía teatro en mi vida.

?¿Es necesaria esa irresponsabilidad para empezar a escribir?

?Es absolutamente necesaria y tiendo a promoverla. Lo que les recomiendo a los escritores muy jóvenes es que escriban, no importa si ya escribió Shakespeare, porque si no no te sentás a escribir una obra de teatro en tu vida. No importa que ya escribieron Cervantes, Tolstoi o Dante. Cada libro que estás escribiendo es la primera vez que sucede en el mundo. Esto, cuando sos muy joven, lo podés sentir con naturalidad, pero cuando sos mayor, probablemente aparezca el peso de la literatura.

?Usted dice que desconfía de los escritores que no empezaron haciendo versos, que la poesía es un modo de vivir, de percibir el mundo. ¿Le hubiera gustado ser poeta?

?Secretamente escribo versos, tengo un libro de poemas que alguna vez se publicará, La fiesta secreta, que justamente se llama así porque para mí escribir poemas es una fiesta personal. No asumo la poesía del mismo modo que la prosa, no es tanto una tarea de comunicación, como cuando escribo un cuento, un drama o una novela, sino que es la pura expresión, es el acto personal y egoísta de escribir. Sin duda, debe haber algún poema que se comunique con los demás, pero no es mi intención. Escribí muchísimos poemas en la adolescencia, un día los quemé todos, dejé tres o cuatro y cada tanto voy agregando nuevos. Siempre me propongo escribir poemas, pero tiendo a eliminarlos y dejar sólo aquellos que siento que me representan. Por supuesto que no me siento poeta en el sentido tradicional o eminente de la palabra, pero para mí la poesía no es una forma de escribir sino un modo de ver la realidad, un modo de estar en el mundo. Y en ese sentido creo que un prosista necesariamente tiene que contener a un poeta. Es lo que decía por otra parte Aristóteles, citado frecuentemente por Marechal, que todos los géneros son géneros de la poesía, y como también digo en Ser escritor, Ray Bradbury les aconseja a los prosistas leer un poema antes de sentarse a escribir un cuento o una novela.

?¿Este consejo estará relacionado con el nivel de condensación que tiene la poesía?

?No sé por qué, pero creo que la poesía te instala en una zona de la palabra que no es meramente la indicativa sino en una zona un poco más mágica, que se advierte mucho en los propios cuentos de Bradbury, cuando la palabra no es sólo aquello que significa sino aquello que significa más aquello que sonoramente te mueve por alguna razón. Hay palabras que tienen color, forma, peso; leyendo un poema te instalás tal vez en esa zona de la literatura que pertenece también a la prosa de ficción.

?A propósito del título del libro, ¿qué significaba ser escritor en los sesenta y qué significa ahora?

?El significado sigue siendo exactamente el mismo. Un escritor es un hombre que da su testimonio personal, y lo sepa o no siempre está de algún modo hablando críticamente de la realidad, en 1960 o en 2007. Pero la idea que en general tenían los escritores de la literatura en los años ?60 se ha modificado. Nosotros creíamos ?aunque yo todavía tiendo a creerlo? que la literatura servía realmente para algo, que podía cambiar la realidad y que era una especie de instrumento de transformación o de arma de combate. Por supuesto que era una idea pueril, pero de todas maneras permitía escribir y te permitía sentir que lo que estabas haciendo era realmente lo que debías hacer. Hoy no sé si los jóvenes escritores asumen la literatura de ese modo. Entre los ?80 y los ?90, se instaló en el mundo entero un modo de asumir la literatura que hizo que desapareciera el concepto de intelectual. Es como si los jóvenes escritores sintieran ?no todos, naturalmente? que un escritor sólo tiene que escribir ficciones y no debe meterse en determinados terrenos como el de la política. Y creo que básicamente están equivocados, porque ponerse por encima de las contradicciones sociales es meramente una expresión de deseos.

?Quizá los jóvenes tengan una mirada más escéptica respecto de la política...

?Creo que les tocó un mundo que es demasiado distinto al que nos tocó en los ?60. Cuando en los ?60 vos te sentabas a escribir, lo hacías en un contexto donde estaba la Revolución Cubana y el despertar de los pueblos del Africa. Las palabras despertar o nacimiento eran las más comunes. Al mismo tiempo, las crisis eran realmente dramáticas, como en el ?62, cuando estuvimos a punto de quedar inmersos en una guerra nuclear entre los Estados Unidos y la Unión Soviética por la cuestión de los misiles. Tenías de pronto la idea de la muerte en la puerta de tu casa. Pero eso también te daba la certidumbre de que había que hacer algo. Entonces escribir un libro, irse a la cama con una mujer, ir al cine, eran una cuestión de ?hagámoslo ya?. Hoy también los jóvenes tienen la idea del carpe diem, pero por desesperanza. Porque lo que cambió, y eso lo veo en el lenguaje, es la situación del hombre en el mundo. Hoy se habla y se sigue hablando de la muerte de las ideologías, del fin de la historia, del fin de las ilusiones, es como si hubieran fracasado los grandes pensamientos religiosos, filosóficos e ideológicos y no se supiera qué hacer. Vivimos en un mundo donde parece que lo negativo fuera lo esencial, muy distinto al mundo aquel de los ?60 donde la palabra esperanza, nacer, vida, revolución, cambio, era el plato literario y espiritual de cada día. Con esto no quiero decir que los jóvenes sean escépticos, sino que creo que tienen muchas más razones que nosotros para ser escépticos. Y en algún sentido tal vez la responsabilidad sea de mi generación porque a fin de cuentas éste es el mundo que les dejamos.

?En un momento del libro, recuerda su primera y única experiencia en un taller literario, cuando ese viejo y misterioso profesor de San Pedro le dijo que ?antes de tener estilo, hay que aprender a escribir?.

?Fue la lección más dura, pero más eficaz que recibí. Me domesticó el ego, yo creía que había escrito una cosa extraordinaria, pero además no podía concebir que se cometieran tantos errores en una sola frase (risas).

?Después de tantos años de dar talleres literarios, ¿qué balance hace? ¿Son ámbitos de formación de escritores?

?A todos los que vienen a mis talleres suelo decirles lo mismo: ?Miren que los talleres literarios no sirven para nada?. Le sirven únicamente a aquel que va a ser escritor, vaya o no a un taller literario. Los talleres son útiles para que se encuentre un grupo más o menos de la misma generación; para que discutan, se critiquen y se lean, se intercambien libros y hagan lo mismo que hacíamos de alguna manera en las revistas literarias del ?60. La única diferencia que hay entre las revistas literarias y un taller literario es que en las revistas literarias los textos, fueran cuentos o poemas, que nos parecían buenos se publicaban. Un escritor puede llegar a ser un escritor sin necesidad de un taller literario. El mejor taller literario de un escritor es su propia biblioteca y sus propios textos sobre los que tiene que trabajar. A los que asisten a mis talleres los juzgo como pares, no me interesa que tengan veinte o treinta años y yo setenta. Si no siento que son mis pares, al punto de que pueda poner en discusión un texto mío, no hay posibilidades de que pueda dar un taller.

?¿Por qué no lee a sus contemporáneos y prefiere releer a los clásicos?

?A partir de los ?60, empecé a pagar mis deudas con mi propia biblioteca. Nunca fui un devoto lector de autores contemporáneos, como decía el doctor Johnson, al que solía citar Borges, porque nadie quiere deberles nada a sus contemporáneos. Y a eso le agregaría que nadie quiere ni siquiera que sus contemporáneos existan. A mí me vinculan con el mundo mis alumnos más jóvenes o Sylvia, que como es una generación detrás de la mía, tiene una literatura más reciente que me obliga a leer ciertas cosas que por principio no leería, no porque las rechace sino porque las desconozco. Siento que tengo todavía deudas muy grandes con mi propia biblioteca. Además de estar leyendo a Akutagawa, que no es ningún jovenzuelo, y a Kawabata, al mismo tiempo estoy leyendo la trilogía dramática Orestíada para compararla con otras formas literarias, que me llevó luego a leer a Sófocles y a Eurípides.

?¿Ni siquiera por curiosidad lee a sus contemporáneos?

?A veces sí, como a Pablo Ramos, Alan Pauls, Romina Doval y Samanta Schweblin, pero no tengo una información total sobre el asunto, ni quiero tenerla ni tengo tiempo para tenerla.

?Es curioso que, siendo un lector tan apasionado, no se muestre interesado.

?Si mis contemporáneos me aseguran que son excelentes, los leo. No es que los rechazo por principio, sino que los selecciono mucho más. No se olvide que a los 72 años prefiero pagarle a mi espíritu las deudas que tengo con aquellos libros que no he leído.

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sábado, junio 16, 2007

Lectura a `micro´ abierto -emulando a Ray Bradbury

La iniciativa `Yo soy una persona libro´ desembarca en el Paseo del Parque. Una apuesta pedagógica para crear afición lectora. Por Pepa López. Málaga


Las personas libro visitaron ayer la Feria del Libro de Málaga en el Paseo del Parque. La iniciativa organizada por la Consejería de Cultura presento una nueva manera de defender la lectura, se narraron textos de los más diversos autores y autoras en un gesto de reconocimiento de la memoria del hombre contenido en ellos. El proyecto `Yo soy una persona libro´ ha recorrido todas las capitales andaluzas y esta basado en el manual de Ray Bradbury `Fahrenheit 451´ Un gran número de paraguas naranjas adornaron el Paseo del Parque simbolizando una hoguera, y detrás de ellos las personas libro recitaban en unos micrófonos fragmentos de textos que para ellos tenían un significado especial o que simplemente entraban dentro de su biblioteca personal. Rubén Darío, Zorrilla o Carmen Gil fueron alguno de los autores que pudieron escuchar todos los asistentes de la Feria.

Gozar. Pasar un buen rato era el objetivo principal de todos los participantes de la experiencia. " Me parece muy interesante divulgar el amor por la buena literatura", asegura Encarnita una de las personas libro que se congregaron ayer en Málaga. Pero no sólo se escucharon narraciones de autores conocidos, Ana Pecera, una espontánea de 69 años, recitó una poesía que ella misma había escrito dedicada al escritor Federico García Lorca.Y es que las personas libro no son actores, son ciudadanos de a pie que tienen en común la pasión por la lectura.

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lunes, febrero 26, 2007

Alberto Manguel: "Leer será en el futuro un acto de rebeldía"

Alberto Manguel: "Leer será en el futuro un acto de rebeldía" (María Luisa Blanco):
"Autor de Una historia de la lectura (Lumen), libro que marcó un hito en el universo lector, toda la obra de Alberto Manguel (Buenos Aires, 1948) no ha hecho más que recrear el mundo del libro y de los grandes autores que lo protagonizan. En los próximos días publicará La librería de noche (Alianza), un recorrido por las grandes bibliotecas del mundo: desde la legendaria Biblioteca de Alejandría fundada por los ptolomeos en el siglo III antes de Cristo, hasta las bibliotecas de las que disfrutamos en la actualidad, para recalar, finalmente, en la figura de la biblioteca como hogar, ese lugar al que siempre se vuelve.
El amor por el libro nació en Manguel de forma espontánea y muy pronto, según recuerda: "Yo era un pequeño adulto, me crió mi nodriza, con la que aprendí el inglés y el alemán, mis dos lenguas maternas, y ella, que no tenía muy claro lo que era un niño, ponía libros a mi disposición y una vez a la semana me llevaba a comprar uno. Pero el apasionamiento por ellos era cosa mía, enseguida reconocí que los libros eran una forma de abrirme al mundo. Pasé la infancia de país en país, y volver cada noche a mis libros era una forma de volver a lo conocido". Hijo de diplomáticos, fue seguramente durante esa infancia errante cuando se gestó lo que hoy es un sueño cumplido: la construcción de un edificio que albergara su propia biblioteca.
El lugar elegido por el autor del Diccionario de lugares imaginarios se llama Le Presbytère y está situado en Mondion, un pueblecito cerca de la ciudad francesa de Poitiers, encaramado en una colina al sur del Loira. Lo que Manguel encontró en esta antigua propiedad de la Iglesia, que perdió sus posesiones después de la Revolución Francesa, era apenas un muro que la separaba de la propiedad colindante. Hoy es una magnífica nave construida en piedra arenisca, contigua a la cual está la propia vivienda del escritor que queda adosada a los muros con vidrieras de la iglesia del siglo XV. Nada más entrar se aprecia que se trata de la biblioteca de un romántico. Salpicados de detalles y complicidades personales, los anaqueles de la biblioteca se distribuyen en dos pisos. El escritor trabaja en el de arriba, asomado a una vista envidiable sobre su jardín: una amplia pradera con abedules, abetos y pinos de diferentes especies. Manguel hace notar cómo se oye el silencio. Y es cierto que en este lugar épico, en cuyo horizonte próximo se encuentran las tumbas de Leonor de Aquitania y de Ricardo Corazón de León, algo hay de esa cualidad de ultratumba.
Muy próximos a su escritorio están los libros de literatura española y portuguesa y sus libros de referencia: autores clásicos, ejemplares de libros sobre el libro, coleccionados mientras escribía su historia de la lectura, y títulos de literatura árabe. Entre las distintas ediciones del Quijote, una de 1782, que compró en una librería de viejo en Madrid, en la que destaca un curioso retrato real del imaginario narrador del Quijote Cide Hamete Benengeli. Una foto de la tumba de Borges en Ginebra, un retrato del propio Manguel realizado por Silvina Ocampo cuando él tenía 17 años y una variada colección de fotos de sus hijos y amigos completan el ambiente que rodea al escritor. El grueso de la colección de libros se encuentra, sin embargo, en el piso inferior.
Como corresponde a una biblioteca tan personalizada, la mayoría de los volúmenes tienen su propia historia. "Los cuentos de los hermanos Grimm fue el primer libro que compré", cuenta Manguel. "Aprendí a leer en Israel, donde mi padre era embajador y yo podía ir a la librería de al lado de nuestra casa y elegir los libros que quisiera. Tenía cinco o seis años cuando compré este ejemplar". Además, diversas ediciones firmadas de Juan Ramón Jiménez, todo Pérez Galdós en las ediciones de la Biblioteca Castro, las obras completas de Kippling firmadas por el autor, varias obras de Borges dedicadas, así como un libro del propio Kipling que perteneció al autor de El Aleph y que éste le regaló a los 17 años, cuando Manguel dejó Buenos Aires.
El punto de partida de su nuevo libro, La biblioteca de noche, es la pregunta por el sentido del universo, pero ¿por qué esa necesidad de encontrar un sentido?: "Los seres humanos podemos ser definidos como animales lectores. Creemos que el mundo natural hay que descifrarlo. Vivimos en esa paradoja: saber por un lado que este mundo no tiene ningún sentido y preguntarnos el porqué de las cosas". Las respuestas, a Manguel no le cabe duda, están en los libros. Por eso lamenta que hoy el libro no goce del prestigio de otro tiempo: "Las calidades que tiene la tecnología, por razones económicas, son las que nuestra sociedad pone por delante. Hace cincuenta años la biblioteca estaba en el centro de la sociedad, nadie discutía que leer era importante, pero el capitalismo salvaje actual no puede permitirse un consumidor lento. La literatura, en cambio, requiere lentitud, requiere que te detengas, que reflexiones, que nunca alcances una conclusión. Nunca puedes saber si Don Quijote está loco o no. Como sociedad tenemos que decir que el acto intelectual es importante. No puedes pedir a un adolescente que lea cuando le estás diciendo que toda actividad que no te dé una ganancia inmediata y visible es inútil. Creo que no existen seres humanos no lectores. En la sociedad actual es como si fuésemos misioneros de una religión en la que la iglesia central ya no cree".
Una de las biblioteca preferidas de Alberto Manguel es la Biblioteca Circular de Aby Warburg, en Hamburgo, a la que dedica un capítulo de su libro. Heredero de una gran fortuna, Warburg lo dejó todo en manos de su hermano con la condición de que le diera el dinero suficiente para mantener su biblioteca y comprar todos los libros que quisiera. El lema de este hombre singular era "Vive y no me hagas daño". Pero hay otras bibliotecas que a Manguel le parecen ejemplares: "La London Library, una biblioteca privada circulante que envía los libros que quieras allí donde estés y compran los libros que tú necesitas, una librería para la que los libros no son piezas de museo. Y las bibliotecas circulantes de Colombia, los biblioburros para acceder a las poblaciones perdidas de la sierra. Alguien del pueblo cuida la bolsa y luego vuelven a recogerlas al cabo del tiempo".
Los libros nunca se han llevado bien con el poder, por eso el escritor insiste en la necesidad de la lectura como elemento de protección: "La historia del libro corre paralela a la de la censura. Una de las cosas esenciales que proporciona la lectura es aprender a pensar, y no hay nada más peligroso para el poder que un pueblo pensante. La tarea del político es más fácil frente a un pueblo idiota, educarnos en la estupidez es quitarnos los libros, y eso siempre ha sido tarea de dictadores". Pero en la actualidad Manguel subraya otras formas de censura: "El editor cuya vocación era la literatura ya no puede trabajar de la misma manera porque tiene que conseguir un provecho financiero, y eso elimina el 90% de la literatura. Si Borges se presentase hoy con un nuevo libro no podría publicarlo. Ahora un editor se fija en las ventas anteriores de ese autor y si el anterior no se ha vendido, no se publica. Esta situación se complica porque ahora también son los compradores para las grandes superficies los que deciden. En el mundo anglosajón, a la mesa del editor se sienta el crítico, el gerente y ese comprador que opina sobre el libro, y si aceptan sus condiciones compra 50.000 ejemplares, que, además, puede devolver. Estamos en esa situación y las consecuencias serán catastróficas".
¿La lectura queda finalmente como un acto de rebeldía? "Siempre lo ha sido. Primero porque se valora la acción y no la inacción y porque conduce a la reflexión, y eso siempre es peligroso. Y porque a través de la lectura empezamos a conocer quiénes somos. En el futuro, leer será no sólo un acto de rebeldía, sino también un acto de supervivencia. Si como lectores nos resignamos a que nos impidan leer la buena literatura nos vamos a condenar a ser menos humanos. Es un riesgo que, por supuesto, no podemos correr. Ya estamos al borde de la catástrofe porque hemos destruido el mundo natural y ahora estamos haciendo todo lo posible para destruir el mundo intelectual. Hay que actuar ahora. Pero ahora quiere decir hoy". El lema que preside la biblioteca de Le Presbytère es "Lee lo que quieras", porque Alberto Manguel no cree que el amor a los libros se pueda enseñar: "El amor por la lectura es algo que se aprende pero no se enseña. De la misma forma que nadie puede obligarnos a enamorarnos, nadie puede obligarnos a amar un libro. Son cosas que ocurren por razones misteriosas, pero de lo que sí estoy convencido es que a cada uno de nosotros hay un libro que nos espera. En algún lugar de la biblioteca hay una página que ha sido escrita para nosotros"."
(fuente: http://www.elpais.com/solotexto/articulo.html?xref=20070113elpepicul_3&type=Tes)

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