Las multitudes siguen acudiendo a ver a Woody Allen tocando el clarinete. La sinestesia es premeditada, porque a oír, lo que se dice a oír, no pueden ir muchos. Entre los muchos y variados talentos con que la madre naturaleza dotó a Allen están los de escritor, guionista, humorista, actor, director, pero la música no se encuentra entre ellos. Ya lo advierte él mismo: “Me da pena a veces estar delante de un auditorio”. A otros nos da pena del auditorio.

Los fanáticos de Allen, sin embargo, no perdonan una y van en masa para verle hacer florituras con su clarinete, resucitando melodías de hace más de un siglo y sin fecha de caducidad. El jazz de Nueva Orleans no caduca, aunque no podemos decir lo mismo del genio neoyorquino, que se ha empeñado en prolongar una carrera más allá de su talento. Desde la sobrevaloradísima, aburridísima e inverosímil Match point, Allen no ha rodado una sola cinta a la altura de su leyenda. Le ha dado por repetirse, por sacar tics, por volver a poner en escena temas y personajes que ya había explorado hasta la saciedad. A nadie se le escapa que el bobalicón profesor de tenis y aficionado asesino de Match point no es más que un remedo del fastuoso personaje que compuso Martin Landau en Delitos y faltas, una película que gana a la otra por cinco sets a cero.
La decadencia de Allen también se nota en el acolchado espesor de sus últimas musas, cuyo altar se reparten ahora entre la belleza bovina de Scarlett Johansson y el esplendor caprino de Penélope Cruz. Más que un altar, parece un abrevadero. Qué tiempos aquellos en que el entrañable botarate de las gafas intentaba deslumbrar a la despampanante inteligencia de Diane Keaton o reconducir por el buen camino los pecaminosos y abismales muslos de Mira Sorvino.
El hombre extraordinario que firmó Zelig, que firmó Poderosa Afrodita, que firmó La rosa púrpura de El Cairo, está empeñado en que lo recordemos como un aprendiz de soplagaitas. En Manhattan hizo un monumento imperecedero con el puente de Brooklyn y el comienzo imperial de la Rapsodia in blue de Gershwin, y se ha venido a Barcelona para hacer un sopicaldo de pollo con sardana. Es el problema de no saber retirarse a tiempo.
Salvo John Huston, que es la gran excepción, todos los grandes directores de la Historia se exiliaron de las cámaras cuando todavía eran monarcas, mucho antes de que la arteriosclerosis atacara el celuloide de las ideas y el alzheimer dejara la pantalla en negro. John Ford, Billy Wilder, Alfred Hitchcock, Howard Hawks hicieron mutis por el foro antes de que sus actores pudieran verles babear. Allen no, Allen sigue babeando sobre el clarinete para todos aquellos que piensan que el jazz es la canción con que el tío Tom recogía algodón en Lousiana.
En buena lógica, el ataque israelí no es tanto un ataque como un contraataque. Que se rompa una tregua unilateralmente y que empiecen a caer cien cohetes al día en tu territorio no debe de ser plato de gusto. Poco importa que los Qassam de Hamás sean tan efectivos como petardos navideños: la provocación está servida. Así, Israel ha actuado con la misma buena lógica de ese vecino que advierte a un niño tonto que deje de jugar con la pelotita, que le va a romper una maceta. Entonces, después de dos horas de pelotazos contra la ventana, en buena lógica, el vecino sale a la calle y le revienta la cabeza al niño tonto a puñetazos.

La desproporción de la respuesta israelí se mide en montones de cadáveres. Hay una fábula bíblica que ilustra al respecto: la de mi tocayo, David, un pastorcillo pertrechado únicamente de una honda, y un gigantón filisteo armado hasta los dientes. Pero como los israelíes saben que las historias sagradas pertenecen al terreno de la mitología y la ciencia-ficción, esta vez han preferido reservarse el papel de filisteos. Reclutado por el ejército más burro de la actualidad, Sansón lleva ahora la estrella de David y viaja en F-16, en tanques acorazados y en helicópteros apache.
La buena lógica siempre ha imperado en Oriente Medio. No sabemos qué esperaba Hamás tras hurgar con un palo en las narices del coloso israelí salvo favorecer el auge del negocio funerario. Los dirigentes judíos aseguran que su castigo no va dirigido a los civiles pero sus misiles no son tan inteligentes como para distinguir a justos de pecadores. Es difícil que las bombas discriminen en el lugar más poblado del planeta: una angosta franja de tierra donde se hacinan millón y medio de palestinos sólo para servir de diana a unos y de medallita de mártir a los otros. En la Tierra Prometida Yahvé y Alá siguen jugando al tiro al plato.
Visto en perspectiva (y en Gaza no hay más perspectiva que el horizonte del cementerio) los objetivos de unos y otros ya están cumplidos. Israel ha demostrado una vez más que es la auténtica bestia parda de la zona y Hamás ha conseguido publicitar su proverbial estupidez a nivel mundial al coste de unos cuantos centenares de muertos, algo apenas más caro que el saldo de los atentados de Bombay, cuyas víctimas inocentes no movilizaron ni un solo pañuelito delante de una sola embajada. Hamás va a pedir una reedición del mismo alto el fuego del que disfrutaba antes de que decidiera hacerse el harakiri e Israel va a seguir entrenándose en su deporte nacional: enterrar niños bajo toneladas de escombros.
Me van a disculpar que este artículo me haya quedado un poco tonto, pero como decía Kurt Vonnegut en Matadero Cinco, no hay nada inteligente que decir acerca de una matanza.
Aunque parezca mentira, la infancia es una invención muy reciente. No había caído en la cuenta hasta que el otro día, en una comida entre amigos, el escritor Rafael Reig me lo hizo notar. Comentaba yo, enfrascado en mi proverbial anglofilia, que varios de los mejores inventos del pasado siglo tenían patente británica: las vacaciones, los fines de semana, el deporte, los hoteles… Entonces Reig intervino: “No te olvides de la infancia. Antes de Dickens, la infancia no existía”.

Es verdad. Oliver Twist es quizá la primera novela con un protagonista menor de edad cuya psicología no imita la de un adulto pequeñito. La primera donde se ve a un chaval desamparado que ha sido arrancado de cuajo del paraíso de la niñez. El Lazarillo, la primera novela moderna, muestra a un crío hecho hombre a fuerza de golpes y humillaciones, un crío que tiene que crecer deprisa y doctorarse cum laude en la universidad del hurto mientras pasa la niñez como quien pasa la gripe.
Sin embargo, el mito dickensiano se derrumba. Resulta que la historia de los niños con un agujero en el estómago y de la pequeña cerillera que agoniza fósforo a fósforo no eran más que recursos lacrimógenos del gran novelista. Un grupo de científicos ingleses han confirmado que la dieta de los huérfanos en tiempos de Dickens no era tan mala como deja traslucir Oliver Twist. ¿Cómo lo han descubierto? Leyendo. Leyendo un dietario de la época que ilustra sobre la cocina de los orfanatos victorianos.
Es decir, que esta gente pone en duda una gran novela para trasladar su fe a un documento supuestamente histórico. Suponiendo que las tablas de calorías fuesen realmente las prescritas por el doctor Johnatan Pereira en 1843, ¿ustedes se fiarían a ciegas del cocinero de un orfanato inglés? Yo hice la mili más de un siglo después y les aseguro a los dietistas ingleses que la comida del cuartel variaba mucho según entrara uno u otro sargento de cocina. Hambre no pasamos pero aquellas patas de pavo congelado seguro que no estaban prescritas en el menú del Ejército de Tierra. Y todavía faltaba mucho para que Ferrán Adriá inventara los polos de aire con olor a zanahoria.
En Navidad conmemoramos, mediante el alcoholismo y la glotonería, el nacimiento de un niño pobre en una época en que la niñez no era más que una enfermedad mortal. Hoy la inmensa mayoría de los niños del mundo no saben que lo son: están muy ocupados trabajando en los abismos industriales de África, Asia y Sudamérica, fabricando juguetes en vez de jugar con ellos. La infancia no ha llegado a sus hogares a la misma hora que marcaba el reloj de Oliver Twist. Claro que siempre habrá unos cuantos científicos ingenuos capaces de creer en el milagro que dicta un pedazo de papel donde reza made in China.
Uno ha hecho la carrera de Filología pero no ha sido hasta ayer que, gracias al Ministerio de Sanidad, se ha enterado de una figura retórica con nombre de enfermedad degenerativa. El lipograma vocálico (recurso poético particularmente idiota que consiste en la formación de palabras que contienen una sola vocal) es el esqueleto que sostiene el hip-hop con el que Bernat Soria advierte a los chavales que se encasqueten el condón antes de pasar a mayores.
La vocal elegida ha sido la “o”, letra cuya grafía es la descripción de un hoyo y cuya pronunciación supone un convite a la felación. Si uno pronuncia una “o” cuidadosamente se queda con cara de muñeca hinchable. La “o” es una letra gorda, la señorona de las vocales, y su evidente redondez evoca lo que precisamente se trataba de evitar: el bombo, el follón. Aparte de estos motivos subliminales, la canción ha sido muy criticada pero hay que admitir que, una vez oída, resulta perfecta no tanto para fomentar el uso de anticonceptivos como para predicar la abstinencia total. A cualquiera que la oiga no se le levanta en tres días.

No sabemos cuántos euros de esos 2.200.000 que se ha gastado el Ministerio en la promoción de semejante castaña han ido destinados al engorde y cría del compositor, pero todo lo que pasase de dos hostias bien dadas sería un dispendio y un disparate. Hace falta valor para que ahora venga un tío barbudo con la gorra enroscada a tornillo y diga que encima se la han fusilado los tíos del Ministerio, como si la castaña en cuestión fuese el Adagietto de la Quinta Sinfonía de Mahler.
El planteamiento, no obstante, es curioso porque permite una profunda indagación sobre los mecanismos de la producción artística. O dicho de otro modo: ¿se puede plagiar una boñiga? Ya sabemos que el hip-hop, como su nombre indica, no es música, sino gimnasia de colutorio y grito de ánimo circense, pero ¿puede haber en el mundo dos letristas tan cerriles y tan inasequibles a la armonía como para que ambos se refieran a la ceremonia nupcial con la misma expresión rematadamente imbécil y monárquica de “yo no corono rollos”? Más aun: ¿cómo se puede perpetrar un lipograma vocálico con la letra“o” y esquivar reiteradamente adjetivos como “sordo”, “bobo” o “tonto’l bolo”, cuando tan a mano los tenían?
El rapero Nach (tan ingenioso que hasta se ha decapitado la “o” del nombre) anuncia que va a denunciar el robo ante la SGAE, lo cual da la exacta medida de furor reivindicativo del rap en general y del rapero Nach en particular. La agencia contratada por el Ministerio ha contraatacado iniciando una demanda contra el lipogramador vocálico y asegurando que son muy capaces de lipogramar una boñiga ellos solos. Que ni siquiera les hace falta el canuto.
Llevo unos cuantos días, una semana ya, arrastrando un resfriado de perro, uno de esos resfriados asnales y letárgicos que te dejan para el arrastre. Ayer domingo, sin embargo, me encontraba lo bastante bien como para salir a la calle y echar por fin un vistazo a la exposición de Rembrandt que hay estos días en el Museo del Prado. No se la pierdan, sobre todo Betsabé en el baño, que es un cuadro de una belleza sobrecogedora. El rey David se ha encaprichado de ella y la mujer sostiene en sus manos el mensaje donde pide que vaya a reunirse con él. La piel resplandece como la aurora pero el rostro está anegado por la pena: la tristeza de tener que engañar a su marido por un capricho real. Pero cuando uno mira ese desnudo tan humano, tan de verdad (Rembrandt pinta no una niñata maciza sino una cuarentona de buen ver, una tía jamona como las que le volvían loco a él) y ese rostro de bondad enloquecedora, entiende el rapto de lujuria de mi tocayo.

Después, ya en casa, vi una película sobre la vida de Rembrandt protagonizada por Charles Laughton. Como acababa de contemplar varios autorretratos, pude comprobar que el parecido entre el gran actor ingles y el pintor holandés se basaba ante todo en la nariz, ese apéndice tuberculoso y agrícola que revela inmediatamente una conexión campesina por las patatas y una manifiesta inclinación al morapio.
Lo que más me llamó la atención de la película (aparte de la actuación magistral de Laughton) es la racanería con la que los holandeses han tratado siempre a sus genios pictóricos. Siglos antes de que vapulearan a Van Gogh, los antecesores de ING Direct ya habían tratado a patadas a Rembrandt. Ni siquiera le pagaron todo lo estipulado por esa obra maestra de la pintura que es La ronda de noche, porque algunos de aquellos payasos con sombrero sintieron que no habían sido salido lo bastante dignos. Arruinado y aquejado de deudas durante toda su vida, Rembrandt tuvo que ponerse al servicio de su mujer, una estratagema legal que le permitió vender algunos cuadros y llevar algo de comida caliente a casa.
Esta mañana, como ya me encontraba mucho mejor, he salido a dar un paseo, pero cuando he regresado me encontraba otra vez fatal. La tos había vuelto y la narizota griposa en mi cara me hacía el modelo ideal para un retrato rembrandtiano. Algo más o menos así:

Iba a escribir un final ingenioso sobre los insaciables banqueros holandeses, la napia florida de Rembrandt y la oreja amputada de Van Gogh, pero el catarro me tiene completamente grogui y ustedes me lo sabrán disculpar. Algo sobre la sutileza del arte, capaz de transmutar la materia (napia) en alma (cuadro), y la chabacanería del mercado, capaz de transmutar el alma (cuadro) en materia (dinero). Sí, iba sobre algo de eso, creo.
Felices fiestas.