l Tropezando con melones - Blog de David Torres

David Torres, escritor, guionista y columnista

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domingo 13 de julio de 2008

Aznar in concert

La insistencia de Aznar en el error es digna de encomio. Cada vez que le preguntan por la guerra de Irak, el hombre está más orgulloso, se hincha de vanidad, saca más pecho. También lo es la insistencia de los medios en preguntarle por la guerra de Irak, como si pensaran que Aznar pudiese cambiar de opinión, pillarle en un día tonto, admitir una equivocación que ha destruido un país, costado la vida a más de medio millón de personas y causado el desbarajuste de todo Oriente Medio.




Aznar nunca decepciona, siempre da lo que se espera de él. Por eso las televisiones, en los momentos más tórridos del tedio veraniego, recurren de vez en cuando a él para animar la programación y subir las audiencias a la altura de la raya del termómetro. En verano Aznar sale de gira, igual que Bruce Springsteen o Tom Waits, a repetir sus grandes temas clásicos. La gente a la que le gusta el rock cansino y carretero de Springsteen no va al concierto a oír baladas nuevas: va a oír lo mismo de siempre. Los sordos que idolatran el mugido de cazalla en que consiste la voz de Waits se sacudirían las orejas aterrados si su ídolo aprendiese a cantar como mandan los cánones de Operación Triunfo.

Igual que aquel obcecado y pétreo sargento de marines interpretado por Clint Eastwood, Aznar debería estar guardado en una urna de cristal bajo un lema que dijera: 'Abrir sólo en caso de guerra'. Para Aznar, aquel momento imperecedero en que entró por sus reales en la guerra de Irak fue uno de los hitos más altos de la historia de España, algo así como una reedición de la batalla de Lepanto sólo que con un montón de cadáveres quemados y de niños muertos. Tampoco le costaría mucho arrepentirse de su contribución a una masacre, pero Aznar, que ha leído a Nietzsche, sabe muy bien que lo más cobarde que podemos hacer con nuestras acciones es abandonarlas en la estacada, así que a lo hecho, pecho y aquí paz y después gloria, que es la definición exacta de la victoria de Bush, el lugar sin lugar donde van todos los soldados caídos en combate y las víctimas inocentes de la guerra.

Cuando termina su mandato y la nación ya no los necesita, los ex presidentes acaban con complejo de juguete roto, y van de país en país, de conferencia en conferencia y de nostalgia en nostalgia, como puros ya apagados que se empeñaran en durar más allá de sus cenizas. Así, lo que nos queda de González no fue esa joven sonrisa de esperanza en 1982 sino la mueca apolillada de Alí Babá en medio de una cueva de ladrones. Y lo que nos va quedando de Aznar no es su gestión económica o la lucha contra ETA, sino esa lamentable foto de las Azores, cuando su complejo napoleónico le llevó a formar parte del Trío Calaveras.




(Publicado originalmente en El Mundo el sábado 12 de julio de 2008)

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lunes 23 de junio de 2008

Patriotismo de calzón corto

Hace unas semanas, en uno de esos artículos magistrales con los que sacude la prensa mallorquina, escribía Matías Vallés que Chikilicuatre había logrado inspirar patriotismo a un pueblo perdido entre la vergüenza histórica y las boinas periféricas. Pero se equivocaba, porque el fútbol también está ahí para demostrar que los españoles salimos de vez en cuando del armario sólo para animar la camiseta roja y aglomerarnos en los bares a los acordes de un himno que no tendrá letra ni puñetera falta que nos hace.




Ortega habló de la España invertebrada sin contar con que ese insecto de 22 patas que se mueve por el césped es capaz de levantar pasiones más hondas y más instantáneas que la Viagra. Luis Aragonés no habrá estudiado filosofía (para eso es sabio y de Hortaleza), pero la exclusión de Raúl ha soltado más ríos de tinta que la decapitación de Gallardón en las listas del PP. Uno se pregunta si los grandes jerarcas de la derecha no habrán calculado de antemano las fechas para hacer coincidir su congreso con el choque decisivo de la selección en cuartos.

Ese patriotismo de pantalones cortos con que nos vestimos durante la Eurocopa y los Mundiales ha inundado Valencia (ciudad proclive a los petardos festivos) con la esquizofrenia de una celebración que parece apropiarse los colores patrios mientras el gobierno sigue enquistado en esa siesta de donde no la despiertan ni los camiones a bocinazos. Quizá por eso Aznar ha saltado a saludar a los suyos con el empaque de una vieja gloria futbolística cuando su equipo le hace el pasillo: media melena al viento, palmadas a los lados y un apretón de lástima al capitán Rajoy, que hace tiempo que perdió la copa, la recopa, los papeles y hasta los calzones.

Sin embargo, después de todos sus desastres, el PP ha sabido cerrar filas igual que los marines. De hecho, como los marines, ellos están ahí para salvar la democracia, no para practicarla. El congreso lo podían haber resuelto en una mesa de bar, jugando al mus, pero esa traca valenciana proporciona la feliz ilusión de una afición contenta, que quizá les apoyara porque en un momento de alucinación colectiva alcanzaron a creer en un país que iba más allá de un bombo y una camiseta.

Nada más lejos de la realidad. El Politburó valenciano por un lado; la crisis, la huelga y Bibiana por el otro, nos hacen pensar si para la próxima vez no deberíamos elegir entrenador en lugar de presidente. Un sabio de Hortaleza que nos haga soñar antes de despertar con un codazo en plena boca.


(Publicado originalmente en El Mundo el sábado 21 de junio de 2008)

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