Mayo del 68: acné juvenil

Lo malo es que algunos trenes los desviaron de Benidorm y, claro, muchos de los manifestantes, armados con cubos y palas, hicieron castillos de arena en lugar de barricadas como Marx manda. Lo que nos ha quedado a los que nacimos más o menos encajonados en aquella época heroica (los 'niños de tiza', como los llamó en mi última novela) es la sensación de que la Historia nos ha pasado por encima sin darnos la menor oportunidad, sin una mísera revolución que echarnos a la boca. Hemos tenido que aguantar la brasa de profesores, cantautores y políticos nostálgicos que llevan toda su vida recordando el fulgor de aquellos días en que las consignas venían envueltas en guitarras y las chicas se liberaban del sostén, un tiempo en el que eran más jóvenes, más guapos y la realidad no había sacado aún sus tristes tijeras de peluquero oficial.
¿Qué ha quedado de todo aquel maravilloso ideario chiripitiflaútico? Veamos: el plasta de Althusser estranguló a su mujer. Jane Fonda cambió la política por el aerobic. La inmensa mayoría de los chavalines que hacían pintadas con el lema aquel tan bonito de 'la imaginación al poder', subieron al poder, efectivamente, echaron tripa y olvidaron la imaginación en el coche de papá. Houellebecq ha comentado que lo mejor que dio el Mayo del 68 fue una comedia tonta de Louis de Funes.
Es una fábula que nos han contado, una trola, una payasada nostálgica en plan Cuéntame. Todos esos estudiantes melenudos que iban a quemar el mundo, que decían que debajo del asfalto estaba la playa y (como dice el poeta Muñoz Robledano) en vez de arena encontraron terreno urbanizable. Querían hacer la revolución definitiva, juntarse con los proletarios, pero sólo eran una panda de pijos hormonados que confundieron el marxismo con un botellón. Los guiaba Sartre, ese señor tan bizco que llegó a creer que el Che era un héroe de nuestro tiempo y no una camiseta. Y el primero que lo advirtió fue Passolini, cuando dijo que los verdaderos proletarios eran los policías que se enfrentaron a los bestias de los manifestantes sin causar un solo muerto: los estudiantes no eran más que estómagos agradecidos, niños bien. Lo cuenta una película italiana hermosa como la verdad: La mejor juventud.
Eso sí, hay que reconocer que los franceses saben vender lo que haga falta: queso, vino, cine gastronómico y hasta una revolución primaveral que, en realidad, era acné juvenil, el primer lanzamiento mundial de música de cantautor. El Mayo del 68 fue un éxito propagandístico en todos los niveles, hasta el punto de eclipsar por completo a la verdadera revolución de aquel año: la Primavera de Praga, cuando doscientos mil soldados y cinco mil tanques soviéticos entraron en Checoslovaquia para aplastar flores y cabezas bajo sus cadenas. Allí sí que se luchó por la libertad. Allí sí que hubo muertos de verdad. Pero, claro, ni cantaban en francés ni llevaban camisetas del Che. De Gaulle sólo tuvo que advertir a su policía que tuviera cuidado, que todos aquellos barbudos feroces, al fin y al cabo, no eran más que jovencitos en celo, tontos al sol, prole de gente bien a la que le faltaba unos años por madurar y que creía que Mao era una marca de cerveza.
(publicado originalmente en El Mundo el 11 de mayo de 2008)
Etiquetas: Che, david torres, Franco, Mao, marxismo, mayo del 68, Primavera de Praga, Victor Manuel

El primer melón me lo encontré en una playa andaluza, un día de verano. El último lo veo cada mañana al enfrentarme al espejo. ¿Qué me dirá ese tipo hoy? ¿Qué inesperados regalos, qué decepciones, qué frescas dentelladas me tendrá reservadas el día?









