l Tropezando con melones - Blog de David Torres

David Torres, escritor, guionista y columnista

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lunes 9 de junio de 2008

Pepito Piscinas se tira a bomba

Entre los melones más jugosos que he tenido el placer de tropezarme en la vida, merece un lugar destacado Joan Puig, el Pepito Piscinas de Esquerra. Su reciente iniciativa para torpedear Air Berlin, colocando la esvástica nazi en el logotipo de la compañía aérea, no es más que otro mojón más en una larga carrera de indigencia mental a prueba de ridículos. Ante un caso así, el artículo de opinión te lo dan hecho, mascado y regurgitado, y uno no tiene más trabajo que el de hilvanar los chistes que la realidad le ofrece en bandeja.

Aprovecho también para invitaros a todos, sandías y melones, a la fiesta de presentación que tendrá lugar en Hotel Kafka, c/Hortaleza 104, el jueves 12 de junio a partir de las 19,30 de la tarde, con motivo de la presentación de mis dos últimos libros, Niños de tiza y Bellas y bestias. Serán maestros de ceremonias mis amigos Fernando Marías, Rafael Reig y Román Piña.





AIR BOMBING

No se entiende muy bien la polémica entre los catalanazis y Air Berlin cuando ambas corporaciones tienen tantas cosas en común. Air Berlin presume de ofrecer las tarifas más baratas del mercado y los nacionalistas salchicheros tienen las ideas más baratas que quepa imaginarse. Unas ideas que, más que pensarse, se arrastran, de tiradas, abyectas y rastreras que son. Podría decirse que son ideas de mierda si no fuese porque hasta la mierda, usada como abono, tiene alguna utilidad. Las ideas del lobby catalanazi huelen, como dice Román Piña, pero ni siquiera caben en la categoría de escoria.

La pregunta de Joachim Hunold, director general de Air Berlin, ante la presión del Govern para que alicate todos sus vuelos en catalán, cae por su propio peso, como Puig en las piscinas. ¿Es el español la lengua oficial de España? Evidentemente, no. Aquí el español no existe. Para defender la quisquillosa sensibilidad de los idiomas maltratados por el franquismo, lo degradamos a la categoría de 'castellano', palmaria soplapollez que todavía estamos lamentando. Porque 'castellano' es el marchamo de una lengua invasora, circunscrita al reino de Castilla y expandida como un cáncer con metástasis a través de varias regiones, continentes y océanos. La triste realidad es que las lenguas en la Península nunca se han pegado entre ellas, que en muchas zonas del País Vasco, de Cataluña y de Galicia el castellano se habla desde que se inventó.

La otra triste realidad es que los idiomas no tienen ninguna sensibilidad. La sensibilidad se la construyen esos políticos que necesitan la filología para rellenar el penoso panorama de sus propuestas y la amplitud resonante de su vacío craneal. Los alemanes le habían ganado la partida al Govern desde que Carlos V de Alemania (y I de España) adoptó el español como lengua franca en la corte imperial. Es vergonzoso que un gerifalte de una compañía aérea tenga que darle lecciones de historia elemental a nuestros mandamases, pero qué le vamos a hacer.

Como la Historia para esta gentuza no es más que un quesito del Trivial, seguro que piensan que 'lengua franca' es la lengua de Franco y encima se nos van a cabrear más. Joan Puig ya ha propuesto hacer bombing contra 'los nazis de Air Berlin' y de nazis este hombre sabe un rato, primero, porque comparte ideología, y segundo, porque aprendió a invadir piscinas gracias a la táctica en picado de los stukas en los bombardeos sobre Londres. La piscina de Pedro Jota sufrió uno de sus ataques en bañador (estilo bombing, sí) y todavía quedan lípidos nacionalistas enganchados en el sumidero y flotando por los alrededores. Aún no sabemos si quería liberar la piscina, liberar el catalán o liberar a Willy.

Ahora bien, Air Berlin puede volar tranquila. El boicot de los catalanazis no puede afectarle mucho. No se sabe de ningún nacionalista que haya salido de su boina para coger un avión. Al menos pagando él.


(Publicado originalmente en El Mundo-El Dia de Baleares el lunes 9 de junio de 2008)

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miércoles 4 de junio de 2008

Encuentros en la tercera fase

(Atención: este post puede herir su sensibilidad, si la tiene)

No sé a otros escritores, pero a mí me encanta encontrame con mis lectores cara a cara. Cuando trabajaba en la librería Altair, tenía más posibilidades de hacerlo: ahora tengo que conformarme con las firmas de la Feria del Libro (por cierto, voy el próximo domingo 8 a la caseta de Anaya, por la tarde, y el domingo 15 por la mañana a la caseta de Altair). En la Feria del Libro de Palma, junto a mi amigo Román Piña, tropecé con dos auténticas frikis que merecerían una entrada aparte. Pero lo más extraño que me ha pasado en el mundo éste de la literatura fue el careo que tuve con la gente del Club Social Seco el pasado miércoles.

Yo ya había estado en dos clubs de lectura: uno, hace unos cinco años, por invitación del poeta Alvaro Fierro, en la casa de una de sus amigas, donde estuve acompañado de una pléyade de lectoras jóvenes, educadas y hermosas; y otro, también por motivo de El gran silencio, en Estudio en escarlata, librería especializada en novela negra y de género de donde salí con un buen puñado de nuevos amigos. Nada me había preparado, sin embargo, para lo que me aguardaba en el Club Social Seco, a pesar de que me llevó hasta allí un viejo amigo de la Semana Negra e impenitente lector mío: Enrique Bienzobas.

La sensación que tuve fue más o menos semejante a la que padeció Dalí en su última sesión frente el grupo surrealista, cuando tuvo que explicar sus desviaciones ideológicas. No en vano, en los preliminares alcohólicos, mientras calentábamos vasos y sillas, un anciano proclamó orgullosamente que era estalinista. Luego, tras una introducción sobre mi obra por parte de Enrique, empezó el despellejamiento.






La señora sentada a mi lado dijo que no entendía cómo podía haber pintado una infancia así, plagada de sadismo y crueldad. Niños que pegaban a otros, niños que se burlaban de otros, que abusaban de los débiles. Ella nunca había pasado por esas experiencias y eso que trabajaba en TVE. Algunas voces salieron tímidamente a defenderme. Yo me encogí de hombros. Después de que algunos presentes contaran algunas de las humillaciones sufridas en su niñez, la señora sentada a mi lado añadió que todos los personajes de mi novela eran repugnantes:

-Los hombres son asquerosos, la tía millonaria es horrible, Lola una puta...
-¿Una puta? -pregunté yo-. ¿Se acuesta por dinero?
-Una puta -sentenció con irrebatible autoridad, antes de proseguir la paliza-. Y la madre es tonta perdida.
-¿Tonta? -me defendí débilmente-. Pero si le avisa a Esteban de la que se le viene encima nada más empezar la novela. Y al final...
-Y lo peor de todo -dijo la señora, terminando la exposición de los hechos- es que los dos únicos personajes positivos del libro, los dos buenos... ¡son dos curas!

Abominación. Horror de horrores. Dos curas buenos, a quién se le ocurre. Empecé a comprender dónde me había metido. El que no sabía donde meterse era Enrique, que, sentado a mi izquierda, de vez en cuando salpimentaba unas palabras de ánimo como el buen ladrón en lo alto del Calvario. Desde la cruz, yo lanzaba la mirada al fondo, donde David G. Panadero intentaba llevar la conversación hacia el cuadrilátero de la novela negra, calibrando si sus enormes y cinematográficas espaldas me servirían para escapar del linchamiento. Todo inútil. La señora que estaba al lado de la señora que estaba a mi lado dijo que no se creía nada del personaje de Esteban. Pensé que a lo mejor me hacían devolverles el dinero. Luego añadió que, eso sí, la infancia en el barrio era tal cual la recordaba. Aproveché que dejaban de apretar los tornillos un instante para soltar un chiste:

-¿Sabéis una cosa? Fue una suerte que ninguno de vosotros estuviera en el jurado del premio.

Las risas no aliviaron mucho la tensión. El chaval sentado a la izquierda de Enrique empezó a hablar de política, de toques de queda, de luchas callejeras. Le dije que había escrito el libro, entre otras cosas, porque estaba harto de oír hablar de lucha callejera a toda esa generación cuando Franco se había muerto en la cama. Que nuestra libertad no era fruto de la lucha política sino una simple derrota de la medicina. A los ancianos de la extrema izquierda, que habían estado callados hasta ese momento, se les empezaron a atragantar mis torpes confesiones. El señor sentado a la izquierda del estalinista, que tenía un vago parecido con mi amigo, el escritor Eduardo Chamorro, preguntó si yo había dicho algo contra Castro. Cuando me mofé del Mayo del 68 diciendo que la verdadera lucha, con muertos y con mártires, había estado en Praga, como después estaría en Polonia, el estalinista salió en defensa de las revoluciones pendientes. Yo dije que, visto el resultado, prefería los pendientes a las revoluciones. Mencioné a los grandes carniceros comunistas: Mao, Pol Pot, Hoxha, Ceacescu, Stalin...

-¿Ha dicho algo contra Castro? -preguntó otra vez el clon de Eduardo Chamorro.
-Todavía no -gruñó el otro.
-No, pero vamos, si quieres te digo mi opinión sobre Castro en un momento. Es un dictador y un asesino.

El clon de Chamorro dijo que él no podía seguir allí sentado. Se levantó muy digno y salió por la puerta como si fuera rumbo directo a Sierra Maestra. La señora sentada a mi izquierda me preguntó si yo era creyente. Le dije que no cuando en realidad le tenía que haber dicho: 'A usted qué cojones le importa, señora'. El estalinista me preguntó de dónde había sacado yo la mandanga ésa de los crímenes de Stalin. 'De Robert Conquest', dije aunque también podía haber citado a Kruschov, a la Historia, al sentido común, la invasión de Polonia, el pacto germano-soviético. Mencioné a Kolyma y el hombre creyó que me refería al último helado de Frigo. El estalinista me dijo quién era ese Robert Conquest y yo ya empecé a cabrearme de verdad. Lo comparó con Pio Moa y entonces yo repliqué que nada hay más parecido a un creyente católico que un creyente comunista. Con la diferencia, claro, de que un católico, al menos, cree en Dios, mientras que el comunista, como dijo Chesterton, puede creer cualquier cosa. Incluso en Stalin. Fue inútil porque nada más acabar la comparación, el ferviente estalinista se levantó y salió por la puerta, muy digno, no sin antes decirme que él no podía perder el tiempo discutiendo chorradas. Y mientras lo decía señalaba mi libro: tres años de auténtico trabajo proletario. En ese instante comprendí que el que estaba perdiendo el tiempo, el que sobraba allí, era yo. Me levanté, di las buenas noches, y escoltado por Panadero y Enrique, atolondrado después de la paliza, vapuleado, humillado, infinitamente aliviado, salí a la calle.

Aquella noche soñé que había vuelto al cole.

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domingo 1 de junio de 2008

Bellas y bestias: Paul Naschy

Hace cosa de unos diez años, por intermedio de mi amigo Juan Manuel de Prada, conocí a Paul Naschy y le hice una larga entrevista que quizá algún día emerja en esta misma papelera de reciclaje. Me pareció un personaje encantador, tranquilo y sencillo, un hombre de enorme cultura, de múltiples talentos y que, debajo de su careta de monstruo, guarda aún una fastuosa mirada de niño malo y una insobornable veta de ternura animal. La entrevista luego no la quiso publicar nadie y no me atreví a volver a llamarlo porque me pareció una soberana estupidez haberle hecho perder una tarde entera en el VIPS de Alberto Aguilera para nada. Al poco tiempo, le concedieron la Medalla de Oro de las Bellas Artes en reconocimiento a toda su trayectoria, un premio en el que anduvo metido la mano de otro amigo común y ferviente admirador de Paul, Luis Alberto de Cuenca.

Sin embargo, conservé el agradable recuerdo de aquella tarde para el retrato que luego le saqué en el M2 y que después ilustró Bellas y Bestias: un aguafuerte de luces y sombras donde, aparte de Paul, sale también mi opinión sobre el cine español, el género de terror y la dictadura franquista. Reconozco que es una de las etopeyas más logradas del libro: no en vano Naschy es una de mis bestias favoritas.




Otros sobrenombres: Waldemar Daninsky, Jacinto Molina. Fugitivo del cine ibérico desde hace décadas, reaparece esporádicamente para perpetrar matanzas y carnicerías que dejan el patio de butacas chorreando. En cualquier otro país, en cualquier otro cine, ya lo hubieran encerrado eternamente entre los barrotes de una pantalla y lo hubieran condenado a la gloria perpetua. Pero vivimos en una provincia bárbara de Europa donde se persigue a las fieras y a las leyendas, se apalea y se despelleja a los lobos, y después se cuelga el pellejo del palo más alto del pueblo, para escalofrío del respetable, y burla y regocijo de los niños.

En un cine de ovejas, hecho por y para rumiantes, quién iba a entender que los carnívoros son y han sido siempre más eficaces, más nobles y más limpios. A la gente le asusta la sangre, prefiere seguir ramoneando ortigas y hierbajos. ¿Cuándo y cómo y dónde encajar esta gótica cabeza, la arcaica y abombada frente que el tiempo ha ido despoblando y en la que sólo queda ya el páramo, la nieve de lo que un día fue el bosque donde aullaba la bestia?

En el cuévano de la boca, bajo el arco de unos extrañamente sensuales labios, habitaron un día dentaduras feroces y colmillos de Drácula, se masticaron cuellos y entrañas propiciatorias, pero también se paladearon senos desnudos, lenguas de vírgenes, dedos de doncellas, los muslos y los glúteos más espléndidos de una dictadura que agonizaba en el sarcófago de la verosimilitud histórica. Mientras la hemoglobina resbalaba por las comisuras pintadas de yeso, España temblaba herida de muerte bajo la sombra de una cruz de diez toneladas, a los pies de un vampiro enano que, sentado sobre montañas de huesos y repleto de sangre humana, celebraba las ceremonias del crimen, del terror y las misas negras.

Las cejas iracundas, las fuertes mandíbulas, la despiadada nariz y, sobre todo, los ojos salvajes y encarnizados, están hechos para dar miedo. Bajo las curvas y las deudas de la vejez, aún se oculta la musculatura impaciente del levantador de pesas, la lozanía impecable, ancha y fresca del gimnasta. Todo en este rostro campechano remite a la efigie de un animal sanguinario, pero el mito que se esconde detrás de tanto asesino y tanto muerto en vida, es el del licántropo: un pobre hombre que corre entre la multitud armada de piedras, de lanzas y de críticas; un lobo asustado que huye campo a través, enseñando los dientes. En el terror los verdaderos monstruos siempre llevan careta humana.

Ahora que subsiste como una gárgola viviente, ilustre, orgullosa de sus heridas, todavía afila sus garras en algún viejo guión, soñando con regresar de nuevo a la caverna platónica para lanzar un largo aullido a la noche eterna de las ovejas y los herbívoros cinematográficos. Pero será inútil, una vez más: como aullar a la luna de Valencia.

El aullido es viejo: proviene de la guerra civil, resuena en las trincheras y en las calles, entre las mondaduras de naranja. Era fácil coger el tono pero ¿cómo iba a dar miedo un hombre lobo que trabajaba a tiempo parcial en un país repleto de monstruos profesionales, de generales hechos de pedazos de cadáveres? ¿Cómo esconderse en una Transilvania de pueblo donde imperaba una momia festoneada de tubos, mantenida con vida gracias a artilugios secretos y científicos locos, una momia cuyo perfil lamentable y horrible se acuñaba en todas las monedas? ¿Cómo iban a entenderle los esclavos que aplaudíamos el NODO como si fuera cine fantástico?

(Del libro BELLAS Y BESTIAS, http://www.editorialsloper.es/

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miércoles 28 de mayo de 2008

¿No quieres caldo? Tres tazas

Ayer alguien me pegó la bronca por subir un artículo escrito para otro medio en el blog. Ignoraba que no podía hacerse, yo pensaba que el blog era un espacio para la libertad y que la libertad admite de todo: poemas, fotografías, ensayos, fragmentos de novelas, relatos, lo que fuera. Es curioso porque uno de mis blogs favoritos (http://blog.diariodemallorca.es/alazar) consiste únicamente en los artículos que el gran Matías Vallés escribe para el Diario de Mallorca. Pensé que como a algunos de ustedes, quienes entran aquí, les interesará lo que yo escribo (no sé si no para qué iban a entrar, digo yo), y lo que yo escribo muchas veces no es fácil de encontrar, pues el hecho de colgarlo aquí les facilitaría el acceso, y así, de paso, me ahorro yo el engorro de escribir algo en esos días tontos en que no tengo ni tema ni ganas de escribir.

En fin, el hecho es que llevo colgando artículos casi desde el primer día que inauguré el melonar pero, ahora que me he enterado que está prohibido, voy a hacerlo más a menudo, con mucho más gusto y más a conciencia.





CUANDO LOS DINOSAURIOS IBAN EN METRO

En el Metro de Madrid, concretamente en la estación de Carpetana, se han descubierto fósiles de más de 13 millones de años de antigüedad. Mastodontes, rumiantes y rinocerontes prueban que la fauna madrileña iba mucho más allá de los chulapos. Hay también trazas de la existencia de un oso-perro, predador y carroñero, que tiene toda la pinta de ser el auténtico novio del madroño. Sin embargo, hoy lo que nos queda de toda esta espléndida heráldica es el zoo de la Casa de Campo y las sedes de los partidos políticos, donde se guardan algunas de las más vistosas antiguallas sacadas de las ideologías marchitas del pasado siglo. En Madrid hay optimistas que aún llevan en la solapa la hoz y el martillo como si almorzaran todos los días celacanto, y también gente que cree que el Valle de los Caídos era como el parque de atracciones Warner de la época: el parque Jurásico clonado a partir de una gota de sangre del Caudillo.

Si se han encontrado todo eso en Carpetana, da pánico pensar lo que pueden encontrar picos y palas si se ponen a remover los cimientos de la estación de Alonso Martínez. Creíamos que el fósil de Fraga marcaba el año cero del PP, pero en los aledaños de Génova se están levantando especies que creíamos extinguidas: partidarios de Cristo rey y zombis extirpados del Concilio de Trento. Toda una recua de nostálgicos de los autos de fe que, como el arzobispo de Canterbury, echan de menos el desparpajo con el que sus colegas musulmanes conjugan tranquilamente la sharia con la administración del buen gobierno. Nos ha costado siglos quitarnos de encima las casullas, casi tanto como andar sobre dos pies, pero en el PP aún quedan especimenes antediluvianos que ansían regresar a la charca primordial, a las hogueras inquisitoriales y a las branquias. Aunque son una evidencia viviente de la conjetura de Darwin, casi todos provienen de los teocom estadounidenses, esa gente que niega la teoría de la evolución y prefiere enseñar ciencias naturales con catequesis.

Para ello se han sacado de la manga una teoría científica denominada diseño inteligente, que ni es científica ni es inteligente: una puesta al día de las enseñanzas bíblicas que da casi tanta vergüenza ajena como ese intento patético de aparear liberalismo con el catolicismo más charcutero y retrógrado. La estación de Carpetana es la prueba fehaciente de que todas las formas de vida tienen fecha de caducidad, y de igual modo que los ideólogos de IU están pensando seriamente en dedicar todos sus esfuerzos al arte de la verbena, los dinosaurios del neofranquismo deberían abandonar Génova y fundar una reserva biológica en un ala del Museo de Ciencias Naturales, al lado justo de los trilobites, para enseñar a las nuevas generaciones que el pasado de España, aparte de imperfecto, es, sobre todo, pasado.

(Publicado originalmente en el suplemento M2 de El Mundo el martes 27 de mayo de 2008)

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martes 27 de mayo de 2008

Donde las calles no tienen nombre

De la conjunción entre el recuerdo de una gloriosa canción de U2 y la maestría de Stalin como precursor absoluto del photoshop, me brotó este artículo, un tanto espeso, sobre la amnesia voluntaria. No hay nada malo en querer olvidar un período ominoso de nuestra historia reciente, salvo el hecho de que el olvido forzoso siempre implica traumáticas desfiguraciones y correcciones a toro pasado. Si algo hemos aprendido del psicoanálisis es que no se puede olvidar nada sin haberlo asumido primero. Pocas cosas me revientan tanto como el hecho de que, por ejemplo, atribuyan al otro bando la matanza de Casas Viejas o de que cuenten la Guerra Civil como una película de buenos muy buenos y malos muy malos (una película de Ken Loach, ese Rambo de izquierdas, vamos). La Historia con mayúsculas siempre suele ser algo más complejo que un simple conflicto maniqueo y quienes hacen chistes con las chekas o con el gulag, se librarían muy mucho de ensayar uno con el Valle de los Caídos, Treblinka o la Gestapo.




JABÓN ONOMÁSTICO

Si quienes ponen tanto empeño en cambiar el nombre de las calles, pusieran la mitad de esfuerzo en barrerlas, Palma brillaría como los chorros del oro. Esta obsesión por la limpieza onomástica recuerda el miedo de los judíos conversos por esterilizar sus apellidos para no dejar el menor rastro de ADN hebraico. Alguno quizá se piense que, a fuerza de suprimir los símbolos y trazos del franquismo, también podemos eliminar el pasado. Ese vudú gramatical, aparte de caro para el bolsillo del contribuyente, puede ser contraproducente. Zapatero aún se despierta cada mañana pensando que puede ganar la Guerra Civil con 70 años de retraso.

La molestia de esas calles con nombres y apellidos reconocibles al primer golpe de vista es que nos recuerdan las cuatro décadas que tuvimos a aquel caudillo enano subido a la chepa. Mucha gente presume todavía de haber corrido delante de los grises en los tiempos de la transición, pero (aparte de la rápida comprobación matemática de que, si echamos cuentas, la mayoría de ellos aún no habían hecho la primera comunión) la simple y pura verdad es que Franco murió tranquilamente en su cama, desmintiendo con un póstumo corte de mangas toda aquella heroica parafernalia. Se murió de viejo, de tedio, de asco. Nuestra libertad no fue fruto de un triunfo de la política sino una derrota de la medicina, a Dios gracias.

Las calles no deberían tener nombre. De hecho, la inmensa mayoría de nuestras calles no lo tienen. Es decir, están dedicadas a militares casi anónimos, a próceres de la patria que fueron famosos en su momento pero que ahora apenas si ocupan un renglón en las enciclopedias. Hay gente que pide que rebauticen todas las calles con nombres de demócratas y de luchadores por la libertad, pero entonces Palma se nos iba a quedar en nada o en casi nada, transformada en uno de esos pueblos con gasolinera en una carretera de dos direcciones. Para rellenar el callejero, habría que echar mano de cantantes, de futbolistas, de Paquirrín, del Chikilicuatre y del Gran Wyoming.

Mi amigo Abraham García me contó que cuando viajó a Albania se quedó desconcertado porque allí las calles, como en la famosa canción de U2, no tienen nombre, ni siquiera número como en Nueva York. Las avenidas se bautizan arbitrariamente, dependiendo del famoso de turno o la actriz que viva en ese momento en ellas. En vez de callejero, los taxistas de Tirana llevan en el salpicadero una guía de televisión. No sé si esto fue un empeño personal de Enver Hoxha, aquel comunista carnicero (perdón por el pleonasmo) que, como todos los tiranos desde que el mundo es mundo, se han empeñado en borrar todos los símbolos del pasado anteriores a su llegada al poder. Stalin no se conformaba con matar a sus adversario políticos: después los borraba de las fotos.

Pero el pasado es cansino y obcecado, se empeña en perdurar, aun por debajo del jabón onomástico.


(Publicado originalmente en El Mundo-El Dia de Baleares, el lunes 26 de mayo de 2008)

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lunes 12 de mayo de 2008

Mayo del 68: acné juvenil

Sí, como todos los españoles de pro, yo también acudí a las barricadas del Mayo del 68 francés. Es cierto que por aquel entonces sólo contaba un año y medio de vida, pero es que los españoles de entonces éramos muy precoces en política. Algunos, como Víctor Manuel, pasaron de dedicarle canciones al Caudillo a hacerse comunistas de toda la vida en un pis pas, sin despeinarse ni nada, como el que sufre el sarampión. Pero lo del Mayo del 68 demuestra el éxito de las vilipendiadas comunicaciones en la era franquista y la puntualidad de la RENFE, que permitió que millones de españoles llegaran a tiempo para enarbolar pancartas, dejarse crecer el pelo y hasta aprender francés.



Lo malo es que algunos trenes los desviaron de Benidorm y, claro, muchos de los manifestantes, armados con cubos y palas, hicieron castillos de arena en lugar de barricadas como Marx manda. Lo que nos ha quedado a los que nacimos más o menos encajonados en aquella época heroica (los 'niños de tiza', como los llamó en mi última novela) es la sensación de que la Historia nos ha pasado por encima sin darnos la menor oportunidad, sin una mísera revolución que echarnos a la boca. Hemos tenido que aguantar la brasa de profesores, cantautores y políticos nostálgicos que llevan toda su vida recordando el fulgor de aquellos días en que las consignas venían envueltas en guitarras y las chicas se liberaban del sostén, un tiempo en el que eran más jóvenes, más guapos y la realidad no había sacado aún sus tristes tijeras de peluquero oficial.


¿Qué ha quedado de todo aquel maravilloso ideario chiripitiflaútico? Veamos: el plasta de Althusser estranguló a su mujer. Jane Fonda cambió la política por el aerobic. La inmensa mayoría de los chavalines que hacían pintadas con el lema aquel tan bonito de 'la imaginación al poder', subieron al poder, efectivamente, echaron tripa y olvidaron la imaginación en el coche de papá. Houellebecq ha comentado que lo mejor que dio el Mayo del 68 fue una comedia tonta de Louis de Funes.

Es una fábula que nos han contado, una trola, una payasada nostálgica en plan Cuéntame. Todos esos estudiantes melenudos que iban a quemar el mundo, que decían que debajo del asfalto estaba la playa y (como dice el poeta Muñoz Robledano) en vez de arena encontraron terreno urbanizable. Querían hacer la revolución definitiva, juntarse con los proletarios, pero sólo eran una panda de pijos hormonados que confundieron el marxismo con un botellón. Los guiaba Sartre, ese señor tan bizco que llegó a creer que el Che era un héroe de nuestro tiempo y no una camiseta. Y el primero que lo advirtió fue Passolini, cuando dijo que los verdaderos proletarios eran los policías que se enfrentaron a los bestias de los manifestantes sin causar un solo muerto: los estudiantes no eran más que estómagos agradecidos, niños bien. Lo cuenta una película italiana hermosa como la verdad: La mejor juventud.

Eso sí, hay que reconocer que los franceses saben vender lo que haga falta: queso, vino, cine gastronómico y hasta una revolución primaveral que, en realidad, era acné juvenil, el primer lanzamiento mundial de música de cantautor. El Mayo del 68 fue un éxito propagandístico en todos los niveles, hasta el punto de eclipsar por completo a la verdadera revolución de aquel año: la Primavera de Praga, cuando doscientos mil soldados y cinco mil tanques soviéticos entraron en Checoslovaquia para aplastar flores y cabezas bajo sus cadenas. Allí sí que se luchó por la libertad. Allí sí que hubo muertos de verdad. Pero, claro, ni cantaban en francés ni llevaban camisetas del Che. De Gaulle sólo tuvo que advertir a su policía que tuviera cuidado, que todos aquellos barbudos feroces, al fin y al cabo, no eran más que jovencitos en celo, tontos al sol, prole de gente bien a la que le faltaba unos años por madurar y que creía que Mao era una marca de cerveza.

(publicado originalmente en El Mundo el 11 de mayo de 2008)

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viernes 11 de abril de 2008

Gordos del mundo, uníos

Ante las masivas muestras de escepticismo acerca de la gordura cuántica expuesta en la entrada anterior, aquí está la prueba definitiva. Fue obtenida en el acelerador de partículas de la universidad de Heidelberg. La partícula que avanza por el corredor central soy yo y puede verse cómo el efecto de la teoría de la relatividad de Einstein cumple a la perfección el axioma inspirado en una jarcha del siglo IX:


video



'Flaca me era yo,
diome el sol
y ya soy obesa'


Entre las partículas del fondo puede verse a los imputados Urceloy y Muñoz, a mi amigo Javier Ortega, y a Rafael Reig antes de que intentara disimular los michelines detrás de una capa de neutrones con forma de bigote

A continuación reproduzco un documento (publicado en El Mundo en verano de 2007) con las consecuencias insoslayables de la teoría:

GORDOS DEL MUNDO, UNÍOS


Un alcalde de un pueblo italiano ha decidido fomentar la delgadez: 50 euros por cada 3 kilos perdidos en un mes, más otras primas jugosas para quienes logren mantener la figura. Gianluca Buonanno se mete en camisa de once varas porque cabe y porque las arcas de su municipio deben de estar a rebosar y el hombre no sabe qué hacer con el dinero.

En Italia y en España hemos pasado directamente de la desnutrición a la lorza, de la sopa con cáscaras de naranja al chuletón en vena. Ha sido un cambio demasiado brusco. En la infancia nuestros padres se morían de hambre y en la vejez se mueren de colesterol. Antes ayunaban por la Iglesia y ahora por la Seguridad Social, lo cual es un signo de progreso. Da igual que los médicos les digan que es por su salud, cuando han tardado casi medio siglo en comprender que la salud consiste en cambiar cada año de talla de pantalones.

Muchos de estos gordos felices que en verano vienen a lucir michelines, varados en las playas españolas, tienen los días contados. Ya no es cuestión de que les digan en un consultorio que tienen que ponerse a régimen para adelgazar. Alguien que ha pasado cuarenta años a dieta de lentejas, hostias consagradas y NODO, sabe muy bien que lo de Franco sí que era un régimen. Siguiendo estos sanos principios, el Estado moderno también se preocupa por nuestro bien, por nuestra dieta y por nuestro desarrollo familiar y pulmonar. Nos dan una prima por cada recién nacido, como en los tiempos de Mussolini, nos prohíben fumar, nos aconsejan que dejemos el vino. Quizá alguien piense que el Estado debería ocuparse de cosas más básicas, como, por ejemplo, que los trenes lleguen a su hora o que haya luz cuando hemos pagado el recibo. Pero la Iglesia tradicional y el socialismo de pandereta de Zapatero están echando un pulso por hacerse con un ámbito cada vez mayor de influencia dentro, no sólo de nuestra conciencia sino también de nuestras mandíbulas, nuestro cinturón y nuestra bragueta. Follar no, reproducirse sí.

Buonanno ha inaugurado el tiro al gordo. Hoy son primas, mañana serán multas por traspasar el nivel de grasas. Pronto comer en exceso, fumar en público y beber en porrón serán delitos castigados por la ley. Con un poco de suerte, los buenos restaurantes serán considerados casas de lenocinio y Viridiana tendrá que anunciarse en las páginas de contactos. Los gordos de vocación lo estamos deseando porque un plato de jamón, lo mismo que una señora desnuda, se disfruta más en la penumbra, en el secreto. Siempre he pensado que la vitola de un puro tiene el brillo del pecado, el prestigio de una liga en el muslo.

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