l Tropezando con melones - Blog de David Torres

David Torres, escritor, guionista y columnista

Tfno.
917 025 016

Estás en Home » Blogs » Tropezando con melones - Blog de David Torres

miércoles 9 de abril de 2008

Las fotos que nunca llegaron

Hay otras ciudades pero están en ésta. Hay gentes que viven a salto de mata, debajo de la piel de las calles que recorremos todos los días. Por ejemplo, Ousseuynou, un guineano de nombre casi impronunciable que va llamando a las puertas de las casas de Alpedrete por si algún vecino necesitara una chapuza de urgencia: un pintor de brocha gorda, un jardinero a deshoras, lo que sea. Ousseuynou ha viajado a lo largo y lo ancho de España. Un día se retrató en la playa, haciendo windsurf; otro día se hizo una foto en Bilbao, frente a los muros medio derretidos del Guggenheim. Al dorso de esas fotos siempre escribe lo mismo: 'Mamá, me acuerdo mucho de ti', pero Ousseynou no tiene dinero para enviar las fotos. Entre hermanos y hermanastros, a Ousseynou lo esperan en Guinea-Conakry cincuenta parientes hambrientos. Parece una novela. Parece una película italiana rellena de extras. Hay vidas, hay hombres que parecen personajes de novela, tal vez por la misma razón que hay personajes de novela que parece que están vivos.




Pero Ousseuynou no está en medio de una novela, sino en Madrid, una ciudad que a veces también se torna áspera y sorda, que a veces respira con las branquias del pasado para formar un presidio con sus muros. Ousseuynou es negro, pero más que una novela negra, habita en una de esas novelas realistas de los años 50, esas tristes cochiqueras donde el hambre, el frío y el impudor van mordisqueando las páginas. Para el caso, Ousseuynou podría estar en mitad de La colmena, uno más de los cientos de figurantes que sueñan y malviven cada día sin esperanza. Yo he leído su historia en un reportaje terrible de Pedro Simón, ayer, en este mismo periódico, pero parece que lo hubiera leído en un fragmento de Cela, uno de esos laboriosos párrafos donde, en vez de un pobre gitanillo, saliera un negro perdido en mitad de la Gran Vía, un negro que va de puerta en puerta, mendigando un oficio, y al que, allá en su tierra, lo esperan cincuenta hermanos famélicos.


La madre de Ousseuynou nunca va a ver las fotos del hijo emigrante, del hijo que se fue para dar el salto a Europa. La acaban de enterrar en Conakry y la familia no sabe cómo pagar la factura del hospital. Quinientos euros. Quinientos euros nada menos, hermano. Quizá sea mucho dinero, allá en Conakry, pero en Madrid eso no da para un argumento de novela. ¿Es que no hay ningún organismo público, ninguna oficina de la Comunidad, ninguna ONG, oficial o extraoficial, que se ocupe de estas miserias? ¿Cuántas novelas como la de Ousseuynou aguardan en las calles de Madrid a que se resuelva la trama de su vida, a que la administración pase página? ¿Cuántas fotos firmadas aguardan en el exilio de un cajón por el precio de un sello y un poco de saliva?



(publicado originalmente en el suplemento M2 de El Mundo el 7 de abril de 2008)

Etiquetas: , , , , , ,

sábado 22 de marzo de 2008

Ángeles con las alas arrancadas

Vi por primera vez la exposición de Igor Mitoraj hace cuatro años en Cracovia y me quedé sobrecogido ante aquellos vigorosos y gigantescos bronces que festoneaban uno de los rincones más bellos de Europa. La simbiosis entre las inmensas esculturas y los formidables edificios de la Plaza Vieja (el mercado de Sukiennice, la iglesia de San Wojciech y, sobre todo, la gran catedral de Santa María, con sus dos enormes torres disparejas) formaba una alianza de tiempos y espacios que dejaba a los viandantes literalmente sin aliento. Bañadas por la nieve reciente y la luz invernal, los grandes centauros y titanes de Mitoraj tenían el empaque de un sueño: más que forjados, parecían haber brotado directamente de la tierra, de entre las grietas del suelo polaco, para alzarse otra vez desde un pasado legendario.

Sin embargo, al volver a verlos en Madrid, he tenido la misma sensación de fatalidad telúrica que me invadió en Cracovia, como si Mitoraj hubiese decidido esculpirlos pensando precisamente en el Paseo del Prado, colocándolos a lo largo del bulevar, bajo la protección de los árboles, como una sucesión de Dánaes fugitivas congeladas por el abrazo de un Apolo desesperado. Mitoraj es un artista consciente y deliberadamente clásico: alguna vez ha dicho que el arte posmoderno es, todo él, un fracaso total. Habrá quien se emocione viendo una lavadora despanzurrada, un inhóspito bloque de cemento o un bote de detergente junto a una palangana: yo soy más bien antiguo y prefiero emocionarme ante una Venus decapitada que repite en su cuerpo el estigma sagrado de la maternidad o ante un Icaro de rostro resquebrajado que extiende al cielo un ala rota como una pregunta inconclusa.



El mito perdido es el nombre que el escultor ha dado a este asombroso conjunto de fragmentos neoclásicos que parecen caídos de las nubes, arrancados del Olimpo, más que de Grecia o de Roma. La resonancia que uno siente al contemplarlos es heredera del legado homérico, de ese pasado roto y despedazado que, no obstante, forma la columna vertebral de nuestra civilización. Pero en Mitoraj hay también un acorde más personal, más íntimo. El Icaro del ala rota, el pecho mutilado de la Victoria abriéndose en una apoteosis de palomas, me recordó inmediatamente un verso que escribí muchos años atrás, cuando Dios vino en un sueño para preguntarme quién había arrancado a sus ángeles las alas. Y en la gran boca huérfana, espectral, ineludible, que se levanta ante las puertas del Jardín Botánico está la boca de mi primera novia, de mi última novia, el primer beso de amor y también el beso definitivo, el beso final que se repliega al fondo de todos los besos y cuyo recuerdo nos acompaña a la muerte, aquel sabor perdido para siempre y reencontrado al fin, plegado en un sudario de labios.


(publicado originalmente en el suplemento M2 de El Mundo el 18 de marzo de 2008)

Etiquetas: , , , ,

© 2006 Hotel Kafka. C. Hortaleza 104, MadridTfno. 917 025 016Sala de PrensaMapa del SiteAviso Legalinfo@hotelkafka.com