l Tropezando con melones - Blog de David Torres

David Torres, escritor, guionista y columnista

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jueves 17 de julio de 2008

A imagen y semejanza

Decía Borges que, salvo el libro, todos los demás inventos perpetrados por el hombre eran extensiones de su cuerpo. El telescopio, de sus ojos. El automóvil, de las piernas. El teléfono, del oído y de la voz. El libro, decía Borges, es otra cosa: una extensión de la memoria y de la imaginación.

En nuestra andadura seguimos los dictados del Génesis. Dios hizo al hombre a su imagen y semejanza, y nosotros hacemos el mundo a semejanza nuestra. Es evidente que el ordenador, ese esclavo en miniatura cuyo advenimiento apenas si llegó a entrever el gran escritor argentino, es una extensión misteriosa y delirante de nuestra propia mente.




Todos mis amigos saben que mi pericia con el ordenador es más o menos comparable a mi familiaridad con el idioma inglés. Únicamente me supera en el dominio del campo informático Álvaro Muñoz, a quienes los amigos llamamos en la intimidad 'Vil Gueis'. Por esa misma razón, lo que yo no podía sospechar es que, igual que la mente humana posee ramificaciones ocultas que la emparentan con el bajo vientre (y que tanto molestaban a Platón), los circuitos del ordenata más elevado también tienen sus cloacas. Y que esa especie de supositorio portátil o central de datos llamada USB funciona igual que una polla. Follas con ella en un burdel de fotocopias o la introduces en la vagina metálica de otro ordenador y ya la has líado. Porque, cuando regresas a casa, puedes llevar dentro un virus troyano llamado autorun que no es la sifílis ni el SIDA, pero sí un verdadero coñazo. Un herpes genital en toda regla.

Entre la máquina y el hombre hay un deseo de emulación, de competencia, que Mary Shelley supo vislumbrar ya desde Frankenstein y que Kubrick puso en solfa en 2001 con la invención de Hal 9000, tan paranoico y tan humano. Se suponía que la inteligencia era El Álamo de la raza humana, los últimos de Filipinas de la orgullosa concepción antropocéntrica que Copérnico y Darwin habían echado por tierra. Y entonces llega Deep Blue y derrota ampliamente a Kasparov en un match, y el campeón (de entonces) se echa a llorar, aunque a cualquier velocista le importe un carajo correr menos que un Ferrari o a un aizkolari partir menos troncos que una motosierra.

Además Deep Blue sólo sabe jugar bien al ajedrez. Todavía no hay ordenadores que pinten cuadros (bueno, los cuadros de ARCO sí), compongan sinfonías o escriban novelas. O eso creía yo hasta que leí una entrevista con Alexander Prokopovich, un editor de San Petersburgo que ha editado la primera novela escrita por un ordenador. Y no va de átomos viudos ni de cigüeñales en celo. Su título es Amor verdadero.wrt y su autor, PC Writer 1.0.

Yo ya había leído, hace muchos años, poemas generados por ordenador, pero no pasaban del típico y farragoso aluvión de palabras al tuntún, un saqueo de diccionarios imitando el estilo del flujo de conciencia surrealista. Pero una novela exige unas cualidades de estructura y organización, de jerarquías lingüísticas, de gradaciones tonales y narrativas (por no hablar de la composición de personajes) que, en teoría, todavía andan muy lejos de las capacidades de un programa informático. Según Prokopovich, no. PC Writer 1.0 ha parasitado su estilo de Tolstoi (bien), de Murakami (?) y de otros trece escritores más.

La novela tiene 300 páginas, fue escrita en 3 días y la idea partió de una especie de apuesta en broma de la editorial Astrel de San Petersburgo acerca de la posibilidad de escribir un libro sobre el amor verdadero que no fuera escrito ni por un hombre ni por una mujer ni por todo lo contrario. Su argumento se desarrolla en una isla desierta donde los personajes se despiertan con una amnesia que les impide recordar nada de su vida pasada (parece que Auster también estaba en el chip). Así comienza el libro:

'Alrededor sólo el mar maldito y las piedras malditas... Y en un lugar tan melancólico tengo que matarte', pronunció la mujer. Estaban sentados a la orilla con sus camillas tan cerca del agua que las olas, pesada y torpemente como las focas embarazadas que salen arrastrándose, casi tocaban sus piernas.

Demasiado Murakami, me temo. Es posible también que a los programadores se les haya ido la mano con Antonio Gala.

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lunes 7 de julio de 2008

Bobby Fischer en blanco y negro

En 1972, al arrebatar la corona mundial al ruso Boris Spassky en Reykjavik, Robert James Fischer acabó con más de un cuarto de siglo de hegemonía soviética en los tableros. Fue no sólo el match del siglo -muy superior en expectación al que disputaron Capablanca y Alekhine en Buenos Aires en 1927-, no sólo el símbolo más exacto y elegante de la Guerra Fría, sino quizá la mejor reencarnación del legendario duelo entre Héctor y Aquiles. Como Aquiles, Bobby Fischer venía de más allá del mar para enfrentarse a un héroe resplandeciente, un jugador brillante y magistral al que jamás había logrado ganar una partida. Como Aquiles, el norteamericano venía precedido de un aura terrible: había encadenado 18 victorias consecutivas en alta competición y aplastado a dos de sus contrincantes en la final de candidatos, Taimanov y Larsen, por dos tandas consecutivas de 6-0, un marcador insólito en la historia del ajedrez. Después, había vencido al ex campeón mundial Tigran Petrossian (probablemente el hombre más difícil de ganar del mundo) por 6´5-2´5. Fischer, aparte de un talento alucinante para el deporte de las 64 casillas, también poseía auténtico instinto asesino: no sólo aterrorizaba a sus rivales sino que ninguno de los jugadores que se enfrentó a él en un match, ni Petrossian, ni Larsen, ni siquiera Spassky, volvió a jugar nunca al mismo nivel de antes.





Probablemente nunca haya habido ni habrá una dedicación tan exclusiva y maníaca de un artista a una disciplina como la que sintió el joven Fischer hacia el ajedrez. Cuando Spassky declaró: 'El ajedrez es como la vida', Fischer corrigió: 'El ajedrez es la vida'. Para él, desde luego, lo era: ha sido toda su vida.

Con uno de los cocientes de inteligencia más espectaculares de la era moderna, abandonó los estudios en plena adolescencia para consagrarse al ajedrez en cuerpo y alma. Algunos jugadores geniales, como Capablanca, apenas consideraban el ajedrez un pasatiempo; otros, como Alekhine, Kasparov o el propio Spassky, eran o son hombres cultos, con inquietudes políticas, literarias y artísticas. A Fischer no le interesa nada fuera del ajedrez. Cuando visitaba una ciudad extranjera no se preocupaba de monumentos ni museos: lo primero era ir a las librerías para completar su monumental biblioteca ajedrecística. Muy poco se sabe de sus noviazgos y aventuras amorosas durante su época gloriosa. En los estériles años de su exilio, menos aún. Una vez, durante un torneo en Yugoslavia, tuvo que ser operado urgentemente de apendicitis y preguntó al médico si de verdad era absolutamente necesaria la operación: llegó a temer que tal vez todo el misterio de su genio radicaba en el apéndice. Siempre pareció un hombre a medio hacer, un muchacho taciturno encallado para siempre en su sueño de juventud: llegar a campeón del mundo. Incluso cuando dio el estirón definitivo siguió siendo un niño alto y desgarbado, encantador a veces, maleducado otras, silencioso y enigmático, que soñaba el mundo reticulado en blanco y negro.

Aquella obsesión absoluta que lo condujo hasta el trono mundial fue también su ruina. Como Aquiles, Fischer se tambaleaba entre el peso de la púrpura y el miedo al combate. Pidió tantas y tan demenciales exigencias para la celebración del match con Spassky que los islandeses estuvieron varias veces a punto de tirar la toalla. El dinero, el tamaño y diseño de las piezas, los sillones, la distancia de las cámaras, los derechos de retransmisión... Por suerte para el ajedrez y por desgracia para él, Spassky, como Héctor, era un caballero que transigió con todos y cada uno de lo caprichos del norteamericano. Cuando Fischer sugirió que la bolsa del premio era muy pequeña (aunque las cifras que se barajaban aun hoy son increíbles) un millonario inglés dobló el importe del premio hasta un cuarto de millón de dólares. 'Ve y juega' le dijo, como si fuera un mocoso mal criado. Después de perder la primera partida y de no presentarse a la segunda, tras un incidente con las cámaras, el mismísimo Kissinger tuvo que ordenarle, como Agamenón a Aquiles, que volviera a la batalla. Fischer demolió a Spassky tras 21 partidas que han quedado como uno de los testimonios más altos del espíritu humano.

Sin embargo, tres años después, a raíz de una larga pugna legal, la Federación le desposeyó de la corona por su negativa a luchar contra el aspirante oficial, Anatoli Karpov. Fue el sacrificio más extraño y más trágico de la historia del ajedrez: aún estamos esperando descubrir la estrategia de Fischer, el plan de victoria oculto en ese retiro que se alarga ya décadas. Los aficionados aún no se han repuesto de este exilio, el más dramático en la historia del deporte, que ha dejado el ajedrez decapitado. Fischer permaneció en la sombra años enteros sin que el reclamo de partidas o entrevistas millonarias lograra tentarle. Recibió el mismo trato que los Estados Unidos otorgan a sus grandes poetas visionarios: Poe, Pound. En 1981 fue detenido en Pasadena. Un agente de policía lo confundió con un atracador de bancos y Fischer pasó dos días incomunicado. El muchacho de oro, el niño grande que le quitaba el sueño a Nixon y que destrozó el orgullo soviético, parecía sólo un vagabundo.

Tenía pinta de vagabundo cuando, en 1992, después de otra ronda de exigencias paranoicas, Fischer aceptó un match de revancha con Spassky en Belgrado. El campeón mundial, Kasparov, dijo que era un juego propio de jubilados, pero lo cierto es que la expectación generada por el retorno del genio y la bolsa en juego multiplicaban limpiamente todas las ganancias generadas en los anteriores campeonatos mundiales entre él y Karpov. En términos deportivos, aquel segundo match no fue ni la sombra del de Reykjavik, pero tras la brillante undécima partida, algunos expertos anunciaron que Fischer, aun calvo y viejo, mantenía intacto su instinto asesino. Volvió a vencer a Spassky y volvió a hundirse en el silencio.

Tras el atentado contra las Torres Gemelas, soltó a pesar de sus orígenes judíos unas polémicas declaraciones antisemitas que provocaron que muchos de sus seguidores le retirasen su apoyo. En agosto de 2004, cuando fue detenido en un aeropuerto japonés, parecía más que nunca un vagabundo: un anciano de 61 años, alto y barbudo, que vociferaba que sus antiguos compatriotas querían asesinarle. Fischer tenía diez años de cárcel pendientes bajo el cargo de haber violado las sanciones contra Yugoslavia en el segundo match contra Spassky y el gobierno norteamericano exigía su extradición.

Islandia le concedió la ciudadanía en agradecimiento por aquellos días en que, gracias a él, fue el centro del mundo, y Fischer aterrizó en la isla atlántica junto a su novia japonesa. Desde entonces no ha vuelto a saberse nada de él, salvo algunos exabruptos contra la política exterior americana. En lo que a él respecta, dice, el ajedrez ha muerto. La esperanza de su retorno nunca ha estado más lejos. Sin embargo, el gran maestro inglés Nigel Short afirmó hace poco que, jugando en internet, había creído distinguir la mano inconfundible de Bobby Fischer tras un jugador anónimo y genial. Ojalá sea él: necesitamos creer que Aquiles aun sigue afilando su espada.


(Publicado originalmente en el suplemento UVE de El Mundo en el verano de 2006)

(Post-scriptum: Bobby Fischer nunca volvió a salir de su retiro. Murió en Reykjavik el 17 de enero de 2008. Tenía 64 años, tantos como casillas el tablero de ajedrez).

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lunes 7 de abril de 2008

Alberto Moravia: Los indiferentes

Al pasar la última página de Los indiferentes, en una vieja edición de Círculo de Lectores, me entero con estupor que Moravia tenía poco más de 20 años cuando publicó el libro. Es extremadamente raro encontrar un novelista menor de 25 años que escriba una obra maestra. Hasta que me encontré con esta joya, mi record personal lo ostentaba John Barth, que escribió su extraordinario debut, La ópera flotante, más o menos con esa edad. Pero el caso de Moravia es aun más excepcional porque la novela, publicada en 1929, se adelanta en más de una década a los grandes textos del existencialismo francés: La náusea o El extranjero. Y no sólo se adelanta en cuanto a la fecha, sino también en cuanto a la hondura moral, la complejidad formal y la penetración psicológica. El ambiente sórdido de la burguesía italiana y el dibujo perfecto de esos cuatro o cinco personajes que forman la trama revelan tal conocimiento de la vida que, sencillamente, parece inalcanzable para un veinteañero. Ha habido grandes poetas adolescentes (Rimbaud o Claudio Rodríguez, sin ir más lejos), grandes músicos y grandes ajedrecistas, pero yo siempre he pensado que el arte de la novela tiene mucho que ver con la experiencia vital.

Los indiferentes es una novela tan perfecta, conmovedora e intensa que me vinieron a la cabeza las palabras que el Dr. Max Euwe, campeón mundial de ajedrez, escribió acerca de la partida entre Donald Byrne y un niñito llamado Bobby Fischer, probablemente la partida más brillante del siglo XX: 'No sucede todos los días que un escolar de 13 años supere francamente en la combinación a uno de los mejores jugadores de América. Las combinaciones de Fischer no son particularmente profundas, mas tampoco evidentes. Las negras escogen siempre la continuación más bella y enérgica, y de este modo consiguen plenamente que todo el juego se siga con agrado'.


Algo parecido ocurre con esta novela. La trama parece sacada de una comedia de enredo: Leo, un tipo sin escrúpulos, mantiene relaciones desde hace tiempo con una viuda, María Engracia, al tiempo que maniobra para hacerse con su casa y dejarla en la ruina a ella y a su familia. Leo también planea acostarse con la hija, Carlota, una joven atractiva e inocente, mientras el hermano, Miguel, asiste a todas esas maniobras poseído por una abulia esencial y metafísica.


Parece que ya hemos leído este mismo argumento en muchas novelas del XIX, pero la originalidad de Moravia consiste en la sinceridad y la valentía con las que bucea bajo la capa de convenciones sociales para extraer, como un fango, el tedio esencial de la vida contemporánea. Unos años después, Mersault, el protagonista de El extranjero, mata a un árabe porque se aburre, pero el Miguel de Moravia ya había anticipado esa indiferencia absoluta en la que la vida apenas tiene fuerza para sostener una máscara.


La novela de Camus es justamente famosa, pero muy pocos han leído a Moravia. Sucede que los franceses siempre han sido maestros en el arte de la propaganda. Para que se hagan una idea de la potencia de fuego de este libro, he escogido este pequeño fragmento:

'Se sentaron los tres en el frío comedor, alrededor de la mesa excesivamente grande. Comieron sin mirarse, con movimientos helados, deferentes, sacerdotales, como si celebraran un rito. No hablaban. Aquel silencio, apenas interrumpido por el ruido de las cucharas en los platos, en la deslumbradora luz del día que se reflejaba sobre el blanco mantel y que recordaba el espeluznante ruido del instrumental del cirujano durante las operaciones; aquel silencio glacial privado de intimidad fastidiaba a la madre sociable y locuaz'.


El mantel blanco como una camilla y el ruido de las cucharas imitando a los bisturíes. Ésos son los detalles que delatan al novelista de raza, ésas son las marcas de agua de una novela verdaderamente grande.

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