l Tropezando con melones - Blog de David Torres

David Torres, escritor, guionista y columnista

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jueves 17 de julio de 2008

A imagen y semejanza

Decía Borges que, salvo el libro, todos los demás inventos perpetrados por el hombre eran extensiones de su cuerpo. El telescopio, de sus ojos. El automóvil, de las piernas. El teléfono, del oído y de la voz. El libro, decía Borges, es otra cosa: una extensión de la memoria y de la imaginación.

En nuestra andadura seguimos los dictados del Génesis. Dios hizo al hombre a su imagen y semejanza, y nosotros hacemos el mundo a semejanza nuestra. Es evidente que el ordenador, ese esclavo en miniatura cuyo advenimiento apenas si llegó a entrever el gran escritor argentino, es una extensión misteriosa y delirante de nuestra propia mente.




Todos mis amigos saben que mi pericia con el ordenador es más o menos comparable a mi familiaridad con el idioma inglés. Únicamente me supera en el dominio del campo informático Álvaro Muñoz, a quienes los amigos llamamos en la intimidad 'Vil Gueis'. Por esa misma razón, lo que yo no podía sospechar es que, igual que la mente humana posee ramificaciones ocultas que la emparentan con el bajo vientre (y que tanto molestaban a Platón), los circuitos del ordenata más elevado también tienen sus cloacas. Y que esa especie de supositorio portátil o central de datos llamada USB funciona igual que una polla. Follas con ella en un burdel de fotocopias o la introduces en la vagina metálica de otro ordenador y ya la has líado. Porque, cuando regresas a casa, puedes llevar dentro un virus troyano llamado autorun que no es la sifílis ni el SIDA, pero sí un verdadero coñazo. Un herpes genital en toda regla.

Entre la máquina y el hombre hay un deseo de emulación, de competencia, que Mary Shelley supo vislumbrar ya desde Frankenstein y que Kubrick puso en solfa en 2001 con la invención de Hal 9000, tan paranoico y tan humano. Se suponía que la inteligencia era El Álamo de la raza humana, los últimos de Filipinas de la orgullosa concepción antropocéntrica que Copérnico y Darwin habían echado por tierra. Y entonces llega Deep Blue y derrota ampliamente a Kasparov en un match, y el campeón (de entonces) se echa a llorar, aunque a cualquier velocista le importe un carajo correr menos que un Ferrari o a un aizkolari partir menos troncos que una motosierra.

Además Deep Blue sólo sabe jugar bien al ajedrez. Todavía no hay ordenadores que pinten cuadros (bueno, los cuadros de ARCO sí), compongan sinfonías o escriban novelas. O eso creía yo hasta que leí una entrevista con Alexander Prokopovich, un editor de San Petersburgo que ha editado la primera novela escrita por un ordenador. Y no va de átomos viudos ni de cigüeñales en celo. Su título es Amor verdadero.wrt y su autor, PC Writer 1.0.

Yo ya había leído, hace muchos años, poemas generados por ordenador, pero no pasaban del típico y farragoso aluvión de palabras al tuntún, un saqueo de diccionarios imitando el estilo del flujo de conciencia surrealista. Pero una novela exige unas cualidades de estructura y organización, de jerarquías lingüísticas, de gradaciones tonales y narrativas (por no hablar de la composición de personajes) que, en teoría, todavía andan muy lejos de las capacidades de un programa informático. Según Prokopovich, no. PC Writer 1.0 ha parasitado su estilo de Tolstoi (bien), de Murakami (?) y de otros trece escritores más.

La novela tiene 300 páginas, fue escrita en 3 días y la idea partió de una especie de apuesta en broma de la editorial Astrel de San Petersburgo acerca de la posibilidad de escribir un libro sobre el amor verdadero que no fuera escrito ni por un hombre ni por una mujer ni por todo lo contrario. Su argumento se desarrolla en una isla desierta donde los personajes se despiertan con una amnesia que les impide recordar nada de su vida pasada (parece que Auster también estaba en el chip). Así comienza el libro:

'Alrededor sólo el mar maldito y las piedras malditas... Y en un lugar tan melancólico tengo que matarte', pronunció la mujer. Estaban sentados a la orilla con sus camillas tan cerca del agua que las olas, pesada y torpemente como las focas embarazadas que salen arrastrándose, casi tocaban sus piernas.

Demasiado Murakami, me temo. Es posible también que a los programadores se les haya ido la mano con Antonio Gala.

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miércoles 4 de junio de 2008

Encuentros en la tercera fase

(Atención: este post puede herir su sensibilidad, si la tiene)

No sé a otros escritores, pero a mí me encanta encontrame con mis lectores cara a cara. Cuando trabajaba en la librería Altair, tenía más posibilidades de hacerlo: ahora tengo que conformarme con las firmas de la Feria del Libro (por cierto, voy el próximo domingo 8 a la caseta de Anaya, por la tarde, y el domingo 15 por la mañana a la caseta de Altair). En la Feria del Libro de Palma, junto a mi amigo Román Piña, tropecé con dos auténticas frikis que merecerían una entrada aparte. Pero lo más extraño que me ha pasado en el mundo éste de la literatura fue el careo que tuve con la gente del Club Social Seco el pasado miércoles.

Yo ya había estado en dos clubs de lectura: uno, hace unos cinco años, por invitación del poeta Alvaro Fierro, en la casa de una de sus amigas, donde estuve acompañado de una pléyade de lectoras jóvenes, educadas y hermosas; y otro, también por motivo de El gran silencio, en Estudio en escarlata, librería especializada en novela negra y de género de donde salí con un buen puñado de nuevos amigos. Nada me había preparado, sin embargo, para lo que me aguardaba en el Club Social Seco, a pesar de que me llevó hasta allí un viejo amigo de la Semana Negra e impenitente lector mío: Enrique Bienzobas.

La sensación que tuve fue más o menos semejante a la que padeció Dalí en su última sesión frente el grupo surrealista, cuando tuvo que explicar sus desviaciones ideológicas. No en vano, en los preliminares alcohólicos, mientras calentábamos vasos y sillas, un anciano proclamó orgullosamente que era estalinista. Luego, tras una introducción sobre mi obra por parte de Enrique, empezó el despellejamiento.






La señora sentada a mi lado dijo que no entendía cómo podía haber pintado una infancia así, plagada de sadismo y crueldad. Niños que pegaban a otros, niños que se burlaban de otros, que abusaban de los débiles. Ella nunca había pasado por esas experiencias y eso que trabajaba en TVE. Algunas voces salieron tímidamente a defenderme. Yo me encogí de hombros. Después de que algunos presentes contaran algunas de las humillaciones sufridas en su niñez, la señora sentada a mi lado añadió que todos los personajes de mi novela eran repugnantes:

-Los hombres son asquerosos, la tía millonaria es horrible, Lola una puta...
-¿Una puta? -pregunté yo-. ¿Se acuesta por dinero?
-Una puta -sentenció con irrebatible autoridad, antes de proseguir la paliza-. Y la madre es tonta perdida.
-¿Tonta? -me defendí débilmente-. Pero si le avisa a Esteban de la que se le viene encima nada más empezar la novela. Y al final...
-Y lo peor de todo -dijo la señora, terminando la exposición de los hechos- es que los dos únicos personajes positivos del libro, los dos buenos... ¡son dos curas!

Abominación. Horror de horrores. Dos curas buenos, a quién se le ocurre. Empecé a comprender dónde me había metido. El que no sabía donde meterse era Enrique, que, sentado a mi izquierda, de vez en cuando salpimentaba unas palabras de ánimo como el buen ladrón en lo alto del Calvario. Desde la cruz, yo lanzaba la mirada al fondo, donde David G. Panadero intentaba llevar la conversación hacia el cuadrilátero de la novela negra, calibrando si sus enormes y cinematográficas espaldas me servirían para escapar del linchamiento. Todo inútil. La señora que estaba al lado de la señora que estaba a mi lado dijo que no se creía nada del personaje de Esteban. Pensé que a lo mejor me hacían devolverles el dinero. Luego añadió que, eso sí, la infancia en el barrio era tal cual la recordaba. Aproveché que dejaban de apretar los tornillos un instante para soltar un chiste:

-¿Sabéis una cosa? Fue una suerte que ninguno de vosotros estuviera en el jurado del premio.

Las risas no aliviaron mucho la tensión. El chaval sentado a la izquierda de Enrique empezó a hablar de política, de toques de queda, de luchas callejeras. Le dije que había escrito el libro, entre otras cosas, porque estaba harto de oír hablar de lucha callejera a toda esa generación cuando Franco se había muerto en la cama. Que nuestra libertad no era fruto de la lucha política sino una simple derrota de la medicina. A los ancianos de la extrema izquierda, que habían estado callados hasta ese momento, se les empezaron a atragantar mis torpes confesiones. El señor sentado a la izquierda del estalinista, que tenía un vago parecido con mi amigo, el escritor Eduardo Chamorro, preguntó si yo había dicho algo contra Castro. Cuando me mofé del Mayo del 68 diciendo que la verdadera lucha, con muertos y con mártires, había estado en Praga, como después estaría en Polonia, el estalinista salió en defensa de las revoluciones pendientes. Yo dije que, visto el resultado, prefería los pendientes a las revoluciones. Mencioné a los grandes carniceros comunistas: Mao, Pol Pot, Hoxha, Ceacescu, Stalin...

-¿Ha dicho algo contra Castro? -preguntó otra vez el clon de Eduardo Chamorro.
-Todavía no -gruñó el otro.
-No, pero vamos, si quieres te digo mi opinión sobre Castro en un momento. Es un dictador y un asesino.

El clon de Chamorro dijo que él no podía seguir allí sentado. Se levantó muy digno y salió por la puerta como si fuera rumbo directo a Sierra Maestra. La señora sentada a mi izquierda me preguntó si yo era creyente. Le dije que no cuando en realidad le tenía que haber dicho: 'A usted qué cojones le importa, señora'. El estalinista me preguntó de dónde había sacado yo la mandanga ésa de los crímenes de Stalin. 'De Robert Conquest', dije aunque también podía haber citado a Kruschov, a la Historia, al sentido común, la invasión de Polonia, el pacto germano-soviético. Mencioné a Kolyma y el hombre creyó que me refería al último helado de Frigo. El estalinista me dijo quién era ese Robert Conquest y yo ya empecé a cabrearme de verdad. Lo comparó con Pio Moa y entonces yo repliqué que nada hay más parecido a un creyente católico que un creyente comunista. Con la diferencia, claro, de que un católico, al menos, cree en Dios, mientras que el comunista, como dijo Chesterton, puede creer cualquier cosa. Incluso en Stalin. Fue inútil porque nada más acabar la comparación, el ferviente estalinista se levantó y salió por la puerta, muy digno, no sin antes decirme que él no podía perder el tiempo discutiendo chorradas. Y mientras lo decía señalaba mi libro: tres años de auténtico trabajo proletario. En ese instante comprendí que el que estaba perdiendo el tiempo, el que sobraba allí, era yo. Me levanté, di las buenas noches, y escoltado por Panadero y Enrique, atolondrado después de la paliza, vapuleado, humillado, infinitamente aliviado, salí a la calle.

Aquella noche soñé que había vuelto al cole.

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viernes 23 de mayo de 2008

Bellas y Bestias: Elsa Pataky



Hermosa, lustrosa, apetitosa son adjetivos que inmediatamente acuden a la lengua cuando se mira a esta beldad núbil que parece escapada de una égloga de Garcilaso. Con oveja y todo. Sin embargo, su estampa pastoril no logra ocultar cierto desasosiego, cierta cualidad inquietante que baña todo el conjunto.

¿Los ojos, por ejemplo, de qué color son? Unas veces son verdes, otras azul aguamarina, otras brillan con los grises translúcidos del aire. La pastorcilla ¿es mala o es buena? ¿Sostiene a la ovejita en los brazos para arrullarla mejor o planea asarla al horno? ¿Es una ninfa acuática o una sirena que ha cambiado los arroyos y los cursos de agua navegable por las piscinas privadas de la Moraleja? ¿Existe?

El cloro forma parte de su encanto. Sin duda los ojos se encienden con bombillas de sangre mientras las gotas de agua chorrean por la piel, suicidándose una a una. Al salir del agua, la ninfa se exprime el pelo como si escurriera un rayo de sol perdido en su melena y luego lo pusiera a secar en el tendedero abismal de la espalda. Siempre que cierra los ojos y se tumba para broncearse, tiene trece años, la edad de las lolitas, de las niñas perversas que hacen como que no saben lo letales que son y que chupan piruletas como si fuesen piruletas.

No obstante, la niñez incandescente ha dejado en su belleza un fulgor banal, insustancial, como un asado crujiente pero demasiado crudo por dentro, un cuento sin moraleja, una fábula alegre y tontorrona: Caperucita sin lobo, pastorcilla sin rebaño, sirena con piernas, rubia con filtro. El oro de los cabellos no acaba de decidir en qué banco invertir sus acciones, y el pasado no acaba de asentarse en ese rostro donde lo más firme no son ni el color de las pupilas ni el mohín de los labios ni la naricilla pizpireta sino un par de mofletes infinitamente pellizcables. Mejillas de porcelana con el rubor de la vergüenza incorporada en el catálogo universal de las muñecas hinchables. No hay nada de plástico en ella y, sin embargo, parece enlatada y envasada al vacío. El modelo del que nunca hay existencias, el que todo el mundo solicita en sueños.

Porque, ciertamente, la inexistencia es su categoría ontológica. Hasta Garcilaso sabe que jamás hubo pastorcillas, que las sirenas jamás salen del mar y que las lolitas en sazón acaban en dolores y lolailos. Pero ella se empeña en enseñar los muslos sin escamas, en prolongar la infancia más allá del trampolín, en caminar sobre las aguas. Se empeña en hacer durar lo que no puede durar más allá del revolcón de una noche, la luz en la ventana, el desengaño del chorro de la ducha llevándose por el desagüe las alas de las mariposas, el polvo de las hadas.

No se sabe cómo el tiempo acabará por labrar este rostro tan dulce y tan tibio donde todo está aún por escribirse: los amores terribles, los pecados amargos, las desilusiones. Tal vez los recuerdos no puedan cincelarse sobre la porcelana ni dejar marca en las muñecas, por hermosas que sean. Tal vez las sirenas se lavan demasiado y el agua termina por arrastrarlo todo.

El caso es que esta belleza parece tejida con la luz misteriosa de las películas, hecha con el miedo a despertar, a lavarse la cara por las mañanas y descubrir que los sueños son sueños. Al fin y al cabo, las sirenas nunca salen del mar y las lolitas siempre tienen trece años: la misma edad en que mueren. Cuando las niñas perversas exilian a sus ovejas de peluche bajo la cama y dejan de creer en las hadas.



(Del libro BELLAS Y BESTIAS, ed. Sloper: http://www.editorialsloper.es/ )

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lunes 19 de mayo de 2008

Una carta desde el pasado

Eso de que la realidad imita al arte es una mandanga: lo que hace es plagiarlo descaradamente. Hace unas semanas, en Sevilla, estuve en un programa de radio donde me entrevistó el también escritor Andrés Pérez Domínguez. Andrés ya me había entrevistado cinco años atrás con motivo de la publicación de El gran silencio, en un formato original donde el autor, aprovechando la invisibilidad de las ondas, tomaba el rostro de uno de sus personajes y contestaba a las preguntas encarnado en un fantasma. Una noche, para responder a un cuestionario sobre un libro suyo sobre la Segunda Guerra Mundial, Ricardo Artola se metió en la piel de Stalin, y otra noche yo le di voz a Roberto Esteban. Conté que me dedicaba a romper piernas por encargo, que la vida, a veces, era una mierda, que mis puños eran el insecticida adecuado para todas esas pequeñas cucarachas y miserias que nadie quería limpiar. Supongo que en la quietud de la madrugada, mi voz podía pasar por la de un matón de tres al cuarto, ex alcohólico y pendenciero.





Cinco años después, en Sevilla, Andrés me enseñó una carta que había llegado unas semanas después de aquella entrevista, dirigida a los locutores de Onda Cero, 'a la atención del Locutor que habló el 28 de agosto de 2003 a las dos de la madrugada'. Está fechada en Barcelona un día después y llegaba a mis manos con un lustro de retraso. La transcribo tal cual. No sé lo que Roberto Esteban le habría respondido a esta pobre mujer, pero me imagino que no se quedaría de brazos cruzados.


Les felicito por los programas, es la única emisora que escucho desde hace muchos años.

Paso a pedirles un gran favor, por las circustancias que atravieso con vecinos y su familia me hacen allanamiento de morada, entran como hacienda sin amo.

Me han robado todo lo que poseía que era mucho, por ellos he perdido millones de ptas; me han destrozado toda la casa, ello me acarrea muchos problemas y gordos, han intentado matarme con gas, hace poco con veneno, la Dtra. Mari Carmen me dijo es un milagro que se aya salvado de la gran intosicación que ha tenido le quedará soriasis, no se cura. A la media hora me puse a morir, me bebí cuatro botellas de leche, creo eso es lo que me salvó. Lo pasé muy mal.

He buscado justicia por todas partes, vivo sola, no tengo a a nadie, para las personas mayores, solas y pobres en España no existe la justicia. No se le ayuda en nada, es bergonzoso que no tengan para comer donde trabajar como fieras para sentir la nación y mal comidos. Desde que tengo este problema odio a la policía, pero sí que la tengo que mantener.

Anoche, habló un ex boxeador, si mal no recuerdo se llamaba Esteban. Habló sobre las dos menos cuarto de la madrugada 28-8-2003.

Les pido por favor que me dieran la dirección o el telf. de este señor. Se lo agradecería con todo mi corazón.

Dios les guarde muchos años. Les saluda atentamente

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domingo 27 de abril de 2008

Los preclaros silencios de Thelonious Monk

Una de las cosas más difíciles de aprender en la técnica narrativa es la administración de los silencios: saber cuándo callar es tan importante como saber cuándo seguir hablando. Lo que no se dice realza el témpano flotante de lo que se dice. ¿Qué espanto innombrable había al fondo de El pozo y el péndulo? ¿De qué diablos hablaba al final Kurtz? La elipsis brutal a la mitad de El mundo según Garp obliga al lector a rellenar con su imaginación el vacío antes de que las palabras dibujen el horror.

Los grandes músicos son maestros en el arte de sembrar silencios, de dejar en el cuerpo de una melodía los huecos exactos para crear la expectativa, el ansia y su resolución: Brahms, Bartok, Satie, Miles Davis. Aldous Huxley decía que lo que distinguía esencialmente a Mozart y a Wagner era que el discurso musical del segundo tejía un flujo musical ininterrumpido, interminable, agotador. No es verdad. Pocos silencios brillan en la historia de la música como los que respiran justo al inicio del Tristán. Y, en el preludio del Parsifal, tras la insolente llamada de los metales, conviven dos pausas formidables, una suspensión abismal donde parece detenerse el mundo.

Thelonious Monk, el arisco pianista negro, vapuleaba el teclado con el rigor de un sordomudo intentando encontrar el lenguaje perdido. Entraba fuera de compás, soltaba un par de hoscos acordes, como el que suelta un capazo de ladrillos sobre el piano, y de repente enhebraba una frase suavísima que se cortaba con un hachazo de blancas. Hasta que no encontró a Charles Rouse, el saxofonista que fue durante tantos años su escudero, Monk no forjó el cuarteto perfecto, la falange de cámara donde cobijar toda esa lluvia de corales y cuchillos, esa noche primitiva y delicada (Cortázar dixit) que era también su manera de hablar y no hablar.





Porque Monk, loco, vagabundo, profeta, tocado por una enfermedad mental tan extraña como su misma música, también hablaba a base de silencios. Hay gente que es así: elíptica. Hace algún tiempo conocí a una chica preciosa en una fiesta. Me las arreglé para entablar conversación con ella y pedí su teléfono, suponiendo que no me lo iba a dar. Contra todo pronóstico, me lo dio. La llamé, apañé una cita, la invité a cenar. Luego nos tomamos unas copas y la despedí de madrugada a la orilla de un taxi. Quedamos en que nos llamaríamos. Lo hice una semana después, me dijo que estaba leyendo el libro mío que le había regalado, que le gustaba mucho, pero que estaba muy ocupada y que mejor nos llamáramos más adelante. Lo hice. Una vez. No cogió el teléfono. Dos veces. Tampoco. Como, aparte de tonto, soy bastante obstinado, le dejé un mensaje que jamás contestó.

Me sentí como aquel periodista que, entrevistando a Thelonious Monk, se le ocurrió preguntarle si le gustaba la música clásica. Monk simplemente se quedó mirando al frente, con los labios juntos, casi silbando. El periodista carraspeó, nervioso, y le repitió la pregunta. Por toda respuesta, Monk se llevó el cigarrillo a sus labios y soltó una voluta de humo apelmazada y sinfónica. 'Perdone, señor Monk' dijo el periodista sin saber muy bien qué hacer, 'no sé si me ha entendido. Le preguntaba si le gusta la música clásica'. Monk se volvió al fin hacia su agente, que estaba allí, al lado, sentado en una silla, apoyó las manos en las rodillas, señaló al periodista con la cabeza y gruñó: 'Eh, Joe. Este tío está sordo'.

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lunes 21 de abril de 2008

El Quijote y la Biblia

El 23 de abril, efeméride donde tramposamente hacemos converger las fechas de defunción de Cervantes y Shakespeare, en algunas ciudades de España se sustituye con el Quijote la lectura pública de la Biblia, probablemente el best-seller más vendido de todos los tiempos. Resulta una operación en cierto modo paradójica y hasta antagónica, porque no se pueden concebir dos libros más distintos: la Biblia es la epopeya de un pueblo en lucha con su dios invisible, transfigurado en nubes, tempestades y zarzas ardientes. El Quijote es la historia de un hombre en lucha contra su propia biografía, su propia memoria y su propia realidad. La Biblia es un libro escrito por Dios, que es lo mismo que decir, escrito por muchas manos y amanuenses distintos a lo largo de los siglos. El Quijote es un libro escrito por un pobre hombre enfermo y viejo en el transcurso de unos pocos años, los que pusieron fin a su humilde existencia. En la Biblia se suceden las batallas, las plagas, los castigos, los mandatos, las ejecuciones y las muertes. En el Quijote hay una sola muerte, si acaso dos, y los ejércitos y muchedumbres son imaginarios, fantasías de un viejo loco que juega a ser niño. La Biblia (no soy el primero que lo digo) es un texto terrible, la madre de todos los decálogos, una exhortación sostenida de la violencia y del racismo. El Dios de la Biblia no tiene nombre ni rostro: 'Yo soy el que soy', le dice a Job después de arrebatarle una a una sus posesiones, su salud, su mujer y sus hijos, para esconderse después en un enigmático remolino de polvo. El Dios del Quijote tampoco existe, tampoco aparece por ningún lado, pero sí tiene rostro, un bello rostro de mujer, y nombre: Dulcinea del Toboso. Cuando Sancho le dice al Quijote que Dulcinea no existe, como un agnóstico empeñado en la refutación de un dogma, y que, caso de existir, se trata sólo de una campesina gorda y fea, el Quijote le responde con la que es, para Carlos Fuentes, la definición del amor más hermosa de toda la literatura: 'Dulcinea es tal y como yo quiero que sea y, para mí, la más bella mujer sobre la faz de la tierra'. Cito de memoria y muy probablemente estoy ultrajando el texto, pero ése es otro de los privilegios de estos dos grandes libros: las frases almacenadas en el recuerdo, bajo el epígrafe de capítulos y versículos. La Biblia es un texto sagrado, irrefutable; en su nombre se han matado más hombres y se ha derramado más sangre que por cualquier reino terrestre. Del Quijote, en cambio, puede decir uno lo que quiera y cuando quiera, porque su única bandera es, como apuntaba Rosales, la libertad: libertad de pensamiento, palabra y obra. La Biblia está llena de miedo, de ceños iracundos y de arrebatos coléricos; el Quijote está traspasado de risas, de delirios, de bromas pesadas y también de una suave tristeza. Déjenme decirlo de una vez: el Quijote está lleno de vida; la Biblia, de muerte.







Curioso que la gran mayoría de los libros religiosos sean apologías de la guerra: lo son el Bhagavad Gita y el Mahabharata, libros sagrados de la India; lo es el Kalevala, la epopeya nacional finlandesa; lo es la Ilíada, que narra el episodio más famoso de la guerra de Troya y quizá el libro más bello del mundo. No hay pueblo que, al fundar una mitología o al construir a sus dioses, no los haya amasado con sangre.


Uno de los escritores cristianos más altos que haya dado el mundo (me refiero a Dostoievski) dijo una vez que si el hombre comparecía ante Dios y Dios le enseñaba desde su trono todas las matanzas, las injusticias, las miserias con las que la humanidad había llenado el mundo, y le preguntara: '¿Qué hábeis hecho aparte de esto? ¿No merecéis arder para siempre en el infierno?' A ese hombre -decía Dostoievski- le bastaría una sola cosa para salvarse: un ejemplar del Quijote.

(Todo esto para decirles que el miércoles 23 de abril, por razones de fuerza mayor, a eso de las seis y media de la tarde, estaré en el Corte Inglés de Pozuelo, firmando libros, si hay suerte).

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domingo 13 de abril de 2008

Bill Naughton: Alfie

Hace unos días cayó en mis manos Alfie, de Bill Naughton, en una vetusta y entrañable edición de Bruguera, marcada a fuego en la contraportada con 40 pesetas. La novela obtuvo un éxito resonante en Inglaterra y logró una rápida adaptación al cine que supuso la confirmación definitiva de ese extraordinario actor llamdo Michael Caine. Básicamente, tanto el libro como la película narran en primera persona las aventuras sexuales de un ligón sin escrúpulos que va trotando de cama en cama y que no tiene el menor empacho en tratar a las mujeres como ganado erótico.



El libro, pero más aun la película, fueron vendidos en clave de comedia. En parte, no les faltaba razón porque Alfie tiene pasajes divertidísimos. Las ocurrencias de este Casanova contemporáneo, ubicado en el Londres de mediados de los sesenta, componen todo un muestrario de críticas y observaciones sociales envueltas en un asombroso recital de cinismo.

Naughton se mete en territorios poco transitados por la novela con un escalpelo mojado en humor británico y suele salir más que airoso. Por ejemplo, al principio del libro, Alfie está en el coche con una chica. Acaban de terminar un acoplamiento amoroso pero la mujer vuelve a echarse en sus brazos. Gracias a la brillante prosa de Naughton, Alfie (que nunca deja de ronronear mentalmente, como un filósofo epicúreo a ras de piel) sortea con elegancia la incomodidad de la postura y la amenazadora sombra del gatillazo:

'No es que me preocupasen mis articulaciones sino la chaqueta. No quería que se me estropeara. Ya sé que debería habérmela quitado, pero era demasiado tarde. Desembrague usted en un momento así y comprobará que puede estropearse todo lastimosamente, si es una persona sensible como soy yo. Ella inició su actuación. Debo decir que tiene un hermoso busto. Nunca he conocido otra con semejante teclado, o como quiera usted llamarlo. Eso por hablar de prominencias y no de canales... Es como el túnel de Rotherhithe. Esta chica es Jayne Mansfield en la superfice y Mick McManus en el interior'.

Con todo, la novela (y también la película) juega un partido de tenis a cuatro manos en un extraordinario contrapunto temático. Aunque era muy fácil que siguiera esa dirección, Alfie no es un simple colección de encuentros amorosos contados por un canalla sin escrúpulos. Alfie tiene un hijo pero renuncia a él porque no quiere ver su libertad coartada por el matrimonio. Pasado el ecuador de la novela, la sonrisa de decanta definitivamente hacia el humor negro. En muy pocos libros puede encontrarse un pasaje como éste, donde el protagonista reflexiona con su sinceridad brutal sobre el tema de la paternidad imposible:

'Es muy rara la sensación que produce contemplar por primera vez la cara arrugada y rojiza de un bebé de quien te están diciendo que eres el padre. Experimentas una sensación curiosa, igual que si hubieras vuelto una esquina y te encontrases de pronto ante una banda militar'.

La escena del aborto, sórdida hasta en sus más mínimos detalles, probablemente no tiene parangón en la literatura contemporánea. Al final queda un regusto amargo, penoso, inolvidable, donde la soledad esencial del donjuan entona con tristeza su penúltimo canto del cisne.

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