l Tropezando con melones - Blog de David Torres

David Torres, escritor, guionista y columnista

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martes 15 de abril de 2008

España, qué melonar

'España... qué melonar' dijo Juan Ramón Jiménez. No le faltaba razón al hombre. Es el único país del mundo, que yo sepa, donde la autoridad se inmiscuye en asuntos filológicos, tocándole las narices a los comerciantes con los rótulos de sus tiendas o a los niños con el idioma que se les ocurre hablar en el recreo. Desde el verano de 2003 escribo para la edición balear de El Mundo y casi siempre me encuentro algún melón político con el que probar el cuchillo. Ayer, lunes, tocó una sandía. O sandia, que, cuando es tonta, admite los dos modos.





INMERSIÓN, INMERSIÓN

Hace muchos años que la inmersión lingüística en las Baleares ha ocupado la categoría de reclutamiento forzoso. Así que no se entiende muy bien a qué viene rasgarse las vestiduras por qué en el colegio de Santa Eugenia estén llevando a la práctica las directrices impuestas desde el catalanismo. Los padres no son libres de elegir la lengua en la que serán educados sus hijos. Los padres no son libres, los chavales tampoco. Lo ha dicho así de clarito Bàrbara Galmés, bárbara como ella sola, consellera de Educación. De Heducación con hache, supongo.

Como bien indica su nombre, Galmés se siente extranjera en Baleares, y por eso tiene que ser más papista que el Papa. Es una prerrogativa de todos los políticos totalitarios que acceden al poder desde las afueras. Hitler, en realidad, era austriaco; Stalin georgiano; Galmés, castellano parlante. Lo peor de cada casa. De manera que esta pobre mujer debe compensar sus años de ceguera, sus deficiencias de pronunciación, con fanatismo religioso y celo maníaco en el cumplimiento del deber. Todo por el bien de la sociedad y de sus complejos de retrasada cultural.

Resulta que en el recreo algunos niños hablaban en inglés, otros en alemán, otros en castellano, fíjate tú qué cosas. Esta variedad, que en cualquier otro lugar habitado por el homo sapiens sería contemplado como una ocasión inmejorable para que los chavales practiquen otros idiomas, aquí se ve como un peligro terrible para la implantación por collons del catalán en las islas. ¿Pero no habíamos quedado en que la proliferación de idiomas y dialectos en un mismo país era un síntoma de riqueza? Depende cuál, que diría Cela.

Los chavales ya no sólo estudian en catalán: deben divertirse, desayunar, comer, cenar y dormir en catalán. El catalán va a ser insuflado hasta en sus sueños, como a través de una bomba de bicicleta, gracias a la vigilancia del profesorado-policía y la eficacia de los comisarios políticos de turno. Para eso está ahí la Bàrbara, demostrando, a pesar de su acento lamentable, que ella es catalana de toda la vida. Igual que el funcionario nazi que, a pesar de su sangre judía, disfrazaba su condición de enemigo del Reich con el planchado impecable de su uniforme y la denuncia implacable de sus congéneres.

Hace tiempo que la inmersión lingüística en Baleares dejó de ser un simple bautismo para convertirse en una llamada a filas, insoslayable en estos tiempos revueltos en que la patria peligra. Abajo periscopio. A fuerza de inmersiones, la sociedad balear vive en un submarino en medio del Mediterráneo, entre sirenas de alarma y ejercicios de adiestramiento idiomático, en medio de una guerra inexistente. Un submarino nazi comandado por comandantes chiflados y paranoicos, a mil metros de profundidad de la superficie y mucho más lejos aún del sentido común, de la luz del sol y de la marcha tranquila de la Historia. Un submarino sordo, bobo y ciego.


(publicado originalmente en El Mundo-El Dia de Baleares el 14 de abril de 2008)

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sábado 22 de marzo de 2008

A cala y a prueba


En el verano de 1967, con apenas unos meses de vida, tropecé con un objeto compacto y amarillo que parecía caído del cielo.



Yo no lo sabía pero eso que mis manos agarraban con el ansia de un talonador de rugby era un melón. Es decir, una réplica más o menos ovoide de mi cabeza, la materialización fáctica de una idea en el mundo de los objetos reales. Porque, a diferencia de las naranjas, las manzanas o las fresas, los melones son muy suyos. Nunca se sabe lo que están pensando, siempre ocultan cosas. Aquel temprano contacto iba a marcar una constante en mi vida. Por debajo, o por encima, de mis otras ocupaciones (estudiante, cobrador de recibos, plantador de tronquitos del Brasil, vendedor de enciclopedias a domicilio, ginecólogo aficionado, librero, etc.) siempre me acompañaría el aura del descubridor de melones.

Y melones me los iría tropezando de todas las clases, de todas las formas y tamaños. Melones sexuales y melones literarios. Melones musicales y melones humanos. Melones que escondían inesperados oasis de frescor y azúcar en su interior, y prometedores melones como calvas de catedrático que a la postre resultaban pepinos. Novias que supieron dulce hasta el último beso y amigos del alma que, al cabo de los años, ocultaban en sus entrañas un auténtico hijo de puta. La vida es a cala y a prueba, pero nunca se sabe qué nos deparará el siguiente mordisco. Hay películas que empiezan muy bien pero se desinflan a los diez minutos. Hay puros que vienen precedidos por el aura de su vitola y se resuelven en un petardo, en un gatillazo de humo. Y también hay libros cuyos comienzos son romos y desesperantes pero uno continúa su lectura animado por la ingenua e inquebrantable fe de que las cosas mejorarán. Las primeras páginas de Faulkner muchas veces no ofrecen más que una caminata áspera por un roquedal pelado, pero hay que seguir adelante, hundir el cuchillo.
El primer melón me lo encontré en una playa andaluza, un día de verano. El último lo veo cada mañana al enfrentarme al espejo. ¿Qué me dirá ese tipo hoy? ¿Qué inesperados regalos, qué decepciones, qué frescas dentelladas me tendrá reservado el día?

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