España, qué melonar

INMERSIÓN, INMERSIÓN
Hace muchos años que la inmersión lingüística en las Baleares ha ocupado la categoría de reclutamiento forzoso. Así que no se entiende muy bien a qué viene rasgarse las vestiduras por qué en el colegio de Santa Eugenia estén llevando a la práctica las directrices impuestas desde el catalanismo. Los padres no son libres de elegir la lengua en la que serán educados sus hijos. Los padres no son libres, los chavales tampoco. Lo ha dicho así de clarito Bàrbara Galmés, bárbara como ella sola, consellera de Educación. De Heducación con hache, supongo.
Como bien indica su nombre, Galmés se siente extranjera en Baleares, y por eso tiene que ser más papista que el Papa. Es una prerrogativa de todos los políticos totalitarios que acceden al poder desde las afueras. Hitler, en realidad, era austriaco; Stalin georgiano; Galmés, castellano parlante. Lo peor de cada casa. De manera que esta pobre mujer debe compensar sus años de ceguera, sus deficiencias de pronunciación, con fanatismo religioso y celo maníaco en el cumplimiento del deber. Todo por el bien de la sociedad y de sus complejos de retrasada cultural.
Resulta que en el recreo algunos niños hablaban en inglés, otros en alemán, otros en castellano, fíjate tú qué cosas. Esta variedad, que en cualquier otro lugar habitado por el homo sapiens sería contemplado como una ocasión inmejorable para que los chavales practiquen otros idiomas, aquí se ve como un peligro terrible para la implantación por collons del catalán en las islas. ¿Pero no habíamos quedado en que la proliferación de idiomas y dialectos en un mismo país era un síntoma de riqueza? Depende cuál, que diría Cela.
Los chavales ya no sólo estudian en catalán: deben divertirse, desayunar, comer, cenar y dormir en catalán. El catalán va a ser insuflado hasta en sus sueños, como a través de una bomba de bicicleta, gracias a la vigilancia del profesorado-policía y la eficacia de los comisarios políticos de turno. Para eso está ahí la Bàrbara, demostrando, a pesar de su acento lamentable, que ella es catalana de toda la vida. Igual que el funcionario nazi que, a pesar de su sangre judía, disfrazaba su condición de enemigo del Reich con el planchado impecable de su uniforme y la denuncia implacable de sus congéneres.
Hace tiempo que la inmersión lingüística en Baleares dejó de ser un simple bautismo para convertirse en una llamada a filas, insoslayable en estos tiempos revueltos en que la patria peligra. Abajo periscopio. A fuerza de inmersiones, la sociedad balear vive en un submarino en medio del Mediterráneo, entre sirenas de alarma y ejercicios de adiestramiento idiomático, en medio de una guerra inexistente. Un submarino nazi comandado por comandantes chiflados y paranoicos, a mil metros de profundidad de la superficie y mucho más lejos aún del sentido común, de la luz del sol y de la marcha tranquila de la Historia. Un submarino sordo, bobo y ciego.
(publicado originalmente en El Mundo-El Dia de Baleares el 14 de abril de 2008)
Etiquetas: Bàrbara Galmés, catalanismo, david torres, educación, Juan Ramón Jiménez, melones, sandía, submarino

El primer melón me lo encontré en una playa andaluza, un día de verano. El último lo veo cada mañana al enfrentarme al espejo. ¿Qué me dirá ese tipo hoy? ¿Qué inesperados regalos, qué decepciones, qué frescas dentelladas me tendrá reservadas el día?










