l Tropezando con melones - Blog de David Torres

David Torres, escritor, guionista y columnista

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miércoles 30 de abril de 2008

Vivan las cadenas (comerciales)

La libertad es un concepto resbaladizo donde los haya y en su nombre se han forjado más cadenas que relojes. Los bolcheviques empezaron prometiendo la libertad a los siervos de los zares y luego convirtieron la URSS en el campo de prisioneros más poblado del globo. '¿Libertad para qué?' dijo Lenin con su sabiduría mayestática y su ironía chinesca. En realidad, es mucho más fácil prometer que dar trigo y como los trabajadores agrícolas, según la teoría marxista-leninista, les sobraban, pues decidieron eliminarnos por la vía rápida. Así, despejaron la histórica ecuación mediante hambrunas forzosas y ejecuciones en masa (en Ucrania, se calcula que unos cinco millones). Para evitar las desigualdades de clase, es mucho más fácil convertir a todos en pobres que acabar con la pobreza. Una cosa parecida ocurrió en los Estados Unidos al término de la Guerra Civil, cuando los esclavos negros que habían luchado por su libertad en el matadero de los campos de batalla, se encontraron con que tenían que volver a las cadenas si no eran capaces de mantenerse por sí mismos. 'Libertad no conozco sino la libertad de estar preso en alguien' decía Cernuda. Se refería al amor, pero bien se podía haber referido al comunismo. O al liberalismo, ya puestos.



(El paraíso según Lenin)


La supuesta liberalización de horarios propuesta desde la Comunidad de Madrid participa de ese sonriente optimismo común a todas las utopías. Claro, así el pobre empleaducho que no puede acudir a hacer sus compras entre semanas podrá dedicar el sacrosanto domingo a vestirse como un señor y rellenar de paso el capazo. Pero, ¿cuántos comercios lograrán mantener la competencia de horarios? ¿De verdad pueden los pequeños comerciantes abrir sus tiendas los domingos? ¿Y entonces cuándo descansan? ¿Queremos de verdad que Madrid se transforme toda ella en una de esas tiendas de chinos?

Como una vez, hace no demasiados años, también vestí un uniforme de recluso en unos grandes almacenes, sé lo que se siente al ser un esclavo a tiempo parcial sólo para distraer el ocio de un tipo que no sabe qué hacer un día libre sin chamuscar la tarjeta de crédito. Incluso creo que fui uno de los primeros afortunados que trabajó completo un primero de enero, por cortesía de los sindicatos y el gobierno de entonces (que no eran del PP, precisamente). Todos somos esclavos, delante o detrás del mostrador, de la barra o de la máquina de escribir, pero siempre nos quedará el consuelo de que llegue el domingo para sacudirnos los grilletes y salir a la calle. Salvo si el domingo no es más que otra extensión del lunes: una sucesión de escaparates y cajas registradoras esperando las monedas que nos transforman a todos de seres humanos en un triste rebaño de borregos de consumo. ¿Libertad para qué? Para comprar, Lenin.

(publicado en el suplemento M2 de El Mundo el 29 de abril de 2008)

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jueves 17 de abril de 2008

Pa puta yo y pa chulo, mi editor

La última campaña contra la prostitución intenta zanjar un debate epistemológico que trae de cabeza a la humanidad desde el alba de los tiempos. ¿Qué fue antes: el huevo o la gallina? ¿La prostituta nace o se hace? ¿La prostitución existe porque tú la pagas o la pagas porque existe?


El gobierno y la Comunidad lo tienen bien claro. De no haber desaprensivos que utilizaran sus servicios, las prostitutas dejarían de existir. Ahora bien, ¿dónde irían a parar todas esas chicas que abarrotan las páginas de contactos de los periódicos? El anuncio no lo dice. Probablemente al paro, a la limpieza de escaleras, a la puta (con perdón) calle. ¿La mendicidad existe porque tú la pagas o los mendigos existen porque tú das limosna? Si no abriéramos tanto el monedero, se pondrían a trabajar, joder. O se extinguirían. En cualquier caso, un problema menos.




'Nadine ahora tiene que pasar el plumero'

Es formidable la capacidad de la administración para llevar un problema público al orden privado. En cualquier acto de alquiler de carne humana entran en juego tres factores: la puta, el chulo, el cliente. La autoridad jamás le toca los huevos al único eslabón de la cadena que no debería existir: el macarra, el intermediario que se beneficia del trabajo ajeno, el tipo que esclaviza a las operarias. Por algo será. Porque está claro que, sin ese intermediario, todos los conflictos de orden moral sobre la prostitución desaparecen.


Porque una cosa es la prostitución libre y consentida y otra la esclavitud sexual. No hablo aquí de esa triste recúa de ganado humano que vive sin ver la luz del sol, en pisos de mala muerte o en casinos infectos de carretera, sin más horizonte que el cambio de sábanas. Hablo de la chica que ha decidido tomar el atajo carnal para pagarse la carrera, que ha decidido alquilar su sexo en lugar de sus brazos o sus dedos. Hablo de Sufiah Yusof, temprano genio de las matemáticas y estudiante de Economía, que, en una entrevista concedida a un rotativo inglés, suelta cosas tan escandalosas como ésta: 'Mis clientes adoran que sea capaz de estimular sus mentes y sus cuerpos, a alguno hasta le vuelve loco que le recite ecuaciones o álgebra durante el acto sexual'. Qué pervertidos.


Una vez, en una discusión con un amigo escritor, llegamos al punto muerto que se alcanza en toda discusión sobre la prostitución libremente ejercida: la dignidad humana, ese himen misterioso que se encuentra en un punto equidistante entre el alma y la vagina, a mitad de camino entre la santurronería religiosa y la hipocresía social. Yo le indiqué que el prejuicio contra la prostitución viene de Platón y del Antiguo Testamento, de toda esa metafísica barata que considera el sexo sucio y pervertido, porque en cualquier trabajo uno alquila parte de su cuerpo para salir adelante. ¿Por qué ser prostituta es un trabajo indigno y no limpiar escaleras o currar en un McDonald? Me miró como si no pudiera creer lo que estaba diciendo: 'Porque vende afectos'. ¿Afectos una puta? No, hombre, lo que ofrece una puta son simulacros de afectos. Más o menos igual que un escritor, pero de tú a tú y sin ropa.


A lo que iba. Quería yo confesarles que también me siento un poco puta, que cada vez que entrego un libro al público (fíjense un poco qué palabra) hay un trozo de mí que queda expuesto a la mirada ajena. Un amiguete de la Casa del Libro ya ha colocado mi última novela en el escaparate de la Gran Vía, para que haga la calle a dos pasos de Montera. Todo para que el noventa por ciento de la pasta se lo lleven los intermediarios, los chulos, que en este caso apenas ponen una almohada de hojas impresas y la cama en las librerías. En Cazador blanco, corazón negro, Clint Eastwood interpretaba a John Wilson, un trasunto del director John Huston en aquellos tiempos gloriosos en que rodaba La reina de África. En una discusión en la cabaña, Wilson decía: 'Sabe, yo también puteé un poco en mi juventud. Vendí mi talento de guionista por nada o por casi nada. Son las putas las que dan mala fama a Hollywood'.

Yo creo que no. Yo creo que son los actores.

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