l Blog de Rafael Reig

Rafael Reig, escritor y profesor de literatura

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sábado 11 de octubre de 2008

De ahí lo saqué, claro

Antonio Gutiérrez escribió aquí que le sonaba a Neruda lo de comparar la cara de Miguel Hernández con una patata.

Gracias, Antonio. Por supuesto. En cuanto lo leí, me di cuenta: a mí también me sonaba. De ahí lo tuve que sacar, de un libro de texto que olvidé. Luego he pensado que se me había ocurrido a mí. Pues no. Lo saqué de ahí. ¡Que yo no soy Bumbury, coño! Ha sido involuntario, pero es así.

De hecho, no sólo debí de leerlo en el libro de texto, sino que seguro que volví a leerlo en las memorias de Neruda. En el desorden de mi casa he encontrado Confieso que he vivido. Es una edición de 1974, en Seix Barral. La primera, que compraron mis padres y recuerdo haber leído de casi niño. Tiene una bonita foto de Neruda con su firma en tinta verde. En la pág. 164 leo:

Miguel era tan campesino que llevaba un aura de tierra en torno a él. Tenía una cara de terrón o de papa que se saca de entre las raíces y conserva frescura subterránea. Vivía y escribía en mi casa.


Aclarado, Antonio, y mil gracias. De ahí lo saqué. Lo leí, lo olvidé y, cuando lo recordé, pensé que se me había ocurrido a mí.

Cada vez que veo un caso de estos de plagio involuntario, me acuerdo de lo que me contó mi amigo y maestro, el poeta chileno Pedro Lastra.

Estaba Pedro un día con García Márquez y le dijo:

-Gabo, ¿tú leíste la memorias de Darío?

García Márquez le dijo que no fastidiara, que cómo no, que miles de veces, que había leído y releído las memorias de Rubén Darío.

Pedro le preguntó entonces que si recordaba el comienzo.

-No, no recuerdo -admitió García Márquez.

Entonces leyeron los dos el libro que había traído Pedro, esa parte, al comienzo de su autobiografía,en la que Rubén Darío cuenta que uno de sus primeros recuerdos es cuando su tío le llevó en una expedición a caballo para que conociera el hielo.

Cuenta Pedro que García Márquez se puso pálido, se dio un manotazo en la frente y exclamó:

-¡Puta, de ahí lo saqué!

No lo cuento para justificarme, que conste.

Esas cosas pasan y, cuando pasan, da mucha vergüenza, pero lo único que uno puede hacer es decirlo y reconocer que la memoria te ha jugado una mala pasada.

La semana que viene me voy a Colombia.

Viví varios años en Cali de niño y luego, de mayor, volví a vivir en la parte de Colombia que está en Queens. Todos los viernes me iba a casa de Ángela y Linda en metro. Me tenían puesto un colchón y una botella de whisky (Canadian Club, no sé por qué) al lado. Linda tenía un OED (el diccionario de Oxfod) completo, que venía en una caja grande con una lupa. Me encantaba cotillear en el OED, que asocio al sabor del Canadian Club. Por las mañanas bajaba a comprar el periódico y arepas con quesito para desayunar. Lo pasábamos muy bien, y yo adoraba a Ángela.

Hace un par de años me enteré de que Angelita venía a Madrid a un aquelarre feminista de esos que organiza mi amiga Ángeles Encinar. Con esa ventaja, fui al conciliábulo ("Escritoras y escrituras" o cosa semejante), vi a Angelita de espaldas en una escalera y grité:

-¡Ese culo perfecto me suena de algo!

Hacía diez años que no nos veíamos. Sin volver la cabeza, Ángela dijo:

-No puede ser más que Rafita el bruto.

Ninguno hemos cambiado mucho: acabamos con una amiga suya, una refinada chica de NY, como de película de Woody Allen, tomando whiskies en El Parnasillo, calle San Andrés. Angelita y yo nos cogimos una tajada como un piano y yo me puse a tocarles el culo a las dos. La neoyorkina se escandalizó un poco; Angelita y yo nos partíamos de risa.

Bueno, pues resulta que Angelita y Claudia Montilla ahora tienen vara alta en la vida cultural de Bogotá y nos han invitado a un encuentro de escritores a los viejos amigos (Eduardito Becerra, el Orejudo y yo).

Claudia Montilla me vendió el primer coche que tuve (me lo regaló, en realidad), un Volskwagen Rabbit. En el Rabbit (un automóvil temperamental, que me dejó tirado en todas las Interstates)nos íbamos Claudia y yo a tomar whiskies a unos bares al lado del mar, muy agradables, donde nos hacíamos confidencias y poníamos a todo el mundo como hoja de perejil.

Mal se nos tiene que poner para no divertirnos en Colombia.

Aquí estamos, cuando entonces, Paco Kühn, Ángela Pérez, yo y Claudia Montilla, en Long Island, en el homenaje que le dimos en Stony Brook a Elías Rivers, en 1992, según pone detrás de la foto.




Entonces yo escribía mi tesis sobre la representación literaria de la prostituta en la novela del XIX. Leíamos sin parar Lou Deutsch, mi directora de tesis y yo. Pocas veces he estado tan contento como leyendo y bebiendo en Long Island, y pasando los fines de semana con Angelita en Queens.

Aquí está Ángela en mi casa (bueno, la compartía con tres chicas: Angelita Morales, ese encanto de mujer, una india y una china que casi no limpiaba el baño que usábamos ella y yo):



En aquella casa hacíamos reuniones bastante divertidas, con cierta preferencia keynesiana por la liquidez (como diría García Hortelano). En ésta de la foto, no recuedo por qué (o sí, pero me lo callo) acabé en camisón (prestado, era de una novia que tenía), como se puede ver en esta foto en la que estoy con Antonio Vera-León, un amigo profesor y escritor cubano.




La pongo para presumir, qué pasa. ¿Acaso a ti no te parece que tengo unas rodillas estupendas?

A mí también me ha dicho Paris Hilton lo mismo que le ha dicho a Sarah Palin:

-Rafita, tú tienes un cuerpo potente, pero no te lo guardes para ti mismo.

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lunes 6 de octubre de 2008

Los pies de los poetas

Qué alegría da a veces escribir en un blog, qué emoción. Por ejemplo cuando me escribió un amigo (ya lo es) y me ofreció enviarme una foto familiar de Miguel Hernández. Mi amigo (aunque aún no le conozca) firma como Malime en Rebelión y otras publicaciones de Internet.

Esta es la foto:



Mucho mejor que yo la comenta él, por supuesto:

Te adjunto la fotografía de mi familia con Miguel Hernández. Como te comenté fue un primero de mayo durante la república, aunque no se de que año. Todos ya han fallecido, menos la prima Elvirita con la que desde hace unos años, cuando murió su madre, ya no he tenido contacto con ella, por lo que no puedo, si es que lo supiese, preguntarla en que año fue realizada la foto.De izquierda a derecha,empezando por arriba.La tía Elvira, hermana de Miguel Hernandez, a continuación su marido: el tío Paco, luego el tío Ramón y la que fue su novia, que la llamábamos tía Encarna, aunque no llegaron a casarse, pero con la que seguimos teniendo contacto durante bastante tiempo, como si fuera de la familia. A continuación mí tía abuela Manuela: hermana melliza de mi abuela paterna, su hija Carmina a continuación, y ya siguiendo de derecha a izquierda por abajo, su hermano Paquito, que era un joven colaborador de un periódico socialista en Orihuela, el cual desapareció unos días antes de la sublevación fascista y del que nunca más se supo. Su cuerpo nunca apareció, se supone que fue asesinado por fascistas. A continuación la niña, mi prima Elvirita y finalmente Miguel Hernández, que como se podrá apreciar, más se asemeja al pastor que al poeta.


Gracias, amigo.

He mirado esa foto muy despacio. Tienes razón: más pastor que poeta. Me ha impresionado ver al poeta descalzo.

Siempre había pensado que la cara de Miguel Hernández me recordaba a algo y no sabía a qué. Ahora lo sé. He mirado mucho los pies descalzos de Miguel Hernández, con afecto, con ternura, con ganas de seguir leyendo sus poemas. Y al final lo he descubierto: los pies del poeta parecen pintados por Van Gogh. ¿A que sí?

¿A que también parece que en los poemas de Miguel estén los cielos estrellados, los trigales, los girasoles de Van Gogh? De un poema de Miguel levanta el vuelo esa bandada de pájaros que cruza un sembrado de Van Gogh.

En realidad, Miguel Hernández me recordaba a los muchos campesinos que retrató Van Gogh hacia 1885. Como este campesino con gorra, por ejemplo.




Todos estos retratos de campesinos quizá los remata Van Gogh con el (justamente) famosísimo cuadro de Los comedores de patatas:




Los comedores de patatas de Van Gogh, eso era: me di cuenta mirando sus pies.

En esos pies de la foto están las pinceladas de Van Gogh, en esa planta del pie bulbosa, feculenta, terrosa, rotunda, feliz de tocar el suelo.

Nuestra planta, gozando con el tacto
más que el cordero hambriento con el gusto,
en el forzoso acto
del paso


Como escribió Miguel en su "ÉGLOGA - Nudista", celebrando el placer de ir desnudo y andar descalzo.

De hecho, siempre he pensado que Miguel Hernández tenía cierta cara de patata, de hortaliza, de tubérculo recién desenterrado del suelo.

Pienso que hay poetas florales, que tienen cara de flor, que adornan y perfuman, y hay poetas comestibles, que tienen cara de raíz, de tallo hinchado que germina en esa "primavera tuberosa" de César Vallejo.

Poetas descalzos, que pisan con la planta del pie la tierra.

Poetas tan nutritivos que tienen cara de alimento terrestre.

Pienso en en Neruda, con esas narizotas y esa cara apepinada y exótica, de enorme yuca o de sandía.

Pienso en Vallejo y su ancha frente pulimentada bajo tierra, como una piedra; o bruñida al sol, como una espiga, esa máscara cereal que tenía, de mazorca de maíz o de choclo.

Pienso en Claudio Rodríguez, con la cara abotagada, como si hubiera madurado absorbiendo el agua del subálveo, bajo el río de la vida, en su misma raíz.

Decía Miguel, en su égloga, que cuando estamos desnudos:

Como después de vivos,
nos hacemos terrestres, vegetales

He mirado mucho los pies del poeta en esa foto.

Y he recordado de inmediato el urgente y necesario programa poético que se impuso Neruda:

yo trabajo y trabajo,
debo sustituir
tantos olvidos,
llenar de pan las tinieblas,
fundar otra vez la esperanza.


(Está en "A mis obligaciones", el prólogo de Navegaciones y regresos)

Sustituir olvidos, llenar de pan las tinieblas... es lo que hizo Miguel Hernández.

Es lo que ha hecho mi amigo Malime al compartir esta foto de un poeta descalzo, comiendo alegre con su familia una tortilla de patata.

Poco después matarían a Paquito, el periodista de Orihuela, socialista. Luego murió el poeta descalzo, el pastor, el soldado, el esposo, el hombre cuya voz aún escuchamos.

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jueves 2 de octubre de 2008

La Ferlosiolatría

David Torres ha escrito un post en su blog que me ha hecho soltar carcajadas. Aquí lo puedes leer.

Poco puedo añadir a lo dicho por David, salvo esto, quizá:

El director de El País dijo hace poco una de esas simplicidades retumbantes: para ser periodista hay que leer mucha poesía.

No sólo es una chorrada: es peligroso decir eso.

Hay gente cándida que se lo toma en serio.

Borja Hermoso se lo debió de tomar en serio y, antes de sentarse a escribir en El País sobre Sánchez Ferlosio, se debió de empachar de poesía.

Gabriel y Galán o por ahí debió de leer el tío.

Empieza así el amigo Borja:

"Los cuellos de la camisa blanca y antigua volando como mariposas lejos del jersey gris de pico. Un trozo de prospecto médico del revés, cogido con unas pinzas al bolsillo de su chaqueta de pana verde, por fuera. Los ojos como globos inquisitoriales..."


¡Un trozo de prospecto médico! ¡Un trozo, ni siquiera entero! ¡Y del revés! ¡Con una pinza!

Formidable.

Parecía que iba Borja hacia el dadaísmo, pero qué va, se despeña por el desmonte de la "poesía pura" sentimental.

No así Ferlosio, que le grita a los camareros: "¡Quiero una copa de champán, que no me han puesto!".

Un tío educado, ¿verdad?

Ya en pleno arrobo poético y éxtasis ferlosiólatra, Borja se descuelga con:

"Una melena añeja, unos gemelos morados, unas gafas caídas y un camarero que al ofrecerle la botellita mineral (sic, al parecer era una botella de piedra), escucha: "¡Agua del grifo, una jarra de agua del grifo con hielo!".


O mucho me equivoco, o Ferlosio (que al parecer siempre se dirige al servicio a gritos y entre exclamaciones) debió de comer ese día la legendaria "sopa al lapo bien merecido", una especialidad de la casa.

En sólo dos párrafos, Borja Hermoso se ha convertido en esa señora que te toca al lado en la consulta médica, mira:

"mientras su nietecita Laura, un amor, le tira de la manga y le pregunta con los ojos qué demonios hace hoy el abuelo rodeado de tanta gente".


¡Barástolis! ¡Un amor! ¡La nietecita! ¡El periodista que pone texto a la mirada de la nietecita! ¡Ese amor de niña que habla con los ojos! ¡El monólogo interior de la nietecita-amor tal cual lo concibe la mente calenturienta del periodista!

¿Periódico global del siglo XXI? Amos anda, ni en el más abyecto folletín del XIX me he topado con semejante cursilería.

¡Basta ya de que los periodistas lean poesía, coño!

Es lo que pasa cuando el jefe pone a toda la Redacción a leer poesía, no te jode, en lugar de teletipos y tratados de botánica.

Por cierto, ¿qué coño pintaba allí la nietecita, por muy amor que fuera?

Ferlosio debe de ser ahora discípulo de Carme Chacón. A mí no me gana nadie, se habrá dicho: si ésta le da el pecho en el Ministerio, yo le doy la papilla a mi nieta en la presentación de mis libros, qué pasa.

Por Dios, que alguien haga algo: que le apliquen a Ferlosio la compatibilidad esa de la vida familiar y la petulancia intelectual laboral. Que no tenga el pobre que arrastrar a su nietecita, ese amor, a los agasajos postineros con la crema de la intelectualidad. ¡Que intervenga Protección de Menores, que esto es un auténtica emergencia!

He ido a muchas presentaciones y nunca he llevado a mi hija ni he visto a nadie que lo hiciera, salvo (por supuesto) Lucía Etxevarría, a cuyo nivel se ha puesto ya Ferlosio.

Yo comprendo que todo esto lo hacen para que adoremos a Ferlosio. El efecto es el contrario: le vamos a coger manía. A él, a sus prospectos médicos con pinzas, a la jodía nietecita que es un amor y a su forma despótica de tratar a los camareros.

Porque, por supuesto, de lo que dice el libro no se habla. Ni jota. La semblanza poética de Borja Hermoso se acompaña de un largo artículo de Javier Rodríguez Marcos en el que sólo se dice que el libro es muy bueno muy bueno y Ferlosio muy listo muy listo y que ha leído mucho. Ah, y que odia a España. Vale. Y al extranjero también. Cojonudo.

Si Walsh consiguió lo más difícil, que su palabra valiera más que su firma; Ferlosio parece decidido a lo más fácil: que su firma, su foto y sus rabietas valgan más que su palabra, que la remplazen, que no importe lo que escriba, porque ya sólo importa el culto a la personalidad y a la firma.

Qué pena.

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miércoles 1 de octubre de 2008

Humor atlántico

EL viaje a Oviedo, estupendo, volví a ver a muchos amigos, como Manuel García Rubio, Xuan Bello, Conchita, la de la Cervantes, Santos, etc.

Aquí están Manolo García Rubio, Ángeles Valdés-Bango y Constantino Bértolo, en los whiskies previos a la presentación.




Manolo es el inventor de la sociedad secreta del humor atlántico.

Frente al concepto español del humor, que es en esencia el humor chistoso-andaluz, reivindicamos el humor atlántico. El humor andaluz busca la carcajada; el nuestro busca la sonrisa. El humor andaluz prefiere que el otro se desternille de risa; nosotros preferimos que sonría y piense, que participe. El chistoso andaluz sólo necesita público; el humorista atlántico necesita cómplices, se dirige a la inteligencia del lector, no a sus ganas de estallar en risotadas; quiere hacerle pensar, no sólo divertirle.

Hay una zona atlántico-cantábrica en la que se suman la retranca gallega, la ironía asturiana y el humor inglés y ése es el lugar desde el que queremos escribir los socios de ese humor atlántico que inventó Manolo.

Creo que le sobra razón. Yo sí veo el vínculo entre el humor de Clarín, de Torrente Ballester, de Evelyn Waugh o de Kingsley Amis.

Menos chistes y más humor. Menos carcajadas y más sonrisas.

El humor aparece a menudo en los periódicos, por ejemplo, ayer leí un artículo en El País sobre el referéndum constitucional en Ecuador. Cuando El País habla de Ecuador, Venezuela o Bolivia, conviene tomárselo con sentido del humor. Con bastante sentido del humor. Y cuando habla de dinero, ya te digo.

En fin, me tomé un par de whiskies para leer los dos editoriales dos que dedicaba ayer El País a cerrar filas a favor de la Operación Rescate de Bush.

No sé si puntúa como humor atlántico, porque es de carcajada.

Para El País, el plan de Bernanke "es objetable en sus detalles pero inatacable en sus objetivos y en su orientación política general".

Pagar con dinero público a los bandidos es el objetivo. Salvar a los poderosos.

Inatacable.

Los detalles son, además, hacerlo sin ningún control ni sanción alguna, sin limitar su beneficio y sin ninguna seguridad de que la pasta vaya a servir para algo que no sea engordar sus cuentas de beneficios. Darles un cheque en blanco y ya está.

Detalles. Fruslerías. Quisicosas.

¡Qué importan los detalles!

Formidable.

El Congreso dijo que no y eso no se puede consentir. El País no lo puede consentir. Escribe el editorial:

"La autoridad política estadounidense siempre gozó de la confianza de las Cámaras para atajar las crisis bursátiles y las recesiones que con frecuencia provocaban. Ahora, la resolución de la crisis, una decisión urgente y prioritaria, queda al albur de una negociación que puede retrasarse".


Trágico, ¿verdad? Cuando un periodista usa expresiones como "al albur de", hay que ponerse en guardia y llevarse la mano a la cartera.

¿Qué quiere decir?

Pues que los representantes del pueblo en el Congreso no tienen derecho a opinar sobre un tema "urgente y prioritario". Según es costumbre, desde 1929, tienen que cerrar la boca y aceptar lo que decida el Ejecutivo. Faltaría más. Habiendo "autoridad política", ¿qué pintan las Cámaras? ¿Quién es el pueblo o sus representantes para opinar sobre asuntos importantes? Eso lo deciden los mayores, los que mandan. ¿Cómo vamos a dejarlo al albur de los representantes del pueblo? ¿Qué narices entenderán ellos de negocios? Las decisiones importantes las toman las personas importantes, no los chisgarabís en nombre de la ciudadanía. Se les consulta para que digan sí a todo, coño, siempre ha sido así desde 1929. No se les pide su opinión para que digan no. Qué poca vergüenza, sobre todo en un asunto "urgente y prioritario". ¿Es que hace falta acaso recordarles que "es costumbre" obedecer? ¿Cómo no va a "gozar de la confianza" la autoridad para las cosas que importan, es que acaso algo de verdadera importancia lo puede decidir el pueblo, que no sabe nada?

Formidable la pedagogía de El País, que en el segundo editorial instaba al Gobierno español a actuar en la misma línea.

Así que, mientras los mayores deciden por mí (que para eso son los que saben), yo me fui a fumar un puro con mi tío Ricardo.

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sábado 27 de septiembre de 2008

Rodolfo Walsh: un hombre que se animó

Hoy mismo he vuelto a leer Esa mujer. Lo puedes leer aquí.

Es, sigue siendo, uno de los mejores cuentos que he leído nunca. Estremecedor. Si por casualidad no lo has leído, no pierdas más tiempo leyendo esto.

Hablé con Constantino Bértolo de ese cuento, porque yo acababa de leer Operación Masacre, que él por supuesto ya había leído.

Rodolfo Walsh desapareció el 25 de marzo de 1977.

Tenía cincuenta años. Según él cuenta:

"Mi vocación se despertó tempranamente: a los ocho años decidí ser aviador. Por una de esas confusiones, el que la cumplió fue mi hermano. Supongo que a partir de ahí me quedé sin vocación y tuve muchos oficios. El más espectacular: limpiador de ventanas; el más humillante: lavacopas; el más burgués: comerciante de antigüedades; el más secreto: criptógrafo en Cuba"


¿Criptógrafo en Cuba?

Pues sí, cuando trabajaba en Prensa Latina, Walsh fue el hombre que descubrió el plan de invasión de Playa Girón (o Bahía de Cochinos). Lo cuenta García Márquez en "Rodolfo Walsh, el hombre que se adelantó a la CIA".

"Jorge Masetti, había instalado en la agencia una sala especial de teletipos para captar y luego analizar en junta de redacción el material informativo de las agencias rivales. Una noche, por un accidente mecánico, Masetti se encontró en su oficina con un rollo de teletipo que no tenía noticias sino un mensaje muy largo en clave intrincada. Era en realidad un despacho de tráfico comercial de la "Tropical Cable" de Guatemala. Rodolfo Walsh, que por cierto repudiaba en secreto sus antiguos cuentos policiales, se empeñó en descifrar el mensaje con ayuda de unos manuales de criptografía recreativa que compró en una librería de lance de La Habana. Lo consiguió al cabo de muchas horas insomnes, sin haberlo hecho nunca y sin ningún entrenamiento en la materia, y lo que encontró dentro no solo fue una noticia sensacional para un periodista militante, sino una información providencial para el gobierno revolucionario de Cuba. El cable estaba dirigido a Washington por el jefe de la CIA en Guatemala, adscripto al personal de la embajada de Estados Unidos en ese país, y era un informe minucioso de los preparativos de un desembarco en Cuba por cuenta del gobierno norteamericano. Se revelaba, inclusive, el lugar donde empezaban a prepararse los reclutas: la hacienda Retalhuleu, un antiguo cafetal al norte de Guatemala".


Walsh escribía cuentos policiales y amaba el ajedrez. Y hubiera seguido escribiendo cuentos policiales y jugando al ajedrez. Si hubiera podido.

En 1956 tuvo lugar un levantamiento contra la dictadura (o Revolución Libertadora, por otro nombre) de Aramburu. El golpe era un movimiento civil y militar, a cuya cabeza estaba el general Juan José Valle.

Walsh se enteró en el cafe de La Plata donde solía jugar al ajedrez. En Operación Masacre recuerda Walsh cómo vivió aquellos días:

"Tampoco olvido que, pegado a la persiana, oí morir a un conscripto en la calle y ese hombre no dijo: "Viva la patria", sino que dijo: "No me dejen solo, hijos de puta".


Hasta ese momento, la postura de Walsh era clara y no muy incómoda:

"Tengo demasiado para una sola noche. Valle no me interesa. Perón no me interesa, la revolución no me interesa. ¿Puedo volver al ajedrez?

Puedo. Al ajedrez y a la literatura fantástica que leo, a los cuantos policiales que escribo, a la novela "seria" que planeo para dentro de algunos años".


Ha visto cosas, por supuesto, un hombre tiroteado, sangre en las ventanas,soldados con fusiles en las azoteas, pero aún puede mirar para otro lado, volver al ajedrez, como si no hubiera visto nada, porque todo eso en realidad no le concierne tanto, ya que:

"Pudo ocurrir a cien kilómetros, pudo ocurrir cuando yo no estaba".


Seis meses después un hombre le dice, tomando una cerveza:

-Hay un fusilado que vive.

Walsh va a ver a ese superviviente de un fusilamiento, un tal Livraga.

"Livraga me cuenta su historia increíble; la creo en el acto".


Ya no puede volver al ajedrez. Abandona su casa, su nombre, empieza a ir armado y se dedica a demostrar la verdad: Operación Masacre, la crónica de los fusilamientos en el basural de José León Suárez.

Busca testigos y los encuentra.

El primero es un hombre que por fin se anima.

Se anima a hablar, a dar testimonio, a contar la verdad.

"Temblando y sudando, porque él tampoco es un héroe de película, sino simplemente un hombre que se anima, y eso es más que un héroe de pelicula".


Como el propio Walsh, que era un tipo delgado y que, según García Márquez, tenía pinta de vendedor de Biblias, pero que se animó. Fue simplemente ese hombre que se anima: más que un héroe, sin ser un héroe.

No sé si entiendo bien a Walsh, pero creo que sí: creo entender por qué son más importantes los tipos que se animan que los héroes de película.

El resultado es Operación Masacre, una historia real, como la de Truman Capote en A sangre fría.

Aunque Walsh la escribió tres años antes que Capote.

A partir de ahí, sin embargo, a Walsh ya no le resulta posible volver al ajedrez ni mirar para otro lado.

Comienza la militancia y llega un momento en que se considera un combatiente revolucionario antes que un escritor. Y así lo dice.

Era partidario de la lucha armada. Y así lo dice.

Y luchó.

Murieron compañeros (muchos con su propia cápsula de cianuro, porque, como solían decir: lo malo no es cantar, lo malo es caer)y murió su propia hija, a la que rodearon con tanques y hasta un helicóptero.

Ella salió al balcón con una ametralladora y, cuando no pudo más, en camisón, gritándoles que no la iban a matar, se disparó un tiro en la cabeza.

La muerte de su hija la cuenta Walsh en esta hermosa Carta a mis amigos de diciembre de 1976.

Finalmente, le tocó a él.

Walsh era un objetivo importante para los militares de la dictadura. No sólo por su obra literaria y periodística, no sólo por ser el jefe de inteligencia de los montoneros, no sólo por su agencia clandestina de noticias ANCLA; quizá, más que nada, porque ellos pensaban que precisamente él no debería haberlo sido, no tenía derecho a animarse.

Rodolfo Walsh quiso ser aviador, ya nos lo ha dicho él más arriba, pero el que de verdad se hizo aviador fue su hermano: piloto naval, ya retirado cuando asesinaron a Walsh, pero que en el 55 había participado en bombardeos para intentar derrocar a Perón.

Era un compañero de armas de los que perseguían a su hermano Rodolfo.

Así que Rodolfo Walsh, para los militares, era un traidor, alguien que había cambiado de bando, alguien que tenía que haber sido uno de ellos, no un enemigo, alguien que no tenía ninguna razón para animarse.

El 24 de marzo, Rodolfo Walsh redacta su impecable Carta abierta de un escritor a la Junta Militar. Hace varias copias con papel carbón.

Las lleva consigo al día siguiente, con sobres y franqueo, además de su Walter PPK del 22.

Tiene que acudir a una cita, pero antes consigue echar las copias de la carta al correo, dirigidas a periodistas y organismos extranjeros.

Según Miguel Bonasso, Walsh acudía a la llamada de un compañero. Lo que no sabía es que el compañero ya había sido capturado por el Grupo de Tareas 33/2 de la Escuela de Mecánica de la Armada.

Le han torturado hasta conseguir que pida auxilio a Walsh y acuerde una cita con él: es una trampa, una auténtica ratonera.

La cita es a las dos de la tarde: desde mediodía le están esperando.

Intentan atraparle, pero Walsh abre fuego de inmediato con su 22.

Si has leído la carta sobre la muerte de su hija, entenderás por qué.

Le disparan y se lo llevan moribundo.

Uno de los asesinos, Weber, lo contó más tarde con cierta jactancia:

"Lo bajamos a Walsh. El hijo de puta se parapetó detrás de un árbol y se defendía con una 22. Lo cagamos a tiros y no se caía el hijo de puta".


Su cadáver no apareció jamás.

Y esta es parte (una mínima parte) de la historia de un hombre que un día ya no pudo volver a seguir jugando al ajedrez.

Un hombre que se animó.

Simplemente.

Un escritor que no creía en convertirse en autor, pero que hizo realidad uno de los mayores logros posible para quien escribe. Consiguió lo más difícil: como dijo de él David Viñas, "su palabra llegó a valer más que su firma".

Mi gran amigo Chavi Azpeitia ha reeditado ahora Operación Masacre en 451.

Te la recomiendo.

Leela, anímate.

Simplemente.

Otro rato te cuento mi viaje a Oviedo, que acabo de llegar.

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domingo 21 de septiembre de 2008

¡Que no se quema!

Ya estoy en Madrid, porque ha empezado el cole. Vinimos Anusca y yo en tren, desde Valencia, que es una ciudad que despierta en mí la lujuría. Me pone, no sé por qué. Me siento en una terraza de la calle Colón y, de cada diez mujeres que pasan, me dejaría corromper por seis, por muchas explicaciones que tuviera que dar luego al volver a Madrid: no digo más.

Mi hija me hizo una foto en un parque, ésta:



Y también hizo una pelicula en la que estoy cocinando. Para que se vea que soy uno de esos tipos encantadores que cocinan y todo.

En la peli sale una de mis posesiones más valiosas. La tengo hace casi veinte años. Es un utensilio que sirve para mantener los libros abiertos y así, mientras lees, puedes usar las manos para hacer otra cosa: liar cigarrillos, rascarte, hacerte pajas, acariciarle a tu novia las rodillas, comer, lo que se te ocurra. Es una tira de cuero que tiene dos láminas de plomo en los extremos: simple y eficaz.


Aquí estoy, cocinando.




Por cierto, Anusca se equivoca: no se quemo nada, lo prometo.

Como ves, cocino y todo: estoy hecho un auténtico metrosexual.

Cuando quieras, vente a cenar.

A pesar de todo, adoro comer fuera. Nada más llegar tuve una comilona en La Parrilla Argentina, calle Hortaleza, con Ramón Pernas, Edu Vilas, Tito Redondo y Miguel Roig.

Soy amigo de Ramón Pernas desde hace muchos años, pero cada día nos sorprendemos con el descubrimiento de nuevas afinidades electivas. Por ejemplo, que él es un lector tan apasionado como yo de Galdós, aunque más riguroso (la prueba, la introducción que ha hecho para La segunda casaca y El grande Oriente en los Episodios Nacionales de Espasa y El Mundo).

A mitad del lomo alto, decidí confesarme:

-Amigos, compañeros, pensad lo que queráis de mí, pero tengo que deciros algo. A mí me excita Sarah Palin. Me la follaría de muy buena gana...

Esperaba insultos, chacotas, miradas reprobatorias o de compasión y hasta alguna receta médica; pero lo que no esperaba es que Ramón se atragantara y a duras penas consiguiera decir, temblando de entusiasmo, cuando por fin consiguió tragar el sorbo de vino:

-¡No te fastidia! ¡Y yo tres veces!

-Me embrutece, no sé, tiene tanta pinta de pazguata...

-Claro, esas son las más viciosas en la cama, las mejores.

-La pazguata pazpuerca.

-Debe ser una fiera, pero encima (bueno, debajo)llevará ropa interior decente, de algodón... ¿te imaginas?

Todos nos imaginamos. Todos tragamos saliva con esfuerzo. A todos se nos nubló la vista y nos salió la voz más ronca, como de marinero recién desembarcado.

El resto de la comida giró, por consiguiente, alrededor de dos asuntos cruciales:

A) ¿Qué te gustaría hacerle a Sarah Palin?

B) ¿Qué te gustaría que Sarah Palin te hiciera?

¡Ave María Purísima, lo que salió allí sobre el mantel, como desenterrado de una fosa común, una vez que pasamos a los whiskies! ¿Te cuento el uso que quería darle Ramón al pintalabios? ¿Cómo se proponía Tito deshacer el moño de Palin? ¿Dónde imaginaba Edu sus uñas pintadas? ¿Qué otra única prenda, además de los zapatos, pensaba dejarle puesta Miguel?

Y tú, ¿qué responderías?

Además de afinidades electivas, Ramón y yo también tenemos afinidades despectivas, para usar la brillante acuñación de José María Lassalle. Coincidimos en cosas que despreciamos. Una, por ejemplo: la petulancia.

Nunca he conseguido leer nada de Joyce Carol Oates. Una vez, hace veinte años, empezé un cuento y, aunque no lo pude acabar, y aunque no recuerdo de qué iba así me aspen, lo que no he olvidado es el abrumador aburrimiento que me provocó, y ese cansancio corporal que me hizo sentir, esas ganas furiosas, urgentes, de cerrar el libro y salir a la calle y tomar cañas con cualquiera.

En El Cultural de El Mundo leo que esta Oates (la anti-Palin, sin duda, la anti-lujuria: por Dios, qué pinta tiene) afirma:

"No estoy segura de que los estadounidenses estén preparados para un lider como Obama".

Con dos ovarios.

Cuántas veces no habré oído lo mismo en mi infancia franquista: "el pueblo español no está maduro para la democracia".

Como Franco, Oates puede mirar por encima del hombro a sus conciudadanos y decidir si están o no preparados para la democracia, el destape, el divorcio, la libertad de prensa o ese gran Obama que ni siquiera nos merecemos.

Manda ovarios.

Eso, en román paladino, sólo significa: creo que el partido Demócrata ha elegido un mal candidato. ¿Es eso lo que quiere decir Oates? Si, según su análisis, los votantes no sintonizan con Obama, el error político es suyo, por elegir ese candidato. Vamos, digo yo.

Woody Allen tampoco se ha mordido la lengua:

"Si Obama no gana será una humillación nacional".

Con dos huevos.

Luego se sorprenden de que los norteamericanos desconfíen de los intelectuales neoyorkinos y piensen que han perdido pie con respecto a la realidad.

A los norteamericanos, como a los de Cangas de Onís, lo que les irrita es la condescendencia y la petulancia.

Como dejó dicho el Caudillo, nada hay más insufrible que "la enorme soberbia de los intelectuales".

Nada más lejos de mi posición política que McCain y Palin. Sin embargo, esa Obamalatría gazmoña de la izquierda europea (incluyo a Oates y Woody Allen) acaba provocando arcadas en el más templado.

Uno oye a Obama decir vaciedades zapaterianas (proyecto, ilusión, cambio, generación, esperanza y así hasta el día del Juicio por la tarde) y, de pronto, agradece frases brillantes como la de Sarah Palin, que es exacta y cierta, y además le define:

"Este señor ha escrito dos autobiografías de sí mismo, pero ha sido incapaz de aprobar una sola ley".

Cómo no van a dar ganas de irse a la cama con ella. Y follar por los codos, como descosidos.

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martes 9 de septiembre de 2008

Varguitas el escribidor

El socialismo no tendrá éxito en Venezuela, lo dice Vargas Llosa.

¿Por qué? Pues porque Venezuela tiene una tradición democrática y, claro, "estas prácticas democráticas calaron profundamente en la sociedad venezolana [...] y el hábito de ejercitar la libertad no desapareció y los venezolanos no han renunciado a ella".

Por eso Chávez no podrá subyugar a ese pueblo educado en la democracia.

Lo dice Vargas Llosa, que sitúa las prácticas democráticas entre 1958 (caída de la dictadura de Pérez Jiménez) y 1999 (Hugo Chávez). O sea, hablamos, por ejemplo, de Carlos Andrés Pérez (ese hombre honrado), de las revueltas de hambre, del Caracazo (cuando mandó al ejército a disparar contra la población), etc.

Todo esto ha forjado "ese espíritu independiente y librepensador aclimatado a lo largo de cuatro décadas de vida democrática", que es un espíritu que lógicamente se rebela contra el yugo socialista.

Lógico y natural, nos ha merengao. Qué menos cabe esperar de espíritus independientes y muy librepensadores (sobre todo con el dinero público) como Carlos Andrés Pérez.

Por eso, el socialismo no triunfará.

¿Y Cuba?

Bueno, lo de Cuba es distinto, pero Vargas Llosa también nos lo aclara: "¿Quién puede dudar que el socialismo en su versión cubana tiene los días contados?", nos dice.

Y eso, ¿por qué?

Bueno, Vargas Llosa lo prueba de forma concluyente. La prueba del nueve de la imposibilidad del socialismo.

Ahí va.

Se trata de lo que él llama una anécdota. Un amigo de un amigo, etc., lo de siempre.

Resulta que, en un taxi, en Caracas, el conductor era cubano y médico. Estaba feliz en Venezuela y, al final, le confesó al pasajero: "Cuando llegué a Venezuela y vi por primera vez una botella de Coca-Cola, se me llenaron los ojos de lágrimas".

La conclusión de Vargas Llosa es que, "si después de medio siglo de revolución", este taxista derrama lágrimas ante una botella de Coca-Cola, el socialismo tiene los días contados.

Formidable.

No sé a ti, pero a mí se me ha puesto toda la carne de gallina y a punto he estado de ponerme a sollozar junto con el taxista médico, librepensador y adicto a la Coca-Cola.

Al taxista llorón y al pasajero amigo de un amigo ya los conocemos. Son viejos amigos nuestros. Los hemos tratado durante años.

Son los mismos que han visto cocodrilos albinos en las alcantarillas de Manhattan. A la novia de un amigo de un amigo del pasajero del taxi, en un descampado, le dieron a elegir entre pellizo o pinchazo. Cuando eligió pellizco, le arrancaron un pezón con unas tenazas. El taxista lloriqueante se ha acostado en La Habana con mujeres jóvenes a cambio de unas simples medias de nylon. Es sabido que, en el Caribe, la gente joven se desvive por las medias, cuanto más abrigadas mejor. El padre del taxista tenía un amigo que, en Italia, ya entró con los americanos y follaba a cambio de dos paquetes de Lucky Strike. Ese pasajero del taxi ha estado en muchas carreteras, y ha recogido autoestopistas, y jura que es cierto lo que le pasó una vez.

-Tenga mucho cuidado con la siguiente curva: allí es donde me maté yo -le dijo una misteriosa mujer de pelo rubio que se había sentado en el asiento de atrás.

Pasada la curva, que es verdad que era muy peligrosa, la mujer rubia había desaparecido.

Más tarde pudo confirmar que, en esa misma curva, había habido hacía años un terrible accidente en el que falleció una pasajera rubia.

El taxista llorón y coca-colo tiene un primo de un cuñado que trabaja de noche en Urgencias en varios hospitales. Ha visto a casi cualquier famoso que le nombres ingresando a las cinco de la mañana con algo incrustado en el recto, que no se lo podían extraer.

A menudo se trataba, precisamente, de una botella de Coca-Cola. El taxista, su primo, su cuñado, los médicos de guardia y hasta las enfermeras, a la vista del preciado elixir, no podían contener las lágrimas.

Una sobrina de una amiga de la mujer del taxista fue al cine con su compañera de pupitre. Tenían once años. La sobrina fue al baño y la amiga vio que hablaba con un individuo de aspecto árabe, luego vio que se acercaba a una furgoneta.

¡Nunca más se supo!

-Trata de blancas -afirmó el Comisario con gesto lúgubre-. Lo vemos a diario. Esa chica ahora mismo ya estará en algún emirato, prisionera en un harén en mitad del desierto. Nunca la encontraremos. Mira que lo repetimos: ¡jamás hay que hablar con desconocidos!

En la casa tienen su foto colgada en el salón: una niña con trenzas y aparato dental. Ayer habría cumplido treinta y cinco. La amiga que se salvó, está casada y ya tiene una hija de once años: nunca la deja ir al cine.

Este artículo, "piedra de toque", o pedrada, se publicó el domingo 24 de agosto.

El domingo pasado escribía Vargas otra de sus pedradas, ésta sobre Rusia y Georgia.

Aún no lo he leído, pero espero con impaciencia reencontrarme con Rasputín, el oso soviético, los apartamentos de diez metros cuadrados para ocho familias, el KGB y los sanatorios psiquiátricos para escritores.

Voy a disfrutar de nuevo como si tuviera diez años. Mejor que Julio Verne y Sven Hassel.

Este sorprendente giro de Vargas Llosa hacia el folclore popular, las leyendas urbanas, los bulos y el melodrama de teleserie, con su taxista que prorrumpe en llanto ante la botella de Coca-Cola, me parece fascinante.

Quizá estaba ya prefigurado en su (excelente) novela La tía Julia y el escribidor.

Marito, el aprendiz de Flaubert, al que también llaman Varguitas, por fin se ha convertido en Pedro Camacho, el escribidor de seriales folletinescos para la radio.

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