De ahí lo saqué, claro
Gracias, Antonio. Por supuesto. En cuanto lo leí, me di cuenta: a mí también me sonaba. De ahí lo tuve que sacar, de un libro de texto que olvidé. Luego he pensado que se me había ocurrido a mí. Pues no. Lo saqué de ahí. ¡Que yo no soy Bumbury, coño! Ha sido involuntario, pero es así.
De hecho, no sólo debí de leerlo en el libro de texto, sino que seguro que volví a leerlo en las memorias de Neruda. En el desorden de mi casa he encontrado Confieso que he vivido. Es una edición de 1974, en Seix Barral. La primera, que compraron mis padres y recuerdo haber leído de casi niño. Tiene una bonita foto de Neruda con su firma en tinta verde. En la pág. 164 leo:
Miguel era tan campesino que llevaba un aura de tierra en torno a él. Tenía una cara de terrón o de papa que se saca de entre las raíces y conserva frescura subterránea. Vivía y escribía en mi casa.
Aclarado, Antonio, y mil gracias. De ahí lo saqué. Lo leí, lo olvidé y, cuando lo recordé, pensé que se me había ocurrido a mí.
Cada vez que veo un caso de estos de plagio involuntario, me acuerdo de lo que me contó mi amigo y maestro, el poeta chileno Pedro Lastra.
Estaba Pedro un día con García Márquez y le dijo:
-Gabo, ¿tú leíste la memorias de Darío?
García Márquez le dijo que no fastidiara, que cómo no, que miles de veces, que había leído y releído las memorias de Rubén Darío.
Pedro le preguntó entonces que si recordaba el comienzo.
-No, no recuerdo -admitió García Márquez.
Entonces leyeron los dos el libro que había traído Pedro, esa parte, al comienzo de su autobiografía,en la que Rubén Darío cuenta que uno de sus primeros recuerdos es cuando su tío le llevó en una expedición a caballo para que conociera el hielo.
Cuenta Pedro que García Márquez se puso pálido, se dio un manotazo en la frente y exclamó:
-¡Puta, de ahí lo saqué!
No lo cuento para justificarme, que conste.
Esas cosas pasan y, cuando pasan, da mucha vergüenza, pero lo único que uno puede hacer es decirlo y reconocer que la memoria te ha jugado una mala pasada.
La semana que viene me voy a Colombia.
Viví varios años en Cali de niño y luego, de mayor, volví a vivir en la parte de Colombia que está en Queens. Todos los viernes me iba a casa de Ángela y Linda en metro. Me tenían puesto un colchón y una botella de whisky (Canadian Club, no sé por qué) al lado. Linda tenía un OED (el diccionario de Oxfod) completo, que venía en una caja grande con una lupa. Me encantaba cotillear en el OED, que asocio al sabor del Canadian Club. Por las mañanas bajaba a comprar el periódico y arepas con quesito para desayunar. Lo pasábamos muy bien, y yo adoraba a Ángela.
Hace un par de años me enteré de que Angelita venía a Madrid a un aquelarre feminista de esos que organiza mi amiga Ángeles Encinar. Con esa ventaja, fui al conciliábulo ("Escritoras y escrituras" o cosa semejante), vi a Angelita de espaldas en una escalera y grité:
-¡Ese culo perfecto me suena de algo!
Hacía diez años que no nos veíamos. Sin volver la cabeza, Ángela dijo:
-No puede ser más que Rafita el bruto.
Ninguno hemos cambiado mucho: acabamos con una amiga suya, una refinada chica de NY, como de película de Woody Allen, tomando whiskies en El Parnasillo, calle San Andrés. Angelita y yo nos cogimos una tajada como un piano y yo me puse a tocarles el culo a las dos. La neoyorkina se escandalizó un poco; Angelita y yo nos partíamos de risa.
Bueno, pues resulta que Angelita y Claudia Montilla ahora tienen vara alta en la vida cultural de Bogotá y nos han invitado a un encuentro de escritores a los viejos amigos (Eduardito Becerra, el Orejudo y yo).
Claudia Montilla me vendió el primer coche que tuve (me lo regaló, en realidad), un Volskwagen Rabbit. En el Rabbit (un automóvil temperamental, que me dejó tirado en todas las Interstates)nos íbamos Claudia y yo a tomar whiskies a unos bares al lado del mar, muy agradables, donde nos hacíamos confidencias y poníamos a todo el mundo como hoja de perejil.
Mal se nos tiene que poner para no divertirnos en Colombia.
Aquí estamos, cuando entonces, Paco Kühn, Ángela Pérez, yo y Claudia Montilla, en Long Island, en el homenaje que le dimos en Stony Brook a Elías Rivers, en 1992, según pone detrás de la foto.

Entonces yo escribía mi tesis sobre la representación literaria de la prostituta en la novela del XIX. Leíamos sin parar Lou Deutsch, mi directora de tesis y yo. Pocas veces he estado tan contento como leyendo y bebiendo en Long Island, y pasando los fines de semana con Angelita en Queens.
Aquí está Ángela en mi casa (bueno, la compartía con tres chicas: Angelita Morales, ese encanto de mujer, una india y una china que casi no limpiaba el baño que usábamos ella y yo):

En aquella casa hacíamos reuniones bastante divertidas, con cierta preferencia keynesiana por la liquidez (como diría García Hortelano). En ésta de la foto, no recuedo por qué (o sí, pero me lo callo) acabé en camisón (prestado, era de una novia que tenía), como se puede ver en esta foto en la que estoy con Antonio Vera-León, un amigo profesor y escritor cubano.

La pongo para presumir, qué pasa. ¿Acaso a ti no te parece que tengo unas rodillas estupendas?
A mí también me ha dicho Paris Hilton lo mismo que le ha dicho a Sarah Palin:
-Rafita, tú tienes un cuerpo potente, pero no te lo guardes para ti mismo.
Etiquetas: Colombia, Estados Unidos, García Márquez, Pedro Lastra, Rubén Darío, Ángela Pérez
Pues aquí pondré lo que se me vaya ocurriendo. Poca cosa, en general. Lo primero que se me pase por la cabeza. Lo que lea por ahí y lo que me cuenten en la barra de los bares o los amigos. Y si alguien quiere poner algo también, estupendo: no censuraré ningún comentario.

















