Rafael Reig, blog, escritor, novelista, literaturaPues aquí pondré lo que se me vaya ocurriendo. Poca cosa, en general. Lo primero que se me pase por la cabeza. Lo que lea por ahí y lo que me cuenten en la barra de los bares o los amigos. Y si alguien quiere poner algo también, estupendo: no censuraré ningún comentario.


For your yellow hair

Ya he vuelto de Miranda de Ebro, donde paso siempre los Reyes con mi hermana Columna, José Manuel y los sobrinos Rafael y Nieves.

Vinimos Anusca y yo en tren, que sólo se retrasó una hora y cuarenta minutos. No es tanto, para la media de la RENFE desde que el AVE mandó recoger el resto de la red ferroviaria.

 

 

¿En qué estará pensando Anusca?

A lo mejor en lo bien que lo hemos pasado, repitiendo lo mismo de todos los años. Hemos vuelto a patinar sobre hielo en Vitoria:

 

Volvimos a la cabalgata de Reyes, recogimos caramelos al vuelo, fuimos al Concierto de Navidad del Ateneo Musical Mirandés, con la Strauss Philarmonic Ochestra de Craiova, dimos palmas cuando tocaron la Marcha Radetzky, pusimos los zapatos, agua para los camellos y whisky para los Reyes, y a la mañana siguente desayunamos roscón con chocolate. La sorpresa le tocó a Anusca.

 

Aquí están las dos primas,Nieves y Anusca, y mi hermana Columna.

Luego nos pusimos a jugar con los juguetes nuevos:

Aquí están mi cuñado José Manuel y mi sobrino Rafael desmontando los juguetes que les dejaron los Reyes. Sylvia Plath para José Manuel; Georges Perec para Rafael.

En mi zapato estaban las poesías de W. B. Yeats.

Había leído a Yeats hace la torta de años. Una vez, de joven, escribí una novela sobre Marylin Monroe. En alguna parte tenía que hablar sobre esa terquedad de Marylin para que la consideraran algo más que una tía buena. ¡Soy algo más que una cara bonita: tengo vida interior!, etc.

Hice el capítulo y puse como epígrafe un fragmento de “For Anne Gregory”, de Yeats y una cita de Marylin. Lo de Yeats es ese poema en el que todos los tíos adoran el cabello dorado de una tía. Ella quiere que la quieran por sí misma, no sólo por su belleza:

Love me for myself alone

And not my yellow hair

Como si dijera: quiéreme sólo por mí misma, no por mi cabello dorado.

El poeta no tiene más remedio que admitir que:

Only God, my dear,

Could love you for yourself alone

And not your yellow hair.

Es decir: sólo Dios, querida, sería capaz de quererte sólo por ti misma, y no por tu cabello dorado.

¿Cómo no sentir la atracción de la belleza física? Sólo un dios inmortal podría: los mortales no podemos evitarlo.

Desde entonces (casi hace veinte años) no había vuelto a leer a Yeats, así que los Reyes me dieron una alegría enorme.

Lo que quería entonces, en aquella novela, era que el epígrafe mantuviera cierta tensión con el capítulo. Para eso sirven los epígrafes, ¿no?

Un ejemplo excelente es el propio Yeats. Si uno lee sólo la poesía “Politics”, ¿qué piensa?

How can I, that girl standing there,

My attention fix

On Roman or on Russian

Or on Spanish politics?

Yet here’s a travelled man that knows

What he talks about,

And there’s a politician

That has read and thought,

And maybe what they say is true

Of war and war’s alarms,

But O that I were young again

And held her in my arms!

Que nos viene siendo:

¿Cómo puedo, estando aquí esa chica,

concentrarme

en la política de Roma, de Rusia

o de España?

Sin embargo, aquí hay un tío muy viajado que sabe

de lo que está hablando,

y hay un político

que ha leído y ha pensado,

y tal vez lo que dicen es verdad,

sobre la guerra y la amenaza de guerra,

pero, ¡Oh, si yo fuera de nuevo joven

y la tuviera entre mis brazos!

Si sólo lees la poesía, te suena demasiado banal, ¿verdad? Casi un poco como aquel consejo que Franco le daba a sus visitantes:

-Usted  haga como yo, joven, y no se meta en política.

El epígrafe que le pone Yeats es una cita del muy severo Thomas Mann: “In our time the destiny of man presents its meaning in political terms” (En nuestro tiempo el destino del hombre muestra su significado en términos políticos”.

Así ya es otra cosa, ¿verdad?

Entre esos dos polo se establece una corriente eléctrica: por eso el poema da calambre.

No es necesario que sea un epígrafe, puede estar dentro del poema, pero sí creo que en una poesía tiene que dos polos que formen una corriente eléctrica, haz y envés,circulación sanguínea; creo que un poema es como el pulso en la muñeca, lo que nos sobrecoge es el intervalo que entre latido y latido, entre lo que dice y lo que calla, entre lo ausente y lo visible. Un buen poema me parece a mí que tiene que discutir consigo mismo, tirar de quien lee al mismo tiempo en direcciones opuestas.

Tal y como dice este poema de Marylin Monroe (que, en efecto, escribía buenos poemas, además de ser un cuerpo espectacular):

Life -of which at singular times

I am both of your directions-

somehow I remain hanging downward

the most

as both of your directions pull me

Como quien dice (más o menos):

Vida -de la que en ocasiones singulares

voy en ambos tus dos sentidos-

de alguna forma permanezco colgando bocabajo

la mayor parte

mientras ambos sentidos tiran de mí.

 Marylin, que había leído a Yeats, escribió una carta en la que decía:

Love me for my yellow hair alone   

Quiéreme solamente por mi cabello dorado…

Ésa fue la respuesta de Marylin, la que cité en el epígrafe a continuación del poema de Yeats.

¿Qué quieres tú? ¿Qué te quieran por tu cuerpo o for yourself alone? ¿El amor de un inmortal o el de quien sabe que va a morir?

El entrañable caganer

Otra navidad. Otra nochevieja.

Feliz 2009, con una copa de champán y serpentinas:

 

Además de brindar sin ropa y con máscaras, hemos puesto el belén, hemos comido turrones, salmón con alcaparras y los indispensables rollitos de jamón de york con huevo hilado.

 

Aquí está Anusca, poniendo el belén con Violeta y Marcela.

Tenía sus rios de papel de plata, su paquete de sal gorda para que pareciera nieve y hasta su caganer agachado detrás de un olivo.

Como todos los belenes.

Hemos hecho lo que hace todo el mundo. Eso es lo que más nos gusta de la navidad: que sincronizamos los relojes. A la de tres, vamos a sentir todos los mismos buenos sentimientos… Una… Dos… ¡Y tres: ahora!

Seremos vulgares, vale, sí; y muy poco auténticos además, de acuerdo; pero no estamos solos: nos basta con eso.

En navidad nos llenamos de espíritu navideño, qué pasa. Hacemos por querernos, no más, sino mejor; pero a partir de mañana, el año que viene. Nos sorprendemos de nuevo (¡otra vez!) al darnos cuenta de que, en realidad, no es tan difícil. Qué poco cuesta hacernos felices unos a otros, descubrimos otra vez, como si no lo supiéramos ya, como si no lo descubriéramos todas las navidades.

Y también tenemos, como es natural, la cuñada diabólica o el tío cascarrabias. Ese personaje indispensable del folclore navideño.

Como el espumillón o las bolas del árbol, en navidad hay que conseguir un “odiador de las navidades” para decorar la casa.

Esos tipos que odian las fiestas, los que hacen regalos sólo cuando los sienten de verdad y no porque lo diga el calendario o los grandes almacenes, los que detestan las cenas de empresa, a la familia, tener que emborracharse por obligación y que todos tengamos que fingir que nos queremos mucho y estamos muy contentos, sólo porque sea navidad.

Unas fiestas sin uno de estos abominables adversarios de la alegría por decreto son como un belén sin su caganer.

Sin estos tipos más auténticos que nosotros, más independientes, con más personalidad y que tienen su propio (y enfurruñado criterio), nada sería lo mismo.

Como el caganer, a los más pequeños les encanta. Lo primero que buscan los niños es el muñeco que caga a escondidas y a ese tipo que odia los regalos, los brindis, los langostinos y que todo el mundo se empeñe en estar contento.

Con qué ilusión esperan su llegada, como si fueran los Reyes Magos. Qué mágico es para los pequeños ese momento en que el caganer odiador ofrece su espectáculo.

Le piden que repita sus números favoritos:

-Papá, por favor, dile a la tía que repita que por qué tenemos todos que fingir que nos queremos, cuando el resto del año no nos podemos ni ver.

-Papi, por fa, por fa, dile al tío que se queje otra vez de que el champán le da acidez, por fa, por fa.

-¡Paz y amor! ¡Paz y amor! -repiten los más traviesos, sólo para ver cómo se descompone el caganer y la cara de vinagre que se le queda, como si le hubiera dado un cólico miserere.

Lo preparamos todo:

Anusca pone la mesa

Anusca pone la mesa

 

Mi hija pone la mesa con cuidado, abrimos el vino, nos damos regalos, nos sentamos a comer:

 

¿Estamos todos?

¡No! ¡Todavía no estamos todos!

Sólo nos faltas tú.

Tú y el caganer.

Sin él no hay navidad, sin alguien que nos recuerde hasta qué punto somos adocenados, sumisos, municipales y espesos.

En estas fechas, con tantos buenos sentimientos, siempre recuerdo un poema de Alden Nowlan que me hace mucha gracia. Se titula “He Attempts to Love His Neighbours” (El poeta intenta amar a sus vecinos):

My neighbours do not wish to be loved.

They have made it clear that they prefer to go peacefully

about their business and want me to do the same.

This ought not to surprise me as it does;

I ought to know by now that most people have a hundred things

they would rather do than have me love them.

There is a television, for instance; the truth

is that almost everybody,

given the choice between being loved and

watching TV,

would choose the latter. Love interrupts

dinner,

interferes with mowing the lawn, washing the car

or walking the dog. Love is a telephone

ringing or a doorbell

waking you moments after you’ve finally

succeeded in getting to sleep.

Que nos vendría siendo más o menos:

Mis vecinos no desean ser amados.

Han dejado muy claro que prefieren

dedicarse en paz

a sus asuntos y quieren que yo haga lo mismo.

Esto no debería sorprenderme tanto;

ya debería saber que la mayoría de la gente tiene

cientos de cosas

mejores que hacer que dejarse amar por mí.

Está la televisión, por ejemplo. La verdad

es que casi todo el mundo,

si le dan a elegir entre ser amado y

mirar la tele,

escogería lo segundo. El amor interrumpe

la cena,

interfiere con el cuidado del jardín, con lavar el coche,

o sacar a pasear al perro. El amor es un teléfono

que suena o un timbre

que te despierta en cuanto

has conseguido conciliar el sueño.

¡Y hasta aquí puedo leer!

Es que el resto del poema ya no me gusta nada, qué pasa, no me hace tanta gracia.

En fin, feliz navidad y próspero año nuevo a todos.

También a mi lectora, la absorta, la ensimismada, la que se acaria un tobillo con el otro, la que me imagina mientras me lee como yo la imagino mientras escribo:

Está leyendo mi libro

Está leyendo mi libro

 

Y más que a nadie, feliz año a ti, entrañable caganer, indispensable compañía navideña, personaje folclórico familiar adorada por todos los niños del planeta, pequeña figura de barro, pero de otro barro distinto, de mejor calidad que el barro del que estamos hecho nosotros, los demás.

De cañas con Alfredo Landa

Que si Landa quiso matar a Dibildos, que si Landa, de joven, en una estación, le tocó una teta a una señora desconocida (con el infalible sistema de “la mano tonta”), que si Garci le parece un tipo petulante, ingrato y engreído… Todo el mundo está entusiasmado con el cotilleo. Y eso es muy bueno y muy santo, pero déjame un minuto para contarte otra cosa del libro Alfredo el Grande. Vida de un cómico, de Marcos Ordoñez.

A mí lo que más me interesa es la voz narrativa, cómo ha creado mi amigo Marcos un voz verosímil, un Landa que reconocemos de inmediato como auténtico.

Habrá quien piense que, para eso, basta con poner un magnetofón y grabar a Landa.

Nada más falso: siempre es una creación literaria.

Incluso cuando escribo en primera persona, cuando digo “yo”, siempre estoy construyendo un personaje.

Hay un momento en el que Landa se queja de la situación del cine y acaba diciendo:

-Bueno, vale, pero es muy fácil echarle la culpa al empedrado.

Qué maravilla volver a oír esa expresión.

En otra parte, le hacen una propuesta y afirma que aquello “era más sospechoso que un gitano haciendo footing”.

Dice que algo era “la leche en porrón” o “la monda en patinete”, presume con un rotundo “¡chúpate esa, universo!”, nos cuenta que alguien era “un juerguista de campeonato” o que otro estaba “como una regadera”.

Alguien podría pensar: es que Landa habla así y basta con transcribirlo.

Y un rábano.

Es una creación. Lo más difícil es la naturalidad. Conseguir que el lector piense que es espontáneo. Que piense que es “auténtico”.

Esto es como el trapecio: hay que ensayar mucho para que parezca fácil. ¿Quién quiere ver a un trapecista sudar, temblar y pasar miedo? No fastidies: tiene que parecer que un triple mortal es lo más fácil del mundo.

(Entre paréntesis, cuánto hacen lo contrario, cuántos autores escriben como trapecistas sudorosos,resoplando por el esfuerzo y temblando de miedo, agotados de tanto como les cuesta y con un redoble de tambor cada dos capítulos, para que el lector se dé cuenta de lo difícil que es).

Hay que inventar una voz, hay que premeditar la espontaneidad. Así se consigue lo más difícil: una verdad.

Yo, que no he visto en mi vida a Alfredo Landa, leo el libro y me digo: éste es el auténtico Landa, su propia voz.

Como decía Machado, la verdad se inventa. Eso es la literatura: una verdad inventada.

Se miente más de la cuenta

por falta de fantasía:

también la verdad se inventa.

Un día estaba presentando un libro de un amigo y me escuché diciendo:

-… y refleja muy bien el Marruecos de los años veinte y treinta…

Entre el público hubo gestos de aprobación, cabezazos de asentimiento, de tal forma que me sentí un perfecto idiota, paré en seco y dije:

-Bueno, ¿y yo qué coño sé? Yo no he estado en mi vida en el Marruecos de los años veinte, así que no tengo ni idea de si lo refleja bien, mal o regular. Todos nacemos con una idea innata de Marruecos en los años veinte, supongo, y este libro coincide con esa idea: refleja muy bien lo que creemos que era Marruecos en los años veinte los que nunca hemos estado en Marruecos en esa época.

Eso es la literatura: una verdad inventada. Una invención que reconocemos de inmediato como la verdad.

Se ha acabado el cole, hemos ido a la fiesta Navidad en el Rufino Blanco, y ahora estamos en casa poniendo el belén y jugando al ajedrez.

Anusca me ganó ayer dos partidas, con blancas y con negras:

 

Eso duele.

Y encima, porque está desentrenada. Hace años ganó un campeonato entre colegios, y entonces jugaba más a menudo, con su reloj y su gesto de concentración absoluta.

No, no la enseñé yo. Se apuntó a un curso en el cole, en el Rufino Blanco.

Así que, para quitarme elmal sabor de la derrota,  me fui a tomar cañas con Landa, porque eso es lo que permite el libro de Marcos: tomarse unas cañas con Alfredo Landa, como si fuéramos amigos, y que me cuente cosas.

Me interesan, claro está, las cosas que cuenta; pero me interesa también, y mucho, la construcción de esa voz narrativa que, en mi opinión, es lo que de verdad le da fuerza al libro.

Casavella, un abrazo

Me acabo de enterar de la muerte de Francisco Casavella. Hace poco cenamos Violeta y yo con él y otros amigos. Fue encantador. Y eso a pesar de que le tiró los tejos a Viole (o quizá al revés, no sé). Le conté lo que yo tengo pensado para mi epitafio, que es la frase que más digo: “Me fumo un pitillito y me voy, ¿vale?”.

La repito sin parar, y luego me quedo siempre hasta el final. Poco puedo ofrecerle a Casavella, pero esa frase sí: Un pitillito y nos vamos, amigo, ¿vale?

Cuba. Menudos comentarios en el blog. Qué pesados. Qué belicosos. Qué histéricos. Acabo de desayunar con Marta Rivera de la Cruz y Martín Casariego, que no son precisamente el Komintern, y nos hemos reído mucho y, creo, todos hemos sido capaces de hablar y escuchar sin decir tonterías, ni por supuesto enfadarnos. Hasta estoy convencido de que hemos aprendido unos de otros. No es tan difícil. Inténtenlo un día, por variar.

Yo no soy un “hijo del pueblo”, ni mucho menos, sino más bien un burgués, un écrivain bien né, como dirían los Goncourt. Y me gano bien la vida. Para mí la cuestión es tan simple como el planteamiento de las dos sopas de García Márquez. Si yo fuera pobre, muy pobre, ¿dónde preferiría vivir y trabajar y que mi hija creciera? ¿En Cuba o en Haití? ¿En La Habana o en México D.F.?

Pues eso. De eso trata, en mi opinión, la justicia, la igualdad y la libertad real.

En fin, hoy sólo tres cosas sobre Cuba. Algo de turrones y niños y algo de firmas.

Un día quedamos en La Habana con nuestros amigos cubanos, Olga LidiaIroel Sánchez, Edel Morales, Abel Prieto, etc.

Abel venía muy acatarrado, era por la mañana.

-Oye, Rafael, ¿tú te tomarías un roncito conmigo? Es que estoy con catarro.

Me puse a toser con gran pompa y aparato:

-Claro, Abel, yo también, por prescripción médica.

-Yo lo tomo blanco, pero es muy fuerte para ti. Tú pide un añejo.

¿Muy fuerte? ¿Para mí? Eso duele, Abel, compañero.

Me tomé el que me recomendó. Abel exprimía limón en el vaso, por la vitamina C (sería).

Al tercer vaso apareció Violeta, que debía de estar con un cantante irlandés que enredaba por allí.

Abel se abalanzó:

-Óyeme, Violeta, ¿tú no tomas tu ron?

-Bueno, si es costumbre también aquí en Navidad, vale. En España lo tomamos de postre, el turrón.

-Todo el año, Viole, mi amol, a cualquier hora -dijo Abel-. Por favor, ponle su ron a Violeta.

Y el tío, venga de chicolear con Viole. Como es ministro de Cultura (entre otras cosas, como novelista), para fastidiar le dije:

-Tío, eres el primer ministro flamenco que veo. Pareces uno de los Chichos.

Se descojonaba.

(Entre paréntesis: en España yo he dicho cosas así a ministros y me ha costado un disgusto enorme, porque tienen un sentido del humor aquí formidable).

También le dije a Abel que me había sorprendido cómo estaba de cuidada la infancia en Cuba. Las bibliotecas infantiles, los parques, los colegios, los museos didácticos: se ve un esfuerzo espectacular por la infancia, por la educación, por la igualdad real de oportunidades.

Iroel Sánchez casi se disculpó:

-Hombre, sí, igual les mimamos demasiado…

-No, coño, si a mí me parece resplandeciente.

-Aquí ni en los peores momentos se ha cerrado una escuela.

Eso es lo que yo he visto.

Así hemos quedado Marta, Martín y yo: vamos a ir juntos a Cuba (con Marcial, Mayte y Viole, claro está) y miramos juntos, a ver qué vemos.

Aquí estamos después de la comida en El Ranchón, con bastantes turrones encima:

 

Hasta arriba de turrón de Navidad

Hasta arriba de turrón de Navidad

 

De izquierda a derecha: Edel Morales, Viole y yo, Manuel Fernández-Cuesta (el Comandante), Eduardo Vilas padre, Abel Prieto, Eduardo Vilas hijo, Iroel Sánchez, Begoña Huertas y Miguel Roig.

Dimos un curso de literatura: cinco días de clase en los que aprendimos mucho (al menos nosotros). Llevábamos de Madrid ya hechos unos diplomas para los estudiantes. Todo muy a la española, medio apergaminado, con letra de pico, y un espacio para que firmara el director del Hotel Kafka y el del Instituto Cubano del LIbro.

-No valen -nos dijeron- Esto no es aceptable.

-¿Qué pasa?

-Esto aquí no nos gusta.  Pone que van firmados por D. Iroel Sánchez.

-¿Está mal el apellido?

-No, pero aquí no usamos “don”. Aquí no nos gustan esas cosas: todos somos iguales.

Es una tontería, sin duda, pero yo vivo en un país donde he visto a gente protestar por si le ponían Ilustrísimo Señor o Excelentísimo Señor. Tontería por tontería, con esta tontería me sentía como en casa.

¿No se nota? Mira esta foto y dime:

  

Un poco de esperanza

Un poco de esperanza

 

Como decía Gil de Biedma, algunos todavía buscamos “un poco de esperanza que no venga de Miami“.

Una foto más, en la televisión cubana, donde nos reímos mucho.

La tele

La tele

Estamos Edu Vilas, Begoña Huertas, yo y Edel Morales. Estaba grabando en ese momento Manuel, el Comandante, que se entrevistó a sí mismo, para facilitar el trabajo, como debe ser.

Mañana te cuento algo de lo que estoy leyendo: la biografía de Landa que ha escrito mi amigo Marcos Ordóñez.

Te la recomiendo para Navidades.

Mientras tanto, Francis, amigo Casavella, me voy a tomar lo que me queda de la grappa de Vane y Edu, y me fumo un cigarrito y me voy.

Por Casavella.

Por aquella noche en que nos reímos tanto y tan a gusto.

¿Repetimos?

Emma me pregunta en los comentarios de este blog que por qué es tan fantástica Cuba.

Bueno, tú ya me conoces. Yo era partidario de la Revolución, pero desde que he estado en Cuba ya no: ahora soy entusiasta.

Un país empeñado en luchar por la justicia, la igualdad y la libertad, ¿cómo no va a parecer fantástico?

Cuioso: los que más insistían en Cuba en que se estaban haciendo cosas mal, que había errores que corregir y que había problemas que yo no veía, eran los altos cargos.

A mí eso ya me inspira confianza, sobre todo porque vivo en un país en el que, a medida que aumenta la responsabilidad política, disminuye el contacto con la realidad.

¿Cosas malas? Por supuesto. Sin embargo, en casi todo yo creo que es mejor equivocarse en la dirección correcta que acertar hacia el camino equivocado.

Y me parece que Cuba se equivoca, como es natural, pero en la dirección correcta.

El viaje no pudo empezar con mejor pie: en Barajas compramos un tablero diminuto en el que Begoña  Huertas y yo nos echamos unas partidas. Ajedrez (en miniatura) y whisky (en vaso de plástico) con una tía buenísima, ¿se puede pedir más?

Bueno, sí: ganarle a Bego, pero eso ya hubiera sido mucho pedir.

En cuanto llegamos a La Habana nos pusimos a brindar con Edel Morales y Olga Lydia, que habían venido a buscarnos.

Luego ya sólo queríamos repetir y seguir brindando.

Lo tengo comprobado: todo el mundo, cuando viaja, lo primero y más importante que hace es adquirir costumbres, rutinas fijas, liturgias lo más rígidas posible. Hay quien va diciendo que le gusta lo desconocido, las experiencias nuevas y patatín patatán, pero a la hora de la verdad, en la cafetería de los hoteles, cada uno ocupa cada mañana la misma mesa, como si hubiera asientos reservados.

Lo único que sólo sucede una vez, lo que no se puede repetir, es la vida: esta vida. Sólo hay, por definición, una experiencia única: la muerte.

Aunque sea en vano, nuestra forma de insurrección contra la nada es adquirir costumbres: repetir.

Toda costumbre, toda repetición, es una rebeldía, desde el hábito más inocente a la adicción más destructiva. 

Desde que llegamos a La Habana sabíamos que podíamos confiar en nuestra pasión repetitiva: tras el desayuno, tomaríamos una cerveza mientras esperábamos a Jenny (Edu, una Bucanero; yo, una Cristal), ocuparíamos luego el mismo asiento en La Fregoneta; Miguel Roig cantaría canciones, mientras Manuel Fernández-Cuesta, el Comandante, repasaría en voz alta el orden del día; daríamos nuestras clases y nos encontraríamos luego en “el bar de siempre” (como lo llamábamos ya desde el primer día). Después de comer yo pediría una copa de añejo, nadie lo dudaba.

-Otra rondita, por favor -diríamos luego varias veces, para que la vida adquiriera más espesor.

De gira en la Furgo

De gira en la Furgo

Aquí estamos: en el mismo sitio de la furgoneta cada día.

Es la única manera que conocemos de negar la muerte: volver a hacerlo.

Mientras podamos volver a abrazarnos, otra vez, en la Bodeguita del Medio o en el bar de Pedro, seguimos vivos, y cada vez que repetimos, protestamos en voz alta, nos rebelamos y le sacamos la lengua a la aniquilación, a la nada, al silencio. A nosotros, plin:

En la B del M

En la B del M

Así luchamos contra el tiempo y la nada, con armas casi de juguete, con nuestros juguetes: el sexo, la poesía, la conversación, el tabaco y otras malas costumbres.

Quizá por eso el tipo que se va a suicidar, antes de pegarse un tiro, le da cuerda al reloj y deja, como todas las noches, las gafas en la mesita de noche.

La falta de costumbres, en cambio, nos desvanece, nos desdibuja, nos atenúa, como en esta foto en la que me esfumo entre Begoña y Violeta.

La tomó Miguel Roig (aunque eso sí: disfrazado de Francis Bacon).

Un Bacon

Un Bacon

 

Por eso, en cuanto pueda, voy a volver a Cuba.

¿Repetimos? ¿Otra vez todos juntos?

¿Repetimos?

¿Repetimos?