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domingo 3 de junio de 2007

Qué Lugares

En la foto estoy saliendo de La Escondida, un buen bar en Puerta Cerrada, uno de los pocos que quedan, ahora que toda La Latina ha sido invadida por los enrollados.


Rafael Reig, La Escondida, Madrid, BlogPor desgracia, cada vez hay más bares de enrollados, "nuevas tabernas viejas", sitios donde todo el mundo se parece y tiene la misma edad y hasta la misma ropa. Son una epidemia, los enrollados: ya han tomado La Latina, Santa Ana, buena parte de Conde Duque. Estamos rodeados.

Un bar de verdad, un bar de Madrid, es todo lo contrario: reúne a los que no acabarían juntos jamás en ningún otro lugar del planeta, personas que nada tienen que ver entre sí: el marqués del cuarto, el fontanero, el ejecutivo que ha entrado a hacer pis, la maruja ludópata, el yonqui sonámbulo, la pareja que no para con las manos, el tipo que premedita un crimen o un soneto y esa mujer del fondo, que podría arruinar mi vida en cuanto ella se lo propusiera.

La barra de un bar es como un bote salvavidas en el que se reúnen, tras el naufragio, a la deriva y por supuesto "alejados de las rutas habituales de navegación", pasajeros de primera y de tercera, el grumete, la hija del capitán y la cocinera, todavía con su delantal puesto.

Los enrollados, en cambio, van a bares para ver a gente como ellos. Idénticos. Es incomprensible.

Los demás nos alegramos de llegar al bar y ver gente que no se parece en nada a nosotros. Qué alivio. Qué oportunidad de ser otro. Cualquier otro.

A mí todos los enrollados me parece como si fueran catalanes. Siempre que he ido a Barcelona he tenido la sensación de estar en una ciudad de la Edad Media, un sociedad estamental. Los universitarios van a unos bares; los editores, a otros; los funcionarios, a otros. Cada uno en su sitio. Menudo aburrimiento.

Los bares de Madrid son como la ciudad: promiscuos.

Quedan miles, por fortuna. Algunos buenos bares, por ejemplo: el Exprés de Pedro, en Noviciado. El Cabreira, en Ruiz. La taberna de Santi, en la calle Pelayo; las Bodegas Camacho, en San Andrés, el Okayama, en Carranza, el Maracaná, en Olavide o la taberna de Benja, en Cardenal Cisneros.

En estos bares, a la hora del vermú, un relámpago de felicidad siempre sobrevuela la barra; aletea junto al grifo de cerveza, se eleva hacia el calendario de pared y sale en seguida por la ventana sin mirar atrás. Por eso hay que pedir otra y volver al día siguiente.

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10 Comments:

Anonymous Anónimo said...

qué tontería, la verdad, y se te nota el odio a lo catalán

3 de junio de 2007 23:15  
Anonymous Clon catalufo said...

Eso es porque los catalanes somos todos el mismo catalán, a diferencia de los madrileños, que están, cada uno de ellos, "rezumantes de mundos", como decía Paul Celan.

4 de junio de 2007 18:53  
Anonymous Anónimo said...

Genial y absolutamente cierto, macho. Por cierto, añadiré, así, a bote pronto, el Bar de las Patatas (no recuerdo el nombre) en la calle Ferrocarril, y la Taberna Rivas en la calle La Palma.
Lo de Barcelona no sé si será cierto pero me lo han comentado varios amigos catalanes, incluyendo uno que tiene un bar.

Gaitero

6 de junio de 2007 8:49  
Anonymous Anónimo said...

Es cierto, La Escondida es un lugar muy recomendable, aunque estrecho. Su queso de cabra es único y, el camareo (y dueño, creo) un tipo encantador, me lo llevaría a casa con moto y todo (si es que es motero, que tiene toda la pinta) Cómo me gustaría ser esa mujer del final de la barra para seducirte, Reig. Sería una buena manera de ser otra, o quizás la misma

6 de junio de 2007 12:54  
Anonymous Anónimo said...

En cuanto al bar de la Calle Ferrocarril, "El museo de las patatas"... en fin, las patatas son toda una delicia, pero el bar y su dueño, dejan mucho que desear. El lugar es tan "especial" que es posible escuchar, mientras una se come las deliciosas patatas, a Manolo Caracol acompañado al piano por Arturo Pavón. Por supuesto que no hay ningún enrrollado, ni falta que hace.

6 de junio de 2007 13:01  
Blogger Rafael Reig said...

No conozco el bar de las patatas, pero me apunto. Rivas, en Palma, por supuesto. Legendaria bodega, sí, señor. Mesabíaolvidao.
Seducirme a mí es cosa muy sencilla: soy el tío más fácil de este lado del Manzanares.

7 de junio de 2007 8:11  
Anonymous Arthur Jaspers said...

Tiene usted toda la razón, aunque no confunda a los catalanes con ciertos barceloneses de adopción que han ocupado la ciudad y expulsado a sus legítimos inquilinos. Comparto su fobia hacia los gafipastos. Son una plaga que lentamente inunda la ciudad.

7 de junio de 2007 19:57  
Anonymous Anónimo said...

Querido Rafael("Rafael", has visto, no?) dime porfa dónde está lo que has escrito hace poco sobre la última novela de Chavi....venga, sé buenito.
Abrazo y ganas de verte
Augusto.
augustoabello@telefonica.net
que no sé dónde me vas a contestar...

10 de junio de 2007 14:55  
Blogger El ángel de Olavide said...

comparto el sentido de lo escrito, sobre todo en lo de incluir el Maracaná en la lista de los bares de barrio abiertos a gentes de todas las especies. Sobre lo de Barna, lamento disentir: no todo en Barcelona es Paseo de Gracia, Ramblas y Diagonal; en los barrios existen cientos de bares y cafes sin apartheid, donde se encuentran a gusto la misma fauna que tan admirablemente retratas.
Saludos

12 de junio de 2007 19:24  
Blogger Rafael Reig said...

Pues le agradezco su comentario, Ángel de Olavide. Voy con frecuencia al Maracaná, por la mañana a jugar al ajedrez; por la tarde a tomar copas a la terraza. Un lugar hospitalario.
Un abrazo

12 de junio de 2007 23:22  

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