A partir un piñón
Esto lo hacemos siempre en la mesa piñonera, así la llama mi hija Anusca.
Fuimos a un pueblo de Segovia, al lado del palacio de Riofrío, a casa de los Escudero. Mariluz había preparado un cocido espectacular, de aplauso.
Aquí están mi chica y Rafa luchando con la sombrilla, mientras Mariluz lucha con el Trío Calavera.
Luego nos quedamos toda la tarde bebiendo whisky a sorbitos. Las niñas jugaban con un conejo vivo o a poner monedas de cinco duros en el raíl de la vía del tren o a meter caracoles y gusanos en cajas de cartón con agujeros taladrados con un boli o a lo que rayos jueguen las niñas en los campos agrícolas. Qué más da: si no hacen demasiado ruido, todo andará bien; está es la regla número uno de la paternidad responsable. La número dos, para compensar, es: si no se oye nada, hay que ir a ver qué pasa.
Aquí están Anusca, Blanca y Marcela, con el conejo (todavía) vivo, aunque sin duda (bastante) aterrorizado por el Trío Calavera.
Los niños juegan a extraños juegos... ¿Te acuerdas de esa canción?
En este pueblo rural con su campo agrícola hay bastantes personas de ciudad que, por consiguiente, organizan sin parar actividades culturales, lúdicas, recreativas y teatrales. Esa noche tocaba el legendario cuentacuentos infantil en la vieja iglesia de piedra, con su no menos legendaria chocolatada para todos los pequeños. Para allá que nos fuimos, con un frío de cierta importancia. Las niñas se metieron de cabeza en el aquelarre cultural; los mayores, nos dimos a la cerveza a cielo raso. Tal que así, abrazándonos para darnos calor y compañía:
--¿Y éstas no van al cuentacuentos? señalé una pandilla de chicas de doce a dieciséis.
--Ésas no, en cuanto les salen tetas ya no les gusta que les cuenten cuentos, me explicó Rafa.
--Tiene su lógica, claro. Aunque también podría ser al contrario, ¿no? En cuanto les salen tetas es cuando empiezan a contarles cuentos.
--Sí, porque lo vuestro es de cuento y no acabo, acotó Mariluz.
--Ésas van a la era, me lo ha contado el guardia civil, nos explicó Rafa, señalando con el dedo un espacio conjetural en el paisaje a oscuras. Añadió: hacen una hoguera, beben todos de la misma botella, se tocan por encima y por debajo de la ropa, y vuelven a casa muy afónicas, con los ojos brillantes y la piel con una temperatura diferente, como si tuvieran una o dos décimas de fiebre.
--Qué envidia.
--Ya lo creo.
--Vaya par de botarates, observaron Mariluz y mi chica.
¿A ti qué te parece? ¿Somos, sin remedio, tontos perdidos? ¿No tenemos arreglo?
Etiquetas: Anusca, Mariluz, mi chica, niños, Rafael Escudero, Rafael Reig
Pues aquí pondré lo que se me vaya ocurriendo. Poca cosa, en general. Lo primero que se me pase por la cabeza. Lo que lea por ahí y lo que me cuenten en la barra de los bares o los amigos. Y si alguien quiere poner algo también, estupendo: no censuraré ningún comentario.










