l Blog de Rafael Reig: septiembre 2007

Rafael Reig, escritor y profesor de literatura

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viernes 28 de septiembre de 2007

Los millonarios de izquierdas

He leído las críticas al periódico y a mí y las agradezco mucho y patatín patatán.

Entre ellas me llama la atención una que se repite: la de que me he vendido a los "millonarios de izquierdas".

Eso no puede ser, ¿verdad? ¡Millonarios de izquierdas, hasta ahí podíamos llegar!

¿No hay algo de rabieta infantil en eso?

¿Por qué la realidad tiene que ser innecesariamente complicada? Los millonarios son de derechas y llevan chistera. Las putas tienen un corazón de oro. Los gitanos viven de forma artística y bohemia. Los obreros son de izquierdas. Etcétera. ¿Por qué tiene que haber entonces millonarios de izquierdas, putas avarientas, gitanos prudentes y obreros del Opus? ¡Qué manía con complicar las cosas! ¿Por qué tienen que tener pepitas las mandarinas? ¿Por qué no puede ser todo fácil, inmediatamente comprensible, a la medida de nuestras cabezas, en lugar de ser contradictorio, exuberante y difícil de entender? No hay derecho, son ganas de fastidiar.

No, ni hablar, menuda estafa. Demasiado complicado. Así no vamos a ninguna parte. Queremos millonarios malvados y de derechas. Queremos obreros con conciencia de clase. Queremos campesinos con dignidad y ademanes solemnes. Que nos devuelvan el dinero de las entradas: no hay derecho a que nos den cosas que no estaban previstas en el guión y que tengamos que hacer un esfuerzo para entenderlas. Ni hablar.

¿No hay algo de rabieta infantil en quejarse de que haya millonarios de izquierdas?

¿Que es contradictorio? Por supuesto que es contradictorio. Mucho. ¿Y qué? ¿Quién garantiza que la realidad no sea contradictoria? ¿Dios? ¿Marx? ¿Quién había prometido que fuera siempre sencilla de comprender? ¿Quién había ofrecido una realidad sumergible, antichoc y en blanco y negro, de trazo grueso y en la que resultara muy sencillo orientarse?

No me sorprende la irritación que producen los millonarios de izquierdas o, en general, cualquier cosa que complica un poco la comprensión. Tengo una hija de ocho años. Sé lo que es una rabieta cuando las cosas no son tan sencillas como a ella le gustaría que fueran, cuando los hechos (esos testarudos) no se dejan reducir al tamaño exacto de su cabeza.

Reconozco que sería más sencillo vivir en un mundo tan de tebeo, con millonarios como el tío Gilito, obreros nobles y solidarios, prostitutas generosas e intelectuales comprometidos con todas las buenas causas, como Juan Goytisolo, por ejemplo.

Más sencillo, sí. ¿Mejor? Ese mundo feliz en el que todo está claro a simple vista, ¿no resultaría inhóspito?

Es lamentable que la realidad no sea tan simple como el mecanismo de un cubo y se empeñe en complicarnos la existencia, ¿no te parece?

Me parece estupendo (y muy necesario) poner de manifiesto las contradicciones de los millonarios de izquierdas, por supuesto. Ahora bien, esa actitud enrabietada ante la más pequeña complicación me parece infantil, un rechazo a intentar comprender las cosas, una forma cómoda de evitar hacerse preguntas: las cosas son como creemos, no hace falta intentar entenderlas desde fuera de nosotros.

En fin, eso. En esta foto, de hace un par de meses, estoy charlando con mi amigo Martín Casariego, un día que nos fuimos a comer ostras y lomo de buey. Martín es más bien conservador; yo soy más bien progresista. ¿No deberiamos ser capaces de charlar a gusto, verdad?

Pues sí que lo somos. La realidad es, por suerte, mucho más amplia y fascinante que cada uno de nosotros. Tan amplia que en ella cabemos todos y, como decía Borges, "nadie es imposible", desde el asesino por compasión al suicida por entusiasmo.

Incluso, a lo mejor, el millonario de izquierdas.

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martes 25 de septiembre de 2007

Público

A principios de este verano me llamó Nacho Escolar. Estaba yo en Oviedo y le dije que, en cuanto volviera a Chamberí, nos veíamos.

No le conocía de nada, pero Nacho era amigo de mi amigo Antonio Orejudo.

También conocía a su padre, Arsenio Escolar. Fue parecido. Una vez hace años estaba yo en Gijón y me llamó Arsenio, al que no conocía de nada. Me dijo que por qué no hacía una novela por entregas en 20 minutos. Me impresionó que un director de periódico leyera novelas (y más aún: novelas mías) y que, después de leerlas, llamara al autor, un desconocido, para ofrecerle escribir.

Hay pocos directores con tanto atrevimiento, ¿no te parece?

Le dije que sí y nos hicimos muy amigos, trasegando vinos en El Maño y en las bodegas Rivas.

Cuando llegué a Chamberí y vi a Nacho en Cabreira, me dijo que iban a hacer un nuevo periódico diario nacional, de izquierdas, con gente joven.

"Iban a hacer"... ¿quiénes?

La pasta, me explicó, la pone Mediapro. El equipo lo estaba montando él.

Vale, oquéis, le dije, y pedimos otra ronda. Luego resulto, hablando y hablando, que Nacho de quien sí era amigo es de mi hermana Helena. En otra vida Nacho había sido rockero y se sorprendió al descubrir que Helena, del Wurtlitzer, y yo éramos hermanos.

Unos días más tarde volvimos a vernos en una fiesta en el Hotel Kafka. Me tomé una plataforma o panoplia de whiskies y, cuando ya veía doble, en la barra, hablé con Nacho. Me preguntó si me animaba. Le dije que me animaba.

--Yo te hago una columna, vamos, si es por eso, un Partenón, tronco --logré articular.
--No. Yo no había pensado en eso.
--¿Ah no?
--Pues no. Había pensado que te metieras en la Redacción. Opinión, participación, esas cosas. ¿Qué te parece?
--¡Una insensatez!
--¿A que sí, a que es una insensatez?

Y se reía.

Yo también.

Le dije que vale.

Igual que me había pasado con su padre, me impresionó que Nacho leyera novelas y que luego llamara al autor, un desconocido, para ofrecerle participar en un periódico.

Hay pocos directores, muy pocos, que tengan tanto atrevimiento, ¿no te parece?

Total, que llevo un par de meses sin parar y mañana, por fin, saldrá a la calle el periódico.

La verdad es que estoy emocionado, ¿qué pasa?

Nacho me dijo: tú no digas nada de momento.

Y yo, que soy disciplinado, nada he dicho; pero ahora Público ya es público.



Esta es parte de la Redacción en avanzado estado etílico, en un pintoresco bar que se llama Lovely Blue o algo así:

De espaldas, David Miró. Medio tapado, Iñigo Sáenz de Ugarte. Luego Nacho Escolar. María Luisa Roselló. El gran Miguélez. José Manuel Costa (que parece que está hablando de que el tamaño no importa, ¿a que sí?), y Patricia Fernández de Lis.

Hemos trabajado como dementes, al menos para mis hábitos (yo soy un notorio vago, incapaz de mantenerme más de diez minutos sin dar un paseo y tomar un vermú), pero nos hemos divertido muchísimo.

Al principio nos reuníamos en bares y terrazas. Una mañana recuerdo que tomamos la plaza del Dos de Mayo: al mismo tiempo había una reunión en cada una de las pizzerías, otra en Pepe Botella y otra en Cabreira; y Nacho iba de mesa en mesa.

Luego ocupamos una oficina provisional más allá de Ventas y, hace un mes o así, nos instalamos por fin en la calle Caleruega.

En la Redacción no conocía a nadie. Todo el mundo es varios años más joven que yo; algunos incluso me llaman Tío Rafa.

Ha sido agotador, pero para mí también muy divertido.

--Ya hemos salido del armario --comentábamos ayer.
--Sí, pero ahora hay que hacer la calle.

Exacto.

¿A ti qué te parece Público? Lee mañana el primer número y dime lo que piensas.

Gracias.

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viernes 21 de septiembre de 2007

¿Cómo te pones tú las bragas?

Decía Flaubert: basta con poner la suficiente atención en algo para encontrarlo interesante.

Lo creo de verdad. Hay que saber poner atención, pero no es tan fácil.

Por eso a mi me ha gustado mucho leer a John Updike, me parece un novelista excepcional. Updike lo mira todo con una atención incansable. Sus novelas siempre plantean cuestiones morales, siempre tienen algo de experimento social a lo Zola: pone a un americano de clase media, con el equipo moral e intelectual del que está provisto un americano de clase media (no el propio del autor, esto es lo importante) y le enfrenta a situaciones que por lo general le sobrepasan (el racismo, el adulterio, la integridad moral, el más allá, etc.). No juzga, sino que observa. Y mira con una atención exquisita al detalle, a esos "divine details" (Nabokov). Zola a menudo se propone crear símbolos, darnos imágenes poderosas, expresar indignación o belleza. Updike entra en detalles. Sólo Updike podía escribir Roger's Version, una revisión del clásico norteamericano La letra escarlata. Quizá sólo Updike necesitaba hacerlo, por otra parte, para releer así su propia tradición literaria.

En 1828 Whöler logró la síntesis de la urea. Fue una revolución. Por primera vez en la historia, a partir de materia inorgánica, se consiguió crear materia orgánica. Para explicarnos, hasta entonces se podía descomponer la materia en sus elementos; pero no se había logrado la operación inversa: crear un compuesto orgánico a partir de sus componentes inorgánicos. Eso es lo que consiguió Whöler (al parece de forma algo accidental) y dio así origen a la química orgánica.

Creo que cierta literatura realista, mecánica, enumerativa, descriptiva, es muy capaz de descomponer la materia orgánica y enumerar aisladamente sus elementos. Sólo los grandes son capaces de la operación inversa: la síntesis. Es la diferencia que va, pongamos, de Pereda a Galdós. Un novelista puede coger un personaje y descomponerlo, describir su casa, su ropa, sus movimientos, enumerar sus posesiones y reproducir sus palabras. El lector, este lector, suele aburrirse. Un gran novelista, como Updike, en cambio, lleva a cabo un experimento de química orgánica. Produce una síntesis, a partir de los componentes logra materia orgánica, consigue entregarnos a ese personaje tal y como es, vivo, animado, a menudo imprevisible y revelador.

Lo que estoy leyendo es Terrorista. No es lo mejor de Updike. Como diría Hemingway, "el viejo campeón comienza a aflojar el paso". Aun así, sigue siendo Updike, una lectura mucho más intensa que casi cualquier otra.

Mi hermano, que me conoce y sabe que soy quisquilloso, me advirtió que, si quería, me dejaba el original inglés.

Hacia la mitad hay un polvo (adúltero, claro). Updike describe la escena con su habitual precisión. Luego la mujer se viste:

Sus pechos se balancean al agacharse, y son lo primero que se cubre, encajándolos en las copas de gasa del sostén y cerrándolo, con una mueca, por detrás. Luego se pone las bragas por los pies, manteniendo el equilibrio con un brazo alargado, apoyándose con mano firme en el tocador...


¡Y hasta ahí puedo leer!

¿Cómo es eso de que "se pone las bragas por los pies"? Me quedé en el vagón de metro, absorto, sin poder seguir adelante y preguntándome cómo narices se las podría haber puesto, de no ser "por los pies". Una falda se puede poner por la cabeza o por los pies, de acuerdo, igual que un vestido; pero ¿unas bragas?

Me imaginaba a la chica que estaba enfrente intentando ponerse las bragas por la cabeza. Como si fueran una camiseta de tirantes. Deberían ser unas bragas tanga, claro. Tendría que estirarlas un poco, darlas de sí, para que pasaran los brazos y los hombros. Y luego, ¡qué complicación meter las piernas!

¿Habrá escrito eso de verdad Updike?

Me resisto a creerlo. ¿No será la traducción?

Se puso las bragas por los pies. Suena como: miró con los ojos, comió con la boca, etc.

¿Tú crees que es posible ponerse las bragas de otra forma? ¿Cómo te las pones tú?

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lunes 17 de septiembre de 2007

Los años y los desengaños

El domingo cumplí 44 años. Cuesta creerlo.



Me fui a tomar el aperitivo con mi hija Anusca.



Estuvimos bebiendo cervezas (yo) y limonadas (Anusca) y dibujando. Ella me dibujaba a mí y yo a ella.

Mi hija y yo nos parecemos al menos en algo: somos capaces de entretenernos con cualquier cosa. Aburrirse, le repito (como me repetían a mí mis padres) es de tontos.




Luego nos fuimos a comer todos juntos, sólo faltaba mi hermana Columna, José Manuel y mis sobrinos Nieves y Rafael:



Hay gente que no se lleva bien con su familia, esos tipos que odian las Navidades, personas que se aburren con sus hermanos o a las que les parecen un suplicio las celebraciones familiares. Nosotros somos todo lo contrario. Desde pequeños nos divertíamos merendando juntos, la verdad es que nos partíamos de risa. En casa de nuestros padres, cuando éramos jóvenes, tuvimos que poner una enciclopedia en la cocina, porque nos encantaba discutir con el máximo rigor sobre asuntos de los que tuviéramos la mínima información posible.

No hemos cambiado mucho, ¿no te parece?

Con aquella vieja Larousse, las cenas se prolongaban hasta la madrugada, en animado debate sobre el Sacro Imperio, la física de partículas, los vasos campaniformes o la resistencia de los materiales.

Si había visitas, comprábamos merengues de postre y, a una señal secreta de mi padre, nos los tirábamos unos a otros a la cara.

Así las visitas, quieras que no, se relajaban bastante.

En fin. Me regalaron el último libro de Woody Allen, una novela de Updike, otra de Kenzaburo Oé, un par de DVDs, un dibujo a rotuladores de colores, una Torre de Piles de las que hace Paco en su casa de la playa y que habían logrado mi hija y mi hermana tener escondida durante un mes, no me explico cómo, la verdad.

44 años. Qué barbaridad.

Hablé por teléfono, como siempre, con el Orejudo. Su cumpleaños, el 1 de julio, marcaba el principio del verano y el final del curso. Íbamos con las novias a comer a la piscina, con filetes empanados y tortilla de patatas con pimientos. Luego, por la noche, acabábamos en algún tugurio de Malasaña trasegando whisky. Mi cumpleaños, en septiembre, marcaba el final del verano y el comienzo de curso. Las chicas venían morenas y escotadas, con faldas cortísimas y sonrisas prolongadas, todos teníamos planes fabulosos para el año siguiente y alguna vez vimos amanecer en la plaza de San Ildefonso, sentados en el bordillo de la acera, con los cordones de los zapatos desatados y los ojos como ascuas, entre la conjuntivitis y la visión apocalíptica; náufragos en paradero desconocido, alejados de las rutas habituales de navegación.

¿Nos hacemos mayores? ¿A ti qué te parece?

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domingo 16 de septiembre de 2007

Me entrego a la justicia, que me detengan

Me encanta quemar fotos del rey, la reina, sus Esquiadoras Majestades, el Mari-chalao, la fulana-lista y toda la parentela.

¿Pasa algo?

Me entrego y confieso: no siento el más mínimo respeto por el rey, la corona, la monarquía ni ninguno de los símbolos del Estado. Por puro gusto, los quemo, los ultrajo, escupo en banderas y fotos y pisoteo toisones de oro siempre que tengo un rato libre.

¿Están chiflados los fiscales?

¿Están majaretas los políticos?

¿Qué rayos es eso de que se pueda ultrajar a un símbolo, como he leído en la prensa?

¿Son ultrajables los símbolos?

Recuerdo aquel artículo de Rafael Sánchez Ferlosio (cuando se le entendía todo y aún no le habían canonizado en Prisa) que se titulaba "Situación límite: ¡ultraje a la paella!"

Comenzaba así:

"Con esta peste catastrófica de las autonomías, las identidades, las peculiaridades distintivas, las conciencias históricas y los patrimonios culturales, la inteligencia de los españoles va degradándose a ojos vista y se la ve ya acercarse peligrosamente a los mismos umbrales de la oligofrenia"


Así escribía Sánchez Ferlosio en 1983. Ahora, tantos años después, los umbrales de la oligofrenía se han traspasado ya hasta la cocina.

Es como el chiste viejo aquel del político que afirma en un discurso: "Estamos al borde del abismo, ciudadanos, pero vamos a dar un paso al frente". Estábamos al borde de la oligofrenia, pero ya hemos avanzado mucho y decididamente.

Se quejaba don Rafael de que la peste identitaria había "multiplicado pavorosamente el número de cosas susceptibles al agravio".

Ahora resulta que un símbolo del Estado puede padecer ultraje. Alucina, vecina. Ahora resulta que la Corona, como símbolo, puede sentirse agraviada. Que el rey, como individuo, se sienta injuriado, me parece estupendo. Tiene a su disposición el Código Penal, igual que cualquiera, para denunciar la injuria. Que haya un delito especial de injurias al rey como símbolo es tan medieval, tan disparatado y tan alarmante que dan ganas de tomar la Bastilla.

Yo creo que todo ciudadano (no súbdito) tiene derecho a quemar las fotos que le dé la gana, a manifestar su repugnancia por la institución monárquica en el tono que le apetezca y a no sentir ni el más mínimo respeto por el rey ni por la corona.

También suscribo el párrafo final de aquel viejo artículo de don Rafael:

Por todo lo cual ya desde ahora advierto que, si por un azar, afortunadamente harto impensable, me viese yo algún día -Dios no lo quiera, aunque tampoco dejaría de afrontar valientemente mis responsabilidades- convertido de pronto en presidente del Gobierno, tengo muy meditado que, por el bien de los españoles, mi primer acto de gobierno no podría ser otro que un decreto-ley prohibiendo inmediatamente y sine die los Sanfermines de Pamplona, las Fallas valencianas, la Feria y Semana Santa de Sevilla, la Romería del Rocío y toda especie de fiestas semejantes, amén de incoar, simultáneamente y por la vía de urgencia, un proyecto de ley orgánica para la abolición de la Virgen del Pilar (¡Dios, qué descanso para Zaragoza, para Aragón y para España entera!).


A mí me importa un rábano que el rey sea bueno o malo, cretino o listo, porque, como suele decir Savater, si el príncipe Felipe fuera un vago, idiota, cruel, despótico, pijo, descerebrado y tonto del haba... ¡también sería rey!

Y ese es el gran problema de la monarquía.

El otro gran problema de la monarquía es la Fiscalía.

No había percibido yo que en España hubiera un fuerte sentimiento en contra de la monarquía. Tampoco a favor, pero, en fin, me daba la impresión de que la gente se resignaba.

Ahora, gracias a la infatigable labor de la Fiscalía, sí percibo que empezamos a cansarnos y que somos muchos los que ya estamos hasta las narices.

Así que, por raro que parezca, tenemos que agradecerlo: la Fiscalía conspira a favor de la República.

¡Buen trabajo!

Excelente, aunque un poco chiripitifláutico, ¿no te parece?

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jueves 13 de septiembre de 2007

Me como el sándwich de pie, ¿qué pasa?

Leo hoy un artículo de Tomás Eloy Martínez sobre Paul Auster, en El País. Se titula "La vida interior de Paul Auster" y es la clase de artículo que más repelencia me provoca.

Martínez nos informa de noticias tan decisivas como que Auster escribe siempre de 10 de la mañana a cinco o seis de la tarde.

Bueno, será que no tiene que trabajar para ganarse la vida, claro, porque si no, no me lo explico.

Está tan embebido Auster en sus actos creativos esos, el pobre, que no sale ni a comer, sino que:

come el sándwich en su escritorio o caminando de un cuarto al otro.


Formidable, qué tío, Auster. Vale, pero ¿a mí qué me importa?

¿A ti no te da entre risa y pena todo este papanatismo de atesorar informaciones estúpidas, como la hora a la que se levanta un escritor, si lleva la camisa por fuera, qué colonia usa o lo mucho que le gusta masticar panceta haciendo ruido a mandíbula batiente?

Este tipo de cosas: Auster escribe todas sus novelas en libretas pequeñas y con un lápiz Alpino de color verde, y siempre escribe de pie y a la pata coja, de forma que toda su obra ha sido escrita sólo con el pie derecho en contacto con el suelo, etc.

Los escritores se han convertido ya en una marca comercial, como Nike o Adidas. Son una etiqueta y con la etiqueta Auster se puede vender cualquier cosa: camisetas Auster, una cubertería completa Auster (como la de Mariscal, menudo elemento), bolígrafos Auster o, por qué no, sándwiches de pepino Auster. Para promocionar esas etiquetas vale todo, hay que convertir al escritor en una especie de payaso impúdico del que todo es consumible: desde si escribe a mano o a máquina hasta el color de sus camisas.

Luego Martínez dedica el artículo a contarnos:

a) que a Auster no le gusta Borges (casualmente Martínez es argentino, quizá haya que suponer que el gran autor argentino, para Auster, no sea otro que... ¡Martínez!).

b) las opiniones (triviales y sin ningún interés) de Auster sobre política internacional (casualmente conciden con las de Martínez).

Por ejemplo, para Martínez (y Auster) Clinton era un buen presidente porque era

alguien que podía recitar de memoria párrafos enteros de Faulkner y el comienzo de Cien años de soledad.


En cambio Bush es malo, muy malo, porque no se sabe de memoria a Faulkner, claro.

¿Un poco pueril, no te parece?

Si viene un fontanero a arreglarte la cisterna del baño, ¿tú te fías más del fontanero que se haya aprendido a Faulkner de memoria?

En realidad, el núcleo de esta clase de artículos es invariable: se trata de decir que Auster es un genio y que el autor del artículo es súper-amigo-íntimo-total del genio, que pasea con él, que le ve deglutir de pie su maldito sándwich de salmón con alcaparras, que escucha sus confidencias, etc.

La conclusión la puede sacar hasta el lector más cernícalo:

--Auster es un genio (lo afirma Martínez).
--Martínez y Auster son uña y carne.
--Ergo el propio Martínez tiene que ser un genio de aquí te espero, un genio puntuable para las Olimpiadas o el Príncipe de Asturias.

Y así todo.

Que le den un premio a Martínez, por favor, que está haciendo todos los deberes.

Que le den el Príncipe de Asturias, por favor.

Según Martínez:

Cuando me senté a conversar con él [Paul Auster] hace pocas semanas, el tema de la separación entre lo imaginario y lo real regresó una y otra vez a nosotros.


¡Carambolas, qué cosas les pasan a los genios-escritores! Yo, cuando me siento a conversar con un amigo, aunque mi amigo sea un genio-escritor, hablamos de los niños, de los coles de los niños, de las ex mujeres, de trabajo, de lo bien que ponen las cañas en El Cangrejero, de lo buena que está la tía del fondo de la barra, de si seis whiskies no serán ya demasiados, macho, en fin, de las cosas normales y corrientes.

La separación entre lo imaginario y lo real, en cambio, es un tema que da poco de sí, seamos sinceros.

Alguna vez lo he hablado con mi hija Anusca, pero cuando era mucho más pequeña.

Ahora Anusca ya entiende perfectamente la diferencia y tampoco nos hace falta hablar "una y otra vez" de semejante pamplina.

A diferencia de Auster y Martínez, tenemos cosas más interesantes que decirnos.

La verdad es que me imagino a Auster y a Martínez, hablando "una y otra vez" sobre eso, y me los imagino siempre como Tip y Coll, muy serios: Auster con sombrero de copa y Martínez con sombrero hongo.

--Auster, amiguete, ayer follé con Paulina Rubio.
--¿No serán imaginaciones tuyas, Martínez?
--¿Tú crees?
--Hombre, Martínez, no me jodas.
--¡Qué separación tan terrible entre lo imaginario y lo real!
--¿Tú acaso piensas que estos boquerones en vinagre son reales, Martínez?
--Nos los han cobrado, tío.
--Pues mañana hablaremos del Gobierno...

En fin, me voy a comer un sándwich Auster, a ser posible de pie y paseando "de un cuarto al otro", lo cual no es fácil: primero, porque mi casa sólo tiene una habitación; segundo, porque así lo voy a poner todo perdido de migas, como si fuera Pulgarcito buscando el hilo de la historia.

Ayer empezó el cole, por cierto. Llevé a Anusca. Iba contenta, le hacía ilusión, pero me preguntó:

--Y ahora, esto de ir al cole, ¿es ya todos los días?
--Me temo que sí --le dije.

Eso no le hizo ninguna gracia. Un día o dos, como broma y para ver a los amigos, vale. Ahora bien... ¡todos los días!

Yo estuve de acuerdo con ella, tiene toda la razón del mundo.

Aquí está Anusca en un psicodélico Monumento al Granito (o algo así, sería) que encontramos por El Escorial:

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sábado 8 de septiembre de 2007

Lo que estoy leyendo II

La reducción de la jornada laboral es una de las luchas más importantes. A mí lo que de verdad me gusta es perder el tiempo. Tengo una capacidad asombrosa, puedo pasarme una tarde entera asomado al balcón, viendo pasar mujeres que tienen prisa, señoras que se santiguan al salir de casa, hombres cargados de paquetes. Puedo andar toda la tarde de bar en bar, fumando y tomando cañas, con las manos en los bolsillos. Un día sin siesta es para mí un día perdido.

Ayer mi hija Anusca y Marcela se reían de que me olían los pies.

Mentira, por supuesto, pero nos pasamos toda la tarde jugando. Se fueron a la cocina a por pinzas de tender y se las pusieron en la nariz.



Estaban muertas de la risa, las malditas.

Y así pasamos la tarde, sin hacer nada útil, por suerte.

Marx afirmaba: "A la economía del tiempo se reduce, en definitiva, toda economía".

Trotsky volvió sobre la misma idea:

El socialismo no podrá justificarse por la simple supresión de la explotación; es necesario que asegure a la sociedad mayor economía del tiempo que el capitalismo. Si esta condición no se cumple, la abolición de la explotación no sería más que un episodio dramático desprovisto de porvenir.


No tengo tantas (ni tan frescas) lecturas marxistas, esto lo he sacado del libro que estoy leyendo: Museo de la revolución, de Martín Kohan.

Es una novela muy interesante. Cuenta una historia sentimental (dos, más bien: en un espejo y en distintos tiempos), una historia de espionaje y acción, de traición y culpa, pero ofrece, sobre todo, una reflexión aguda sobre la revolución y el tiempo. ¿Cómo transforma el tiempo un proceso revolucionario? ¿Cuál es el momento de la revolución? ¿Cómo cambia nuestra relación con el tiempo durante y después de la revolución?



El paradigma en la novela es la revolución soviética, aunque por la portada yo me había imaginado que compararía le revolución mexicana y la soviética. Pues no, de la mexicana no dice nada (aunque la novela transcurre en Mëxico). La revolución mexicana, en cambio, fue el asunto de una cena con Edu Vilas, Juan Madrid, mi chica, Sara y Vanessa.

Cenamos marmitako (estupendo) con mucho vino y discutimos las diferencias entre la revolución mexicana y la soviética. Con los whiskies ya estábamos todos cantando corridos revolucionarios, desde Adelita a Carabina 30-30.

Hay que luchar contra la explotación, sí; pero, además, sobre todo, a mí me gustaría lograr una economía del tiempo diferente, que permita a todo el mundo dar un paseo después de la merienda.

El libro de Kohan me lo regaló Manuel Fernández Cuesta el otro día, cuando tomábamos cañas en el San Dos.



Aquí están Manuel, Chema, Marta Sanz, mi chica, mi hermana Maite y Miguel Roig.

Estamos empatados. Yo le descubrí a Manuel Ingenieros del alma, de Frank Westerman (uno de los libros que más he disfrutado en los últimos años). Él me descubrió al tal Kohan.

¿Se te ocurre algo para desempatar? ¿Con qué libro puedo sorprender a Manuel?

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viernes 7 de septiembre de 2007

¿Es Chávez o es Chaves?

En los medios de prensa hay una guerra declarada contra Hugo Chávez, es evidente. En especial en El País.

Hace poco lo denunciaba en The Guardian John Pilger (el director, junto a Christopher Martin, de La guerra contra la democracia). Según Pilger: la virulencia de los ataques sugiere que algo interesante está ocurriendo en Venezuela.

Compara Pilger la campaña contra Chávez con la que (financiada por EE.UU.) sufrieron Salvador Allende y los sandinistas. En Chile, la campaña de intoxicación consiguió sacar a la calle con cacerolas a la clase media, para defender sus privilegios, frente al pavoroso y consabido fantasma que recorre América Latina.

Así fue como consiguieron que viniera Pinochet a protegerlos.

Es verdad que Chávez es un individuo pomposo e histriónico, pero no más que nuestro esdrújulo y patriótico José Bono, por ejemplo, del que nadie se ríe tanto. Si Chávez pretende presentarse a una reelección, se convierte en un dictador tiránico. Sin embargo, ¿cuántos años lleva Manuel Chaves de cacique en Andalucía, después de haber sido ministro de Trabajo y haber logrado provocar la primera huelga general de la democracia? La reelección de Chaves es buena; la de Chávez, una dictadura.

Si Chávez besa niños es porque es un político populista. En cambio, cuando Zapatero consigue fotografiarse besando a uno de los pocos niños negros disponibles en Sanlúcar de Barrameda es un político cercano.

Si Chávez propone cambiar la hora, se alza un coro de burlas. Lo comprobé el otro día en la radio. Eso sí, nadie dice una palabra sobre las otras medidas propuestas junto al cambio de hora, como la reducción de la jornada laboral (que a mí me parece una medida importantisima, otro día lo cuento).

Todo vale con tal de desacreditarle.

Aquí estoy en la radio con mis amigos María Guerra y Julio Rey:




¿Por qué hay esa consigna de ridiculizar a Chávez, haga lo que haga?

Lo primero que hay que preguntarse siempre, como decía Josep Pla, es: oiga, pero todo esto, ¿quién lo paga?

Por desgracia todos sabemos la respuesta.

Este formidable coro de grillos sin duda pretende que no logremos escuchar lo que está pasando Venezuela, pero en realidad dice muy poco sobre Chávez o sobre Venezuela: dice mucho más sobre nosotros mismos.

Y lo que dice sobre nosotros es lo que preferiríamos no oír: nuestro propio miedo a la transformación social.

Ojalá no salgamos a la calle con cacerolas a defender nuestros privilegios.

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sábado 1 de septiembre de 2007

Nuestros nietos

Ayer leí en el Herald Tribune el artículo sobre Arthur Miller. Luego leí el artículo original en Vanity Fair. Lo puedes leer si pinchas aquí, en inglés.

Me descompuso.

Creo que hoy lo reescribe El País. Luego lo leo.

Miller, el marido de Marilyn, la conciencia moral de América, el Lincoln con gafas, Miller resulta que tuvo un hijo con Inge Morath, su tercera mujer. El chico padecía síndrome de Down. Daniel Miller, así se llama, tiene más o menos mi edad (creo que vive). Arthur Miller, después de comunicarle a un amigo que el chaval is not right decidió internarlo en un institución. Daniel Miller fue feliz en varios colegios, no supo quién era su padre. Miller no volvió a verle nunca. No volvió a hablar nunca de él. Nadie sabía de su existencia. En sus memorias, Timebends, Miller ni siquiera le menciona una sola vez.

Parece que, en su testamento, Miller reconoció a David como heredero.

Traga saliva.

Pablo Neruda también tuvo una hija. Se llamaba Malva Marina. Nació en 1934, en España. Su madre era la javanesa a la que Neruda llamaba Maruca. Neruda se sintió mayestático, elefantiásico, nerudiano: le contó a todo el mundo que Malva Marina había nacido. A los pocos días fue evidente que a Malva Marina le ocurría algo: padecía hidrocefalia. Neruda decidió que ya no era su hija, habló de ese ser al que llamo mi hija. La entregó en adopción. Luego se dedicó a sacar de la España en guerra sus numerosas colecciones de objetos (caracolas marinas, mascarones de proa, botafumeiros, yo qué sé), y dejó a su hija abandonada. Malva Marina vivió en Holanda, feliz con una familia que la adoraba, hasta los ocho o nueve años. Nunca supo quién era su padre. Neruda no volvió a verla nunca. No volvió a hablar nunca de ella. Nadie sabía de su existencia. En sus memorias, Confieso que he vivido, ni siquiera la menciona una sola vez.

Parece que, de vez en cuando, Neruda enviaba dinero.

¿Sigues tragando saliva?

¿Cómo se puede vivir así? ¿Cómo pudieron vivir el resto de su vida Miller o Neruda?

No quiero juzgar a Neruda o a Miller. Sólo quería compartir contigo mi malestar.

Ayer me enteré de lo de Arthur Miller. Lo de Neruda lo supe hace años.

Ayer me sentí todo el día como si tuviera un pelo pegado en el paladar. Incómodo, por más que tragara saliva. Más triste que de costumbre. Como si los zapatos o el corazón no fueran de mi talla y me apretaran, y al andar me hicieran daño.

Me consoló un poco recordar un libro de Kenzaburo Oe que leí hace muchos años, A Personal Matter.

Bird, el protagonista, tiene un hijo con síndrome de Down (o algo semejante, no recuerdo bien). Se desespera, pasa días borracho, planea matar al niño, se niega a aceptar algo que no encaja en el argumento que él había pensado para su vida.

Al final, Bird decide volver a casa con su hijo.

Ha aprendido algo.

Lo que todos quisiéramos aprender, ¿no te parece?

Cuanto la novela termina, se pregunta Bird cómo va a poder vivir así, cómo podrá vivir el resto de su vida, pero en realidad ya ha respondido.

Siempre es así: son los hijos los que educan a los padres, los que nos lo enseñan todo, nacemos de ellos, de ese nudo de cariño que apretamos y que es lo único que nos construye, lo que nos hace, la estambre con la que está tejido nuestro corazón, la argamasa de nuestra vida.

Sólo somos lo que seamos capaces de querer a los demás.

Hijos de nuestros hijos. Por eso somos nuestros propios nietos.

Disculpa este post tan cursi y triste, pero yo soy así. Tú ya lo sabes, ¿verdad? Y ustedes disimulen.

Una foto con una de mis abuelas:

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