l Blog de Rafael Reig: octubre 2007

Rafael Reig, escritor y profesor de literatura

Tfno.
917 025 016

Estás en Home » Blogs » Blog de Rafael Reig

domingo 28 de octubre de 2007

Confesiones de un comedor de cultura

Hay un grupo no muy numeroso de personas que nos pasamos las tardes presentándonos libros unos a otros, endosándonos conferencias o enzarzados en debates, coloquios, mesas redondas y otras camisas de once varas.

Cuando oscurece, como los pájaros, empezamos a ponernos nerviosos y a sobrevolar las plazas, a doblar esquinas, a rozar las paredes con los dedos o a describir círculos, atraídos sin remedio por la luz de las farolas.

Así hasta que encontramos el Acto Cultural que corresponda.

La infame turba, el enjambre de hambrientas criaturas voladoras divisamos de pronto en cualquier calle el anuncio de un Acto Cultural y nos lanzamos en fila india, como la procesionaria del pino, hacia el Hotel Kafka, por ejemplo:



Algunos hacemos dos y tres transbordos de metro para alcanzar el correspondiente Acto Cultural.

Como decía Eugenio D'Ors, en Madrid, un jueves a las siete de la tarde, o das una conferencia o te la dan.

El Acto Cultural en sí se define como "ese intervalo de tiempo que es indispensable esperar antes de que saquen los canapés y los licores". Es un trámite que hay que evacuar de la manera más expeditiva posible, apretando los dientes y tapándose la nariz.

Se hace largo, sí; pero ¿quién dijo que fuera fácil? ¿Quién prometió cultura sin esfuerzo, sin sudor y sin lágrimas? ¿Quién atrajo a los comedores de cultura con falsas promesas y engañosas palabras?

Por incomprensible que parezca, a menudo los organizadores de Actos Culturales no acaban de entender ese principio básico y mantienen la pretensión (no sé si arrogante o cándida) de que el público puede llegar a interesarse en el Acto Cultural en sí mismo. Con este (tan frágil) fundamento, añaden al Acto Cultural majaderías diversas de colores vistosos. Se comportan como los padres que se obstinan en que a sus hijos les guste la verdura. A los niños no les gusta la verdura. Si hay que tomársela para luego poder comer patatas fritas, se la toman, vale; pero no les gusta, por más ketchup y salsas de colores que le pongan.

El ketchup que se suele poner en los Actos Culturales para engatusar a los más pequeños acostumbra a consistir en: recitales, obrillas de teatro, canciones, proyecciones de fotos o películas o espectaculares montajes de luz y sonido.



Como es obvio, lo único que se consigue así es dilatar más aún el trámite y hacer más difícil la espera hasta el momento en que aparecen por fin las copas.

Resulta doloroso, irritante, saca un poco de quicio.

Por lo demás, en el Acto Cultural, los autores y presentadores hablan de sus cosas. Cosas que ellos mismos han escrito en sus casas, por lo general.



¿Hablan? Yo diría que Alberto Olmos le está silbando un tango a Belén Gopegui, ¿no te parece?

Mientras tanto, va pasando el tiempo, la paciencia de los seres queridos se agota y llaman por teléfono los hijos, la familia, las novias. Hay que dar explicaciones inverosímiles.




--¿Por qué no vienes ya?
--Es que estoy en pleno Acto Cultural, cariño, tú comprenderás...
--¿Con chicas, no?
--¿Qué chicas? Es un Acto Cultural, mujer...

Y Eduardo Vilas, encima, se parte de la risa.

Así pasamos la tarde hasta que llega el momento de las copas.



Aquí estoy con Pote Huerta (o Javi Potter, como le llama mi hija) y chicoleando con una de las resplandecientes García-Abril Sisters. La otra hizo las fotos. Excelentes fotos, se pueden ver aquí.

Esas copas culturales nos tranquilizan, se acaba el temblor en las manos, la sangre en las venas recupera su temperatura habitual.

Los comedores de cultura, esa infame turba de nocturnas aves, vamos desfilando y deshaciendo el camino de vuelta a casa, arrastranto los pies, con los ojos vidriosos y los labios lívidos, amoratados, y así hasta la siguiente dosis.

Etiquetas: , , , ,

jueves 25 de octubre de 2007

Viaje a Guadalajara

Hay tanta gente que detesta las Navidades, que abomina de su familia y parientes y que odia las bodas, que empiezo pensar que debo de tener alguna avería de importancia, puesto que a mí me encantan las reuniones familiares y las fiestas.

Por eso, cuando Miguel Roig trajo de Cuba unos habanos, decidimos hacer Consejo de Familia para fumarlos.



Aquí están Maite y Ricardo el Cabut.



Aquí cuñado Álvaro (con la cara invisible) y hermano Benito.

En esta otra foto estoy yo, sin duda escuchando alguna novedad de mi hermana Helena.



Después de comer fuimos a buscar a Anusca al cole y nos tomamos algo en la plaza de Olavide (ese corazón secreto con el que late Chamberí):



Con el cuerpo bien alimentado pude ayer dedicarme a mejorar mi espíritu leyendo en El País el artículo de Irene Zoe Alameda: "La literatura de la 'era Gates'".

A mí Irene me encanta, pero ni que decir tiene que no entendí ni una palabra. ¿Qué quiere decir? ¿Que es una suerte que ahora podamos escribir en lenguaje SMS? ¿Que hay que poner emoticones en las novelas? ¿Que hay que dejar de hacer sonetos y dedicarse todos como un solo hombre a escribir blogs?

¿Por qué no entiendo nada? Creo que por una sola razón: en todo el artículo no da un solo nombre. Al final, yo ya no sé de qué narices habla, cuáles son esas "propuestas de la joven generación"? ¿A qué se refiere, en realidad?

No es un problema de Irene, es un problema generalizado. En España todo el mundo escribe como si estuviera testificando ante la Comisión McCarthy:

--¡No daré nombres! No soy un traidor, no pienso denunciar a nadie. No me sacaréis ni un solo nombre propio, así me aspéis.

Así, claro, es imposible entenderse.

Luego pude conocer a Damián Tabarovsky, un escritor de Buenos Aires. Nos tomamos unas cañas. Acabo de leer su Autobiografía médica (una novela excelente) y había leído hace tiempo su Literatura de izquierda, que me había parecido un gran libro. Le pregunté cómo lo habían recibido en Argentina.

--Casi nadie me dirige la palabra. Me insultan en los periódicos.
--Qué maravilla --admití, envidioso--. ¿Y a qué se debe ese éxito tan resplandeciente?
--Bueno, a que di nombres. Ponía ejemplos. Citaba a autores y libros. Eso está prohibido, ya sabes.
--Ah, también allí...

La verdad es que, hablar sin saber de qué se habla, es casi imposible: por eso no entendí una sola palabra de lo que decía Irene.

Damián me dijo que su chica es psicoanalista.

--Me lo esperaba, era estadísticamente necesario que lo fuera. Si hay dos porteños y tú no eres psicoanalista, por narices ella tendra que serlo, ¿no? ¿No son psicoanalistas el 50% de la población de Buenos Aires?
--Quizá más. Al menos mi chica no es lacaniana.
--Da gracias a Dios, Damián: de la que te has librado.

Por cierto, el nuevo diseño de El País a mí me gusta.

Hay un teorema clásico que se conoce como la Paradoja del Escritor de Éxito. Se puede formular así: para tener éxito hay que escribir libros que le gusten a la gente a la que no le gusta leer libros.

Es de sentido común: si escribes un libro dirigido a lectores, a personas a las que les gusta leer, ¿cuántos ejemplares vas a vender? ¿Dos mil o tres mil como mucho? ¿A cuánta gente le gusta de verdad leer? ¿A cinco mil personas o ya estoy exagerando?

Por eso los libros de éxito van dirigidos a gente a la que no le gusta leer y ni siquiera lo saben.

Con los periódicos pasa lo mismo. Todos intentan atraer a las personas a las que, en realidad, no les gusta leer periódicos. Como van dirigidos a quienes les aburren los periódicos, lo que intentan es diseñarlos para disimular lo más posible: venga ilustraciones, venga despieces, venga gráficos... ¡que no parezca un periódico, por favor!

A mí me parece que, en cuanto a diseño, El País ha ido en la dirección contraria: ha hecho un diseño dirigido a las personas a las que les gusta leer periódicos, a lectores adultos a los que no les asusta que una página tenga mucha letra.

En cuanto a diseño, claro. Porque el problema de El País no es el diseño, sino otro de solución más difícil: el contenido.

Es uno de los periódicos más condescendientes, ensoberbecidos, aburridos y previsibles del hemisferio occidental.

A mí me entretiene leer, por ejemplo, las noticias sobre América Latina, sólo para ver con qué prestidigitación justifican lo injustificable (por ejemplo, ¿cómo van a conseguir convencer a los lectores de que el Banco del Sur es una mala idea?) y para comprobar hasta qué extremos de cinismo y desfachatez infame pueden descender (el editorial sobre el Che Guevara es una cota muy baja: "¡inmersión total, compañeros, abajo periscopio!", debió de gritar el director: "vamos a descender a bajeza moral de batiscafo").

El problema es que, en realidad, el diseño nos importa un rábano. Lo mismo que me sucede con el artículo de Irene: no se trata de escribir con abreviaturas de SMS ni de que "nuestra expresión artística sigue empleando utensilios del pasado". El diseño, la herramienta, la forma, es irrelevante salvo que se responda primero a las preguntas decisivas, para qué se escribe, sobre qué, desde dónde, para quién.

Es un poco parecido a lo que decía Ortega y Gasset cuando le aseguraban que el coche era una maravilla, que te llevaba a toda velocidad a cualquier parte.

--Sí, sí, no lo dudo. Esto del automóvil es un gran invento porque, en un periquete, te lleva de aquí a Guadalajara. Ahora bien, la pregunta importante sigue siendo la misma: ¿y para qué narices quiero yo ir a Guadalajara?

Pues eso. Eso es lo que pienso del diseño y de los "utensilios" de "la expresión artística".

¿Tú qué piensas? ¿Nos vamos a Guadalajara? Y una vez allí, ¿qué hacemos?

Etiquetas: , , , ,

lunes 22 de octubre de 2007

Mi nieto innombrable

He ido casi todo el fin de semana transportando un diente de mi hija en el bolsillo de la chaqueta. Se le cayó el viernes y el ratoncito Pérez le trajo una moneda, pero ella se empeñó en que guardáramos el diente como si fuera una piedra preciosa.

A mi hija Anusca le gusta que hablemos del pasado o del futuro.

Cuéntame cómo fue el día que nací; cuál fue la primera palabra que dije; cómo era cuando era un bebé, etc.

Eso le encanta.

Así que yo le cuento que nació en la Concha, en la Concepción, y la llevamos a casa en un taxi. Vivíamos entonces en la calle de la Madera y, antes de subir, nos tomamos con Anusca una cañita en El Salmantino.

--Enhorabuena, Rafita ?me felicitaron los del bar--. Te invito a las cañas y, para la niña, lo que quieras, ¿qué le pongo?

Lo decía señalando con generosidad unas bandejas de mollejas y ensaladilla rusa.

--Deja, deja, que si toma aperitivo, luego no come; mejor no le pongas nada.

Siempre le cuento la primera palabra que dijo (?armario?), lo que sucedió el día que se puso a beber lejía y la primera vez que empezó a andar.

También le gusta mucho hablar del futuro: quiere ser azafata, cantante y profesora, todo a la vez. Quiere tener un descapotable rojo y una casa con caballos. Quiere tener cinco hijos.

--Está bien. Cinco nietos. Me voy a divertir ?le digo.
--Algunos serán chicos ?me advierte.
--Claro, y alguno se llamará Rafael, ¿no?
--Ni hablar. Mi hijo se llamará Troy Bolton.
--¿Cómo has dicho?
--Troy Bolton Reig, ¿qué pasa? ¿A que es un nombre precioso?
--No. Dudo mucho que pueda querer a un nieto mío que se llame Troy Bolton.
--¡Le tienes que querer!
--Vale, le querré igual. Pero no podrás dejármelo en casa y salir por las noches. No podré cuidar a un ser humano así. ¿Qué se le da de cenar a un niño que se llama Troy Bolton?
--Le gustarán la pizza, los macarrones con tomate y el chocolate.
--Bueno, eso parece sensato, prácticamente humano.

En vista de que el conjetural Troy Bolton Reig ya da muestras de cierto sentido común, accedo a quedarme con él algún sábado por la noche, sólo de vez en cuando y siempre que pueda darle de cenar salchichas de Frankfurt con puré de patata.

O esos macarrones con tomate que a mí me salen tan bien.



Anusca, mi chica y Marcela son testigos del sabor de mis macarrones.

El domingo tenía trabajo, así que Anusca se vino conmigo. Mientras ella hacía los deberes, yo hice los míos.



Parece una joven periodista agresiva, ¿verdad?

Sí, como se ve en la foto, me he cortado el pelo.



¿A que estoy más guapo?

Etiquetas: , , ,

martes 16 de octubre de 2007

Escritores abducidos

La primera novela que leí de Millás fue Visión del ahogado. La leí porque la estaba leyendo mi padre. Seguramente se la había recomendado su amigo Rodríguez Rivero. Luego leí Papel mojado. Me gustó, y aún me sigue pareciendo una buena novela.

Lo que no recuerdo es cuándo dejé de leer novelas de Millás.

Un buen día dejaron de interesarme las novelas que escribía Millás. Quizá el mismo día (puede que fuera jueves) en que dejaron de interesarle a él las novelas que él mismo escribía.

Lo que sigo leyendo con gran interés son sus columnas. Millás forma parte de ese grupo de novelistas algo impostores porque, en realidad, no son novelistas, sino grandes articulistas. Es un maestro en el artículo, lectura indispensable.

Millás escribió hace muchos años una novela llamada Letra muerta. En ella, un individuo que forma parte de un grupo de activistas clandestinos se introduce en una especie de congregación religiosa a la que detesta. ¿Con qué fin? Para dinamitarla desde dentro o llevar a cabo alguna acción de lucha en el interior. Es una especie de topo. ¿Qué ocurre? Pues que, sin darse cuenta, acaba siendo poseído por el espíritu de cuerpo de la congregación, se apodera de él, acaba convertido en uno de ellos, porque es muy difícil vivir de una forma y seguir pensando de otra distinta, vivir emboscado, hacer una cosa y pensar otra.

Quizá porque, como diría un materialista, son las cosas reales las que modifican las ideas y rara vez las ideas las que cambian las cosas.

Otro versión posible de la misma novela, a ver qué te parece: un escritor milita en defensa de una literatura ambiciosa y de calidad. Detesta el mercado literario, sus trampas y sus pompas satánicas y comerciales. Sin embargo, se introduce clandestinamente en editoriales de prestigio y se presenta a premios como el Primavera, el Nadal, el Planeta, etc. ¿Con qué fin? Para dinamitar desde dentro las trampas del mercado, para ponerlo en evidencia. ¿Qué ocurre? Pues que, sin darse cuenta, acaba siendo poseído por el espíritu de la literatura comercial, se apodera de él, acaba convertido en uno de esos concursantes que ganan premios literarios, en uno de ellos, termina escribiendo aquello de lo que abominaba, porque es muy difícil vivir de una forma y seguir escribiendo de otra distinta, escribir emboscado.

Quizá porque, como diría un materialista, al escribir uno siempre se delata aunque no quiera.

También en eso escribir se parece al matrimonio: uno descubre cosas de sí mismo que preferiría no saber.

Por eso nadie escribe para decir algo, sino para escuchar, para que lo que escribimos nos diga lo que no sabíamos de nosotros mismos, para que nos delate.

Aquí estoy yo, por ejemplo, abducido también, en plena Puerta del Sol, poseído por la fantasmagoría del escritor de éxito, por el mercado literario, por ser devorado por los lectores y ganar el Planeta: esperando a que mis novelas me delaten.

Etiquetas: , , , ,

jueves 11 de octubre de 2007

El martillo del zapatero

El otro día me quedé atónito. Me entero por la estupenda columna de Eva Orue (hola, encanto) de que Suso de Toro va a escribir un libro.

No, ésa no es la noticia. Eso es una fatalidad, a lo mejor, pero ya estamos acostumbrados, como a los monzones o a que la galleta, después de mojarla en café, se rompa en dos y caiga sobre el pijama.

La noticia es que va a escribir un libro sobre Zapatero.

Claro, pensé: El martillo del zapatero. Un poco como El lápiz del carpintero, de Manuel Rivas. Lo venderán con un pequeño martillo de zapatero remendón de regalo. Un humilde zapatero en su humilde chiscón de una humilde aldea. Durante la guerra civil, claro, o marcados por la huella de la guerra, algo así. El humilde zapatero sin duda tendrá ideas grandiosas, será un filósofo popular, etc. Como Belarmino y Apolonio, pongamos. Apuesto doble contra sencillo a que algún falangista abominable le fusila. También apuesto doble contra sencillo a que lloverá cada tres o cuatro páginas. Una lluvia fina, que empapa por dentro, etcétera.

Que no, que no te enteras, Rafita, me dijeron: es un libro sobre José Luis Rodríguez Zapatero.

Ahí fue donde me quedé atónito. Solicité por radio a la base confirmación.

--Yes, ZP, yes.
--Roger, comprendido.

¿Un libro sobre Zapatero? ¿Por qué no? ¿No escribe Juan José Millás todos los veranos unos artículos indigestos, almibarados y aburridísimos sobre Zapatero? ¿No escribí yo mismo un libro sobre Marilyn Monroe? Pues entonces, si yo escribo sobre Marilyn, ¿por qué no va a escribir Suso de Toro sobre Zapatero? ¿Acaso no es ZP también un icono de nuestros tiempos, un mito trágico, el símbolo de un destino devastador? ¿Cuál es la diferencia entre ZP y Marilyn?

Bueno, se me ocurren dos o tres diferencias, pero lo dejaremos correr.

Entonces fue cuando comprendí el verdadero alcance de la frase de Flaubert: "Un escritor no elige sus temas; los soporta".

Sentí compasión por Suso de Toro, claro.

En vista de lo cual, me cogí unas cartas de los lectores y un cuaderno y me bajé al despacho a trabajar.

Mi despacho está al fondo de la barra de El Barrilón. Me pido unas cañitas y escribo como debe hacerse: fumando un pitillo.

Contesté a una carta sobre el Che.

Cuando volví arriba, me preguntó Gorka si había leído eleditorial de El País.

No, no lo había leído. Lo leí. También trataba del Che. Qué casuelidad.

Si ya estaba atónito, entonces me quedé estupefacto.

Qué cosa tan sucia, tan vil, tan necia. ¿Quién lo habrá escrito? ¿Qué necesidad sentía de decir eso? Ése es el problema de los editoriales. ¿Por qué no los firman? ¿A quién representan? ¿Son la opinión de una empresa? ¿De la redacción? ¿Toda la redacción de El País piensa eso? ¿Será posible?

¿Has leído tú ese editorial? ¿Qué piensas?

En fin, al menos el otro día nos reunimos en el Hotel Kafka a presentar un libro, Tic-tac. Cuentos y poemas contra el tiempo. Había whisky, había muchos amigos, había buen humor.



En la foto: Ronaldo Menéndez, yo; Raúl, el editor, y Mateo de Paz.

Si no fuera por esos ratos, ¿no te parece?

Etiquetas: , , , , ,

martes 2 de octubre de 2007

Dios los cría

Javier Marías concluye una novela. En Alfaguara se ponen a tocar el tam-tam. Los tambores de guerra retumban en Miguel Yuste 40.

--Hay que darlo todo, amigos --ordena el mandamás--. Prisa espera que cada hombre (y cada mujer) cumpla con su deber.

Y empieza el bombardeo de entrevistas a Javier Marías en todos los suplementos de El País, Bobelia, Tontaciones, en EPS, en el de Moda ("Las corbatas de un autor"), en el de motor ("Un escritor peatón"), en las páginas de Economía ("La cartera de valores del autor español más leído en Alemania"), en el de Cocina ("'Almuerzo un sencillo emparedado' confiesa Marías") y hasta en las páginas de Nuevas Tecnologías ("Abomino de los ordenadores, ¿qué pasa?").

--¡Más madera! --reclama el mandamás--. ¡Kamizake, kamikaze: es la tempestad que sólo pueden desatar los dioses!

Se fotografía a Marías en todas las posturas concebibles (la mayoría de ellas, bastante forzadas), se encarta con el diario un capítulo de la novela y, a la semana siguiente, como obsequio, una maquinilla de afeitar del propio Marías. Llueven Marías a cántaros, como capuchinos de punta, qué le vamos a hacer. ¿A quién le importa?

En realidad, a todo el mundo le da lo mismo.

¿A todos? ¿A todos-todos?

¡No! ¡Ni hablar! Hay un irreductible galo que se resiste ahora y siempre al protagonismo de Marías.

Mientras come un jabalí, que ha cazado con sus propias manos, el irreductible, vestido con chaleco de pescador de truchas, examina El País y siente el hervor de su propia sangre que le hincha la yugular. La envidia le reconcome. Prueba a degollar dos delfines para tranquilizarse, pero sin éxito. Escabecha un oso panda. Nada le tranquiliza: él no puede consentir que Marías salga tanto en la prensa. ¿Y él? ¿Es que él ya no existe? ¿Él, que vende más que nadie? No está dispuesto a dejarse robar plano. No, señor. Antes muerto que sencillo.

En Miguel Yuste 40, en su despacho alicatado hasta el techo de fotos abrazado a premios Nobel, Juan Cruz pasea nervioso. Tiene un presentimiento: le van a regañar. Algo le dice que se la va a cargar.

No se equivoca: suena uno de sus siete móviles.

Descuelga y oye oleaje, silbidos de balas, gemidos de placer de mujeres de todas las edades y entrechocar de espadas. Lo que Juan Cruz se temía.

--¡Juanito! --grita una voz de trueno.

Es el Übermensch de las Letras, el Protomacho plumífero, el Megavendedor de novelas.

--Dime, Arturo, dime, te oigo mal, parece que no hay demasiada cobertura --explica Juan con voz melindrosa, almibarada y deferente.

--Me cago en todo. Estoy en alta mar. Coño. Joder. Mierda. Cojones. A mí no me sacáis tanto como a Marías, mi amigo Marías, me cago en todo.

--No te pongas así, Arturo, es que Javier acaba de publicar una novela.

--¡Que novela ni que ocho cuartos, Juanito, no me toques los cojones!

--No, claro, no, tú tranquilo, Alatriste. Lo vamos a arreglar, pierde cuidado.

Dicho y hecho. Al día siguiente una página y media de entrevista a Pérez-Reverte, con sus dos fotos, dos, sin venir demasiado a cuento, con la mínima percha de una edición en bolsillo.

Juan Cruz, trémulo, melífluo, admirativo, se pregunta en el titular: "¿Cómo se siente un escritor así?"

¿Que Marías reflexiona e intelectualiza? Arturo no se queda atrás. Dice de un libro suyo:

"Fue un acto de reflexión, intenso y agotador. Es de las novelas que me han dejado más exhausto en cuanto a intensidad. Y eso que es relativamente corta".


Formidable, dos soberbios ejemplares entrechocando los cuernos para demostrar ante la manada quién la tiene más grande o quién reflexiona más y con más cansancio.

Pérez-Reverte escribe libros con: "Duras conclusiones. Amargas, descarnadas. Un libro muy fuerte y muy duro".

Luego añade:

"Yo era un cazador; podría haber cazado animales, obras de arte, pero lo que cazaba eran imágenes. Yo sabía cazar la vida".


¡Guau!

Después habla de El Club Dumas, con la humildad que le caracteriza:

"El libro surge como un desafío, en un tiempo en que no se hablaba de clubes ni de nada de esto: fui un pionero. Fue una apuesta, y es el libro más agresivo que he hecho en plan desafío a lo que se estilaba en ese momento. Una declaración de principios. Estaba más solo que la una. Es un libro con una estructura complejísima [...] Pero sobre todo fue una patada en los cojones a los que tenían secuestrada la literatura en ese momento".


¡Guau, guau! Cuánta testosterona, literatura que procede directamente de los testículos, escrita con "los cojones del alma", que diría Miguel Hernández.

Menos mal que, cada vez que la literatura está en peligro, viene Alatriste al rescate, como el Séptimo de Caballería.

Cuidado, amigos, no estamos ante un inculto, nuestro hombre es académico (es de la Española, no de la Lengua, Juan Cruz) y:

"Cada semana sigo leyendo al azar a Virgilio, a Homero, a Chateaubriand, a Conrad".

¡Toma ya! ¡Y dos huevos duros!

De La reina del Sur presume Pérez-Reverte que "hasta los narcos la han leído, en Mëxico". Es una "novela musical", afirma. En las obras de Pérez-Reverte hay de todo, como en Saldos Arias: reflexión, acción, desgarramientos, intensidad, estructuras metálicas, música, oportunidades, rebajas y además se hacen arreglos a la ropa y se da la vuelta a los abrigos.

Y así hasta la extenuación.

Juan Cruz pone un titular con su declaración más importante y delatora del motivo de la entrevista:

"Soy un lector todo el tiempo, no soy un escritor, no soy Javier Marías".

Mensaje recibido, Arturo.

Al final, la entrevista se convierte en un formidable delirio paranoico. Al parecer, a Pérez-Reverte le persiguen unas malvados para acabar con su vida. ¿Será el profesor Bacterio, los pieles rojas o Fumanchú?

"No voy a dejarme matar. [...] Si un día me echan de este país, me voy a Francia, escribo allí, o en Italia o en Argentina. [...] Hay que morir matando".


Estremecedor, Arturo: se me ha puesto toda la carne de gallina.

¿A ti no te pasa? ¿A ti no te preocupa la persecución que sufre Pérez-Reverte?

Me han dicho que, después de esta entrevista, Juan Cruz ha prometido abandonar el periodismo. Se sentirá demasiado mayor para recibir llamadas intempestivas de escritores celosos, tal vez. No sé. ¿Tú qué piensas?

Etiquetas: , , , ,

© 2006 Hotel Kafka. C. Hortaleza 104, MadridTfno. 917 025 016Sala de PrensaMapa del SiteAviso Legalinfo@hotelkafka.com