l Blog de Rafael Reig: noviembre 2007

Rafael Reig, escritor y profesor de literatura

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jueves 29 de noviembre de 2007

Placeres intensos

Una vez estaba Jean Genet en un café y se sentó al lado una señora con un perrito. Genet debió de poner tal cara de asco que la señora le recriminó:

"¿Es que no ama usted a los animales?"
"A los animales, sí", respondió: "Lo que detesto es a la gente que ama a los animales".

A veces a mí también me ocurre. Nabokov es un autor admirable, pero hay demasiada gente que adora a Nabokov por razones que a mí me parecen detestables. Aborrezco, por ejemplo, el aristocratismo de Nabokov, su egotismo desaforado, su desprecio snob por la clase media y su prepotencia.

Hay un libro en el que Nabokov recopila entrevistas, se titula Strong Opinions (creo que se ha traducido con el título mucho más brillante: Opiniones contundentes). En una entrevista de 1962, Vladimir (después de presumir de su viaje en trasatlántico y de su estancia en un gran hotel) nos cuenta lo que gusta y lo que no le gusta:

My loathings are simple: stupidity, oppression, crime, cruelty, soft music. My pleasures are the most intense known to man: writing and butterfly hunting.


(Como quien dice: mis odios son simples: la estupidez, la opresión, el crimen, la crueldad, la música ligera. Mis placeres son los más intensos conocidos por el hombre: escribir y cazar mariposas).

Parafraseando a Nabokov yo diría: mis odios son sencillos: la crueldad, la explotación, el egoísmo, el ruido y tres o cuatro hábitos inofensivos de mis contemporáneos. Mis placeres son los más intensos que ha conocido la humanidad: el sexo, jugar al ajedrez, la conversación, leer, escribir, pasear, mi hija y el whisky.

¿Cuáles son tus odios sencillos y tus placeres intensos? ¿Podemos compartir algunos?

Jugaba de niño con mi padre, con mi hermano, en el colegio, con cualquiera que se dejara. Jugué mucho en el cole con Colorado y Balmaseda. Me convencí entonces de lo que decía Unamuno: "El ajedrez desarrolla la inteligencia para jugar al ajedrez". Y para nada más. Lo sé.

A temporadas me da por estudiar, pero la verdad es que el ajedrez me da vértigo: hay un momento en el que te das cuenta de que hay que dedicarle la vida entera.

En la universidad jugaba casi a diario con Orejudo y con Edu Becerra. Luego en Boston jugué mucho con Ian Maxwell. En Maine llegué a competir, jugaba por las tardes, en un Hospital Psiquiátrico, donde había muchos rusos.



En la foto estamos jugando, aunque se ve muy mal, Orejudo y yo, en 1985, en casa de mis padres.



Jugaba (y juega) muy bien Orejudo: me dejaba pensativo.

Ahora juego con mucha gente (con David Torres, de vez en cuando) y casi todas las semanas con Miguel Tomás. Miguel y yo jugamos en Olavide, en el Maracaná, en una sala que tienen detrás de la barra. El otro día echamos tres partidas:



¿Por qué sonríe Miguel con malicia y algo de compasión? Seguro que lo has adivinado.

Las tres horas que paso jugando con Miguel son, para mí, uno de los placeres más intensos, más violentos y más arrebatadores de los que están a mi alcance. Si hay ratos en los que uno puede decir que es feliz, rotundamente feliz, uno de esos ratos es una buena partida de ajedrez. No hay casi nada comparable.

Salvo el más resplandeciente de los placeres: jugar con mi hija Anusca, aunque sea a las muñecas:




¿Ya sabes por qué sonreía Miguel? ¿No lo has adivinado? Sonríe porque me tiene cogido por los huevos: C-d3 +, a lo que yo sólo puedo mover R-h1. Y entonces, claro: D x h2 ++. Un mate perfecto. Qué cabrón. Así son los amigos.

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sábado 24 de noviembre de 2007

Lo que estoy leyendo: Baron Biza

Chavi Azpeitia es uno de los escritores que más envidio.

Por supuesto, la envidia es la única forma de admiración al alcance de tipejos miserables como yo.

Además, es amigo mío, lee mis manuscritos y me impide publicar disparates absolutos, y es director de la editorial 451 (esta es la web de la editorial).

Por eso me leí El desierto y su semilla, de Jorge Baron Biza (o Barón Biza, no lo tengo muy claro).

Impresionante, contundente como un puñetazo en la mandíbula.



Yo no sabía nada de este autor y no creo que sea necesario saber nada para leerlo.

Aunque la verdad es que a todos nos gusta conocer ciertos detalles.

Raúl Barón Biza, el padre de Jorge, era un millonario argentino, escritor ácrata y pornógrafo, elegante y radical, un tipo de armas tomar, un dandy inmoralista. Se casó con una pionera de la aviación, Myriam Steford, y la tía se estrelló con su avioneta en una de las inmensas fincas de Barón Biza. Raúl construyó un monolito de más de ochenta metros de altura como estela funeraria.

Luego se casó con Clotilde Sabattini, de una gran familia argentina, pedagoga, bellísima.

Tuvieron tres hijos, entre ellos Jorge.

Clotilde quería separarse de Raúl. Un día tuvieron una entrevista con los respectivos abogados, en casa de Raúl, en la calle Esmeralda al 1.200. Hacia las ocho de la tarde, Raúl ofreció whiskies. Era un consumado anfitrión, un hombre de mundo.

Le sirvió un vaso a Clotilde y se lo arrojó a la cara: era ácido. No sé si vitriolo. La desfiguró, le quemó toda la cara y parte del cuerpo. Jorge, el hijo, la llevó al hospital.

Raúl se sirvió un whsiky auténtico, se sentó en la cama y se disparó un tiro en la cabeza.

Bien. Así empieza la novela: el protagonista lleva a su madre al hospital y observa cómo su cara se va transformando en calavera, en una masa supurante y sanguinolenta, cómo van apareciendo los huesos y cómo la carne va cambiando de color, con unos morados llamativos, imprevistos amarillos, zonas lívidas y otras descarnadas de pronto.

Sigue un periplo por hospitales en Argentina y en Italia, durante años, mientras intentan reconstruir el rostro de la madre.

Es un descenso al infierno, claro está. Y también un esfuerzo inútil por entender lo que ha pasado, por entender la maldad y la violencia. Ese esfuerzo lleva al protagonista incluso a la maldad y a la violencia.

Sin embargo, la maldad es opaca.

El desierto. La semilla. El hijo de esa tragedia: de eso trata la novela.

Tras sufrimientos terribles, la madre (la real y la de la novela), se suicida. Se tira por el balcón de la misma casa en que ocurrió la escena del vitriolo.

Su hermana también se suicida. Defenestración, de nuevo.

Al final de la novela, el protagonista admite: "Me aparté demasiado de la vida; vomito toods los días. Tarde o temprano yo también seré solo un texto; no me queda mucho más por hacer".

La última frase de la novela dice: "Es de reconciliación de lo que estoy hablando".

Jorge Barón Biza trabajó como periodista, crítico de arte y escritor a sueldo en general, aunque con frecuentes intermitencias alcohólicas. Años después de la tragedia escribió su única novela, ésta, que se publicó en 1997 (él mismo costeó la primera edición). Ahora se publica por primera vez en España.

El 9 de septiembre de 2001 Jorge se tiró por la ventana desde su apartamento en el barrio de Nueva Córdoba. Era un piso 12.

Siete días antes había aparecido su último artículo en el periódico. Era sobre las pintadas en las paredes de las cárceles:

¿Literatura del verdadero límite? ¿Literatura del otro lado del límite? Aquí nadie jugó al surrealismo ni al dadaísmo. El contrasentido, el absurdo, lo incomprensible tuvieron aquí un valor existencial que hace que nos riamos de todos los experimentos de la ciencia literaria.


Jorge se sintió decepcionado por la recepción que tuvo su novela: "Se leyó mucho lo autobiográfico y el sufrimiento no legitima la literatura", dijo.

En mi opinión, la novela es espléndida, lo autobiográfico, aunque impresiona, es lo de menos.

La novela se ha leído y se puede leer de muchas formas: una metáfora de la vida política argentina (hay unas páginas memorables en las que compara la cara de su madre con el país y con la peripecia del cadáver embalsamado de Eva Perón). Una reflexión sobre la literatura, también. Los médicos distinguen entre la cirujía de urgencia y la plástica, por un lado; y la cirujía de reconstrucción:

En la superficie, en la piel, sólo se encuentran soluciones superficiales, cosas de cirujanos de urgencia. Nosotros, los reconstructores, somos gente que trabaja sobre lo profundo. En vez de cubrir, vamos a adentrarnos, vamos a profundizar hasta donde el ácido no llegó.


También le dice el médico al hijo:

No se trata de disimular, tapar, ocultar. Es necesario aceptar que ha estado inventada una nueva realidad. Su padre ha creado alguna cosa de nuevo. No podemos negarlo: entonces sólo nos resta darle a la tragedia su propia naturaleza, su camino para expresarse. Quitar la viejas ruinas, para que la nueva cara se forme en libertad, sin laberintos engañosos.


(Por supuesto que el médico, italiano, habla en un lenguaje ridículo e inventado: es parte del humor de Barón Biza).

Hay literatura plástica, embellecedora, y literatura reconstructiva, que necesita destruir, llegar hasta el fondo, para darle su propia expresión, su propia identidad a una realidad nueva, la que ha provocado la adversidad.

Se escribe para convertirse en otro, para crear tu propio rostro.

Es un esfuerzo inútil, desde luego, y admirable.

Esto es también una indagación acerca de la propia identidad, claro. El rostro, la persona.

En fin, a mí me impresiona mucho la ausencia de énfasis. El protagonista se examina y concluye: "me enorgullecía cuando encontraba sólo vacío, y nada de sentimientos".

Un tragedia, sí, pero vivida como si fuera lo normal. Podría haber hecho lo contrario: contar una vida normal de forma trágica. El resultado es el mismo: toda vida es dramática, todo vida lucha contra una adversidad inabarcable, toda vida es opaca a la inteligencia.

Por último: el humor. Me he reído mucho leyendo esta tragedia. Los textos intercalados, con su invención lingüística, con su sátira política, con sus asociaciones imprevistas, me han sorprendido y me han entusiasmado.

Este es Jorge Barón Biza poco antes de saltar al vacío desde el piso 12. Fue al amanecer. Los vecinos dijeron que habían oído toda la noche música clásica.



Igual me equivoco, pero en mi opinión (no del todo desautorizada en la materia), tiene todo el aspecto abotagado, indefenso, doliente y enternecedor de los alcohólicos terminales. Parece a punto de sucumbir por varices esofágicas o fallo hepático. ¿No te parece? ¿No dan ganas de escucharle sin decir nada, de tocarle el hombro cn la mano?

Al principio de la novela dice:

Cuatro años antes, a los dieciocho, cuando empecé a emborracharme con regularidad, se me habían hecho evidentes lo ridículas que son las pretensiones de maldad de los seres humanos. En los bares eran más obvias aún: los patéticos borrachines se agredían, traicionaban todo lo bueno que les ocurría, exhibían esperanzados sus perversiones. Resultaban risibles e impotentes. (...) La voluntad de ser malos es irrisoria ante la disposición tan superior de los hechos y las cosas. (...) Así me hice desde muy joven una idea burlable del mal.


¿Hay aquí un enigma? ¿Tú qué piensas? La solucion: al final de la novela. Hay que leerla.

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martes 20 de noviembre de 2007

Piensa en mí



Pero qué tontorrones nos ponemos los mayores en cuanto nos enfoca el objetivo de una cámara, ¿verdad?

Aquí estoy con Constantino Bértolo y Damián Tabarowsky, cuando vino Damián a Madrid. Y estamos posando en serio, en lugar de posar en broma, como hacen los niños.

Menuda pedrada tenemos.

A mí me gustaría parecerme más a mi hija Anusca. Le digo que le voy a hacer una foto, me distraigo un segundo y, visto y no visto, cuando voy a apretar el botón ya está haciendo alguna tontería, aunque eso sí: con una cara muy seria.




Le hago la foto con macarrones en la nariz y se muere de risa. No aguanta mucho con la cara seria.

Dicen que la tele y las videoconsolas limitan la imaginación de los niños. ¡Y un jamón con chorreras! La disparan. El otro día me dice Anusca que le había prometido ir al campo a ver gallinas. Lo niego todo, no recuerdo haber prometido nada. Entonces me enseña un euro y me dice:

?Quizás esto te refresque la memoria?.

Solté una carcajada, claro. ¿Qué habrá estado viendo en la tele?

Luego íbamos andando por la calle y, de pronto, con voz confidencial, me pregunta:

?¿No nos estarán siguiendo??

?No lo sé. Por si acaso, vamos a despistarles?, le digo yo, y comenzamos a doblar esquinas a gran velocidad.

Después no metimos en un portal y dejamos pasar a una pareja que venía detrás.

"Para comprobar que no nos siguen", le dije.
"Perfecto, papá: buen plan".

Mientras Anusca está en el cole, me bajo por la mañana a comprar jamón de York, pan Bimbo, papel de plata y chocolate. Luego le preparo la merienda y se la llevo al cole en una bolsa de plástico.

Así nunca estoy solo, porque en todo lo que hago y lo que pienso aparecen otras personas, trata de otros, hay artistas invitados.

También sé que yo existo en lo que piensan otros.

Tengo la convicción de que si pasara un día entero, y se hiciera de noche, y no hubiera nadie, ni una sola persona, que hubiera pensado en mí, aunque sólo fuera un momento; yo entonces desaparecería, dejaría de ser. Aunque a la mañana siguiente me levantara igual, y tosiera, y desayunara, y fuera al trabajo: ya no sería yo, sería una cáscara vacía, un envase desechable, un caparazón en el que no hay nada, olvidado en la arena.

Lo que nos mantiene vivos es esa otra vida que llevamos sin saberlo, a través de los demás.

Mi chica, que se fija en algo gracioso y piensa: se lo tengo que contar a Rafita. El amigo que se pregunta: este libro, ¿lo habrá leído Rafael? Mi hermana Maite, que se acuerda de pronto de comprar macarrones porque mañana vamos a comer Anusca y yo.

Si no fuera por eso, dejaríamos de existir.

Lo que de verdad somos, lo que nos sujeta a la realidad, está siempre fuera de nosotros: en los demás. Está en lugares que no conocemos, sucede en momentos de los que no tenemos noticia, en personas que ni siquiera imaginamos.

¿Quién me hace real ahora mismo al pensar en mí? ¿Dónde está? ¿Quién es esa persona gracias a la que ahora todavía sigo siendo?

Como si fuéramos un arbusto, la raíz de lo que somos está fuera de nuestro alcance, invisible, como si estuviera bajo tierra, en el corazón de los otros, por donde avanza a oscuras y crece en dirección desconocida.

Hoy en día ya nadie lee a Pedro Salinas. Supongo que se le considera cursi, blando, sentimental. A lo mejor lo es, vaya usted a saber.

Hoy en día ya nadie recita poemas. Mi padre recitaba poemas de memoria, en voz alta. Lo hacía muy a menudo. Desde el Romancero (le gustaba mucho recitar ?Abenamar, Abenamar, moro de la morería?? y nos repetía siempre: ?Moro que en tal signo nace, no debe decir mentira?) hasta los poetas de su edad (la generación que ahora se llama del 50).

Muchas, muchísimas veces recitaba este poema de Pedro Salinas:

Qué alegría, vivir
sintiéndose vivido.
Rendirse
a la gran certidumbre, oscuramente,
de que otro ser, fuera de mí, muy lejos,
me está viviendo.
Que cuando los espejos, los espías,
azogues, almas cortas, aseguran
que estoy aquí, yo, inmóvil,
con los ojos cerrados y los labios,
negándome al amor
de la luz, de la flor y de los nombres,
la verdad trasvisible es que camino
sin mis pasos, con otros,
allá lejos, y allí
estoy besando flores, luces, hablo.
Que hay otro ser por el que miro el mundo
porque me está queriendo con sus ojos.
Que hay otra voz con la que digo cosas
no sospechadas por mi gran silencio;
y es que también me quiere con su voz.
La vida ?¡qué transporte ya!?, ignorancia
de lo que son mis actos, que ella hace,
en que ella vive, doble, suya y mía.
Y cuando ella me hable
de un cielo oscuro, de un paisaje blanco,
recordaré
estrellas que no vi, que ella miraba,
y nieve que nevaba allá en su cielo.
Con la extraña delicia de acordarse
de haber tocado lo que no toqué
sino con esas manos que no alcanzo
a coger con las mías, tan distantes.
Y todo enajenado podrá el cuerpo
descansar quieto, muerto ya. Morirse
en la alta confianza
de que este vivir mío no era sólo
mi vivir: era el nuestro. Y que me vive
otro ser por detrás de la no muerte.

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jueves 15 de noviembre de 2007

Fernando Vallejo: un pelmazo

Fernando Vallejo es un auténtico pelmazo.

Como escritor es un pelmazo, un tostón, el presidente del sindicato del plomo: leí su novela El desbarrancadero y me aburrí como si fuera una exhibición de patinaje artístico o una competición de lanzamiento de huesos de aceituna.

Tiene una prosa bronca, cruda y malsonante, ideal tal vez para escandalizar a seminaristas con acné, pero que a un adulto no le puede dar más que risa.

Como personaje público es más pelmazo todavía. Parece una especie de Pérez-Reverte (Pérez-Reviente, creo que le llaman): soltando tacos y haciéndose el machote de pelo en pecho.

Insoportable.

Hoy aparece en El Cultural una entrevista de la encantadora (y paciente) Nuria Azancot.

El titular: "El lector es una puta. Es voluble, pasajero...".

Será que en Medellín no hay putas tercas, empecinadas en alguna idea fija, testarudas y constantes. ¿O será México, donde vive Vallejo, el territorio de las legendarias putas volubles?

En Madrid, por lo que yo sé (de oídas, claro), las putas no son particularmente volubles. Vamos, en general, no mucho más que las cajeras de supermercado o las profesoras de Secundaria, me parece.

Estaba desayunando, como todos los jueves, con Marta Rivera de la Cruz y Martín Casariego, y nos partíamos de risa.

"¿El lector es una puta? Pobre, encima que paga para comprar el libro...", decía yo.

"Si compra uno de Fernando Vallejo, entonces es lo que se suele decir: además de puta, pone la cama", comentaba Marta.

¿Por qué habrá dicho esa sandez?

Mi teoría es ésta:

Quería decir que el lector cambia mucho de gustos, que hoy lee a uno y mañana ya no le lee. El lector es voluble, debió de pensar el colombiano. ¿Qué puedo poner como ejemplo de algo voluble? Con esa puntería de novelista malo que tiene, sólo se le ocurrió un tópico como la copa de un pino: la mujer es voluble. "Ya lo tengo: el lector es voluble cual mujer". Lo anotó en un papel, lo leyó en voz alta y se dijo: "No parece mío. No me gusta la vaina. No suena a Vallejo, carajo. No digo mierda ni cojones ni pinga... ni siquiera me cago en nada". Entonces Fernando se acordó de su convicción más profunda y arraigada: las mujeres son todas unas putas. Muy entusiasmado, tachó y escribió satisfecho: "El lector es una puta. Es voluble".

La entrevista está llena de bravuconadas de legionario, a lo Pérez-Reverte, además de sandeces propias de Vallejo. La Iglesia es, por supuesto, "una ramera". El Papa, "una alimaña". Le pregunta Nuria por qué hay que leer sus libros: porque en ellos hay unas páginas "que le pueden provocar al lector una eyaculación inolvidable".

Guau, qué machote Vallejo.

Por otra parte, si él escribe libros para hacer que los lectores eyaculen, y además cobra por ello, ¿quién es la puta?

Le pregunta Nuria qué autores le interesan.

"Ninguno".

Qué machote. ¿Para qué leer, claro, si la lectura te transforma en una puta? Y en una puta voluble, encima. ¿Cómo va a leer un macho como Vallejo? ¿Va a consentir que le tomen por puta?

Y, por fin, su última frase, la que Nuria eligió para titular, que dice así completa:

"Con mis lectores no me hago muchas ilusiones: hoy me leen a mí y mañana a otro. El lector es cambiante, voluble, pasajero... El lector es una puta".

Caramba, ¿qué esperaba Vallejo? ¿Que los lectores sólo le leyeran a él y a nadie más?

Al leer la frase completa se modifica un poco mi teoría. El lector lee a Vallejo, pero también a otros. Para Vallejo esto es inadmisible, sólo se le ocurre compararlo con lo que (según su machismo frenético) le parece la mayor humillación imaginable: una mujer que, habiéndose acostado con él, se acueste con otro. Esto es inconcebible para Vallejo: esa mujer tiene que ser una puta. A la fuerza, porque, si no, ¿cómo se explica que una mujer no puta pueda acostarse con otro? Por lo tanto, los lectores que "hoy me leen a mí y mañana a otro" no son más que putas. Cualquier lector que lea a otro escritor que no sea Vallejo se comporta como una puta. Entendido. Cambio y corto, Vallejo, tronco.

Todas putas, sí, señor.

Fernando Vallejo, aunque se lo proponga, no escandaliza a nadie (salvo, quizá, a un reducido grupo de catequistas pajilleros). Sus tres únicas ideas (todas putas, todo es una mierda, yo soy la hostia) no interesan a nadie. A este tipo de fanfarrones, en mi barrio, se les oye hablar como quien llover, en la barra del bar, suplicando por lo bajo que se vaya de una vez y sin establecer jamás contacto visual, no sea que se dirija a ti.

Sin embargo, que a semejante pelmazo con el cerebro de un mosquito acatarrado nos lo vendan (sobre todo en El País, pues es autor de Alfaguara) como un gran novelista es inadmisible, ¿no te parece?

Habiendo vivido y escrito César Vallejo, se agradecería que este cantamañanas publicara sus libros firmando con el segundo apellido, la verdad.

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miércoles 14 de noviembre de 2007

¿Te acordarás tú de mí?

EL otro día era el cumpleaños de Benito (no de mi hermano, sino del hijo de María y Arturo). Fiesta infantil con los niños del cole, el Rufino Blanco. Anusca fue feliz y contenta, dispuesta a pasárselo como nunca (es decir, como siempre: en grande).




Y por supuesto lo consiguió:



En primer plano está Benito, que cumplía ocho años; Rafael Olivé y Anusca. Detrás, construendo la torre de Babel, Víctor y Lucas. Al fondo se ve a Tomás.

Luego, como siempre, hubo fiesta de padres. No hay nada más resplandeciente que ligar con las madres del cole, las famosas "mamás del Rufi", con las que siempre acabamos los papás como el rosario de la Aurora, felices y agotados:



Veía a Anusca divertirse y me preguntaba: ¿Qué recordará de esto cuando sea mayor?

Es la pregunta que siempre nos hacemos todos los padres. Cuando sea mayor, ¿se acordará de que la llevaba a patinar sobre hielo, de cuánto le gustaba jugar conmigo al ajedrez, de aquel día que nos pusimos impermeables sólo para salir a mojarnos a propósito?

Siempre he tenido la sensación de funcionar como un antiguo contestador automático, de aquellos que tenían una cinta de casete: los mensajes nuevos se grababan encima de los viejos y los borraban. Me siento igual: me siguen pasando tantas cosas que van grabándose encima de mis recuerdos y borrándolos.

He olvidado las fiestas de mi infancia. Sólo recuerdo, como vista a través de un cristal empañado, una fiesta al aire libre en la que jugábamos con unos palos de madera. Debía de ser en Cali, los años que viví en Colombia de niño.

En cambio, las fiestas de joven aún las recuerdo. Cuando poníamos música lenta y apagábamos la luz. Había que sacar a las chicas a bailar. The Year of Cat era la mejor, porque era una canción larguísima. "No me empujes, por favor", decían las chicas cuando uno se empalmaba bailando. Yo me ponía colorado.

Eran guateques, fiestas en casa de los padres que habían salido de viaje o estaban en el pueblo, en el chalet, en el quinto infierno, qué más nos daba, si estábamos solos y bailando.

Aún veo aquella habitación, al fondo del pasillo, con la luz apagada, sobre la cama en la que se dejaban los abrigos. Aún siento en las yemas de los dedos el tacto del tirante del sujetador, la temperatura, la suavidad de la piel.

Al tocar una teta por primera vez sentí lo mismo que el astronauta Armstrong al entrar en contacto con la superficie de la Luna: era el primer ser humano que lo lograba, una experiencia histórica, irrepetible.

Al contrario que Armstrong, mis primeras palabras debieron de ser:

?Sí, sí? para la Humanidad será un pequeño paso, ¡pero menudo salto de gigante para mí!?

Tras el Alunizaje, los astronautas se sintieron incapaces de llevar una vida normal en la Tierra. A mí me pasó igual. Cuando se ha visto desde fuera el planeta, cuando se ha sentido el propio cuerpo a través de otro cuerpo (sobre un lecho de trenkas, cazadoras y verdaderas parkas coreana Ying), cuando uno ha sido el primer ser humano en salir de sí mismo en un abrazo, la vida terrícola y las noches solitarias provocan un sufrimiento tenaz, devastador, muy difícil de disimular a media tarde. A esa hora no queda más remedio que tomarse un whisky.

Los astronautas de guateque, los exploradores del espacio , si estamos lejos de otro cuerpo, lejos de mi chica (pero no se lo digas),nos sentimos desolados, qué le vamos a hacer.

Este soy yo a los quince años:



La foto es a la salida del cole, en 1978. A la izquierda está Colorado, al que Yáñez le está pegando puñetazos de broma. Después Cachón, yo, Vicky y Abel.

Y aquí estoy dos años después, con Paz, una de mis novias crónicas, esas con las que he reincidido varias veces, y que no me estará leyendo. Es un poco después, en el viaje de COU: fuimos en barco a Mallorca.

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lunes 12 de noviembre de 2007

Rafael Reig, Ph.D.

Entre estas dos fotos han pasado doce años, lo acabo de contar con los dedos.



En esta foto de arriba estoy en la State University of New York at Stony Brook. Es 1995. Acababa de defender mi tesis, así que ya era, hacía pocos minutos, el doctor Reig. En la foto estoy con mi directora de tesis, Lou Deutsch.



Esta otra foto arriba es del viernes por la noche, en el Cock, en Madrid. De nuevo estamos juntos Lou y yo.

Doce años después, creo que los dos estamos mejor, ¿no te parece?

Yo había vivido un año en Boston, en los años ochenta, trabajando como lector de Español, estudiando cine, literatura americana, cosas así; y escribiendo una novela. Luego había vuelto a Madrid y estuve haciendo muchas cosas, sobre todo cambiarme de casa cada pocos meses. Viví en la calle Castelló y en la calle Narciso Serra. Escribí discursos para políticos, fui corrector de pruebas, viaje a México a trabajar con unos de Publicidad, di clases de recuperación, escribí más novelas, etc.

A principios de los noventa vivía en Puente de Vallecas, compartía piso con dos tipos a los que no conocía, un actor y un informático, y empezaba a aburrirme. Solicité un puesto de Teaching Assistant (T.A.) en Stony Brook y me lo dieron. Volví a mudarme, era 1992.



Helena y Antonio Orejudo me ayudaron en todo, aquí están trabajando, mientras yo me siento en la silla. Compramos esa silla en una garage sale, hicimos una mesa con una puerta de madera y me agencié (qué verbo tan bonito) un horrible instrumento de tortura, fabricado con listones de madera, al que llamaban futón (futón fervenero, sería).

Como T.A. me pagaban poco, lo justo para compartir piso (con tres chicas, por suerte) y para comprarme un coche, un Volkswagen Rabbit, me lo vendió una colombiana por 200 dólares (hola, Claudia). Lo que sobraba me lo gastaba en whisky. A cambio, tampoco es que tuviera que matarme: sólo daba clases los martes y los jueves y disponía de un despacho para enredar, escribir, fumar en pipa y ligar con las estudiantes. Me quedaba tiempo para mis aficiones recreativas: jugar al ajedrez, beber y salir con chicas. Tenía esa "novia en Madrid" que siempre hay que tener, y que venía a verme de vez en cuando, y otras que fui teniendo allí: una chica que llevaba una pulsera en el tobillo y vivía en Queens, una fotógrafa que estaba trabajando en una película, una feminista de Tennessee que conducía un Cadillac de color dorado, e incluso una de mis estudiantes, con el (discreto) encanto de que estaba prohibido...



Esta es Suzanne, le pregunté a Lou por ella, pero no ha vuelto a saber nada. Hola, Suzie, confío en que te siga gustando escuchar a Camarón y llevar sombrero Stetson.

En cuanto conocí a Lou decidí hacer una tesis con ella. Nos reíamos mucho (igual que ahora). Leíamos juntos unos seis libros cada semana y quedábamos los jueves por la noche para tomar whisky y comentarlo. A eso lo llamábamos un Independent Studies. El tema de la tesis era la representación de la prostituta en la novela del XIX. El título era obvio: Mujeres por entregas.

Buscábamos en folletines del XIX toda clase de mujeres malvadas, corrompidas, traviesas, rameras de corazón de oro, avarientas meretrices, ninfómanas, suripantas, peripatéticas, alquilonas y pilinguis en general. Fue agotador.

"¿Dónde vas?", me preguntaban.
"A buscar putas".
"¿A la biblioteca?"



Nos salió una cosa muy divertida, me parece a mí.

Cuando terminamos, encontré un trabajo en Missouri y volví a mudarme.



Con tanta mudanza, claro, estaba entonces mucho más cachas que ahora, ¿a que sí?

Total, que el viernes vino Lou a Madrid y recordamos (para suplicio de mi chica y de Vanessa y Edu Vilas) aquellos años en Stony Brook, cuando Lou me llevaba a montar en un velero y a cenar en cochambrosos bares de pescadores portugueses. Nos fuimos a cenar a casa de los Vilas y dimos buena cuenta de una botella de single malt, que ya estamos mayores para beber tonterías, ¿no te parece?

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viernes 9 de noviembre de 2007

¿En directo o en diferido?

Ayer estaba tomando cañas con Antonio Orejudo y Eduardo Vilas en La Ardosa de la calle Colón. Entró un tipo más bien bajito, con una bolsa de plástico en la mano y unas gafas de sol puestas. Tropezó, claro, porque en la taberna siempre hay una acogedora penumbra muy poco propicia a las gafas de sol.

--¿Ese no es Ray Loriga? preguntó Orejudo.
--Ni puta, pero supongo que sí. Si no, ¿por qué iba a llevar gafas de sol?,dije yo.
--Atinada presunción, dictaminó Vilas.

El presunto Loriga pidió una cerveza y se quitó las gafas. En ese orden, sí.

--Oye, ¿tú eres Loriga?, le pregunté.
--Yes, dijo en inglés.
--Soy Reig.

Nos sentamos en el mismo barril (las mesas en La Ardosa son barriles; las camareras, hipnóticas; el salmorejo, excelente; y para ir al baño hay que pasar por debajo de la barra, lo que siempre alegra la mañana). Charlamos un rato. En versión original subtitulada.

Loriga (ya no presunto) está pálido, casi lácteo, como si llevara una agotadora vida nocturna, y muy flaco, no debe de comer nada que no salga de un envase de plástico. Lleva en la muñeca una respetable cantidad de pulseras, casi como Aznar, pero con más cuero, no sé si me explico.

--¿Tú vivías en el ático de Merino?, le pregunté.
--Yes, admitió. Encima de Javier. Lo alquilaba como estudio.

Estaría estudiando, claro. Los estudiantes necesitan estudios, ¿no? Si quisiera escribir, lo alquilaría como escritorio; y si quisiera dormir, como dormitorio; y si quisiera tomar copas y charlar con los amigos, como libatorio-locutorio. Es de sentido común, ¿no?

Javier Marías. Ignacio Merino. Ray Loriga. Menudo inmueble, pobres vecinos, qué bolsas de basura llenas de manuscritos.

Dice Loriga que era pavoroso encontrarse con Marías en la escalera, porque se empecinaba en regalarle varios libros.

--No parece tan terrible, comento.
--Todos escritos por él, aclara.
--Entonces terrible, sí.

Un relámpago interrumpió la acogedora tiniebla de La Ardosa, se había abierto la puerta y entraba por un momento la luz de la calle. Loriga pestañeó. A continuación, apareció Marcos Giralt Torrente.

¿Es que todos los plumíferos de Madrid han decidido esta mañana tomar cañas en La Ardosa?

Es la primera vez en mi vida que veo a Marcos despeinado. La verdad, produce cierta sensación de alarma.

--Menuda resaca, comenta.

Es la primera vez en mi vida que veo a Marcos con resaca. La verdad, provoca alarma social. Si Marcos tiene resaca, ¿a qué no estaremos expuestos los demás? ¿De qué no seremos víctimas? ¿Qué sórdidas y contundentes amenazas no nos acecharán?

Además, dice que anoche le robaron la cartera.

--Te advertí que no te pasearas por Chueca con el delantal puesto, opina Loriga, con misterioso acento. Añade: No era buena idea.
--No, pero la tía aquella que llevaba la argolla en el ombligo me lo regaló?

¿Qué hay que hacer en estos casos?

No preguntar nada. Jamás. Pase lo que pase.

En cuanto preguntas qué es eso del delantal, estás perdido sin remedio. Te expones a que te lo cuenten.

¿Hay algo más aburrido que una noche de copas contada?

Bueno, sí, quizá un polvo contado.

De joven pensaba yo que iba con retraso, que siempre llegaba tarde, porque quedaba con amigos y siempre contaban y recordaban lo bien que lo habían pasado? ¡la noche anterior!

Al parecer yo llegaba el día después, en lugar de la noche anterior, esa legendaria noche anterior que acabó con un delantal puesto en la plaza de Chueca, por ejemplo.

Recuerdo el primer día que escuché a unos amigos hablar, como siempre, con pasión desatada, de la noche anterior. Tardé en reconocerla, claro, en darme cuenta de que era la misma noche en la que yo sí que había estado. Lo contaban como si hubiera sido la gran juerga, algo épico, pero yo recordaba perfectamente que nos habíamos aburrido como ostras (con delantales puestos en la plaza de Chueca, por ejemplo) y que mis amigos, esa noche, también estuvieron recordando otra noche anterior en la que sí que lo pasaron bien.

Llegué a la conclusión de que aquellos amigos míos, en realidad, no se divertían nunca: tenían la sensación de haberse divertido, sí, pero siempre sucedió otro día, en otro lugar, con otras personas.

Decidí apuntarme al otro bando, ese borroso ejército enemigo, esa oscura gente que se divierte en el acto, donde le pille, esté con quien esté; decidí divertirme con lo puesto, a todas horas y aquí te pillo, aquí te mato.

Y así me ha ido, claro, en el bando de los perdedores.

¿Les pasará lo mismo a Loriga y a Marcos Giralt? ¿Tú que piensas? ¿En qué bando crees tú que se han alistado ellos?

Fiel a mis convicciones, dejé a los escritores de leyenda en la tenebrosa Ardosa y nos fuimos a comernos un cocido donde Pepi.

Luego me fui con mi hija Anusca en metro, que le gusta mucho.



Y después, en casa, la bañé.



Anusca y yo nos divertimos siempre en directo, nunca en diferido. Nos divertimos con lo primero que haya disponible, un viaje en metro, jugar a monjitas con las toallas o dibujar delfines, nos da lo mismo: somos de esa oscura gente que se entretiene con cualquier cosa.

Y tú, ¿de qué lado estás? ¿Te diviertes en directo o te lo retransmites en diferido al día siguiente?

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viernes 2 de noviembre de 2007

¿Cedo al chantaje?

El otro día el Acto Cultural no terminó donde terminé de contártelo.

A cierta hora, empezamos a quitarnos la ropa. Hacía calor, ¿qué pasa?, era todo muy inocente, lo prometo.

Sin embargo, se produjeron ciertas actividades corporales sin malicia ninguna, pero que, a ojos de alguien que no tuviera toda la información, quizá podrían ser malinterpretadas, no sé si me explico.

El caso es que por allí andaban las García-Abril Sisters, una pareja de acróbatas y trapecistas que ha actuado en los circos más respetables, en las más borrascosas ferias de pueblo y en media docena de programas concurso en canales autonómicos. No sólo son funámbulas, equilibristas y écuyères (dan vueltas a la pista de pie sobre un caballo y con muy poca ropa, casi desnudas), sino que también están en posesión de una cámara de fotos.

Qué peligro, ¿verdad?

Ayer recibí un abultado sobre de papel manila (faltaría más) y, en su interior, encontré una colección de fotos indescriptibles. También había una nota:

Tenemos los negativos. O accedes a nuestras demandas o... ¡a tu novia que vas! Espera instrucciones telefónicas. Un beso, majete. Firmado: García-Abril Sisters.


Esta es una pequeña muestra del material con el que cuentan las diabólicas Sisters:



¿Qué me aconsejas que haga? ¿Cedo al vil chantaje de las Sisters? ¿Pago, me entregan los negativos y me libro de esa amenaza? ¿Negocio con ellas? ¿Les digo que no acepto chantajes y que salga el sol por Antequera?

Mi chica, por supuesto, no sospecha nada. Ni una palabra, ya sabes.

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Lo que estoy leyendo: Fiambres

Casi siempre leemos lo que debemos leer, lo que nos conviene. Lo que nos recomiendan los suplementos literarios, los amigos, los profesores. También salimos casi siempre con chicas de nuestra edad, esas mujeres que nos convienen. Las que nos presentan los amigos, las compañeras de estudios o de trabajo, las que puedes llevar sin miedo a comer con tu familia.

Y está bien que así sea, no digo que no. Son libros y parejas que forman parte del argumento de nuestra vida, son su desenlace previsible.

En cambio, hay libros, como hay mujeres, que lo interrumpen todo, lo ponen patas arriba, aparecen sin previo aviso y ya sabemos que no nos convienen y nos van a hacer perder (como poco) el tiempo.

¿Por qué me quedé, hace más de veinte años, una noche sin dormir leyendo Los espías no deben amar, una novela impresentable que compré sólo por la foto de la portada y que me hizo suspender el examen del día siguiente? No lo sé, pero en mi cabeza esa noche se parece mucho a la felicidad.

Creo que la felicidad siempre es una insurrección: no voy a estudiar, no me da la gana, ahora me apetece leer esta novela, aunque no me convenga.

Han pasado más de veinte años y ya no podría contar el argumento de Hamlet, que leí en la misma semana, pero aún recuerdo el comienzo de aquella novela de portada chillona, que me hizo seguir leyendo como quien se tira de cabeza a un pozo:

Llueve en Milán, llueve con desesperación. Me persiguen y camino sola, empapada bajo la lluvia, sin rumbo, pisando charcos...


Cuando tenía dieciocho años, mis novias eran las que me convenían: chicas con trenka y un libro en el bolsillo, discutidoras, pero bien educadas, humanitarias y nunca demasiado partidarias del maquillaje. Esas chicas que llevaban zapatos cómodos y ropa interior muy sensata, por lo general blanca.

Sin embargo, entonces yo habría dado todo lo que tenía de valor (hasta mi reloj de bolsillo y mi primera edición en dos tomos de Residencia en la tierra), para que me corrompiera ipso facto un ama de casa de cuarenta y tantos, manipuladora, cínica, con tacones de aguja y minúscula lencería roja; una Mrs. Robinson de chalet adosado que me utilizara como un simple objeto para satisfacer sus más oscuras pasiones, y sin prestarme la menor consideración como persona y ser humano.

Y ahora que el cuarentón ya soy yo, como se cruce en mi camino una cándida y corruptible estudiante o políngona de dieciocho... ¡me choco seguro, impacto frontal total!

Con los libros me pasa algo parecido. Leer a Cormac McCarthy, por ejemplo, que es lo que se espera de mí y lo que me conviene, me da una pereza invencible, aunque sé que tienen razón las personas de orden, sé que lo dicen por mi bien: al final valdrá la pena (cruzo los dedos).

Teniendo mi cabeza estas características (o averías de fábrica), no podía yo resistir la tentación de empezar un libro que se llama Fiambres. El subtítulo es: La fascinante vida de los cadáveres. No conocía ni a la autora, Mary Roach, ni la editorial (Global Rhythm, colección Maledicta).
Así empieza:

Estar muerto es un poco como viajar en un crucero. La mayor parte del tiempo la pasa uno tumbado boca arriba. El cerebro ha dejado de funcionar. La carne comienza a reblandecerse. No llegan muchas noticias y nadie espera noticias tuyas.


A partir de ahí el libro es un divertidísimo recorrido por las otras muchas posibilidades que ofrece la existencia como cadáver. Además de quedarse boca arriba y descomponerse tan campante, un cadáver puede hacer muchas otras cosas, algunas de ellas de gran utilidad y otras bastante pintorescas, pero divertidas. Las opciones que se le presentan son múltiples: un cadáver con buena disposición puede caer desde diversas alturas para comprobar el efecto de los golpes en el cuerpo, puede recibir impactos con un martillo, ser diseccionado, convertido en abono, embalsamado o tiroteado con armas de distinto calibre para descubrir cuál es el proyectil más apropiado. Como cadáver te pueden trocear y utilizar una de tus extremidades inferiores para averiguar qué tipo de calzado es el más recomendable para desactivar minas (parece que la llamada teoría de las sandalias del Vietkong era correcta: las lesiones son menores que con botas militares).

En fin, hay vida después de la muerte y, al menos contada por Mary Roach, es muy divertida: yo me he reído a carcajadas. No sé qué más habrá escrito esta señora, pero lo leeré todo y (si la foto de la contraportada no es la de su prima la pechugona) me encantaría encontrármela cualquier noche en un local oscuro y con dos copas de más.

Para un lector curioso y desocupado, las informaciones que da el libro son valiosísimas: cómo es el proceso de putrefacción, cómo se embalsama un cadáver, qué sienten los que llevan un órgano trasplantado, cómo se crucifica a una persona, si una cabeza guillotinada sabe o no sabe que es una cabeza cortada (la respuesta es sí lo sabe, al menos durante nueve o diez segundos), etc.

Del libro me ha gustado todo, hasta las notas al pie. Por ejemplo ésta:

A la gente le cuesta creerlo, pero Thomas Edison estaba un poco chalado. Sirva como prueba el siguiente extracto de sus diarios en torno a la memoria humana: "No somos nosotros quienes recordamos. Lo hace por nosotros un grupo de personas minúsculas que habitan en esa parte del cerebro que se ha dado en llamar 'la circunvolución de Broca'. Debe de haber doce o quince turnos, de modo que cada uno de ellos está de servicio durante un tiempo determinado, como los obreros de una fábrica. Así pues, lo más probable es que recordar algo sea cuestión de coincidir con el turno que estaba de servicio cuando se almacenó la información".


Formidable, ¿verdad? Este es Edison, el científico.

El estilo de Mary Roach es irresistible, se basa en dar rodeos, en asociaciones espontáneas, en el humor, en el detalle hilarante, preciso y revelador, y en la capacidad para caracterizar un ambiente o una persona.

Me leí el libro (326 páginas) en una noche. Al día siguiente lo pasé bastante mal en el trabajo, tenía gripe y me dolía la cabeza. No me cabía duda de que no había aprendido nada útil ni había leído a un autor de esos imprescindibles y que sirven para presumir de culto o de que estás al día.

Tampoco me cabía duda de otra cosa: en la cama con Mary Roach (y con sus laboriosos cadáveres) había pasado una noche feliz. Agitada, agotadora y feliz: una verdadera insurrección a favor de la alegría.

Mañana, como penitencia, tendré que leerme a Cormac McCarthy, a Philip Roth o a Javier Marías. Algo que me convenga. Lo que debo leer. Chicas de mi edad. Mujeres con sentido común, que se maquillan con discreción y llevan calzado cómodo.

Que alguien se apiade de mí, por favor.

¿No te doy pena?

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