l Blog de Rafael Reig: diciembre 2007

Rafael Reig, escritor y profesor de literatura

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lunes 31 de diciembre de 2007

Hypocrite lecteur

No ando muy bien. De hecho, estoy bastante cojo, más cojo que el conde de Romanones. No soy nada partidario de ir al médico (salvo que te tengan que llevar a rastras), pero al final, tanto me dolía que no tuve más remedio que irme a Urgencias, después de tomarme unas cañas con mi hermana y a las tres y pico de la tarde que (según calculé con acierto) sería la hora más vacía.

?Bueno, abuela, no exagere. En cuanto termine de comer la llevo a Urgencias, déjeme que me tome tranquilo el café y la copa, por lo menos?, me imagino yo que le dirá el español medio a su suegra con apoplejía, porque no había nadie.

El médico me dijo que tengo tendinitis en el tobillo.

Pues bueno, pues vale.

Uso un bastón con puño dorado, que era de mi padre, y tras el diagnóstico abstracto y el nebuloso pronóstico (al parecer puede durar lo que le dé la gana, se ha producido por causas ignoradas y dolerá más o menos según sople viento), nos fuimos a comer Maite y yo, casi a las cinco, y a tomar unos whiskies, que siempre serán más inofensivos, inspiradores y benévolos que los seis comprimidos diarios que me había recetado ese galeno fanático de la analgesia química.

Mi padre ya decía siempre que a los médicos no hay que hacerles mucho caso y, si les haces algún caso, hay que interpretarlos. Recuerda: son herederos de los sacamuelas, por parte de padre; y de las brujas y sibilas, por parte de madre.

?No hay que tomárselo nunca al pie de la letra?, solía decir papá: ?Hay que adivinar la intención oculta?.

La intención oculta de tanta pastilla debe de ser amortiguar la realidad, alterar a capricho el tamaño de los acontecimientos y lubricar las bisagras del corazón, para que no chirríe como una de esas puertas que las abres y no dan a ninguna parte.

Pues para esos objetivos terapéuticos a mí me vale con el leal amigo don Justerini & Brooks.

Las fiestas, como de costumbre. Fiestas infantiles en el cole, donde se disfrazaron este año de indias.



¿A que está guapa Anusca de india?

Y fiestas familiares y con amigos. Esta es la comida de Navidad, un lado de la mesa, aquí aparecen mi novia, José Antonio y Natalia.



Al otro lado de la mesa, dos de mis hermanas, Helena y Maite:




Aquí estamos mi novia y yo, decididos a todo, un año más, insensatos, felices, al borde del abismo, pero dispuestos a dar un paso adelante:




Me dice mi novia: "Estás viejo, Rafita, mírate: bastón, abrigo, calvo..."

"J'ai plus de souvenirs que si j'avais mille ans, querida", redarguyo a mi modo.

Como si dijera: es que tengo más recuerdos que si tuviera mil años.

Y luego contraataco:

Quand vous serez bien vieille, au soir à la chandelle,
Assise aupres du feu, devidant & filant,
Direz chantant mes vers, en vous esmerveillant,
Ronsard me celebroit du temps que j'estois belle.

Mi amigo Carlos Pujol (hola, don Carlos) los tradujo así:

Cuando seas muy vieja, a la luz de una vela
y al amor de la lumbre, devanando e hilando,
cantarás estos versos y dirás deslumbrada:
Me los hizo Ronsard cuando yo era más bella.

Se ríe, porque sabe que lo digo, como lo decía aquel viejo cabrón marrullero de Ronsard, para desafiarla: cueillez dés aujourd'huy les roses de la vie.

Así que nos fuimos a casa, a deshojar las rosas de Ronsard, pétalo a pétalo, durante toda la noche, con la luz encendida.

Hoy se acaba 2007. Un buen año y, entre otras muchas cosas, por los amigos que he hecho en este blog. Gracias.

De verdad.

¿Que si tengo píos propósito para el año nuevo?

Sí, pero ya sabes:

Nos péchés sont têtus, nos repentirs sont lâches

¿A que sí, mon semblable, mon frère!

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jueves 20 de diciembre de 2007

Karate Kid

Con este frío (y sin él, para qué mentir) hay días que le llevo a Anusca el desayuno a la cama. Se toma el colacao y hablamos de nuestras cosas.




Ahora los niños cantan una canción muy emotiva en homenaje al legendario "mensajero de ilusión":

Santa Claus, Santa Claus, pobre desgraciao,
me has traído los juguetes del años pasao, ¡hey!:
un balón pinchao,
un chicle mascao
y los calzoncillos del Athleti de Bilbao... ¡hey!

Así crecen luego, claro, y se hacen estudiantes como éstos:




Esto es en Zamora. En la Biblioteca Pública tuvieron la amabilidad de invitarme a hablar con los estudiantes. La mayoría de los adultos aseguran que hoy en día los estudiantes son poco menos que unos zánganos analfabetos, lobotomizados por las videoconsolas, sin intereses ni lecturas, auténticas acémilas echadas a perder.

Yo, que voy de vez en cuando a colegios e institutos, tengo la sensación contraria. Hace poco un chico de unos quince que había leído una novela mía levantó la mano y preguntó:

"Oiga, me llama la atención que la primera frase de su novela sea: "Para poner fin". ¿Qué ha querido hacer, un juego o algo, empezar poniendo fin?"

Le contesté la verdad:

"Pues mira, tío, me salió de casualidad y, hasta ahora, ni me había dado cuenta. Tal y como tú lo lees, queda estupendo y como si fuera intencionado. La verdad es que yo ni me había fijado. Conclusión: tú lees mucho mejor de lo que yo escribo".

Siempre me pasan cosas así, me hacen preguntas agudas y me suelen dejar pensando durante mucho rato.

Zamora es muy bonito, supongo. Me pasé la mañana leyendo tumbado en la cama, aunque de vez en cuando me asomaba al balcón a ver una iglesia.

"¿Te has dado un paseo?" me preguntaba Asun.
"Claro, claro. Un largo paseo. Precioso, la verdad, precioso".

Luego vino la charla con los estudiantes, me divertí mucho. Las chicas estaban todas estupendas, insolentes, pizpiretas, parpadeantes y, en resumidas cuentas, ereccionales. Se conoce que es la alimentación o algo. Como una de ellas me hubiera guiñado un ojo, mi vida entera habría descarrilado, lo sé: sin pensármelo dos veces, me dejaría corromper por una menor de edad, dignidad y gobierno, con su mochila de colores, su piercing, su dependencia del móvil y sus uñas mordidas. Le escribiría un SMS obsceno y disparatado, la esperaría a la salida de clase y nos iríamos a un hotel para echarnos a rodar cuesta abajo, por la máxima pendiente de sus muslos, como quien tira una piedra a un pozo en el que no se ve el fondo.

Esto creo yo que es lo que les pasa a la mayoría de los adultos. Son tan atractivas, tan resplandecientes, que no hay más remedio que protegerse.

Por eso decimos que las jóvenes de hoy en día son acémilas echadas a perder.

Sí, sí, acémilas.

¡Ja!

Ellas también aprenden a protegerse de viejos verdes como yo, claro. Mi hija, por ejemplo, está aprendiendo kárate para el día de mañana, no sea que vaya a su instituto un día algún escritor con bigote y la mire con el corazón en vilo y la cabeza repleta incendios forestales.



Una patada por lo menos se lleva, el viejo verde.

Por la tarde me dijeron en la estación que el tren tenía dos horas y media de retraso. Me dirigí al bar (¡no iba a ir a la iglesia!) y... ¿a quién dirías que me encontré?

A Jesús Ferrero, exacto.

Cinco whiskies hasta que abordamos el Talgo y, una vez en el vagón, usamos el popular "billete de barra", sin tocar el asiento, acodados en el bar hasta Madrid.

Bajamos del tren a gatas, claro.

Esa noche soñé actos y pensamientos impuros y multitudinarios con estudiantes suspendidas.

Me desperté con sabor a ceniza en el cielo del paladar y arbustos quemados en la retina.

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sábado 15 de diciembre de 2007

Re: qué vida más triste (vol. II)

"Cómo me vendrás, criatura", me advertía mi novia, sin recriminaciones, casi enternecida.

Tras muchos mails, idas y venidas, vueltas y revueltas, citas y cancelaciones, el jueves por fin conseguimos quedar otra vez los del Quinto Vino para celebrar un Re: qué vida más triste.



Aquí estamos, en el momento exacto del primer sorbo de whisky en copa balón, Eduardo, yo, Chema, Gerardo y Chavi.

¿Que si hablamos de folleteos y ortos, como de costumbre? ¿De las madres con botas de cuero que van a llevar a los niños al cole en un monovolumen? ¿De las estudiantes cuya temperatura corporal hace que se te empañen las gafas?

Ni hablar: hablamos del amor. El verdadero amor. Toma del frasco.


El tierno amor para dormir al lado
y que alegre mi cama al despertarse,
cercano como un pájaro.


Pues sí, el amor. Del que hablaba Jaime Gil de Biedma.

Dime que no te conmueve; dime que no te da risa y escalofríos, anda; míranos y dime que no te da ganas de salir sin hacer ruido y dejarnos solos: míranos, esos cinco cuarentones, todos calvos, todos con barrigas formidables, padres de familia, con pantalones a los que les han tenido que meter los bajos, con llamadas pendientes y recuerdos multitudinarios, míranos hablando del amor, el verdadero amor, como chiquillos: ¡a nuestra edad! ¡Con nuestros cuerpos!

Dime que no te conmueve.

Chavi siempre se remonta a Gorgias (la Defensa de Helena) o a Salustio. Como concesión a la modernidad, habla como mucho de Juan de Mena:

...si amor es ficto, vanílocuo, pigro.


Claro, Chavi, claro. Así se entiende todo.

También yo andaba estos días enredado con Juan de Mena.

Hallábame esotro día en mis (no demasiado ricos) aposentos, tan a mi sabor, leyendo el Laberinto de Fortuna, cuando me encontré de nuevo con doña María Coronel. En realidad, iba buscándola, pues desde que leí el libro por primera vez (en 1982), no la había olvidado.

Dice El Brocense que a doña María "estando el marido ausente vínole tan grande tentación de la carne que determinó de morir por guardar la lealtad matrimonial, y metióse un tizón ardiendo por su natura, de que vino a morir".

Asombroso, ¿verdad?

Y Mena la recuerda en verso:

la muy casta dueña de manos crueles,
digna corona de los Coroneles,
que quiso con fuego vencer sus fogueras.


¡Qué disparate! ¿Qué se le habría pasado por la cabeza a la buena señora? ¿Suicidio para no caer en la tentación, como dice El Brocense? ¡Pero qué disparate de suicidio, ¿no?!¿Homeopatía? Se dijo: "Estoy que me follo encima. Tengo la mi natura que me arde. Estoy caliente como un tizón... ¿He dicho tizón? ¡Ya lo tengo! Fuego en la hoguera: me meto un tizón por la natura y seguro que me alivia..."

De esto hablamos, vino va, vino viene; whisky arriba, whisky abajo.

Yo, para decirlo como Keynes
(ya que soy pobre pero ilustrado),
siempre he padecido
de preferencia de liquidez.


A mí me pasa igual que a mi maestro, Juan García Hortelano (es un poema de La incomprensión del comercio): adolezco de esa tenaz, de esa impaciente y acusada preferencia de liquidez.

"Ficto, vanílocuo, pigro; lo que yo te diga", insistía Chavi.

Como quien dice: ficticio, de vanas palabras, perezoso.

Es el amor una historia que nos contamos, una ficción deliberada, nos amamos como los niños que cantan en la oscuridad para quitarse el miedo; son palabras vacías, pero hermosas; y es incompatible con la vida diaria, con llegar a tiempo al trabajo y recordar que hay que comprar pan Bimbo. Es un lujo.

Mira que eres ficta, amor, dan ganas de decirlo como Chavi. Mi amor, mi ficta, mi vanílocua, mi pigra.

Al final, creo que llegamos a la misma conclusión que el gran Juan García Hortelano:

ya que el amor
duradero es el que se hace
fuera del lugar donde se duerme.


Follemos en el baño, mi ficta, a ver si así nos dura, en la cocina de pie, en el rellano de la escalera.



Así nos quedamos todos, pensativos, enamorados, a nuestra edad, con nuestros cuerpos, con nuestros horarios laborales, con nuestra exagerada preferencia de liquidez.

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lunes 10 de diciembre de 2007

En compañía de López

Muchas de las noches más despeñadas y memorables que he vivido las he pasado en compañía de López, mi amigo más antiguo, al que conozco desde los dos o tres años.

Alguien podría pensar que todos mis amigos siempre han tenido esa extravagante obcecación por escribir una novela. Ni mucho menos. Muchos de mis mejores amigos no son escritores. Suena un poco como: muchos de mis mejores amigos son homosexuales, ¿a que sí? No tengo nada contra los que no escriben, muchos de mis mejores amigos...

Tengo amigos revendedores de tarjetas de transporte, electricistas, profesores y hasta ingenieros de caminos, canales y puertos.

López, aunque escribió y escribe elegantes artículos, nunca se propuso hacer una novela. Sí escribió, a los dieciséis años, una teoría metafísica que, según recuerdo, refutaba a Descartes, le dejaba con un palmo de narices, lo que se dice planchado.

Me enseñaba un manoseado ejemplar de las Meditaciones metafísicas, con copiosas anotaciones en los márgenes, y me explicaba:

"Hasta ahora todos los metafísicos han tropezado en la misma piedra, Reig: ¡los putos animales! Es que no hay por donde cogerlos".
"¿Metafísicamente hablando, te refieres?"
"Claro, tío, claro".

No llegué a entender bien cuál era el gran obstáculo zoológico que había impedido el avance de la Metafísica (y que López acababa de superar, al parecer), pero seguimos hablando de otras cosas, como siempre. Hoy todavía tenemos multitud de cosas para hablar.

Cuando volví a Madrid, tras pasar un año en Boston, estuve haciendo el tonto una temporada, pero luego decidimos alquilar un piso a medias López y yo.

Aquí estamos, imagino, sopesando la decisión:



Siempre sopesábamos así: con una botella de coñac. Y algún libro sobre el que discutir (parece, en la foto, un Shakespeare, no estoy seguro). Luego nos lanzábamos a una jornada jarábica, en homenaje a Jarabo, el asesino múltiple, que era por entonces uno de nuestros personajes históricos favoritos. Escribíamos entonces los dos falsas biografía ejemplares y paralelas, como la de Fernando Falopio y Eustaquio Martínez: descubridores de trompas, con la que aún me río cuando la releo.

Encontramos por fin una casa algo destartalada, en la calle Castelló 13, con techos altos, un pasillo interminable y balcones desde los que se podían tocar las ramas de los árboles. Trabajábamos entonces López y yo en una oficina de análisis político o cosa semejante: hacíamos encuestas e informes, asesorábamos a candidatos, les escribíamos discursos, un poco de todo.

Teníamos 26 ó 27 años y ganábamos bastante dinero, aunque nos lo gastábamos todo en nuestra incurable afición a la golfería.

Semejante pinta tenía yo de oficinista:



Por aquella casa iban pasando amigos, vecinos, novias de uno y de otro (o de ambos). Una que conocí en una boda me vino un día a cuidar de un catarro: se metió conmigo en la cama conmigo y con una botella de Veuve Clicquot. Mucho más efectivo que el Frenadol, te lo aseguro. Como soy así y no tengo arreglo, aún conservo el tapón de esa botella (hola, Susana). Con los ojos cerrados, si aprieto la lengua contra el paladar, todavía recuerdo el sabor. También el del champagne, sí, aunque con mucho más esfuerzo.

Un día le pedí a López condones, que me había quedado sin.

"Están en su sitio, en la caja de herramientas" me dijo: "Coge los que quieras".

Era así. Un romántico. Un hombre ordenado, metódico, cartesiano (perdón: López había ido más allá de Descartes, sin duda gracias a su comprensión metafísica de los animales).

Por allí venían también las novias crónicas cuando atravesaban las fases agudas (cada vez menos frecuentes). Aquí está Paz en la legendaria (para mí) casa de Castelló:




Aquí estoy yo con mi habitual forma de trabajar, siempre ordenado y metódico:




Aquella casa al borde del Retiro no podía durar. Pasó así. Una novia mía se vino a vivir a la casa. A la semana, la novia de López también se instaló. Nos convertimos en una pintoresca familia, una especie de cena de matrimonios prolongada hasta la pesadilla, siempre con Mrs. López y Mrs. Reig.

Cuando López no estaba, Mrs. López se ponía en el salón a planchar en bragas y sujetador, mientras cantaba canciones folclóricas de su Salamanca natal (serían). Yo miraba de reojo e impetraba (no siempre en vano) auxilio divino, algún tipo de intervención sobrenatural que me disuadiera de tocarle el culo. Cuando yo no estaba, no quiero ni saber qué haría Mrs. Reig. Lo que sí recuerdo es un día que tuve que sujetarla para que no tirara por la ventana unas sillas que había traído López (no sé muy bien de dónde ni por qué, aparecía con muebles, como quien trae media docena de churros). Mrs. López discutía hasta la extenuación la diferencia entre ?invitar? y ?participar? a un próximo enlace. Mrs. Reig sentaba cátedra sobre la segunda cruzada, objetando algunas imprecisiones de Runciman. Y así todo el rato.

Mientras tanto, López y yo seguíamos igual, saliendo por las noches, bebiéndonos el agua de los jarrones, tomando una lata de fabada al amanecer en el Lady Pepa y acabando bien entrada la mañana en alguno de esos bares alarmantes cerca de Ventas, donde se bebía coñac, se hablaba en hexámetros sibilinos y había costumbre de invitar a todos los presentes, el día que uno llevaba dinero.

Consideramos la posibilidad de dar un portazo y dejarlas allí a las dos, en la calle Castelló número 13, para que se sacaran los ojos una a otra y luego descubriera la vecina los cadáveres, dos esqueletos atenazados en un abrazo, como si se hubieran quedado encerradas en un ascensor.

Al final, par délicatesse, decidimos poner fin a aquella interminable cena de matrimonios caníbales.

Me fui yo a otro piso con mi novia, al otro lado del Retiro. Pusimos selva por medio, aunque López y yo seguimos viéndonos.

Oisive jeunesse
à tout asservie,
par délicatesse
j'ai perdu ma vie.


¿A ti no te ha pasado lo mismo? ¿No has perdido tu vida por delicadeza?

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jueves 6 de diciembre de 2007

Ríete, ya verás

Escucha a mi hija Anusca contando un chiste, ya verás.



¿Te ha hecho gracia?

Estábamos el otro día en el Cabreira, con Alberto Olmos.

Yo le hice una foto a Anusca:




Anusca me hizo una a mí:




Luego apareció Alberto:




Hablamos de libros, siempre siguiendo las reglas de Jorge Barón Biza, que escribió un espléndio decálogo de la crítica literaria.

1. De un libro sólo se habla para explicarle al autor cómo debiera haberlo escrito. Privilegiar siempre lo negativo.
2. La crítica es el espacio ideal para ajustar cuentas con ese otro crítico al que invitaron al congreso en Acapulco en vez de invitarme a mí. Los escritores son piezas de ajedrez en ese juego. Los escritores de mi rival son una porquería; los míos, unos genios. Cualquier encono o teoría literaria o política sirve para dividir la literatura argentina.
3. No informar nunca al lector. Aburrirlo siempre. No analizar nada.
4. Los cheques se leen, los libros se hojean. No caer en el error de creer que un libro puede portar ideas y expresar tendencias. No descubrirlas, no sintetizarlas, no comunicarlas.
5. Publicar recensiones incomprensiblemente memorables. Si alguien se acuerda del libro que quiero reseñar, es problema de él. Yo me acuerdo de Susana Giménez gritando ?shock?; la marca de jabón qué me importa. (Y lavarme, menos.)
6. Dejar siempre en el tintero estupideces como a qué género pertenece el libro, qué calidad tiene, a qué público se dirige, y si es o no aburrido.
7. No hacer crítica si se pueden hacer entrevistas, pastillitas con chimentos, contar cuál es el vicio del escritor o publicar alguna foto.
8. No olvidar que siempre el chiste triunfa sobre la verdad, que todo puede ser dicho con conventillera malignidad.
9. La imparcialidad es la mejor excusa para no decir nada. La neutralidad será el disfraz de tu nulidad.
10. Aceptar todas las invitaciones de las grandes editoriales porque este rebusque de crítico me sirve sólo hasta que publique mi libro. Entonces, van a ver esos escritores pelandrunes lo que es literatura en serio.


Supongo que ya habrás notado que yo sigo al pie de la letra estos diez mandamientos, ¿a que te habías dado cuenta?

Estoy convencido de que el 99% de los críticos literarios españoles también los cumplen religiosamente.

¿Y el otro 1%?

Son cuatro o cinco aguafiestas a los que no les dejan publicar a menudo y que critican un libro sólo por envidia, ¿a que sí?

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sábado 1 de diciembre de 2007

The Good Times

He escrito una notita en Público sobre Juan Gelman, si quieres la puedes leer aquí.

Me escribe Orejudo, tras leer la nota, y me manda una foto de aquellos tiempos.




Yo también tengo una copia de esa foto, enmarcada, en la casa de Piles. Para mí, esa foto captura una gran parte de la felicidad posible en este universo tan avaro de placeres. Orejudo y yo íbamos casi cada día a librerías de segunda mano, como la de la foto, que es The Good Times, en Port Jefferson, Long Island. Hay pocos placeres como encontrar libros inesperados, baratos, desconocidos y tentadores. Esos libros de los que uno se encapricha sin saber por qué, sin conocer al autor, sin interés alguno en el tema, sin haber oído jamás hablar de ellos.

También me envía otra foto y me escribe: "Estamos en Las Vistillas, hemos ingerido una de pulpo. Tira la foto una estudiante hawaiana que vino a visitarme, ¿te acuerdas?"




¡Cómo no me voy a acordar, tronco! Si estaba como un queso la hawaiana: la que tenía que salir en la foto es ella. Nosotros parecemos cantantes de rumbitas o algo así, ¿verdad? Vivíamos entonces en EE.UU. y veníamos a Madrid en verano, disfrazados de Peret o Luis Ortiz, nos pasábamos la noche dando candela, acabábamos al amanecer desayunando pinchos de tortilla en esa clase de bares que están pidiendo a gritos un precinto de Sanidad. Estábamos tan chiflados que a veces hablábamos imitando acentos regionales, ¿te acuerdas, Orejudo? ¿Te acuerdas una vez que estuvimos haciendo de gallegos toda una noche sin saber por qué? Si nos preguntaban a qué nos dedicábamos solíamos improvisar:

"Trabajamos en la Vuelta Ciclista a España", decía Orejudo.
"Sí, somos los que damos el talco", confirmaba yo.
"¿Qué es eso?", se asombraba la crédula correspondiente.
"Somos los que entregamos las bolsas de avituallamiento a los corredores", explicaba sobre la marcha Orejudo.
"Nosotros lo llamamos dar el talco", corroboraba yo.

Era imposible mantener una conversación normal con nosotros. Las chicas desistían. Nos miraban de hito en hito, se encogían de hombros y se iban con otros. Tan patéticos debían de vernos que a menudo, antes de largarse, nos dejaban pagado todo en la barra.

"Pues cojonudación", proclamábamos, y pedíamos otra ronda.

Se suponía que en Madrid estaba aconteciendo en esos mismos instantes la movida madrileña, pero nosotros mirábamos para otro lado y lo único que hacíamos era teclear durante todo el día, empeñados en escribir una novela, y salir por las noches como si estuviéramos en el patio de recreo de un manicomio.

Quizá tampoco hayamos cambiado tanto. Los buenos tiempos son éstos... ¡y lo que nos queda!

Ah, si me vas a preguntar por qué en la foto estoy sentado en las rodillas de Orejudo, la respuesta es: ni la más remota idea.

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