l Blog de Rafael Reig: febrero 2008

Rafael Reig, escritor y profesor de literatura

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viernes 29 de febrero de 2008

Mujeres mojadas

Nos cogimos un taxi Marta Sanz y yo en la calle San Vicente Ferrer y nos fuimos a hacer penitencia a Barajas. No salí mal librado: sólo perdí la pluma Parker que me había regalado mi novia, al hacerme un lío con la bandeja en la que tuve que dejar monedas, llaves, lápices, pluma, condones, fotos, el escapulario y las ligas para calcetines, todo por mi seguridad.

En el hotel, lo de siempre: no había suficientes habitaciones en las que se permitiera fumar. Al parecer la ley nazi les prohíbe poner más habitaciones para que el que lo desee pueda fumar.

Luego nos fuimos a comer y a deliberar. Así como suena: ¡deliberar! Mis labios están sellados, porque todo eso es confidencial: nada diré del pronunciado escote, casi exclamativo, de Lola Beccaria; ni una palabra de la suavidad de la espalda de Marta Sanz; silencio sobre la gorra de béisbol con la que comió (elegante a la par que sencillo) Antonio Rabinad; ídem sepulcral del intenso trabajo de peluquería escultórica que lució Fernando Schwartz (¿me he dejado alguna consonante?); ni media sílaba del no menos artístico despeinado accidental de Vicente Molina Foix; ni una palabra de más sobre la insinuante ronquera de Fanny Rubio (es que yo asocio la afonía con los excesos sexuales, ¿qué pasa?); ni del curioso empeño de Verónica Fernández Muro en la utilidad de sus libros "para la salvación de la humanidad" (así mismo); ni de cómo Agustín Fernández-Mallo se bebió todo mi vino... (¿Nocilla? ¡Ja! Más bien Tintorro Dream). Pues eso: ¡soy una tumba! ¡Mis labios están sellados!

Ganó Merino. Enhorabuena. Creo que es un premio merecido.

Que yo sepa no hubo manejos, alhóndigas de esas que conoce Goytisolo, trapicheos ni mafias. Cada uno dijo lo que le pareció, discutimos, votamos y ya está. Además, a mí todo el mundo me cayó bastante bien y me divertí mucho.

Lo de Merino son micro-relatos de esos. A mí los cuentitos me parecen un poco pesados: es como comerse un bote entero de pepinillos en vinagre. Un pepinillo, con el vermut, está bien... ¡pero un bote!

El libro de Marías , en cambio, me resultó hipnótico.

-¿Hipnótico?
-Sï, es como una catedral de Santiago hecha con palillos de dientes. Algo obsesivo, inútil, desquiciante: hipnótico, vaya. Es el padrenuestro en una lenteja de la novela española.

Se habló allí del valor que habían tenido Esther Tusquets y Belén Gopegui, libros valientes, ideológicos, etc.

Eugenia Rico lo resumió así:

-Me alegro de que sean las mujeres las que más se mojen.
-Ah, bueno, sí... esto, a mí me parece bien que las mujeres se mojen, claro, cómo no. Qué cosas tienes, Eugenia, chica...

Luego, por la noche, tuvimos un cóctel. Me bebí cientos de whiskies. Me encontré a Javier Rioyo, divertido como siempre. Me encontré a los Grandes Editores: Juan Cerezo y Herralde. Juan es amigo mío. A Herralde sólo le conozco un poco. Hablando con Herralde tuve una revelación, algo epifánico, un vislumbre del más allá me atravesó como una corriente eléctrica.

Le miraba y de pronto me dije: ¡se parece al difunto José Manuel Lara!

Menos gordo, claro, pero sí que se parece.

Luego me fui al hotel, escoltado por Marta, que debía de venir a sueldo de mi novia.

Al amanecer saqué una foto como prueba de que he estado en Barcelona. Se nota porque hay un edificio de esos emblemáticos, ¿a que sí?

No supe abrir la ventana, así que no puede evitar algo de mi propio reflejo. ¿Quién no ve un reflejo de sí mismo al mirar amanecer en cualquier ciudad?



Al día siguiente, volvimos Marta y yo en avión.

-Vamos a sentarnos allí, que hay tías.
-Joder, Rafita, eres un pesado.
-Es que son tías con botas y los sobacos sin depilar. Compréndelo: eso dispara mi fantasía sexual.
-Pues debe ser de gatillo fácil, se dispara sola, porque mira que la ronquera de Fanny Rubio...
-Las mujeres afónicas tienen algo obsceno, te lo digo yo, una voz húmeda. Se mojan más, como las novelistas actuales.
-Tú estás muy mal, tío.
-Mira, mira: cuánto pelo.
-Esas no son de Valladolid, apuesto doble contra sencillo.
-Un sobaco con pelo se vaginiza, se convierte en un coño supernumerario, pura perversión...
-Qué viaje me estás dando, tronco. A ti, ¿qué no te provoca fantasías?

Improvisé esta lista (muy abreviada) de cosas que me provocan a veces fantasías eróticas: pelo en los sobacos, ronquera, bizquera, escolares con un calcetín caído hasta el tobillo, sujetadores en un tendedero, mujeres dormidas en medios de transporte público, mujeres que comen con gusto (tengo una teoría científica según la cual esa gente que no prueba bocado es porque no le gusta nada follar), madres que se agachan a recoger niños del suelo y se les ve un poco las tetas, mujeres que escriben sacando la punta de la lengua, mujeres que discuten a voces, sin rigor y levantando mucho el culo del asiento, uniformes (de cajera, azafata, enfermera, vigilante de la ORA, etc.), pijamas, chaquetas abrochadas cojas, manos fuertes, con uñas cortas y nudillos marcados... en fin, cuento y no acabo.

Y, bueno, claro, la lista de personas es más breve: mi novia. Siempre me provoca un enjambre volador de acaloradas fantasías.

¿Y tú? ¿Cómo se dispara tu fantasía? ¿Hay algo que la ametralle? ¿Hay algo que haga impacto rotundo?

Nada más bajar del avión, Eva Orue y unos amigos de la canallesca me habían invitado a comer.



De izquierda a derecha: Pedro Vallín, La Vanguardia (aunque es asturiano); yo; Eva Orue (que ahora escribe en Público); Javier Goñi, El Mundo; Sara Gutiérrez (Divertinajes, y también asturiana) y José María Goicoechea, el gran Goico, de Tiempo.

Como son de la prensa, todo lo que hablamos, todas las maldades, cotilleos, brutalidades, líos de faldas y pantalones... ¡todo era off-the-record!

Tampoco puedo decir ni una palabra. Hay que fastidiarse.

lunes 25 de febrero de 2008

Viaje a Barcelona

Mañana me voy a Barcelona, a la vuelta te cuento. Voy como jurado a un premio que se llama Premio Salambó.

-¿Y ese nombre? -pregunté.
-Es un bar que hay allí en Barcelona.
-¡En Barcelona tenía que ser! Si fuera en Madrid, el premio se llamaría inevitablemente premio Bodegas Muñoz o premio La Gallega o premio Dos Hermanos. En Madrid no nos resignamos a que los bares se llamen Salambó. No, amigo, no: aquí no. Como mucho, el premio Café Gijón o el premio Sésamo, pero ni un paso más allá.

Ayer Marta Sanz me contó que una vez estuvo en un hotel en Barcelona tan diseñado que la llamó por teléfono José Ángel Mañas, desde la habitación de al lado. Tenía voz de persona al borde del llanto o a punto de cometer un crimen espantoso.

-¿Has encontrado el baño en tu habitación, Marta? -le preguntó desesperado.
-Sí, de puta casualidad, apreté sin querer un espejo y se abrió una puerta en otra pared... ¡menudo susto!
-No consigo dar con el baño y... ¡es que me estoy meando encima!

Al final, el pobre Mañas tuvo que ir a hacer pis a la habitación de Marta.

En Barcelona todo está diseñado y corres estos riesgos. Encender una luz, tirar de la cadena, abrir un ascensor... cualquier actividad inocente y apacible, gracias al temible diseño, puede convertirse en... ¡¡una pesadilla terrorífica!! Muy pronto en todos los cines. Vajillas con platos inclinados, para que se caiga la salsa; chaquetas con bolsillos a la espalda; semáforos de Miquel Barceló, con colores mediterráneos, para que te atropellen sin contemplaciones... todo es posible cuando una populosa metrópolis cae en manos del terrible, el superferolítico, el despiadado diseño.

Yo tengo bastante miedo, qué quieres que te diga.

Detesto viajar, aunque en otro tiempo no me molestaba tanto. Ahora viajar es la forma más popular de hacer penitencia y someterse a humillaciones: registros, prohibiciones de todo tipo, esperas, colas, gastos, instrucciones de seguridad, retrasos sin explicación, disciplina severa, música estridente, conportamiento de jardín de infancia (sin fumar, si beber, pidiendo permiso para ir al baño)... ¡y encima todo lo hacen por nuestro bien!¡A ellos les duele más que a nosotros!

Los finalistas del premio son:

Ricardo Menéndez Salmón, La ofensa.
Belén Gopegui, El padre de Blancanieves.
Javier Marías, Veneno y sombra y adiós (el tomo tres de Tu rostro mañana).
Enrique Vila-Matas, Exploradores del abismo.
José María Merino, La glorieta de los fugitivos.
Esther Tusquets, Habíamos ganado una guerra.

Sí, lo sé, lo sé... para confeccionar esta lista, ¿hacía falta reunir a una docena de escritores? ¿No bastaba con llamar por teléfono a la peluquería o a cualquier suplemento literario?

Sea como fuere, ¿a quién votarías tú?

Aconséjame.

Ahora tengo un aspecto normal, relativamente normal (para ser como soy, me refiero). Tal que así:



Sin embargo, ¿qué será de mí a la vuelta de Barcelona? ¿Me diseñarán de forma irreversible? ¿Podré seguir llevando bigote? ¿Habré encanecido de los sobresaltos? ¿Tendré que beber combinados? ¿Seguiré sabiendo sentarme en un taburete normal o ya sólo podré sentirme cómodo en sillas Bauhaus de esas de las que cuesta tantísimo trabajo luego levantarse?

¿Tú qué crees?

Ah, sí. Eso. Me alegro de que me lo preguntes. La foto es en la barbacoa en casa de mi hermana Helena. Todo el mundo bebía vino en vasos de esos y metí una cucharilla en el mío para poder reconocerlo de inmediato encima de cualquier sitio. Costumbre de buen bebedor. Como la de pasar el contenido de todos los bolsillos a la siguiente prenda, cada vez que te quitas algo, porque más vale perder la chaqueta que lo que lleves en el bolsillo. O como la de pagar siempre y en todos sitios con billetes. Decía Juan García Hortelano que la mejor medición de cuánto bebiste anoche es la cantidad de monedas que llevas en el bolsillo, por esa costumbre de todos los borrachos de pagar siempre con billetes. O será, tal vez, por la incapacidad de ponerse a contar monedas a partir del quinto whisky.

Madrugadas hay en que uno llega con el bolsillo reventando de calderilla, rebosante de moneda fraccionaria, y se pregunta: pero, vamos a ver, ¿será posible que haya bebido tanto anoche?

Que gane el mejor, ¿no?

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martes 19 de febrero de 2008

Concurso de Paellas Madrileñas

El viernes voy subiendo las escaleras del metro de Noviciado con mi hija. Iba como un esportillero, acarretando su mochila, mientras mi Anusca se tomaba el bocata-chopped de la merienda. De pronto, un vozarrón me detiene:

-Te vas a tropezar, Reig.

Sólo tardé cuatro segundos en reconocerle: Javier Yagüe. Fuimos muy amigos en la Autónoma. Está igual, parece una serie de televisión, como si sólo le hubieran echado polvos de talco en el pelo, pero con la misma ropa (jersey negro de cuello alto, pantalón negro, chaqueta de cuero negro). Nos tomamos unas cervezas en el bar de Pedro. Javier vive en Bruselas, lleva veinte años viviendo fuera.

-¿Y qué tal lo llevas? -le pregunto.
-Bien. A mí no me molesta, me va bien estar así, un extraño entre extraños.
-A stranger to strangers... un desconocido para desconocidos... ¿Eso no es de Auden?

Javier carraspea, bebe, tose y responde:

-No sé... Bueno, sí, qué sé yo: supongo.

¿Qué hago? ¿Le digo que por casualidad tengo hace unos días un libro de W.H. Auden en el bidet, para leer en el cuarto de baño, y que hace poco leí The Wanderer? ¿O me callo y le dejo convencido de que su antiguo amigo es un erudito?

¡Ah, decisiones...! ¡Sublimes y sórdidas decisiones!

Al final hago lo que siempre hacemos todos: nadar y guardar la ropa, circunvalar la decisión por la abarrotada M-30 de las soluciones de compromiso, el camino de en medio, que siempre está atascado y luego a ver quién encuentra sitio para aparcar.

Durante media caña le dejo creer que, desde que no nos vemos, yo no he hecho otra cosa que leer poesía.

Qué rastrero puedo llegar a ser, ¿verdad? Disfrutando rastreramente del asombro de Yagüe, que es muchísimo más leído que yo. Como Anusca, pensando: "¡Toma, toma! Chúpate esa".

Luego le digo, en un momento de debilidad:

-Tronco, que no soy un erudito, es puta casualidad, lo leí ayer.

Yagüe se tranquiliza tanto que paga una rondita más.

The Wanderer

Doom is dark and deeper than any sea-dingle.
Upon what man it fall
In spring, day-wishing flowers appearing,
Avalanche sliding, white snow from rock-face,
That he should leave his house,
No cloud-soft hand can hold him, restraint by women;
But ever that man goes
Through place-keepers, through forest trees,
A stranger to strangers over undried sea...


O sea, como quien dice, más o menos:

El errante

La fatalidad es oscura y más profunda que cualquier abismo del mar.
Al hombre sobre el que caiga el deseo de abandonar su casa,
en primavera, como se abren las flores buscando la luz,
como se desliza la nieve de la pared de roca para formar una avalancha,
A ese tipo ya no le sujetará ninguna mano suave como una nube,
no habrá mujer capaz de retenerle;
Sino que ese hombre siempre va,
Atravesando guardianes, atravesando árboles del bosque,
Un desconocido entre desconocidos sobre el mar que no se seca...


Es verdad.

Se apodera de un tipo, un buen día, el deseo de irse de casa (que es como el deshielo: empieza poco a poco a separarse la nieve de la roca hasta que forma una avalancha imparable). No hay nada que hacer. Vuela esquivando árboles, como un pájaro (así dice Auden, que avanza como un pájaro: A bird stone-haunting, an unquiet bird: un pájaro que persigue piedras, un pájaro intranquilo).

(Una madrugada, de copas, vimos el Orejudo y yo a dos tipos tan borrachos como nosotros a la puerta de un antro. Uno quería ir detrás de una chica.

-Déjalo, tío -le aconsejó el amigo-. Seguir a una mujer es como seguir a un pájaro.

Exacto: ¿cómo seguir, desde el suelo, a un pájaro que vuela?

Creo que a eso se refiere Auden, el errante se desplaza por otro medio, tan inalcanzable para los que andamos sobre tierra como el pájaro que vuela por el aire).

Bueno, te resumo el final del poema, para no dejarte con la intríngulis.

There head falls forward, fatigued at evening,
And dreams of home


Allí deja caer la cabeza, cansado al atardecer,
y sueña con su casa

Siempre pasa eso y también esto otro:

But waking sees
Bird-flocks nameless to him, through doorway voices
Of new men making another love.


Al despertarse ve
bandadas de pájaros que para él no tienen nombre, voces a través de las puertas
de nuevos hombres que hacen otro amor.

Making another love, qué idea tan extraña, ¿verdad?

¿Cuál es ese otro amor, el que hacen los hombres nuevos, los desconocidos?

Hagamos otro amor, convirtámonos en desconocidos, tu y yo tenemos tantos amores distintos por hacer, tantos desconocidos que descubirnos el uno al otro. Nos duo turba sumus, como decía Ovidio: tú y yo, cariño, somos una multitud.

(En las Metamorfosis, eso lo dicen Decaulión y Pirra, tras el diluvio, me he levantado a comprobarlo y, así, ¿cómo narices voy a acabar mi novela de espías, si me distraigo con cualquier cosa? Menudo desastre soy).

(Sí, claro, ya lo sé, Auden era homosexual, lo sabe todo el mundo, pero no creo que se refiera a eso con el otro amor que hacen hombres nuevos: no era tan rudimentario, por más que fuera de Birmingham).

Como la mayoría de los poemas de Auden, su sencillez se apoya en un equilibrio difícil y cuidadoso de las imágenes contrapuestas (peces y pájaros, hombres y mujeres, tierra y agua, piedra y nube, etc.)

En fin.

Que no soy un erudito ni mucho menos, pero siempre tengo dos o tres libros sobre el bidet, con el cenicero, el tabaco y el vaso de whisky. En la otra casa utilizaba una palangana a la que le daba la vuelta para convertirla en un cómodo escritorio. En ésta, el bidet no está enfrente de la taza del váter, sino a un lado: es un cuarto de baño más propicio a la lectura que a ponerse a escribir, qué le vamos a hacer.

Al día siguiente, el sábado, organizamos una merendola infantil en casa, con los niños de Lorenzo Silva.



A la cabecera, Anusca. Luego, a la izquierda, Marcela, la hija de mi novia; Laura; luego mi chica, a la otra cabecera; Lorenzo y su hijo Pablo.

Hice chocolate y se pusieron morados de bollos. Como de costumbre, Lorenzo me sacó los colores. Todo el tiempo que yo dedico a leer en el baño cosas escogidas al azar o a tomar copas por las barras de los bares, Lorenzo lo emplea en sentarse muy derecho en la mesa y escribir obras inmortales. Así, claro, el tío lleva 28 libros publicados, cientos de premios, goza de prestigio y reconocimiento, le asedian las admiradoras y le cortejan las grandes editoriales.

Y encima es más joven que yo. El cabrón. El disciplinado cabronazo. Ten amigos para esto.

Aunque reconozco que estoy en una edad difícil, como Auden (¡mira que llamarse Wystan Hugh, el tío!)cuando escribió A Walk After Dark, y decía al contemplar las estrellas (esas sidera multa que contemplan nuestros amores furtivos, según pensaba Catulo):

Now, unready to die
But already at the stage
When one starts to resent the young,
I am glad those points in the sky
May also be counted among
The creatures of middle-age.


Como si dijera:

Ahora, sin estar preparado aún para morir,
pero ya en ese momento
en el que a uno le empiezan a fastidiar los jóvenes,
me alegro de que esos puntos en el cielo
también formen parte de
las criaturas de mediana edad.


El domingo tuvimos otra ronda del Concurso de Paellas (estamos inscritos mi novia, Edu Vilas y yo). El domingo pasado la hizo mi chica, con marisco y todo.

Este domingo me tocaba a mí, que la hice a mi modo, como me enseñó Vicenta: es decir, echándole lo que uno encuentra en casa, sea lo que sea.

No me salió tan mala, mira:



Mientras mi novia ponía la mesa, Anusca y yo cubrimos el arroz con el periódico y lo dejamos reposar.




Para que luego digan que las cositas que uno escribe no sirven de nada. Ja. Al menos, valen para tapar la paella, ¿no? ¿La función social de la literatura? Quita, quita: ¡donde esté su función gastronómica!

A esta edad, unready to die, desprevenido aún ante la muerte, ¿habrá algo que consuele más que cubrir tu paella con tus artículos?

El jurado del concurso son las niñas y, a pesar de las puntuaciones (generosas)que me pone mi hija, mi novia me saca todavía alguna ventaja.

¿Quieres participar en el Open de Paellas Madrileñas con Pimiento y Todo?

Ya sabes que te esperamos. Y te dejaremos decir a ti, con santa indignación:

-¡Pimientos en la paella! ¡Por el amor de Dios! ¡Esa majadería sólo se les puede ocurrir a los madrileños!

Siempre nos turnamos para decir estas frases inmortales.

Nosotros nos reímos mucho repitiendo estas cosas.

Porque, como dijo una vez Umbral: cada vez que nos vemos siempre hacemos lo mismo, y esta repetición es amistad; y esta amistad es la vida; y esta vida es la única que tenemos.

Pues eso. Vente.
Te esperamos.

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sábado 9 de febrero de 2008

¿Trabajando?

Estoy aquí, en el Hotel Kafka, trabajando, con Olguita al lado, ídem de lienzo. Es un lugar hospitalario, siempre tienen un plato caliente y un whisky con hielo. En mi casa han cortado la luz unos obreros y, como de costumbre, me he tenido que ir por no discutir más.

-Oiga usted, que llevamos dos horas sin luz.
-¡Estamos trabajando!
-Ya, pero ¿cuánto va a durar esto?
-¡No le he dicho que estamos trabajando!

Te dicen los obreros, como si eso lo explicara todo. Igual puede ser una hora que todo el día, me dicen, con una chulería digna de mejor causa. Al fin y al cabo, ellos están trabajando.

A mí me saca de quicio.

Sopeso varias respuestas:

a) Ah, bueno, entonces nada. A mí es que el sueldo me lo trae a casa un motorista, sin dar un palo al agua. Sigan, sigan, señores obreros. ¡Trabajando! ¡Cuán pintoresco! Tendré que probarlo un día.

b) Vale, pues ahora paráis y trabajo yo dos horas mientras vosotros os jodéis, ¿no es lo justo? Así trabjamos por turnos, ¿vale?

c) De puta madre, don obrero, pero como me estás impidiendo trabajar a mí, me debes sesenta euros.

¿Tú cuál habrías elegido?

Yo, al final, por no discutir, me fui al Hotel Kafka, hecho un basilisco.

-Anda, Rafita, ponte un whisky, que me vienes de los nervios -me dice Olga en cuanto me ve.
-¡La clase obrera, coño, que me tienen hasta aquí! Como aparezca un proletario, se va a enterar...
-Toma, anda, con dos hielos.
-Bueno, Olgui, gracias, parece que ya me quiero encontrar mejor.

Así conseguí tranquilizarme un poco. Lo suficiente para escribir y enviar tres articulos, un prólogo a un libro de Jardiel Poncela, medio prólogo a otro libro para Constantino y página y media de espionaje.

El sábado recibí este mail de mi amigo Miguel Tomás:

¿Miedo?, ¿estupidez?, ¿demencia senil?, ¿alopecia de neuronas?, ¿depresión endógena?, ¿cojera del alma?, ¿encogimiento de arrestos?... ¿Somos conscientes de lo que les estamos haciendo a nuestras vidas? Vergüenza debería darnos (y a mí me da) del maltrato autolacerante y masoquista que supone la voluntaria renuncia al cacho felicidad con tanto esfuerzo y criterio de nuestra lucha plantado; te y me pido excusas y te conmino, estimado amigo, a que juguemos de una puta vez el lunes a las 11:00 en Maracaná (¿te acuerdas?? Ese bar.)


Cuánta razón tiene Miguel. Ya que hemos logrado jugar y ser felices unas horas cada semana, ¿cómo nos hacemos esto a nosotros mismos?

Total, que ayer a las once allí me planté. Gané la primera, como se puede deducir de mi cara de satisfacción:




Mi hija Anusca también está feliz con su nuevo cuarto. Ella y sus muñecos. Todos tienen nombre, todos tienen rasgos de carácter (Perri es apacible; Vaquita de Cangas de Onís, un poco entrometida), costumbres fijas (Lilo siempre duerme boca abajo; a Fefi le gusta desayunar cerca de la ventana) y todos atraviesan momentos de melancolía, y ese día tienen prioridad para dormir más cerca de Anusca y hay que dejarles una onza de chocolate en la mesita de noche. Una sola cosa tienen en común (también con mi hija y conmigo): todos quieren salir en la foto.



Son como yo: necesitan que les abrazen sin motivo, les gusta a menudo dormir acompañados, esperan que les quieran sin haber hecho nada para merecerlo.

Menos mal que los muñecos de peluche a veces encontramos personas tan resplandecientes como Anusca y mi novia. Alguien que nos pone nombre, nos habla, nos arropa y juega con nosotros.

Si no fuera por ellas:

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viernes 8 de febrero de 2008

Dame la mano

Debo de ser yo mucho más tonto de lo que pensaba, porque un anónimo escribe "a que no hay pelotas para colgar tu foto de comunión" y lo primero que hago es irme a buscarla.

Soy tonto sin remedio.

Aquí está. Estamos Benito, Columna, yo (de marinerito, claro) y Maite. Helena no había nacido todavía.



¿Quién no mira una foto de niño y se asombra?

¿Quién no recuerda a Wordsworth?

My heart leaps up when I behold
A rainbow in the sky:
So was it when my life began;
So is it now I am a man;
So be it when I shall grow old,
Or let me die!
The Child is father of the Man;
I could wish my days to be
Bound each to each by natural piety.


Que nos viene siendo como decir algo parecido a:

Salta mi corazón cuando contemplo
Un arcoiris en el cielo;
Así fue cuando empezaba mi vida;
Aaí es ahora que soy un hombre;
Así sea cuando me haga viejo,
O si no, ¡dejadme morir!
El Niño es el padre del Hombre;
Desearía que mís días se enlazaran
unos a otros con amor filial.



Natural piety, amor filial, el sentimiento (se cree que espontáneo y natural) que se tiene hacia lo que uno engendra y viceversa. Piedad filial, claro está, la escena de La Piedad, con la madre que recibe el cadáver del hijo al que acaban de desclavar de la cruz.

El niño es el que hace al hombre, es su padre, una vieja idea (no creo que se le ocurriera a Wordsworth).

Es al niño que fuimos al que siempre le presentan el cuerpo del hombre muerto que somos. La piedad. El descendimiento.

Pintado por Van der Weyden, a ser posible.

Cada día es hijo del anterior, así que deberían quererse unos a otros, ¿no? Renegar del pasado es parricidio. Ese niño vestido de marinerino, ¿qué sentirá ya hacia mí? ¿Piedad o sólo compasión? ¿Amor filial o ese rencor que provoca la traición, el abandono, el desengaño?

¿La foto de la comunión?

Esta es mi madre, tenía veinte años, era novia de mi padre, y yo aún no había nacido:



Y este es mi padre, tenía poco más de veinticinco, era novio de mi madre:



Mi padre fue a trabajar en la presa de La Jocica, en el río Dobra. La presa se acabó en el 64, yo acababa de nacer, en septiembre del 63. Durante la construcción se conocieron mis padres, en Cangas de Onís (donde nací).

Miro sus fotos, cuando se conocieron, como miro mi foto de primera comunión, con piedad filial. Miro sus fotos y me dan ganas, como a los niños pequeños, de taparme los ojos para que los demás no puedan verme, como si me volviera invisible para todos sólo con taparme yo los ojos con las manos.

By Natural Piety, citando a Wordsworth, tituló Gabriel Ferrater un poema que a mí siempre me ha gustado mucho.

Vull que ara em duguis
avall. Vull que m'ensenyis els indrets
que tens a la memòria, i et conten
com has anat naixent.


Como si dijera:

Quiero que ahora me lleves
abajo. Quiero que me enseñes los lugares
que tienes en la memoria, y que te cuentan
como has ido naciendo.


Llévame, dice, al lugar donde aprendiste a nadar, donde sentiste miedo a la oscuridad, llévame a la parada del autobús que te llevaba a casa, enseñáme esos lugares donde fuiste pequeña:

A peu, i a poc a poc, anem pujant
cap a carrers per on ara no hi passen
sinó figures teves, les més íntimes.


Más o menos:

A pie, y poco a poco, vamos yendo
por calles donde ahora no pasan
más que figuras tuyas, las más íntimas.


Dame la mano, le dice, como si tuvieras miedo de volver a entrar en el colegio, como si fuéramos a cruzar un semáforo peligroso; dame la mano y no tengas miedo:

No pots perdre-t'hi més. Dóna'm la mà
que és l'obra bona del passat, que ets tu.


Ya no puedes perderte ahí. Dame la mano
que es la obra buena del pasado, que eres tú.


Cuántas veces no le digo yo también a mi novia: dame la mano que es la obra buena del pasado, que eres tú. Llévame más abajo, enséñame aquel colegio de la calle Fernández de los Ríos, déjame ver el miedo que tenías, lo sola que estabas, la alegría del viernes. Llévame a la habitación del fondo, enséñame las muñecas sin brazos, la almohada, la aspirina que te daban aplastada entre dos cucharillas, déjame oírte toser y llamar en sueños, déjame sentir en la yema de los dedos la fiebre en tu frente, oigamos juntos los pasos de tu padre en el pasillo.

Y dame tu mano: la obra buena del pasado.

Tengo aquí Les dones i els dies, una edición de los ochenta, cuando Orejudo y yo tradujimos a medias el Poema inacabat. Cuántos años sin leerlo. Se me había hecho antipático Ferrater, a partir de su canonización, su excesiva inteligencia, su suicidio a plazo fijo. Dijo que no quería ser viejo y que se suicidaría antes de pasar de cincuenta. Lo hizo. Se ató una bolsa de plástico al cuello y se asfixió, en el 72, en Sant Cugat.

Orejudo escribió una vez un poema sobre una idea de Ferrater. Lo tituló CONVERSACIÓN EN UNA FIESTA.

La idea de Ferrater era que escribir es como una conversación en una fiesta. Has visto a una mujer espectacular, a tu espalda. Estás hablando con un tipo, un amigo del colegio, digamos, sobre un asunto indiferente. Notas a la mujer que te atrae, está detrás de ti. Cambias el tono de voz. Sigues hablando con el tipo, pero para que te oiga ella, y ya hablas con una voz disitinta, un poco más alto, diciendo otras cosas. El tipo no tiene por qué darse cuenta de nada, tú disimulas, al parecer sigues hablando con él, pero en realidad hablas para que ella te oiga desde atrás.

Según Ferrater, se escribe para alguien, para hablar con alguien (el tipo de la fiesta), porque:

un vers que no sap a qui parla
sembla aquell que de cap es llança
a una piscina que han buidat
o que invoca l'eternitat


Como si dijera:

Un verso que no sabe a quien habla
se parece al que se tira de cabeza
a una piscina que han vaciado
o que invoca la eternidad.


Bueno, pues entonces, según Ferrater, escribes para alguien, pero como si por encima del hombro estuviera leyendo lo que escriben Flaubert (o Tolstoi o César Vallejo, o los tres cogidos de la mano).

Me parece una imagen que vale por toda una teoría literaria.

He vuelto a leer a Ferrater y me ha vuelto a gustar. Unos versos suyos que siempre me recito. Para ti.

Amb ben poc en tenim prou. Només
el sentiment de dues coses:
la terra gira i les dones dormen.
Conciliats, fem via
cap a la fin del món. No ens cal
fer res per ajudar-lo.


Más o menos:

Con muy poco tenemos bastante. Nada más
que el sentimiento de dos cosas:
la tierra gira y las mujeres duermen.
Reconciliados, avanzamos
hacia el fin del mundo. No hace falta
que hagamos nada para ayudarlo.


Dame la mano, tu mano, obra buena del pasado, y (como digo en ese valenciano de Piles que sólo hablo, como Aznar, en la intimidad) ara mirem d'anar per feina.

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domingo 3 de febrero de 2008

Carnaval

En el cole de mi hija hay mucho talante, buen rollo y compromiso. Los niños regañan a sus padres por no separar las basuras, por utilizar sprays o por fumarse un cigarrito. Les da vergüenza, no quieren que sean precisamente sus propios padres los únicos que echen a perder la capa de ozono (o "capa de océano", como la llama a veces mi hija), los causantes del cambio climático o los exterminadores de la biodiversidad. El planeta les preocupa mucho. En cambio, si les dices que ordenen su cuarto, no te hacen ni caso. Al planeta ni tocarlo; su armario es otro cantar, claro. Clasifican los desperdicios (orgánicos, cartones, plásticos, etc.), pero no recogen sus juguetes ni bajo amenazas. Se acaban sin contemplaciones la ultima galleta de la caja y ni te avisan, pero que no se enteren las criaturas de que está en peligro de extinción el alacrán hirsuto de los Cárpatos, porque se te ponen a hacer pucheros. Son muy sensibles a la biodiversidad, nos ha merengao.

-Mira, rica, tú deja el planeta en paz. La biosfera se puede ir a hacer gárgaras, pero esas muñecas me las recoges de inmediato o me vas a oír.

Es que a veces los padres perdemos la perspectiva y no estamos a la altura de nuestras responsabilidades ecológicas, qué le vamos a hacer.

En el cole tienen incluso un "taller de preparación de manifestaciones", lo prometo, hay un cartel en el tablón de anuncios con el horario. No sé qué les enseñarán allí (a hacer agujeros en las pancartas, a componer pareados con rima, a correr en zig-zag para esquivar a los grises, qué sé yo).

¿Será esto la legendaria Educación para la Ciudadanía que tanto incordia a los obispos, hasta el punto de sacarles a ellos también a la calle con pancartas? ¿Imparte también la Conferencia Episcopal talleres de preparación de manifestaciones? Seguro que les entrenan para correr con ropas talares, sin enredarse con los faldones y sujetándose la mitra.

Así las cosas, este año fuimos los padres temblando a la reunión a que nos explicaran la fieta de carnaval. El tema (porque tienen un tema, no te creas tú que se disfrazan a zorombullón... ¡muy elástico! ¡La ley del mínimo esfuerzo!) era el "cambio climático". Cuando se menciona esto, hay que poner cara severa, de honda preocupación. Si se habla de daños al medio ambiente conviene sacar del cajón el gesto que se usa cuando alguien te empieza a hablar de operaciones quirúrgicas, diagnósticos alarmantes o irreparables pérdidas.

-Joder, ya está lloviendo -como se te ocurra decir eso, te has caído con todo el equipo: los niños (y algunos mayores) se quitan unos a otros la palabra de la boca para afearte tu falta de sensibilidad: con lo que necesitamos la lluvia para la agricultura, para limpiar el aire, para llenar los embalses, etc.

Hoy en día, quejarse de la lluvia te señala de inmediato como un desalmado, el típico tío que prefiere tener los pies secos y al futuro del planeta que le vayan dando.

-Bueno, vale, pero a los agricultores esos ¿qué más les da que llueva sólo por la noche? -es lo único que puedes decir, como mucho.

A los de tercero de Primaria les tocaba la contaminación del aire.

Peor era los de cuarto, claro, que tenían que ir disfrazados de energías renovables:

-Ya sabéis, eólica, biomasa, solar... -nos explicó el profe.

Me imagino el desconcierto, la zozobra, la angustia o náusea existencial de ese padre al que su chaval le reclama un disfraz de Biomasa.

-Voy de Biomasa -tendría que explicar el chiquillo, porque así, al pronto, igual no lo pillas.

Por suerte, con ponerla de chimenea humeante yo ya cumplía. Tal que así.




A mí me preocupa bastante poco lo que le enseñen en el cole o lo que yo le enseñe. Siempre he pensado que los niños son más silvestres de lo que pensamos. O sea, que hacen lo que les da la gana. Yo tuve una educación religiosa, por ejemplo, y mira tú. Nos partíamos de risa en las clases, eso sí.

-¿Por qué el Espíritu Santo adopta esa forma de paloma y no de ternera gallega, por ejemplo? ¿Hay razones teológicas a favor de la paloma y en contra de la ternera? -preguntaba López, muy serio.

Al final, enredábamos tanto al padre Agustín que cortaba por lo sano y nos decía que precisamente por eso, porque no era tan fácil de entender, se llamaba "misterio". El misterio de la Trinidad: que eligiera la forma de paloma, en lugar de la mucho más nutritiva de solomillo de ternera.

-Es un misterio y punto redondo.

Después de la fiesta en el cole mi chica se llevó a mi hija y a la suya a una fiesta más improvisada en la calle, por la Corredera y San Ildefonso o así. Allí era como toda la vida: se disfrazaban de piratas, de estafermos, de estantiguas, de fantasma con una sábana o de momia envueltos en papel de váter. Lo de toda la vida. Y los más mayorcitos: los chicos, de tías, con tetas falsas, que es lo que de verdad les gusta (no se sabe por qué); y las chicas de entierro de la sardina, para poder ir de viuda-putoncillo, con minifalda, medias de rejilla y velo.

-Tienen su gracia las viudas estas en formato reducido -comentábamos Constantino y yo.
-Cuidado, tronco, que nos van a detener por pedófilos. Ahora están a la que salta con eso.
-A las mujeres es que les favorece mucho el disfraz de viuda, no sé por qué será.
-Más que el traje de novia, desde luego. Es curioso.
-Qué jodías.
-Desde luego.

Después vinieron Vanessa y Edu Vilas y las dos los recibieron vestidas de no sé sabe qué, sin ningún compromiso con la sociedad y el tiempo que les ha tocado vivir, desentendidas de la suerte del planeta, sí, vale, es posible, pero a reventar de felices y con la cara sucia.



Las niñas, en cuanto ven a Eduardo, sacan una baraja, ellas sabrán por qué.

¿Garbanzos? Eso era antes, que jugábamos con garbanzos, al burro, a la Oca o al parchís. Éstas no; éstas sólo juegan con "euros de verdad".

Así que cenamos y luego nos levantaron toda la pasta, claro, para invertirla en chuches biodegradables, macrobióticas e integrales (serían).

Eduardo y yo tuvimos que acabarnos hasta la última gota de whisky que había en la casa, para biodegradarlo, por supuesto.

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