Mujeres mojadas
En el hotel, lo de siempre: no había suficientes habitaciones en las que se permitiera fumar. Al parecer la ley nazi les prohíbe poner más habitaciones para que el que lo desee pueda fumar.
Luego nos fuimos a comer y a deliberar. Así como suena: ¡deliberar! Mis labios están sellados, porque todo eso es confidencial: nada diré del pronunciado escote, casi exclamativo, de Lola Beccaria; ni una palabra de la suavidad de la espalda de Marta Sanz; silencio sobre la gorra de béisbol con la que comió (elegante a la par que sencillo) Antonio Rabinad; ídem sepulcral del intenso trabajo de peluquería escultórica que lució Fernando Schwartz (¿me he dejado alguna consonante?); ni media sílaba del no menos artístico despeinado accidental de Vicente Molina Foix; ni una palabra de más sobre la insinuante ronquera de Fanny Rubio (es que yo asocio la afonía con los excesos sexuales, ¿qué pasa?); ni del curioso empeño de Verónica Fernández Muro en la utilidad de sus libros "para la salvación de la humanidad" (así mismo); ni de cómo Agustín Fernández-Mallo se bebió todo mi vino... (¿Nocilla? ¡Ja! Más bien Tintorro Dream). Pues eso: ¡soy una tumba! ¡Mis labios están sellados!
Ganó Merino. Enhorabuena. Creo que es un premio merecido.
Que yo sepa no hubo manejos, alhóndigas de esas que conoce Goytisolo, trapicheos ni mafias. Cada uno dijo lo que le pareció, discutimos, votamos y ya está. Además, a mí todo el mundo me cayó bastante bien y me divertí mucho.
Lo de Merino son micro-relatos de esos. A mí los cuentitos me parecen un poco pesados: es como comerse un bote entero de pepinillos en vinagre. Un pepinillo, con el vermut, está bien... ¡pero un bote!
El libro de Marías , en cambio, me resultó hipnótico.
-¿Hipnótico?
-Sï, es como una catedral de Santiago hecha con palillos de dientes. Algo obsesivo, inútil, desquiciante: hipnótico, vaya. Es el padrenuestro en una lenteja de la novela española.
Se habló allí del valor que habían tenido Esther Tusquets y Belén Gopegui, libros valientes, ideológicos, etc.
Eugenia Rico lo resumió así:
-Me alegro de que sean las mujeres las que más se mojen.
-Ah, bueno, sí... esto, a mí me parece bien que las mujeres se mojen, claro, cómo no. Qué cosas tienes, Eugenia, chica...
Luego, por la noche, tuvimos un cóctel. Me bebí cientos de whiskies. Me encontré a Javier Rioyo, divertido como siempre. Me encontré a los Grandes Editores: Juan Cerezo y Herralde. Juan es amigo mío. A Herralde sólo le conozco un poco. Hablando con Herralde tuve una revelación, algo epifánico, un vislumbre del más allá me atravesó como una corriente eléctrica.
Le miraba y de pronto me dije: ¡se parece al difunto José Manuel Lara!
Menos gordo, claro, pero sí que se parece.
Luego me fui al hotel, escoltado por Marta, que debía de venir a sueldo de mi novia.
Al amanecer saqué una foto como prueba de que he estado en Barcelona. Se nota porque hay un edificio de esos emblemáticos, ¿a que sí?
No supe abrir la ventana, así que no puede evitar algo de mi propio reflejo. ¿Quién no ve un reflejo de sí mismo al mirar amanecer en cualquier ciudad?

Al día siguiente, volvimos Marta y yo en avión.
-Vamos a sentarnos allí, que hay tías.
-Joder, Rafita, eres un pesado.
-Es que son tías con botas y los sobacos sin depilar. Compréndelo: eso dispara mi fantasía sexual.
-Pues debe ser de gatillo fácil, se dispara sola, porque mira que la ronquera de Fanny Rubio...
-Las mujeres afónicas tienen algo obsceno, te lo digo yo, una voz húmeda. Se mojan más, como las novelistas actuales.
-Tú estás muy mal, tío.
-Mira, mira: cuánto pelo.
-Esas no son de Valladolid, apuesto doble contra sencillo.
-Un sobaco con pelo se vaginiza, se convierte en un coño supernumerario, pura perversión...
-Qué viaje me estás dando, tronco. A ti, ¿qué no te provoca fantasías?
Improvisé esta lista (muy abreviada) de cosas que me provocan a veces fantasías eróticas: pelo en los sobacos, ronquera, bizquera, escolares con un calcetín caído hasta el tobillo, sujetadores en un tendedero, mujeres dormidas en medios de transporte público, mujeres que comen con gusto (tengo una teoría científica según la cual esa gente que no prueba bocado es porque no le gusta nada follar), madres que se agachan a recoger niños del suelo y se les ve un poco las tetas, mujeres que escriben sacando la punta de la lengua, mujeres que discuten a voces, sin rigor y levantando mucho el culo del asiento, uniformes (de cajera, azafata, enfermera, vigilante de la ORA, etc.), pijamas, chaquetas abrochadas cojas, manos fuertes, con uñas cortas y nudillos marcados... en fin, cuento y no acabo.
Y, bueno, claro, la lista de personas es más breve: mi novia. Siempre me provoca un enjambre volador de acaloradas fantasías.
¿Y tú? ¿Cómo se dispara tu fantasía? ¿Hay algo que la ametralle? ¿Hay algo que haga impacto rotundo?
Nada más bajar del avión, Eva Orue y unos amigos de la canallesca me habían invitado a comer.

De izquierda a derecha: Pedro Vallín, La Vanguardia (aunque es asturiano); yo; Eva Orue (que ahora escribe en Público); Javier Goñi, El Mundo; Sara Gutiérrez (Divertinajes, y también asturiana) y José María Goicoechea, el gran Goico, de Tiempo.
Como son de la prensa, todo lo que hablamos, todas las maldades, cotilleos, brutalidades, líos de faldas y pantalones... ¡todo era off-the-record!
Tampoco puedo decir ni una palabra. Hay que fastidiarse.
Pues aquí pondré lo que se me vaya ocurriendo. Poca cosa, en general. Lo primero que se me pase por la cabeza. Lo que lea por ahí y lo que me cuenten en la barra de los bares o los amigos. Y si alguien quiere poner algo también, estupendo: no censuraré ningún comentario.






















