l Blog de Rafael Reig: marzo 2008

Rafael Reig, escritor y profesor de literatura

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lunes 31 de marzo de 2008

A Personal Matter


Con permiso, un diminuto desahogo personal, que para eso es mi blog, ¿no?


Ayer leo en El País un artículo titulado: Marilyn siempre llegaba tarde.


El subtítulo dice: "Michel Schneider retrata a la actriz a través de su relación con su psicoanalista".


Qué buena idea.


Este tío al parecer ha escrito un libro titulado Últimas sesiones con Marilyn.


Qué original.


"Me he querido acercar al personaje como ella misma deseaba explicarse: no mediante su imagen, sino mediante el lenguaje, a través de las palabras, que para ella escondían su verdadero yo", dice este fulano, Schneider.


Qué innovador.


Así que ha hecho una novela sobre la vida de Marilyn,y en esa novela, Marilyn habla con su psicoanalista. Y la novela trata sobre su necesidad de ser querida y nos presenta una visión muy distinta, novedosa, alejada de los tópicos sobre la actriz.


Qué cosas.


Esta noticia ocupa una página entera.


La firma un tal Jesús Ruiz Mantilla.


A mí la idea del libro ese me gusta, aunque aún no lo he leído.


Vamos, me gusta tanto que yo tuve la misma idea. La misma, pero hace ya casi veinte años.


No sólo la tuve, sino que la escribí y la públiqué. En 1992, en la editorial Júcar. Y más tarde volvió a publicarse en Lengua de Trapo en 2005. También hay una edición de bolsillo en Punto de Lectura.
Vamos, quiero decir, que no es un libro clandestino. Se titula Autobiografía de Marilyn Monroe.


Naturalmente, El País no prestó la más mínima atención a mi libro. Me parece bien: en el resto de la prensa sí apareció y además recibió críticas elogiosas.


Doy por hecho que el libro del franchute ese es mil veces mejor que el mío. Sin leerlo. ¡Qué digo mil! Un millón de veces mejor que el mío.


Pero, coño.


No creo en absoluto que el francés me haya copiado: una idea, la misma, se le puede ocurrir a cualquiera.


No creo tampoco que el tal Ruiz Mantilla haya omitido deliberadamente cualquier mención a un precedente español, a un autor español que hace dieciséis años publicó un libro en apariencia idéntico al que está comentando. Un libro no del todo desconocido (tres ediciones, bastantes críticas, una traducción, etc.). Seguramente ni siquiera lo conoce. Que mi amigo Rojo me perdone, pero escribe en Cultura de El País, así que ¿por qué iba a conocer libros que no sean de Alfaguara?


Leí ayer el artículo de Ruiz Mantilla y lo que decía de la novela del francés lo han dicho otros críticos muchas veces de mi libro: lo mismo, palabra por palabra. Él no debe de haberlos leído, claro.


Un escritor español escribe una vida de Marilyn a través de su voz, de sus charlas con el psicoanalista, y eso no parece atraer a los tipos de Cultura de El País. Es irrelevante.


Dieciséis años después hace lo mismo un francés y eso, en cambio, merece una página entera.


Sin duda, como ya he admitido, eso se deberá a la terrible diferencia de calidad. Ruiz Mantilla seguro que conoce mi libro, pero le parece tan detestable, tan abominable, que no considera adecuado mencionarlo ni siquiera como sórdido y repugnante precedente de la maravillosa novela del francés.


Bueno, también hay otra pequeña diferencia. ¿A que no adivinas en qué editorial española publica el franchute ese?


Alfaguara, exacto: lo has adivinado.


Eso, por supuesto, no tiene nada que ver. Eso es casualidad, ¿a que sí?
En fin, ya está. Es que si no lo decía, reventaba.
Mañana más.

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miércoles 26 de marzo de 2008

La quiniela de Blanquerna

A veces mi novia es muy benévola y me permite una mañana loca.

A mí lo que me gusta es trasnochar de día, beber por las mañanas y tomar aperitivos.

El domingo mi me dejó tomar whisky madrugador. Es una receta de mi tío José Ramiro:

-Hay que ponerse un whisky por la noche, con hielo. Le das un sorbo o dos y lo dejas en la mesita de noche. A la mañana siguiente, está aguado y helado: es el momento. No hay nada más resplandeciente que ese desayuno con el whisky madrugador que ha pasado toda la noche a tu lado, velando tus sueños.

Eso me dijo hace muchos años y tenía razón.

Así que empezamos con ese whisky insomne de la mesita de noche y se puso mi chica a hacer una tortilla de patata mientras escuchábamos vallenatos del gran Rafael Escalona.

De vez en cuando, bailábamos.

No hay música que me provoque más felicidad, casi como un ataque de tos me viene la alegría en cuanto suenan los primeros compases de un vallenato.

Luego bajamos a la plaza, con los ojos entrecerrados, porque hacía demasiado sol para nuestro nivel etílico, y nos fuimos a comer con Nando y Tina.



Aquí estamos, con Candela, en la sobremesa.

No nos levantamos de la mesa hasta las nueve de la noche, como debe ser, llenos de sólidos, líquidos y risas.

Mañana, por cierto, voy a Blanquerna, a ver el diálogo entre Antonio Orejudo y Francisco Casavella.

¿Te apuntas?

Es un ciclo que se llama El partido del siglo y donde reúnen a un plumífero de Madrid y uno de Barcelona.

A mí me tocó con Lolita Bosch.



En la foto, Eduardo Becerra, Lolita y yo, en Blanquerna.

La verdad es que lo pasamos muy bien y nos reímos mucho.

Lo que no nos esperábamos era que Eduardo Becerra nos hiciera rellenar allí mismo, delante de todo el mundo, una quiniela literaria Madrid-Barcelona que el muy puñetero se había inventado.

Tuvimos que hacerlo en público, en voz alta. Eduardo nos decía el partido y cada uno daba un resultado.

-¿Javier Marías contra Vila-Matas?
-Una equis -decía Lolita.
-Equis también -me resignaba yo.

Esta fue la quiniela que rellenamos Lolita y yo. El primer resultado es el de Lolita. El segundo es mi apuesta:



Javier Marías / Enrique Vila Matas 2 2
Pérez Reverte / Ruiz Zafón X 2
Eduardo Mendoza / Juan José Millás X 1
Javier Cercas / Muñoz Molina 1 X
Empar Moliner / Mercedes Cebrián 2 1
Almudena Grandes / Rosa Regás 1 1
Ray Loriga / Kiko Amat 2 X
Marta Sanz / Quim Monzó 2 X
Belén Gopegui / Inma Monsó 1 1
Francisco Casavella / Eloy Tizón 1 2
Miquel de Palol / Javier Azpeitia X 2
Juan Manuel de Prada / Sergi Pamiés 2 2
Antonio Orejudo / Vicente Molina Foix 1 1
Lorenzo Silva / Andreu Martín X X

¿Te atreves a rellenarla tú?

¿Qué resultados pondrán mañana Orejudo y Casavella?

Al final Edu nos hizo un partido extra:

-¿Lolita Bosch contra Rafael Reig?
-Dos -respondió Lolita.
-Uno -dije yo.

Como suele ocurrir entre escritores, imagino que ni Lolita había leído nada mío ni yo nada suyo.

Para eso se hacen estos encuentros: para que nos entren ganas de leernos unos a otros.

Yo ahora mismo me pondré a leer a Lolita.

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miércoles 19 de marzo de 2008

Paseos por la playa

¿Quién no conoce la famosísima dedicatoria al Conde de Lemos?

Ayer me dieron la estremaunción y hoy escribo ésta; el tiempo es breve, las ansias crecen, las esperanzas mengua y, con todo esto, llevo la vida sobre el deseo que tengo de vivir.


A mí me gusta más el prólogo en el que un "estudiante pardal" le saluda diciendo:

-¡Sí, sí, éste, éste es el manco sano, el famoso todo, el escritor alegre y, finalmente, el regocijo de las Musas!

Cervantes le responde:

-Ese es eun error donde han caído muchos aficionados ignorantes. Yo, señor, soy Cervantes, pero no el regocijo de las musas, ni ninguna de las demás baratijas que ha dicho. Vuesa merced vuelva a cobrar su burra y suba, y caminemos en buena conversación lo poco que nos falta de camino.

La sencillez de Cervantes conmueve, pero hay estudiosos que hablan de su "legítimo orgullo", de que en realidad le fastidiaba que su obra fuese leída como alegre diversión, y no como aportación trascendental a la cultura. Según algunos, Cervantes aquí estaría algo amostazadado, porque no quiere que tomen sus obras por baratijas, sino por oro de ley.

Manda huevos.

El escritor alegre. Lo mejor que se podría decir de nadie, ¿no te parece?

Déjese de pamplinas, don estudiante, acérquese, pídase algo en la barra y charlemos un rato, le viene a decir Cervantes, con naturalidad y llaneza que admira más aún.

En fin, como diría el amigo Javier Krahe: Yo que soñé con la gloria de Cervantes, heme aquí en la glorieta de Quevedo.

Al menos, alegre sí que soy. Incluso tirando a payaso:



¿Para qué sirven los quesos de bola pequeñitos, esos mini BabyBell?

Todo el mundo lo sabe: para fabricar una elegante nariz de payaso.

El libro, por cierto, Los trabajos de Persiles y Sigismunda, es entre aburrido e infumable.

Eso sí, me río mucho con las descripciones. A una tal Taurisa la visten. ¿Cómo la visten? Pues "rica y gallardamente", faltaría más. ¿Algún otro detalle? Sí, claro: "al modo que suelen vestirse las nifas de las aguas o las hamadríades de los montes".

¡Toma ya, pedazo de descripción, Cervantes! Formidable, ahora sí que queda claro. El que no sepa nada de indumentaria de ninfas o de hamadríades que levante la mano.

Por la mañana pasemos por la playa. Hay gente tomando el sol en bañador o con los pantalones remangados. Hay faldas levantadas y muslos de una blancura obscena, o como diría Chavi Azpeitia, dominae cutis candidae ut lepra: mujeres de piel blanca como la lepra. Hay obstinados peatones que recorren el litoral mediterráneo a paso gimnástico, con sus gorras de visera y el pantalón de chándal planchado con raya. Hay niños cabezostas con sus cubitos, su pala y alguno de esos proyecto filosófico-tomistas que concibe la infancia: trasvasar el mar a un hoyo en la arena, entender a los mayores o saber qué es lo que hay debajo de la cama cuando está la luz apagada, cuando ellos no están mirando o en cuanto sale papá de la habitación.



Anusca se da paseos en su bici:



Por el momento, ha sido lo más importante que ha aprendido conmigo: a montar en bici.

La enseñé aquí, en uno de estos caminales entre huertos de naranjos, junto a esas tapias en las que las puertas son somieres herrumbrosos, puestos de pie, atados con cadenas, cerrados con candados. Le di varias vueltas sujetándola por el sillín y luego la solté. Se cayó sólo tres o cuatro veces. La levantaba y mirábamos aquellas armaduras de metal con muelles oxidados que abrían el paso a huertos y sobre las que novios labradores quizá habrían soñado esos sueños bajo los que corre el agua. Volvíamos a intentarlo. Tras dos o tres horas, con sangre en las rodillas, rasponazos en los codos y algún surco de lágrima en los mofletes, mi hija consiguió pedalear, alejándose de mí, sin que la sujetara, libre y a toda velocidad, en equilibrio, y sola.

Me emocioné.

Y encima, volvió.

Sigue volviendo. Y me sigue emocionando.

Quizá sea lo mejor que le he enseñado: a irse sola.

Las ganas de volver las pone ella.

Luego tomamos el aperitivo, como siempre, en el antiguo hotel:




A veces sigo con la lectura. Leí ese libro de Cervantes hace diez años y tampoco me gustó, pero era uno de los más voluminosos que encontré, lo mejor para un viaje en autobus.

Por la noche fuimos a Oliva a ver las Fallas.



Trabajar todo el año en algo y luego pegarle fuego en una sola noche: ¿hay mejor lección para una niña?

Esta noche iremos a ver la cremá.

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lunes 17 de marzo de 2008

Ruinas de mi inteligencia

Total, que nos metimos Anusca y yo en el autobús o sepultura de cuerpos vivos y de los bulliciosos cadáveres de usuarios del transporte colectivo. Seis horas.

Seis horas rodeados de jóvenes que se iban de acampada. Chicos y chicas. Todos intimidados, nerviosos, enternecedores. Quizá alguno en esa acampada follara por primera vez. Quizá dos de ellos se verían desnudos por primera vez con esa luz que hay por las mañanas dentro de una tienda de campaña. Y quizá cerrarían los ojos para acariciarse en esa luz anaranjada, como capturados en una gota de resina, perdurables, luchando contra el tiempo y la nada con los labios, con las yemas de los dedos. Había un chico que llevaba cantimplora. Había una chica que, mientras hablaba, no dejaba de estudiar en qué postura iba poniendo las manos, las miraba con atención, como si tuvieran vida propia. Había un chico al que le daba mucha vergüenza que su madre le hubiera preparado bocadillos para el viaje. Había una chica que tenía manchas de sudor en la camiseta, las mejillas enrojecidas y los ojos brillantes como un charco de lluvia cuando le da el sol de la tarde.

Saqué mi equipo de emergencia, la salvadora petaca, y me puse a echar unos traguitos de vez en cuando. Los jóvenes me miraban asombrados, con cierto escándalo. Criaturas. No sé qué pensarían del turbio adulto que bebía a sorbitos y miraba de reojo a las chicas.




A mí ellos me enternecían.




Los jóvenes son enternecedores. Sí, es verdad, pero mira esa foto en la que estamos Chavi Azpeitia y yo con nuestras chicas. ¿Qué me dices de estos tipos de mediana edad y de las chicas que al parecer les quieren? Eso dicen ellas, y quizá sea verdad, porque, si no ¿quién en sus cabales aguantaría a esos tipos cantando cosas de La Romántica Banda Local, de whisky hasta las trancas y, como decía el otro: con unas ganas de vivir que ya no están en proporción con la edad que tienen?

También da cierta ternura. ¿O será sólo lástima?

Seis horas de viaje inaguantable, pero ha valido la pena.

A las siete estábamos Anusca y yo paseando por la playa. Luego encendimos fuego:




Y yo me senté a trabajar en el sillón de orejas en el que se sentaba mi padre:




¿A que vale la pena?

En esta casa, donde vivieron mis padres, me dedico a mis aficiones más arraigadas: pasear con las manos a la espalda, merendar leyendo hasta la hora del primer whisky de la tarde, comerme el pico del pan antes de llegar a casa, fumar mirando atardecer, escribir muy temprano todas las mañanas...

Es una casa junto al mar y, ya que he citado antes a Gil de Biedma, inevitable que nos acordemos de aquello, ¿verdad?

DE VITA BEATA

En un viejo país ineficiente,
algo así como España entre dos guerras
civiles, en un pueblo junto al mar,
poseer una casa y poca hacienda,
y memoria ninguna. No leer,
no sufrir, no escribir, no pagar cuentas,
y vivir como un noble arruinado
entre las ruinas de mi inteligencia

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sábado 15 de marzo de 2008

Ana lava lana

Mi novela de espías ya está lista. El primer borrador. Ahora, a escuchar las críticas de los amigos y a corregir.

Esta es mi mesa de trabajo, con mi hija ocupando mi sitio.



Para corregir me voy mañana a Piles.

Aunque, la verdad, no haría falta: yo vivo en Madrid como si viviera en un pueblo muy pequeño.

Mi novia vive a dos o tres calles y tenemos un intenso tráfico de tupperwares para recalentar, libros (con el valor añadido de leerlos ya subrayados), vídeos y chaquetas que se olvidan nuestras hijas. Por las mañanas me suelo tomar en el bar de Pedro una sin.

-Ponme una sin -le digo.
-Sin que se entere nadie, ¿no? -ya sabe que me refiero a eso, así cuando llega mi novia podemos decirle sin mentir que estoy bebiendo cerveza sin.

Luego hago mi ronda de vinos por el Cabreira, el Andino y las Bodegas Camacho. Por las tardes, a veces me acerco al bar de mi hermana, el Acme, en la calle Velarde, o me voy hacia el Parnasillo (es fácil que lleve bebiendo whisky más de veinticinco años en ese café).

Casi todos los días veo a las mismas personas y hablamos de lo mismo. Cuando dejamos a las criaturas en el cole, nos vamos al Gades a desayunar. La primera vez que vino Belén Gopegui vio que, según entrábamos, ya nos ponían en la barra lo nuestro (para mí Coca-Cola light; mi novia y Jesús Paniagua, un té):

-Coño, esto sí que es calidad de vida -dijo con envidia.

Ahora a Belén hace tiempo que ya le ponen su café americano en cuanto ven acercarse alguna de sus boinas de colores.

Por la tarde nos cruzamos atravesando Olavide a gran velocidad con una niña detrás y la mochila de dicha niña a nuestra espalda. Como aviones en vuelo, nos comunicamos por radio origen y destino en alfabeto Morse:

-De gimnasia rítimica a pintura.
-De judo a inglés.

Ahora que ya hace bueno, cuando acaba el traslado de niños a sus actividades extraescolares, nos premiamos con cervezas heladas en las terrazas.

Y así todo, como en un pueblo. Los martes, juego al ajedrez con Miguel Tomás en la parte de atrás del Maracaná; los miércoles me suelo acercar al bar de Santi a comer cocido con Edu Vilas; los jueves desayuno con Martín Casariego y Marta Rivera de la Cruz; los sábados me paso por el Camacho a tomar un par de vermuts con Javier Sádaba; los viernes como con mi abuela; un día a la semana vamos mi hermana y yo a comer huevos fritos con patatas, etc.

Ya te digo, como en un pueblo.

Jugamos mucho con las niñas. Últimamente les enseñamos palíndromos, que les entusiasman.

El más largo, creo, es uno que se inventó Luis Landero. Estuvimos con Miguel tomando whiskies en el Maracaná. Cada uno diez whiskies, menos Luis, que tomó siete y la mitad de todos los míos, por una supuesta costumbre extremeña que consiste en beberse tu whisky en cuanto te descuidas. Luis le enseñó a mi hija este, bastante notable:

ANITA LA GORDA LAGARTONA NO TRAGA LA DROGA LATINA

Chavi Azpeitia siempre ha presumido de uno que inventó a los veinte años:

OCCIPITAL ATIPICO

-Chavi, tronco, no funciona: le sobra una ce.
-Claro, gilipollas: por eso es atípico. No te enteras de nada.

Chavi siempre ha sido un poeta maldito, qué le vamos a hacer.

Aunque, para mí, el premio se lo lleva el de Javier Krahe:

¡OTRO COITO, TÍO CORTO!

¿Cuál es el tuyo? ¿Tienes algún palíndromo espléndido?

Así que mi vida es sencilla, más simple que el mecanismo de un cubo. Mis días son palíndromos: empiezan y acaban igual, se leen con el mismo sentido del derecho que del revés; dicen lo mismo boca arriba que boca abajo.

Y los domingos, por supuesto, concurso de paellas.

En el penúltimo, con Nata y Jose Antonio en el jurado, obtuve una puntuación alta, aunque no sin trampas: les dije a las niñas que había que hacer nota media entre la paella en sí y el helado-soborno que les traje de postre.

Aquí estamos de sobremesa.




José Antonio, Natalia, mi novia, Maite, que está leyendo en voz alta una jeremiada de Juan Goytisolo, un artículo en el que nos cuenta cuánto abomina de la fama.

Sí, de carcajada, es verdad.

Por cierto... ¿te lo has creído? Mira la foto de mi mesa. ¿Te has creído que esa cazadora es mía? Que soy una especie de Ray Loriga o así. Que dejo el casco de la moto en el suelo, cuelgo la chupa en el respaldo de la silla y me pongo a escribir obras maestras como si tal cosa. Ja, ja. No, todo eso es de José Antonio, claro.

El último fin de semana, trasladamos el Gran Concurso de Paella Madrileña a casa de Edu Vilas y Vanessa. Le tocaba a mi novia y obtuvo una puntuación altísima, tengo que confesarlo.

Aquí están mi novia y Vanessa cocinando.




¿Qué qué hacíamos Edu y yo mientras tanto?

¿Tú que crees?

Beber whisky a sorbitos, sentados en la mesa de la cocina, y mirarles el culo a las chicas.

¿Hay algo más resplandeciente un domingo por la mañana que beber despacio y mirarle el culo a unas chicas que llevan un delantal puesto?

¿Te apuntas?

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sábado 8 de marzo de 2008

Desaparecidos

Mira estas fotos y dime qué parecen:


Mira estas fotos:



¿A que dan lástima?

¿A que parecen desaparecidos?

Dos jóvenes desaparecidos en alguna dictadura del Cono Sur. Era alegres, llenos de ilusión, luchaban por un mundo mejor. Víctimas de una ominosa Operación Cóndor.

¿Qué fue de ellos?

Sus madres todavía se reúnen cada sábado en una plaza, con pancartas con sus fotos: mantienen vivo su recuerdo.

No tienen sepultura, no sabemos cómo desaparecieron. ¿Sufrieron torturas? ¿Los arrojaron al océano desde un avión militar? ¿Les vendaron los ojos y los fusilaron?

Nunca los sabremos. Sólo sabemos que desaparecieron. Estaban tan llenos de vida, con sus ponchos, sus guitarras, sus canciones...

Sólo sabemos que les robaron un futuro: podrían haber sido cualquier cosa, lo que se propusieran, desde cantantes a actores de cine, incluso apoderados del Banco Hipotecario.

No, no pasa nada. Como en la canción: no estaban muertos... ¡estaban tomando cañas!

Los desaparecidos aparecieron: aquí tengo la prueba, aquí estoy yo con los dos, Edu Becerra y Chavi Azpeitia.




O, viendo las fotos, tal vez sí: son desaparecidos. Han sido sustituidos por otros. Por dos impostores que han ocupado el lugar de aquellos dos muchachos. Dos tipos de mediana edad, con ojeras, grandes sonrisas y propensión a acatarrarse,dos infiltrados que han remplazado a los dos que jugaban al fútbol en la Autónoma.

Podían haber sido cualquier cosa, lo que hubieran querido, ¡y han acabado así!

Total, que nos pasamos la tarde cantando canciones, con Chavi a la guitarra.

Como diría Auden (de quien ya estamos un poco hasta las narices en este blog, ¿verdad?):

Is gone like Imperial Rome
Or myself at seventeen.


Como si dijera:

Ha desaparecido como el Imperio romano
o el que yo era a los diecisiete.


¿Qué queda del Imperio romano o de mí a los diecisiete? Ruinas embellecidas por la nostalgia, calzadas, columnas, murallas entre cuyas piedras crecen flores silvestres, murales, estatuas con los brazos arrancados, fotos. libros de Herman Hesse subrayados a lápiz, casetes de Paco Ibáñez, inscripciones, estelas funerarias, cartas escritas a mano y los documentos históricos, las crónicas, la vida de los césares, el recuerdo interesado, con omisiones evidentes y deliberadas, esa versión escrita por los vencedores.

Pero ¿quién de todos los que fui a los diecisiete ha sido el vencedor? ¿Quiénes los derrotados?

Ahora que estoy mayor, así de mayor:





Ahora que estoy mayor, decía, pienso que mi juventud, vista desde aquí, es en realidad una de romanos, una superproducción de Hollywood, como Ben-Hur, con sus anfiteatros de cartón, sus legionarios con reloj de pulsera y esas antiguas novias con sandalias y el Cruzado Mágico de Playtex por debajo de la túnica.

Hablando de desaparecidos: ya he vuelto.

He estado perdido un tiempo, acabando el borrador completo de mi novela de espías, cojeando y cocinando paella, pero ya he vuelto, todo está en orden y volveré a ser puntual.

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