l Blog de Rafael Reig: abril 2008

Rafael Reig, escritor y profesor de literatura

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sábado 26 de abril de 2008

Lo indispensable

El 23, miércoles, tuve bastante trajín.

Era La noche de los Libros y mi novia ya se había apiadado de antemano de mí:

-¡Cómo me vendrás, hijo!
-No será para tanto.
-Bebe sólo lo indispensable.
-Hecho.

Por la mañana me fui con mi amigo Paco Oquendo a dar una charla con el siguiente asunto: "¿Qué leía Manolita Malasaña?".

-Nada -dije-. ¿Alguna pregunta?
-¿Y eso?
-Yo creo que era analfabeta.

Iba a despedirme, pero Paco me advirtió que, sólo con eso, no valía.

-Rafita, tío, no tengas tanta cara.

Así que tuve que improvisar cuatro cosas sobre la literatura de cordel hacia 1808.

Luego comimos un bacalao muy rico y salté a un taxi:



Hace años que no conduzco y adoro la expresión "saltar a un taxi".

Lo siguiente era una tertulia en El Comercial, para hablar de sexo con Juan Manuel de Prada y Paula Izquierdo.

Como ahora en el café prohíben fumar, se hizo indispensable tomar una copa en el Okayama y luego otras en la terraza, antes de entrar.

Paula vino como suele, discreta, sin maquillaje, vestida con sencillez y una modestia que rayaba en lo monjil, decidida a pasar inadvertida a cualquier precio.

Empero, yo no podía dejar de mirarle las tetas y esto hacia difícil la concentración:



Aquí estoy, mirándole las tetas a Paula, algo disperso.

A mí es que las tetas me dispersan mucho, qué le vamos a hacer, tienden a evaporarme el pensamiento, que luego se me condensa sobre la frente en nubosidad de evolución variable, filamentos, cirros formados de cristales de hielo que arañan, estratocúmulos ondulantes, nimbos sin sombras en su interior y un cielo del paladar encapotado, cubierto hasta donde alcanza la vista.

Total, que una idea se me iba y otra se me venía.

Se hizo indispensable beber unas copas.

La idea que se me venía solía ser siempre la misma, una idea sencilla y acompañada de ruido de cremalleras y batir de alas.

¿Y la que se me iba? Sería la más remota y, además, ¡échale un galgo!

Prada dijo que a él le excitan mucho las mujeres con los sobacos sin depilar.

-¿Y qué haces? -le pregunté- ¿Practicas muchos coitos axilares?
-No, hombre, no... -se rió.
-¿No? Pues pruébalo, ya verás -le recomendé.

Hablamos del hirsutismo de Prada, de diversas posturas que me parecieron algo agotadoras, a mi edad, y de si teníamos o no secretos.

Dijimos que sí, claro. ¿Quién no tiene secretos? Como suele decir Edu Vilas: ¿a quién le gustaría que se hiciera público el historial de páginas vistas en su ordenador?

Los elementos eliminados de la papelera de reciclaje son el único resto de nuestra verdadera y minúscula vida espiritual, la huella de un alma, el vaciado de una identidad, el fósil que conserva intacta una verdad interior sublime y sombría.

Cuando acabamos, me fui a firmar libros (es un decir) a Estudio en Escarlata; y de allí, a un VIPS.

Firmar no firmé mucho, así que se hicieron indispensables unos whiskies.

A la salida, ya de noche, me encontré con Chavi Azpeitia y acabamos en el Hotel Kafka, vaciando botellas: fue bastante indispensable.

Mientras iba de vuelta a casa, rozando las paredes con las manos y silbando bajito un tanto, vi a Eloy Tizón en una librería que han puesto en mi calle y que se llama Tres rosas amarillas. Entré a saludar y repostar, sólo porque se había hecho indispensable, una emergencia.

Cansado sí que llegué, sí.

Nublado de tetas como si fuera a llover a cántaros, hasta dejar las aceras encharcadas.

-¡Cómo me vienes! Si es que eres más tonto...
-Un poco sí: lo indispensable.
-Anda, ven.

A menudo me pregunto cuánto será mi mínimo indispensable de ser tonto, de copas, de lectura, de pasear con las manos en los bolsillos.

¿Y el tuyo?

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lunes 21 de abril de 2008

Mala pata

Fue salir del estudio de Félix y sonar el móvil.

-Que han llamado del cole -eso me dijo la madre de Anusca.

Que llamen del cole es lo peor que le puede pasar a unos padres.

¿Mala conducta? ¿Canibalismo en las aulas? ¿El Rufino entero en cuarentena por escorbuto? ¿Brote de meningitis?

Por suerte, fue solamente un nuevo esguince de Anusca, esta vez en el otro pie. Radiografías (o fotografías de mi esqueleto, como las llama ella, con más propiedad). Venda. Muleta.

Al día siguiente nos habían invitado a cenar Marta Sanz y Chema y llamé por la mañana.

-Ya está todo preparado -me dijo Marta.

-¿Es comida tarterable, la puedes meter en una tupper y os venís para acá? Es que mi hija está menos transportable...

-Todo es transportable en tartera.

-Pues hecho.

No me acordaba de cuántos años tiene la hija de Isaac Rosa, así que a mi hija y a la de mi novia les dije que vendría un bebé.

-¿Un bebe? ¿Para nosotras?
-¡Eso! ¿Podemos "cuidarlo"?

Lo preguntaron como si fueran la niña de El Exorcista.

Cuando llegó Olivia la secuestraron y la encerraon en su cuarto, para "cuidarla".

En fin, comimos como canónigos, charlamos, nos reímos y bebimos hasta no poder más.

Al día siguiente fui a una charla de Lorenzo Sila en Saint-Louis University y luego comí con Ángeles Encinar y Lorenzo.

-Hay que tener una actitud moral -creo que dije, supongo que habría bebido o algo así, porque si no, no me lo explico.
-Vale, pero lo moral no es hacer las cosas bien. A veces uno hace cosas que no están bien. Lo que caracteriza una actitud moral es conservar la capacidad de avergonzarse.

Me parece que tiene razón Lorenzo.

¿Tú qué piensas? ¿Tú te avergüenzas? ¿Has hecho algo que te dé vergüenza haber hecho? ¿Eres moral?

Ayer Día del Libro, mañana te lo cuento.

sábado 19 de abril de 2008

Comulgar con ruedas de Molina

En El País entrevistan a César Antonio Molina y me apresuro a leerla.

Molina nunca decepciona, siempre está a la altura de lo que se espera de él.

Le pregunta el periodista por su notoria afición a cesar gente para poner a otros y el tío nos elabora una novedosa y profunda teoría política sobre los nombramientos.

Ésta:

TEORÍA MOLINA SOBRE CESES Y NOMBRAMIENTOS:

En todos los lugares, el director tiene el derecho de cambiar a sus equipos. Pues lo mismo un ministro o un presidente del Gobierno. ¿Por qué no investiga usted los cambios que ha habido en otros ministerios? ¿Por qué no investiga los ceses que ha habido estos días en el Instituto Cervantes, de antiguos colaboradores míos, ceses que se han ejecutado sólo por fastidiarme a mí? En cambio, nosotros, todos los cambios los hemos hecho siguiendo las buenas prácticas.



¿Ha quedado claro?

Pues a espabilar.

Hay dos tipos de ceses y nombramientos:

A) Los que hace César Antonio Molina. Estos ceses Y nombramientos son un derecho que él tiene y no deben discutirse. Más faltaba que él no pudiera cambiar un equipo. Los que hay que "investigar" son los del tipo (B). En lugar de de preguntarle a él (¡a él!), ¿por qué no "investigan" a los demás, eh? Como un niño acusica: yo no he sido, pero anda que la otra, la Caffarel.

B) Los que hacen los demás. Estos (abominables) ceses y nombramientos tienen un único objetivo: fastidiar a César Antonio Molina. Sí, señor. No se hacen con otra finalidad. La directora del Cervantes, es obvio, no tiene el mismo derecho a cambiar su equipo. Qué va: ella lo hace para fastidiar. Por pura maldad y ganas de hacer daño al pobre y desvalido Molina.

Las mujeres, ya se sabe, ¡con tal de chinchar!

Un aplauso para Molina, que nunca decepciona.

A mí cada día me entretiene más comulgar con las legendarias ruedas de Molina.

Yo, como Molina, todo lo hago por puro altruismo, con "buenas prácticas". Si los demás hacen lo mismo, salta a la vista que lo hacen con el único propósito de fastidiarme a mí.

Somos malos malasombra, somos malos de verdad
y más malos que la quina
¡que sólo saben chinchar!


Hay gente, demasiada gente, que en esta vida sólo tiene un objetivo: fastidiar a César Antonio Molina.

Son capaces de todo con tal de darle un disgusto a este señor que no les ha hecho nada.

Cuánta maldad, ¿a que sí?

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viernes 18 de abril de 2008

Félix de la Concha



¿Éste soy yo?

Sí, así me ve Félix.

Verse uno mismo desde fuera, desde la mirada de otro, es perturbador.

Conocí a Ana Merino hace años en una Semana Negra de Gijón donde lo pasamos muy bien e incluso escribimos juntos un cuento a cuatro manos, una noche, en la redacción de A Quemarropa (el periódico de la Semana). Sus poemas me gustan mucho. Ella también.

A través de Ana conocí a Félix de la Concha: me entusiasma discutir a voces con ellos y con Ángela Vallvey sobre Israel y Palestina en el bar de Pedro.

El otro día me llama Félix y me propone posar para un retrato.

-Claro, no sabes lo vanidoso que soy, me encanta -le dije.

Sólo he posado otra vez, para mi amigo Arturo Revuelta, y me lo pasé muy bien.

A mí me gustan los pintores, el desorden que tienen, la cantidad de objetos que acumulan, yo creo que van con carretillas o con carritos de la compra, en cuanto cae la tarde, recogiendo lo que encuentran en los contenedores, juntando cartones, coleccionando platos de peltre, baldosas rotas y muelles oxidados. Me encanta lo poco que hablan, lo mucho que preguntan y la velocidad a la que se concentran en su trabajo.

A mí, que soy muy vago, ver a un pintor pintando me tranquiliza.

Me digo: bueno, no pasa nada, alguien ya se está haciendo cargo de todo.

Así que me fui a casa de Félix, aquí al lado, en Palma, y me pintó.

La cosa es una exposición en el Museo de Arte Contemporáneo, en la que ya hay cincuenta retratos que pintó en 2005. Son retratos con conversación, porque mientras pinta graba una charla con el retratado y se puede escuchar al ver el cuadro. Ahora Félix está añadiendo más retratos, pinta uno cada día y los muestra en un blog sobre el proyecto. Luego se unirán todos en el Museo. Aquí puedes ver el blog de Félix: Diario de una exposición.

Félix se disfrazó de pintor, con una especie de pijama, gorra y una camiseta manchada de colores, y se puso a pintar mientras charlábamos. Tardó un poco más de dos horas y ni sé ya las tonterías que debí de decir, con tal de no dejar de hablar.

Este es Félix ante la obra recién terminada:



¿Tú también me ves así, como me ve Félix?

Yo estoy acostumbrado a verme mirándome, en fotos o en el espejo, mis ojos me miran casi siempre. Aquí no, aquí estoy mirando para otro lado y veo a un desconocido.

Un tipo casi machadiano: triste, cansado, pensativo y viejo.

También me gustaría ver a un tipo convencido su tarea, un tipo que ha aceptado una responsabilidad y ae repite a menudo a sí mismo, en voz muy baja: "la alegría es mi deber diario".

¿Tú qué ves? ¿A quién ves? ¿Me ves a mí?

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martes 15 de abril de 2008

Con tetas, pero sin páncreas

Varias escritoras han publicado un libro sobre sexo o así. Además, se han fotografiado todas de esta forma tan sugerente:



Qué monada, ¿a que sí?

Son curiosas las chicas. Si comentas cómo van vestidas las ministras, eres machista. Ellas en cambio se fotografían en Vogue.

Si dices que una escritora está buena, eres machista. Ellas en cambio acompañan sus libros con unas fotos sin ropa.

Los escritores también son curiosos. El otro día estaba en una presentación de un libro. El autor hizo un brindis al sol, una de esas cosas que tanto regocijo provocan en el respetable, una declaración en contra de la pedantería:

-No les voy a hablar de mi poética, porque yo no tengo ninguna poética ni cosas de ésas. Cuando me preguntan por mi poética, digo que yo no tengo de eso, que yo sólo escribo.

Formidable. Gran ovación. Queda bien no tener poética.

A mí me suena como decir que no tengo páncreas. ¿Páncreas yo? ¡Vamos anda! ¡Si nunca me lo he visto...!

-Yo no hablo de mi intestino, porque no tengo intestino. Yo me limito a comer y ya está.

¿Se puede mear sin saber que uno tiene vejiga? Sí, claro, pero no por eso deja uno de tenerla, ¿no te parece?

Por tosca que sea, por primitiva, mínúscula o improvisada que sea, un escritor tendrá una poética, aunque ni siquiera lo sepa.

¿O no? A lo mejor no. A lo mejor escribir una novela es como estornudar: algo que se hace sin querer, sin saber ni preguntarse cómo, algo que no se aprende y que ni siquiera puede evitarse. Algo que no se piensa antes, sino que te sucede en el momento más inoportuno.

-He escrito una novela.
-¡Jesús!

¿Tú qué piensas?

Claro que, ahora que por fin hay un ministerio de Igualdad, ¿nos obligarán a los escritores a hacer lo mismo que las escritoras?

¿Tendremos que poner en la contraportada fotos insinuantes?

¿Algo así será obligatorio a partir de ahora?




Dios mío.

Qué miedo.

¡Pobre Antonio Gamoneda!

¡Pobre Juan Manuel de Prada!

¡No quiero ni pensar en el pobre David Torres! Me dan escalofríos.

Y sobre todo:

¡Pobre de mí!

Con las nuevas fotos de contraportada homologadas por el Ministerio de Igualdad, el único que va a vender libros a partir de ahora va a ser Andrés Barba, ¿no crees?

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sábado 12 de abril de 2008

¡Rufino campeón!

Así que el otro día me fui a la librería Estudio en Escarlata, para hablar de novelas.

Lo pasamos bien. Aquí estoy con mi amigo Lorenzo a la puerta del indispensable bar para antes y después de hablar un rato de novelas:



Mientras tanto, Anusca se quedó con mi hermana Maite.

Todos los niños del planeta tienen derecho a una tía como Maite, debería estar reconocido en la Constitución. Las tías Maite deberían recibir condecoraciones de UNICEF, además de cuantiosos premios en metálico.

En mi familia siempre hay tías Maite: la mía fue la tía Lola, que es la única persona a la que siempre he visto de buen humor, charlatana incansable, capaz de ser feliz con lo que tuviera a mano, que no solía ser más que una botella de agua de Borines, la costura y la conversación.

Maite y Anusca se pasaron la tarde haciendo cosas sólo con pegamento, cartones, hilos, ceras y esos objetos inservibles que aparecen en el fondo de un cajón de la cocina.

Esta es la muñeca que hizo mi hija:




Luego hicimos deberes. Anusca me ayuda con los míos.

Mis deberes son corregir mi novela de espías, pero mi hija lo hace bastante mejor que yo, mírala:




Una vez me dijo Paloma Díaz-Mas:

-Esto de escribir es como cocinar, Rafita. Tú haces el guiso y luego lo tienes que dejar enfriar. Cuando está frío, la grasa sube sola. Entonces la puedes quitar con toda facilidad, con una cuchara, porque está a la vista, es una película de grasa por encima.

Es el mejor consejo que me han dado: hay que dejarlo enfriar para que suba la grasa.

Por la noche, nos fuimos mi novia y yo a la cena del premio Fundación Lara. Es un premio que se da a la mejor novela publicada el año anterior. Había cinco finalistas y, entre ellos, dos eran de madres del cole, del Rufino Blanco: la novela de la mamá de Dani y Mariú (también conocida en el mundo exterior como Belén Gopegui) y la novela de la mamá de Elisa (también conocida fuera del cole como Almudena Grandes).

Así que lo teníamos bastante fácil los del Rufi. Mal se nos tenía que poner para que no ganara nuestro cole.

Ganó Almudena, con El corazón helado, así que mi chica y yo empezamos a gritar con entusiasmo:

-¡Rufino campeón! ¡Rufino campeón! ¡Rufino campeón!

Desde las otras mesas nos miraban atónitos.

Algunos, con desaprobación. Otros nos informaban: que no ha ganado Rufino, sino Almudena. Unos preguntaban quién era el tal Rufino y qué novela había escrito. Otros aseguraban que era mejor que no siguiéramos bebiendo más.

Que seguimos. Bastante. Estábamos los plumíferos y los Grandes Editores.

A la pueta del bar, me topé con Jorge Herralde,Anagrama, que llevaba lo que se suele llamar "un traje de buen paño". Por fin pude hacer esa pregunta que me había quedado con ganas de hacer desde que oí una conversación entre dos tipos elegantes.

-Herralde, ¿quién te corta?

Me dijo el nombre de un sastre, pero lo he olvidado.

Nos fuimos dentro, a brindar con Juan Cerezo, Tusquets, que no sólo había conseguido el premio de Almudena, sino también que Javier Pérez Andújar fuera finalista.

Javier es amigo mío, un gran escritor y, si tuviera hijos, seguro que también los llevaba al Rufi.

Al día siguiente tocaba comentarlo con los amigos. ¿Para qué va uno a estos saraos si no es para cotillear luego? Así que me fui a comer con Ramón Pernas y Edu Vilas.

Hablamos de literatura, es decir: tías, con qué poetisas o novelistas nos gustaría a cada uno tener acceso carnal y en qué postura, quién anda liado con quién, quién ha dejado a quién y, como de costumbre, quién de entre nosotros no ha tenido en más de una ocasión acaloradas fantasías con Ángeles Caso, sueños vertiginosos de los que uno se despierta con los puños cerrados y los párpados cubiertos de escarcha, a ver, que levante la mano quién no los haya tenido.

¿A que sí? ¿A que más de una vez?

¿Sí? A ver, ah, sí, sí, al fondo veo una mano.

Es Juan Cruz, que prefiere siempre a Wendy Guerra.

Me pregunto por qué, después de ver esta foto de Wendy:



¿A que no hay color?

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viernes 4 de abril de 2008

Lo que estoy leyendo: Gopegui

¿De qué trata la última novela de Belén Gopegui, El padre de Blancanieves?

Como todas las novelas, de muchas cosas. Entre ellas, algunas preguntas.

A menudo los novelistas escriben, no para decir algo, sino para saber qué era lo que querían decir: para conocer su propia respuesta a algunas preguntas.

En el centro nervioso de la novela de Belén hay una pregunta de difícil respuesta: ¿es posible la bondad privada?

Esto no lo he sabido formular hasta que he leído otro libro de Gopegui. Un pistoletazo en medio de un concierto, editado por la Universidad Complutense.

Te lo recomiendo.

El libro es una conferencia que dio en la Universidad de California San Diego.

Allí habla de la bondad, los principios o "como queramos llamarlo" y afirma que la bondad o como lo llamemos "conducirá más temprano que tarde, a lo político, a la lucha contra la explotación, si es que no es ya su consecuencia, pues no hay bondad privada posible en una organización económica, social y política injusta".

Leía esta afirmación, en el metro (línea 2, entre San Bernardo y Quevedo), y caí en la cuenta de que, aunque yo no había sabido formularlo al leerla, de eso creí que trataba en parte El padre de Blancanieves.

La novela es el despliegue dialéctico de esa pregunta. ¿Es posible la bondad privada? El padre cree que sí, por ejemplo. ¿Y por qué lo cree? La hija está convencida de que no. ¿Qué cree entonces?

De eso trata (en parte) la novela.

¿Se puede ser bueno sin meterse en líos? ¿Se puede ser bueno sin intervenir? ¿Puede uno ser bueno solo, sin que los demás también lo sean, sin intentar crear las condiciones para que los demás también puedan serlo?

Una novela no es un catecismo.

En un catecismo, a una pregunta sigue una respuesta. Una novela, en cambio, convierte una pregunta en un organismo que crece, que cambia, que va mostrando diferentes caras, facetas brillantes, aristas incómodas, hábitos imprevistos, rituales de apareamiento entristecedores o una liturgia funeraria aterradora.

Una novela no pretende responder a una pregunta, sino que ofrece la posibilidad de experimentar la pregunta, de vivirla desde todos los lados, de cambiarla de sitio, de complicarla más todavía para a entender así todas sus consecuencias.

Por eso leemos más novelas que catecismos, claro está.

Esta conferencia de Gopegui me ha interesado mucho.

En parte porque me encanta conocer el diapasón de cada novelista, ver dónde afina, qué lecturas, experiencias, recuerdos son ese diapasón que da un La para que el novelista pueda ponerse a escribir en el tono adecuado, afinado.

Para eso hay que leer en la periferia: los diarios, las cartas, los prólogos, los artículos.

Pero no sólo por curiosidad (ver cómo lee, qué lee, cómo piensa) y para entender mejor el resto de su obra, sino que también me ha interesado mucho la conferencia en sí misma.

Trata de un asunto tabú.

¿Pederastia? ¿Uso recreativo de drogas? ¿Independencia del País Vasco?

Frío, frío. Peor todavía.

¿La Ley de Igualdad como impulsora de la violencia? ¿Gerontofilia? ¿Elogio de la castidad acaso?

Frío, frío. Algo mucho más impresentable, más prohibido de nombrar, peor visto por los ciudadanos responsables.

¿Eliminación de minusválidos? ¿Sodomización de monjas? ¿Matrimonio por interés?

Qué va. Frío, frío, te congelas. Algo mucho más grosero y repugnante.

-¿Te rindes?
-Me rindo.
-¡Las novelas que tratan de asuntos políticos!
-¡Ave María Purísima!
-Te lo advertí.

Tú me dirás: ¿es que todas las novelas no tratan de política?

Sí, claro, pero sólo lo notamos cuando tratan de cierta clase de política.

De eso, justamente, es de lo que habla Gopegui.

Como decía Althusser, "la ideología no tiene exterior".

Desde el interior, miramos hacia fuera. Vemos una farola, un adulterio o un asesinato. Lo que no vemos nunca es el cristal de la ventana: forma parte de la ideología dentro de la que estamos metidos, vemos a través de ella, sin verla.

Las novelas escritas desde dentro de la ideología dominante, si las leemos desde el mismo interior, pensamos que no tienen ideología: no hablan de política.

La estridencia, lo que sobresalta, el pistoletazo en el concierto, son las novelas escritas desde fuera. Desde otra posición ideológica.

La política revolucionaria, comenta Gopegui, se da por hecho que ha de aparecer en las novelas caricaturizada. Son las reglas del juego que la mayoría acepta: "debe quedar claro que la política revolucionaria es una pretensión inútil y desmesurada de transformar lo que no puede transformarse".

Cuando leía esto (ya fuera del metro), pensaba: no está mal, el deseo de revolución como bovarysmo.

El deseo de transformar el mundo se representa en la novela burguesa como el deseo del amor romántico; los revolucionarios son las Madame Bovary de la política. Han leído libros que exaltan la revolución y se los han creído. Han perdido el sentido de la realidad. Luego piden imposibles, se engañan a sí mismos pensando que el amor verdadero aparecerá para salvarnos, que es posible en este mundo, que se puede dejar al marido y ser feliz, etc.

El bovarysmo, el autoengaño, las ilusiones ilusas, son un gran tema de la novela burguesa del XIX.

La lectura es así: lees un libro y te aprieta el botón de REWIND, te obliga a releer, bajo otra luz, lo que ya habías leído.

A mí Gopegui acababa de obligarme a rebobinar (ya en la barra del bar Gades, en Álvarez de Castro, empuñando un whisky, que allí los ponen en vaso bajo, no sé por qué) Madame Bovary y, sobre todo, La educación sentimental.

Y encajaba, releído ahora sonaba diferente.

La novela de adulterio decimonónica se puede leer (también) como la fábula didáctica contra los revolucionarios. Creer que se puede transformar el mundo es como creer que existe otra vida más auténtica fuera del matrimonio burgués, que el amor verdadero nos va a salvar si corremos el riesgo de ir hacia él.

Los revolucionarios, como Emma Bovary, se engañan: los amantes son unos patanes, peores aún que su marido. El principio de realidad (ese estribillo del XIX) es la resignación.

¿Por qué había hecho Flaubert a Emma una figura tan trágica?

Siempre había pensado que era para castigarla. Es posible. También porque en Flaubert podría haber esa ambivalencia clásica: ridiculiza el anhelo de Bovary y, a través de él, el impulso revolucionario. Al mismo tiempo, no deja de sentir cierta trágica atracción por el deseo de Emma y de los revolucionarios. Una intensa emoción, una nostalgia venenosa, que traslada al lector (¿te acuerdas cuando Emma está agonizando y pide un espejo?).

Me hice entonces la pregunta decisiva: ¿me da tiempo a otro rapidito antes de ir a buscar a Anusca al cole?

Hubo debate en mi interior, turnos de réplica y votación a mano alzada.

Sí que me daba, se decidió por mayoría simple.

Cuánto agradezco la claridad expositiva del libro. Gopegui escribe aquí de forma coloquial, sencilla, implacable. Parece una conversación.

La apariencia de complicación es característica de artrópodos o de insectos. Cuanto más insignificante la mosca, más facetas tiene en sus ojos compuestos. Los animales más grandes, que recorren más distancia, más complejos, son mucho más sencillos de entender que esos complicadísimos mosquitos.

Para mí, ser claro, expresarse con claridad, no sólo es una virtud literaria, sino mucho más: un imperativo ético.

Leo, con el último dedo de whisky, este párrafo, que también me dejó pensando y que cito, aunque es largo:

Cada vez que se enciende un ordenador ocurre una situación paradójica. Porque, en teoría, el ordenador no sabe hacer nada hasta que se carga el sistema operativo, el conjunto de programas que residen en el disco duro y gestionan los recursos del ordenador. Se necesita, por tanto, un mecanismo de arranque que sea capaz, digamos, de darse instrucciones a sí mismo y logre cargar ese conjunto de programas que gestionarán el resto de las operaciones. Las novelas, a mi modo de ver, no son ese mecanismo de arranque. Las novelas se parecerían más a los programas con que gestionamos algunos de nuestros recursos reales e imaginarios. Sé poco de informática, pero me gusta mucho mirar el momento en que se carga el sistema. El ordenador va reconociendo de qué está hecho y va poniendo en marcha sus distintas capacidades. Si el sistema económico fuera otro, entonces el mecanismo de arranque cargaría, junto con los demás programas, otras narraciones, otras formas de imaginar la vida y de contarnos lo que nos pasa.


¿Qué programas carga tu sistema de arranque cuando te pones en marcha? ¿Flaubert? ¿Tienes instalado un Neruda compatible con mi César Vallejo? ¿Qué versión tienes de Victor Hugo? ¿La Hugo 3.0? ¿Te has instalado la última de Eduardo Mendoza? ¿Y estás segura de que no te ha metido algún virus en el sistema? ¿Tienes un anti-virus?

Entonces me pregunto: ¿podría un novelista ser un hacker? Se trataría de crear un programa con un troyano, que se introduzca en el sistema operativo de los lectores,que los modifique, que haga aparecer archivos inesperados, resultados imprevistos.

¿Serán los novelistas piratas informáticos?

La imagen clásica del hacker se parece: un tío medio chiflado, encerrado en su habitación, tecleando y tecleando, y que quiere llegar desde allí al corazón operativo de medio mundo para infectarlo sin ser descubierto; un tipo que está jugando, en realidad, aunque produzca consecuencias irreparables y daños cuantiosos.

Yo he sufrido ataques beneméritos, he leído novelas que me han contaminado, que han cambiado la configuración interna de mi terminal, he sido víctima de ataques al disco duro, he abierto la puerta a caballos de Troya que me han transformado la vida.

Ejemplo: el ya dicho troyano César Vallejo.

Y no sabes cuánto la agradezco.

¡Las cinco, me cago en la mar! Salí de estampida a buscar a Anusca al cole, con una servilleta en el libro para saber por qué página iba.

(Sí, yo nunca doblo una esquina de una página. Jamás. Ni aunque me pagaran por ello).

La literatura está muy bien. Es, como decía el gran García Hortelano, esa otra vida que la vida vive a escondidas, la doble vida de la vida verdadera.

Y está muy bien, aunque la vida es lo más maravilloso. La vida, está vida:





Luego llevamos todos a las niñas a Olavide. Empieza la temporada de terrazas. Los papás nos tomamos copitas chicoleando con las mamás.

Cuando cae la noche, llamamos a los niños.

-¡Aguedita! ¡Nativa! ¡Miguel!...

¿Sabes lo que estaban haciendo, los muy cabrones?

Pedir limosna.

Habían cogido una cesta de las que usan en las terrazas para poner las patatas fritas y se habían juntado diez o doce críos. Iban cantando mesa por mesa y luego pasaban la cesta y pedían la voluntad.

-¡Estáis mendigando! -se escandalizó una mamá-. ¡Qué vergüenza!
-Poner niños a pedir limosna: nos puede caer un buen puro a todos -nos advirtió Rafa, el papá de Blanca Escudero, que es abogado.
-Si se entera Protección de Menores...
-¡Cómo se os ocurre! -preguntó un padre alarmado.
-Hombre... -dijo una mamá, señalando a los del acordeón, los del violín, los que cantaban con poncho canciones andinas, etc-. No me parece tan raro...
-¿Cuánto habéis sacado? -preguntó el más rastrero de los padres (que resulté ser yo).

Las muy jodías, en media hora, habían sacado tres euros cada una.

-Esto no se vuelve a hacer, eh -dijo una mamá.
-No muy a menudo -dije yo.
-Eso, no todos los días, que os quede claro -corroboró Rafa Escudero.

Y nos fuimos todos para casa, después de pasar por el chino para que las niñas invirtieran los ingresos de la mendicidad en chuches.

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miércoles 2 de abril de 2008

Artículos

Ah, se me olvidaba. Escribo hace meses a diario un par de cositas en Público. He puesto a la derecha, entre los enlaces, un vínculo directo a mis dos secciones, Carta con respuesta y Papelera de reciclaje.

Eso no quiere decir en absoluto que te lo tengas que leer ni nada parecido.

Una humilde lavandera

Perplejos, mi novia y yo no sabíamos qué hacer a fin de manifestar nuestro amor y esas pamplinas. ¿Casarnos? ¡Y un jamón con chorreras! Ya hemos estado casados los dos, cada uno por nuestro lado. ¿Vivir juntos? ¡Y un jamón! Con lo a gusto que cada uno está en su casa, sin hacer ni la cama, barriendo debajo de la alfombra, con sus inocentes pasatiempos privados y mirando por el balcón toda una tarde en lugar de trabajar. ¿Abrir una cuenta a medias en el banco? ¡Y un jamón! Con nuestras deudas, nuestra presencia permanente en registros de aceptaciones impagadas y nuestra proverbial inclinación al pan para hoy (y hambre para mañana, qué más nos da), ¿cómo vamos a tener cosas embargables, fungibles y sujetas al cobro de comisiones?

-¿Y un jamón?
-¿Un jamón?
-Con chorreras.
-Vale, mola.
-¿En tu casa o en la mía?
-Según y conforme.

¿Qué mejor expresión de afecto que compartir un jamón? Un jamón, carne en común, placer intenso (y prolongado esfuerzo para cortarlo), sabor perdurable, entreverado con tocino como si fuera espuma. Los jamones, además, son más o menos transportables y podemos residenciarlo en su casa o en la mía sin demasiado problema.

Total, que compramos un jamón a medias. Con chorreras.

Y una caja de tiritas para mí. Ella no se corta. Yo, a diario: tengo cicatrices en todos los dedos.

Yo nunca he tenido un jamón en casa. En mi vida. No porque proceda de una familia de extracción humilde.

¡Qué más quisiera yo que haber sido extraído de la humildad, con lo conveniente que es eso para un novelista!

Mi extracción (como si uno alguna vez saliera al exterior o le sacaran a la fuerza de su clase social con pico y pala, como en la galería de una mina donde se extraen piedras preciosas), mi extracción, digo, es acomodada (otra graciosa expresión, por cierto), pero en mi casa no había jamones jamás.

No sé por qué. Quizá mis padres los consideraban incómdos o demasiado pueblerinos o vaya usted a saber. Mis abuelos vivían en pueblos, pero tampoco eran rurales de verdad, esa clase de abuelos que envía jamones. Eran más bien señoritos de lugar pequeño. Uno era boticario volteriano; el otro, un rentista que había regentado una tienda de coloniales (así se llamaban los ultramarinos).

En mi casa había carrito con ruedas y botellas de whisky y ginebra, todas las que quieras, pero ni un sólo jamón. Ni chorizos colgados en la despensa. Ni ruedas de queso. Ni morcillas en ristras. Ni gallinas vivas.

Qué le vamos a hacer: la burguesía ilustrada no debía de ser muy partidaria entonces de la charcutería.

Humilde extracción, clase acomodada... ¿por qué todas las expresiones que se usaban (o se usan) son tan graciosas?

Porque son eufemismos, supongo, porque nadie quiere hablar de clase social, de dinero, de cuánto gana.

Si la "extracción" es rara, la "humildad" no lo es menos. ¿Humilde? Dan ganas de responder: oiga, en casa éramos pobres, pero soberbios y muy vanidosos.

Miro el María Moliner y me doy cuenta de que estoy confundido. Humilde no es una cualidad espiritual: es o ha llegado a convertirse, según esta señora, en un término específicamente socioeconómico.

HUMILDE: 1. adj. Perteneciente a una clase social de las que viven muy pobremente de su trabajo, pero no miserablemente: 'Una humilde lavandera. De familia humilde. De humilde extracción'.


Formidable.

¿No te parece que esa humilde lavandera ilumina ella sola toda la página del diccionario? Entre "humera" y "humita", en medio de tantos renglones inertes, de tanto plomo de imprenta, abreviaturas, definiciones, aplícase a, dícese de, utilízase también como, aparece de pronto, como un relámpago, la lavandera imprevista.

¿Tú no ves el resplandor repentino de la lavandera, con su pastilla de jabón Lagarto, las manos mojadas y percudidas de tanto frotar sábanas, los pies cansados y una sonrisa irónica, erótica, insurrecta? ¿Tú no te rindes sin condiciones a la lavandera, humilde o soberbia?

¿De dónde viene esta lavandera que retuerce la ropa para escurrirla? ¿De dónde la sacó doña María Moliner? ¿Cómo se le ha colado ahí, en mitad de la página?

En ese caso, según define humilde la Sra. Moliner, mi trayecto ha sido curioso, pues no siendo de humilde extracción, me he introducido a pulso en la humildad laboral. En lugar de modesto propietario, me he convertido en humilde novelista, que vive muy pobremente de su trabajo, pero no miserablemente.

Además de sinónimos (apocado, deferente, encogido, modesto, modoso, respetuoso, servicial, tímido, etc., es decir, las prendas o harapos morales que se presumen o que se exigen a quienes viven por su manos) da doña María una curiosa:

NOTA DE USO: "Humilde" se aplica a las personas, a su condición o clase social, a su aspecto o sus vestidos, etc. Aunque a veces se empleen indistintamente "humilde" y "modesto", "humilde" expresa un grado menos en la escala de las posiciones económicas y sociales; puede, por ejemplo, decirse "un modesto propietario", pero sería impropio decir "un humilde propietario".


¡Carambolas! Qué sagacidad la de la Moliner. Y cuánto me gustaría que hubiera seguido detallando esa escala: miserable-modesto-humilde-acomodado-poderoso-formidable, etc.

No hay humildes propietarios ni humildes creadores de riqueza, como no hay un miserable consejero delegado o un modesto director general.

Hay humildes novelistas, pero ¿modestos? ¡Amos anda!

Acomodado es "en buena posición económica", según doña María, pero no sigo, porque las consultas al diccionario son como el jamón: no puedes parar de cortar y comer.

En fin, así estamos: cortando jamón y alimentándonos más que nada de cosas jamonables: habas con ídem, tortillas de ídem, bocadillos de lo mesmo, ídem con melón y así todos los días.

Ahora que, por primera vez, vivo con un jamón en casa, he descubierto cuánta compañía hace. Alegran como la aparición súbita de una humilde lavandera en el primer tomo de un diccionario.

Un jamón da mucho cariño (aunque poca conversación), y sin pedir nada a cambio ni hacer más daño que unos cortes en los dedos. Un jamón tranquiliza, consuela, entretiene y escucha todo lo que dices sin llevarte la contraria. Casi no reclama atención para sí mismo, pero lo entrega todo.

¿Y estéticamente?

No sé qué pensarás tú, pero entre el carrito con ruedas cargado de botellas y el jamón, yo estoy con el jamón. A tope con el jamón.

Por ejemplo, después de indignarme un rato y cogerme una pataleta el domingo, me corté tres lonchas de jamón (con sólo dos lesiones en dedos índice y corazón), me puse un vino, y se me fue el santo al cielo.

Ya sólo me acuerdo de la alegría de mi hija la primera vez que fue a la cremà en unas Fallas. Nos llevó Verónica y, mientras yo me refugiaba en las faldas de las chicas (me asusta el fuego), Anusca sacaba fotos:



Fuego amigo, así se titulará mi novela de espías, cuando la termine.

Luego le saqué yo una foto a ella con una amiga fallera:



Ya te imaginarás que me hizo prometerle, para el año que viene, un traje completo de fallera, con sus moños y su peineta, y sus zapatos de medio tacón.

Ya te imaginarás que se lo prometí.

A cambio, al día siguiente, cogimos las bicis y nos fuimos a desayunar quintos de cerveza (yo) y orxata amb fartons (ella) a Miramar:



Y me quedé así, absorto, pensando en la repentina aparición de una lavandera en pleno diccionario.

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