l Blog de Rafael Reig

Rafael Reig, escritor y profesor de literatura

Tfno.
917 025 016

Estás en Home » Blogs » Blog de Rafael Reig

martes 8 de enero de 2008

La muerte peatonal

El otro día me comentaba mi amigo Antonio Álvarez-Barthe, que vive en Marruecos, que iban a organizar un homenaje clandestino al capitán Aldana.

-¿Clandestino?
-Bueno, arbitrario. Como nadie sabe con exactitud dónde murió en Alcazarquivir, lo haremos en cualquier parte, da un poco lo mismo, ¿no?

Yo creo que sí. El capitán Aldana murió en la legendaria batalla de Alcazarquivir. Aldana fue allí como consejero mlitar del rey Sebastián de Portugal. Cuando llegó, el rey le hizo maestre de campo general. El 4 de agosto de 1578 entablaron batalla. A la primera salva de artillería, los portugueses salieron corriendo, de estampía.La matanza fue colosal y el formidable proyecto portugués de conquistar África se tambaleó bastante. El rey Sebastián se perdió, desapareció, se desvaneció en la niebla o en el humo de la pólvora, y nunca más se supo. Así surgió ese culto o superstición portuguesa llamada "sebastianismo" (que infectó incluso a Pessoa, que creía que volvería cualquier día para mayor gloria de Portugal). ¿Qué pasó con Aldana? Según Diego de Torres, que hizo el informe oficial:

El día de la batalla, andando Aldana a pie por le haber muerto el caballo, le encontró el rey y le dijo: -Capitán, ¿por qué no tomáis caballo?- Y él dcicen que le respondió: -Señor, ya no es tiempo sino de morir, aunque sea a pie.- Y con la espada en la mano tinta en sangre, se metió entre los enemigos.


Francisco de Aldana tenía 41 años. Así murió, a pie, uno de los grandes poetas españoles.

-Ya nadie lee a Aldana -se quejaba Álvarez-Barthe.
-Yo sí.
-No se puede leer, no se encuentra, no hay ediciones, la juventud no tiene acceso a Aldana. ¡No hay derecho!
-Domínate, tranquilo, tranquilo.
Ése, con el de la vivienda, es quizá el más grave problema de la juventud.

Yo releo a Aldana en la edición de don Elías L. Rivers, en los Clásicos Castellanos de Espasa-Calpe. La compré en 1982, cuando yo mismo era joven.

Al día siguiente cené con Orejudo y le pregunté por Elías. Me dijo que no andaba muy bien. Un abrazo, Elías.

Aquí estamos tomando la copa en el Parnasillo, después de cenar; Orejudo, mi novia, Helena (Mrs. Orejudo) y yo. Hablábamos de Aldana y de Elías Rivers.



Tuve la suerte de conocer a Elías y a Georgina en Nueva York y en Madrid, donde tenían una casa por la calle Cardenal Cisneros. Yo había oído hablar de los caballeros sureños, pero nunca había visto a ninguno de cerca hasta que me presentaron a Elías. Tenía ojos azules y una barba aurisecular (bigote y perilla) ya cana. Vestía impecablemente, con un terno gris, corbata y zapatillas deportivas (unas Nike negras, creo recordar). Por raro que parezca, le quedaban bien las deportivas con traje.

Una vez me encontré a Elías en Madrid. Me contó que se estaba haciendo una casa en Chinchón, pero que las obras iban muy despacio. No lo entendía.

-No lo entiendo, Reig. Trabajan sin ganas, a pesar de que siempre les ofrezco refrescos.
-¿Refrescos? Elías, dales unas copas de coñac, ya verás.
-¿Tú crees?
-Te lo garantizo.

Cuando le volví a ver le pregunté por la casa.

-Ha quedado estupenda. Tenías razón -me dijo.

Se suele decir que la primera obligación de un caballero es no provocar molestias a los demás. Elías llevaba la cortesía mucho más lejos: lograba que a su lado todo el mundo se sintiera más cómodo. Como no podía ser de otra forma, su edición de Aldana es un ejemplo de cortesía hacia el lector: información precisa, rigor filológico, inteligencia sin envanecimiento y elegancia en la prosa. ¡Y pensar que los jóvenes ya no pueden leer a Aldana! No interesa, sin duda, a los poderes fácticos, agentes sociales y creadores de riqueza; no interesa que la juventud lea a Aldana. Si pudieran leer la epístola que le envió a Benito Arias Montano, ¡otro gallo nos cantara! Por mucho que, como a mí, les siguiera alcanzando a veces "de lujuria el rayo encontradizo", se harían propósito, como el capitán, de "caminar derecho / jornada de mi patria verdadera".

¡Oh si los jóvenes pudieran leer algún soneto de Aldana! Hay uno que yo me recito muy a menudo, en mañanas de resaca:

En fin, en fin, tras tanto andar muriendo,
tras tanto varïar vida y destino,
tras tanto de uno en otro desatino
pensar todo apretar, nada cogiendo,


Termina con el deseo de apartarse del mundo "y en un rincón vivir con la victoria de sí".

O aquellos sonetos dialogados, en los que se intercambian frases los amantes (con los fingidos nombres habituales en la época: Damón, Filis, Galatea, etc.). Como éste:

¿Cuál es la causa, mi Damón, que estando
en la lucha de amor, juntos trabados
con lenguas, brazos, pies y encadenados
cual vid que entre el jazmín se va enredando

y que el vital aliento ambos tomando
en nuestros labios, de chupar cansados,
en medio a tanto bien somos forzados
llorar y suspirar de cuando en cuando?

Amor, mi Filis bella, que allá dentro
nuestra almas juntó, quiere en su fragua
los cuerpos ajuntar también tan fuerte

que no pudiendo, como esponja al agua,
pasar del alma al dulce amado centro,
llora el velo mortal su avara suerte.


Inmejorable. ¿Por qué gemimos en la cama, cuando estamos tan a gusto? Hay teorías: hay quien dice que por placer (lo dudo). Otros que para provocar placer en la pareja (no sé, no sé). Otros que para excitarse uno mismo (y funciona, lo sé). Eso le pregunta la Filis de turno. Y Damón (qué viejo zorro debía de ser) le responde: en la cama, abrazados, nuestros cuerpos gimen y suspiran porque no consiguen que al follar el alma se traspase de uno a otro, son como una bisagra, que chirría porque no abre la puerta. ¿Lo intentamos de nuevo, Filis, pero en otra postura? Anda, mira, ponte así, a ver si ahora...

Como Aldana, cuando haya que morir, moriremos, aunque sea a pie, moriremos como peatones, qué remedio, y si hubiera otra vida (y lo dudo tanto como él, si no más):

iríame por el cielo en compañía
del alma de algún caro y dulce amigo
con quien hice común acá mi suerte:
¡Oh qué montón de cosas le diría,
cuáles y cuántas, sin temer castigo
de fortuna, de amor, de tiempo y muerte!


¿Tú lees a Aldana? ¿Tú crees que la juventud se droga y se desespera, y le salen caries, y se siente desdichada, sólo porque no puede leer a Aldana?

Etiquetas: , , , , ,

© 2006 Hotel Kafka. C. Hortaleza 104, MadridTfno. 917 025 016Sala de PrensaMapa del SiteAviso Legalinfo@hotelkafka.com