l Blog de Rafael Reig

Rafael Reig, escritor y profesor de literatura

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sábado 10 de mayo de 2008

Como en casa

El otro día, ordenando libros, encontré Los miserables. Qué maravilla, cuánto he disfrutado con esa novela. ¿Por qué un ser humano querría leer a Ruiz Zafón, o una novela mía, pudiendo leer a Victor Hugo?

A mí no me entra en la cabeza.

Vi que había subrayado muchas cosas. Esta descripción, por ejemplo:

Il avait d'épais sourcils, d'énormes favoris noirs, les yeux à fleur de tête, le bas du visage en museau, et sur tout cela cet air d'étre chez soi qui est une chose inexprimable.


Lo que nos viene diciendo Victor Hugo es, sobre poco más o menos:

Tenía cejas espesas, enormes patillas negras, los ojos a flor de cabeza, la parte inferior de la cara como un hocico y, por encima de todo eso, ese aire de estar en su casa que es una cosa inexpresable.


Cet air d'étre chez soi... ¡formidable!

Tiene algo de grosero, del tipo que se impone sin miramientos, que se siente siempre en casa, dueño y señor, allá donde vaya.

Sí, pero también podría leerse de una forma más atractiva. A mí me gustaría sentirme como en casa en cualquier parte. Transmitir la sensación de que siempre estoy a gusto, cómodo, como si estuviera en zapatillas.

Lo intento.

¿No es la elegancia definitiva: comportarse en todas partes como si estuvieras en casa?

También conozco gente que, hasta en su propia casa, parece que está de visita. Gente que sería lo opuesto: con ese aire de estar siempre de visita. Tipos que, en su casa, cierran la puerta del baño para hacer pis, aunque estén solos. Gente que se lava mucho las manos en su lavabo, que se sienta con la espalda muy derecha y sin poner los pies sobre las mesas, que recoge los vasos de whisky y vacía los ceniceros antes de irse a la cama.

Así me imagino a Javier Marías, por ejemplo. O a Juan Benet. En cambio, a Juan García Hortelano, me lo imagino con cet air d'étre chez soi en todas partes, vestido de frac como si fuera en pijama, cómodo, en su propia casa siempre.

Tú ¿qué prefieres? ¿Ir de visita o estar en todas partes como en casa?

Yo la verdad es que me siento en casa donde vaya y me gusta que en mi casa los amigos se sienta como en la suya, porque es su casa.

En casa de Edu Vilas, el otro día, como en casa, estuvimos jugando al You Tube. Se hace un turno y cada uno va pidiendo un vídeo. Gana el que consigue sorprender, emocionar o avergonzar más al resto.




Vimos, entre otras cosas:

-Pablo Abraira cantando "Gavilán o paloma"
-El Che Guevara hablando en francés.
-Nabokov hablando en inglés con fuerte acento ruso.
-José Alfredo Jiménez, cirrótico, inflamado, cantando con Lucha Villa "Me invitas a una copa o te la invito".
-La familia Telerín cantando "Vamos a la cama que hay que descansar"
-Joan Baez con "We shall overcome"
-Quilapayún, todos con jersey de cuello de buzo negro, levantando el puño y gritando que el pueblo unido jamás será vencido.
-Una actuación cuasi pedófila de Enrique y Ana.
-Facundo Cabral
-Patxi Andión y su "Una, dos y tres"
-Paco Ibáñez cantándole a Georges Brassens su traducción de "La mala reputación". Paco cantaba y Brassens tocaba la guitarra sin dejar de fumar en pipa.


Cuanto más inmunda, inesperada, arrebatadora sea la elección, más posibilidades de ganar.

En vista de eso, Anusca decidió que nos habíamos convertido en Los Frikis Mikis, y nos dibujó a todos así:



Anusca iba con la pierna vendada, por el esguince. No se podía bañar, porque no podía mojar la venda.





Aquí están las niñas y mi novia.

¿Ves que al fondo de la foto se ve una piscina?

No me preguntes cómo, pero Anusca consiguió caerse al agua.

Hubo que quitarle la venda y le dimos el alta: curada.

A ver si adivinas qué estoy buscando en You Tube, que Eduardo se descojona sólo de pensarlo:

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miércoles 2 de abril de 2008

Una humilde lavandera

Perplejos, mi novia y yo no sabíamos qué hacer a fin de manifestar nuestro amor y esas pamplinas. ¿Casarnos? ¡Y un jamón con chorreras! Ya hemos estado casados los dos, cada uno por nuestro lado. ¿Vivir juntos? ¡Y un jamón! Con lo a gusto que cada uno está en su casa, sin hacer ni la cama, barriendo debajo de la alfombra, con sus inocentes pasatiempos privados y mirando por el balcón toda una tarde en lugar de trabajar. ¿Abrir una cuenta a medias en el banco? ¡Y un jamón! Con nuestras deudas, nuestra presencia permanente en registros de aceptaciones impagadas y nuestra proverbial inclinación al pan para hoy (y hambre para mañana, qué más nos da), ¿cómo vamos a tener cosas embargables, fungibles y sujetas al cobro de comisiones?

-¿Y un jamón?
-¿Un jamón?
-Con chorreras.
-Vale, mola.
-¿En tu casa o en la mía?
-Según y conforme.

¿Qué mejor expresión de afecto que compartir un jamón? Un jamón, carne en común, placer intenso (y prolongado esfuerzo para cortarlo), sabor perdurable, entreverado con tocino como si fuera espuma. Los jamones, además, son más o menos transportables y podemos residenciarlo en su casa o en la mía sin demasiado problema.

Total, que compramos un jamón a medias. Con chorreras.

Y una caja de tiritas para mí. Ella no se corta. Yo, a diario: tengo cicatrices en todos los dedos.

Yo nunca he tenido un jamón en casa. En mi vida. No porque proceda de una familia de extracción humilde.

¡Qué más quisiera yo que haber sido extraído de la humildad, con lo conveniente que es eso para un novelista!

Mi extracción (como si uno alguna vez saliera al exterior o le sacaran a la fuerza de su clase social con pico y pala, como en la galería de una mina donde se extraen piedras preciosas), mi extracción, digo, es acomodada (otra graciosa expresión, por cierto), pero en mi casa no había jamones jamás.

No sé por qué. Quizá mis padres los consideraban incómdos o demasiado pueblerinos o vaya usted a saber. Mis abuelos vivían en pueblos, pero tampoco eran rurales de verdad, esa clase de abuelos que envía jamones. Eran más bien señoritos de lugar pequeño. Uno era boticario volteriano; el otro, un rentista que había regentado una tienda de coloniales (así se llamaban los ultramarinos).

En mi casa había carrito con ruedas y botellas de whisky y ginebra, todas las que quieras, pero ni un sólo jamón. Ni chorizos colgados en la despensa. Ni ruedas de queso. Ni morcillas en ristras. Ni gallinas vivas.

Qué le vamos a hacer: la burguesía ilustrada no debía de ser muy partidaria entonces de la charcutería.

Humilde extracción, clase acomodada... ¿por qué todas las expresiones que se usaban (o se usan) son tan graciosas?

Porque son eufemismos, supongo, porque nadie quiere hablar de clase social, de dinero, de cuánto gana.

Si la "extracción" es rara, la "humildad" no lo es menos. ¿Humilde? Dan ganas de responder: oiga, en casa éramos pobres, pero soberbios y muy vanidosos.

Miro el María Moliner y me doy cuenta de que estoy confundido. Humilde no es una cualidad espiritual: es o ha llegado a convertirse, según esta señora, en un término específicamente socioeconómico.

HUMILDE: 1. adj. Perteneciente a una clase social de las que viven muy pobremente de su trabajo, pero no miserablemente: 'Una humilde lavandera. De familia humilde. De humilde extracción'.


Formidable.

¿No te parece que esa humilde lavandera ilumina ella sola toda la página del diccionario? Entre "humera" y "humita", en medio de tantos renglones inertes, de tanto plomo de imprenta, abreviaturas, definiciones, aplícase a, dícese de, utilízase también como, aparece de pronto, como un relámpago, la lavandera imprevista.

¿Tú no ves el resplandor repentino de la lavandera, con su pastilla de jabón Lagarto, las manos mojadas y percudidas de tanto frotar sábanas, los pies cansados y una sonrisa irónica, erótica, insurrecta? ¿Tú no te rindes sin condiciones a la lavandera, humilde o soberbia?

¿De dónde viene esta lavandera que retuerce la ropa para escurrirla? ¿De dónde la sacó doña María Moliner? ¿Cómo se le ha colado ahí, en mitad de la página?

En ese caso, según define humilde la Sra. Moliner, mi trayecto ha sido curioso, pues no siendo de humilde extracción, me he introducido a pulso en la humildad laboral. En lugar de modesto propietario, me he convertido en humilde novelista, que vive muy pobremente de su trabajo, pero no miserablemente.

Además de sinónimos (apocado, deferente, encogido, modesto, modoso, respetuoso, servicial, tímido, etc., es decir, las prendas o harapos morales que se presumen o que se exigen a quienes viven por su manos) da doña María una curiosa:

NOTA DE USO: "Humilde" se aplica a las personas, a su condición o clase social, a su aspecto o sus vestidos, etc. Aunque a veces se empleen indistintamente "humilde" y "modesto", "humilde" expresa un grado menos en la escala de las posiciones económicas y sociales; puede, por ejemplo, decirse "un modesto propietario", pero sería impropio decir "un humilde propietario".


¡Carambolas! Qué sagacidad la de la Moliner. Y cuánto me gustaría que hubiera seguido detallando esa escala: miserable-modesto-humilde-acomodado-poderoso-formidable, etc.

No hay humildes propietarios ni humildes creadores de riqueza, como no hay un miserable consejero delegado o un modesto director general.

Hay humildes novelistas, pero ¿modestos? ¡Amos anda!

Acomodado es "en buena posición económica", según doña María, pero no sigo, porque las consultas al diccionario son como el jamón: no puedes parar de cortar y comer.

En fin, así estamos: cortando jamón y alimentándonos más que nada de cosas jamonables: habas con ídem, tortillas de ídem, bocadillos de lo mesmo, ídem con melón y así todos los días.

Ahora que, por primera vez, vivo con un jamón en casa, he descubierto cuánta compañía hace. Alegran como la aparición súbita de una humilde lavandera en el primer tomo de un diccionario.

Un jamón da mucho cariño (aunque poca conversación), y sin pedir nada a cambio ni hacer más daño que unos cortes en los dedos. Un jamón tranquiliza, consuela, entretiene y escucha todo lo que dices sin llevarte la contraria. Casi no reclama atención para sí mismo, pero lo entrega todo.

¿Y estéticamente?

No sé qué pensarás tú, pero entre el carrito con ruedas cargado de botellas y el jamón, yo estoy con el jamón. A tope con el jamón.

Por ejemplo, después de indignarme un rato y cogerme una pataleta el domingo, me corté tres lonchas de jamón (con sólo dos lesiones en dedos índice y corazón), me puse un vino, y se me fue el santo al cielo.

Ya sólo me acuerdo de la alegría de mi hija la primera vez que fue a la cremà en unas Fallas. Nos llevó Verónica y, mientras yo me refugiaba en las faldas de las chicas (me asusta el fuego), Anusca sacaba fotos:



Fuego amigo, así se titulará mi novela de espías, cuando la termine.

Luego le saqué yo una foto a ella con una amiga fallera:



Ya te imaginarás que me hizo prometerle, para el año que viene, un traje completo de fallera, con sus moños y su peineta, y sus zapatos de medio tacón.

Ya te imaginarás que se lo prometí.

A cambio, al día siguiente, cogimos las bicis y nos fuimos a desayunar quintos de cerveza (yo) y orxata amb fartons (ella) a Miramar:



Y me quedé así, absorto, pensando en la repentina aparición de una lavandera en pleno diccionario.

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miércoles 19 de marzo de 2008

Paseos por la playa

¿Quién no conoce la famosísima dedicatoria al Conde de Lemos?

Ayer me dieron la estremaunción y hoy escribo ésta; el tiempo es breve, las ansias crecen, las esperanzas mengua y, con todo esto, llevo la vida sobre el deseo que tengo de vivir.


A mí me gusta más el prólogo en el que un "estudiante pardal" le saluda diciendo:

-¡Sí, sí, éste, éste es el manco sano, el famoso todo, el escritor alegre y, finalmente, el regocijo de las Musas!

Cervantes le responde:

-Ese es eun error donde han caído muchos aficionados ignorantes. Yo, señor, soy Cervantes, pero no el regocijo de las musas, ni ninguna de las demás baratijas que ha dicho. Vuesa merced vuelva a cobrar su burra y suba, y caminemos en buena conversación lo poco que nos falta de camino.

La sencillez de Cervantes conmueve, pero hay estudiosos que hablan de su "legítimo orgullo", de que en realidad le fastidiaba que su obra fuese leída como alegre diversión, y no como aportación trascendental a la cultura. Según algunos, Cervantes aquí estaría algo amostazadado, porque no quiere que tomen sus obras por baratijas, sino por oro de ley.

Manda huevos.

El escritor alegre. Lo mejor que se podría decir de nadie, ¿no te parece?

Déjese de pamplinas, don estudiante, acérquese, pídase algo en la barra y charlemos un rato, le viene a decir Cervantes, con naturalidad y llaneza que admira más aún.

En fin, como diría el amigo Javier Krahe: Yo que soñé con la gloria de Cervantes, heme aquí en la glorieta de Quevedo.

Al menos, alegre sí que soy. Incluso tirando a payaso:



¿Para qué sirven los quesos de bola pequeñitos, esos mini BabyBell?

Todo el mundo lo sabe: para fabricar una elegante nariz de payaso.

El libro, por cierto, Los trabajos de Persiles y Sigismunda, es entre aburrido e infumable.

Eso sí, me río mucho con las descripciones. A una tal Taurisa la visten. ¿Cómo la visten? Pues "rica y gallardamente", faltaría más. ¿Algún otro detalle? Sí, claro: "al modo que suelen vestirse las nifas de las aguas o las hamadríades de los montes".

¡Toma ya, pedazo de descripción, Cervantes! Formidable, ahora sí que queda claro. El que no sepa nada de indumentaria de ninfas o de hamadríades que levante la mano.

Por la mañana pasemos por la playa. Hay gente tomando el sol en bañador o con los pantalones remangados. Hay faldas levantadas y muslos de una blancura obscena, o como diría Chavi Azpeitia, dominae cutis candidae ut lepra: mujeres de piel blanca como la lepra. Hay obstinados peatones que recorren el litoral mediterráneo a paso gimnástico, con sus gorras de visera y el pantalón de chándal planchado con raya. Hay niños cabezostas con sus cubitos, su pala y alguno de esos proyecto filosófico-tomistas que concibe la infancia: trasvasar el mar a un hoyo en la arena, entender a los mayores o saber qué es lo que hay debajo de la cama cuando está la luz apagada, cuando ellos no están mirando o en cuanto sale papá de la habitación.



Anusca se da paseos en su bici:



Por el momento, ha sido lo más importante que ha aprendido conmigo: a montar en bici.

La enseñé aquí, en uno de estos caminales entre huertos de naranjos, junto a esas tapias en las que las puertas son somieres herrumbrosos, puestos de pie, atados con cadenas, cerrados con candados. Le di varias vueltas sujetándola por el sillín y luego la solté. Se cayó sólo tres o cuatro veces. La levantaba y mirábamos aquellas armaduras de metal con muelles oxidados que abrían el paso a huertos y sobre las que novios labradores quizá habrían soñado esos sueños bajo los que corre el agua. Volvíamos a intentarlo. Tras dos o tres horas, con sangre en las rodillas, rasponazos en los codos y algún surco de lágrima en los mofletes, mi hija consiguió pedalear, alejándose de mí, sin que la sujetara, libre y a toda velocidad, en equilibrio, y sola.

Me emocioné.

Y encima, volvió.

Sigue volviendo. Y me sigue emocionando.

Quizá sea lo mejor que le he enseñado: a irse sola.

Las ganas de volver las pone ella.

Luego tomamos el aperitivo, como siempre, en el antiguo hotel:




A veces sigo con la lectura. Leí ese libro de Cervantes hace diez años y tampoco me gustó, pero era uno de los más voluminosos que encontré, lo mejor para un viaje en autobus.

Por la noche fuimos a Oliva a ver las Fallas.



Trabajar todo el año en algo y luego pegarle fuego en una sola noche: ¿hay mejor lección para una niña?

Esta noche iremos a ver la cremá.

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lunes 17 de marzo de 2008

Ruinas de mi inteligencia

Total, que nos metimos Anusca y yo en el autobús o sepultura de cuerpos vivos y de los bulliciosos cadáveres de usuarios del transporte colectivo. Seis horas.

Seis horas rodeados de jóvenes que se iban de acampada. Chicos y chicas. Todos intimidados, nerviosos, enternecedores. Quizá alguno en esa acampada follara por primera vez. Quizá dos de ellos se verían desnudos por primera vez con esa luz que hay por las mañanas dentro de una tienda de campaña. Y quizá cerrarían los ojos para acariciarse en esa luz anaranjada, como capturados en una gota de resina, perdurables, luchando contra el tiempo y la nada con los labios, con las yemas de los dedos. Había un chico que llevaba cantimplora. Había una chica que, mientras hablaba, no dejaba de estudiar en qué postura iba poniendo las manos, las miraba con atención, como si tuvieran vida propia. Había un chico al que le daba mucha vergüenza que su madre le hubiera preparado bocadillos para el viaje. Había una chica que tenía manchas de sudor en la camiseta, las mejillas enrojecidas y los ojos brillantes como un charco de lluvia cuando le da el sol de la tarde.

Saqué mi equipo de emergencia, la salvadora petaca, y me puse a echar unos traguitos de vez en cuando. Los jóvenes me miraban asombrados, con cierto escándalo. Criaturas. No sé qué pensarían del turbio adulto que bebía a sorbitos y miraba de reojo a las chicas.




A mí ellos me enternecían.




Los jóvenes son enternecedores. Sí, es verdad, pero mira esa foto en la que estamos Chavi Azpeitia y yo con nuestras chicas. ¿Qué me dices de estos tipos de mediana edad y de las chicas que al parecer les quieren? Eso dicen ellas, y quizá sea verdad, porque, si no ¿quién en sus cabales aguantaría a esos tipos cantando cosas de La Romántica Banda Local, de whisky hasta las trancas y, como decía el otro: con unas ganas de vivir que ya no están en proporción con la edad que tienen?

También da cierta ternura. ¿O será sólo lástima?

Seis horas de viaje inaguantable, pero ha valido la pena.

A las siete estábamos Anusca y yo paseando por la playa. Luego encendimos fuego:




Y yo me senté a trabajar en el sillón de orejas en el que se sentaba mi padre:




¿A que vale la pena?

En esta casa, donde vivieron mis padres, me dedico a mis aficiones más arraigadas: pasear con las manos a la espalda, merendar leyendo hasta la hora del primer whisky de la tarde, comerme el pico del pan antes de llegar a casa, fumar mirando atardecer, escribir muy temprano todas las mañanas...

Es una casa junto al mar y, ya que he citado antes a Gil de Biedma, inevitable que nos acordemos de aquello, ¿verdad?

DE VITA BEATA

En un viejo país ineficiente,
algo así como España entre dos guerras
civiles, en un pueblo junto al mar,
poseer una casa y poca hacienda,
y memoria ninguna. No leer,
no sufrir, no escribir, no pagar cuentas,
y vivir como un noble arruinado
entre las ruinas de mi inteligencia

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martes 19 de febrero de 2008

Concurso de Paellas Madrileñas

El viernes voy subiendo las escaleras del metro de Noviciado con mi hija. Iba como un esportillero, acarretando su mochila, mientras mi Anusca se tomaba el bocata-chopped de la merienda. De pronto, un vozarrón me detiene:

-Te vas a tropezar, Reig.

Sólo tardé cuatro segundos en reconocerle: Javier Yagüe. Fuimos muy amigos en la Autónoma. Está igual, parece una serie de televisión, como si sólo le hubieran echado polvos de talco en el pelo, pero con la misma ropa (jersey negro de cuello alto, pantalón negro, chaqueta de cuero negro). Nos tomamos unas cervezas en el bar de Pedro. Javier vive en Bruselas, lleva veinte años viviendo fuera.

-¿Y qué tal lo llevas? -le pregunto.
-Bien. A mí no me molesta, me va bien estar así, un extraño entre extraños.
-A stranger to strangers... un desconocido para desconocidos... ¿Eso no es de Auden?

Javier carraspea, bebe, tose y responde:

-No sé... Bueno, sí, qué sé yo: supongo.

¿Qué hago? ¿Le digo que por casualidad tengo hace unos días un libro de W.H. Auden en el bidet, para leer en el cuarto de baño, y que hace poco leí The Wanderer? ¿O me callo y le dejo convencido de que su antiguo amigo es un erudito?

¡Ah, decisiones...! ¡Sublimes y sórdidas decisiones!

Al final hago lo que siempre hacemos todos: nadar y guardar la ropa, circunvalar la decisión por la abarrotada M-30 de las soluciones de compromiso, el camino de en medio, que siempre está atascado y luego a ver quién encuentra sitio para aparcar.

Durante media caña le dejo creer que, desde que no nos vemos, yo no he hecho otra cosa que leer poesía.

Qué rastrero puedo llegar a ser, ¿verdad? Disfrutando rastreramente del asombro de Yagüe, que es muchísimo más leído que yo. Como Anusca, pensando: "¡Toma, toma! Chúpate esa".

Luego le digo, en un momento de debilidad:

-Tronco, que no soy un erudito, es puta casualidad, lo leí ayer.

Yagüe se tranquiliza tanto que paga una rondita más.

The Wanderer

Doom is dark and deeper than any sea-dingle.
Upon what man it fall
In spring, day-wishing flowers appearing,
Avalanche sliding, white snow from rock-face,
That he should leave his house,
No cloud-soft hand can hold him, restraint by women;
But ever that man goes
Through place-keepers, through forest trees,
A stranger to strangers over undried sea...


O sea, como quien dice, más o menos:

El errante

La fatalidad es oscura y más profunda que cualquier abismo del mar.
Al hombre sobre el que caiga el deseo de abandonar su casa,
en primavera, como se abren las flores buscando la luz,
como se desliza la nieve de la pared de roca para formar una avalancha,
A ese tipo ya no le sujetará ninguna mano suave como una nube,
no habrá mujer capaz de retenerle;
Sino que ese hombre siempre va,
Atravesando guardianes, atravesando árboles del bosque,
Un desconocido entre desconocidos sobre el mar que no se seca...


Es verdad.

Se apodera de un tipo, un buen día, el deseo de irse de casa (que es como el deshielo: empieza poco a poco a separarse la nieve de la roca hasta que forma una avalancha imparable). No hay nada que hacer. Vuela esquivando árboles, como un pájaro (así dice Auden, que avanza como un pájaro: A bird stone-haunting, an unquiet bird: un pájaro que persigue piedras, un pájaro intranquilo).

(Una madrugada, de copas, vimos el Orejudo y yo a dos tipos tan borrachos como nosotros a la puerta de un antro. Uno quería ir detrás de una chica.

-Déjalo, tío -le aconsejó el amigo-. Seguir a una mujer es como seguir a un pájaro.

Exacto: ¿cómo seguir, desde el suelo, a un pájaro que vuela?

Creo que a eso se refiere Auden, el errante se desplaza por otro medio, tan inalcanzable para los que andamos sobre tierra como el pájaro que vuela por el aire).

Bueno, te resumo el final del poema, para no dejarte con la intríngulis.

There head falls forward, fatigued at evening,
And dreams of home


Allí deja caer la cabeza, cansado al atardecer,
y sueña con su casa

Siempre pasa eso y también esto otro:

But waking sees
Bird-flocks nameless to him, through doorway voices
Of new men making another love.


Al despertarse ve
bandadas de pájaros que para él no tienen nombre, voces a través de las puertas
de nuevos hombres que hacen otro amor.

Making another love, qué idea tan extraña, ¿verdad?

¿Cuál es ese otro amor, el que hacen los hombres nuevos, los desconocidos?

Hagamos otro amor, convirtámonos en desconocidos, tu y yo tenemos tantos amores distintos por hacer, tantos desconocidos que descubirnos el uno al otro. Nos duo turba sumus, como decía Ovidio: tú y yo, cariño, somos una multitud.

(En las Metamorfosis, eso lo dicen Decaulión y Pirra, tras el diluvio, me he levantado a comprobarlo y, así, ¿cómo narices voy a acabar mi novela de espías, si me distraigo con cualquier cosa? Menudo desastre soy).

(Sí, claro, ya lo sé, Auden era homosexual, lo sabe todo el mundo, pero no creo que se refiera a eso con el otro amor que hacen hombres nuevos: no era tan rudimentario, por más que fuera de Birmingham).

Como la mayoría de los poemas de Auden, su sencillez se apoya en un equilibrio difícil y cuidadoso de las imágenes contrapuestas (peces y pájaros, hombres y mujeres, tierra y agua, piedra y nube, etc.)

En fin.

Que no soy un erudito ni mucho menos, pero siempre tengo dos o tres libros sobre el bidet, con el cenicero, el tabaco y el vaso de whisky. En la otra casa utilizaba una palangana a la que le daba la vuelta para convertirla en un cómodo escritorio. En ésta, el bidet no está enfrente de la taza del váter, sino a un lado: es un cuarto de baño más propicio a la lectura que a ponerse a escribir, qué le vamos a hacer.

Al día siguiente, el sábado, organizamos una merendola infantil en casa, con los niños de Lorenzo Silva.



A la cabecera, Anusca. Luego, a la izquierda, Marcela, la hija de mi novia; Laura; luego mi chica, a la otra cabecera; Lorenzo y su hijo Pablo.

Hice chocolate y se pusieron morados de bollos. Como de costumbre, Lorenzo me sacó los colores. Todo el tiempo que yo dedico a leer en el baño cosas escogidas al azar o a tomar copas por las barras de los bares, Lorenzo lo emplea en sentarse muy derecho en la mesa y escribir obras inmortales. Así, claro, el tío lleva 28 libros publicados, cientos de premios, goza de prestigio y reconocimiento, le asedian las admiradoras y le cortejan las grandes editoriales.

Y encima es más joven que yo. El cabrón. El disciplinado cabronazo. Ten amigos para esto.

Aunque reconozco que estoy en una edad difícil, como Auden (¡mira que llamarse Wystan Hugh, el tío!)cuando escribió A Walk After Dark, y decía al contemplar las estrellas (esas sidera multa que contemplan nuestros amores furtivos, según pensaba Catulo):

Now, unready to die
But already at the stage
When one starts to resent the young,
I am glad those points in the sky
May also be counted among
The creatures of middle-age.


Como si dijera:

Ahora, sin estar preparado aún para morir,
pero ya en ese momento
en el que a uno le empiezan a fastidiar los jóvenes,
me alegro de que esos puntos en el cielo
también formen parte de
las criaturas de mediana edad.


El domingo tuvimos otra ronda del Concurso de Paellas (estamos inscritos mi novia, Edu Vilas y yo). El domingo pasado la hizo mi chica, con marisco y todo.

Este domingo me tocaba a mí, que la hice a mi modo, como me enseñó Vicenta: es decir, echándole lo que uno encuentra en casa, sea lo que sea.

No me salió tan mala, mira:



Mientras mi novia ponía la mesa, Anusca y yo cubrimos el arroz con el periódico y lo dejamos reposar.




Para que luego digan que las cositas que uno escribe no sirven de nada. Ja. Al menos, valen para tapar la paella, ¿no? ¿La función social de la literatura? Quita, quita: ¡donde esté su función gastronómica!

A esta edad, unready to die, desprevenido aún ante la muerte, ¿habrá algo que consuele más que cubrir tu paella con tus artículos?

El jurado del concurso son las niñas y, a pesar de las puntuaciones (generosas)que me pone mi hija, mi novia me saca todavía alguna ventaja.

¿Quieres participar en el Open de Paellas Madrileñas con Pimiento y Todo?

Ya sabes que te esperamos. Y te dejaremos decir a ti, con santa indignación:

-¡Pimientos en la paella! ¡Por el amor de Dios! ¡Esa majadería sólo se les puede ocurrir a los madrileños!

Siempre nos turnamos para decir estas frases inmortales.

Nosotros nos reímos mucho repitiendo estas cosas.

Porque, como dijo una vez Umbral: cada vez que nos vemos siempre hacemos lo mismo, y esta repetición es amistad; y esta amistad es la vida; y esta vida es la única que tenemos.

Pues eso. Vente.
Te esperamos.

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sábado 9 de febrero de 2008

¿Trabajando?

Estoy aquí, en el Hotel Kafka, trabajando, con Olguita al lado, ídem de lienzo. Es un lugar hospitalario, siempre tienen un plato caliente y un whisky con hielo. En mi casa han cortado la luz unos obreros y, como de costumbre, me he tenido que ir por no discutir más.

-Oiga usted, que llevamos dos horas sin luz.
-¡Estamos trabajando!
-Ya, pero ¿cuánto va a durar esto?
-¡No le he dicho que estamos trabajando!

Te dicen los obreros, como si eso lo explicara todo. Igual puede ser una hora que todo el día, me dicen, con una chulería digna de mejor causa. Al fin y al cabo, ellos están trabajando.

A mí me saca de quicio.

Sopeso varias respuestas:

a) Ah, bueno, entonces nada. A mí es que el sueldo me lo trae a casa un motorista, sin dar un palo al agua. Sigan, sigan, señores obreros. ¡Trabajando! ¡Cuán pintoresco! Tendré que probarlo un día.

b) Vale, pues ahora paráis y trabajo yo dos horas mientras vosotros os jodéis, ¿no es lo justo? Así trabjamos por turnos, ¿vale?

c) De puta madre, don obrero, pero como me estás impidiendo trabajar a mí, me debes sesenta euros.

¿Tú cuál habrías elegido?

Yo, al final, por no discutir, me fui al Hotel Kafka, hecho un basilisco.

-Anda, Rafita, ponte un whisky, que me vienes de los nervios -me dice Olga en cuanto me ve.
-¡La clase obrera, coño, que me tienen hasta aquí! Como aparezca un proletario, se va a enterar...
-Toma, anda, con dos hielos.
-Bueno, Olgui, gracias, parece que ya me quiero encontrar mejor.

Así conseguí tranquilizarme un poco. Lo suficiente para escribir y enviar tres articulos, un prólogo a un libro de Jardiel Poncela, medio prólogo a otro libro para Constantino y página y media de espionaje.

El sábado recibí este mail de mi amigo Miguel Tomás:

¿Miedo?, ¿estupidez?, ¿demencia senil?, ¿alopecia de neuronas?, ¿depresión endógena?, ¿cojera del alma?, ¿encogimiento de arrestos?... ¿Somos conscientes de lo que les estamos haciendo a nuestras vidas? Vergüenza debería darnos (y a mí me da) del maltrato autolacerante y masoquista que supone la voluntaria renuncia al cacho felicidad con tanto esfuerzo y criterio de nuestra lucha plantado; te y me pido excusas y te conmino, estimado amigo, a que juguemos de una puta vez el lunes a las 11:00 en Maracaná (¿te acuerdas?? Ese bar.)


Cuánta razón tiene Miguel. Ya que hemos logrado jugar y ser felices unas horas cada semana, ¿cómo nos hacemos esto a nosotros mismos?

Total, que ayer a las once allí me planté. Gané la primera, como se puede deducir de mi cara de satisfacción:




Mi hija Anusca también está feliz con su nuevo cuarto. Ella y sus muñecos. Todos tienen nombre, todos tienen rasgos de carácter (Perri es apacible; Vaquita de Cangas de Onís, un poco entrometida), costumbres fijas (Lilo siempre duerme boca abajo; a Fefi le gusta desayunar cerca de la ventana) y todos atraviesan momentos de melancolía, y ese día tienen prioridad para dormir más cerca de Anusca y hay que dejarles una onza de chocolate en la mesita de noche. Una sola cosa tienen en común (también con mi hija y conmigo): todos quieren salir en la foto.



Son como yo: necesitan que les abrazen sin motivo, les gusta a menudo dormir acompañados, esperan que les quieran sin haber hecho nada para merecerlo.

Menos mal que los muñecos de peluche a veces encontramos personas tan resplandecientes como Anusca y mi novia. Alguien que nos pone nombre, nos habla, nos arropa y juega con nosotros.

Si no fuera por ellas:

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domingo 3 de febrero de 2008

Carnaval

En el cole de mi hija hay mucho talante, buen rollo y compromiso. Los niños regañan a sus padres por no separar las basuras, por utilizar sprays o por fumarse un cigarrito. Les da vergüenza, no quieren que sean precisamente sus propios padres los únicos que echen a perder la capa de ozono (o "capa de océano", como la llama a veces mi hija), los causantes del cambio climático o los exterminadores de la biodiversidad. El planeta les preocupa mucho. En cambio, si les dices que ordenen su cuarto, no te hacen ni caso. Al planeta ni tocarlo; su armario es otro cantar, claro. Clasifican los desperdicios (orgánicos, cartones, plásticos, etc.), pero no recogen sus juguetes ni bajo amenazas. Se acaban sin contemplaciones la ultima galleta de la caja y ni te avisan, pero que no se enteren las criaturas de que está en peligro de extinción el alacrán hirsuto de los Cárpatos, porque se te ponen a hacer pucheros. Son muy sensibles a la biodiversidad, nos ha merengao.

-Mira, rica, tú deja el planeta en paz. La biosfera se puede ir a hacer gárgaras, pero esas muñecas me las recoges de inmediato o me vas a oír.

Es que a veces los padres perdemos la perspectiva y no estamos a la altura de nuestras responsabilidades ecológicas, qué le vamos a hacer.

En el cole tienen incluso un "taller de preparación de manifestaciones", lo prometo, hay un cartel en el tablón de anuncios con el horario. No sé qué les enseñarán allí (a hacer agujeros en las pancartas, a componer pareados con rima, a correr en zig-zag para esquivar a los grises, qué sé yo).

¿Será esto la legendaria Educación para la Ciudadanía que tanto incordia a los obispos, hasta el punto de sacarles a ellos también a la calle con pancartas? ¿Imparte también la Conferencia Episcopal talleres de preparación de manifestaciones? Seguro que les entrenan para correr con ropas talares, sin enredarse con los faldones y sujetándose la mitra.

Así las cosas, este año fuimos los padres temblando a la reunión a que nos explicaran la fieta de carnaval. El tema (porque tienen un tema, no te creas tú que se disfrazan a zorombullón... ¡muy elástico! ¡La ley del mínimo esfuerzo!) era el "cambio climático". Cuando se menciona esto, hay que poner cara severa, de honda preocupación. Si se habla de daños al medio ambiente conviene sacar del cajón el gesto que se usa cuando alguien te empieza a hablar de operaciones quirúrgicas, diagnósticos alarmantes o irreparables pérdidas.

-Joder, ya está lloviendo -como se te ocurra decir eso, te has caído con todo el equipo: los niños (y algunos mayores) se quitan unos a otros la palabra de la boca para afearte tu falta de sensibilidad: con lo que necesitamos la lluvia para la agricultura, para limpiar el aire, para llenar los embalses, etc.

Hoy en día, quejarse de la lluvia te señala de inmediato como un desalmado, el típico tío que prefiere tener los pies secos y al futuro del planeta que le vayan dando.

-Bueno, vale, pero a los agricultores esos ¿qué más les da que llueva sólo por la noche? -es lo único que puedes decir, como mucho.

A los de tercero de Primaria les tocaba la contaminación del aire.

Peor era los de cuarto, claro, que tenían que ir disfrazados de energías renovables:

-Ya sabéis, eólica, biomasa, solar... -nos explicó el profe.

Me imagino el desconcierto, la zozobra, la angustia o náusea existencial de ese padre al que su chaval le reclama un disfraz de Biomasa.

-Voy de Biomasa -tendría que explicar el chiquillo, porque así, al pronto, igual no lo pillas.

Por suerte, con ponerla de chimenea humeante yo ya cumplía. Tal que así.




A mí me preocupa bastante poco lo que le enseñen en el cole o lo que yo le enseñe. Siempre he pensado que los niños son más silvestres de lo que pensamos. O sea, que hacen lo que les da la gana. Yo tuve una educación religiosa, por ejemplo, y mira tú. Nos partíamos de risa en las clases, eso sí.

-¿Por qué el Espíritu Santo adopta esa forma de paloma y no de ternera gallega, por ejemplo? ¿Hay razones teológicas a favor de la paloma y en contra de la ternera? -preguntaba López, muy serio.

Al final, enredábamos tanto al padre Agustín que cortaba por lo sano y nos decía que precisamente por eso, porque no era tan fácil de entender, se llamaba "misterio". El misterio de la Trinidad: que eligiera la forma de paloma, en lugar de la mucho más nutritiva de solomillo de ternera.

-Es un misterio y punto redondo.

Después de la fiesta en el cole mi chica se llevó a mi hija y a la suya a una fiesta más improvisada en la calle, por la Corredera y San Ildefonso o así. Allí era como toda la vida: se disfrazaban de piratas, de estafermos, de estantiguas, de fantasma con una sábana o de momia envueltos en papel de váter. Lo de toda la vida. Y los más mayorcitos: los chicos, de tías, con tetas falsas, que es lo que de verdad les gusta (no se sabe por qué); y las chicas de entierro de la sardina, para poder ir de viuda-putoncillo, con minifalda, medias de rejilla y velo.

-Tienen su gracia las viudas estas en formato reducido -comentábamos Constantino y yo.
-Cuidado, tronco, que nos van a detener por pedófilos. Ahora están a la que salta con eso.
-A las mujeres es que les favorece mucho el disfraz de viuda, no sé por qué será.
-Más que el traje de novia, desde luego. Es curioso.
-Qué jodías.
-Desde luego.

Después vinieron Vanessa y Edu Vilas y las dos los recibieron vestidas de no sé sabe qué, sin ningún compromiso con la sociedad y el tiempo que les ha tocado vivir, desentendidas de la suerte del planeta, sí, vale, es posible, pero a reventar de felices y con la cara sucia.



Las niñas, en cuanto ven a Eduardo, sacan una baraja, ellas sabrán por qué.

¿Garbanzos? Eso era antes, que jugábamos con garbanzos, al burro, a la Oca o al parchís. Éstas no; éstas sólo juegan con "euros de verdad".

Así que cenamos y luego nos levantaron toda la pasta, claro, para invertirla en chuches biodegradables, macrobióticas e integrales (serían).

Eduardo y yo tuvimos que acabarnos hasta la última gota de whisky que había en la casa, para biodegradarlo, por supuesto.

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viernes 18 de enero de 2008

San Bobby Fischer nos proteja

Lo sé, escribo poco aquí. No por falta de ganas. Me decía un amigo que había leído el blog, al que llamó "tu espacio de felicidad". Tenía razón.

Hay una plataforma de motivos que me han impedido escribir: los achaques, ya no sé ni de qué pie cojeo, veo las estrellas, me duele todo. Otro: la falta de tiempo, con mi hija con muletas (y hay que subirla tres pisos en el cole). (Y bajarla). La mudanza: me cambio de casa. No soy un aventurero, así que me voy a dos portales de distancia. En cuanto esté instalado, este fin de semana, te cuento.

Esta mañana me llama Nacho Rojo, de Público, de la sección de Internet:

-Que se ha muerto Bobby Fischer.
-No me jodas.
-Sí.
-¿Me dejas escribir algo?
-Bueno, manda lo que se te ocurra y veremos.

Así que me puse a ver que me salía. Me salió esto que puedes leer aquí.

A mí Bobby me ha dado mucha felicidad. Hace años escribí una novela en la que contaba su vida. Se titula La fórmula Omega. Una de pensar.

Bueno, eso, sólo quería decirte que echo mucho de menos escribir aquí y que no hay mal que cien años dure y espero estar bien ya la próxima semana.

Gracias. Acepta mis disculpas: la semana que viene estaré (confío) en plena forma.

Aquí está mi hija que te presenta a la tripulación de su avión, les copains d'abord:

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domingo 13 de enero de 2008

Huellas de pasos

Sigo cojo perdido. Qué le vamos a hacer. Resignado y contento, maguer que adolorido.

Además, el viernes mi hija se cayó y se hizo dos esguinces en el tobillo derecho.
Tiene que estar unos veinte días con muletas.

Menuda pareja hacemos.

Está guapísima, eso sí:



Yo le canto:

Una cojita ye-yé
me tiene embrujado,
yo bien sé por qué


Me contó que fue en clase de gimnasia:

-Estábamos saltando en una de esas cosas que tienen las ruedas...
-¿Un neumático?
-Lo pillas: un neumático. Y me caí. ¿Quieres ver las fotografías de mi pie?
-¿Las radiografías?
-Los pillas, cara de tortilla.
-Vale, lo pillo, membrillo.

Así que vi las fotografías de sus huesos, la huella del pequeño pie derecho de mi hija.

Senti lo mismo que sintió Robinson Crusoe al ver una huella en la arena: No estoy solo. No estoy solo en el mundo.

Volví a leer aquel capítulo de Defoe que empieza:

Ocurrió una mañana, hacia mediodía, cuando me dirigía hacia la piragua. Ante mi enorme sorpresa desscubrí las huellas perfectamente nítidas de un pie desnudo sobre la arena. Me detuve estupefacto, como golpeado por un rayo o como si hubiese visto un fantasma.


Como Robinson Crusoe, contemplando los huesos del pie de mi hija, me sentí atravesado de parte a parte por el relámpago de la felicidad.

Lo malo de leer es que no se acaba nunca. Seguí leyenndo ese capítulo. En seguida volví atrás, al principio:

Nací en el año 1632 en la ciudad de York, de una buena familia, aunque no del país, pues mi padre era un extranjero...


Cuando encontré la huella en la arena (la encontré yo, pues mientras leo yo soy Robinson, y la isla, y Viernes, y el barco que naufraga)me acordé de aquel poema de Apollinaire sobre las huellas de pasos, Cortège.

No tuve más remedio que levantarme de la cama y arrastrame cojeando a buscar el viejo ejemplar de Alcools.

Sólo tardé cuarenta minutos en dar con él: todo un récord en el desorden de mi casa.

Un jour
Un jour je m'attendais moi-même
Je me disais Guillaume il est temps que tu viennes
Pour que je sache enfin celui-là que je suis


Como quien dice:

Un día
Un día yo me esperaba a mí mismo
Me decía Rafita ya va siendo hora de que vengas
Para que yo sepa por fin aquello que soy

Y luego dice:

Je me disais Guillaume il est temps que tu viennes
Et d'un lyrique pas s'avançaient ceux que j'aime
Parmi lesquels je n'étais pas


Más o menos:

Me decía Rafita ya es hora de que llegues
Y con un paso lírico se acercaban aquellos a quienes yo amo
Entre los cuales no estaba yo

Mi memoria, que es un colador, recordaba algo como: oigo el ruido de los pasos de las personas a las que amo, pero entre ellas no estoy yo.

¿También tú te esperas? ¿Tampoco distingues el ruido de tus pasos entre los de los que amas?

Y así seguí, leyendo a Apollinaire, que a su vez me obligó a leer, etc.

Lo malo es que tengo mucho trabajo, demasiado, y no puedo leer.

Quiero acabar mi novela de espías.

Tal y como yo escribo, necesito tanto espacio como tiempo. Tengo libretas, unos blocs amarillos que me regala Edu Vilas, cosas apuntadas en servilletas. Y me gusta escribir a mano, a máquina y en ordenador. Cambio de mesa de vez en cuando o me acodo en el balcón a escribir de pie, a lápiz.

Tengo ya el muerto.

El muerto es toda la novela pero en borrador, contada a la pata la llana y llena de cosas como: aquí va descripción de la ciudad. Aquí follan. Ahora un diálogo copiado de Le Carré. Aquí se tiene que notar que ella es mala. Falta ver al tipo, qué cara tiene.

Todo así. Belén Gopegui me decía el otro día:

-Lo que tenías que publicar es eso, mucho más divertido que la novela acabada.
-Claro, y que el lector lo complete si quiere.

Igual tiene razón.

Para dar vida al muerto necesito mucho espacio y he acabado colonizando incluso el cuarto de mi hija.



Así, mientras escribo, oigo el ruido de sus pasos, la huella en la arena de su pie, y sé que no estoy solo. Nunca. Aunque al final no llegue nadie a esa cita que tengo conmigo mismo.

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jueves 10 de enero de 2008

Noche de Reyes

Ando tristón. Tuviera yo vida interior, inclusive me deprimiría; pero no es el caso, a lo más que llego es a estar algo abatido, medio mohíno.

Ya no sé ni de qué pie cojeo. Empecé el año cojo perdido, con tendinitis en el tobillo derecho. Cuando se me empezaba a curar, me dio un terrible ataque de gota en el pie izquierdo. Duele mucho, la verdad.

Todos los años Anusca y yo nos vamos a Miranda de Ebro a pasar los Reyes con mi hermana Columna.

Se iba a llamar Pilar, pero mis padres decidieron que no había tanta diferencia entre un pilar y una columna, y se llamó Columna. A mí, como es lógico, no me suena raro.

Desde que hay AVE, la red ferroviaria española está mandada recoger. Todo para el AVE, gritan, mientras suprimen paradas, trenes, líneas? Las poblaciones pequeñas se quedan cada día más incomunicadas y aisladas, los viajes son cada vez más caros, en fin, un desastre de proporciones descomunales. El presupuesto de 2008 dedica casi la misma cantidad de dinero al AVE que a todo el resto de la red. Cada año es más caro y más difícil viajar en tren.

Y más incómodo. Salvo en AVE, claro, ese tren para ejecutivos atómicos que sólo le dirigen la palabra a su propio móvil.

A Miranda de Ebro, aquel gran nudo ferroviario, quién lo diría, ya llegan pocos trenes. ¿Qué pensaría Pedro Rojas, el ferroviario (y hombre) inmortal en los versos de Vallejo?

Solía escribir con su dedo grande en el aire:
"Viban los compañeros! Pedro Rojas",
de Miranda de Ebro, padre y hombre,
marido y hombre, ferroviario y hombre,
padre y más hombre, Pedro y sus dos muertes.


Aquel Pedro que era capaz de "vivir dulcemente en representación de todo el mundo", el que fue asesinado, aunque "su cadáver estaba lleno de mundo".

(Hay un libro que se agotó allí, claro, sobre el campo de concentración de Miranda, a ver si lo reeditan y le echo un vistazo).

Cuando paró en Burgos, me bajé a fumar un cigarrillo. En seguida vino el revisor hecho un basilisco.

-No se puede bajar a fumar en las paradas -decía
-¿Por qué no? ¿Este tren va a Autzwitch o a Miranda de Ebro? Faltaría más que no me pudiera bajar donde me dé la gana.

Da un poco de risa: desde que prohibieron fumar en los trenes, los lavabos apestan a tabaco.

Mi hermana Columna, además de tener algunas características comunes conmigo (pocas, por suerte para ella), es todo lo que yo no soy: paciente, hogareña, cariñosa con los niños y de buen conformar y mejor humor. Nada más llegar me pone siempre una cervecita helada:




Mientras tanto, Anusca y ella se ponen a cocinar y charlamos. Aquí están haciendo pisto.




Mira qué cara tan seria pone mi hija cuando cocina. A los niños les entusiasma hacer cosas de mayores, pero las llevan a cabo con gran seriedad, muy concentrados, poseídos por la importancia de su actividad.

A los mayores también nos encanta hacer cosas de niños, travesuras, juegos, canciones, bromas. A veces pienso que nos sucede lo mismo: se nos queda la misma cara, nos lo tomamos demasiado en serio.

Escribir un soneto, ¿no es al fin un juego? ¿Por qué darse entonces tanta importancia y poner esa cara tan solemne? Follar, ¿no es al cabo un juego? ¿Por qué entonces nos lo tomamos tan a pecho, con tanta severidad? ¿Disfrutamos tomándonos en serio los juegos infantiles, igual que los niños disfrutan tomándose en serio las cosas de mayores? ¿Por qué nos dejamos poseer por lo pomposo, en lugar de jugar más a menudo, con más sencillez y sin tanta convicción?

No sé, ¿tú qué piensas?

Luego vinieron mis sobrinos, Rafael y Nieves, de 16 y 14. Después de cenar, iban a salir. Las negociaciones sobre la hora de llegada estaban basadas en el conflicto de Oriente Medio: interminables, urgentes, llenas de falsas promesas y amenazas veladas, engañosas por ambas partes, con tanto victimismo como abuso de poder y con hojas de ruta dibujadas a espaldas de la realidad.

Mientras tanto, mi sobri Rafael se puso a entretener a Anusca. Sacaron más de veinte disfraces. El más peregrino o aberrante fue éste, en el que mi pobre hija quedó convertida en la más joven recluta del ejército:




Hicimos lo que hacemos todos los años: comer mucho, beber más, charlar, dar paseos, ver la cabalgata de Reyes, ir a patinar a Vitoria y jugar a las siete y media con garbanzos (cada uno con un valor de cinco céntimos de euro: mi hija ganó siete euros).

Este año no pude patinar (el anterior tampoco, por un dolor de muelas repentino), aunque presenté parte médico de la tendinitis. Como siempre, mi cuñado José Manuel se encargó de extenuar a mi hija sobre la pista, aun a riesgo de unas cuantas culadas. Ahí van los dos sobre cuchillas:



Gracias, Jose, tronco.

A mí la pista de patinaje de Vitoria, con su kiosko de música, me gusta mucho más que la de Nueva York, ¿pasa algo? Y además, como todos los años, me arrastré cojeando a ver un rato la estatua de Ignacio Aldecoa. A mí me han gustado mucho algunos libros de Aldecoa y me gusta mucho esa estatua en el parque.

Durante la noche del 5 vinieron los Reyes, dejaron huellas de camello por todas partes, se comieron dos mazapanes y se bebieron casi media botella de Ballantines (qué raro, ¿verdad?).

A Nieves le trajeron potingues de maquillarse y un móvil. A Rafael lo que había pedido: libros de Camus, Lorca y Rilke. Con un par. A mí un boli. A Anusca un almohadón, una bolsa, unas cuentas para ensartar collares y un muñeco del Olentzero.

Aquí está, feliz, estrenando el almohadón:




Al día siguiente ya casi estaba curado de la tendinitis. En el tren, Anusca se durmió en su almohadón nuevo, ocupando los dos asientos, lo que me obligó a hacer el viaje con "billete de barra", en el bar, probando los distintos botellines de whisky y procurando apoyar el peso en el pie izquierdo, por si acaso.

Por la noche me dolía un poco el pie izquierdo. Pensé que sería de apoyar el peso sobre él.

A la mañana siguiente no podía andar. La gota.

Ahora convalezco (qué bonito verbo para conjugar, ¿verdad?). Y ando tristón, pero a ratos me fumo un pitillo y me tomo una cervecita y, como a Garcilaso:

Tras esto el importuno
dolor me deja descansar un rato.

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jueves 20 de diciembre de 2007

Karate Kid

Con este frío (y sin él, para qué mentir) hay días que le llevo a Anusca el desayuno a la cama. Se toma el colacao y hablamos de nuestras cosas.




Ahora los niños cantan una canción muy emotiva en homenaje al legendario "mensajero de ilusión":

Santa Claus, Santa Claus, pobre desgraciao,
me has traído los juguetes del años pasao, ¡hey!:
un balón pinchao,
un chicle mascao
y los calzoncillos del Athleti de Bilbao... ¡hey!

Así crecen luego, claro, y se hacen estudiantes como éstos:




Esto es en Zamora. En la Biblioteca Pública tuvieron la amabilidad de invitarme a hablar con los estudiantes. La mayoría de los adultos aseguran que hoy en día los estudiantes son poco menos que unos zánganos analfabetos, lobotomizados por las videoconsolas, sin intereses ni lecturas, auténticas acémilas echadas a perder.

Yo, que voy de vez en cuando a colegios e institutos, tengo la sensación contraria. Hace poco un chico de unos quince que había leído una novela mía levantó la mano y preguntó:

"Oiga, me llama la atención que la primera frase de su novela sea: "Para poner fin". ¿Qué ha querido hacer, un juego o algo, empezar poniendo fin?"

Le contesté la verdad:

"Pues mira, tío, me salió de casualidad y, hasta ahora, ni me había dado cuenta. Tal y como tú lo lees, queda estupendo y como si fuera intencionado. La verdad es que yo ni me había fijado. Conclusión: tú lees mucho mejor de lo que yo escribo".

Siempre me pasan cosas así, me hacen preguntas agudas y me suelen dejar pensando durante mucho rato.

Zamora es muy bonito, supongo. Me pasé la mañana leyendo tumbado en la cama, aunque de vez en cuando me asomaba al balcón a ver una iglesia.

"¿Te has dado un paseo?" me preguntaba Asun.
"Claro, claro. Un largo paseo. Precioso, la verdad, precioso".

Luego vino la charla con los estudiantes, me divertí mucho. Las chicas estaban todas estupendas, insolentes, pizpiretas, parpadeantes y, en resumidas cuentas, ereccionales. Se conoce que es la alimentación o algo. Como una de ellas me hubiera guiñado un ojo, mi vida entera habría descarrilado, lo sé: sin pensármelo dos veces, me dejaría corromper por una menor de edad, dignidad y gobierno, con su mochila de colores, su piercing, su dependencia del móvil y sus uñas mordidas. Le escribiría un SMS obsceno y disparatado, la esperaría a la salida de clase y nos iríamos a un hotel para echarnos a rodar cuesta abajo, por la máxima pendiente de sus muslos, como quien tira una piedra a un pozo en el que no se ve el fondo.

Esto creo yo que es lo que les pasa a la mayoría de los adultos. Son tan atractivas, tan resplandecientes, que no hay más remedio que protegerse.

Por eso decimos que las jóvenes de hoy en día son acémilas echadas a perder.

Sí, sí, acémilas.

¡Ja!

Ellas también aprenden a protegerse de viejos verdes como yo, claro. Mi hija, por ejemplo, está aprendiendo kárate para el día de mañana, no sea que vaya a su instituto un día algún escritor con bigote y la mire con el corazón en vilo y la cabeza repleta incendios forestales.



Una patada por lo menos se lleva, el viejo verde.

Por la tarde me dijeron en la estación que el tren tenía dos horas y media de retraso. Me dirigí al bar (¡no iba a ir a la iglesia!) y... ¿a quién dirías que me encontré?

A Jesús Ferrero, exacto.

Cinco whiskies hasta que abordamos el Talgo y, una vez en el vagón, usamos el popular "billete de barra", sin tocar el asiento, acodados en el bar hasta Madrid.

Bajamos del tren a gatas, claro.

Esa noche soñé actos y pensamientos impuros y multitudinarios con estudiantes suspendidas.

Me desperté con sabor a ceniza en el cielo del paladar y arbustos quemados en la retina.

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jueves 6 de diciembre de 2007

Ríete, ya verás

Escucha a mi hija Anusca contando un chiste, ya verás.



¿Te ha hecho gracia?

Estábamos el otro día en el Cabreira, con Alberto Olmos.

Yo le hice una foto a Anusca:




Anusca me hizo una a mí:




Luego apareció Alberto:




Hablamos de libros, siempre siguiendo las reglas de Jorge Barón Biza, que escribió un espléndio decálogo de la crítica literaria.

1. De un libro sólo se habla para explicarle al autor cómo debiera haberlo escrito. Privilegiar siempre lo negativo.
2. La crítica es el espacio ideal para ajustar cuentas con ese otro crítico al que invitaron al congreso en Acapulco en vez de invitarme a mí. Los escritores son piezas de ajedrez en ese juego. Los escritores de mi rival son una porquería; los míos, unos genios. Cualquier encono o teoría literaria o política sirve para dividir la literatura argentina.
3. No informar nunca al lector. Aburrirlo siempre. No analizar nada.
4. Los cheques se leen, los libros se hojean. No caer en el error de creer que un libro puede portar ideas y expresar tendencias. No descubrirlas, no sintetizarlas, no comunicarlas.
5. Publicar recensiones incomprensiblemente memorables. Si alguien se acuerda del libro que quiero reseñar, es problema de él. Yo me acuerdo de Susana Giménez gritando ?shock?; la marca de jabón qué me importa. (Y lavarme, menos.)
6. Dejar siempre en el tintero estupideces como a qué género pertenece el libro, qué calidad tiene, a qué público se dirige, y si es o no aburrido.
7. No hacer crítica si se pueden hacer entrevistas, pastillitas con chimentos, contar cuál es el vicio del escritor o publicar alguna foto.
8. No olvidar que siempre el chiste triunfa sobre la verdad, que todo puede ser dicho con conventillera malignidad.
9. La imparcialidad es la mejor excusa para no decir nada. La neutralidad será el disfraz de tu nulidad.
10. Aceptar todas las invitaciones de las grandes editoriales porque este rebusque de crítico me sirve sólo hasta que publique mi libro. Entonces, van a ver esos escritores pelandrunes lo que es literatura en serio.


Supongo que ya habrás notado que yo sigo al pie de la letra estos diez mandamientos, ¿a que te habías dado cuenta?

Estoy convencido de que el 99% de los críticos literarios españoles también los cumplen religiosamente.

¿Y el otro 1%?

Son cuatro o cinco aguafiestas a los que no les dejan publicar a menudo y que critican un libro sólo por envidia, ¿a que sí?

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jueves 29 de noviembre de 2007

Placeres intensos

Una vez estaba Jean Genet en un café y se sentó al lado una señora con un perrito. Genet debió de poner tal cara de asco que la señora le recriminó:

"¿Es que no ama usted a los animales?"
"A los animales, sí", respondió: "Lo que detesto es a la gente que ama a los animales".

A veces a mí también me ocurre. Nabokov es un autor admirable, pero hay demasiada gente que adora a Nabokov por razones que a mí me parecen detestables. Aborrezco, por ejemplo, el aristocratismo de Nabokov, su egotismo desaforado, su desprecio snob por la clase media y su prepotencia.

Hay un libro en el que Nabokov recopila entrevistas, se titula Strong Opinions (creo que se ha traducido con el título mucho más brillante: Opiniones contundentes). En una entrevista de 1962, Vladimir (después de presumir de su viaje en trasatlántico y de su estancia en un gran hotel) nos cuenta lo que gusta y lo que no le gusta:

My loathings are simple: stupidity, oppression, crime, cruelty, soft music. My pleasures are the most intense known to man: writing and butterfly hunting.


(Como quien dice: mis odios son simples: la estupidez, la opresión, el crimen, la crueldad, la música ligera. Mis placeres son los más intensos conocidos por el hombre: escribir y cazar mariposas).

Parafraseando a Nabokov yo diría: mis odios son sencillos: la crueldad, la explotación, el egoísmo, el ruido y tres o cuatro hábitos inofensivos de mis contemporáneos. Mis placeres son los más intensos que ha conocido la humanidad: el sexo, jugar al ajedrez, la conversación, leer, escribir, pasear, mi hija y el whisky.

¿Cuáles son tus odios sencillos y tus placeres intensos? ¿Podemos compartir algunos?

Jugaba de niño con mi padre, con mi hermano, en el colegio, con cualquiera que se dejara. Jugué mucho en el cole con Colorado y Balmaseda. Me convencí entonces de lo que decía Unamuno: "El ajedrez desarrolla la inteligencia para jugar al ajedrez". Y para nada más. Lo sé.

A temporadas me da por estudiar, pero la verdad es que el ajedrez me da vértigo: hay un momento en el que te das cuenta de que hay que dedicarle la vida entera.

En la universidad jugaba casi a diario con Orejudo y con Edu Becerra. Luego en Boston jugué mucho con Ian Maxwell. En Maine llegué a competir, jugaba por las tardes, en un Hospital Psiquiátrico, donde había muchos rusos.



En la foto estamos jugando, aunque se ve muy mal, Orejudo y yo, en 1985, en casa de mis padres.



Jugaba (y juega) muy bien Orejudo: me dejaba pensativo.

Ahora juego con mucha gente (con David Torres, de vez en cuando) y casi todas las semanas con Miguel Tomás. Miguel y yo jugamos en Olavide, en el Maracaná, en una sala que tienen detrás de la barra. El otro día echamos tres partidas:



¿Por qué sonríe Miguel con malicia y algo de compasión? Seguro que lo has adivinado.

Las tres horas que paso jugando con Miguel son, para mí, uno de los placeres más intensos, más violentos y más arrebatadores de los que están a mi alcance. Si hay ratos en los que uno puede decir que es feliz, rotundamente feliz, uno de esos ratos es una buena partida de ajedrez. No hay casi nada comparable.

Salvo el más resplandeciente de los placeres: jugar con mi hija Anusca, aunque sea a las muñecas:




¿Ya sabes por qué sonreía Miguel? ¿No lo has adivinado? Sonríe porque me tiene cogido por los huevos: C-d3 +, a lo que yo sólo puedo mover R-h1. Y entonces, claro: D x h2 ++. Un mate perfecto. Qué cabrón. Así son los amigos.

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martes 20 de noviembre de 2007

Piensa en mí



Pero qué tontorrones nos ponemos los mayores en cuanto nos enfoca el objetivo de una cámara, ¿verdad?

Aquí estoy con Constantino Bértolo y Damián Tabarowsky, cuando vino Damián a Madrid. Y estamos posando en serio, en lugar de posar en broma, como hacen los niños.

Menuda pedrada tenemos.

A mí me gustaría parecerme más a mi hija Anusca. Le digo que le voy a hacer una foto, me distraigo un segundo y, visto y no visto, cuando voy a apretar el botón ya está haciendo alguna tontería, aunque eso sí: con una cara muy seria.




Le hago la foto con macarrones en la nariz y se muere de risa. No aguanta mucho con la cara seria.

Dicen que la tele y las videoconsolas limitan la imaginación de los niños. ¡Y un jamón con chorreras! La disparan. El otro día me dice Anusca que le había prometido ir al campo a ver gallinas. Lo niego todo, no recuerdo haber prometido nada. Entonces me enseña un euro y me dice:

?Quizás esto te refresque la memoria?.

Solté una carcajada, claro. ¿Qué habrá estado viendo en la tele?

Luego íbamos andando por la calle y, de pronto, con voz confidencial, me pregunta:

?¿No nos estarán siguiendo??

?No lo sé. Por si acaso, vamos a despistarles?, le digo yo, y comenzamos a doblar esquinas a gran velocidad.

Después no metimos en un portal y dejamos pasar a una pareja que venía detrás.

"Para comprobar que no nos siguen", le dije.
"Perfecto, papá: buen plan".

Mientras Anusca está en el cole, me bajo por la mañana a comprar jamón de York, pan Bimbo, papel de plata y chocolate. Luego le preparo la merienda y se la llevo al cole en una bolsa de plástico.

Así nunca estoy solo, porque en todo lo que hago y lo que pienso aparecen otras personas, trata de otros, hay artistas invitados.

También sé que yo existo en lo que piensan otros.

Tengo la convicción de que si pasara un día entero, y se hiciera de noche, y no hubiera nadie, ni una sola persona, que hubiera pensado en mí, aunque sólo fuera un momento; yo entonces desaparecería, dejaría de ser. Aunque a la mañana siguiente me levantara igual, y tosiera, y desayunara, y fuera al trabajo: ya no sería yo, sería una cáscara vacía, un envase desechable, un caparazón en el que no hay nada, olvidado en la arena.

Lo que nos mantiene vivos es esa otra vida que llevamos sin saberlo, a través de los demás.

Mi chica, que se fija en algo gracioso y piensa: se lo tengo que contar a Rafita. El amigo que se pregunta: este libro, ¿lo habrá leído Rafael? Mi hermana Maite, que se acuerda de pronto de comprar macarrones porque mañana vamos a comer Anusca y yo.

Si no fuera por eso, dejaríamos de existir.

Lo que de verdad somos, lo que nos sujeta a la realidad, está siempre fuera de nosotros: en los demás. Está en lugares que no conocemos, sucede en momentos de los que no tenemos noticia, en personas que ni siquiera imaginamos.

¿Quién me hace real ahora mismo al pensar en mí? ¿Dónde está? ¿Quién es esa persona gracias a la que ahora todavía sigo siendo?

Como si fuéramos un arbusto, la raíz de lo que somos está fuera de nuestro alcance, invisible, como si estuviera bajo tierra, en el corazón de los otros, por donde avanza a oscuras y crece en dirección desconocida.

Hoy en día ya nadie lee a Pedro Salinas. Supongo que se le considera cursi, blando, sentimental. A lo mejor lo es, vaya usted a saber.

Hoy en día ya nadie recita poemas. Mi padre recitaba poemas de memoria, en voz alta. Lo hacía muy a menudo. Desde el Romancero (le gustaba mucho recitar ?Abenamar, Abenamar, moro de la morería?? y nos repetía siempre: ?Moro que en tal signo nace, no debe decir mentira?) hasta los poetas de su edad (la generación que ahora se llama del 50).

Muchas, muchísimas veces recitaba este poema de Pedro Salinas:

Qué alegría, vivir
sintiéndose vivido.
Rendirse
a la gran certidumbre, oscuramente,
de que otro ser, fuera de mí, muy lejos,
me está viviendo.
Que cuando los espejos, los espías,
azogues, almas cortas, aseguran
que estoy aquí, yo, inmóvil,
con los ojos cerrados y los labios,
negándome al amor
de la luz, de la flor y de los nombres,
la verdad trasvisible es que camino
sin mis pasos, con otros,
allá lejos, y allí
estoy besando flores, luces, hablo.
Que hay otro ser por el que miro el mundo
porque me está queriendo con sus ojos.
Que hay otra voz con la que digo cosas
no sospechadas por mi gran silencio;
y es que también me quiere con su voz.
La vida ?¡qué transporte ya!?, ignorancia
de lo que son mis actos, que ella hace,
en que ella vive, doble, suya y mía.
Y cuando ella me hable
de un cielo oscuro, de un paisaje blanco,
recordaré
estrellas que no vi, que ella miraba,
y nieve que nevaba allá en su cielo.
Con la extraña delicia de acordarse
de haber tocado lo que no toqué
sino con esas manos que no alcanzo
a coger con las mías, tan distantes.
Y todo enajenado podrá el cuerpo
descansar quieto, muerto ya. Morirse
en la alta confianza
de que este vivir mío no era sólo
mi vivir: era el nuestro. Y que me vive
otro ser por detrás de la no muerte.

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miércoles 14 de noviembre de 2007

¿Te acordarás tú de mí?

EL otro día era el cumpleaños de Benito (no de mi hermano, sino del hijo de María y Arturo). Fiesta infantil con los niños del cole, el Rufino Blanco. Anusca fue feliz y contenta, dispuesta a pasárselo como nunca (es decir, como siempre: en grande).




Y por supuesto lo consiguió:



En primer plano está Benito, que cumplía ocho años; Rafael Olivé y Anusca. Detrás, construendo la torre de Babel, Víctor y Lucas. Al fondo se ve a Tomás.

Luego, como siempre, hubo fiesta de padres. No hay nada más resplandeciente que ligar con las madres del cole, las famosas "mamás del Rufi", con las que siempre acabamos los papás como el rosario de la Aurora, felices y agotados:



Veía a Anusca divertirse y me preguntaba: ¿Qué recordará de esto cuando sea mayor?

Es la pregunta que siempre nos hacemos todos los padres. Cuando sea mayor, ¿se acordará de que la llevaba a patinar sobre hielo, de cuánto le gustaba jugar conmigo al ajedrez, de aquel día que nos pusimos impermeables sólo para salir a mojarnos a propósito?

Siempre he tenido la sensación de funcionar como un antiguo contestador automático, de aquellos que tenían una cinta de casete: los mensajes nuevos se grababan encima de los viejos y los borraban. Me siento igual: me siguen pasando tantas cosas que van grabándose encima de mis recuerdos y borrándolos.

He olvidado las fiestas de mi infancia. Sólo recuerdo, como vista a través de un cristal empañado, una fiesta al aire libre en la que jugábamos con unos palos de madera. Debía de ser en Cali, los años que viví en Colombia de niño.

En cambio, las fiestas de joven aún las recuerdo. Cuando poníamos música lenta y apagábamos la luz. Había que sacar a las chicas a bailar. The Year of Cat era la mejor, porque era una canción larguísima. "No me empujes, por favor", decían las chicas cuando uno se empalmaba bailando. Yo me ponía colorado.

Eran guateques, fiestas en casa de los padres que habían salido de viaje o estaban en el pueblo, en el chalet, en el quinto infierno, qué más nos daba, si estábamos solos y bailando.

Aún veo aquella habitación, al fondo del pasillo, con la luz apagada, sobre la cama en la que se dejaban los abrigos. Aún siento en las yemas de los dedos el tacto del tirante del sujetador, la temperatura, la suavidad de la piel.

Al tocar una teta por primera vez sentí lo mismo que el astronauta Armstrong al entrar en contacto con la superficie de la Luna: era el primer ser humano que lo lograba, una experiencia histórica, irrepetible.

Al contrario que Armstrong, mis primeras palabras debieron de ser:

?Sí, sí? para la Humanidad será un pequeño paso, ¡pero menudo salto de gigante para mí!?

Tras el Alunizaje, los astronautas se sintieron incapaces de llevar una vida normal en la Tierra. A mí me pasó igual. Cuando se ha visto desde fuera el planeta, cuando se ha sentido el propio cuerpo a través de otro cuerpo (sobre un lecho de trenkas, cazadoras y verdaderas parkas coreana Ying), cuando uno ha sido el primer ser humano en salir de sí mismo en un abrazo, la vida terrícola y las noches solitarias provocan un sufrimiento tenaz, devastador, muy difícil de disimular a media tarde. A esa hora no queda más remedio que tomarse un whisky.

Los astronautas de guateque, los exploradores del espacio , si estamos lejos de otro cuerpo, lejos de mi chica (pero no se lo digas),nos sentimos desolados, qué le vamos a hacer.

Este soy yo a los quince años:



La foto es a la salida del cole, en 1978. A la izquierda está Colorado, al que Yáñez le está pegando puñetazos de broma. Después Cachón, yo, Vicky y Abel.

Y aquí estoy dos años después, con Paz, una de mis novias crónicas, esas con las que he reincidido varias veces, y que no me estará leyendo. Es un poco después, en el viaje de COU: fuimos en barco a Mallorca.