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Rafael Reig, escritor y profesor de literatura

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martes 19 de febrero de 2008

Concurso de Paellas Madrileñas

El viernes voy subiendo las escaleras del metro de Noviciado con mi hija. Iba como un esportillero, acarretando su mochila, mientras mi Anusca se tomaba el bocata-chopped de la merienda. De pronto, un vozarrón me detiene:

-Te vas a tropezar, Reig.

Sólo tardé cuatro segundos en reconocerle: Javier Yagüe. Fuimos muy amigos en la Autónoma. Está igual, parece una serie de televisión, como si sólo le hubieran echado polvos de talco en el pelo, pero con la misma ropa (jersey negro de cuello alto, pantalón negro, chaqueta de cuero negro). Nos tomamos unas cervezas en el bar de Pedro. Javier vive en Bruselas, lleva veinte años viviendo fuera.

-¿Y qué tal lo llevas? -le pregunto.
-Bien. A mí no me molesta, me va bien estar así, un extraño entre extraños.
-A stranger to strangers... un desconocido para desconocidos... ¿Eso no es de Auden?

Javier carraspea, bebe, tose y responde:

-No sé... Bueno, sí, qué sé yo: supongo.

¿Qué hago? ¿Le digo que por casualidad tengo hace unos días un libro de W.H. Auden en el bidet, para leer en el cuarto de baño, y que hace poco leí The Wanderer? ¿O me callo y le dejo convencido de que su antiguo amigo es un erudito?

¡Ah, decisiones...! ¡Sublimes y sórdidas decisiones!

Al final hago lo que siempre hacemos todos: nadar y guardar la ropa, circunvalar la decisión por la abarrotada M-30 de las soluciones de compromiso, el camino de en medio, que siempre está atascado y luego a ver quién encuentra sitio para aparcar.

Durante media caña le dejo creer que, desde que no nos vemos, yo no he hecho otra cosa que leer poesía.

Qué rastrero puedo llegar a ser, ¿verdad? Disfrutando rastreramente del asombro de Yagüe, que es muchísimo más leído que yo. Como Anusca, pensando: "¡Toma, toma! Chúpate esa".

Luego le digo, en un momento de debilidad:

-Tronco, que no soy un erudito, es puta casualidad, lo leí ayer.

Yagüe se tranquiliza tanto que paga una rondita más.

The Wanderer

Doom is dark and deeper than any sea-dingle.
Upon what man it fall
In spring, day-wishing flowers appearing,
Avalanche sliding, white snow from rock-face,
That he should leave his house,
No cloud-soft hand can hold him, restraint by women;
But ever that man goes
Through place-keepers, through forest trees,
A stranger to strangers over undried sea...


O sea, como quien dice, más o menos:

El errante

La fatalidad es oscura y más profunda que cualquier abismo del mar.
Al hombre sobre el que caiga el deseo de abandonar su casa,
en primavera, como se abren las flores buscando la luz,
como se desliza la nieve de la pared de roca para formar una avalancha,
A ese tipo ya no le sujetará ninguna mano suave como una nube,
no habrá mujer capaz de retenerle;
Sino que ese hombre siempre va,
Atravesando guardianes, atravesando árboles del bosque,
Un desconocido entre desconocidos sobre el mar que no se seca...


Es verdad.

Se apodera de un tipo, un buen día, el deseo de irse de casa (que es como el deshielo: empieza poco a poco a separarse la nieve de la roca hasta que forma una avalancha imparable). No hay nada que hacer. Vuela esquivando árboles, como un pájaro (así dice Auden, que avanza como un pájaro: A bird stone-haunting, an unquiet bird: un pájaro que persigue piedras, un pájaro intranquilo).

(Una madrugada, de copas, vimos el Orejudo y yo a dos tipos tan borrachos como nosotros a la puerta de un antro. Uno quería ir detrás de una chica.

-Déjalo, tío -le aconsejó el amigo-. Seguir a una mujer es como seguir a un pájaro.

Exacto: ¿cómo seguir, desde el suelo, a un pájaro que vuela?

Creo que a eso se refiere Auden, el errante se desplaza por otro medio, tan inalcanzable para los que andamos sobre tierra como el pájaro que vuela por el aire).

Bueno, te resumo el final del poema, para no dejarte con la intríngulis.

There head falls forward, fatigued at evening,
And dreams of home


Allí deja caer la cabeza, cansado al atardecer,
y sueña con su casa

Siempre pasa eso y también esto otro:

But waking sees
Bird-flocks nameless to him, through doorway voices
Of new men making another love.


Al despertarse ve
bandadas de pájaros que para él no tienen nombre, voces a través de las puertas
de nuevos hombres que hacen otro amor.

Making another love, qué idea tan extraña, ¿verdad?

¿Cuál es ese otro amor, el que hacen los hombres nuevos, los desconocidos?

Hagamos otro amor, convirtámonos en desconocidos, tu y yo tenemos tantos amores distintos por hacer, tantos desconocidos que descubirnos el uno al otro. Nos duo turba sumus, como decía Ovidio: tú y yo, cariño, somos una multitud.

(En las Metamorfosis, eso lo dicen Decaulión y Pirra, tras el diluvio, me he levantado a comprobarlo y, así, ¿cómo narices voy a acabar mi novela de espías, si me distraigo con cualquier cosa? Menudo desastre soy).

(Sí, claro, ya lo sé, Auden era homosexual, lo sabe todo el mundo, pero no creo que se refiera a eso con el otro amor que hacen hombres nuevos: no era tan rudimentario, por más que fuera de Birmingham).

Como la mayoría de los poemas de Auden, su sencillez se apoya en un equilibrio difícil y cuidadoso de las imágenes contrapuestas (peces y pájaros, hombres y mujeres, tierra y agua, piedra y nube, etc.)

En fin.

Que no soy un erudito ni mucho menos, pero siempre tengo dos o tres libros sobre el bidet, con el cenicero, el tabaco y el vaso de whisky. En la otra casa utilizaba una palangana a la que le daba la vuelta para convertirla en un cómodo escritorio. En ésta, el bidet no está enfrente de la taza del váter, sino a un lado: es un cuarto de baño más propicio a la lectura que a ponerse a escribir, qué le vamos a hacer.

Al día siguiente, el sábado, organizamos una merendola infantil en casa, con los niños de Lorenzo Silva.



A la cabecera, Anusca. Luego, a la izquierda, Marcela, la hija de mi novia; Laura; luego mi chica, a la otra cabecera; Lorenzo y su hijo Pablo.

Hice chocolate y se pusieron morados de bollos. Como de costumbre, Lorenzo me sacó los colores. Todo el tiempo que yo dedico a leer en el baño cosas escogidas al azar o a tomar copas por las barras de los bares, Lorenzo lo emplea en sentarse muy derecho en la mesa y escribir obras inmortales. Así, claro, el tío lleva 28 libros publicados, cientos de premios, goza de prestigio y reconocimiento, le asedian las admiradoras y le cortejan las grandes editoriales.

Y encima es más joven que yo. El cabrón. El disciplinado cabronazo. Ten amigos para esto.

Aunque reconozco que estoy en una edad difícil, como Auden (¡mira que llamarse Wystan Hugh, el tío!)cuando escribió A Walk After Dark, y decía al contemplar las estrellas (esas sidera multa que contemplan nuestros amores furtivos, según pensaba Catulo):

Now, unready to die
But already at the stage
When one starts to resent the young,
I am glad those points in the sky
May also be counted among
The creatures of middle-age.


Como si dijera:

Ahora, sin estar preparado aún para morir,
pero ya en ese momento
en el que a uno le empiezan a fastidiar los jóvenes,
me alegro de que esos puntos en el cielo
también formen parte de
las criaturas de mediana edad.


El domingo tuvimos otra ronda del Concurso de Paellas (estamos inscritos mi novia, Edu Vilas y yo). El domingo pasado la hizo mi chica, con marisco y todo.

Este domingo me tocaba a mí, que la hice a mi modo, como me enseñó Vicenta: es decir, echándole lo que uno encuentra en casa, sea lo que sea.

No me salió tan mala, mira:



Mientras mi novia ponía la mesa, Anusca y yo cubrimos el arroz con el periódico y lo dejamos reposar.




Para que luego digan que las cositas que uno escribe no sirven de nada. Ja. Al menos, valen para tapar la paella, ¿no? ¿La función social de la literatura? Quita, quita: ¡donde esté su función gastronómica!

A esta edad, unready to die, desprevenido aún ante la muerte, ¿habrá algo que consuele más que cubrir tu paella con tus artículos?

El jurado del concurso son las niñas y, a pesar de las puntuaciones (generosas)que me pone mi hija, mi novia me saca todavía alguna ventaja.

¿Quieres participar en el Open de Paellas Madrileñas con Pimiento y Todo?

Ya sabes que te esperamos. Y te dejaremos decir a ti, con santa indignación:

-¡Pimientos en la paella! ¡Por el amor de Dios! ¡Esa majadería sólo se les puede ocurrir a los madrileños!

Siempre nos turnamos para decir estas frases inmortales.

Nosotros nos reímos mucho repitiendo estas cosas.

Porque, como dijo una vez Umbral: cada vez que nos vemos siempre hacemos lo mismo, y esta repetición es amistad; y esta amistad es la vida; y esta vida es la única que tenemos.

Pues eso. Vente.
Te esperamos.

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