Viaje a Barcelona
-¿Y ese nombre? -pregunté.
-Es un bar que hay allí en Barcelona.
-¡En Barcelona tenía que ser! Si fuera en Madrid, el premio se llamaría inevitablemente premio Bodegas Muñoz o premio La Gallega o premio Dos Hermanos. En Madrid no nos resignamos a que los bares se llamen Salambó. No, amigo, no: aquí no. Como mucho, el premio Café Gijón o el premio Sésamo, pero ni un paso más allá.
Ayer Marta Sanz me contó que una vez estuvo en un hotel en Barcelona tan diseñado que la llamó por teléfono José Ángel Mañas, desde la habitación de al lado. Tenía voz de persona al borde del llanto o a punto de cometer un crimen espantoso.
-¿Has encontrado el baño en tu habitación, Marta? -le preguntó desesperado.
-Sí, de puta casualidad, apreté sin querer un espejo y se abrió una puerta en otra pared... ¡menudo susto!
-No consigo dar con el baño y... ¡es que me estoy meando encima!
Al final, el pobre Mañas tuvo que ir a hacer pis a la habitación de Marta.
En Barcelona todo está diseñado y corres estos riesgos. Encender una luz, tirar de la cadena, abrir un ascensor... cualquier actividad inocente y apacible, gracias al temible diseño, puede convertirse en... ¡¡una pesadilla terrorífica!! Muy pronto en todos los cines. Vajillas con platos inclinados, para que se caiga la salsa; chaquetas con bolsillos a la espalda; semáforos de Miquel Barceló, con colores mediterráneos, para que te atropellen sin contemplaciones... todo es posible cuando una populosa metrópolis cae en manos del terrible, el superferolítico, el despiadado diseño.
Yo tengo bastante miedo, qué quieres que te diga.
Detesto viajar, aunque en otro tiempo no me molestaba tanto. Ahora viajar es la forma más popular de hacer penitencia y someterse a humillaciones: registros, prohibiciones de todo tipo, esperas, colas, gastos, instrucciones de seguridad, retrasos sin explicación, disciplina severa, música estridente, conportamiento de jardín de infancia (sin fumar, si beber, pidiendo permiso para ir al baño)... ¡y encima todo lo hacen por nuestro bien!¡A ellos les duele más que a nosotros!
Los finalistas del premio son:
Ricardo Menéndez Salmón, La ofensa.
Belén Gopegui, El padre de Blancanieves.
Javier Marías, Veneno y sombra y adiós (el tomo tres de Tu rostro mañana).
Enrique Vila-Matas, Exploradores del abismo.
José María Merino, La glorieta de los fugitivos.
Esther Tusquets, Habíamos ganado una guerra.
Sí, lo sé, lo sé... para confeccionar esta lista, ¿hacía falta reunir a una docena de escritores? ¿No bastaba con llamar por teléfono a la peluquería o a cualquier suplemento literario?
Sea como fuere, ¿a quién votarías tú?
Aconséjame.
Ahora tengo un aspecto normal, relativamente normal (para ser como soy, me refiero). Tal que así:

Sin embargo, ¿qué será de mí a la vuelta de Barcelona? ¿Me diseñarán de forma irreversible? ¿Podré seguir llevando bigote? ¿Habré encanecido de los sobresaltos? ¿Tendré que beber combinados? ¿Seguiré sabiendo sentarme en un taburete normal o ya sólo podré sentirme cómodo en sillas Bauhaus de esas de las que cuesta tantísimo trabajo luego levantarse?
¿Tú qué crees?
Ah, sí. Eso. Me alegro de que me lo preguntes. La foto es en la barbacoa en casa de mi hermana Helena. Todo el mundo bebía vino en vasos de esos y metí una cucharilla en el mío para poder reconocerlo de inmediato encima de cualquier sitio. Costumbre de buen bebedor. Como la de pasar el contenido de todos los bolsillos a la siguiente prenda, cada vez que te quitas algo, porque más vale perder la chaqueta que lo que lleves en el bolsillo. O como la de pagar siempre y en todos sitios con billetes. Decía Juan García Hortelano que la mejor medición de cuánto bebiste anoche es la cantidad de monedas que llevas en el bolsillo, por esa costumbre de todos los borrachos de pagar siempre con billetes. O será, tal vez, por la incapacidad de ponerse a contar monedas a partir del quinto whisky.
Madrugadas hay en que uno llega con el bolsillo reventando de calderilla, rebosante de moneda fraccionaria, y se pregunta: pero, vamos a ver, ¿será posible que haya bebido tanto anoche?
Que gane el mejor, ¿no?
Etiquetas: Barcelona, diseño, García Hortelano, novelistas, Rafael Reig
Pues aquí pondré lo que se me vaya ocurriendo. Poca cosa, en general. Lo primero que se me pase por la cabeza. Lo que lea por ahí y lo que me cuenten en la barra de los bares o los amigos. Y si alguien quiere poner algo también, estupendo: no censuraré ningún comentario.









