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Rafael Reig, escritor y profesor de literatura

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sábado 5 de julio de 2008

Cuestión de carácter

Cuando yo era niño, mi tío el Cabut me llevaba en su Vespa amarilla a un descampado lejano donde él jugaba al fútbol. Había una caseta con unas grandes cajas de cartón donde se amontonaban camisetas y pantalones. Las zapatillas las llevaba cada uno. El Cabut jugaba de portero y yo, detrás de la red, le guardaba las gafas y le daba ánimos.

-Estaría bien tener una casa con piscina -le decía, de vuelta al centro, cuando atravesábamos urbanizaciones en busca de un merendero para tomar cerveza en jarras.

-Ni hablar: es mejor tener amigos que tengan la casa con piscina. Tú disfrutas de la piscina, más que ellos incluso, pero son ellos los que hacen el trabajo sucio: limpiar la piscina, quitar las hojas del agua y todo lo demás. Lo que hay que ser, Rafita, es buen invitado. Hay que dar espectáculo. Que se lo pasen mejor contigo que por su cuenta, y así te invitan siempre.

He seguido su consejo (como todos los del Cabut) al pie de la letra y a veces consigo que Vanessa y Eduardo Vilas me inviten a su piscina.

El otro día me hicieron una foto como la que me hago casi todos los años: con agua hasta la cintura, bebiendo un whisky y con mi hija al lado, protegido de todos los peligros, feliz, a salvo hasta de mí mismo.



¿Qué queda de los niños cuando pasan los años y uno se hace mayor?

Todo, casi todo, nada se pierde.

A mí ya no me cabe ninguna duda de que la infancia nunca se termina, se prolonga durante toda la vida, permanece en el adulto, casi de incógnito: la infancia es el carácter.

Eso que se suele llamar el carácter, el buen carácter o el mal carácter, el mucho carácter que tiene Fulanito, no es más que el fósil de su propia infancia.

Como la carne sobre un esqueleto, el adulto va formándose sobre el hueso de la infancia. Por dentro de toda persona mayor está el niño testarudo, malhumorado, ventajista, alegre, generoso, cobarde, el que siempre piensa que se merece algo más, el que grita "¡yo no he sido!" en cuanto algo sale mal.

El carácter es una biografía, una foto en blanco y negro del niño que hemos sido, un recordatorio de la Primera Comunión.

"Fulanito tiene mucho carácter" sólo quiere decir en realidad: Fulanito se comporta a menudo como ese niño déspota que fue. Con tiranía infantil, con malhumor de niño contrariado, con el exhibicionismo del crío acostumbrado a que los mayores le rían todas las gracias, con la impaciencia, el egoísmo o la bondad espontánea de un niño.

Por eso decimos que el carácter es inevitable, que no lo hemos elegido y lo sufrimos. Fulanito es así, no lo puede evitar, es su carácter. Es su infancia, en realidad. Porque la infancia es la parte de la propia vida que uno no ha elegido, de la que no es responsable, lo que ha sufrido o disfrutado o a lo que se ha resignado.

Nuestro carácter es un delator: siempre cuenta un secreto de familia.

Cuando discutes sin razón, sólo por discutir, te veo cuando eras niña, como en un álbum de fotos; cada vez que te enfadas, veo a la niña que se asomaba el viernes a la puerta con el corazón en un puño, para ver si había venido su padre a buscarla o no. En tu entusiasmo repentino, en tu desolación ante una contrariedad minúscula, veo aparecer a la niña que miraba absorta, procuraba hacer buena letra y corría a más velocidad que los chicos. En cada contestación intempestiva, en cada risa imprevista, aparecen intactas tu cola de caballo, tu falda tableada, las uñas mordidas y esa goma de borrar Milán a la que a veces le dabas un mordisco: sabía parecido a la fresa, ¿verdad que sí?

Tú, ¿qué ves en mi carácter, como en un billete al trasluz? ¿Aquel niño que fui? ¿Lo has conocido ya? ¿Le has dado un beso o le has regañado? ¿Lo ves aparecer en cada enfado sin motivo, en cada cabezonería, en cada juego absorbente y solitario?

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