l Blog de Rafael Reig

Rafael Reig, escritor y profesor de literatura

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sábado 19 de abril de 2008

Comulgar con ruedas de Molina

En El País entrevistan a César Antonio Molina y me apresuro a leerla.

Molina nunca decepciona, siempre está a la altura de lo que se espera de él.

Le pregunta el periodista por su notoria afición a cesar gente para poner a otros y el tío nos elabora una novedosa y profunda teoría política sobre los nombramientos.

Ésta:

TEORÍA MOLINA SOBRE CESES Y NOMBRAMIENTOS:

En todos los lugares, el director tiene el derecho de cambiar a sus equipos. Pues lo mismo un ministro o un presidente del Gobierno. ¿Por qué no investiga usted los cambios que ha habido en otros ministerios? ¿Por qué no investiga los ceses que ha habido estos días en el Instituto Cervantes, de antiguos colaboradores míos, ceses que se han ejecutado sólo por fastidiarme a mí? En cambio, nosotros, todos los cambios los hemos hecho siguiendo las buenas prácticas.



¿Ha quedado claro?

Pues a espabilar.

Hay dos tipos de ceses y nombramientos:

A) Los que hace César Antonio Molina. Estos ceses Y nombramientos son un derecho que él tiene y no deben discutirse. Más faltaba que él no pudiera cambiar un equipo. Los que hay que "investigar" son los del tipo (B). En lugar de de preguntarle a él (¡a él!), ¿por qué no "investigan" a los demás, eh? Como un niño acusica: yo no he sido, pero anda que la otra, la Caffarel.

B) Los que hacen los demás. Estos (abominables) ceses y nombramientos tienen un único objetivo: fastidiar a César Antonio Molina. Sí, señor. No se hacen con otra finalidad. La directora del Cervantes, es obvio, no tiene el mismo derecho a cambiar su equipo. Qué va: ella lo hace para fastidiar. Por pura maldad y ganas de hacer daño al pobre y desvalido Molina.

Las mujeres, ya se sabe, ¡con tal de chinchar!

Un aplauso para Molina, que nunca decepciona.

A mí cada día me entretiene más comulgar con las legendarias ruedas de Molina.

Yo, como Molina, todo lo hago por puro altruismo, con "buenas prácticas". Si los demás hacen lo mismo, salta a la vista que lo hacen con el único propósito de fastidiarme a mí.

Somos malos malasombra, somos malos de verdad
y más malos que la quina
¡que sólo saben chinchar!


Hay gente, demasiada gente, que en esta vida sólo tiene un objetivo: fastidiar a César Antonio Molina.

Son capaces de todo con tal de darle un disgusto a este señor que no les ha hecho nada.

Cuánta maldad, ¿a que sí?

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miércoles 19 de marzo de 2008

Paseos por la playa

¿Quién no conoce la famosísima dedicatoria al Conde de Lemos?

Ayer me dieron la estremaunción y hoy escribo ésta; el tiempo es breve, las ansias crecen, las esperanzas mengua y, con todo esto, llevo la vida sobre el deseo que tengo de vivir.


A mí me gusta más el prólogo en el que un "estudiante pardal" le saluda diciendo:

-¡Sí, sí, éste, éste es el manco sano, el famoso todo, el escritor alegre y, finalmente, el regocijo de las Musas!

Cervantes le responde:

-Ese es eun error donde han caído muchos aficionados ignorantes. Yo, señor, soy Cervantes, pero no el regocijo de las musas, ni ninguna de las demás baratijas que ha dicho. Vuesa merced vuelva a cobrar su burra y suba, y caminemos en buena conversación lo poco que nos falta de camino.

La sencillez de Cervantes conmueve, pero hay estudiosos que hablan de su "legítimo orgullo", de que en realidad le fastidiaba que su obra fuese leída como alegre diversión, y no como aportación trascendental a la cultura. Según algunos, Cervantes aquí estaría algo amostazadado, porque no quiere que tomen sus obras por baratijas, sino por oro de ley.

Manda huevos.

El escritor alegre. Lo mejor que se podría decir de nadie, ¿no te parece?

Déjese de pamplinas, don estudiante, acérquese, pídase algo en la barra y charlemos un rato, le viene a decir Cervantes, con naturalidad y llaneza que admira más aún.

En fin, como diría el amigo Javier Krahe: Yo que soñé con la gloria de Cervantes, heme aquí en la glorieta de Quevedo.

Al menos, alegre sí que soy. Incluso tirando a payaso:



¿Para qué sirven los quesos de bola pequeñitos, esos mini BabyBell?

Todo el mundo lo sabe: para fabricar una elegante nariz de payaso.

El libro, por cierto, Los trabajos de Persiles y Sigismunda, es entre aburrido e infumable.

Eso sí, me río mucho con las descripciones. A una tal Taurisa la visten. ¿Cómo la visten? Pues "rica y gallardamente", faltaría más. ¿Algún otro detalle? Sí, claro: "al modo que suelen vestirse las nifas de las aguas o las hamadríades de los montes".

¡Toma ya, pedazo de descripción, Cervantes! Formidable, ahora sí que queda claro. El que no sepa nada de indumentaria de ninfas o de hamadríades que levante la mano.

Por la mañana pasemos por la playa. Hay gente tomando el sol en bañador o con los pantalones remangados. Hay faldas levantadas y muslos de una blancura obscena, o como diría Chavi Azpeitia, dominae cutis candidae ut lepra: mujeres de piel blanca como la lepra. Hay obstinados peatones que recorren el litoral mediterráneo a paso gimnástico, con sus gorras de visera y el pantalón de chándal planchado con raya. Hay niños cabezostas con sus cubitos, su pala y alguno de esos proyecto filosófico-tomistas que concibe la infancia: trasvasar el mar a un hoyo en la arena, entender a los mayores o saber qué es lo que hay debajo de la cama cuando está la luz apagada, cuando ellos no están mirando o en cuanto sale papá de la habitación.



Anusca se da paseos en su bici:



Por el momento, ha sido lo más importante que ha aprendido conmigo: a montar en bici.

La enseñé aquí, en uno de estos caminales entre huertos de naranjos, junto a esas tapias en las que las puertas son somieres herrumbrosos, puestos de pie, atados con cadenas, cerrados con candados. Le di varias vueltas sujetándola por el sillín y luego la solté. Se cayó sólo tres o cuatro veces. La levantaba y mirábamos aquellas armaduras de metal con muelles oxidados que abrían el paso a huertos y sobre las que novios labradores quizá habrían soñado esos sueños bajo los que corre el agua. Volvíamos a intentarlo. Tras dos o tres horas, con sangre en las rodillas, rasponazos en los codos y algún surco de lágrima en los mofletes, mi hija consiguió pedalear, alejándose de mí, sin que la sujetara, libre y a toda velocidad, en equilibrio, y sola.

Me emocioné.

Y encima, volvió.

Sigue volviendo. Y me sigue emocionando.

Quizá sea lo mejor que le he enseñado: a irse sola.

Las ganas de volver las pone ella.

Luego tomamos el aperitivo, como siempre, en el antiguo hotel:




A veces sigo con la lectura. Leí ese libro de Cervantes hace diez años y tampoco me gustó, pero era uno de los más voluminosos que encontré, lo mejor para un viaje en autobus.

Por la noche fuimos a Oliva a ver las Fallas.



Trabajar todo el año en algo y luego pegarle fuego en una sola noche: ¿hay mejor lección para una niña?

Esta noche iremos a ver la cremá.

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