En compañía de López
Alguien podría pensar que todos mis amigos siempre han tenido esa extravagante obcecación por escribir una novela. Ni mucho menos. Muchos de mis mejores amigos no son escritores. Suena un poco como: muchos de mis mejores amigos son homosexuales, ¿a que sí? No tengo nada contra los que no escriben, muchos de mis mejores amigos...
Tengo amigos revendedores de tarjetas de transporte, electricistas, profesores y hasta ingenieros de caminos, canales y puertos.
López, aunque escribió y escribe elegantes artículos, nunca se propuso hacer una novela. Sí escribió, a los dieciséis años, una teoría metafísica que, según recuerdo, refutaba a Descartes, le dejaba con un palmo de narices, lo que se dice planchado.
Me enseñaba un manoseado ejemplar de las Meditaciones metafísicas, con copiosas anotaciones en los márgenes, y me explicaba:
"Hasta ahora todos los metafísicos han tropezado en la misma piedra, Reig: ¡los putos animales! Es que no hay por donde cogerlos".
"¿Metafísicamente hablando, te refieres?"
"Claro, tío, claro".
No llegué a entender bien cuál era el gran obstáculo zoológico que había impedido el avance de la Metafísica (y que López acababa de superar, al parecer), pero seguimos hablando de otras cosas, como siempre. Hoy todavía tenemos multitud de cosas para hablar.
Cuando volví a Madrid, tras pasar un año en Boston, estuve haciendo el tonto una temporada, pero luego decidimos alquilar un piso a medias López y yo.
Aquí estamos, imagino, sopesando la decisión:

Siempre sopesábamos así: con una botella de coñac. Y algún libro sobre el que discutir (parece, en la foto, un Shakespeare, no estoy seguro). Luego nos lanzábamos a una jornada jarábica, en homenaje a Jarabo, el asesino múltiple, que era por entonces uno de nuestros personajes históricos favoritos. Escribíamos entonces los dos falsas biografía ejemplares y paralelas, como la de Fernando Falopio y Eustaquio Martínez: descubridores de trompas, con la que aún me río cuando la releo.
Encontramos por fin una casa algo destartalada, en la calle Castelló 13, con techos altos, un pasillo interminable y balcones desde los que se podían tocar las ramas de los árboles. Trabajábamos entonces López y yo en una oficina de análisis político o cosa semejante: hacíamos encuestas e informes, asesorábamos a candidatos, les escribíamos discursos, un poco de todo.
Teníamos 26 ó 27 años y ganábamos bastante dinero, aunque nos lo gastábamos todo en nuestra incurable afición a la golfería.
Semejante pinta tenía yo de oficinista:

Por aquella casa iban pasando amigos, vecinos, novias de uno y de otro (o de ambos). Una que conocí en una boda me vino un día a cuidar de un catarro: se metió conmigo en la cama conmigo y con una botella de Veuve Clicquot. Mucho más efectivo que el Frenadol, te lo aseguro. Como soy así y no tengo arreglo, aún conservo el tapón de esa botella (hola, Susana). Con los ojos cerrados, si aprieto la lengua contra el paladar, todavía recuerdo el sabor. También el del champagne, sí, aunque con mucho más esfuerzo.
Un día le pedí a López condones, que me había quedado sin.
"Están en su sitio, en la caja de herramientas" me dijo: "Coge los que quieras".
Era así. Un romántico. Un hombre ordenado, metódico, cartesiano (perdón: López había ido más allá de Descartes, sin duda gracias a su comprensión metafísica de los animales).
Por allí venían también las novias crónicas cuando atravesaban las fases agudas (cada vez menos frecuentes). Aquí está Paz en la legendaria (para mí) casa de Castelló:

Aquí estoy yo con mi habitual forma de trabajar, siempre ordenado y metódico:

Aquella casa al borde del Retiro no podía durar. Pasó así. Una novia mía se vino a vivir a la casa. A la semana, la novia de López también se instaló. Nos convertimos en una pintoresca familia, una especie de cena de matrimonios prolongada hasta la pesadilla, siempre con Mrs. López y Mrs. Reig.
Cuando López no estaba, Mrs. López se ponía en el salón a planchar en bragas y sujetador, mientras cantaba canciones folclóricas de su Salamanca natal (serían). Yo miraba de reojo e impetraba (no siempre en vano) auxilio divino, algún tipo de intervención sobrenatural que me disuadiera de tocarle el culo. Cuando yo no estaba, no quiero ni saber qué haría Mrs. Reig. Lo que sí recuerdo es un día que tuve que sujetarla para que no tirara por la ventana unas sillas que había traído López (no sé muy bien de dónde ni por qué, aparecía con muebles, como quien trae media docena de churros). Mrs. López discutía hasta la extenuación la diferencia entre ?invitar? y ?participar? a un próximo enlace. Mrs. Reig sentaba cátedra sobre la segunda cruzada, objetando algunas imprecisiones de Runciman. Y así todo el rato.
Mientras tanto, López y yo seguíamos igual, saliendo por las noches, bebiéndonos el agua de los jarrones, tomando una lata de fabada al amanecer en el Lady Pepa y acabando bien entrada la mañana en alguno de esos bares alarmantes cerca de Ventas, donde se bebía coñac, se hablaba en hexámetros sibilinos y había costumbre de invitar a todos los presentes, el día que uno llevaba dinero.
Consideramos la posibilidad de dar un portazo y dejarlas allí a las dos, en la calle Castelló número 13, para que se sacaran los ojos una a otra y luego descubriera la vecina los cadáveres, dos esqueletos atenazados en un abrazo, como si se hubieran quedado encerradas en un ascensor.
Al final, par délicatesse, decidimos poner fin a aquella interminable cena de matrimonios caníbales.
Me fui yo a otro piso con mi novia, al otro lado del Retiro. Pusimos selva por medio, aunque López y yo seguimos viéndonos.
Oisive jeunesse
à tout asservie,
par délicatesse
j'ai perdu ma vie.
¿A ti no te ha pasado lo mismo? ¿No has perdido tu vida por delicadeza?
Etiquetas: bares de Madrid, Descartes, López, Octavio Paz, pasado, Rafael Reig
Pues aquí pondré lo que se me vaya ocurriendo. Poca cosa, en general. Lo primero que se me pase por la cabeza. Lo que lea por ahí y lo que me cuenten en la barra de los bares o los amigos. Y si alguien quiere poner algo también, estupendo: no censuraré ningún comentario.









