Paseos por la playa
Ayer me dieron la estremaunción y hoy escribo ésta; el tiempo es breve, las ansias crecen, las esperanzas mengua y, con todo esto, llevo la vida sobre el deseo que tengo de vivir.
A mí me gusta más el prólogo en el que un "estudiante pardal" le saluda diciendo:
-¡Sí, sí, éste, éste es el manco sano, el famoso todo, el escritor alegre y, finalmente, el regocijo de las Musas!
Cervantes le responde:
-Ese es eun error donde han caído muchos aficionados ignorantes. Yo, señor, soy Cervantes, pero no el regocijo de las musas, ni ninguna de las demás baratijas que ha dicho. Vuesa merced vuelva a cobrar su burra y suba, y caminemos en buena conversación lo poco que nos falta de camino.
La sencillez de Cervantes conmueve, pero hay estudiosos que hablan de su "legítimo orgullo", de que en realidad le fastidiaba que su obra fuese leída como alegre diversión, y no como aportación trascendental a la cultura. Según algunos, Cervantes aquí estaría algo amostazadado, porque no quiere que tomen sus obras por baratijas, sino por oro de ley.
Manda huevos.
El escritor alegre. Lo mejor que se podría decir de nadie, ¿no te parece?
Déjese de pamplinas, don estudiante, acérquese, pídase algo en la barra y charlemos un rato, le viene a decir Cervantes, con naturalidad y llaneza que admira más aún.
En fin, como diría el amigo Javier Krahe: Yo que soñé con la gloria de Cervantes, heme aquí en la glorieta de Quevedo.
Al menos, alegre sí que soy. Incluso tirando a payaso:

¿Para qué sirven los quesos de bola pequeñitos, esos mini BabyBell?
Todo el mundo lo sabe: para fabricar una elegante nariz de payaso.
El libro, por cierto, Los trabajos de Persiles y Sigismunda, es entre aburrido e infumable.
Eso sí, me río mucho con las descripciones. A una tal Taurisa la visten. ¿Cómo la visten? Pues "rica y gallardamente", faltaría más. ¿Algún otro detalle? Sí, claro: "al modo que suelen vestirse las nifas de las aguas o las hamadríades de los montes".
¡Toma ya, pedazo de descripción, Cervantes! Formidable, ahora sí que queda claro. El que no sepa nada de indumentaria de ninfas o de hamadríades que levante la mano.
Por la mañana pasemos por la playa. Hay gente tomando el sol en bañador o con los pantalones remangados. Hay faldas levantadas y muslos de una blancura obscena, o como diría Chavi Azpeitia, dominae cutis candidae ut lepra: mujeres de piel blanca como la lepra. Hay obstinados peatones que recorren el litoral mediterráneo a paso gimnástico, con sus gorras de visera y el pantalón de chándal planchado con raya. Hay niños cabezostas con sus cubitos, su pala y alguno de esos proyecto filosófico-tomistas que concibe la infancia: trasvasar el mar a un hoyo en la arena, entender a los mayores o saber qué es lo que hay debajo de la cama cuando está la luz apagada, cuando ellos no están mirando o en cuanto sale papá de la habitación.

Anusca se da paseos en su bici:

Por el momento, ha sido lo más importante que ha aprendido conmigo: a montar en bici.
La enseñé aquí, en uno de estos caminales entre huertos de naranjos, junto a esas tapias en las que las puertas son somieres herrumbrosos, puestos de pie, atados con cadenas, cerrados con candados. Le di varias vueltas sujetándola por el sillín y luego la solté. Se cayó sólo tres o cuatro veces. La levantaba y mirábamos aquellas armaduras de metal con muelles oxidados que abrían el paso a huertos y sobre las que novios labradores quizá habrían soñado esos sueños bajo los que corre el agua. Volvíamos a intentarlo. Tras dos o tres horas, con sangre en las rodillas, rasponazos en los codos y algún surco de lágrima en los mofletes, mi hija consiguió pedalear, alejándose de mí, sin que la sujetara, libre y a toda velocidad, en equilibrio, y sola.
Me emocioné.
Y encima, volvió.
Sigue volviendo. Y me sigue emocionando.
Quizá sea lo mejor que le he enseñado: a irse sola.
Las ganas de volver las pone ella.
Luego tomamos el aperitivo, como siempre, en el antiguo hotel:

A veces sigo con la lectura. Leí ese libro de Cervantes hace diez años y tampoco me gustó, pero era uno de los más voluminosos que encontré, lo mejor para un viaje en autobus.
Por la noche fuimos a Oliva a ver las Fallas.

Trabajar todo el año en algo y luego pegarle fuego en una sola noche: ¿hay mejor lección para una niña?
Esta noche iremos a ver la cremá.
Etiquetas: Anusca, Cervantes, Fallas, Piles, Rafael Reig
Pues aquí pondré lo que se me vaya ocurriendo. Poca cosa, en general. Lo primero que se me pase por la cabeza. Lo que lea por ahí y lo que me cuenten en la barra de los bares o los amigos. Y si alguien quiere poner algo también, estupendo: no censuraré ningún comentario.









