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Rafael Reig, escritor y profesor de literatura

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martes 3 de julio de 2007

El derecho a no ser homosexual

Si vas un paso más allá, ¿no sería mejor exigir el derecho a no ser homosexual?

La sexualidad (cualquiera) es una conducta: se hace, no se es. No imprime carácter, como ser sacerdote.

Algunos queremos acostarnos por la noche con quien nos dé la gana sin que eso nos obligue a ser nada durante todo el día.

Algunos ni siquiera queremos tener que ser heterosexuales.

A unos les gusta hacerlo con la luz apagada y a otros con la luz encendida, pero nadie tiene por qué declararse iluminista o tenebrista. Hay quien prefiere dejarse alguna prenda de ropa puesta, pero eso no le convierte en indumentarista. No es necesario tampoco identificarse como nocturnista (que sólo lo hace por la noche) o como verticalista (quien prefiere hacerlo siempre de pie, con un punto de apoyo en el fregadero de la cocina).

Lo que cada uno haga de cintura para abajo no tiene por qué definirle de cintura para arriba, no se convierte en su forma de ser ni le obliga a aceptar la etiqueta correspondiente distribuida por las autoridades.

Aún recuerdo las lecturas de Foucault, aquellos tomos de la Historia de la sexualidad, a veces arbitrario y tramposo, pero a veces interesante. La invención de la homosexualidad (no como práctica, sino como categoría) sería una forma de control social. Para el orden burgués, el sexo puede ser amenazador, por eso hay que disciplinarlo y reglamentarlo, hay que inventar la sexualidad.

La sexualidad vuelve el sexo inofensivo.

A ver, los homosexuales, identifíquense, que levanten la mano y los apunto en esta lista. Los heterosexuales a este lado; los homosexuales, aquí. Las felatómanas también, de una en una, desfilando, que se pongan detrás de los onanistas, pero dejando un sitio para los que sodomizan mujeres y los polígamos, que no se nos desmarquen. ¡No me formen grupos! De uno en uno y con el carnet sexual en la boca.

Y usted, Martínez, ¿qué es lo que dice que hace? ¡Menuda cochinada! Eso es bastante extraño, Martínez, eso es muy feo: usted va a ser perverso polimorfo, mire, aquí lo pone, así que espabile.

¿Para qué salir del armario si luego hay que meterse en camisas de once varas?

¿No es sospechoso que las autoridades, la prensa, los sindicatos y todas las personas de orden apoyen, como un solo hombre, el Día del Orgullo Gay? ¿A ti no te da que pensar?

A mí sí.

¿No te parece raro que los políticos y la prensa se apunten en primera fila? ¿Cuánto falta para que haya en El Corte Inglés un Especial Día del Orgullo, como las rebajas de primavera o el día de la madre?

¿Es posible exigir también libertad para no ser homosexual? Es decir: para acostarte con quien te dé la gana sin que eso te obligue a ser homosexual.

Ni heterosexual. Ni bisexual.

Hacer lo que sea, o todo, y no tener que ser nada. Sexo no regulado por el orden social, sexo libre, perturbador y, si se puede, frecuente.

Todo esto lo hablábamos ayer, con don Andrés Gastey y Tono (que han leído mucho más y mucho mejor que yo), después de que alguien dijera, sin poder disimular cierto prurito de satisfacción enrollada:

--Estuve en Chueca en la fiesta.
--Toma, como medio Madrid, incluidos los taxistas que oyen la COPE.

Porque al final daba la impresión de que en realidad lo único que se celebraba era la amplitud de miras, el buen rollo, la modernidad y en general el enrollismo de los que iban. Un desahogo autocomplaciente: qué enrollados somos, qué molones.

Cuando oigo en un telediario hablar de "la fiesta de la libertad", me echo a temblar. Desconfío. ¿A ti no te pasa?

A mí sí. En cuanto las autoridades competentes hablan de libertad, me siento mucho menos libre.

En vista de lo cual, me fui al Hotel Kafka a tomar una copa, y me encontré, como él suele decir, al "jefe de estudios en el recreo", Edu Vilas, tocando jazz con los amigos para divertirse, como Woody Allen:




No sé, claro, luego oyes a Rouco Varela, Pío Moa, César Vidal o alguno de esos menguados y te dices: no sé, igual sí tienen un sentido estas cosas, cuando aún queda tanto energúmeno por ahí suelto.

Así que nos sentamos a esperar a que lleguen los primeros ejemplares de Mere Anarchy. Qué ganas de leerlo, qué ganas de leer algo nuevo de Woody Allen.

Mientras tanto, dímelo al oído: a ti, ¿qué te gusta hacer?

¿Sí? ¿Eso? ¿De verdad?

Qué casualidad... A mí también... ¿Vamos?

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