Nuestros nietos
Me descompuso.
Creo que hoy lo reescribe El País. Luego lo leo.
Miller, el marido de Marilyn, la conciencia moral de América, el Lincoln con gafas, Miller resulta que tuvo un hijo con Inge Morath, su tercera mujer. El chico padecía síndrome de Down. Daniel Miller, así se llama, tiene más o menos mi edad (creo que vive). Arthur Miller, después de comunicarle a un amigo que el chaval is not right decidió internarlo en un institución. Daniel Miller fue feliz en varios colegios, no supo quién era su padre. Miller no volvió a verle nunca. No volvió a hablar nunca de él. Nadie sabía de su existencia. En sus memorias, Timebends, Miller ni siquiera le menciona una sola vez.
Parece que, en su testamento, Miller reconoció a David como heredero.
Traga saliva.
Pablo Neruda también tuvo una hija. Se llamaba Malva Marina. Nació en 1934, en España. Su madre era la javanesa a la que Neruda llamaba Maruca. Neruda se sintió mayestático, elefantiásico, nerudiano: le contó a todo el mundo que Malva Marina había nacido. A los pocos días fue evidente que a Malva Marina le ocurría algo: padecía hidrocefalia. Neruda decidió que ya no era su hija, habló de ese ser al que llamo mi hija. La entregó en adopción. Luego se dedicó a sacar de la España en guerra sus numerosas colecciones de objetos (caracolas marinas, mascarones de proa, botafumeiros, yo qué sé), y dejó a su hija abandonada. Malva Marina vivió en Holanda, feliz con una familia que la adoraba, hasta los ocho o nueve años. Nunca supo quién era su padre. Neruda no volvió a verla nunca. No volvió a hablar nunca de ella. Nadie sabía de su existencia. En sus memorias, Confieso que he vivido, ni siquiera la menciona una sola vez.
Parece que, de vez en cuando, Neruda enviaba dinero.
¿Sigues tragando saliva?
¿Cómo se puede vivir así? ¿Cómo pudieron vivir el resto de su vida Miller o Neruda?
No quiero juzgar a Neruda o a Miller. Sólo quería compartir contigo mi malestar.
Ayer me enteré de lo de Arthur Miller. Lo de Neruda lo supe hace años.
Ayer me sentí todo el día como si tuviera un pelo pegado en el paladar. Incómodo, por más que tragara saliva. Más triste que de costumbre. Como si los zapatos o el corazón no fueran de mi talla y me apretaran, y al andar me hicieran daño.
Me consoló un poco recordar un libro de Kenzaburo Oe que leí hace muchos años, A Personal Matter.
Bird, el protagonista, tiene un hijo con síndrome de Down (o algo semejante, no recuerdo bien). Se desespera, pasa días borracho, planea matar al niño, se niega a aceptar algo que no encaja en el argumento que él había pensado para su vida.
Al final, Bird decide volver a casa con su hijo.
Ha aprendido algo.
Lo que todos quisiéramos aprender, ¿no te parece?
Cuanto la novela termina, se pregunta Bird cómo va a poder vivir así, cómo podrá vivir el resto de su vida, pero en realidad ya ha respondido.
Siempre es así: son los hijos los que educan a los padres, los que nos lo enseñan todo, nacemos de ellos, de ese nudo de cariño que apretamos y que es lo único que nos construye, lo que nos hace, la estambre con la que está tejido nuestro corazón, la argamasa de nuestra vida.
Sólo somos lo que seamos capaces de querer a los demás.
Hijos de nuestros hijos. Por eso somos nuestros propios nietos.
Disculpa este post tan cursi y triste, pero yo soy así. Tú ya lo sabes, ¿verdad? Y ustedes disimulen.
Una foto con una de mis abuelas:
Etiquetas: Arthur Miller, Kenzaburo, niños, Pablo Neruda, Rafael Reig
Pues aquí pondré lo que se me vaya ocurriendo. Poca cosa, en general. Lo primero que se me pase por la cabeza. Lo que lea por ahí y lo que me cuenten en la barra de los bares o los amigos. Y si alguien quiere poner algo también, estupendo: no censuraré ningún comentario.









