Los polvos, los lodos
Maine es tal y como te lo imaginas: una llanura inmensa con un joven en medio que lo quiere todo para la droga.
Bueno, y nieva sin parar.
Mi novia de entonces vivía en Miami y a veces iba a verla. A veces venía una amiga de Nueva York. Muchos fines de semana conducía cinco o seis horas y me iba a Vermont a ver a mis amigos argentinos. A la vuelta, paraba en New Hampshire (que casi no tiene impuestos) y llenaba el maletero de cajas de whisky.
Maine es un sitio avaro en diversiones. Aparte del alcoholismo deliberado, la dichosa naturaleza y algún concurso de Miss Camiseta Mojada, no había mucho que hacer. Íbamos mi amigo Aitor y yo a ver la casa de Stephen King, nos tomábamos unos pitchers y unos shots en el bar del pueblo, hacíamos fiestas, y yo jugaba un día a la semana al ajedrez, en un club que se reunía (no sé por qué) en el Hospital Psiquiátrico.
Qué tranquilizador, ¿verdad?

Intentábamos ligar, por ejemplo con Tania, la becaria que daba clases de conversación de ruso.
Ni caso nos hacía.
En la foto, Aitor con Tania y conmigo. Tatiana era de San Petersburgo, un sitio en el que yo había estado en cientos de novelas. Conocía la Perspectiva Nevsky como si fuera la calle San Bernardo, de tanto leer a Dostoievsky.
Un día, sin embargo, ligué.
Estábamos en casa de Aitor, bebiendo whisky tumbados en el suelo, según nuestra costumbre. Tal que así:

Aparecieron dos chicas medio españolas que Aitor había conocido en el supermercado (allí para ligar había que ir al súper o a misa, así que la decisión estaba clara).
La morena se llamaba Pilar y me preguntó a qué me dedicaba (cuando no bebía tumbado en la alfombra, que era a menudo).
--Doy clases de literatura.
--A mí me apasiona la literatura. Trabajé de asistenta en casa de un poeta español.
--Ah, ¿un poeta conocido?
--Creo que se llamaba Alberti.
--Me suena.
Estas cosas, estas mágicas casualidades, en la inmensa llanura de Maine, acaban por unir a dos espíritus erráticos, quieras que no, así que fuimos a mi casa, donde no había más muebles que una mesa, cuatro sillas de madera y un colchón en el suelo.
En el que acabamos.
Aquí, un paréntesis.
A la mañana siguiente me desperté, iba a hacer café y, ¡cataclonk!, la cafetera al suelo. Tenía la mano derecha sin sensibilidad, no podía sujetar nada. No me dolía. No soy yo de mucho preocuparme, así que me dije:
--Ya se me pasará.
Esperé a que se levantara Pilar y le pedí que hiciera ella el café.
--Se me ha quedado como dormido el brazo derecho --le expliqué, aunque no era esa la sensación: ni dolor ni hormigueo.
Tenía un coche automático, así que pude conducir con una sola mano hasta casa de Aitor, para que Pilar se reuniera con su amiga.
Para una vez que ligo: me quedo paralizado.
Formidable, pensé: típico mío.
--Ya se me pasará --me tranquilizé, empero.
Pues no se me pasó.
A los tres días seguía con la mano tonta, no podía ni sujetar la tiza para escribir en la pizarra.
Tomé una decisión heroica: fui al médico.
Me dijo que tenía esclerosis múltiple.
Joder, pensé: joder.
Pasé un par de días malos, sin saber qué hacer, esperando la cita con el neurólogo.
El neurólogo me aseguró que no era esclerosis múltiple. Que el otro médico era un botarate. El neurólogo tenía un fuerte acento ruso y eso me inspiraba mucha confianza. Me hizo pruebas y preguntas y al final dijo:
--First of all: find the lady.
He llamado a chicas con excusas pintorescas, lo admito, pero conseguí el teléfono de Pilar y llamé a una chica, por primera vez en mi vida, "por prescripción del neurólogo".
--¿Te puedo hacer unas preguntas sin importancia? --le dije.
--Claro.
Así que comencé con la lista que me había preparado el neurólogo al que yo suponía soviético. Y espía: había decidido que era espía también. Un tipo admirable: yo estaba a su favor, al ciento por ciento.
--Mmmm, un mordisco que tengo en la lengua, ¿te acuerdas si me lo hiciste tú o tal vez me lo hice yo solo?
--Ni idea.
--Y, por la noche, ¿recuerdas que haya tenido muchas convulsiones?
--¿Muchas convulsiones? Las justas, tío. Si fue visto y no visto y luego te quedaste roque. De convulsiones nada: ronquidos.
--Vale. ¿Te acuerdas si había alguna luz brillante?
--Oye, ¿qué pasa? Esto es muy raro...
--¿Raro? Qué va. Curiosidad, mujer, simple curiosidad.
Y así todo el rato.
--Bueno, pues te llamo un día... --le dije.
--No, no. No me llames. Mejor te llamo yo, ¿vale? No me llames tú, eh.
Hasta hoy.
El neurólogo finalmente, tras descartar epilepsia, esclerosis y qué sé yo, me dijo que no tenía nada. Una pequeña neuropatía radial, que se me pasaría sola. Me dijo que era algo muy corriente "en los marineros rusos". Esto me pareció un detalle simpático. Me sentí casi parte de la tripulación del acorazado Potemkin. Que al parecer, los marineros rusos, cuando están de vodka hasta las orejas, se acuestan en la litera con un brazo colgando, hasta que consiguen destrozarse bastante tejido nervioso, sin darse cuenta, anestesiados por el vodka.
Eso me había pasado.
En un par de semanas, estaba normal.
Sin embargo, desde entonces duermo siempre en postura póstuma, con las manos enlazadas en el pecho.
Por si acaso.
Etiquetas: Aitor, alcohol, Maine, médicos, pasado, Rafael Reig
Pues aquí pondré lo que se me vaya ocurriendo. Poca cosa, en general. Lo primero que se me pase por la cabeza. Lo que lea por ahí y lo que me cuenten en la barra de los bares o los amigos. Y si alguien quiere poner algo también, estupendo: no censuraré ningún comentario.









