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Rafael Reig, escritor y profesor de literatura

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sábado 8 de septiembre de 2007

Lo que estoy leyendo II

La reducción de la jornada laboral es una de las luchas más importantes. A mí lo que de verdad me gusta es perder el tiempo. Tengo una capacidad asombrosa, puedo pasarme una tarde entera asomado al balcón, viendo pasar mujeres que tienen prisa, señoras que se santiguan al salir de casa, hombres cargados de paquetes. Puedo andar toda la tarde de bar en bar, fumando y tomando cañas, con las manos en los bolsillos. Un día sin siesta es para mí un día perdido.

Ayer mi hija Anusca y Marcela se reían de que me olían los pies.

Mentira, por supuesto, pero nos pasamos toda la tarde jugando. Se fueron a la cocina a por pinzas de tender y se las pusieron en la nariz.



Estaban muertas de la risa, las malditas.

Y así pasamos la tarde, sin hacer nada útil, por suerte.

Marx afirmaba: "A la economía del tiempo se reduce, en definitiva, toda economía".

Trotsky volvió sobre la misma idea:

El socialismo no podrá justificarse por la simple supresión de la explotación; es necesario que asegure a la sociedad mayor economía del tiempo que el capitalismo. Si esta condición no se cumple, la abolición de la explotación no sería más que un episodio dramático desprovisto de porvenir.


No tengo tantas (ni tan frescas) lecturas marxistas, esto lo he sacado del libro que estoy leyendo: Museo de la revolución, de Martín Kohan.

Es una novela muy interesante. Cuenta una historia sentimental (dos, más bien: en un espejo y en distintos tiempos), una historia de espionaje y acción, de traición y culpa, pero ofrece, sobre todo, una reflexión aguda sobre la revolución y el tiempo. ¿Cómo transforma el tiempo un proceso revolucionario? ¿Cuál es el momento de la revolución? ¿Cómo cambia nuestra relación con el tiempo durante y después de la revolución?



El paradigma en la novela es la revolución soviética, aunque por la portada yo me había imaginado que compararía le revolución mexicana y la soviética. Pues no, de la mexicana no dice nada (aunque la novela transcurre en Mëxico). La revolución mexicana, en cambio, fue el asunto de una cena con Edu Vilas, Juan Madrid, mi chica, Sara y Vanessa.

Cenamos marmitako (estupendo) con mucho vino y discutimos las diferencias entre la revolución mexicana y la soviética. Con los whiskies ya estábamos todos cantando corridos revolucionarios, desde Adelita a Carabina 30-30.

Hay que luchar contra la explotación, sí; pero, además, sobre todo, a mí me gustaría lograr una economía del tiempo diferente, que permita a todo el mundo dar un paseo después de la merienda.

El libro de Kohan me lo regaló Manuel Fernández Cuesta el otro día, cuando tomábamos cañas en el San Dos.



Aquí están Manuel, Chema, Marta Sanz, mi chica, mi hermana Maite y Miguel Roig.

Estamos empatados. Yo le descubrí a Manuel Ingenieros del alma, de Frank Westerman (uno de los libros que más he disfrutado en los últimos años). Él me descubrió al tal Kohan.

¿Se te ocurre algo para desempatar? ¿Con qué libro puedo sorprender a Manuel?

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